La cruz en América (Arqueología Argentina)

Part 16

Chapter 163,873 wordsPublic domain

El Cuervo negro, en resumen, fué invitado juntamente con el sapo á unas fiestas en el cielo. El sapo aceptó ir en compañía del Cuervo, el que no atinaba cómo su compadre pudiera, sin alas, osar á tanto. En el día fijado, el negro Cuervo se presenta en casa de aquél. El sapo díjole que como él gustaba marchar muy dulcemente, le permitiese ir adelante. Su propósito era, como lo efectuó, esconderse en la guitarra que el Cuervo portaría para tocar en las fiestas del cielo, de manera que este le llevase por los aires. Llegado el Cuervo al cielo, le interrogaron por el Sapo, contestando aquel que su compadre no podía permitirse tan largos paseos. Después de tales palabras, dejó á un lado la guitarra, sentándose á la mesa. El Sapo sale de su escondite, y, con asombro general, se aparece á los convidados, divirtiéndose, cantando y danzando. Concluido el baile, todo el mundo se retira. El Sapo, viendo distraído al Cuervo, se mete sigilosamente de nuevo en la guitarra. El Urubú se puso de vuelta, sabiendo que traía un huésped dentro de su instrumento. En cierta parte del cielo el Cuervo, sin ruido, vuelca su guitarra, y el Sapo cae de las nubes, gritando á las piedras y á las rocas del suelo que se hicieran á un lado[315]. El Urubú replícale que no tuviese cuidado alguno, pues que volaba perfectamente. Lo que no impidió que el Sapo, al caer, se diera un golpe formidable. Esta fué la causa de que le salieran las manchas de su piel[316].

El americanista Ambrosetti, á nuestro parecer con muy juicioso criterio, interpreta la fábula del Amazonas. «En esta fábula, escribe[317], veo repetido el mito de Catequil y Piguerao, y quitándole la parte pintoresca, para mi lo que ha querido decir, en un principio, es: simplemente que Piguerao, el pájaro de la tormenta, al cruzar por el cielo llevando á Catequil, el rayo, lleva también, á pesar suyo, al Sapo, que bien puede ser _el granizo_, y que sacudiéndose fastidiado, lo arroja á la tierra».

Volviendo á la figuración simbólica del sapo, y á su valor mítico de «agua», no debemos olvidar que el batracio llama á las nubes, y que para significar que es cosa que suele estar arriba ó caer de lo alto, se le suspende con una cuerda de la rama, haciéndosele andar como péndolo en el aire, entre la copa del árbol y el suelo.

El canto de las ranas en los pozos ó los charcos, cuando es bullicioso é intermitente á la vez, suele ser tomado por anuncio seguro de lluvia.

En la Rioja perdura hasta hoy una leyenda india, según la cual el Sapo aparece ser el _Señor del Agua_[318], ó de las _Cochas_: fué un sapo, al cavar su cueva en la humedad, el que abrió la primera vertiente del Famatima. Ya constatamos en la Pampa Central una tradición semejante.

Nada más lógico, entonces, que la Cruz, el símbolo acuático por excelencia, aparezca sobre el cuerpo del Sapo como una insignia, como un emblema, como un tótem, si se quiere, de este Señor del Agua; y nada más expresivo que los símbolos combinados del Sapo y de la Cruz para que leamos en la escritura sagrada de la alfarería funeraria: «agua caida de las nubes», ó «agua llovida».

[Ilustración: Fig. 96. Sapos pintados sobre urnas funerarias.]

[Ilustración: Fig. 97. Interior de un puco Tolombón. Col. Inst. Geog.]

Es este, sin duda alguna, el motivo de que aparezca lleno de puntos (gotas de lluvia), geométricamente distribuidos, el pequeño sapo de la Fig. 96; y con adornos cuadrangulares (posiblemente alusión á andenes), su compañero de la derecha, figurillas estas pintadas sobre una urna del Museo Nacional. Dos series de adornos cuadrangulares, en dobles secciones triangulares del cuerpo de grandes sapos, aparecen en el interior de un puco de Tolombón, reproducidos en la Fig. 97. Tales adornos figuraron anteriormente sobre los dorsos de los sapos de la urna de la Fig. 90.

