La copa de Verlaine

Chapter 6

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--Yo le había tomado cariño. Quería conservarlo como recuerdo de la «vorágine»; pero un día _necesité dinero_... y lo vendí por tres perras gordas.

¿Verdad que este ingenuo concepto del dinero es conmovedor? Entre el hampa literaria Santaló fué siempre un caballero de la Tabla Redonda. Fué un bohemio, pero no hampón. Y esto tiene mucho mérito, viviendo en plena calle, con hambre y con dolor, entre gerifaltes de la pirueta que aprenden la picardía en las aulas de la necesidad.

Los caballeros de La Noche, de la Media Tostada y del Salto Mortal viven una vida desastrosa entre paradojas y algún soneto que otro, no muchos, porque la bohemia estropea el estómago y dispersa las rimas como una bandada de pájaros quiméricos.

Yo podría hacer una lista negra de estos espíritus ilusos, devorados por el monstruo encantador de la literatura. ¡Intrépidos comedores de musarañas, que sois mis amigos antiguos, que habéis vivido a la sombra de la literatura--pipas, melenas y chalinas--y que vais cayendo poco a poco por el escotillón macabro del hospital! Yo siento hondamente vuestra tragicomedia, oh, gran Losada, el músico genial y salvaje; Barrantes, el de la carátula de pesadilla; Alberto Lozano, rubio y señorial como un príncipe, y vosotros también, Dorio, el audaz; Pujana, el intrépido; Roldán, el preciosista, que tiene una enorme sed que sólo se calmará cuando _Ella_ le llene de tierra la boca; vosotros, que al caer un hermano de esta cofradía de dolor y de absurdidad, acaso tembléis viendo que todo el entusiasmo de vuestra juventud está compensado por un lecho de hospital y un montón de polvo, sin nombre, en un osario. ¡Y vosotros que soñabais precisamente con la Gloria, y que porque la gente leyese vuestra firma al pie de unas líneas impresas, lo sacrificabais todo! ¿Veis qué broma final tan sangrienta? Es una verdad que os hubiera parecido mentira en los ilusionados comienzos, allá en vuestro rincón provinciano, antes de caer en la Puerta del Sol entre las garras de la Bohemia, la sirena que devora el corazón y el cerebro de sus amantes, en unión de la miseria, entre alegres paradojas y peligrosas funambulerías en la cuerda floja de lo imprevisto.

Estos bajos fondos literarios disfrazan con metáforas pintorescas su dolor; el dolor de los que no han sabido decir lo que llevaban dentro... o lo que creían que aleteaba bajo su frente: el dolor de los artistas de corazón que han fracasado en la Puerta del Sol, agarrotados por la necesidad. ¡El dolor de la literatura, de los ex literatos, de los hampones pintorescos, de los buscadores de calderilla, como sombras, entre la penumbra de las calles, a la madrugada! ¡Pobre Santaló! Ya no tendrás que buscar los céntimos para la cama, mientras tu corazón latía penosamente como un viejo reloj desquiciado.

_La capa bohemia_

EL primer caballero que se terció esta capa para andar de aventuras y amoríos fué el gran Villón, el padre de la lírica francesa. Y el glorioso tabardo sufrió el rigor de todas las ventiscas y la lluvia de todos los inviernos, y se ungió de ideal errante bajo el plenilunio en la Corte de los Milagros, tejiendo besos y rimas con la ramera ardiente y propicia, de quien decía el poeta que era su _Rayo de luz_. La capa de Villón, como la capa, de Mañara, sabe de madrigales y caricias, en las encrucijadas del viejo París.

Ha visto cómo se desnudaban los aceros, cabrilleando en la sombra, bajo la plata mística de las estrellas, buscando bravamente el corazón por el encanto de un soneto.

La capa de Villón paseó por los salones de los obispos, y de entre sus remiendos y corcusidos surgió la mano exangüe del bohemio para tomar la limosna de doce sueldos por una loa a _Notre-Dame_, y los labios que mordieron los labios de las rameras besaban unciosamente la amatista episcopal. Y la capa ungida de poesía y de dolor rodó una mañana por las escalerillas del patíbulo. Porque habéis de saber que el primer poeta de la bohemia estuvo a punto de ser ahorcado por ladrón.

