# La Catedral

## Part 17

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Muchas veces, Sagrario alejaba a su tío. Le dolía verle inmóvil, a corta distancia de ella, tosiendo dolorosamente, contemplándola como si hubiese hecho de ella un objeto de adoración.

--Levántese de ahí--decía alegremente la muchacha--. Me pone nerviosa verle siempre tan quietecito, haciéndome compañía, cuando usted lo que necesita es vida y movimiento. Váyase con los amigos; en la habitación del campanero le estarán esperando. Luego hablan de mí, creyendo que soy quien le retengo en casa. ¡A paseo, tío! ¡A hablar de esas cosas que tanto le animan, y que los pobres oyen con la boca abierta! Tenga cuidado al subir los escalones. Despacito y con paradas, para que no le agarre el demonio de la tos.

Gabriel pasaba las últimas horas de la mañana en la habitación del campanero. Las paredes, de antiguo enjalbegado, estaban adornadas con grabados amarillentos que representaban episodios de la guerra carlista, recuerdos de la campaña montaraz que años antes enorgullecía a Mariano, y de la que ya no hablaba ahora.

Allí encontraba Gabriel a todos sus admiradores. Hasta el zapatero trabajaba por las noches para no privarse de esta reunión. Don Martín, el cura, subía también, recatándose para que no le viera el _Vara de plata_. Era una pequeña comunidad que se agrupaba en torno del apóstol enfermo con el fervor que inspira lo desconocido.

Gabriel contestaba a las preguntas de aquellos hombres, reveladoras muchas veces de la simplicidad de su pensamiento. Cuando le acometía la tos, le rodeaban, mostrando en sus rostros la alarma. Hubiesen querido, aun a costa de su vida, devolverle la salud. Luna, arrastrado por el entusiasmo, había acabado por relatarles su vida y sus sufrimientos. El prestigio del martirio vino a hacer más ardoroso el fervor de aquella gente. Su apocamiento de hombres sedentarios, tranquilos y seguros dentro de la catedral, admiraba las aventuras y los tormentos de aquel luchador. Era para ellos un mártir de la nueva religión de los humildes y los oprimidos. Además, su inocencia le convertía en una víctima de la injusticia social, que odiaba cada vez más.

Para ellos no había otra verdad qué la palabra de Gabriel. El campanero, más rudo y silencioso que los otros, era, sin embargo, el más audaz en la conversación. Su entusiasmo por Gabriel, que databa de la niñez, su fidelidad de perro acompañante, le hacían caminar a saltos, aceptando de un golpe los ideales más lejanos.

--Yo soy lo que tú seas, Gabriel--decía con firmeza--. ¿No eres anarquista? Pues también seré yo eso.... Al fin, creo que siempre lo he sido. ¿No quieres que viva el pobre, que el rico trabaje, que cada uno posea lo que gane y que todos nos ayudemos? Pues eso es lo que yo pensaba, a mi modo, cuando íbamos por el mundo con el fusil y la boina... En cuanto a la religión, que antes nos volvía locos, ahora me tiene sin cuidado. Me convenzo, oyéndote, de que es algo así como una pamplina inventada por los listos para que los infelices nos conformemos con las miserias de la tierra esperando el cielo. No está mal discurrido. Al fin, los que mueren y no encuentran el cielo no vendrán a quejarse.

Un día, Gabriel quiso subir al departamento de las campanas. Era bien entrada la primavera, hacía calor, y el cielo, de un intenso azul, parecía atraerle.

--No he visto la Campana Gorda desde que era niño--dijo--. Subamos: contemplaré Toledo por última vez.

Y acompañado de sus admiradores, casi llevado en alto por ellos, subió lentamente la estrecha escalerilla espiral. Arriba, el viento tibio pasaba murmurando entre las grandes rejas que servían de jaulas a las campanas. Del centro de la bóveda pendía la famosa _Gorda_, un vaso gigantesco de bronce con todo un costado rajado por ancha grieta. El badajo que había hecho la rotura, cincelado y enorme como una columna, estaba debajo de ella, y otro más ligero ocupaba su cavidad para los toques. Los tejados de la catedral, negruzcos y vulgares, extendíanse a los pies de Gabriel. Enfrente, sobre una colina, alzábase el Alcázar, más alto y enorme que el templo, como si guardase el espíritu del emperador que lo construyó. César del catolicismo, campeón de la fe, pero que ansiaba tener la Iglesia a sus pies.

