# La Catedral

## Part 7

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En el silencio de la noche, Gabriel veía iluminarse su mazmorra; hombres con uniforme le empujaban por la escalera hasta una habitación donde le aguardaban otros con enormes garrotes. Un joven de voz melosa, con insignias de teniente y el aire perezoso de los criollos, le hacía preguntas sobre los atentados ocurridos meses antes abajo en la ciudad. Gabriel nada sabía, nada había visto. Tal vez los terroristas serían compañeros suyos; pero él, fijos los ojos en lo alto, contemplando sus visiones del porvenir, no había llegado a darse cuenta de que germinaba en torno suyo la violencia. Su negativa tenaz indignaba a aquellos hombres; la voz melosa del criollo se atiplaba por la ira, y entre amenazas y blasfemias abalanzábanse todos sobre él, y comenzaba la caza del hombre por toda la mazmorra, cayendo los garrotes sobre su cuerpo, alcanzándole lo mismo en la cabeza que en las piernas, acosándolo en los rincones, siguiéndole cuando con un salto desesperado pasaba al muro opuesto, abriéndose camino con la testa baja. Su espalda resonaba como un cofre vacío bajo los golpes. Algunas veces, la desesperación del dolor enardecía a la víctima; el cordero se volvía fiera, y antes de caer al suelo, gimoteando como un niño bajo la superioridad del número, se arrojaba sobre los verdugos, arañándolos, intentando morderles. Gabriel guardaba un botón del uniforme del criollo, que en una de estas rebeliones de su debilidad había quedado entre sus dedos.

Después, cansados los atormentadores de la inutilidad de sus violencias, le dejaban olvidado en la mazmorra. Un pan y unos trozos de bacalao seco eran su comida. La sed, una sed infernal, le desgarraba las entrañas, le oprimía la garganta y hacía arder su boca. Al principio pedía agua con voz angustiosa por debajo de la puerta. Después ya no quiso suplicar, conociendo de antemano la respuesta: Era un tormento calculado: le ofrecían agua cuanta quisiera, pero luego que delatase los nombres de los culpables, afirmando lo que no sabía. El hambre luchaba en él con la sed; pero temiendo a ésta mucho más, arrojaba a un rincón aquellos alimentos cargados de sal, como si fuesen veneno. Deliraba con el delirio de los náufragos atenaceados por el recuerdo del agua en medio de las olas amargas. Veía en sus pesadillas arroyos claros y murmuradores, ríos inmensos; y buscando frescura para su boca, paseaba la lengua por las paredes mugrientas, sintiendo cierto alivio al contacto de la cal del enjalbegado. La privación y el encierro perturbaban su inteligencia con horribles delirios. Muchas veces, Gabriel se sorprendía viéndose a cuatro patas en medio del calabozo, gruñendo y ladrando frente a la puerta sin saber por qué.

Sus atormentadores parecieron olvidarle. Tenían otros presos a los que acudir. Los carceleros le dieron agua, y pasó meses enteros sin que nadie entrase en su calabozo. Algunas noches oía lejanos y vagos, al través de los gruesos muros, lamentos y sollozos en las mazmorras inmediatas. Una mañana le despertaron varios truenos, a pesar de que un rayo de sol se filtraba por el ventanillo. Oyendo a los carceleros en el inmediato corredor, comprendió el misterio. Habían fusilado a algunos de los presos.

Luna acogía como una felicidad la esperanza de la muerte. Renunciaba con gusto a aquella sombra de vida dentro de un estuche de piedra, atormentado por el mal físico y el miedo a la ferocidad de los hombres. Su estómago, herido por las privaciones, se negaba muchos días, con horribles náuseas, a recibir el pan áspero y el cazo de rancho. La larga inmovilidad, el enrarecimiento del aire, la escasa nutrición, le habían hecho caer en una anemia mortal. Tosía continuamente, sintiendo cierta opresión en el pecho. Los conocimientos que había adquirido del cuerpo humano, en su afán de estudiarlo todo, no lo permitían engañarse. Moriría como la pobre Lucy.