He aquí su gloriosa ejecutoria: una capa caída, la cuerda del ahorcado y una boca lasciva de ramera, como flor ponzoñosa de lujuria. Sin embargo, muchos académicos han metido la garra en el tesoro de Villón, sin peligro de cuerda. ¡Nefandos viceversas de la señorita Themis!

La capa bohemia, posteriormente, ha envuelto a muchos desgraciados superiores. Fué la fiel camarada de Edgardo Poe, aquella alma rara que oía voces del cielo, de la tierra y también del infierno, y le sirvió de sudario en su última y trágica borrachera en las calles de Baltimore. Baudelaire, el solitario, hizo de su capa torre de marfil que le aislaba del vulgo de malos poetas, de periodistas hueros y vanidosos, de cretinos equilibrados. La capa de Verlaine rodó por las tabernas y por los hospitales, y aquella capa de mendigo es ahora venerada como la bandera de la Francia espiritual.

¡Capa de la bohemia! Tú, que has cubierto tantas horribles tragicomedias, que has sido tan calumniada por los tontos de todos los tiempos, de todos los países. Tú, que has paseado tantos sueños y tantas hambres, bajo la luna, en las noches sin casa, que conoces tantas lágrimas de tantas crueldades, de tantas injusticias, que has visto el horror de las tabernas cuando todos están borrachos y entonan los lúgubres salmos del _delirium tremens_, mientras en el espacio gira el anillo de Saturno, nuestro fatídico padrino.

La capa bohemia supo las gallardías de Espronceda en su buena época romántica, antes de destrozar su leyenda con aquel fementido discurso sobre las lanas... Pelayo del Castillo, Eduardo del Palacio, Manuel Paso, Pedro Barrantes, sabían del encanto de la capa bohemia, que entre nosotros tiene también el desgaire de la capa manolesca.

Y ¡Alejandro Sawa!...

Glorioso emperador de la bohemia, del gesto amplio y magnífico como Hugo, ciego como Milton, altivo y suntuario como un dios, con la cabeza en las nubes y el corazón en la hoguera del amor y del dolor de la Humanidad. En Alejandro Sawa la capa bohemia era manto pluvial, capa pontifical, manto de púrpura, clámide y aureola. Alejandro fué la suprema consagración de la capa bohemia.

La capa de la bohemia es la aristocracia incomprendida de los vulgos, y nunca como ahora, en este momento, es anacrónica y absurda. Es el gesto bravío ante la mueca horrible de la miseria, el rictus de desdén ante los artículos de fondo y demás cosas sin alas, sin gracia, sin espíritu.

La capa bohemia se burla de los libros de caja, de la mentalidad del tendero, de la sensibilidad chirle de los malos poetas. La capa bohemia, sobre toda la prosa, sobre todo el horror de las horas vulgares, es el pájaro azul.

Es la bella locura del ideal. Ved de cuál gentilísimo linaje aristocrático es el manteo con que cubre su clorosis y sus espaldas desnudas la señorita Bohemia.

_La capa de mendigo_

EN los viejos tiempos católicos y caballerescos, el mendigo era hermano del mismo rey. Tenía una altivez hidalga, y llevaba al cinto el bote de la guiropa, y arrastraba su tabardo harapiento con el orgullo de un manto real.

--Buscad vuestros pobres en otra parte, que yo no puedo volver--hubo de decirle un mangante a un caballero que no halló a mano una moneda que darle.

Recibían la limosna con altanería. El mendigo estaba ungido por las palabras del Rabí, y creían de buena fe que beneficiaban a sus donantes, pues así edificaban su ánima por la caridad. Les hacían la merced de dejarse dar limosna.

Una tarde paseábase por las Platerías un hidalgüelo gabacho, cuando le asaltó un mendigo de nobles barbas blancas y aspecto distinguido. Dolióse el hidalgüelo y quiso darle unas monedas sin humillarle.

--Sírvase llevarme este cartapacio hasta mi posada y le daré un escudo.

--Libre es vuestra merced de darme o no limosna--gritó solemnemente el pedigüeño--; pero no consiento que se me trate como a un criado--. Y le volvió la espalda con desdén.

El mendigo es libre como el aire y ama su libertad sobre toda holgura y acomodo. Es de un individualismo rabioso: le place más rascar sus liendres al sol en medio del arroyo, que aprisionarse en el régimen un poco frío de las Casas de Caridad, donde, además, tienen que aguantar la férula religiosa.

