Chapter 2
La manera de escribir, los estimulantes y las íntimas extravagancias de los escritores célebres son un curioso detalle de su psicología y ofrecen un gran interés para los lectores. Por eso mismo hemos recogido estos apuntes anecdóticos esparcidos acá y allá en las biografías y en las revistas francesas, más curiosas de la vida al detalle de los grandes hombres que las revistas españolas.
_Los argonautas del vellocino de... cobre_
SEGURAMENTE vosotros, buenos burgueses, tenderos adinerados y covachuelistas ecuánimes, no conocéis la moderna cofradía de titiriteros o piruetistas. Sin embargo, los habéis visto en las aceras de la Puerta del Sol, y al demandarles su ruta os habrán contestado con un gesto de amable despreocupación:
--Ya ve usted, por aquí, navegando...
Porque las rúas de la corte son mares procelosos por donde bogan estos navegantes en busca del vellocino, que suele hallarse en la gaveta de algún amigo ingenuo y sentimental.
Yo quiero poneros al corriente del pintoresco vocabulario de esta triste gallofa contemporánea, para que no hagáis mal papel en sociedad, en la arbitraria sociedad de los nautas de lo imprevisto, funámbulos de la casualidad y piruetistas de la Puerta del Sol, que es un lugar más peligroso que Sierra Morena en el período heroico de los bandoleros.
--¿Adonde vas, inmenso poeta?
--Aquí, a la _Maison_; voy a ver si _opero_ a mi _amigaso Panchito Bengalí_, ese escritor americano.
Porque en Madrid hay siempre un americano _operable_, lo que en tal germanía o jerigonza quiere decir sujeto que da unas monedas fácilmente.
Ved un modelo de _operación_ epistolar:
«Señor: Los garbanzos baten el _record_ con Vedrines: se hallan en estos momentos a dos mil metros de mi estómago desalquilado. ¿No le parece a usted una absurda paradoja que los garbanzos vuelen? Para hacerlos aterrizar necesito que usted me tienda un cable de catorce reales...»
Y el operado no puede menos de admirar un estilo tan literario y tan metafórico, y da las tres cincuenta.
Llámaseles funámbulos o equilibristas porque su vivir es una cuerda floja que se tiende a diario de un extremo a otro de la corte, en donde ellos ejercitan ejercicios muy peligrosos. Lo difícil está en que no se les vaya un pie y caigan de bruces sobre algún artículo del Código penal.
Sus piruetas consisten en dar un salto mortal y caer en casa de algún amigo a la hora de comer, y son titiriteros porque trenzan volatines y corvetas para vender libros viejos y hurtarles otros, en un descuido, a los mercaderes de libros, aunque este ejercicio mejor estaría llamarlo de prestomania o magia de salón.
--¿Tienes algún _nombre_?
Esta es la pregunta de ritual entre los operadores. Quiere decir el _nombre_ de una persona que dé dinero. El novelista D. José María Mateu ha sido un gran _nombre_ para la seudobohemia. Gálvez, el _peligro Gálvez_, más temible que el peligro amarillo, llegó a visitarle a las tres de la madrugada--Mateu se acuesta temprano--para pedirle un montón de calderilla. Mateu, dulce, tímido, con su perilla rubia, que parece una perilla de teatro, padeció a Losada, el músico orangután, _la bestia lírica_--que tenía un gran talento--, y a Granados, la _bestia jurídica_, que tras de un discurso leguleyo con considerandos y resultandos, acababa por pedir cero cincuenta. La gente, por no oír su oración forense, más aburrida que un artículo de fondo, le daba el dinero. Otro gran _nombre_ es Reynot. Por su elegante gabinete han pasado los gabanes más mugrientos, los chapeos más abollados, los zapatos más ruinosos. Reynot siente una gran satisfacción protegiendo las letras patrias... con un montoncito de perras gordas. Su tiempo precioso ha estado dividido entre la filantropía literaria y el servicio de incendios. En todos los cafetines y los palacios nocherniegos se habla de este elegante y ex municipal Mecenas con gran encomio.