Después de año y medio de encierro, compareció ante el Consejo de guerra, confundido en un rebaño miserable de viejos, mujeres y hasta adolescentes, todos enflaquecidos y quebrantados por la prisión, con la piel blanca y mate, como de papel mascado, y ese estrabismo en los ojos que da el aislamiento. Gabriel deseaba que le matasen. Al llegar el fiscal en la larga lista de acusación al nombre de Luna, detúvose un instante para lanzarle una mirada feroz. Aquel acusado era de los «teóricos»: aparecía en las declaraciones de los testigos sin intervención directa en los hechos de fuerza y reprobándolos en sus predicaciones; pero no había que olvidar que era uno de los principales propagandistas del anarquismo, y que había pronunciado discursos en todas las sociedades obreras frecuentadas por los autores de los atentados.

Un capitán viejo se inclinó al oído de otro compañero de Consejo, y Gabriel oyó sus palabras:

--A estos señoritos que hacen discursos es a los que hay que sentar la mano, para que escarmienten y no hablen más de Tolstoi, de Ibsen y de todos esos tíos extranjeros que enseñan a tirar bombas.

Gabriel pasó muchos meses aislado en su encierro. Por algunas palabras oídas a los carceleros, pudo ir siguiendo las fluctuaciones de su suerte. Tan pronto se veía conducido con todos sus compañeros de infortunio a los presidios de África, como le auguraban la inmediata libertad o le profetizaban el fusilamiento en masa. Cuando salió, después de dos años, del tétrico castillo, fue para embarcarse con todos sus compañeros de emigración forzosa. Gabriel era una sombra de hombre. Su debilidad le hacía andar vacilante y trémulo como un niño; pero olvidando su mísero estado, se apiadaba de otros compañeros más enfermos que él, con visibles cicatrices de los tormentos sufridos y el sexo atrofiado por bárbaras estrangulaciones. La vuelta a la libertad hacía renacer en él su antigua dulzura, la conmiseración filosófica en que envolvía a todos los hombres, perdonando sus errores. Los más violentos de sus compañeros hablaban al desembarcar en Inglaterra de futuras venganzas contra los verdugos, mientras Gabriel pedía perdón para ellos, ciegos instrumentos empleados por la sociedad en un momento de terror, que creían haberla salvado con su barbarie.

El clima de Londres extremaba la enfermedad de Gabriel, y a los dos años tuvo que trasladarse al continente, a pesar de que el país británico, con su absoluta libertad, era el único suelo donde podía vivir tranquilo e ignorado.

Su existencia fue cruel: siempre fugitivo a través de las naciones de Europa, arrojado de una a otra por la vigilancia policíaca, reducido a prisión o expulsado por la más insignificante sospecha. Era la antigua persecución de los bohemios en la Edad Media, el acosamiento de las gentes independientes, de vida vagabunda, que resucitaba en plena civilización. La enfermedad y el deseo de paz le hicieron volver a España. Con el tiempo se había establecido cierta tolerancia para los emigrados. En España todo se olvida, y aunque la autoridad sea más feroz y menos escrupulosa que en otros pueblos, molesta poco, por la imprevisión y el descuido propios de la raza.

Enfermo y sin un oficio para ganarse la vida, imposibilitado de pedir trabajo en las imprentas, porque su nombre tenía cierta aureola que aterraba a los patronos, Gabriel cayó en la miseria, sin que le bastasen los auxilios con que le socorrían los compañeros. Fue de un extremo a otro de la Península, mendigando entre los suyos y ocultándose de la policía.

Su ánimo decayó. Era un vencido; no podía prolongar la lucha. Sólo le restaba morir; pero la muerte misericordiosa acudía lentamente a su llamamiento. Pensó en su hermano, el único afecto que le restaba en el mundo. Recordó aquella familia tranquila de las Claverías entrevista en su último paso por la catedral, y fue en su busca como una última esperanza.

Al volver a Toledo encontraba disuelta la familia feliz. También por aquel rincón silencioso e inmutable había pasado la desgracia.