La ciudad esparcía sus techumbres en torno de la catedral. Las casas desaparecían entre el oleaje de torres, cúpulas y ábsides. Era imposible volver la vista a punto alguno sin tropezar con parroquias, iglesias, conventos y antiguos hospitales. La religión había absorbido al Toledo industrioso de otros siglos, y aún guardaba bajo su caparazón de piedra a la ciudad muerta. En algunos campanarios ondeaba un banderín rojo con un cáliz blanco. Era la señal de que un nuevo cura había cantado su primera misa.

--Nunca he subido aquí--dijo don Martín, sentándose al lado de Gabriel en unos maderos--que no haya visto esas banderas. El reclutamiento eclesiástico no cesa jamás. Siempre hay ilusos para llenar sus filas. Los que sienten la fe son los menos; los más, entran en el mundo eclesiástico porque ven la Iglesia todavía triunfante y dominadora en apariencia y creen que dentro de ella les aguarda una carrera prodigiosa... ¡Infelices! Yo también fui conducido al altar, entre música y gritos oratorios, como si marchase al triunfo. El incienso esparcía nubes ante mis ojos; mi familia lloraba de emoción viéndome nada menos que ministro de Dios. Y al día siguiente de todo este aparato teatral, cuando se apagan las luces e incensarios y la iglesia recobra su aspecto vulgar, la vida mísera y la intriga para ganarse el pan: ¡siete duros al mes por aguantar a todas horas a unas pobres mujeres con el humor agriado por el encierro, vulgares como criadas de servicio, que pasan la vida averiguando en el locutorio lo que ocurre en la ciudad y fabricando porquerías dulces para obsequiar a los señores canónigos y a las familias protectoras de la casa...! ¡Y aún hay curas que envidian, que ladran de hambre contra mí por la dichosa capellanía de monjas, y me tienen como un adulador del palacio arzobispal, no comprendiendo de otra manera que siendo tan joven haya pescado esta prebenda que me permite vivir en Toledo con siete durazos mensuales...!

Gabriel aprobaba con movimientos de cabeza las lamentaciones del cura.

--Sí; son ustedes unos engañados. La hora de las grandes fortunas dentro de la Iglesia pasó ya. Los pobres muchachos que ahora visten la sotana soñando con la mitra me causan el efecto de esos emigrantes que marchan a países lejanos, famosos por largos siglos de explotación, y los encuentran más esquilmados aún que su propio país.

--Tiene usted razón, Gabriel; la época de la Iglesia dominante pasó ya. Aún tiene en sus ubres leche suficiente para todos; sólo que son muy pocos los que se agarran a ellas y se hartan hasta reventar, mientras los demás mugen de hambre. Hay para morir de risa cuando hablan de igualdad y del espíritu democrático de la Iglesia. Una mentira: en ninguna institución impera un despotismo tal cruel. En los primeros tiempos, papas y obispos eran elegidos por los fieles y desposeídos del poder cuando lo empleaban mal. Ahora existe la aristocracia de la Iglesia, o sea de canónigo para arriba, y el que llega a calarse una mitra, a ése ni Dios le tose ni hay quien le pida cuentas. En el mundo laico quedan cesantes los empleados, se separa a los ministros, se degrada a los militares... hasta se destrona a los reyes. Pero ¿quién exige responsabilidad al Papa o a los obispos una vez se ven ungidos y en correspondencia más o menos frecuente con el Espíritu Santo? Si pide usted justicia, le envían ante tribunales formados igualmente por aristócratas de la Iglesia. No hay poder más absoluto en la tierra: ni el del Gran Turco, que en cierto modo es responsable, por el miedo a las revoluciones del serrallo. Aquí, en el serrallo de la Iglesia, todos somos menos que hembras. Y si surge un cura que, cansado de persecuciones, siente renacer el hombre dentro de la sotana y le larga una puñalada a su tirano, lo declaran loco. ¡El colmo de la hipocresía! Quieren demostrar que en la Iglesia se vive en el mejor de los mundos y sólo la falta de razón puede rebelarse contra su régimen.