Los pedigüeños saben bien que a los comerciantes no se les puede sacar dinero. Son de una brutalidad inconmovible. Os hablan de que _el cajón es menor de edad_ y otras cosas beocias. Un violinista sin albergue fué a _operar_ a un tendero gallego, y entró en su almacén tocando la _alborada_ de Veiga... ¡Y luego dicen que la música domestica a los animales! El pobre músico tuvo que terminar su melodía y la noche en un banco de Recoletos.
Para pedir dinero es preciso ser un psicólogo sutil. ¡Nadie lo da generosamente! Hay que saber explotar la vanidad, el vicio o el secreto de alguna intimidad tortuosa. El dolor, la miseria, la injusticia no le interesan al que no las padece. Y esto lo saben los doctores de esas aulas de tragicomedia que están siempre abiertas en las aceras cortesanas.
Y estos lamentables bigardos os dirán que son filósofos, cronistas y poetas. Algunos tienen talento, aunque no pueden vivir de la pluma. En España la selección está hecha al revés. La inteligencia, incluso el genio, es menos útil que la asiduidad, la adulación, la laboriosidad y otras virtudes de oficinista. La tragedia de Edgar Poe se repite todavía. Además, casi nadie tiene sentido de lo bello, y la literatura les interesa a pocos. Y existe una leyenda cruel y sarcástica desde Cervantes hasta hoy. Se dice que el insigne manco no cenó cuando terminó el _Quijote_, y se cree que es muy gracioso que los literatos no almuercen nunca. Parece muy literario, muy de _leyenda_ eso de las hambres artísticas.
Por eso los aprendices de literato se lanzan a la Puerta del Sol, intrépidos argonautas del vellocino de cobre. Pero no todos los que comen en la Precisa y en Próculo y los que duermen en la yácija de Han de Islandia son _intelectuales_. La mayoría sólo son _navegantes_... que en las turbias aguas tienden su anzuelo a la sombra de la bohemia pintoresca.
Porque, en realidad, lo que más les interesa es ir comiendo (vidas vacías, paralíticas, ex vidas en las que los ideales se han desmoronado), y por ello sólo se afanan los _operadores_, los _piruetistas_, toda la seudoliteraria gallofa de este momento.
_La última copa de Edgard Poe_
EN los banales y sutiles ajetreos de la farándula política, en que el favoritismo se yergue en divinidad sobre su propia bahorrina, es edificante la evocación de un episodio hondo de desolación inquietante y cruel, de la vida extraña de aquel inadaptable genial, de «aquel celeste Edgardo» cuyo nombre figura en esa fúnebre antología de anormales y degenerados entre los otros grandes locos: Nietzsche y Baudelaire.
Poe fué un precursor de esta moderna opinión de que la ciencia debe ser el fundamento de todo arte. Químico, matemático, médico, oficiante solemne de las capillas herméticas de abstrusas ciencias, su paso funambulesco por la vida tiene algo de liturgia alada, real y demoníaca a la vez. A trechos por el ultramisticismo de apoteosis de sus poemas pasa una desolada sombra de horror: el ala angustiadora y proterva del monstruo del alcohol.
Y así nos ha dado las más hondas y raras impresiones que artista alguno dió a la humanidad en todos los tiempos. Hay en él voces misteriosas, angélicas, ungidas; iniciaciones de todos los arcanos; ecos del cielo, de la tierra y también del infierno. Tal vez fuera la noche, en cuyo seno vagaba borracho en todas las ciudades y a todas las horas; la noche, tan medrosa, tan aristócrata, tan reveladora, la que ponía en su corazón esas palabras ultrahumanas, tan únicas en su regia originalidad, tan perennemente emocionales.
Y también como en ésta, en aquélla y en todas las épocas, había una dorada medianía culta, un rebaño de hombres equilibrados, fácilmente moldeables a todas las formas y a todas las conveniencias; una humanidad correcta, honorable, de tan glorioso sentido común, que rechazó de su seno, babeó la reputación y mordió la sandalia de aquel extravagante perturbador de la buena armonía de las costumbres, de aquel inadaptable inmoral. Y se dió el caso estupendo de que en algún periódico le pagasen menos dinero que a los demás, reconociendo la superioridad de su talento; y por eso mismo, porque su arte era «demasiado original».