Pero la catedral, insensible a las vicisitudes humanas, estaba allí como siempre, y a ella se agarraba, ocultándose en sus entrañas para morir tranquilo, sin más anhelo que ser olvidado, pereciendo antes de hora, gustando la amarga felicidad del anonadamiento, dejando en la puerta, como una bestia que se despoja de la piel, aquellas rebeldías que le habían atraído el odio de la sociedad.

Su dicha era no pensar, no hablar, amoldarse a aquel mundo muerto. Sería, entre las estatuas vivientes que poblaban el claustro alto, un autómata más; imitaría a aquellas criaturas que tenían en su ser algo de la aspereza de la piedra berroqueña de los contrafuertes; aspiraría como un bálsamo de tranquilidad la herrumbre de las rejas, que esparcían por el templo el perfume vetusto de los siglos.

IV

Al salir al claustro por las mañanas, poco después de amanecer, la primera persona que veía Gabriel era don Antolín, el _Vara de plata_. Este sacerdote ejercía autoridad a modo de gobernador de la catedral, pues a sus órdenes estaban los servidores laicos y bajo su inspección se hacían todos los trabajos de escasa importancia.

Abajo, en el templo, vigilaba a sacristanes y acólitos, cuidando de que los canónigos y los beneficiados no pudieran quejarse de descuidos en el servicio. Arriba, en el claustro, velaba por el buen orden y las sanas costumbres de las familias, siendo, por la gracia del cardenal-arzobispo, una especie de alcalde de aquel pequeño pueblo.

Ocupaba la mejor habitación de las Claverías. En las grandes fiestas marchaba al frente del cabildo Con capa pluvial y un bastón de plata tan alto como él, que hacía retemblar las losas con sus golpes, y durante la misa mayor y el coro de la tarde rondaba por las naves para evitar las irreverencias de los devotos y las distracciones de los empleados. A las ocho de la noche en invierno y a las nueve en verano cerraba la escalera del claustro alto, guardábase la llave en el bolsillo y toda la población quedaba aislada de la ciudad. Si de tarde en tarde se sentía alguien enfermo durante la noche, era preciso despertar a don Antolín; y hundiendo éste la mano en las profundidades de la sotana, se dignaba restablecer con su llave la comunicación con el mundo.

Tenía cerca de sesenta años; era pequeño y enjuto. La edad apenas si había encanecido un poco sus cabellos, cortados al rape. La frente la tenía espaciosa y cuadrada, sin la más leve curva, como una chapa de hueso con dos aristas a los lados, que se marcaban bajo el gorro de seda que usaba en invierno. Las facciones estiradas, sin una arruga, sin un estremecimiento que delatase emoción; la mandíbula estrecha y aguda como hierro de lanza, y los ojos tan inexpresivos e inmóviles como el rostro, pero con una fijeza fría que desconcertaba.

Gabriel le había conocido en su niñez. Era, según su expresión, un soldado raso de la Iglesia, que en fuerza de años y servicios había llegado a sargento, para no pasar de ahí. Cuando Luna entró en el Seminario, don Antolín acababa de ordenarse de sacerdote, después de pasar su vida en la sacristía de la Primada, donde había comenzado de monaguillo. Por su fe absoluta e irracional, por su adhesión inquebrantable a la Iglesia, le habían sacado adelante en la carrera los señores del Seminario, a pesar de su ignorancia. Era un hijo del terruño; había nacido en una aldea de los montes de Toledo. La Iglesia Primada era para él la segunda casa de Dios, después de San Pedro de Roma, y las ciencias eclesiásticas un haz de rayos de la divina sabiduría que le cegaban, adorándolos con el respeto profundo del ignorante.

