Part 14
--Además, cuando yo me establecí en Madrid, hace catorce años, conocí a ese Requejo. Juana estaba ya viuda, Inés era tamañita así, y tan lindilla y tan amable como ahora. Pues bien: el primo de Juana, a quien yo insté en cierta ocasión para que favoreciera a esta familia, me dijo: «No puedo hacer nada por ellas, porque Juana ha renegado de sus parientes; en cuanto a Inesilla estoy casi seguro de que no es de mi sangre. Me han dicho que es una inclusera, a quien Juana ha recogido haciéndola pasar por hija suya.» Pretexto, nada más que pretexto, para disculpar su avaricia. No me fue posible convencer a aquel bárbaro, y desde entonces no le he vuelto a ver.
--¿De modo que no hay que contar con esa gente?
--Como si no existieran.
Estas palabras me llevaron a reflexionar sobre la suerte de aquella infeliz familia. Hubiera deseado tener los tesoros de Creso para ponérselos a Inés en el cestillo de la costura. Como nunca, sentí entonces imperiosa y viva la primera necesidad del hombre honrado, que está resuelto a no vender su conciencia. No tenía dinero... ¿Cómo adquirirlo?
Fui otra vez al lado de Inés, a quien no podía menos de mostrar a cada instante mi afecto vehemente; y después que conferenciamos otro poco salí de casa, pensando en el ardid que emplearía para que el padre Celestino recibiese, sin menoscabo en su dignidad, el doblón que me dio Mañara, y diciendo entre mí a cada paso: «¡Maldito dinero! ¿Dónde estás?»
XXI
Al entrar en casa de la González, esta acudió presurosa a mi encuentro, y me causó sorpresa el verla muy alegre, con esa alegría inquieta y febril de los niños, que ríen, cantan, golpean y destrozan cuanto encuentran al paso. Mi ama me habló lo que después diré, y a cada frase se interrumpía para cantar alguna tonada o estribillo de los infinitos que enriquecían su repertorio de sainetes.
--¿Qué pasa para tanta alegría, señora?
--He tenido carta de la señora marquesa --me contestó--, la cual viene mañana a preparar la función. Yo estoy encargada de dirigir la escena.
Sal quiere el huevo y el demonio del gato vertió el salero.
--Buen provecho --dije--. ¿Y qué cuenta de la señora Lesbia?
--Que la pusieron en libertad a la media hora conociendo que nada resultaba contra ella. También dejaron libre a D. Juan. Pronto les tendremos aquí, y la función no se retrasará. ¡Qué placer! Yo dirijo la escena.
Madre, y qué gusto es ver a dos gitanos trocar de burros.
--Pues sea enhorabuena.
--Pero hay un inconveniente, Gabriel --prosiguió--. Ya sabes que ninguno de esos señores quiere hacer el papel de Pésaro por ser muy desairado. Perico Rincón, mi compañero, dijo que lo haría, si le daban mil reales; pero cátate que ha caído con una pulmonía, y si la función es para el 6, no sé cómo nos compondremos. ¿Quieres tú hacer el papel de Pésaro?
--¡Yo, yo representar! --exclamé con espanto--. No quiero ser cómico.
--Pero representas de aficionado, tontuelo, y el honor de salir a las tablas en un teatro como el de la marquesa es tal, que muchos currutacos se desvivirían por obtenerlo. ¡Y yo dirijo la escena!
En mi casa me dicen que soy usía, que soy usía, porque amo a un escribiente de lotería.
Conque, chico, vas a aprender ese papel; que aunque es superior a tu edad, con unas barbas postizas, arregladas por mí, y teniendo tú cuidado de ahuecar la voz, quedarás que ni pintado. Además, no olvides que la señora marquesa ha ofrecido dos mil reales a todas las partes de por medio que trabajan en esta representación. Juanica, que hace de Hermancia, no cobra más que mil.
La noche de San Pedro te puse un ramo y amaneció florido como mil mayos.
¿Conque aceptas, chiquillo, sí o no?