Calló un buen rato don Martín, como si reconcentrase su memoria, y añadió:

--Ríase usted también de la pobreza actual de la Iglesia en España. Le ocurre lo que a los grandes señores arruinados que aún tienen para vivir con holgura y se consideran miserables recordando su pasada opulencia. La Iglesia tiene la nostalgia de aquellos siglos en que poseía la mitad de la riqueza española. Pobre es, si piensa en aquellos tiempos; pero si se compara con el catolicismo de las naciones modernas, resulta, como en los siglos anteriores, la institución más favorecida y que mejor bocado se lleva del Estado. Cuarenta y un millones arranca del presupuesto, y aún le parece poca cosa esta cifra, que resulta una enormidad en un país que dedica nueve millones a la enseñanza y un millón al socorro de los desgraciados. Mantenerse en correspondencia con Dios les cuesta a los españoles cinco veces más que aprender a leer. Pero esto de los cuarenta y un millones es un tapaojos. La miseria de mi situación me ha hecho curioso: he querido saber lo que cobra el clero en España y lo que llega a manos de nosotros, los soldados rasos. Las peticiones y pensiones de la Iglesia forman una selva intrincada, aparte de los cuarenta y un millones. No hay ministerio adonde no lleguen sus raíces; su ramaje se extiende por todos los patios, corredores y tejados del edificio de la nación. Cobra del Ministerio de Estado por las misiones extranjeras, que de nada sirven; del de la Guerra y del de Marina por el clero castrense; del de Instrucción pública y del de Justicia. Cobra para sostener el boato del romano Pontífice, pues le mantenemos su embajador en España, que es como si yo me diese el lujo de tomar criados, imponiendo al vecino la obligación de mantenerlos; cobra por reparación de templos, por bibliotecas episcopales, por la colonización de Fernando Poo, por imprevistos, y ¡qué sé yo cuántos capítulos suplementarios! Y hay que tener en cuenta lo que paga el pueblo español a la Iglesia voluntariamente, aparte de lo que le da el Estado. La Bula de la Santa Cruzada produce más de dos millones y medio de pesetas todos los años; además, hay que tener en cuenta lo que las parroquias sacan de sus fieles, y las utilidades anuales de las órdenes religiosas por su ministerio y oficios (ésta sí que es partida gorda), y el presupuesto eclesiástico de los ayuntamientos y las diputaciones.... En fin, que la Iglesia, hablando a todas horas de su «pobreza», saca del Estado y del país más de trescientos millones de pesetas todos los años: casi el doble de lo que cuesta el ejército; y eso que en las sacristías se quejan de los tiempos modernos, diciendo que todo se lo comen los militares y que ellos tienen la culpa de cuanto ocurre, por haberse ido con la maldita libertad. ¡Trescientos millones, Gabriel! Lo tengo bien calculado. ¡Y yo, que formo parte de esta institución, tengo siete duros al mes, y la mayoría de los vicarios de España cobran menos que un guardia de Consumos y miles de clérigos andan a salto de mata, de sacristía en sacristía, buscando una misa para poner al fuego el pucherete, y si no salen a las carreteras cuadrillas de clérigos a robar, es porque tienen miedo a la Guardia civil, y tras dos días de hambre llega un tercero en el que pueden comer un mendrugo! Siempre hay una migaja para entretener el hambre. Ninguna sotana cae en medio de la calle desfallecida de necesidad, pero son muchos los clérigos que pasan la existencia engañando al estómago, figurándose que se nutren, hasta que llega una dolencia cualquiera que les saca del mundo... ¿Adonde va, pues, todo ese dinero? A la aristocracia de la Iglesia, a la verdadera casta sacerdotal, pues nosotros, dentro de la religión, somos gente de escalera abajo. ¡Qué engaño, Gabriel! Renunciar al amor y a la familia; huir de los placeres profanos, del teatro, los conciertos y el café; ser mirados por los hombres, aun por los que la echan de religiosos, como unos seres extraños, una especie intermedia entre la hembra y el macho; arrastrar faldas, ir vestidos en todo tiempo como un mamarracho lúgubre, y a cambio de tantos sacrificios ganar menos que los que pican piedra en las carreteras. Vivimos descansados, ciertamente que no nos caeremos de un andamio; pero nuestra miseria es mayor que la de muchos obreros, y no podemos confesarla ni ponernos a implorar limosna, por el prestigio, del hábito. Además, ¿por qué habían de socorrernos si no préstamos ninguna utilidad práctica y costamos tan caros al país...? Al terminar la dominación religiosa en España, sólo nosotros, los de abajo, hemos sufrido las consecuencias. El sacerdote es pobre, el templo es pobre también; pero el príncipe de la Iglesia conserva sus miles de duros al año y el Estado Mayor eclesiástico sigue tranquilo en sus cánticos, viendo que no peligra la pitanza. La revolución, hasta ahora, sólo ha perjudicado a la plebe eclesiástica. El poder de la Iglesia ha terminado, ya no vive; lo que vemos es su cadáver, pero un cadáver enorme, que costará de remover, y cuya conservación devora mucho dinero.