Y esa cualidad no la perdonan nunca la poetambre, ni los paladines de la frase hecha.
Avanzando en la miseria hosca, en la confidente soledad que le era tan amable; eterno trashumante, muerta su mujer, la dulce Virginia, esa bella sombra añorante que pasa por los versos de _El Cuervo_, esa «incomparable y deslumbradora doncella que los ángeles llaman Leonor», errando, pues, por el mundo, llegó a Baltimore la noche antes de unas elecciones de diputados.
La ciudad hervía en la agitación huraña de esos momentos. Poe entró en una taberna y bebió, bebió incesantemente en unión de un antiguo y fatal camarada que el azar le deparó.
Ya a la madrugada, en ese punto visionario y absurdo de los borrachos, en que el alcohol hace bailar a todas las cosas una zarabanda fantástica, habiendo sido reconocido por algunos, el poeta se vió obligado a recitar sus versos entre el ulular delirante del concurso y el ambiente plúmbeo, homicida, del antro.
Una de las muchas rondas que recorrían la ciudad reclutando a lo florido del hampa, a los bigardos y galloferos de todas partes que andaban lampando por las calles, para acarrearlos a votar al día siguiente, topó con el grupo de borrachos en que iba Poe, y todos juntos fueron encerrados en una mazmorra donde les dieron de beber, de beber hasta el enloquecimiento.
El poeta, que estaba consumido por ese horrible mal que se llama combustión espontánea, votó al día siguiente entre aquel enjambre borroso y hediondo, y, al apurar la última copa que le brindaron, cayó definitivamente herido por el _delirium tremens_.
Pocas horas después murió aquel portentoso artista en el anónimo desconsolador de un hospital. Sus compatriotas se cebaron cruelmente en su memoria, y el periodista Rufus Griswold, que había sido su amigo, hizo una repugnante campaña de difamación, caliente aún el cadáver de aquel desgraciado superior.
La vida del cantor de Ligeia, esa extraordinaria mujer, prodigio de carne y maravilla de inteligencia, nos da la impresión de una negra pesadilla, de una taumatúrgica alucinación de opio, por donde vaga la sombra sonámbula de ese triste discípulo de un fatal y desventurado maestro, cuya voz repite ese único y desolado estribillo:
«Nunca más.»
_Los poetas borrachos_
YO tengo un aborrecimiento absoluto a los borrachos: me parecen larvas, ex hombres, gárgolas, algo grotesco, monstruoso y terrible a la vez. Sin embargo, mis grandes admiraciones literarias van hacia los poetas borrachos.
Es mi espíritu, lo más hondo, tumultuoso y atormentado de mi espíritu, lo que comprende la absurdidad de los borrachos, aunque mi yo superficial, el hombre social, los deteste. Poe, Verlaine, Musset, Nerval, Darío son nombres venerandos de mi iconografía sentimental. Todos ellos fueron tristes y gloriosos borrachos.
No comprendo bien la causa de que tan altos y armoniosos espíritus hayan caído en las simas de «ese demonio más terrible que todas las enfermedades».
Baudelaire escribió: «Cuidad de estar siempre ebrio de amor, de virtud o de vino». El reloj del poeta marcaba siempre la hora de la embriaguez. Sin embargo, Baudelaire no fué un beodo cotidiano a la manera de Verlaine. Escribió palabras muy sensatas, muy burguesas--como él diría--, contra el opio, el haschid y el alcohol. «La droga funesta no crea nada; produce una hiperestesia nerviosa; es un préstamo con interés ruinoso que se hace al cerebro».
El mismo poeta de _Les fleurs du mal_, explica en el prólogo de las obras de Edgar Poe la causa de la embriaguez del bardo del Horror de una manera clarividente: «Poe no bebía con placer: bebía bárbaramente, como si quisiera matar algo dentro de él mismo». Y después: «Poe creaba personajes terribles o grotescos en medio de una tempestad de alcohol, y para volver a encontrarlos recurría a la bebida. Eran seres que sólo se podían desenvolver en ese ambiente verdoso y translúcido y a él había que acudir para continuar la plática interrumpida».