Reasumiendo las ideas de este capítulo, y después de lo establecido: ¿quién no creería observar totalmente reproducido el fenómeno atmosférico de la Tormenta en el interesante puco de la Fig. 92, viendo en el campo superior en la serpiente de doble espiral, con los apéndices ondulados de su cuerpo, al relámpago, al rayo y al trueno; tomando por gotas los puntos de esa franja de la izquierda, paralela al cuerpo del ofidio; teniendo, en el campo inferior, á los suris por representantes de las nubes, y á los sapos, con sus cruces, por símbolos de agua líquida ó congelada que cae de las mismas?

NOTAS:

[307] _Ropachicoc_ (Véase el _Dicc. Quichua_ del P. Diego de Torrez Rubio).

[308] Sobre castigos inflingidos á los fetiches, léase John Lubbock, _Orígs. de la Civiliz._, pág. 189 y sigtes.

[309] Sobre los bramidos del Ambato, véase Daniel Granada, _Reseña Hist. Descrip. de las Antigs. y Moderns. Supersticiones del Río de la Plata_, pág. 144 (1896).

[310] J. B. Ambrosetti, _Notas de Arqueol. Calchaquí_, págs. 237 y 238.

Seguramente que el ilustrado americanista Benigno T. Martínez nos suministrará preciosos datos de folk-lore ribereño cuando de á luz su tan esperada obra sobre la etnografía del Río de la Plata y sus afluentes.

[311] A. Ambrosetti, lug. cit., llamó también mucho la atención esta ceremonia, sobre la que escribe: «Curiosísima es también la cruz de ceniza sobre la que estaquean al sapo en Entre Ríos, pues en el valle Calchaquí hacen la misma cruz, y le ponen un _huevo parado en el centro_ (á nuestro juicio el huevo sustituye al ojo Imaymana, germen ó yema) para _conjurar el granizo_, y más curiosa es todavía la persistencia con que el sapo se halla representado en la alfarería funeraria, mostrando una cruz en el cuerpo».

[312] Que el elemento atmosférico Sapo simbólico aparece muchas veces como inseparable del ave de la tormenta, pruébalo el espíritu de la leyenda del Sapo y el Urubú (cuervo), que se reproduce al final, según la cual el ave y el Sapo caen desde las nubes á la tierra, después de pasear por el cielo.

En Catamarca, lo mismo que en Entre Ríos, con pocas variantes, perdura otra singular leyenda, según la cual el Sapo corre tan velozmente como el Suri, el ave de la tormenta, llegando siempre juntos al final de la carrera, ó á la raya, señalada con un mortero.

Un día se encontraron el Sapo y el Suri. Cruzadas las palabras de cumplimiento, y después de ponderar el Suri la ligereza de su carrera por los campos, el Sapo le dijo que él era capáz de ganarlo, por más que le viera saltar tan menudo sobre el suelo.

—¡Vd!... Pero, si yo no corro, sino vuelo!—dijo el Suri.

—¡No importa! probemos, probemos, y verá,—replicó el Sapo.

—¡Pero si Vd. irá saltando, saltando despacito; yo volando, volando; con mis largas canillas, ayudado por mis alas no habrá suelo que no se acabe.....

—No importa: probemos, probemos: le ganaré, compadre.

—¡Vd. ganarme!....

—Le juego mis prendas.

—Acepto; pero lo robo, compadre.

Y eligieron un largo campo para correr. Al final de la cancha, colocaron un mortero, que señalaba la raya.

El astuto Sapo dió cuenta de la apuesta á los suyos; y eligiendo compañeros que se le parecieran, los colocó escondidos á lo largo de la cancha, y al más vivo de todos dentro del montero, á fin de que unos tras otros, aparecieran siempre durante la carrera, engañando así al Suri.

El Suri parte huyendo. Con asombro suyo, vé siempre saltando al Sapo á su lado. Llega aquel á la raya, y cuando alardea de triunfo, sentándose en el mortero, el sapo que estaba dentro del mismo, le grita:—¡alto, que yo llegué de antemano!—De modo que éste fué el ganador.