--Es verdad: la Iglesia ha muerto. Lo que combatimos son sus restos. El vulgo cree que aún vive porque la ve y la toca: ignora que una religión tiene en su vida los siglos por minutos y que pasan generaciones y generaciones entre su defunción y su entierro. Siglos antes de nacer Jesús ya estaba muerto el paganismo. Los poetas de Atenas se burlaban en la escena de los dioses olímpicos, los filósofos los despreciaban. Sin embargo, aún necesitó el cristianismo muchos años de propaganda y el apoyo político de los Césares para acabar con él. Y ni aun así acaba, pues los dogmas son como los hombres, que al morir perpetúan algo de su ser en la familia que les sucede. Las religiones no desaparecen repentinamente, por escotillón; se extinguen lentamente, infiltrando una parte de sus creencias y sus ritos en la religión que las reemplaza. Hemos nacido en uno de estos períodos de transformación: asistimos a la muerte de todo un mundo de creencias. ¿Cuánto durará la agonía? ¡Quién sabe! Dos siglos, tal vez menos; lo que tarde a cristalizar en la humanidad una nueva manifestación de su incertidumbre y su miedo ante el gran misterio de la Naturaleza. Pero la muerte es segura, indiscutible. ¿Qué religión ha sido eterna? Los síntomas de defunción se ven por todas partes. ¿Dónde está la fe que arrastraba a la muchedumbre belicosa de cruzados? ¿Dónde el fervor que levantaba catedrales con seráfica paciencia durante doscientos años para albergar una hostia bajo una montaña de piedra? ¿Quién se azota hoy y martiriza su carne y vive en el desierto, pensando a todas horas en la muerte y el infierno...? En España, tres siglos de intolerancia, de excesiva presión clerical, han hecho de nuestra nación la más indiferente en materias religiosas. Se siguen las ceremonias del culto por rutina, porque hablan a la imaginación, pero nadie se toma el trabajo de conocer el fundamento de las creencias que profesa; se acepta todo sin reflexionar; se vive a gusto, con la seguridad de que a última hora basta morir entre sacerdotes, con un crucifijo en la mano, para salvar el alma. Tanto apretaron en otros tiempos curas, frailes e inquisidores, que la máquina de la fe saltó en mil pedazos, y no hay quien arregle este artefacto, que requiere la cooperación de todos.... Y esto fue una fortuna, amigo don Martín. Un siglo más de intolerancia religiosa, y España hubiera quedado como esos musulmanes de África que viven en la barbarie por su excesiva religiosidad, después de haber sido los árabes civilizadores de Córdoba y Granada.