Al rancho metódico prefieren la guiropa en la alegría de las solanas, de sabrosa y picara parla con sus hermanos de cofradía. Y mejor que los lechos iguales y helados, con algo de cuartel o de hospital, les sabe más gustoso apretujarse en la escalerilla de Cuchilleros. Ante todo, hacer lo que les dé la real gana, y después Dios proveerá...

Es estéril toda iniciativa contra la mendicidad: es como una costra del alma española, que no curan los bandos de ningún corregidor. España es un país de pirueta, de azar y de aventura, y los mendigos son una rancia y pintoresca representación. En la patria de los pedigüeños, donde todos somos un poco mangantes, el mendigo es perfectamente respetable. Hay en nosotros un sabroso anhelo de tomar el sol tranquilamente, esperando el milagro del pan y de los peces en forma de destinejo oficial o de «combinación» lucrativa. En un pueblo de trabajo, de ideales, de ciencia y de arte, la mendicidad es un tumor repugnante, como también es criminosa la existencia del noble juego de la Lotería. Pero nosotros encendemos luminarias a la diosa Casualidad, convencidos de que vivir del esfuerzo personal es una utopía.

Un mendigo vive mejor que un pequeño covachuelista, y de sobra más holgadamente que un obrero. En una tarde de «trabajo», cualquier mendigo un poco acreditado saca de ocho a diez pesetas, es decir, el sueldo de jefe de tercera de cualquier negociado, y no tiene que aherrojarse en la covachuela, ni ponerse los manguitos, ni tocarse con un gorrito absurdo.

El mangante tiene un castizo abolengo, y nuestros contemporáneos lo son, más que por necesidad, por imperativo de la casta, por una enorme fuerza de atavismo.

¡Oh, capa de mendigo, santificada y evangélica, altiva como la del mismo rey! La que pasó flotante por las páginas de la picaresca del Siglo de Oro; la que vemos hoy en las solanas, a la puerta de los cuarteles, o, como una visión goyesca, en las escalerillas de Cuchilleros, mientras suenan cantarinas las fuentecillas de la Plaza Mayor. Debajo de tus harapos hay un jirón del alma española, aventurera y andariega, castiza y soñadora.

Capa de los mendigos juglares que van por las aldeas, tabardos que cobijan a los fingidos paralíticos, que desgranan el rosario de sus cuitas y se arrastran al sol lo mismo que gusanos; manos pedigüeñas, perfiles costrosos, pupilas sin luz, que sois las clásicas figuras del viejo retablo, tenéis una jocunda poesía antañona que en vano quieren borrar los graves varones y las nobles damas de Concejos y de piadosas Hermandades.

País de pirueta y de lotería, donde reina lo imprevisto, y la aventura, y salto mortal; donde el Arte y la Ciencia son pordioseros, donde se mendiga todo, desde la bicoca política hasta el duro pan proletario, donde el esfuerzo personal no da derecho a esperar nada, ¿con qué autoridad queremos suprimir la mendicidad pintoresca? ¿No os parece que toda España va envuelta en una capa de mendigo?

EDITORIAL FORTANET

Pesetas.

GEORGES RODENBACH: =Brujas, la muerta= (traducción de ANDRÉS GUILMAIN) 2,00

EMILIO CARRÈRE: =La copa de Verlaine= 1,50

EN PRENSA

ANTONIO DE HOYOS: =Las lobas de arrabal= (novela) 3,50

EMILIO CARRÈRE: =Las mejores poesías de Emilio Carrère= (edición de lujo) 3,50

FERNANDO MORA: =Los hijos de nadie= (novela) 3,50

VILLIERES DE L'ISLE ADAM: =Cuentos crueles= (traducción de A. MARCO). 2,00

PEDRO LUIS DE GÁLVEZ: =Los sonetos y la canción de la Muerte.= 1,00

VERLAINE: =Poemas= (Traducción de E. Puche) 2,00

RAMÍREZ ANGEL: =La villa pintoresca y sentimental= 1,50

Y otras obras de ÁLVARO RETANA, FERNÁNDEZ FLÓREZ, CAMBA, BARRIOBERO, VALERO MARTÍN, HERNÁNDEZ CATÁ, ORTIZ DE PINEDO, SAN JOSÉ, E. PUCHE, TRUJILLO y otros escritores de nombre prestigioso.