La cruz en América (Arqueología Argentina)

Part 3

Chapter 33,879 wordsPublic domain

En Calchaquí, como el 3, aparecen ser indudablemente sagrados los números 2 y 4. Las figuras dobles, como los objetos fálicos de nuestra colección encontrados en Tinogasta y Lules, que reprodujimos en nuestra monografía sobre el _Falo_, suelen ser epicenas, como ese Uiracochanticcicapac de Pachacuti ó esos padres del universo mejicano, Citlatonac y Citlalicue, varón y mujer, divinidades que llevaban los nombres de Ometecuctli y Omecihuatl, que valen por «dos varones» y «dos mujeres», ó sea: «doblemente varón» y «doblemente mujer.»

Los monumentos megalíticos esculpidos y las petrografías y pictografías fueron tomados como escritura indeleble de los portadores de la Cruz.

Entre los petroglyfos adquirieron celebridad los de Calango, del valle de Cañete, con huellas del Santo; la piedra de Collao, mentada por D. Francisco de Toledo; la de Tocoregua, del corregimiento de Tunja; la de Colla Tupá, sobre la cual Santo Toribio de Mogravejo erigió una capilla; la huaca _Chasca Cóyllur_ ó _Cantacauro_, etc., sobre las que tan larga y erradamente debatieron los cronistas[66].

La creencia arraigada por el conquistador de que los petroglyfos no son obra nativa, originó, sin duda, de que los peruanos atribuyeran á tales monumentos una clásica antigüedad, pues es más que seguro que no fueran obra suya. La escritura petrográfica, tanto en el Perú, como en nuestro Calchaquí, responde á un culto atmosférico ó acuático, y muy escepcionalmente heliolátrico. Respecto á los monumentos de Tiahuanaco, no cabe discusión que la obra es preincaica. En Calchaquí, si esceptuamos la piedra de Colalao (Tucumán) y unas más, no se ven rastros solares en las petrografías.

Las rocas escritas que puede decirse que consagraron la atención del conquistador, fueron aquellas con pies humanos esculpidos, tomados por rastros de los blancos portadores de la Cruz.

Lozano cita las de Itoco y Tocoregua, en Nueva Granada, y la de Ubaque, cerca de Bogotá[67]. Apúntanse en el Brasil y Paraguay las de Itapuá[68], de Parayba[69], de San Vicente, de Baipurungá[70], de Guayrá[71] y de la Asunción[72]. En el Perú se citan las de Piura, isla del Titicaca, de Callo, de Calango[73], de Chillaos, de Chachapoyas, «que demuestran (sus rastros) que se incaba allí el Santo á orar, juntas levantadas las manos al cielo, para lo cual soltaba el bordón ó báculo que sería de dos varas de largo, y también quedó impreso»[74], etc.

Para dar un valor probatorio decisivo á estas piedras con pies ó manos esculpidos, recordábanse las huellas del Santo en Ceylán, olvidando que los fenicios, según el Dr. Lamas[75], solían grabar en sus inscripciones dos pies, uno detrás de otro, para indicar caminante, viajero, hombre que pasa.

El señor Jiménez de la Espada[76], cree que los pies grabados en las rocas pueden significar esto último ó tener alguna otra significación en la escritura petrográfica nativa, como sucede con los rastros de las ocho piedras de Hambato, que atribuye á geroglífico ó signo del que marcha, ó á una vía, como la que usaban los mexicanos en sus pinturas; otras rocas de esta especie, para él, acaso conmemoran el acto solemne de descalzarse el Inca y poner sobre la tierra sus plantas desnudas, en señal de humillación deprecatoria ó de toma de posesión de un lugar importante ó de una frontera[77].

Nuestra opinión es que los pies esculpidos pueden significar cosas diversas, según el carácter de la escritura de la roca ó de la roca misma, considerada como huaca, como señal, lindero ó mojón.

Si no se trata de rocas sagradas, correspondientes á un culto litolátrico, los pies esculpidos en una misma dirección podrán indicar un camino ó rumbo dados, como si se dijese gráficamente: «por aquí», «por allá». El pie debe expresar el acto material de andar. Pueden también las rocas indicar puntos de parada ó de tránsito para los caminantes ó _chasques_: las piedras serán entonces verdaderos _tambos_. Si, por el contrario, se trata de rocas sagradas, posiblemente de la era fetiquista, entonces el pie esculpido será un rastro divino, como el del Inca en el acto de descalzarse, ó el de una deidad que por algún motivo se paró sobre la roca, como el de aquel Taapac, para predicar desde un alto peñón, ó el del Huiracocha ó el del dios Trueno, si la roca responde al culto acuático.