--¿Sabe usted--dijo el joven cura--, por qué el catolicismo conserva sus apariencias de poder? Porque desde muy antiguo tiene tomadas en los países latinos todas las avenidas por donde ha de pasar necesariamente la vida humana.

--Es verdad. Ninguna religión ha sido tan cautelosa como ésta; ninguna se ha emboscado mejor para salir al encuentro del hombre; ninguna ha escogido con tanto acierto, en los momentos de dominación, las posiciones para hacerse fuerte cuando llegase la decadencia. Imposible moverse sin tropezar con ella. Sabe desde muy antiguo que el hombre, mientras se ve sano, en la plenitud de su fuerza vital; es, por instinto, irreligioso. Cuando vive bien, le preocupa poco la llamada existencia eterna. Únicamente cree en Dios y le teme en la hora de la suprema cobardía, cuando la muerte le abre la obscuridad sin fondo de la nada, y él, en su orgullo de bestia racional, se subleva contra la completa supresión de su ser. Quiere que su alma sea inmortal, y acepta las fantasías religiosas de cielos e infiernos. La Iglesia, que teme la irreligiosidad de la salud, ocupa, como usted dice, todas las avenidas de la vida, para que el hombre no se acostumbre a existir sin ella, llamándola únicamente a la hora de la muerte. Los muertos le producen mucho dinero, son su mejor finca; pero quiere igualmente reinar sobre los vivos. Nada se escapa a su despotismo y su espionaje. Se injiere en todas las cosas de los humanos, desde las grandes a las insignificantes; interviene en la vida pública y en la íntima; bautiza al que viene al mundo, acompaña al niño a la escuela, monopoliza el amor, declarándolo vergonzoso y abominable cuando no se somete a su bendición, y divide la tierra en dos categorías: la sagrada para el que muere en su seno, y el estercolero al aire libre para el hereje. Interviene en el traje, declarando cuál es el porte honesto y cristiano y cuáles las galas escandalosas; da reglas para las secretas expansiones en el lecho matrimonial, y hasta se introduce en la cocina, creando un arte culinario del catolicismo, que reglamenta lo que se debe comer, lo que no debe mezclarse, y anatematiza ciertos manjares que, siendo buenos el resto del año, resultan el más horrendo de los sacrilegios en determinados días. Acompaña al hombre desde el nacimiento y no lo abandona ni aun después de depositarlo en la tumba. Lo conserva agarrado por el alma y le hace peregrinear por el espacio, pasándolo de destino en destino, ascendiéndolo camino del cielo, con arreglo a los sacrificios que se imponen sus sucesores en beneficio de la Iglesia. Mayor y más completo despotismo no lo imaginó ningún tirano.

Era mediodía. El campanero había desaparecido. Se oyó el chirriar de cadenas y poleas y un trueno sordo hizo temblar toda la torre. Vibraron el metal y la piedra, y hasta pareció conmoverse el éter del espacio. Acababa de tocar la Campana Gorda, ensordeciendo a los que estaban junto a ella. Momentos después, en el frontero Alcázar resonó el marcial estruendo de trompetas y tambores.

--Vámonos--dijo Gabriel--. Ese Mariano podía habernos avisado, para evitar la sorpresa.

Y añadió, sonriendo irónicamente:

--Siempre lo mismo. Los parásitos son los que más brillan y más ruido meten. Lo que no pueden prestar en utilidad lo dan en estruendo.

Llegó la festividad del Corpus sin que el menor incidente alterase la vida tranquila de la catedral. De vez en cuando se hablaba en el claustro alto de la salud de Su Eminencia. Sus graves disgustos en el cabildo le obligaban a guardar cama. Hasta había tenido un ataque que hacía temer por su vida.

Es cosa del corazón afirmaba el _Tato_, que estaba bien enterado de los asuntos de palacio--. Doña Visita Hora como una Magdalena, y maldice a los canónigos viendo a don Sebastián tan malucho.

El _Vara de palo_, al sentarse o la mesa con la familia, hablaba de la decadencia de la fiesta del Corpus, tan famosa en el Toledo de otros tiempos. Su afán por lamentarse le hacía olvidar el áspero silencio que se había impuesto en presencia de su hija.

