La copa de Verlaine

Chapter 4

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El amigo Montalbán, arqueólogo y cazador de leones, nos hablaba de sus exploraciones en la India; Peñalba, el _Tartarín de la cuarta plana_, nos decía sus sueños de publicidad, a la americana, mientras tomaba café con media; el poeta Alberto Valero se dedicaba a cantar la romanza de _Roberto, el diablo_, con unas burguesitas sentimentales de la mesa contigua. Betina fumaba, fumaba, con los ojos azules e ingenuos, en un éxtasis de arte. ¿Qué pensaría aquella linda cabeza de paje provenzal, tan exquisita, tan femenina y al par tan rebelde y tan misteriosa? Después, llegaba _Fantomas, el rey de los ladrones_. Nosotros no le tomamos nunca completamente en serio. Nos parecía un folletín ambulante. Bien vestido, rasurado a la inglesa, con un acento también inglés (deslucido por su dejo catalán primitivo) y su monóculo, un bastón con correa y una gabardina, _Fantomas_ era un espectáculo.

--¡Mozo!: _Whisky and soda..._ _Miri_, mejor es que me traiga un _five o'clock tea_.

Generalmente ya era noche bien cerrada... Pero _Fantomas_ era un hombre _chic_, un Brummel de la Barceloneta, y los pobres poetillas no nos atrevíamos a contradecirle en asuntos de elegancia y de buen tono. ¡Oh, él había operado en los grandes hoteles mundiales!

De todos modos, _Fantomas_ era un tipo interesante. Tenía ojos de gato y dientes agudos de animal de presa. Era en aquellos días en que las autoridades le vigilaban celosamente--los periodistas hemos fabricado el tópico de que los policías son muy celosos--. ¡Le habían hallado una calavera y un pijama negro! Esto indicaba que se trataba de un _apache_ peligroso, de un terrible _souris_ de hotel. _Fantomas_ se pavoneaba en la apoteosis de su gloria y fumaba cigarrillos turcos como una cocota. Realmente tenía un alma enferma de cocota en un cuerpo delirante de histerismo. Era un _hombre marioneta_, producto patológico de la vida artificial que empieza en una cena montmartresa del Palace y termina con una borrachera de éter en un burdel elegante. Valses vieneses, rameras viejas, pintadas y bien vestidas; artificio, morfina, pases de _bacarrat_... Todo esto formaba la careta de _Fantomas_ la veladura de su fisonomía espiritual. En el fondo, yo creo que se trataba de un buen chico que tenía unos furiosos deseos de _epatar_ y cogió un mal camino: el del hotel de la Moncloa. Pero él hubiera llegado a la escalerilla del patíbulo con tal de que la gente le creyese un hombre terrible. Era un enamorado de lo extraordinario, de lo singular, un sugestionado por los libros de andanzas policíacas. Aquí no se conoce bien su _tipo modelo_. Él mismo se encargó de descubrírmelo. Hace dos meses recibí un libro desde Lisboa. Me lo enviaba un remitente misterioso, sin una carta, sin una tarjeta. Se titulaba _La dame aux ouistitis. Memoires d'un souris d'hótel._

--Esto es de _Fantomas_--exclamé.

Efectivamente, el protagonista de _Claudio Lefaure_ es un ladrón de hoteles que se llama Fabricio Levrot. _Fantomas_ sueña con emular la vida azarosa y fantástica de este personaje. Es el galán de los _ouistitis_.

Como todo hombre vanidoso, _Fantomas_ se cree irresistible con las damas. Pone los ojos velados y coquetones, adopta un gesto de elegante fatiga y hace algunas conquistas entre las camareras, las cocotas del Palace y alguna gentil desequilibrada que, también enamorada de lo extraordinario, de lo detonante, le entrega sus encantos y sus alhajas.

¿Realmente _Fantomas_ es el rey de los ladrones? Oyéndole a él hay que creer que sí. Una bella noche de luna paseábamos por las calles, fragantes de primavera. _Fantomas_ exhaló un sollozo romántico:

--¡Qué noche tan hermosa para robar!

Lo del _maillot_ y el gorro con borla es una invención de la fantasía folletinesca de la policía.