En nuestra interesante cuanto numerosa colección de petroglyfos, no contamos con roca alguna de pies esculpidos; pero en cambio hallamos en Encalilla y Carrizal (valle Calchaquí) piedras con manos grabadas, una de estas con tres; y vayan en tal caso manos por pies, ya que unos y otros son rastros humanos. No sucede lo mismo en la alfarería funeraria de estas regiones, en la que hemos dado con ejemplares de urnas ceremoniales con pies pintados de negro sobre su sección ventral, los que en el acto reconócense por el ancho de las plantas y sus cinco dedos. Dos ejemplares reproduciremos: en la guarda lateral de una urna de Santa María (Fig. 1) aparecen representados cinco pies humanos; en otra urna del mismo lugar (Fig. 2) se ven en la parte superior ventral grupos de tres pies, que bajan de la tinaja, reproducidos en las guardas de la misma, junto á figuras que representan manos. En Calchaquí, pues, no podría hablarse de rastros apostólicos, toda vez que no los dejarían impresos de tan pequeñas dimensiones y sobre el barro cóncavo de la alfarería.

[Ilustración: Fig. 1. Guarda lateral de una tinaja.]

[Ilustración: Fig. 2. Urna de Santa María (Colec. Quiroga)]

Desde que para nosotros la _mano_ es un símbolo que representa á la Tormenta ó á la divinidad atmosférica, figura monstruosa de fisonomía antropomorfa en Calchaquí[78], el pie debe referirse á igual representación, por ser, como la mano, un miembro de su cuerpo, y por aparecer, en el caso de la figura 2, pies y manos simbólicos alternados. Y es el caso de hacer una advertencia oportuna al respecto: los Zapotecas, en Méjico, adoraban á Huemac bajo la forma de una mano, demandándole la riqueza de que Quetzalcóatl era el principal dispensador: Itzamna, dios de carácter atmosférico salido de Yucatán, era representado en su templo de Izamal bajo la forma de una mano, _kabul_, «la mano activa»[79].

Los pies ó manos pintados ó esculpidos, ó indicarían que allí se detenían las divinidades atmosféricas, ó que las rocas les estaban consagradas. En Calchaquí, en vez de pies humanos se graban comunmente patas de _suris_, y el avestruz, como lo demostraremos, es la Nube atmosférica venerada, un símbolo acuático, simplificado en sus últimos extremos cuando solo la pata del animal se reproduce.

Muy curiosa es también la cuestión del _Hombre Blanco_ americano, que se confundió por los conquistadores con la del hombre europeo emigrado, basándose en las tradiciones quichés, nahuas, mayas, aztecas, muyscas, quichuas y guaraníes[80].

El dios Quetzalcóatl mejicano, que reino en el Anáhuac, era un blanco y barbado, salido del Este; Votáan de Chiapas, es del mismo color; Botchica, otro blanco y barbado, cuyo itinerario comienza en Bosa, para seguir invariablemente de este á oeste; el Aticci Viracocha era igualmente blanco; Tonapa, al decir de los cronistas, fué «blanco, zarco, muy barbudo», lo mismo que el brillante Taapac del P. Ramos, descendido del cielo; finalmente, blancos fueron Manco Cápac y el Inca Roca.

Veamos brevemente quiénes son estos personajes, que siempre, como el sol, caminan de naciente á poniente, detalle trascendental.

Quetzalcóatl es «la serpiente emplumada», uno de los tres principales mitos del panteón mejicano. Tiene por atributos el pájaro verde, _Quetzal_, y la serpiente, _Cóatl_, dios mitad ornitomorfo y mitad ofídico[81]. Es una divinidad atmosférica: bajo el nombre de Nanihehecatl es el señor de los vientos, y bajo el de Tohil, el ser rugidor, epíteto dado también por los quichés de Guatemala al dios del rayo. Es Quetzalcóatl la encarnación del pueblo tolteca: sus viajes son las migraciones de este pueblo; el conflicto con Tezcatlipoca es sin duda el recuerdo de una revolución religiosa y política que dió un golpe de muerte á la preponderancia de su culto; las ciencias, las artes, las industrias de que es inventor, son el secular bagaje de la civilización tolteca; su épica historia, una condensación de la de este pueblo, venido de país desconocido, establecido en Tullán y después descendido á Cholula.

