La cruz en América (Arqueología Argentina)

Part 7

Chapter 73,776 wordsPublic domain

Pero la gran divinidad del cielo en Méjico y la América Central es _Tláloc_, el de un solo ojo, quien rige las nubes y las lluvias y guía los rayos, y en honor del cual se celebraban dos fiestas anuales, lo mismo que cuando sobrevenían calor ó seca, en cuyo caso sacrificábansele cuatro niños de cinco á seis años, á los que se dejaba morir de hambre, ó colocándolos en una canoa se les hacía hundir con ella en el lago sagrado[157]. Otros genios atmosféricos denominábanse _los Tláloc_[158], figurados por serpientes de madera, y por ídolos de aspecto humano las montañas, ó los _Echecatotontin_ (_checatl_, «aire» en mejicano antiguo). Cuando á fines de Diciembre comenzaba á tronar, los indios decían:—«los Tláloc vienen!»—_Calchihuitlicué_, la compañera de Tláloc, según Torquemada[159], es la diosa del huracán y de los fenómenos meteorológicos, ó está intimamente ligada á ellos. _Tlazolteotl_, la lúbrica, la de los placeres obcenos, es otra compañera de Tláloc, representando á los elementos como generadores.

El señor de Tlalocán, _Tlalocatecutli_, el más alto de los Tlálocs, imperaba sobre la lluvia y el huracán, y era venerado por toltecas, chichimecas y aztecas. Figuraba como un dios antropomorfo, cuya estatua de blanca piedra aparecía pintada con los colores del agua, verde y azul, y portaba un cetro adornado de oro.

El dios de la América Central, particularmente de los mayas, fué _Ahulneb_, el de la _Cruz_. Los cuatro vientos que producían la lluvia denominábanse los cuatro _Bacabs_[160].

Nicaragua adoraba al dios del Aire _Chiquinau_; y Oviedo[161] cita á _Ecalchatl_, mito interesante de esta cosmogonía.

_Mixcóatl_[162], es la nube-serpiente, antigua divinidad chichimeca, tenida en gran honor por los nahuas y los nicaragüenses, la que, según Brinton, portaba por rayos un haz de flechas en las manos, pareciéndose á Tonante.

Quetzalcóatl[163], el «papagayo-serpiente», la nube serpiente emplumada, aparece como una divinidad atmosférica máxima, la que, bajo el nombre de _Nanihehecatl_, es «el señor de los vientos», y bajo el de _Tohil_[164], «el que ruge.»

En _Wixepecocha_, con atributos comunes á la gran divinidad de los toltecas, encárnase el dios del Aire de los zapotecas, á los cuales se apareció como un famoso predicador.

El gran _Itzamna_[165] yucateco figura como el dios nacional de la raza maya. Su carácter atmosférico resulta de sus propias palabras, respondiendo á quienes le interrogan sobre su origen (_Itzencaan_, _Itzenmuyal_, rocío del cielo, rocío de las nubes). Itzamna se dá por hijo del cielo. Él se aparece como un sabio hechicero: cura enfermos, resucita muertos, reparte la tierra entre sus fieles, funda pueblos é inventa la escritura. Sus adoradores venéranle en Izamal. Los naturales de la América Central consideran á Itzamna como un solo dios con Cuculcán, el aparecido del oeste, que llegó con diez y nueve compañeros, todos barbados y vestidos de largas túnicas, y que vive en Chichen Itza. Su nombre, como el de Quetzalcóatl, compónese de las voces mayas: _cuc_, «papagayo», y _can_, «serpiente»[166].

Los quichés de Guatemala tenían su _Gucumatz_[167], «el papagayo-serpiente»,—de _guc_, «pájaro verde» y _matz_, «serpiente». Es un cuaternión ó cuaterno, que se transforma en un período dado de días en serpiente, en águila, en tigre y en sangre coagulada. Aparece como un dios dominador y engendrador según la biblia quiche ó Popol Vuh[168]. Gucumatz hace surgir la tierra de en medio de las aguas, invocando á ese Hurakán, el «corazón del cielo», según este libro sagrado.