--Yo no robo en traje de etiqueta y zapato de charol. Estoy de antemano una hora encerrado en mi habitación, completamente a obscuras, hasta que mis ojos ven perfectamente en la sombra. Mientras introduzco el _ouistitis_ en la cerradura, estudio la respiración del durmiente. ¡Es una emoción tan exquisita!...

Otro día, en el camerino de una cupletista, pedía a gritos--con rotos gritos de epiléptico--una jofaina de agua perfumada, porque quería morir abriéndome una vena. Esta dulce muerte romana la acababa de aprender en _¿Quovadis?_, película de gran metraje que se estaba proyectando en un teatro. Quería ser Petronio, quería ser Fabricio Levrot, el gran _cambrioleur_, y hubiera querido ser el último personaje singular de la última lectura. Este espíritu impresionable paga caro su _diletanttismo_ morboso, haciendo lamentables estancias en las cárceles de Europa. Ama el lujo como una cortesana y roba por amor al lujo y por amor a lo raro y a lo escalofriante, y por ese capricho de lo singular se enterró en un féretro de cristal, en el Palace, vestido de faquir, como aquel Papús de la larga perilla.

Lo malo es que la vida no se desenlaza tan a gusto como en los folletines. La vida galante, de perfumes, de joyas, de elegantes y afrodisíacos venenos, de _bacarrat_, de música frívola y áureo tintinear de relucientes luises, tiene este amargo contraste del calabozo y del buriel del presidiario. El grillete disipa los sueños absurdos de morfina. Esta figura desquiciada y pintoresca confieso que me es simpática y que la vería con gusto otra vez en el rincón del café de artistas. Pero _Fantomas_ es el hombre nube, el hombre pájaro, que no vuelve a posarse en el mismo sitio. No me extrañaría recibir una carta suya diciéndome que se ha hecho mago del Tíbet o que está dirigiendo una academia de baile flamenco entre los pieles rojas. Cualquier cosa que sea arbitraria y extravagante. Lleva en el alma un viento de locura y de aventuras este pintoresco enfermo de lo maravilloso.

_Sindulfo, arqueólogo y cazador de alimañas_

HA venido a verme el señor Sindulfo del Arco, arqueólogo y cazador de jirafas. Como comprenderéis es un personaje inquietador. Yo le conocí este verano en una juerga en la Bombilla, porque Sindulfo es un arqueólogo flamenco.

Desea que yo llame la atención de las Academias acerca de la calavera de Atahualpa, el inca infeliz que Sindulfo ha descubierto y cuya autenticidad prueba en un volumen de quinientos folios. Lo que creo es que intenta vender en buen precio la ilustre osamenta, y esta adquisición me parece inestimable para la colección del Museo Arqueológico. Un hallazgo tan importante haría la felicidad de cualquier docta Corporación.

Sindulfo es un sabio y un valeroso cazador de jirafas, y, aunque parezca raro, es dulcemente enamoradizo. Como todos los hombres extraordinarios, anda por el mundo caballero en una nube, y se le antoja ver ángeles domésticos en cada dama andariega y aficionada al acre aroma de varón.

--Mi querida Isabel, usted es la mujer que yo he soñado para formar un hogar...

Como veis, Sindulfo es un doncel romántico, digno de ser cantado por Walter Scott.

Y lo melancólico es que dice estas inflamadas palabras cuando ya tiene muchos hilos blancos en las barbas proféticas.

Este hombre extraño ha recorrido el mundo a pie y cuenta las cosas más desconcertantes.

--Yo he comido carne de indio guarany; es muy dulzona... Estaba perdido en un bosque del Chaco central. Otra vez, los indígenas me condenaron a muerte y me salvé a lomos de un jaguar. Así llegué a una tribu de indios pirios, que me creyeron un ser sobrenatural. Hicieron fiestas en mi honor y me regalaron una doncella joven para mi holgorio; se llamaba Atarbelia, morenita ella, bien formada. Luego la quemaron viva para que no tuviese descendencia de blanco. Es una costumbre.

