# La Catedral

## Part 10

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--Usted que ha leído tanto, tío, tal vez no sepa la historia de esta capilla, mucho más antigua que la catedral. Aquí tenían los laneros, cardadores y tejedores de Toledo su patrona antes de que se construyera el templo, y únicamente cedieron el terreno con la condición de que serían dueños absolutos de la capilla y harían en ella lo que les viniese en gana, así como en todo el pedazo de la catedral hasta las pilastras inmediatas. ¡Los líos que trajo esto! En los días que hacían fiesta a la Virgen, no reparaban que los canónigos estuviesen en el coro, y con rabeles, tiorbas y desaforados cantos turbaban los oficios. Si los canónigos les pedían silencio, contestaban que los obligados a callar eran los del coro, pues ellos estaban en su casa, mucho más antigua que la catedral. ¿Sabe usted esto, tío?

--Sí; ahora lo recuerdo. El arzobispo Valero Losa les puso pleito a principios del siglo XVIII. Mira su tumba al pie del altar. Perdió el pleito, murió del disgusto, y mandó que lo enterrasen aquí para que le pisaran los insolentes laneros después de muerto, ya que lo habían vencido en vida. La soberbia de estos príncipes eclesiásticos les impulsaba a la más orgullosa modestia.... Pero ¿todo esto es lo que me querías enseñar?

--Cosas mejores verá usted. Digamos adiós a la Virgen. Pero ¡fíjese usted! ¡Qué cara! Tiene los ojos adormilaos. La gran jembra. Yo me paso las horas mirándola. Es mi novia... ¡Las noches que sueño con ella...!

Avanzaron algunos pasos hacia la puerta grande de la catedral, para abarcar mejor con la vista todo el testero exterior del coro. Sobre los tres huecos o capillas que lo perforan corre una faja de relieves antiguos, obra de un obscuro imaginero medioeval, representando las escenas de la Creación. Gabriel reconocía sus esculturas groseras como contemporáneas de la puerta del Reloj y de las primeras obras de la catedral.

--Vea usted. En los primeros medallones, Adán y Eva van desnudos como gusanos. Pero el Señor los arroja del Paraíso. Tienen que vestirse para ir por el mundo, y mire lo que hacen apenas se ven con ropas. Fíjese en el quinto medallón, a nuestra derecha. ¡Qué buen humor tendría el tío que hizo eso!

Gabriel miró por primera vez con atención aquellos relieves olvidados. Era el naturalismo simple de la Edad Media; la confianza con que los artistas representaban sus concepciones profanas en aquella época de idealidad; el deseo de perpetuar el triunfo de la carne en cualquier rincón ignorado de los monumentos místicos, para testificar que la vida no había muerto. Eva estaba caída entre los árboles, con sus ropas en desorden, y Adán sobre ella, con un gesto de locura sexual, la cogía los brazos para dominarla, y pegaba la boca a su pecho con tal avidez, que lo mismo podía besar que morder.

El _Tato_ sentíase orgulloso ante la sorpresa de su tío.

--¡Eh!, ¿qué tal? Eso lo he descubierto rodando por la iglesia. Los señores canónigos cantan todos los días al otro lado de esa pared, sin sospechar que sobre sus cabezas hay tales alegrías. ¿Y las vidrieras, tío? Fíjese usted bien. Al principio ciegan tantos colores, se confunden las figuras, el plomo corta los monigotes y no se adivina nada. Pero yo he pasado tardes enteras estudiándolas, y me las sé al dedillo. Son historias, cosas de su época que pintaron ahí los vidrieros, y cuyo intríngulis se ha perdido, sin que haya cristiano que pueda pillarlo.

Y señalaba los ventanales de la segunda nave, por los que se filtraba la luz de la tarde con un tono acaramelado.

--Mire usted allí--prosiguió el perrero--. Un señor con capa roja y espada sube por una escalera de cuerda. En la ventana le espera una monja. Parece cosa del _Don Juan Tenorio_ que representan por Todos Santos. Más allá, esos dos que están en la cama y gente que llama a la puerta. Deben ser los mismos pájaros y la familia que los sorprende. Y en la otra vidriera, fíjese usted bien: gachos en pelota, prójimas sin más vestidura que la mata de pelo; cosas, en fin, de los tiempos en que la gente no tenía vergüenza y andaba con la cara en alto... y la otra cara al aire.

Gabriel sonreía ante las necedades que los caprichos del arte antiguo inspiraban al perrero.

--Pues en el coro, tío, también hay algo que ver. Vamos allá: ya acaban los oficios y salen los canónigos.

Luna sentía el anonadamiento de la admiración siempre que entraba en el coro. Aquella sillería alta, obra en un lado de Felipe de Borgoña y en otro de Berruguete, le embriagaba con su profusión de mármoles, jaspes y dorados, estatuas y medallones. Era el espíritu de Miguel Ángel que resurgía en la catedral toledana.

El perrero examinaba la sillería baja, huroneando en los relieves góticos los descubrimientos realizados por su malsana curiosidad. Esta primera sillería a ras de tierra, donde se sentaban los clérigos de categoría más ínfima, era anterior en medio siglo a la sillería alta; pero en estos cincuenta años dio el arte el gran salto desde el gótico rígido y duro a las suavidades y el buen gusto del Renacimiento. La había tallado Maestre Rodrigo en la época que la España cristiana, conmovida de entusiasmo, asistía a los últimos esfuerzos de los Reyes Católicos para completar la Reconquista. En los respaldos y en los tableros de los frisos, cincuenta y cuatro cuadros tallados reproducían los principales incidentes de la conquista de Granada.