Los nahuas veneraban á otra divinidad de la atmósfera y de la tempestad, al cruel _Huizlopochtli_[169], dios de la guerra, que M. Tylor creyó identificar con _Mextli_, guerrero de cuyo nombre quiere derivar el de Méjico. _Huitzilin_, significa «colibrí», y es sin duda este irisado pájaro-mosca el emblema de la naciente primavera. Aquél al salir del vientre de su madre Coatlicue y cuando sus hijos, los Centzunhuitnahuas, y su hija Coyolxauhqui, intentan matarla á causa de su preñez, tírales con una serpiente de fuego, á cuyos golpes caen exánimes, por lo que desde entonces viénele bien el nombre que lleva de Tetzauhtostl, «el dios terrible». Coaticlue, la mujer de las serpientes, que habita la montaña de las Serpientes, es la nube tempestuosa preñada de rayos; una bola de blancas plumas, flotante en el aire, que fecundo su seno, es la nubecilla blanca que al entrar en el seno de la gran nube, parece iniciar la tempestad; los hijos que quisieron matarla, son las nubes que suben al zenit, impulsadas por el viento precursor del huracán, y que parecen oponiéndose y encontrando á la nube principal; una voz que á la madre habló de defensa desde su seno, es el trueno. Bernal Díaz cuenta de un page de Huitzilipochtli, dios de las alarmas, mensagero «rápido», llamado Paynalton, y que parécenos que debe ser el viento que sopla.

Entre los muyscas de Cundinamarca, P. Simón[170] hace referencias á un _Chiminigagua_, gran receptáculo de la luz en medio de las tinieblas. La luz comienza á emanar de él, y su aparición dá nacimiento á los primeros seres, unos grandes pájaros negros que se desparramaron por el espacio, lanzando por sus picos una sustancia brillante, trasparente é impalpable, que fué el Aire.

El gran dios de la atmósfera y del iris en Cundinamarca, es _Chuchavira_. Simón[171] relata lo universal de su culto de parte de su pueblo, especialmente de las mujeres en cinta; siendo fecundador, entonces, este dios del aire. Era representado por figurillas de oro, y se le consagraban esmeraldas.

J. G. Müller[172] vé en el terrible _Thomagata_ otro dios solar como Botchica; pero este Thomagata aparece como un meteoro divinizado, como un espíritu de fuego cruzando el espacio, lo que demuestra que se trata de un dios del huracán, de la tormenta con rayos, y del trueno. En efecto: Thomagata anda siempre recorriendo el espacio, bajo el aspecto de un ser de fuego, que tiraniza á los hombres, y que exige, para aplacarse, grandes sacrificios humanos; y debía ser muy terrible para que se le figurase, como refiere Piedrahita[173], con cola de felino. Botchica extermina á este dios, lo que indica la sustitución entre los muyscas de una divinidad por otra.

El dios atmosférico anterior á la heliolatría peruana, es _Catequil_, quien tiene un hermano, _Piguerao_, el _piscu-uira_ ó el «pájaro brillante» según la interpretación inadmisible de Brinton, quien traduce al quichua una palabra que no lo es; siendo el ave luminosa, por lo demás, alusión á la nube preñada de rayos, viéndose en ello que en el Perú la nube era representada como un ser ornitomorfo. Catequil tenía por arma el rayo, y los meteoritos eran las piedras que él lanzaba sobre la tierra. Este dios del rayo aparece como una divinidad fecundadora, alusión á la lluvia que riega la tierra, y por ello, sin duda, los Incas admitían su culto en las fiestas de verano, no obstante ser grato á los sacrificios sangrientos, que proscribieron los héroes heliolátricos.

_Ataguju_ ó Atachuchu creó un ser humano, Guaman-suri, que descendió á la tierra y sedujo á una joven, hija y hermana de los Guachemines, los tenebrosos habitantes del globo. Estos mataron al amante de su hermana, la que sobrevivióle poco tiempo, no sin poner dos huevos en el mundo, de los cuales nacieron Catequil y Piguerao. Catequil, volviendo á la vida á su madre, y matando á los Guachemines, valiéndose de una piel de oro de Atachuchu, hace nacer de la tierra á los hombres.

Este mito, en resumen, es interpretado por Brinton[174] de la manera siguiente: el hijo del cielo, personificación del cielo mismo, se une á una divinidad de las nubes negras de la tempestad, es decir, á la nube misma; los nubarrones del huracán, los tenebrosos Guachemines, son heridos por su rayo; Catequil, acompañado del relámpago, dispersa estas nubes, y después, por medio del fuego, fecunda y dá vida á la tierra, á la que hace fértil, suministrando el alimento á los hombres.