Yo no sé si Sindulfo dice la verdad o si es folletín ambulante. Tengo motivos para creer que la imaginación es su facultad predominante. Un día que dábamos un paseo por la Moncloa se nos acabó el tabaco. Era otoño. Sindulfo cogió un puñado de hojas secas de chopo, las estrujó y las metió en su pipa. Después dejó errar su mirada por las lejanías de El Pardo, añorando sin duda los bosques vírgenes del Arauco. De pronto se detuvo y exclamó:

--Verdaderamente, el mejor tabaco para la pipa es este tabaco turco. Tiene un aroma muy delicado.

--¡Sindulfo, por Dios, que son hojas de chopo! ¿No recuerda que las hemos cogido cerca del caño gordo?

--Usted está soñando, amigo mío. Esto que fumamos es tabaco turco. Compré yo diez kilos en Constantinopla hace dos meses. Por cierto que aquella noche el Bósforo parecía un espejo. La luna rielaba sobre su superficie, y a lo lejos...

Sus ojos se entornaron y el ánima se fué en pos de aquel recuerdo otomán que él acababa de crear... Yo respeté su ensimismamiento y pensé que con esta fantasía Sindulfo era feliz.

Presenta certificados de los sitios por donde ha pasado. Realmente ha recorrido el mundo; pero ha viajado sin enterarse de lo que sucedía ante sus ojos, como hundido en si mismo, mirando hacia adentro, inventando paisajes, personas y episodios, sin tomarse el trabajo de mirar lo que le rodeaba. Lo mismo hubiese sido que no se moviese de la cama durante diez años.

--Otra vez, en África, me encontré a un cazador que llevaba sobre su camello un magnífico león muerto.

--No diga usted más--le atajé, sonriendo--. Era el gran Tartarín de Tarascón.

--Fuimos muy amigos. Juntos cazamos jirafas, caimanes... Y figúrese que cierta noche...

--_En medio del desierto de Sahara..._--interrumpí--. Naturalmente, amigo Sindulfo. Usted es un grande hombre. Yo exigiré que las Academias le compren su calavera de Atahualpa y nos gastaremos los cuartos en la Bombilla, con aquellas dos chulonas modistillas que a usted le parecerán dos sacerdotisas de Vesta.

Porque, como dije al principio, Sindulfo gusta de los gachones deliquios del baile. Yo le he visto marcarse un _schotis_, cosa que es compatible con la arqueología y con Atahualpa, mientras cantaba, con una voz cavernosa que parecía la del propio inca difunto, este estribillo flébil:

Con mi muñequita sobre el corazón, esta hora tan dulce me embriaga de amor.

Ahora voy a responder a una pregunta que está en la mente de los lectores. Sí, señor, el amigo Sindulfo existe, y no diré que es de carne y hueso, porque más bien parece de nube. Va todos los días a verme al café, y espero que dentro de poco será académico de la Historia. No olvidéis que ha descubierto la calavera de Atahualpa.

Clamaría a Dios y se hundirían las esferas si la docta Corporación le pretiriese. Sindulfo estaría muy bien exclamando en plena sesión:

--Señores académicos: Habéis de saber que el juego de carambolas, entre los antiguos persas...

_El poema del mal poeta_

EL mal poeta escribe en un café solitario. Yo le profeso al poeta malo un aborrecimiento corso. Me ha apedreado los oídos con sus ripios, con sus tópicos, con su retórica. Es hombre insensible a la emoción estética, que fabrica sus versos como un jornalero: un albañil, por el cascote; un picapedrero, por su ritmo monótono, que parece que agita adoquines dentro de un cubo en vez de lapidar las piedras preciosas de las bellas rimas.

El mal poeta tiene un orgullo satánico. Es de los que hacen burla bellaca de Rubén y componen pueriles mixtificaciones de los viejos maestros románticos--fáciles becquerianas y humoradas sin el hondo espíritu campoamoriano--. El mal poeta escribe mucho. Sus versos son una infección de todos los periódicos. Su ramplonería es una bomba de gases asfixiantes. Yo os confieso que degollaría con mucho gusto al poeta malo.