Estas tres citas--hechas de memoria--constituyen una explicación y una defensa de la embriaguez de los poetas.
En los poetas románticos, de inspiración, es más aceptable ese vicio absurdo y abyecto--yo juzgo de esto con un criterio rabiosamente burgués--. Es raro en Poe, que fué el espíritu del equilibrio, del análisis matemático--ved _La carta robada_, _El doble crimen de la calle Morgue_, _El escarabajo de oro_--, que al escribir sus cuentos enunciaba y resolvía los más sutiles problemas matemáticos.
¿Existirá una lógica, una armonía dentro de la absurdidad de la borrachera? Poe, haciendo eses por las calles de Nueva York la mañana que se publicó _El Cuervo_, era un montón abyecto de carne, un borracho grotesco; pero ¿qué maravillosas creaciones se forjaban en su laboratorio interior? _Ligea_, _Eleonora_, M. Valdemar vivían dentro del poeta en maravillosa lucidez, mientras que yacía aletargado en el seno de una «tempestad de alcohol».
En mis investigaciones ocultistas la figura de Poe se me ha aparecido repetidas veces. Poe fué el poeta de lo Invisible. El alcohol era el puente por el que cruzaba en dirección al astral. Todas las larvas, las almas de los magos negros, el espectro de los muertos, los vampiros y los incubos y sucubos demoníacos fueron amigos del poeta y le dictaron sus escaloriantes episodios de pesadilla. La doble personalidad fluídica de Poe convivió con ellos en esos reinos alucinantes y verdosos, donde las flores tienen hedor de putrefacción, danzan las almas de las brujas y se fraguan los infanticidios y los asesinatos sin causa, mientras el cuerpo del bardo, embrutecido, dormía la borrachera en cualquier callejuela de Rischmond o de Nueva York. Mister Valdemar desmoronándose en su espantosa podredumbre. Ligeia reviviendo en el cadáver de Mistress Rawena, el ojo terrible del gato negro y el corazón revelador, que resuena como el golpe de un reloj de pesadilla, parecen imaginación vivida en el plano lívido del astral. Poe vivió una subvida taumatúrgica. Tuvo el arte de dar a todos sus monstruos, terribles y grotescos, una armonía matemática, que pudiéramos llamar lógica de lo absurdo. Éstos eran los amigos a los que, según Baudelaire, iba a buscar por el horrible camino en donde cantan las sirenas de la embriaguez.
Yo le brindo la idea de escribir acerca de Poe ocultista al espíritu que más sabe de esto y de otras muchas cosas: a Mario Roso de Luna.
He conocido muchos poetas borrachos, que pudiéramos llamar borrachos románticos. En su labor literaria no existe jamás la terrible visión de Poe, ni su armonía matemática. Fueron y son viciosos del alcohol, sin que su vicio favorito influya en su obra. Poe es aparte. Sus borracheras son fecundas, así como las de Paul Verlaine. Son lúcidos, con una maravillosa clarividencia, a través de las brumas espesas de la borrachera.
Musset bebió románticamente para olvidar. No se podía ya embriagar «de amor ni de virtud» y se embriagó de ajenjo. «Cuidad de estar siempre ebrios», dijo Baudelaire. Bebía el «pobre Alfredo» para llenar el vacío de su vida frustrada sentimentalmente, pero nunca le debió nada al alcohol; sus borracheras fueron «obscuras», como el fondo de una sima, y al cabo la llama azulenca le abrasó el cerebro y sufrió el horrible dolor de la impotencia en plena apoteosis de gloria y de juventud. Rubén Darío también bebió para no sentir la vida demasiado dura en la carne viva de su corazón de poeta.
La vida es dura, amarga y pesa; ¡ya no hay princesa que cantar!
Poe bebía bárbaramente, como si quisiera «asesinar algo en si mismo». Nuestro admirable y dulce poeta Manuel Paso también se suicidó abrasándose las entrañas y el cerebro en un océano siniestro de aguardiente.