_Pillán_, el Trueno, es la divinidad suprema de los araucanos, el que vive en las eminencias de la cordillera fraguando la tormenta. Sus hachas son los rayos, que cortan de un golpe los viejos robles. Esto aparece resultar de la leyenda del _Viejo Latrapai_, referida por un distinguido americanista chileno[175], según la cual Latrapai resolvió un día dar sus hijas en matrimonio á sus sobrinos Cónquel y Pediu, pero siempre que derribasen un bosque de robles, volteando cada árbol de un solo golpe, lo que consiguieron cuando bajaron las armas del Pillán, que ellos pidieron «llamando hachas» _cuatro_ veces, en estos términos:—¡«Bájate, hacha del Pillán! Bájate hacha del Pillán! Favorécenos, soberano de los hombres; bota dos hachas que corten un árbol con cada golpe!»—Dicho lo cual, bajaron hachas por las copas de los árboles; y con ellas, cortando cada árbol de un golpe, satisficieron al viejo Latrapai, casando con sus hijas. Y es de advertir, á propósito de hachas, que las de piedra, obra del hombre primitivo, son tenidas como hachas del rayo por los pueblos indígenas que las desentierran; y es por eso que en Calchaquí, por ejemplo, se conjura á la tormenta de piedra ó al granizo presentándole durante un rato los filos sagrados de aquellas[176].

En nuestro Calchaquí tenemos también un mito del viento y de la tormenta, que desempeña un importantísimo papel en la cosmogonía de este pueblo. La divinidad atmosférica calchaquí aparece aniquilando á las fuerzas de la naturaleza que vencieron al sol y á la luna, estableciendo desde entonces su imperio absoluto, lo que demuestra la supremacia en estas regiones de un culto acuático sobre la heliolatría. Tal divinidad atmosférica suprema, de cara humana, mitad antropomorfa y mitad ofídica, con cuerpo de dragón y cola de serpiente, es la _chasca Huayrapuca_, la «Madre del Viento», ó el Viento mismo, del género epiceno, varón y hembra á la vez, que anda corriendo por los aires, llevando al huracán, á la tormenta y á la lluvia, y que á nosotros nos cupo en suerte desenterrar del panteón calchaquí[177].

Esta breve reseña de las divinidades atmosféricas continentales nos ha sido necesaria, para dejar así establecido que, no sólo no nos extraña la existencia de la Cruz venerada entre los Pieles Rojas y demás pueblos del norte, y entre los toltecas, los aztecas, los nahuas, los quichés, los muyscas, los aymarás, los quichuas, los araucanos y los calchaquíes, sinó que la existencia del sagrado símbolo debió precisamente ser un hecho entre ellos, desde el momento en que los cuatro palos de la cruz, como más adelante lo veremos, no son otra cosa que la gráfica, sencilla y natural representación de los cuatro puntos cardinales de donde soplan los cuatro vientos, de los cuatro vientos mismos, de los cuatro antepasados, las fuerzas creadoras de la naturaleza, ó de los cuatro genios de las cosmogonías primitivas; porque, como observa Brasseur[178] respecto á este último punto, los navajos de Méjico nacieron de cuatro espíritus; los mayas de cuatro genios antepasados; y en todas las historias aztecas y toltecas aparecen cuatro caracteres, ya sean como sacerdotes ó enviados de los dioses ó magestad oculta ó disfrazada, ya como guías y caudillos de tribus durante sus migraciones, ya como reyes y mandantes de monarquias después de su fundación; y aún en los tiempos de la conquista siempre encontramos cuatro príncipes que forman el supremo gobierno, ya sea en Guatemala ó ya en Méjico. Nosotros añadiremos en el Perú á los cuatro de la cueva de Pacaritambo, que tiraban piedras á los cuatro rumbos, y que volaban al cielo cuando morían[179], repitiéndose este ejemplo de los cuaternos en otros pueblos.