El Suri es la nube. Su carrera, es la que le impulsa el viento en el aire. El mortero es el objeto en el que se muelen las mieses producidas por la lluvia, de que aquel es portador. El Sapo, junto con la nube, llegando al mortero, representa, sin duda, otro elemento atmosférico.

[313] Así, sería posible que, para que no caigan ni piedra ni granizo, y sí lluvia, se castigaran con _rupachico_ á los sapos estaqueados.

[314] _L’Urubú et le Crapaud_, pág. 203 y sigtes. del _Folk-lore Brésilien_, por F. J. De Santa Anna Nery, París 1899 (cit., por Ambrosetti, _Notas_ etc., págs. 236 y 237).

[315] «Retrerez-vous pierres et rochis, criat’il en approchant de terre, ou je vous écrase».

[316] Tan interesante fábula ha dado tema á la siguiente poesía:

EL SAPO Y EL URUBÚ

Invitados á unas fiestas en el Cielo Son el Sapo y Urubú de largo vuelo. «Oh! compadre! me han contado que va á irse Á las fiestas,—dijo el Cuervo, por reirse. Sí, mi amigo,—dice el Sapo, muy ufano, Ir mañana he decidido, bien temprano. Más que todo, una ascensión me es necesaria ..., Que harto sufro con mi vida sedentaria. A seguirle me dispongo, pero cuento Con que lleve, bien templado, su instrumento». «Tengo lista mi vihuela,—dijo el Cuervo, Y usted cuente, señor Sapo, con un siervo; Más su bombo precisamos en la fiesta El bum! bum! acompasado de la orquesta». El buen Cuervo, con luciente, negro traje Está listo de mañana para el viaje. «Buenos días»; «que los tenga; tome asiento, Dijo el Sapo,—deje á un lado su instrumento». «Usted sabe que yo marcho dulcemente».... «Si le place, partiré primeramente». Y metióse, sin ser visto, en la vihuela. A la hora el Urubú con ella vuela. Cuando llega, le interrogan los del cielo Por el Sapo y otras cosas de este suelo. «Vaya! vaya! ¿imaginabais,—les contesta, Que aquel joven asistiera á vuestra fiesta Por vivísimo que fuera su deseo, Cuando es largo para el Cuervo este paseo? Si en la tierra ni cien saltos aventura, ¿Es posible que remonte tal altura?» Lo cual dicho, su vihuela deja á un lado, Ocupando su lugar de convidado. De improviso, deja el Sapo su escondite, Y aparece muy finchado, en el convite. Gran asombro en la asamblea! Baila y canta Con el trémolo fugaz de su garganta. Cuando acaba, todo el mundo victorea, Y es el mismo del aplauso en la asamblea. Canta el Cuervo, y habla el Cuervo. Mientras dura Su discurso, el ardidoso se apresura O ocultarse nuevamente en la guitarra, Pues termina ya la célica fanfarra. Baja el Cuervo del empíreo firmamento, Más ya sabe quién hospeda en su instrumento. ¡Como nunca, la venganza es oportuna! Cuando pasa por debajo de la Luna, De improviso la vihuela vuelca y baja, Escapando por la boca de la caja El viajero de los aires y del cielo Sin más alas que sus patas para el vuelo. De las nubes cae el Sapo, como cosa, Y así grita con palabra lastimosa: «No en vosotras, piedras, rocas, de mi pecho! Oh! arenas! preparadme vuestro lecho!» Malicioso el Urubú, cuando súplica, «¡Es tan rápido su vuelo,—le réplica, Y seguro al mismo tiempo, mi compadre, Que sin duda fué un águila su madre!»

* * * * *

Cuenta el Sapo que las manchas de su lomo Le salieron con su caida como un plomo; Pero niega que esta historia, ya muy vieja, Tener pueda su estilada moraleja.

[317] _Notas_ cit., pág. 237.

[318] En nuestro Pomán hay un lugarejo que se denomina _Apoycco_ (Apu-Yaco), que dice:—Agua Señor—por la construcción de la doble palabra quichua.