Es un sujeto más de cuarentón. Posee una calva sucia, los ojos pitañosos, los dientes verdes de nicotina, y un bigote rubianco y abatido. Lleva un abominable hongo, representativo de su vulgaridad interior. Suele parlarnos de Filomela cuando complica a los sencillos ruiseñores en sus octavas reales, sin duda para despistar al ingenuo lector. _El pensil ameno_ y el _rosicler de la aurora_ le son tan familiares como su terno de lanilla. Ama _con ansia loca, pierde la calma_ en cuanto tiene que rimar con alma, y todos los labios le causan agravios, sin saber por qué. El _beso_ le parece un _exceso_--y a sus años, es natural--, y la luz de la luna siempre le sorprende en una laguna, cosa muy perjudicial para sus achaques reumáticos.

El poeta malo se entretiene en colocar uno sobre otro sus endecasílabos, como los ladrillos en una construcción. Luego entrega las cuartillas a una niña rubia que aguardaba para llevarlas a un periódico.

El hijastro de Apolo charla después conmigo de literatura. Me lee una oda _Al Sol_, un soneto _A una ingrata_ y una elegía _A la muerte de la virgen de sus amores primeros_. ¡Hace ya tantos años! Este poeta tiene una memoria feliz.

El pobre hombre no acierta ni por casualidad. Tanto artificio, tanta falsificación poética, la lluvia de lugares comunes, me ponen muy nervioso. Tal vez hubiera llegado a agredirle si no llega a volver la niña rubia que llevó los versos al periódico y que retorna con cinco duros. El mal poeta la besa en la frente con sincera ternura.

--Esta es la mayor--exclama--. En casa quedan otros cinco leones. ¡Calcule usted los versos que tendré que hacer!

La niña rubia, una grácil adolescente de catorce años, tiene los ojos zarcos e ilusionados.

--Ahora le voy a comprar unos zapatos, ¿sabe usted? Los romperá en seguida, porque estas criaturas...

Sin querer, miro a los pies de la niña, unos pies lindos y pequeños de princesa china, envueltos en unas botas muy rotitas, muy rotitas...

Esta dolora no la siente ni la rima el poeta malo. Pienso en los _cinco leones que quedan en casa_, y este emocionante poema del mal poeta casi me hace llorar.

Y le veo alejarse, amorosamente abrazado a la niña, en cuyos ojos zarcos arde una llamita de ilusión, y en este momento, el mal poeta me parece más grande que Shakespeare y que Hugo...

_La sombra del rey galán_

POR el puentecillo de El Pardo iba aquel rey galán cuya leyenda cantan los niños en los jardines. Era pálido y adolorido, tenía las ojeras moradas como los lirios del paje Gerineldo. Era el rey madrileño, el rey chispero, el de las corridas de toros y las patillas manolas:

«¿Dónde vas Alfonso XII? ¿Dónde vas, triste de ti?»

canta el coro infantil en el azul idilio de la tarde, mientras el rey galán, pálido y muriente, como un lis borbónico, que se marchita, se pierde por las avenidas, seguido de silenciosos cortesanos.

El pueblo amaba al príncipe netamente español. Le aclamaba en los toros, en las verbenas, en las tardes del Prado. Le halló en sus alegrías y en sus duelos, íntimamente ligado a su vida, en el ritmo jovial, generoso, magnífico de la vida española, de aquel momento.

Ya sonaba lejano aquel romance de su adolescencia, en las horas tediosas, preñadas de augurios, que transcurrían en el palacio de El Pardo. Otoño sollozaba en el monte verdinegro y adusto; en los parques lloraban los violines verlenianos, y la Desnarigada rondaba el palacio. La veían los perros errantes, que aullaban a la luna.

Y cuando sonó la hora, esa hora misteriosa del cuadrante de la eternidad, otro ilustre moribundo, el general Serrano, anunció en Madrid, a cuantos rodeaban su lecho:

--¡El rey acaba de morir en el palacio de El Pardo!

Y en aquel punto mismo, Alfonso dejaba de ser, en el palacete gris, con caperuza de pizarra, mientras en el aire flotaba el último verso del ingenuo romance infantil:

«Cuatro duques la llevaban por las calles de Madrid.»

¿Quién fué el arreglador de esta vieja canción que yo oí sonar en el último acto de _Reinar después de morir_, llorando la muerte de doña Inés de Castro? ¡El amor del pueblo ha hecho al rey galán y a la princesa del palacio de San Telmo los esenciales protagonistas de este poema eterno, que es como una oración ingenua del alma popular!