Donde hay, pues, dioses de la atmósfera, del huracán, de la tormenta, del trueno y del rayo, seguramente existirá el símbolo complementario de la Cruz, tenido como emblema de alta veneración; lo contrario, la escepción, sería lo que cabalmente llamaría la atención en cuanto el caso se presentase; pero esto en realidad no acontece, como lo veremos por los ejemplos que pasamos á apuntar.

Tláloc, la gran divinidad azteca, de cuerpo y rostro gris, vestido de una túnica de azul con bandas de plata en cuadro, luciendo flores de perlas de colores, diadema de plumas blancas y verdes, de la que caían á sus espaldas plumas rojas y verdes también, oro y pedrerías, y portando la aurea serpiente en su diestra en representación del rayo, con su solo ojo, todo blanco, atravesado por una línea horizontal negra, bajo la cual veíase el semicírculo del mismo color;—Tláloc, el dios de la boca tridentada, cuya estatura era rodeada por un gran anillo doble azul, tenía por insignia la _Cruz_, ó los cuatro vientos que soplan de los cuatro puntos trayendo la lluvia, sobre los que ejercía su imperio, repitiéndose el número cuatro en todo lo que con él se relacionaba[180].

_Amimitl_, como _Opochtli_, el señor de los pescadores, inventor de redes y harpones, era uno de tantos Tlálocs, venerado en el lago Chalco. Como á Tláloc máximo, representábasele bajo la forma de un hombre de tinte gris, coronado de papeles de diversos colores y de plumas verdes, vistiendo un traje de igual color, semejante al hábito de los sacerdotes católicos. Esta divinidad acuática estaba armada de un cetro singular y de un escudo rojo, adornado al centro con una flor blanca, y _cuatro_ hojas _en Cruz_[181].

La diosa de seno de esmeraldas, la divinidad de las ondas, la reina de los magos, la dama de la saya verde, la hermana de Tláloc, según Sahagún, ó compañera de este dios, al decir de Torquemada; la diosa de la frente azul, que portaba una corona orlada de plumas verdes y que lucía un collar de esmeraldas y pendientes de turquesas, vestida de celeste claro, como el agua de los lagos; la que tenía el poder de agitar las tempestades, de levantar los torbellinos, de inundar las tierras, _Chalchihuitlicue_, la _Matlacue_ de los tlascaltecas, lucía un escudo al brazo izquierdo, cuyo blasón era una flor blanca de lis de agua, portando en su diestra un objeto en forma _de Cruz_[182].

El dios tolteca hijo de Mixcóatl, es decir, de otro dios de la atmósfera y de las nubes, que lleva ciertos sobrenombres significativos, dignos sobre todo de una divinidad del huracán, como que es el «papagayo-serpiente» ó la «serpiente emplumada»; el hombre blanco, de mirada roja resplandeciente, robusto, de larga frente, de cabellera y barba negras, con su insignia en una mano; el predicador de la montaña de _Tzotzitepec_, ó «monte del clamor»,—Quetzalcóatl, de quien ya nos ocupamos, viste un largo traje blanco sembrado _de cruces_, como una comprobación final del carácter meteorológico de tan curioso mito[183].

El carácter atmosférico de Quetzalcóatl, queda comprobado otra vez más, cuando figura con el epíteto de Nanihehecatl ó «señor de los _cuatro_ vientos», el cual tenía por símbolo _la Cruz_, como signo sagrado de su poder sobre el aire. No debemos olvidar que en el curso de su viaje hacia Tlapallán, dejó como señal de su tránsito un árbol atravesado horizontalmente por una flecha, formando así _una Cruz_[184].

Más claramente representativa aún que la Cruz de Quetzalcóatl, es la del aparecido _Wixepecocha_, el que de la mar vino por el sudeste; el anciano que predicó á los zapotecas de Huatulco doctrinas que no fueron comprendidas en el primer momento; el famoso perseguido, que vaga de una parte á la otra, y que subiéndose á la más alta cumbre del monte Cempoaltepec, asciende á la atmósfera y se desvanece, sin dejar otro rastro visible en la tierra que las plantas de su pie impresas en las rocas. Este aparecido que huye en todas direcciones y que acaba por desvanecerse en el espacio, se parece á la nube y al viento. Antes de partir al monte cuya cima le sirvió de refugio, plantó _una Cruz_, recomendando su adoración á los habitantes de la tierra: la veneración al símbolo de la lluvia queda así comprobada[185].