No pude menos de discurrir que sería muy tonto si renunciaba a poseer aquellos dineros, que me venían como anillo al dedo para ofrecer a Inés un auxilio en su tribulación. Sin embargo, me repugnaba el oficio de cómico, y más aún la idea de verme nuevamente entre personas a quienes había cobrado cierta repugnancia. Con todo, después de pesar los inconvenientes y las ventajas, me decidí al fin, y hasta (debo confesarlo) el pícaro demonio de la vanidad intentó de nuevo asaltar mi alma poniendo ante los ojos de mi imaginación la honra, el lustro, el tono que me daría alternando con tanta gente aristocrática en aquellas magníficas salas cuyas alfombras no era dado pisar a todos los mortales. Pero lo que principalmente me indujo a aceptar fue el premio ofrecido, que era para mí una cantidad fabulosa, un sueño de oro.
«La Providencia divina me envía esos dos mil reales que son diez duros, y otros diez, y otros diez, y otros diez, etc... ¡quiá! si no se pueden contar. Buen tonto seré si no los cojo.»
Dejé a mi ama, que al retirarme yo cantaba:
Alons, madamusella, asamble reunión a tour de la butella ferán le rigodón.
Y volví a casa de Inés, a quien participé la riqueza que me aguardaba, prometiendo regalársela. Pasé allí largas horas entristecido por el espectáculo que ofrecía la pobre y enferma doña Juana, cada vez más empeorada. Al salir a la calle, y cuando pasaba junto al gran portal, vi que de un enorme carro sacaban telones pintados y otros aparatos de teatro, los cuales trastos venían, según me dijo el portero, de casa de D. Francisco Goya.
--Dentro de tres o cuatro días --añadió-- es la función. Ya es seguro que vendrá la señora duquesa a hacer el papel de Edelmira.
Oído esto, me retiré pensando en que tal vez alcanzaría un triunfo escénico si tenía serenidad suficiente para no asustarme ante público tan distinguido.
Los ensayos de mi papel empezaron con gran actividad, y el mismo Isidoro me dio varias lecciones, haciéndome declamar trozo a trozo los principales y más difíciles pasajes. Entonces pude comprender mejor que nunca el violento y arrebatado carácter del célebre actor, pues cuando yo no aprendía un verso tan pronto y tan bien como él deseaba se enfurecía, llamándome torpe, necio, estúpido, sin omitir otros calificativos algo más duros y mal sonantes. Ensayando, tuve muy presente la máxima que corría muy válida entre los cómicos del Príncipe, y era que, representando con Máiquez, convenía trabajar bien, aunque no demasiado bien, pues en este caso el gran maestro se enojaba tanto como en el caso contrario.
A vuelta de dos o tres días de trabajo ya sabía regularmente mi parte, siendo mi principal empeño declamar bien el parlamento de salida, cuando el dux de Venecia me dice:
Insigne amigo del valiente Otelo.
Hubo un ensayo general, a que asistieron todos, menos Lesbia, y me parece que no lo hice mal. Por mí la representación no debía retrasarse, y el día 5 ya recitaba del principio al fin mi papel sin que se me escapara un verso. Según me dijo mi ama, la señora duquesa había venido del Escorial el 4 por la noche.
--De modo que nada falta ya.
--Nada --me contestó con la bulliciosa jovialidad que la afectaba por aquellos días--. ¡Y yo dirijo la escena!
Donde yo campo nenguno campa. A bailar el bolero y asar castañas, apuesto a todo el orbe con la más guapa. Dale que dale, suenen las castañetas rabie quien rabie.
Llegó por fin el día señalado, y desde por la mañana muy temprano me puse en ejercicio, corriendo de aquí para allí en busca de mil cosas que mi antigua ama necesitaba. Los afeites de la calle del Desengaño, los trajes pintados en la de la Reina, las telas y cintas, cotonías, muselinetas, pañuelos salpicados de doña Ambrosia de los Linos, todo se puso en movimiento para dar cumplida satisfacción a los caprichos de Pepita. Debo advertir que aunque esta no trabajaba más que como directora de escena en la tragedia _Otello_, cantaba en el intermedio una graciosa tonadilla; y por fin de fiesta el sainete titulado _La venganza del Zurdillo_, del buen Cruz, corría también por cuenta de aquella. Mientras desempeñaba yo por Madrid tantas y tan diferentes comisiones, iba recitando de memoria los versos de la parte de Pésaro, y cuando se me trascordaba algún pasaje, sacaba el papel del bolsillo, y metido en un portal, leía en voz alta, llamando la atención de los transeúntes.