Baudelaire huyendo del burgués de París, Rubén asfixiado por la estupidez del ambiente, Musset ahogando un dolor amoroso, son borrachos corrientes y hasta vulgares. Poe y Verlaine, los clarividentes, me interesan más que todos, porque su órbita literaria estaba en el fondo de esos extraños paraísos violáceos.
Beber, para olvidar un dolor o para ser valiente ante las luchas cotidianas, me parece una pueril equivocación. Hay que tener serenidad, firmeza moral contra todas las celadas de la vida. «El alcohol, el opio, el haschid no crean nada; prestan al cerebro una energía de momento con un rédito ruinoso». La inspiración no está encerrada en una botella.
Yo creo esto firmemente; pero, ¿cómo vamos a negar a algunos espíritus desventurados esa puerta de escape de una realidad abrumadora, estúpida y hostil? Una puerta que, como en Poe, acaso conduce a un plano espiritual, perfectamente absurdo, donde viven esos seres misteriosos que se ven en las alucinaciones, y que yo--teosóficamente--sospecho que tienen una completa, aunque invisible realidad.
_Un duelo romántico_
POR las frívolas y fugitivas crónicas de actualidad ha pasado como una evocación antañona la figura hidalga, pomposa y antigua del buen soldado, caballero y poeta D. Juan de la Pezuela, conde de Cheste.
Era una silueta de otra edad. Como el famoso caballero Don Álvaro, era hijo de un virrey del Perú, y al resurgir ahora, en nuestro siglo mecánico y vulgar, nos ha parecido una figura pintoresca y gallarda de un poema donde hubiese sonoros surtidores y pelucas rizadas.
Perteneció a una generación literaria cuya voz escuchamos ya desde muy lejos. Nosotros recordamos con un poco de estupor los preceptos artísticos de D. Alberto Lista, a los cuales ciñóse estrictamente, tal vez sólo por devoción personal al maestro, hasta en las postreras regias salutaciones que trazó su mano senil venerable.
Con Espronceda, Ros de Olano, Enrique Gil y Florentino Sanz asistía al cenáculo del café del Príncipe, amable lugar donde se forjaron algunas de esas queridas narraciones que tanto nos han emocionado en nuestros primeros devaneos sentimentales, cuando pasábamos horas enteras devorando las pintorescas ediciones de Gaspar y Roig.
Y fué allí, entre románticas melenas y retóricos madrigales, en la exaltación de la nueva escuela revolucionaria y las violentas aspiraciones de libertad, expresadas en odas y octavas reales, donde el bardo que elogió a la atormentadora Teresa tuvo el mal acierto de lanzar sus sarcasmos byronianos contra la rigidez de escuela o las virtudes militares del conde de Cheste.
En aquel mismo punto quedó concertado el lance, como en aquel tiempo galano en que los poetas hampones se batían por un soneto en las encrucijadas del viejo París.
Caía la media noche cuando los combatientes se hallaban junto a la puerta del cementerio de San Martín. El claro de luna encantaba melancólicamente la fúnebre decoración. A la siniestra mano extendíase el bello jardín de los muertos, con sus anchas columnatas y sus calles de nichos vacíos. Quizá un ruiseñor cantaba entre las ramas de un ciprés religioso y sombrío como una elegía. De la honda paz de la tierra tal vez surgían esos rumores vagos, misteriosos, inquietantes, que parecen diálogos del más allá.
Ambos caballeros se despojaron de las largas capas y de los sombreros de ala plana. El cronista se finge el rostro pálido, demacrado de Espronceda, con los ojos ardiendo en la fiebre de su constante delirio sensual, iluminado por la luna. Tal vez llevara dentro su cerebro un rayo lunático y visionario, quien pasó por la tierra enamorado líricamente de la pálida Prometida.
Las hojas de acero brillaron y se cruzaron gallardamente. Breve fué la lucha: Espronceda, cuya naturaleza estaba aniquilada por su vida de vértigo, cayó en tierra herido de un sablazo.
Y así se dió fin a este episodio raro, pintoresco y triste, que era bien digno de la rima.