Votán, el padre de la civilización de los tzendales, en la América Central, es otro aparecido semejante á Quetzalcóatl, que funda pueblos como el de Palenque ó Nachán, «ciudad de las serpientes». Votán, «corazón», en tzendal, es descendiente de Imos, de la raza de los _Chan_ ó de «las serpientes»[82]. Venido de Chivín, baja hasta la base del cielo por la cueva subterránea de un gran ofidio. Su semejanza con el dios tolteca prueba el contacto seguro de chiapas y mejicanos. Los dos son oriundos de país fabuloso, situado al oriente, de donde salen los vientos, el huracán y las nubes de la lluvia; uno y otro ejercen acción decisiva en la vida agrícola de sus pueblos; ambos dejan sucesores que llevan sus nombres y perpetúan su culto atmosférico, convertidos después en divinidades antropomorfas. Votán es un dios serpiente, ó sea el rayo. Es también un Tepodaztli, ó dios del trueno. Lo que le dá fisonomía peculiar, es que el pájaro de las nubes es extraño á su culto, por lo que en los bajorelieves de Palenque los dioses-pájaros y los dioses-serpientes no aparecen asociados.

Otro aparecido venido del sudeste, y por mar, es Wixepecocha, el predicador de los zapotecas de Huatulco. Este es perseguido hasta el monte Cempoaltepec, á cuya cima sube, levantándose á la atmósfera y desvaneciéndose: esto dá á entender que se trata de un dios que vuela, ó del aire, como el de los toltecas.

Botchica[83] es la divinidad solar, con influencia sobre la atmósfera que veneraron los muyscas de Cundinamarca. Botchica se tiene por el blanco del norte de la América Meridional, cuando en realidad el nombre que toma de _Zuhé_ ó _Xué_ no tiene otra significación que «brillante», como es el sol. Botchica hace su camino de este á oeste, y desde Bosa prosigue por Muqueta y Fontebón á Sagamosa, en donde desaparece de la tierra para subir al cielo, por lo que recibe el nombre de Sugunza: «el que desaparece».

A propósito del color «blanco» de Botchica, conviene recordar que Mixcoatl ó Itzac-Mixcóatl, la nube serpiente, es «_la blanca ó la brillante_ nube-serpiente»[84].

Huiracocha surgió del Titicaca como un todopoderoso «resplandeciente», por lo que debía ser «blanco». Es el creador de los brillantes astros,—del sol, de la luna y de las estrellas, á los cuales señaló su curso en el cielo. Desapareció en el mar, su elemento, á cuyas profundidades precipitóse.

Inca Roca y Manco Cápac[85], que casan con sus hermanas, son hijos del sol, usan vestidos resplandecientes y obran prodigios. La leyenda de cada pareja es un verdadero mito solar, en el sentido de que sin duda son representaciones terrestres y antropomorfas del Sol y la Luna, de Inti y Mama Quilla.

Manco Cápac y Mama Ocllo salen del Titicaca, llegan al ombligo del mundo y fundan el Cuzco, en donde levantan el templo al padre Sol. Sus hijos cimentan la dinastía de los Incas, de origen celeste, por lo cual eran estos divinizados, presentándose como tales á su pueblo en la fiesta de Intip-raymi, en el solsticio de Junio, en celebración de la muerte y resurrección del sol omnipotente.

En la historia mítica de aquellos reyes la figuración del Inca Roca es de héroe solar. Ocupa un alto rango en la geneología de los monarcas del Cuzco, siendo él, según Montesinos, el verdadero fundador del imperio heliolátrico[86].

Cuéntase que una princesa, Mama Cibaco, y una hermana suya se decidieron á reformar la sociedad y restablecer el antiguo culto. Mama Cibaco, de extraordinaria belleza, es la madre de Inca Roca. La hermana de aquella, una famosa maga, aconsejóle que labrase para el niño un vestido resplandeciente de oro y piedras preciosas, y que ya vestido ocultase al infante en una caverna contigua al Cuzco, en las ruinas de un templo del sol. Así se hizo. La princesa llama entonces á los habitantes del Cuzco, manifestándoles que, dormido su hijo, el sol habíalo llevado á los cielos para volverlo después, colocándolo en el real trono, pues que el astro había reconocido por vástago suyo á Inca Roca. El pueblo se reunió; y después de muchos sacrificios, anuncióse su aparición en la cueva de Chingano, saliendo de improviso de ella el niño resplandeciente. Entonces el pueblo le ciñó el llauto, y como Inca restituyó el culto del sol, proscribiendo la poligamia al casarse con Mama Cora.