CAPÍTULO X

RESUMEN SINTÉTICO

CONCLUSIONES FINALES

_Síntesis de la obra—La Cruz como emblema sagrado—Motivos con que se la ha empleado—Su adopción general como combinación mítica y artística—Unidad de su valor simbólico—Contactos y migraciones de las naciones americanas—La forma geométrica de la Cruz—La Cruz en Calchaquí—Síntesis arqueológica—El volátil de la Tormenta—Loros en las Huacas de Chañar Yaco—Huaca de Yocavil—La Cruz y los fenómenos atmosféricos—Universalidad del culto al Agua y á las masas líquidas—La Cruz es el símbolo de la Lluvia._

Estas últimas páginas, condensación de las múltiples ideas emitidas y desarrolladas en la obra, han sido escritas por la necesidad imprescindible de sostener su unidad, y por arribar á una solución sintética y única del problema arqueológico debatido, después de haberlo encarado bajo todas sus faces, tratando de establecer el valor precolombiano del signo de la Cruz en las diversas formas y maneras cómo se presenta, ya en calidad de emblema de los dioses, de símbolo de su culto ó de carácter hierático de un misterioso lenguaje escrito.

En primer lugar, debe dejarse definitivamente sentado el hecho de su universalidad, de tal manera que pueda decirse que en América la Cruz ha sido una insignia religiosa empleada por los pueblos que salieron del imperio absoluto del fetiquismo, para entrar al período en que las religiones se valen de signos convencionales en la expresión de las disquisiciones intelectuales y de las ideas consagradas por la creencia colectiva.

Naturalmente que, estudiada la Cruz como emblema sagrado, prescindimos de su valor arquitectónico de combinación geométrica de dos líneas, que entre sí se cortan para formar ángulos rectos. Su empleo en la arquitectura y ornamentación nativas, en la mayor parte de los casos, sería naturalmente sugerido por el gusto á la línea recta y sus combinaciones, con prescindencia de las ideas religiosas del pueblo que la incorporaba á las modalidades de su arte pictórico ó escultural.

Nosotros, como se ha visto en este trabajo, nos hemos ocupado de la Cruz en cada ocasión en que el hombre americano la ha trazado, grabado ó pintado con algún intento ideológico; es decir, cuando se ha valido del signo autóctono para figurar una cosa, ó expresar alguna idea: como el agua, los vientos, la lluvia, la acción de los astros.

Muchas de las razas primitivas continentales han sido dotadas de una rara fantasía, y la Cruz ha figurado en sus manifestaciones imaginativas y en sus creaciones artísticas como la expresión representativa de cualquier cosa ó asunto sobrenaturales, ya el símbolo aparezca en la roca, en el muro del templo, en la huaca, en la tela de vestir ó en la alfarería doméstica; porque en todos los momentos de las razas, individuales ó colectivos, aún en aquellos más naturales y sencillos de la vida ordinaria, las divinidades eran la causa, aunque fueran mediata, de los sucesos, haciéndose sentir su acción en los hechos y actos más trascendentales, como en los nimios ó triviales. Cuanto menos puede el brazo del hombre, tanto más interviene la mano de los dioses.

De aquí que la Cruz simbólica aparezca reproducida con variados motivos, y sobre cualquier cosa ú objeto. Un vaso, por ejemplo, lleva labrado ó pintado el signo sobre su superficie externa, de la propia manera que un ídolo lo porta sobre su pecho ó en su rostro; y es que, aunque el primero de estos objetos sea destinado al uso diario de beber agua, en ciertas ocasiones se emplea como aparato ceremonial, como instrumento del culto, como cosa sagrada, como cuando sirve para implorar á las divinidades. El grabado ó pintura de tal Cruz, fué decidido desde el primer momento por necesidades que pueden ocurrir en el acto de beber. Cuando la Cruz aparece sobre un ídolo, la cuestión se presenta simplificada, porque aquella insinúa por sí misma uno de los atributos del dios, desde que los otros símbolos, el círculo, el meandro, la espiral expresan á la vez la acción potencial de la divinidad que los porta.

En cuanto á su profusión continental y á la rara unidad de su valor en los diversos pueblos americanos del norte, del sud ó del centro, la cuestión es árdua, en el segundo extremo; que en lo relativo al primero, podría decirse que ello es el resultado del hecho matemático de que la combinación cruciforme es adaptable como el signo general de la geometría celeste y terrestre.