--No vas a conocer nuestro Corpus--decía a Gabriel--. Del que aún alcanzamos nosotros, sólo quedan los famosos tapices que se colocan en el exterior de la catedral. Los gigantones ya no los alinean ante la puerta del Perdón, y la procesión es cualquier cosa.

El maestro de capilla también se lamentaba.

--¿Y la misa, señor Esteban? ¡Vaya una misa para festividad tan solemne! Cuatro instrumentos de fuera de casa, y una misita rossiniana de las más ligeras, con objeto de no gastar mucho. Para esto más valdría tocar sólo el órgano.

La víspera de la fiesta, la música de la Academia de Infantería tocaba por la noche ante la catedral, según antigua costumbre. Todo Toledo acudía a la serenata, que era un acontecimiento en la vida monótona de la ciudad. De la provincia y de Madrid llegaban forasteros para la corrida de toros del día siguiente.

Mariano el campanero invitó a los amigos a oír la serenata en la galería grecorromana de la fachada principal. A la hora en que se apagaban las luces en las Claverías y don Antolín cerraba la puerta de la calle, Gabriel y sus amigos deslizábanse cautelosamente hasta la habitación del campanero. Sagrario fue también, a instancias de su tío, que tuvo casi que arrancarla de la máquina. Algún rato de esparcimiento había de gozar; la convenía asomarse al mundo de tarde en tarde; se estaba matando con aquella vida de abrumadora laboriosidad.

Todos se sentaron en la galería. El zapatero había llevado a su mujer, siempre con un pequeñuelo agarrado a la flácida ubre. El _Tato_ hablaba con entusiasmo al manchador y al pertiguero de la corrida del día siguiente, y Mariano permanecía de pie junto a su admirado camarada, mientras su mujer, una hembra tan bravía como él, hablaba con Sagrario.

Los hombres lamentaban que no estuviese presente don Martín. Debía andar por abajo, entre el gentío que llenaba la plaza, pensando sin duda con terror en que había de levantarse antes del alba para decir la misa a las monjas.

El palacio del Ayuntamiento estaba adornado con guirnaldas de luces, que reverberaban sobre la fachada de la catedral, dando a la piedra un resplandor rojizo de incendio.

Por entre los arbolillos paseaban grupos de muchachas con flores y blusas blancas, como si fuesen la primera aparición del verano. Los cadetes las seguían con la mano en la empuñadura del sable, moviendo su talle esbelto y los anchos pantalones a la turca. El palacio arzobispal estaba cerrado. Por encima del resplandor rojizo de la plaza abarcaba la vista una gran extensión de espacio, un cielo de verano, obscuro, límpido y profundo, matizado por el polvo brillante de las estrellas.

Cuando cesó la música y comenzaron a apagarse las luces, los habitantes de la catedral sintieron cierta pereza en abandonar sus asientos. Estaban bien allí. La noche era calurosa, y ellos, habituados al encierro y el silencio de las Claverías, sentían la alegría de la libertad permaneciendo en aquel balcón, con Toledo a sus pies y la inmensidad del espacio ante sus ojos.

Sagrario, que no había salido del claustro alto desde que volvió a la casa paterna, contemplaba el cielo con admiración.

--¡Cuántas estrellas!--murmuró, como si soñase.

--Esta noche han aumentado--dijo el campanero--. El cielo de estío parece un campo de estrellas, en el que aumenta la cosecha con el buen tiempo.

Gabriel se reía de la simplicidad de sus compañeros. Todos ellos admiraban a Dios, tan previsor y cuidadoso, que había fabricado la luna para que alumbrase a los hombres por las noches, y las estrellas para que la obscuridad no fuese absoluta.

--Entonces--preguntó Gabriel--, ¿por qué no hay luna siempre, ya que la hicieron para alumbrarnos?

Se hizo un largo silencio. Todos reflexionaban sobre la pregunta de Gabriel. El campanero, por tener más confianza con el maestro, osó preguntarle lo que todos ellos pensaban. ¿Qué era el cielo?, ¿qué había más allá de aquel azul...?