Durante mi largo paseo por la villa, noté grande agitación. La gente se detenía formando grupos, donde se hablaba con calor; y en alguno de estos no faltaba quien leyese un papel, que al punto conocí era la _Gaceta de Madrid_. En la tienda de doña Ambrosia encontré ¡oh rara e inexplicable casualidad! a D. Lino Paniagua y a D. Anatolio, el papelista de enfrente, cuyos personajes no ocultaban su inquietud por los acontecimientos del día.
--Ya me esperaba yo tan inaudita perfidia --dijo este último--. ¡Cómo se ve en este decreto la mano alevosa del _choricero_!
--Pero léanos usted de una vez el decreto --dijo doña Ambrosia--, aunque sin oírle ya sé que el Sr. Godoy nos habrá hecho una nueva trastada.
--No es más --continuó el papelista-- sino que se han ido a la prisión del Príncipe, y poniéndole una pistola al pecho, le han obligado a escribir estas herejías; sí, señores, porque es imposible que un joven tan caballeroso, tan honrado y de tan buen entendimiento como es el hijo de nuestros reyes, se rebaje y se humille hasta el extremo de pedir perdón como un chico de escuela, y de acusar tan villanamente a los que le han ayudado.
--Pero lea usted, Sr. D. Anatolio.
Entonces D. Anatolio limpió el gaznate, y con tono de pedagogo leyó el famoso decreto de 5 de noviembre, que dice así:
«_La voz de la naturaleza desarma el brazo de la venganza, y cuando la inadvertencia reclama la piedad, no puede negarse a ello un padre amoroso..._»
Lo notable de este decreto, en que se anunciaba a la nación el arrepentimiento del Príncipe conspirador, eran las dos cartas que él había dirigido a la Reina y al Rey, y que casi puedo trascribir aquí sin echar mano de la historia, donde están para _in æternum_ consignadas, porque las recuerdo muy bien; tan originales y gráficos eran el lenguaje y tono en que estaban escritas. Decía así la primera:
«Papá mío: he delinquido, he faltado a V. M. como Rey y como padre; pero me arrepiento y ofrezco a V. M. la obediencia más humilde. Nada debía hacer sin noticia de V. M., pero fui sorprendido. He delatado a los culpables, y pido a V. M. me perdone por haberle mentido la otra noche, permitiendo besar sus reales pies a su reconocido hijo, --_Fernando_.»
La segunda era como sigue:
«Mamá mía: estoy arrepentido del grandísimo delito que he cometido contra mis padres y reyes, y así con la mayor humildad le pido a V. M. se digne interceder con papá, para que permita ir a besar sus reales pies a su reconocido hijo, --_Fernando_.»
En estas cartas aparecía el pobre Príncipe como el más despreciable de los seres, pues demostrando no tener ni asomo de dignidad en la desgracia, confesaba que _había mentido_, y después de _delatar a los culpables_, pedía perdón a sus papás, como un niño de seis años que ha roto una escudilla. Pero entonces los honrados y crédulos burgueses de Madrid no comprendían que ocurriera nada malo sin que fuera causado por el atrevido Príncipe de la Paz, y hasta las malas cosechas, los pedriscos, los naufragios, la fiebre amarilla y cuantas calamidades podía enviar el cielo sobre la península, se atribuían al favorito. Así es que nadie veía en las citadas cartas una manifestación espontánea del Príncipe, sino antes bien una denigrante confesión arrancada por sus carceleros, para ponerle en ridículo a los ojos del país entero. Si esta fue la intención de la corte, produjo efecto muy contrario al que se proponían, pues conocido el decreto, el público se puso de parte del prisionero, y abrumó al valido con su ardiente maledicencia, suponiéndole autor, no solo del decreto, sino de las cartas.