Esta vida serena, suave y rectilínea que acaba de extinguirse bajo la pesadumbre de noventa y seis años, nos da una emoción de vaga tristeza y de simpatía. Pensamos en esa figura noble y artística como un retrato antiguo, superviviente de todos sus contemporáneos, haciendo sus apacibles paseatas por las calles muertas de Segovia, la vieja, viviendo una vida arcaica y cristalizada entre los muros grises de las rancias mansiones infanzonas, con escudos de piedra y los palacios grises eternamente cerrados. Pensamos en la inquietud íntima de ese espíritu que había visto desaparecer tantas cosas y tantos amores, preguntarse al amanecer de cada día: «¿Será hoy?», e inclinar la frente coronada de plata y sentir el corazón turbado ante la evidencia del angustiador misterio. Muchas veces, al pasar por el pardo caserón de la calle de Pizarro, donde habitaba los inviernos, hemos evocado su silueta entre la grave penumbra de los viejos salones y le hemos imaginado trazando sobre amplias cuartillas renglones cortos de musa ingenua y familiar, para convocar a sus íntimas reuniones familiares, que eran como una evocación de los tiempos pretéritos. Y al comenzar en estas lamentables tardes de otoño a amarillear las hojas de los árboles para alfombrar después las calles solas de su pequeño jardín y la lámina verdosa de las fuentes mudas, hemos pensado con pena que quizá el noble anciano no viera en la caída de las hojas sólo la aproximación del invierno.
Algunos críticos opinan que su labor literaria no ha sido muy completa. Lo más interesante ha sido su vida, una de esas vidas antiguas y fecundas de soldado leal y valeroso, caballero de clásica hidalguía española, erudito y poeta como aquellos capitanes de la Conquista, que de día vivían en poema épico, y en el encanto de las noches tropicales rimaban las nostalgias de la patria o ardientes serventesios a los ojos de las limeñas.
Era una figura de otra edad. Una silueta de aquel buen tiempo de las melenas románticas, en que los poetas constituían la verdadera y lógica aristocracia; aquel buen tiempo en que había duelos pintorescos junto a las tapias de los camposantos por la belleza de un soneto, en que el romanticismo era como un vino generoso y locuaz que hacía soñar a todas las cabezas aun en un ambiente tan antiestético como el de la política.
Aquel buen tiempo de los poetas, porque se estimaba que cantar es la más bella expresión del alma humana.
_Las manos de Elena_
UN pintor bohemio rugía en una noche memorable, mientras el frío se colaba entre sus andrajos y el hambre bailaba en su cabeza descoyuntada danzas absurdas.
--Debiéramos desenterrar y quemar los restos de Murger.
Era una noche sagrada y familiar. Hasta los más humildes tenían en aquel momento un poco de fuego y de cariño. De los interiores iluminados salían hálitos suaves de serena felicidad, y en el aire flotaban, como surgidas del fondo de los tiempos antañones, las melodías ingenuas de los villancicos pascuales.
Por las calles, algunos perros vagabundos y nosotros.
Y es que nuestra bohemia ha sido un negro camino de soledad y de pobreza. No han florecido en nuestros episodios las risas de Museta ni las lágrimas de Mimí, ni nuestra madre la Locura nos ha prestado su corona de cascabeles.
Sólo una bella y triste sombra, fugitiva y perfumada como la juventud que huye, ha puesto algunos besos y algunas risas en nuestras noches trashumantes y sin asilo.
Tenía un nombre poemático, célebre en los anales del amor. Elena era su bello nombre. Era alta, rítmica, flexible... En sus ojos garzos, hondos, de un hechizo inquietante, dormían las visiones de su vida encanallada, siempre unánimes y vergonzosas. Sus manos finas, transparentes y monjiles, que parecían hechas para tejerse en los éxtasis y para filigranar ofrendas de vírgenes y capas pluviales; sus manos, finas y transparentes, eran doctas en los secretos del amor mundano.
Cuando yo la conocí, tenía la desolada belleza de las ruinas. Su carne, de azulinas transparencias, tenía la melancólica palidez de los tísicos, y hacía pensar, con pena, en la llegada de esos días grises en que caen las hojas de los árboles. Tenía un aroma vago y casi religioso: olía a cera y a flores de mortaja.