El terrible _Huitzilopochtli_ nahua[186] era un dios de la atmósfera y del cielo entre los aztecas, como Quetzalcóatl entre los toltecas y Camaxtli entre los chichimecas. Su madre Coatlicue, la muger de las serpientes, que habita la montaña de las Serpientes, es la nube del huracán despidiendo rayos. Encima de la pirámide truncada que era consagrada á Huitzilopochtli en Tenochtitlan, se levantaba el templo que guardaba su estatua. Esta tenía enormes proporciones, y representaba al dios en su trono, soportando un globo azul, del cual salían _cuatro_ bastones en forma de serpientes. El globo era emblema de la bóveda celeste, dominio de Huitzilopochtli; las serpientes simbolizaban relámpagos; los bastones servían á los sacerdotes para portar su imagen en las procesiones. La cabeza del dios lucía como una cimera un colibrí de plumas brillantes, cuyo pico y cresta eran de oro; su rostro, con el ceño de su crueldad, era atravesado por dos bandas azules horizontales, generalmente cubierto por una máscara de aquel metal. En su mano derecha llevaba, para servirle de báculo, un bastón en forma de serpiente, sobre el que se apoyaba; en su brazo izquierdo portaba un escudo ornado de cinco ramilletes de plumas blancas _en forma de Cruz_. La mano correspondiente á este brazo tenía las _cuatro_ flechas de oro caidas del cielo, y de las que dependía el destino del pueblo azteca. El blasón cruciforme de este dios de la atmósfera, simbolizaba las nubes que traían la lluvia[187]. En la nota anterior se reproduce su insignia cruciforme.

Sin lugar á duda alguna, sabemos que el emblema de la lluvia en la América Central, especialmente entre nahuas y mayas, era _la Cruz_. Las Casas[188], obispo de Chiapa, recuerda su veneración en estos pueblos, y refiere que en el principal de los manantiales ó vertientes de agua los nativos erigían _cuatro_ altares, en la forma de una Cruz. La Cruz, que los misioneros no supieron si admirar ó atribuir á Satanás, fué el objeto central en el gran templo de Cozumel, perseverando en los bajorelieves del antiquísimo pueblo de Palenque. Fr. Alonso Ramos[189] cuenta la gran veneración á la cruz de parte de los yucatecos. «Apenas, escribe, los españoles se acercaron al Continente de América, en 1518 desembarcando en Cozumel, junto á Yucatán, hallaron _muchas cruces_, dentro y fuera de los templos y en su patio almenado puesta una cruz grande, en cuyo contorno hacían procesión los indios _pidiendo á Dios lluvias_, y á todas las veneraban con gran devoción», lo que prueba que era el símbolo de un gran dios atmosférico.

Desde tiempo inmemorial la Cruz aparece siendo objeto de plegarias y de sacrificios de parte de nahuas y mayas, la que se suspendía como un emblema augusto en los templos de Popayán y Cundinamarca, significando «Arbol de Nuestra Vida» en lengua mejicana. Los de Yucatán imploraban á la Cruz cuando demandaban agua en tiempo de seca. La diosa azteca de las lluvias llevaba una Cruz en su mano, y en una fiesta primaveral en su honor víctimas humanas eran sacrificadas en cruces, atravesados sus cuerpos de flechas[190]. Quién sabe si esto mismo significasen los sacrificios humanos en cruces, ó los niños crucificados que se hallaron en casi todos los templos del Perú, y especialmente en los de Pasao, de los que recuerdan el P. de la Calancha, Zárate, Miguel Estete y especialmente Cieza de León, quien compara estos _crucificados_ con los que vió en Cali[191].

El dios del templo de la isla de Cozumel, venerado especialmente por los mayas, se llamaba _Ahulneb_, divinidad de la lluvia y de los vientos, representado bajo la forma de un gigante monstruoso que llevaba una flecha en la mano. Su emblema era _la Cruz_, á la que imploraban, para que hiciera llover, los peregrinos venidos de los países secos, en donde el agua se guardaba en preciosas represas[192].