En el presente caso, como en el de Manco Cápac, diremos con Rialle[87], que el Inca Roca es el hijo del sol; que su vestimenta reluciente no es más que el reflejo de los rayos solares; que la gruta de Chingano, en donde se ocultó por cuatro días, no es otra cosa que la representación de la noche tenebrosa de donde sale en la aurora el astro diurno; que el casamiento de Inca Roca con su hermana Mama Cora es semejante al de Manco Cápac con Mama Ocllo, al de Inti con Mama Quilla.

De las breves noticias que de estos mitos acabamos de dar, resulta que los _blancos_ americanos son divinidades ó seres atmosféricos ó solares, ofilátricos ó heliolátricos, hijos de la serpiente-rayo, ó del astro del día. Se trata, entonces, de dioses «resplandecientes», á los que se diría blancos, del mismo modo que se dice blanca á la luz del sol ó del relámpago. He ahí la explicación más natural del hombre blanco, con tanta más razón cuanto que el epíteto coincide con la calidad del dios.

Pero el Marqués de Monclar en el Congreso de Luxemburgo[88] y el Abate Schmitz en el de Bruselas[89], afirmaron, á nuestro juicio sin fundamento positivo, que las personas reales, los Incas y las figuras ornamentales de los vasos, eran blancos y barbados.

En cuanto á las figuras ornamentales blancas, el testimonio carece de valor como tal, pues podemos presentar ejemplares de cosas animadas, de blanco, cuyo original es de diverso color, como sucede en pictografías de Cafayate, San Lucas y otros lugares en nuestro mismo valle Calchaquí.

En cuanto á que los Incas hayan sido blancos, no hay crónica ni narración que lo confirme. Los españoles vieron y comunicaron con los monarcas del Cuzco, con cuyas hermanas é hijas casaron, y sus colores eran cobrizos.

Pero no por esto negaremos la existencia de hombres relativamente blancos en América, por efecto de un fenómeno etnográfico, que conviene estudiar detenidamente, y por las influencias de las acciones físicas y sociales, de las cuales el color es la resultante en todas las latitudes; por lo cual los indios de Vera-Paz, á 1500 m. de altura, por ejemplo, traían á la memoria los árabes de Argelia, según Brasseur de Bourbourg. Montezuma, de la planicie del Anáhuac, no era más que bronceado. Algunas tribus de la Pampa, que se pintan menos que las del Norte, tienen el color de los paisanos de la España y del sud de Italia[90].

El problema de los hombres barbados es mucho más sencillo que el de los hombres blancos. Pensar que los indios americanos son absolutamente imberbes, como la generalidad, es un error del que podemos dar fe los que conocemos indios montañeses, provistos generalmente de bigote y aún de barba, como el indio Llampa, de Belén, cuya fotografía conseguimos en una reciente excursión.

Como la barba es un atributo viril, cuando el indio se propone manifestar de una manera gráfica que lo que ha querido representar es un varón, entonces exagerará en sus figuraciones tal atributo, dando á la barba un tamaño doble y triple del que en realidad tendría el original.

J. G. Müller hace notar que las razas americanas no son imberbes, y que, por consiguiente, nada hay de sorprendente que se represente con barba á ciertos personajes. Botchica, por ejemplo, es un ser viril, y la barba es un atributo de virilidad que comparte con el Viracocha de los aymarás, con el Quetzalcóatl de los toltecas y con el Coxcox de los chichimecas. En cuanto á los naturales de la República Argentina, el P. Bárcena habla de indios barbados en Córdoba, en carta á su Provincial; Ambrosetti ha publicado un grupo de calchaquíes de Luracatao y una familia Cainguá con varones barbados[91].

Nosotros poseemos en nuestra colección una regular cantidad de pinzas depilatorias, que los peruanos llamaban _canipachos_[92], con las que el indio se arrancaba la barba.

La cuestión, pues, del hombre barbado, queda así explicada[93].