Tenía la santa y firme incultura tan apreciada por la Iglesia en otros siglos. Gabriel estaba seguro de que, a nacer el _Vara de plata_ en la buena época del catolicismo, hubiese llegado a santo al dedicarse a la vida espiritual, o habría desempeñado un excelente papel en la Inquisición al intervenir en la religiosidad militante. Venido al mundo en la mala época, cuando flaquea la fe y la Iglesia no puede imponerse por la violencia, el buen don Antolín había quedado obscurecido en la baja administración de la catedral, ayudando al canónigo Obrero en la partición y señalamiento de las pesetas que el Estado daba a la Primada, dedicando una larga meditación a cada puñado de céntimos, y esforzándose por que la santa casa, como las familias arruinadas, conservase su buen exterior, sin revelar la miseria.

Le habían prometido varias veces una capellanía de monjas, pero él era de los fieles a la catedral, de los enamorados de la gran solitaria. Le enorgullecía la confianza que el señor arzobispo tenía puesta en él, la amistosa franqueza con que le hablaban canónigos y beneficiados y sus conciliábulos administrativos con el Obrero y el Tesorero. Por esto no podía evitar cierto gesto de superioridad desdeñosa cuando, revestido de la capa pluvial y empuñando la vara de plata, se acercaban a hablarle los curas de los pueblos de paso por la Primada.

Sus vicios eran puramente de eclesiástico. Ahorraba en secreto, con esa avaricia fría y dominadora de la gente de iglesia en todos los tiempos. Su bonete mugriento era siempre de algún canónigo que lo desechaba por viejo; su sotana de un negro verdoso y sus zapatos habían sido antes de algún beneficiado. En las Claverías se hablaba en voz baja del dinero guardado por don Antolín, de sus ahorros, que dedicaba a la usura; préstamos que nunca iban más allá de dos o tres duros a los pobres servidores del templo agobiados por la miseria, y que recobraba con creces cuando a principios de mes pagaba el canónigo Obrero. En él, la avaricia y la usura iban unidas a la más absoluta probidad para los intereses de la iglesia. Perseguía encarnizadamente la menor sisa en la sacristía, y entregaba sus cuentas al cabildo con una minuciosidad que fastidiaba al Obrero. A cada cual lo suyo. La iglesia era pobre, y resultaba un pecado digno del infierno privarla de un solo ochavo. Él, como buen servidor de Dios, era pobre también, y no creía faltarle sacando cierto producto al dinero que había podido reunir en fuerza de contraerse, con dolorosas privaciones, dentro de su miseria.

Vivía con él su sobrina Mariquita, una fea, de facciones hombrunas y frescas carnes, venida de las montañas para cuidar al tío, de cuya riqueza y poder en la Primada se hacían lenguas en la aldea parientes y amigos. En las Claverías llevaba a maltraer a todas las mujeres, abusando de la autoridad absoluta de don Antolín. Las más tímidas formaban en torno de ella a modo de aduladora corte, para atraerse su protección, limpiándola la casa o haciendo la cocina, mientras Mariquita, vestida de hábito y cuidadosamente peinada, único lujo que le permitía su tío, salía al claustro con la esperanza de que subiese algún cadete o se fijasen en ella los forasteros que iban a la torre o a la sala de los gigantones. Ponía los ojos tiernos a todos los hombres; ella, tan áspera e imperiosa con las mujeres, sonreía a cuantos solteros vivían en las Claverías. El _Tato_ era gran amigo suyo; le buscaba cuando su tío estaba ausente, riendo sus gracias de aprendiz de torero. Gabriel, con su aspecto enfermizo, su misterioso ensimismamiento y la historia confusa de sus grandes viajes por el mundo, no le inspiraba menos interés. Hasta hablaba con marcada deferencia al viejo _Vara de palo_, por ser hombre y estar viudo. Como decía el perrero, los pantalones volvían loca a la pobre en aquella casa donde la mayor parte de los hombres llevaban faldas.

Don Antolín había conocido a Gabriel siendo niño y le tuteaba. En el cura ignorante subsistía aún el recuerdo de los grandes triunfos alcanzados por Luna en el Seminario, y al verle pobre y enfermo, refugiado en la catedral casi de limosna, su tuteo de superioridad no estaba exento de cierta admiración. Gabriel, por su parte, temía al _Vara de plata_, conociendo su fanatismo intolerante. Por esto se limitaba a escucharle, cuidando de que en sus conversaciones no se deslizara una palabra que revelase su pasado. Sería el primero en pedir su expulsión de la catedral, y él deseaba vivir en ella desconocido y en silencio.