--¿Necesita esto comentarios? --dijo don Anatolio, dejando la _Gaceta_ sobre el mostrador.
--Pues yo --dijo doña Ambrosia-- quisiera estar oyendo por el agujero de una llave lo que dice Napoleón de todas estas cosas.
--Eso --indicó con malicioso gesto don Anatolio-- no necesitamos oírlo, pues bien claro es que ya tiene decidido quitar del trono a los reyes padres, para ponernos en él a nuestro Príncipe querido. Sí... que no sabrá hacerlo en menos que canta un gallo el buen señor.
--¡Qué escándalo! --exclamó con timidez D. Lino Paniagua--. Y eso se dice en voz alta, donde pudieran oírlo personas allegadas al gobierno.
--¡Bah, bah! --respondió el papelista--. Amigo D. Lino, esto se va por la posta. Dentro de un mes no queda aquí ni rastro de _choricero_, ni reyes padres, ni escándalos, ni picardías, ni otras cosas que callo por respeto a la nación.
--Ojalá tenga usted boca de ángel, señor D. Anatolio --añadió la tendera--, y quiera Dios tocarle pronto en el corazón al señor de Bonaparte, para que venga a arreglar las cosas de España.
El abate D. Lino no quiso oír más y se marchó; despacháronme a mí, y allí quedaron ambos comerciantes arreglando los asuntos de España.
No quise entrar en casa sin hablar un poco con Pacorro Chinitas, que estaba en su sitio de costumbre, afilando cuchillos y tijeras.
--¡Hola, Chinitas! --le dije--. ¡Cuánto tiempo que no nos vemos! Anda la gente muy alarmada por ahí.
--Sí: la _Gaceta_ trae hoy no sé qué papel. En la tienda del buñolero le oí leer y decían todos que era preciso colgar al _choricero_ por los pies.
--¿De modo que creen ha sido escrito por él?
--¿Y a mí qué más me da? --respondió incorporándose--. Lo que digo es que todos son buenas piezas, y si no vengan acá. Dicen que el ministro sacó de su cabeza esas cartas y obligó al Príncipe a firmarlas. ¿Pues para qué las firmó? ¿Es acaso algún niño que todavía está en planas de primera? ¿No tiene veintitrés años? Pues con veintitrés años a la espalda se puede saber lo que se firma y lo que no se firma.
Las razones de Chinitas me parecían de un buen sentido incontestable.
--Aunque no sabes leer ni escribir --le dije--, me parece, Chinitas, que tú tienes más talento que un papa.
--Pues los tenderos, los frailes, los currutacos, los usías, los abates, los covachuelistas y toda esa gente que anda por ahí, están muy entusiasmados creyendo que Napoleón va a venir a poner al Príncipe en el trono. Dios nos la depare buena.
--Y tú, ¿qué crees, insigne amolador...?
--Creo que somos unos archipámpanos si nos fiamos de Napoleón. Este hombre que ha conquistado la Europa como quien no dice nada, ¿no tendrá ganillas de echarle la zarpa a la mejor tierra del mundo, que es España, cuando vea que los reyes y los príncipes que la gobiernan andan a la greña como mozas del partido? Él dirá y con razón: «Pues a esa gente me la como yo con tres regimientos.» Ya ha metido en España más de veinte mil hombres. Ya verás, ya verás, Gabrielillo, lo que te digo. Aquí vamos a ver cosas gordas, y es preciso que estemos preparados, porque de nuestros reyes nada se debe esperar y todo lo hemos de hacer nosotros.
Mucho meollo encerraban, como conocí más tarde, estas palabras, las últimas que en aquella ocasión oí a Pacorro Chinitas. Él solo había previsto los acontecimientos con ojo seguro, y en cambio el héroe del siglo, que conocía a España por sus reyes, por sus ministros y por sus usías, quería saberlo todo y no sabía nada. Su equivocación acerca del país que iba a conquistar se explica fácilmente: supo sin duda lo que decían doña Ambrosia, D. Anatolio, el hortera, el padre Salmón y otros personajes; pero ¡ay! no oyó hablar al amolador.