Reasumiendo: el conquistador encontró que en toda la América la Cruz era un símbolo sagrado; y, sin penetrar los orígenes y motivos de la figura geométrica simbólica, ni tener en cuenta su universalidad como tal, consideró desde el primer momento que ella fué importada á este Continente, pues para aquel la cruz americana tenía el mismo valor que el signo de su fe.

Al conquistador no ocurrió que el símbolo sagrado fuese nativo, y por eso no indagó los antecedentes que hubieran establecido la verdad del tan debatido asunto.

Posteriormente, cuando se detuvo á estudiar á la América y su genio nativo y original, entonces comenzó á comprender que no había necesidad de que apóstoles ú hombres blancos hubieran pisado su suelo, ni discurrido por sus vastas soledades, enseñando dogmas y misterios y dejando á la Cruz como recuerdo imperecedero de su predicación.

NOTAS:

[17] _Conquista Espiritual del Paraguay_, § XXI, págs. 95 y siguientes. (Bilbao, 1892).

[18] Véanse P. Lozano, _Historia de la Conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán_, tom. I, cap. XX, pág. 452, y N. de Techo, _Historia de la Provincia del Paraguay_, tom. I, lib. VI, cap. IV (Madrid, 1897).

[19] _Historia de la Compañía de Jesús de la Provincia del Paraguay_, Lib. VI, cap. XVI—El P. Cataldino fundó á N. S. de Loreto en 1546, y era italiano (Montoya cit., VI, pág. 30).

[20] Véase _El Hombre Blanco y la Cruz en el Perú_, de M. J. de la Espada, inserto en las Actas del Congreso de Americanistas de Bruselas (1879), págs. 529 y 530.

[21] _Historia del Paraguay_, etc., cit., tom. I, cap. III, pág. 69.

[22] De esta Gruta ocupóse Jiménez de la Espada en el referido Congreso de Bruselas, citando el testimonio de D. Julio Ramón César (_Descrip. Hist. del Paraguay_), quien dió en 1768 interesantes datos sobre la misma, concluyendo aquel americanista que se trataba de un monumento de la prehistoria, que quizá guardaría vestigios del hombre primitivo (Actas del Congr., tom. I, págs. 538 y 653).

M. Peterken manifestó en el Congreso que sobre esta gruta corrían leyendas nativas en el Paraguay, y que á su juicio fué un refugio de pescadores (Lug. cit, págs. 651 y 652).

[23] Sobre esta piedra debatió largamente el Congreso anterior de Luxemburgo en su 4^a sesión.

[24] Lozano, Op. y lug. cits.

[25] _Historia de Nuestra Señora de Copacavana_, capítulos VII á XI.

[26] _Crónica moralizadora de la Orden de San Agustín_, lib. II, capítulos II y siguientes.

[27] Ruíz de Montoya, cap. XXIII, págs. 98 á 103—Techo, tom. III, lib. VI. cap. IV, págs. 23 á 26—Lozano, tom. I, cap. XX.

[28] Op. cit., cap. IX.

[29] Cap. XXIII, pág. 102.

[30] Congr. de Amer. de Bruselas, tom. I, pág. 597, nota.

[31] «En toda la Provincia de Tucumán, escribe, no se encuentra vestigio ninguno de los que se celebran en otras regiones, ni hay noticia de que sus naturales tuvieron tradición sobre este particular y hallándose también noticias en la provincia de Santa Cruz de la Sierra, de que por allí discurrió nuestro sagrado apóstol, es verosímil que, dejando á mano izquierda el Tucumán, se encaminó desde el Paraguay al Perú» (tom. I, cap. XX. pág. 463).

Es curioso el dato consignado por Techo á la pág. 397, tom. II.

[32] _La Araucana_, Part. I, Canto II.

[33] Techo, Op. y lug. cits.—Ruíz de Montoya, § XXIII, págs. 102 y 103—Calancha, Op. cit.—_Congr. de Bruselas_, tom. I, págs. 555 á 640.

[34] Garcilaso, _Comentarios Reales_, tom. II, cap. IV—Antonio de Pinelo, _Paraiso_, lib. II, cap. XII—Lozano, tom. I, pág. 446—Lucas Fernández de Piedrahita, _Historia del Nuevo Reino_, etc.