En efecto: que un piel roja, un delaware, un sia, un maya, un azteca, un muysca, un peruano y un calchaquí empleen la Cruz como un signo ó emblema religioso, puede explicarse fácilmente por el papel político y social de los conocimientos astronómicos de gran parte de estos pueblos, que, como los del sud, venerarían al crucero, visible para ellos; ó por la aplicación, de parte de todos, de la geometría, en la cual eran versados, influyendo especialmente en el dibujo del signo el gusto por el ángulo recto, como que figuras elementales ó radicales geométricas eran los demás símbolos venerados, cuyo trazado ocurre á cualquier inteligencia: el círculo, el cuadrilátero, el triángulo y otras combinaciones de líneas curvas y rectas. Pero que en América tenga también la Cruz un valor universal como símbolo acuático, asunto es éste sobre el cual cuanto más se reflexiona, más se arraiga la convicción de que no hay otra manera de explicarlo sinó estableciendo desde luego las migraciones y contactos de los pueblos entre sí, mayormente si se tiene en cuenta, por ejemplo, que las divinidades atmosféricas portadoras de la Cruz aparecen al norte y en el sud dotadas de atributos idénticos, siéndoles muchas cosas comunes, como su figuración de ofidio, de volátil ó de una combinación de uno y otro, tal cual sucede con Quetzalcóatl, Gucumatz, Kukulkán, Catequil, Huayrapuca, los seres ó pájaros serpientes,—lo que no es concebible atribuir á mera casualidad, sino á influencias de una cultura sobre otra cultura, de una religión sobre otra religión; lo que equivale á decir: á una influencia mediata ó inmediata azteca ó maya sobre Perú y Calchaquí, ó viceversa, á una influencia peruana y calchaquí sobre Yucatán y Méjico, no obstante las inmensas distancias que separan á estos cuatro pueblos. Por eso creemos que la arqueología y la antropología van bien encaminadas cuando estudian comparativamente monumentos, religiones y razas, hasta que lleguen con procedimientos prácticos á establecer definitivamente la verdad, tantas veces sospechada, de las migraciones de agrupaciones humanas de norte á sur y de sur á norte, exterminándose, desalojándose, ó transformándose por la cruza después del avasallamiento, dando así con la clave de tanto fenómeno etnológico, como el de la igualdad de diversos tipos craneológicos en regiones distantes: el de Bolivia y Perú en Méjico; el del tehuelche de la Pampa en la Tierra del Fuego, por ejemplo; y vale la pena de consignar que algunas de estas migraciones están demostradas ó en vías de demostrarse: la de los chancas ó piernas al Perú, y la de otras razas que derribaron el imperio; la de los peruanos á la Argentina y Chile[319]. En el Río Negro se han encontrado restos de una raza dolicocéfala; indios yaganes viven arrinconados en la Tierra del Fuego; araucanos, para no ir lejos, han ocupado el territorio que fué de los taluhet, divihet y chechehet, ramas del tronco patagónico, uno de los grandes grupos de la Raza Pampeana de D’Orbigny; lules y vilelas, el Chaco Guaycurú; las razas Guaraní, Chaco-guaycurú, Pampa-patagona y Pampa, el Río de la Plata, seguramente[320]. Un estudio especial sobre las cosas, como sobre el uso del tabaco y la alimentación por medio del maíz, de parte de tanto pueblo americano, podría contribuir eficazmente á ilustrar estos problemas[321].

En Méjico y Perú hemos visto figurar á la Cruz como signo astronómico venerado; y posiblemente en los pueblos meridionales la distribución de las estrellas de la Cruz del Sud, como lo dijimos, ha decidido su figuración, tal cual apareció en la lámina del Yamqui Pachacuti. La Cruz en tal caso, más que un emblema general del cielo, es un signo de carácter particularmente astrolátrico, que representa la determinante acción de los cuerpos celestes en la producción de los fenómenos atmosféricos.