«Rey dolorido y galante, tu muerto amor juvenil ¡con qué tristeza aflorante llora el romance infantil! Princesina de leyenda, te da el alma popular, como una oración, la ofrenda ingenua de su cantar.»

Así ha glosado un poeta de ahora el idilio adolescente del rey galán, del rey chispero, del rey madrileño, el de las patillas manolas a lo _Pepe-Hillo_, que supo de las locas farsas del Momo, en el castizo Capellanes, y dejó cien leyendas de su breve reinado y se murió muy joven, como una mustia lis heráldica, abrasado en una fiebre loca de vivir una vida magnífica y emocionante.

¡Puentecillo de El Pardo, por donde pasaba el príncipe de las leyendas galanas! En las tardes vernales, doradas y olorosas, yo he evocado la sombra del rey galán por estos jardines señoriales y estas montaraces espesuras.

Yo siento una honda simpatía por este príncipe y por esta época exaltada, generosa, pintoresca, de un decadentismo elegante y escéptico. Entonces, como ahora, había una gran pasión por los ídolos de la tauromaquia, el arte nacional por excelencia. Frascuelo y Lagartijo recogían en su joyante capote el último rayo del gran sol de la raza y despertaban el único latido de la conciencia nacional. Y aun no había surgido en el horizonte el espectro trágico, grotesco e infame del desastre colonial.

¡Dichosos los príncipes que viven en el corazón de su pueblo y cuya memoria queda en romances que cantan los coros de niñas en los jardines y en las plazas! Vale más ese culto poético y sentimental que todas las gloriosas atrocidades bélicas, exaltadas por la Historia.

¡Reyes de hierro, con corona esplendente cuyos laureles están manchados de sangre, los niños de vuestros reinos no cantarán romances de vuestros amores, en las floridas avenidas, cuando la primavera viste de novia a las acacias!

_La plazoleta de los fracasados_

ES una de esas plazoletas melancólicas de un barrio solitario, rodeada de bancos de piedra, que tienen un ambiente provincial, y sobre la cual caen de vez en vez las lentas campanadas de las vísperas, con un clamoreo ensoñador y místico. Tiene acaso un balcón florido que da la amable sensación de una mano blanca de mujer, y también algún arbolillo desmedrado y triste o una antigua fontana que vierte, hilo a hilo, la dulzura de su monotonía.

En la hora sedante del crepúsculo toma un aspecto severo y arcaico de yerma ciudad castellana, que evoca el heroico redoblar del Romancero o la sandalia de Teresa de Ávila, la celeste doctora, y vaga en su gran paz un perfume antiguo de penas olvidadas y de encantos añejos.

A este paraje apartado y romántico acuden todas las tardes los melancólicos fracasados de todos los ideales, los soñadores de las áureas apoteosis que han visto hundirse la leyenda de sus vidas en la bahorrina de la vulgaridad, en el vacío de un vivir abrumadoramente cotidiano.

Se conocen de todos los días, galeotes de una misma cadena, sombríos discípulos de un mismo maestro, el inmortal Dolor, y entre ellos se ha hecho una suave simpatía consoladora. Hay un viejo militar invalidado la primera vez que entró en campaña; él quizá tenía una visión homérica de la vida, soñaba con el laurel del héroe, con el botín y la aventura, y todo su ensueño fracasó en el momento inicial por la crueldad de una bala perdida que le negó el triunfo de una bella muerte y le condenó a arrastrar una hórrida y grotesca pata de palo, cuyo seco y monorrítmico golpear es un irónico estribillo a la galana bizarría de su ideal truncado.

Después ha visto cómo se deslizaban sus días, sin ambición, monótonos y fríos; en el alma, la honda amargura de las renunciaciones.

¡Si al menos la bala me hubiera buscado el corazón!

Y sus ojos se tornan hacia los años juveniles, florecidos de hazañas imaginadas, en las que sonaban las trompetas de la Gloria.

Llega después un hombrecillo torvo y desaliñado, tocado con un chapeo raído que cubre su calva de santo, ancha y reluciente. Es un inventor desgraciado.