XXII
Llegó la noche y la función de la marquesa era preparada con mucha actividad. Cuando dejé las ropas de mi ama en el cuarto que se le había destinado para vestirse, por la escalera pequeña subí al sotabanco, y encontré a Inés muy apesadumbrada porque los dolores de la enferma se habían recrudecido y mostraba la buena mujer mucha inquietud. Yo estuve allí para consolar a mi amiga y a su buen tío todo el tiempo de que pude disponer; pero al fin me fue forzoso abandonarlos, y bajé a casa de la marquesa muy afligido.
Describiré aquella hermosa mansión para que ustedes puedan formarse idea de su esplendor en tan célebre noche. D. Francisco Goya había sido encargado del ornato de la casa, y casi es excusado elogiar lo que corría por cuenta de tan sabio maestro. Desde el recibimiento hasta la sala había adornado las paredes con guirnaldas de flores y festones de ramaje, hechas aquella con papel y estos con hojas de encina, ambas obras tan perfectas, que nada más bello podía apetecer la vista. Las lámparas y candelillas habían sido puestas con mucho arte, también en forma de guirnaldas y festones de diversos colores, y su vivo resplandor daba fantástico aspecto a la casa toda.
El primer salón, de cuyas paredes las modas nuevas no habían desterrado aún aquellos hermosos tapices, que pasaban de generación a generación, entre los tesoros vinculados, no perdía con tan espléndidas luminarias su grave aspecto; antes bien, las luces, dando extraños reflejos a las armaduras de cuerpo entero que ocupaban los ángulos, visera calada y lanza en mano, como centinelas de acero, parecían imprimir el movimiento y el calor de la vida a los imaginarios cuerpos que se suponían dentro de ellas. Alegres cuadros de toros disipaban la tristeza producida en el ánimo por otros, en cuyo oscuros lienzos habían sido retratados dos siglos antes por Pantoja de la Cruz o por Sánchez Coello, hasta una docena de personajes ceñudos y sombríos, conquistadores de medio mundo.
Con estas joyas del arte nacional contrastaban notoriamente los muebles recién introducidos por el gusto neoclásico de la revolución francesa, y no puedo detenerme a describiros las formas griegas, los grupos mitológicos, las figuras de Hora o de Neira o de Hermes, que relucían sobre los relojes, al pie de los candelabros y en las asas de los vasos de flores sus académicas actitudes. Todos aquellos dioses menores, que jabelgados de oro, renovaban dentro de los palacios los esplendores del viejo Olimpo, no se avenían muy bien con la desenvoltura de los toreros y las majas que el pincel y el telar habían representado con profusión en tapices y cuadros; pero la mayor parte de las personas no paraban mientes en esta inarmonía.
El salón donde estaba el teatro era el más alegre. Goya había pintado habilísimamente el telón y el marco que componían el frontispicio. El Apolo que tocaba no sé si lira o guitarra en el centro del lienzo, era un majo muy garboso, y a su lado nueve manolas lindísimas demostraban en sus atributos y posiciones que el gran artista se había acordado de las musas. Aquel grupo era encantador, pero al mismo tiempo la más aguda y chistosa sátira que echó al mundo con sus mágicos colores D. Francisco Goya; porque hasta el buen Pegaso estaba representado por un poderoso alazán cordobés que, cubierto de arreos comunes, brincaba en segundo término. En el marco menudeaban los amorcillos, copiados con mucho donaire de los pilluelos del Rastro. No era aquella la primera vez que el autor de los _Caprichos_ se burlaba del Parnaso.