En cuanto á la forma geométrica del símbolo, ella ha sido indiscutiblemente determinada por la veneración al número sagrado 4, ó á cuatro cosas, distribuidas de tal manera que unidas entre sí por líneas, se corten en ángulos rectos, figurando un signo cruciforme con palos de iguales dimensiones, pues las cuatro cosas se suponen equidistantes de un punto común, ó sea el de intersección de las líneas que respectivamente los unen. Estas cuatro cosas son especialmente: los cuatro genios animados del mundo, que habitan las cuatro extremidades del mismo; las cuatro grandes cariátides vivientes que sostienen el globo; las cuatro divinidades cardinales, el norte, sud, este y oeste; los cuatro hermanos ascendientes[322], venidos de las cuatro partes del mundo, por los cuales, por ejemplo, los tupis del Brasil se creen engendrados, lo mismo que los guaraníes del Paraguay, como los muyscas de Bogatá por los cuatro gefes del dios Nemqueteba, los nahuas de Méjico por cuatro familias originales,—número que es doblado por los ottoes y pawnes; las cuatro estaciones del año, con sus diversas temperaturas y productos, obra de los genios de los cuatro vientos, al pensar de algonkines, cherokees, choctaws, creeks, aztecas, muyscas, peruanos y araucanos; finalmente, los cuatro vientos ó espíritus cardinales, invocados por los pueblos americanos como los portadores de la seca, de los huracanes, de la humedad, de la lluvia, según la manera y el lugar cómo y de donde soplan; y así, el viento norte es el de Mictla ó de la Muerte para los aztecas, mientras que el este es el del paraiso ó de Tlalocavitl, el mismo viento que para los dakotas simboliza la vida y la fuente de las cosas.

Los cuatro palos de la Cruz suelen en América ser comunmente de iguales dimensiones, por la razón sencilla de que aparecen como diámetros de un horizonte siempre circular para los ojos del indio, contemplando en todas direcciones las llanuras ó los desiertos, de modo que él se cree colocado en toda ocasión en un punto céntrico ó de origen[323]. De aquí, sin duda, que sea tan profuso en el simbolismo continental el círculo con diámetros cortándose perpendicularmente entre sí, ó el doble símbolo combinado del círculo y de la Cruz, esculpido en las figuras humanas de la tabla y bajorelieves de Palenque, y pintado con profusión en telas y alfarerías peruanas, y no pocas veces sobre los objetos calchaquíes.

Son, sobre todo, estos cuatro vientos, que soplan de las cuatro direcciones cardinales de la tierra, los que han determinado la forma geométrica y simplificada de una Cruz, por la unión con líneas rectas del norte y sud, del este y oeste, respectivamente. Y es en el punto de intersección de las líneas en el cual la persona, la tribu ó la nación se creen ubicadas; y es así mismo en tal punto, lugar de la ubicación de una zona terrestre, en donde los vientos venidos, que acarrean las nubes lejanas, producen su acción, dando lugar al nublado, al trueno, al rayo, y luego á la lluvia.

Tal es el motivo por el cual la Cruz se vuelve el símbolo sintético de todos los accidentes y fenómenos atmosféricos, obrando con su poderosa acción en el cielo y en la tierra.

No solo corrobora, sino prueba esta afirmación arqueológica el hecho de que gran número de mitos atmosféricos, de divinidades del viento, del trueno, de la tormenta y de la lluvia, llevan como insignia ó emblema la Cruz, ya entre sus manos, en su escudo, en su túnica ó en sus flotantes vestiduras. Tláloc, Amimitl, Chalchihuitlicue ó Mataclue, Tzotzitepec, Quetzalcóatl[324] ó Nanihehecatl, Wixepecocha, Huitzilipochtli, Gucumatz, Ahulneb, los Bacabs, Batchué, Atticci Viracocha, tienen por insignia la Cruz, ó la llevan figurada, cuando no constituyen cuaternos sagrados, el principio del símbolo cruciforme.

Después de haber estudiado en cinco capítulos sucesivos á la Cruz como emblema sagrado en los diversos pueblos continentales, del VI al IX inclusive, nos concretamos á establecer su valor simbólico en nuestro Tucumán, asunto que no se ha tratado hasta hoy detenidamente.

Desde el primer momento advertimos que en ninguna otra sección geográfica, como en la tucumana, y especialmente calchaquí, al noroeste de la Argentina, la Cruz se encuentra tan reiteradamente repetida, al grado de que pueden contarse, entre las diversas colecciones existentes, cerca de tres centenares de objetos con la figura cruciforme[325].