Había trabajado día y noche en su taller, renunciando a los holgorios de la mocedad, al regalo de la hembra y a toda dulzura de los sentidos. Empleó su pequeña fortuna en el trabajo y en el estudio, hasta obtener una nueva máquina.

Después comenzó el peregrinaje por las oficinas en pos de la soñada patente, que era su riqueza futura, y al cabo de amargas andanzas se mofaron de él, de su invento y de su calva, y los ujieres le echaron al arroyo con vayas y sinrazones. En el café, en la calle, a solas con las fementidas tapias de su mechinal solitario, peroraba con esa exaltación de loco de los inventores. Y ya le oían impasibles, le brindaban protecciones quiméricas o se le reían en sus barbas.

--¡Ya ve usted, se burlaban de aquello que me había costado mi fortuna, mi cerebro y mi juventud!

Y cierra los ojillos grises y casi ciegos, tal vez para restañar una lágrima.

Luego, una arrogante mujer enlutada, con aires de gran dama, que saluda con cierta gracia señorial. Tiene la belleza fuerte y calina de la madurez; el luengo manto vela apenas su cara algo marchita, donde arden los ojos negros con una llama de locura bella y eterna.

Al comienzo todos la creyeron viuda; no era sino una virgen vetusta que consumía su corazón y su virginidad en el ara de un ideal remoto e imposible, como esas lámparas de la devoción que se extinguen tristemente ante una hornacina olvidada. Allá en los verdes años de su galana adolescencia, amó con bravura y firmeza de corazón a un bello aventurero romántico y audaz, que se fué hacia las tierras fecundas del sol, nauta de lo imprevisto, conquistador de la casualidad.

Él dijo que volvería y ella le aguardó. Interrogó al horizonte todas las mañanas; sintió caer todas las horas de cada día, todas las desesperanzas de cada año, y el amado no volvió más. Pero ella le esperará siempre, hasta que la muerte toque sus ojos con sus dedos de niebla.

Y cruza sus manos pálidas de monja sobre el raso litúrgico de su traje. Manos transparentes y puras que parecen hechas para filigranar ex votos de santos y capas pluviales; ojos fanatizados en torno de los que las largas vigilias, huérfanas de besos, han florecido en sedeñas ojeras violeta, como dos flores de fiebre y de locura; alma noble y extática, donde el amor es una rosa casta e inmortal.

Y cuando un soplo de brisa arrastra alguna hoja muerta, la viuda ideal la sigue intensamente, quizá comprendiendo que la aproximación del otoño tiene para ciertas almas un melancólico valor emblemático.

Mas luego, entre otros que ocultan el secreto de su fracaso, arriba la carátula ridícula y triste de un viejo farandulero. Aun recuerda con llanto de regocijo los días buenos en que él fué don Juan y Manfredo, Sullivan y Don Álvaro.

Estos héroes le dieron el prestigio de su poder imaginario entre bambalinas y oropel, y pusieron un poco de oro de leyenda en su vivir menesteroso, a cuyas puertas solía llamar el Hambre con su puño espectral. Después, el aguardiente y los años han abatido el tórax que se irguió enorgullecido bajo la cota de acero de Ruy Díaz, se abatió en curva claudicante en demanda de las dos pesetas, en esas lamentables aulas de picardía y de dolor que están siempre abiertas en las aceras de la corte.

Y llegan otros, desarrapados y tristes inválidos de cuerpo y ulcerados de corazón, inventores preteridos, soldados sin fortuna, viejas meretrices, traductores, poetas vitaliciamente inéditos, todas las almas en sombras, y los perfiles contorcidos de los fracasados del arte, del amor y de la vida.

Y gustan de esta solitaria plazoleta, que tiene un aroma antiguo de lágrimas enjugadas, de flores secas y de dolores resignados, donde hay un arbolillo triste y torcido y un balcón con flores, y en donde en la hora dulce del crepúsculo suena acaso un piano tocado por una bella y desconocida mujer, de lentas y melancólicas melodías, a las que las almas en ruinas de los fracasados ponen tal vez la letra de su íntimo dolor.

_Las paellas de un revolucionario_