Al encontrarse por las mañanas en el claustro los dos hombres, se abordaban con la misma pregunta:

--¿Cómo va esa salud?

Gabriel se mostraba optimista. Sabía que su dolencia no tenía remedio. Pero aquella vida sosegada y sin emociones, y el cuidado continuo de su hermano, alimentándolo casi a la fuerza a todas horas, como a un pájaro, había puesto un puntal a su salud ruinosa. El curso de la enfermedad era más lento: la muerte tropezaba con obstáculos.

--Estoy mejor, don Antolín.... Y ayer, ¿qué tal fue el día?

El _Vara de plata_ hundía sus manos sucias y huesosas en las profundidades de la sotana, sacando tres gruesos talonarios, uno rojo, otro verde y el tercero blanco. Pasaba las hojas, consultando los folios de las que llevaba arrancadas. Acariciaba respetuosamente las libretas, como si fuesen más importantes para el culto que los grandes libros del coro.

--¡Día flojo, Gabriel! Estamos en invierno, y ahora viaja poca gente. La gran temporada es en primavera, cuando, según dicen, entran los ingleses por Gibraltar. Van a la feria de Sevilla y vienen después a echar una vista a nuestra catedral. Además, la gente de Madrid sale con el buen tiempo, y aunque a regañadientes, afloja la mosca por ver los gigantones y la Campana Gorda. Da gusto entonces despachar papeletas. Ha habido día, Gabriel, que he recogido ochenta duros. Me acuerdo: fue en el último Corpus. Mariquita tuvo que recoserme los bolsillos de la sotana, que se rompían con el peso de tantas pesetas. Fue una bendición del Señor.

Y miraba tristemente los talonarios, como lamentando que pasasen los días del invierno sin cortar más que alguna que otra hoja. Esta tarea de expender papeletas de entrada para ver las riquezas y curiosidades de la catedral llenaba su pensamiento. Era la salvación de la iglesia, el procedimiento moderno para llevarla adelante, y él se sentía orgulloso de desempeñar esta función, que le convertía en el órgano más importante de la vida del templo.

--¿Ves estas papeletas verdes?--dijo a Gabriel--. Pues son las más caras: dos pesetas cuesta cada una. Con ellas puede verse lo más importante: el Tesoro, la capilla de la Virgen, el Ochavo con sus reliquias, únicas en el mundo. Las de las otras catedrales son porquerías si se comparan con las nuestras; mentiras, inventadas muchas de ellas por la envidia que inspira nuestra Iglesia Primada. ¿Ves estas otras que son rojas? Pues sólo cuestan seis reales, y con ellas pueden visitarse las sacristías, el guardarropa, las capillas de don Álvaro de Luna y del cardenal Albornoz, y la Sala Capitular, con sus dos filas de retratos de arzobispos, que son una maravilla. ¿Quién no se rasca el bolsillo por ver tales portentos?

Después añadió, designando el último talonario con cierto desprecio:

--Estas blancas sólo valen dos reales. Son para ver los gigantones y las campanas. Se venden muchas entre la gente menuda que viene a la catedral en días de fiesta. ¿Querrás creer que aún hay judíos que protestan y dicen que esto es un robo? El otro día, tres soldados de la Academia, que vinieron con unos «parditos» a ver los gigantones, armaron un escándalo porque no les dejaban entrar por un perro gordo. ¡Como si pidiésemos limosna...! Se van muchos echando pestes contra la iglesia, lo mismo que si fuesen herejes, y en la escalera pintan con carbón cosas abominables o escriben palabras obscenas. ¡Qué tiempos!, ¿eh, Gabriel?