[35] _Pay_, escribe Montoya en una de sus obras (_Cong. Esp. del Paraguay_, § XIX, pág. 96), «quiere decir Padre, y lo usurparon los viejos, los _magos_ y los _hechiceros_»; _Pay_, escribe en otra (_Tesoro de la Lengua Guaraní_, verb. _Pai_), «dice Padre, es palabra de respeto y con ella nombran á sus viejos _hechiceros_ y _gente brava_». _Pay_ escribe Calancha (Op. cit., Lib. II, cap. II), «es el nombre que daban á lo que ellos tenían por divino, poderoso ó sabio, como á Dios y á sus _encantadores_». «Los _magos_, dice Lozano (tom. I, cap. XX, pág. 462) se usurparon el nombre de _Pay_, para honrarse con él».

[36] Sobre Pay Tumé ó Tumá el Abate Schmitz discurrió en el Congreso de Luxemburgo (_Compte-réndu du Congrès Internat. des Américanistes_, tom. I, pág. 363).

[37] Lozano (Lug. cit., pág. 462) dice que los ancianos y magos que se decían Pay, «jamás se pusieron el de _Abaré_, como opuesto á su profesión, que era de vivir con cuantas mujeres alcanzaba su posible.» Ruíz de Montoya (Id. id, pág. 95) escribe que los paraguayos á los sacerdotes «llámanlos _Abaré_, que quiere decir _Homo segregatus á venere_». «Por _oprobio_ nos llaman _Abaré_», agrega en otro lugar, citando el ejemplo del «eunuco á natura» que vióse obligado á desterrarse, como los venados, por los montes (págs. 96 y 97).

[38] Wiener, _Pérou et Bolivie_, Vocabuls., verb. _Pai_, pág. 786, dice que esta voz es el pronombre él, ella.

[39] Lozano, cit., pág. 449—La cita de Alfaro, reproducida por Montoya (pág. 105), dice: «Cuando estuve visitando la Gobernación de Santa Cruz de la Sierra, supe que había en toda aquella tierra noticia de un Santo que llamaban Pay Tumé, el cual había venido de hacia la parte del Paraguay, y que había venido de muy lejos, de suerte que entendí como que había venido del Brasil por el Paraguay á aquellas tierras de Santa Cruz».

[40] Sin dejar de admitirse la comunicación continental con tierras del norte de la América y la migración europea de los escandinavos de los siglos X y XI, primero á Groenlandia y después á Vinland, los Congresos de Americanistas de Nancy y Luxemburgo debatieron y trataron con todo género de reservas la evangelización de las tierras americanas por los Apóstoles (Nancy, 1875, _Congrès des Américanistes_, tom. I-Id. id. Luxemburgo, _Compte rendu des Congr._, etc.—Véanse: M. E. Beauvais, _Les Colonies Europ._, Ses. 2^a tom. I, pág. 174; Monseñor Timon, _Missions in Western New York_, Buffalo 1862, págs. 16 y siguientes; Palfrey, _Hist. of New England_, tom. I. págs. 56 y siguientes, etc.)

En el Congreso de Bruselas el Abate Schmitz quizo reabrir la cuestión, pero sin éxito alguno (Bruselas, 1879, _Congr. des Amér._, tom. I, sesión 3^a, págs. 497 y siguientes.)

[41] «Abierta la puerta, escribe, y queriendo entrar por ella, apenas cabía un hombre y había mucha oscuridad y no muy buen olor. Visto esto, trajeron candela y ansi entramos con ella en una cueva muy pequeña, tosca, sin ninguna labor, y en medio della estaba un madero nincado en la tierra, con una figura de hombre hecha en la cabeza del, mal tallada y mal formada y al pie, á la redonda del, muchas cosillas de oro y de plata ofrecidas de muchos tiempos y soterrados por aquella tierra. Vista la suciedad y burlería del ídolo, nos salimos afuera á preguntar que porque hacían caso de una cosa tan sucia y torpe como allí estaba? Los cuales muy espantados de nuestra osadía volvían por la honra de su Dios, y decían que aquel era _Pachacámac_, el cual los sanaba de sus enfermedades.»

Sobre Pachacámac, véase Brasseur de Bourbourg, _Le Livre Sacré_, pág. 224.

[42] Para Girard de Rialle, Pachacámac no fué ni un dios ni un héroe solar, aunque más tarde los Incas le presentaran, como á Con y á Manco Ceápac, como hijo del sol. No era dios del agua, visto su antagonismo con Con (_Mythologie Comparée_, Cap. XVI, págs. 263 y 264).