Pero dejemos los salones y penetremos entre bastidores, donde el movimiento y la confusión eran tales que no nos podíamos revolver. Se habían dispuesto varios cuartos para que los actores se vistieran: a Máiquez se señaló uno, otro a mi ama, y en el tercero nos vestíamos, sin distinción de sexos, todos los demás representantes venidos del teatro. Lesbia tenía por tocador el mismo de la señora marquesa, y los dos galanes aficionados se vestían en las habitaciones del amo de la casa. Creo que yo fui el primero que se arregló, trocándome de festivo Gabrielillo en el sombrío Pésaro, que es el Yago de la inmortal tragedia. El traje que me pusieron creo que no pertenecía a época alguna de la historia, y era como todos los que usaron los malos cómicos en las pasadas edades. Hubiera servido para hacer de paje; pero con las barbas que me aplicaron a las quijadas, me trasformé de tal modo, que los sastres allí presentes me dieron por el más tétrico y espantable traidor que había salido de sus manos.
Mientras se vestían los demás, di un paseo por el escenario, entreteniéndome en mirar al través de los agujeros del telón la vistosa concurrencia que ya invadía la sala. A quien primero vi fue al joven Mañara, sentado en primera fila junto al telón. Luego advertí que hombres y mujeres dirigieron la vista a la puerta principal, apartándose para dar paso a alguna persona que en aquel momento entraba, y cuya presencia produjo en el alegre concurso general silencio, seguido después de un murmullo de admiración. Una mujer arrogante y hermosísima entró en la sala y avanzaba hacia el centro recibiendo los saludos de amigos y amigas. Vestía de blanco, con uno de aquellos trajes ligeros y ceñidos, que llamaban _volúbilis_, llevando sobre el pecho una banda de rosas que la moda designaba con el nombre de _croissures à la victime_. Su peinado, de estilo griego, era el que en la tecnología del arte capilar se llamaba entonces _toilette Iphigénie_. A su hermosura, a la belleza de su vestido, daba mayor realce la artística profusión de diamantes que encendían mil luces microscópicas en su cabeza y en su seno. ¿Necesitaré decir que era Amaranta?
Viéndola no tardaron en encenderse dentro de mí, en los oscuros centros de la imaginación aquellos fuegos vaporosos y tenues, que se me representan como si una llama alcohólica bailase caracoleando dentro de mi cerebro. Mientras la contemplaba, no traje a la memoria el envilecimiento en que habría caído siguiendo en su servicio. Su hermosura era tan hechicera, tan abrumadora; su actitud tan orgullosamente noble, el imperio de sus miradas tan irresistible y despótico, que valía la pena de doblar por un momento la terrible hoja que yo había leído en el libro de su misterioso carácter. Con tal fijeza la miraba, que parecía clavado tras el telón: mis ojos trataban de buscar el rayo de los suyos, seguían los movimientos de su cabeza, y observándole las facciones y el casi imperceptible modular de sus labios, querían adivinar cuáles eran sus palabras, cuáles sus pensamientos en aquel instante. Dentro de poco se alzaría el telón; en mí se fijarían las miradas de toda aquella brillante muchedumbre y especialmente de Amaranta; atenderían a mis estudiadas palabras; y el desarrollo de la acción en que yo tomaba parte, despertaría sin duda la sensibilidad, el interés, el entusiasmo de tan escogido auditorio. Estos razonamientos fueron el aguijón que acabó de despabilar la adormecida vanidad dentro de mí, y lleno de los más necios humos pensé que hacerse aplaudir de tantas señoras y caballeros era una gloria cuyos rayos debían proyectar clarísima luz sobre la vida entera.
La orquesta, comenzando de improviso la sonata que había de preceder a la representación, hizo llegar al último grado la excitación de mi cerebro. La sangre circulaba velozmente por mis venas, dándome una actividad devoradora; y me ocurrió que tener una casa como aquella, convidar a tantos y tan nobles amigos, recibir, obsequiar a tal conjunto de bellas damas, debía ser la mayor satisfacción concedida al mortal sobre la tierra. Pero la tragedia iba a empezar; el apuntador estaba en la concha, Isidoro había salido de su cuarto, y la misma Lesbia, menos asustada de lo que yo suponía, se preparaba a salir a la escena. Esto me distrajo y ya no sentí sino miedo. Pasaron algunos minutos y se alzó el telón.