Luna sonreía silencioso, y animado el _Vara de plata_ por este mutismo, que le parecía de conformidad, añadió con cierto orgullo:

--Esto de las papeletas lo inventé yo.... Es decir, realmente no fui yo el inventor, pero a mí se debe su establecimiento en esta casa. Tú has corrido mucho y habrás visto en esos países de _extranjis_ que todo puede visitarse... pero pagando. El señor cardenal anterior a éste, que en santa gloria esté--y se llevó la mano al bonete--, también había corrido muchas tierras; un «moderno» que, a vivir más tiempo, hubiese acabado por poner luz eléctrica en las naves de la catedral. Yo le oí en cierta ocasión hablar de lo que se hacía en los museos y demás edificios notables allá en Roma y en otras ciudades: la entrada libre a todas horas, pero pagando. Una gran comodidad para el público, que no necesita de recomendaciones para ver las cosas. Y un día que el Obrero y yo nos roíamos las uñas viendo que esas mil y pico de pesetas puercas (¡Dios me perdone!) que nos da el desdichado Estado no bastaban para finalizar el mes, propuse mi idea. ¿Querrás creer que hubo en el cabildo señores que se opusieron? Ciertos canónigos jóvenes hablaron de los mercaderes del templo; tú ya sabes quiénes eran: unos judíos a los que corrió el Señor con la cuerda en la mano por no sé qué perrerías; otros más viejos alegaron que la catedral había tenido abiertas sus maravillas a todos durante siglos, y así había de seguir. Tendrían razón todos los señores, pues no se llega a canónigo sin talento; pero intervino el cardenal difunto, que de Dios goce--otro golpe de bonete--, y el cabildo hubo de aceptar la reforma a regañadientes, y acabará por aplaudirla. ¡A cualquiera le amarga un dulce! ¿Sabes cuánto dinero le entregué al señor cardenal el año pasado? Más de tres mil duros, casi tanto como nos da el Estado pecador. Y esto sin perjuicio para nadie. El público paga, mira y se marcha. De todos modos, son aves de paso, que sólo vienen una vez: el que se va ya no vuelve. ¡Y qué son cuatro míseras pesetas, cuando por ellas se ve uno de los templos más gloriosos de la cristiandad, la cuna del catolicismo español, la catedral de Toledo! ¡Como quien dice nada...!

Paseaban los dos hombres por el claustro, siguiendo el lado que a aquella hora matinal caldeaba el sol. El clérigo se había guardado los talonarios. Sus ojos se fijaban en Gabriel, que creía del caso sonreír de un modo enigmático que don Antolín tomaba por una afirmación. Esto le animó a continuar en sus confidencias.

--¡Ay, Gabriel! No creas que cumplo sin trabajo mis pesados deberes. El cardenal confía en mí, el cabildo me distingue con su afecto, el Obrero no tiene otra esperanza que mi auxilio. Gracias a las papeletas puede ir tirando la catedral y conservar su antiguo aspecto de grandeza, para que venga el público a admirarla. Somos más pobres que las ratas. Y gracias que nos quedan para remediarnos algunas migajas de nuestro pasado. Si el viento o el granizo rompe una vidriera de las naves, podemos echar mano de los vidrios sobrantes que nos dejaron los señores Obreros de otros siglos. ¡Ay, Señor, Dios mío! ¡Y pensar que hubo una época en que el cabildo mantenía a sus expensas, dentro del templo, talleres de pintores de vidrio, de plomeros y qué sé yo cuántos más, pudiendo hacer grandes obras sin buscar auxilio fuera de casa! Si se rompe una casulla, aún nos quedan para componerla tiras bordadas con santos y flores, que son una maravilla. Pero ¿y cuando todo esto se acabe?, ¿cuando se rompa el último vidrio de repuesto y se agoten los retales de la Obrería? Habrá que poner vidrios blancos y baratos en los ventanales para que no entren el viento y la lluvia; la catedral parecerá una casa de huéspedes (¡que el Señor me perdone la comparación!) y los sacerdotes de la Primada alabarán a Dios vestidos como el capellán de una ermita.

Y don Antolín reía sarcásticamente, como si este porvenir por él evocado fuese un absurdo contrario a las leyes eternas.