Los _cuatro_ Bacabs de la naturaleza; las cuatro corrientes invisibles del aire; los cuatro seres míticos; las «cuatro _vasijas_ de arriba», que en Yucatán se suponían columnas del cielo que lo sostenían en las cuatro partes del mundo, como grandes cariátides, estaban distribuidos _en Cruz_[193]. Estos cuatro Bacabs, _Kan, Muluc, Ix y Cauac_, correspondientes á los puntos cardinales N. S. E. y Oeste, eran dioses de la lluvia, y arreglaban el calendario maya. Su representación por _cuatro vasijas de arriba_, es sin duda una alusión á los _vasos del Trueno_, de los que nos ocuparemos. Los cuatro Bacabs, ó los cuatro viejos, escaparon en tiempo en que todos los seres se ahogaron en el diluvio americano.

Cuando los musycas querían sacrificar en honor de las diosas de las aguas, estendían largas cuerdas sobre la tranquila linfa del lago, de tal manera que formaban _una Cruz_ gigantesca, en cuyo punto de intersección ofrendaban oro y esmeraldas al sagrado símbolo, como lo atestiguan Simón y Acosta[194]. Según Rialle[195], no obstante el culto preponderante de Botchica, la diosa _Batchué_ conservó toda la veneración de los muyscas de Cundinamarca, quienes le rendían homenage tendiendo en cruz dos grandes cuerdas sobre la superficie del lago, venerándose su intersección en la forma que dejamos apuntada. Era la diosa de las aguas, y tenía supremacia sobre las plantas, hijas de la tierra. En el capítulo respectivo comprobaremos la existencia de _cochas_ con cruces en Calchaquí.

Del valor mitológico de la Cruz como símbolo en el Perú, nos hemos ocupado anteriormente.

Aunque los cronistas guarden silencio sobre las relaciones entre el Catequil y la Cruz, porque fué asunto en que no cayeron en cuenta, nosotros no dudamos que esta ha debido ser su símbolo, dado el carácter atmosférico de la pre-incaica divinidad.

El _Dios del Aire_ que nos ofrece E. G. Squier[196], y que reproducimos en la Fig. 28, no aparece con la Cruz; pero en cambio es portador en su izquierda de un largo _Tau_, igual al de las figurillas de la procesión de Wiener, de que antes dimos cuenta,—símbolo que, en todos los pueblos equivale á aquel otro, como ya lo establecimos. Este dios del Aire, de nombre ignorado, que bien puede ser ese Catequil, también celebrado escepcionalmente por los Incas en su gran festival de las mieses en verano, porta á su diestra un pájaro de pico abierto, largo cuello, cola profusamente pintada: el pájaro de la tormenta, símbolo de la nube, quizá el ave luminosa _Piguerao_, que nos hace recordar al instante el papagayo de Quetzalcóatl, Cuculcán, Gucumatz, y particularmente el colibrí ó pájaro-mosca de Huitzilopochtli. También nos trae á la memoria el ojo blanco de Tláloc, con su línea horizontal negra, ese ojo cuadrado, con su línea central, en la peruana divinidad. El cuerpo circular del pájaro de Squier, rememora el «espejo resplandeciente» de Tezcatlipoca, y especialmente la bola emplumada que flotando en el aire fecundo el seno de Caticlue, la muger de las serpientes.

[Ilustración: Fig. 28. Dios del Aire de Squier.]

Por lo demás, este Dios del Aire ofrece mucho interés: su cuerpo es antropomorfo, y de su parte posterior sale su gran cola de dragón, común á las representaciones de las divinidades atmosféricas; su cabeza zoomorfa, de gran boca dentada, con casquete triangular y una media luna por penacho, recuerda la fisonomía del _Wind Spirit_ de los Haidas, y, sobre todo, la de las _Huayrapucas_ de la figura 27. Cosas muy curiosas, son: los _linga_ y _yoni_ que la divinidad peruana lleva á cada lado de sus piernas; el falo, con su ingle superior y sus círculos Imaymanas á la parte de abajo, entre el _tau_ y el casco triangular de su cabeza, etc. El dios se vé que va en actitud de volar por los aires.

[Ilustración: Fig. 29. Fragmento de calabaza (Piedra Blanca, Catamarca).]

[Ilustración: Fig. 29 _bis_. Detalles de la anterior.]

Lafone Quevedo[197], dedicando al mismo una decena de renglones, dice que, por sus atributos fálicos, «muy bien le vendría el nombre de _Punchao_.»