El _Tato_ no miraba estos planos de roble y nogal con tropeles de jinetes y racimos de soldados escalando los muros de las ciudades moras. Le interesaban más los brazos de las sillas, los pasamanos de las escaleras que conducen a la sillería alta, los salientes que separan los asientos y sirven para reclinar la cabeza, cubiertos de animales y seres grotescos: perros, monos, aves, frailes y pajecillos, todos en posturas difíciles, rarísimas y obscenas. Cerdos y ranas se acoplaban en monstruosos ayuntamientos; los monos, con gesto innoble, se retorcían en lúbricos espasmos, y pajecillos entrelazados en posición contraria hundían la cabeza en la cruz de las calzas del compañero. Era un mundo de caricaturas de la lujuria, de gestos simiescos y estremecimientos satiríacos, en el que asomaba la pasión carnal con la mueca de la animalidad más grotesca.

--Mire usted, tío. Como gracioso, éste es el más notable.

Y el _Tato_ enseñaba a Gabriel la figurilla rechoncha de un fraile predicando con enormes orejas de burro.

Cuando salieron del coro, Gabriel vio cerca del gran fresco de San Cristóbal al maestro de capilla. Acababa de cerrar una puertecilla inmediata al coloso, que conduce por una escalera de caracol al archivo de música. El artista llevaba bajo el brazo un gran libro con tapas polvorientas, que mostró a Gabriel.

--Me lo llevo arriba. Ya oirá usted algo: vale la pena.

Y pasando su vista del libróte a la puertecilla inmediata, exclamó:

--¡Ay, ese archivo, Gabriel, qué pena da! Cada vez que lo visito salgo triste. Por ahí han pasado los bárbaros. Todos los libros de música tienen páginas arrancadas, recortes allí donde existía una letra pintada, una viñeta, algo bonito. La vieja música duerme bajo el polvo. Los señores canónigos no la quieren, no la entienden, ni son capaces de dedicar unas cuantas pesetas para que se oiga en las grandes fiestas. Les basta para salir del paso con cualquier pedazo rossiniano; y en cuanto al órgano, lo único que les importa es que toque lento, muy lento. Cuanta más lentitud, más religiosidad, aunque el organista toque una habanera.

Seguía mirando la puertecilla del archivo con ojos melancólicos, como si fuese a llorar sobre la ruina de la música.

--Y ahí dentro, Gabriel, hay obras notabilísimas que no deben morir mientras en el mundo exista el arte. Nosotros en música profana no somos gran cosa, pero crea usted que España ha sido algo en autores religiosos.... Esto se sobrentiende que es si realmente existe música profana y música religiosa, que lo dudo; para mí, sólo hay música, y no sé cuál será el guapo que marque la separación, detallando dónde acaba la una y empieza la otra.... Tras esa pared del San Cristóbal duermen mutilados, con mortaja de polvo, los grandes músicos españoles. Mejor es que duerman. ¡Para oír lo que se canta en este coro! Ahí está Cristóbal Morales, que hace tres siglos fue maestro de capilla en esta catedral y veinte años antes que Palestrina comenzó la reforma de la música. En Roma compartió la gloria con el famoso maestro. Su retrato está en el Vaticano, y sus _Lamentaciones_, sus motetes, su _Magnificat_, duermen aquí olvidados hace siglos. Ahí Victoria... ¿Lo conoce usted? Otro de la misma época. Los contemporáneos envidiosos le llamaban «el mono de Palestrina», tomando todas sus obras por imitaciones, después de su larga estancia en Roma; pero crea usted que en vez de plagiar al italiano tal vez lo superó. Aquí está Rivera, un maestro toledano del que nadie se acuerda, y tiene en el archivo un volumen entero de Misas; y Romero de Ávila, el que mejor estudió el canto mozárabe; y Ramos de Pareja, un músico nada menos que del siglo XV, que escribió en Bolonia su libro _De música Tractatus_, y destruyó el sistema anticuado de Guido de Arezzo, descubriendo el «temperamento de los sonidos»; y el monje Ureña, que añade la nota _si_ a la escala; y Javier García, que en el siglo pasado reformaba la música, encaminándola hacia Italia (¡Dios le perdone!), sendero trillado del que aún no hemos salido; y Nebra, el gran organista de Carlos III, un señor que un siglo antes de nacer Wagner empleaba ya en España la disonancia musical. Al escribir el _Réquiem_ para los funerales de doña Bárbara de Braganza, presintiendo la extrañeza de instrumentistas y cantantes ante su música revolucionaria, puso en el margen de las _particellas_: «Se advierte que este papel no está equivocado.» Su _Letanía_ fue tan célebre, que estaba prohibido copiarla, bajo pena de excomunión; pero trabajo inútil, pues hoy a quien excomulgarían es al que se acordase de ella. Crea usted, Gabriel, que ese archivo es un panteón de grandes hombres, pero panteón al fin, en el que nadie resucita.

Luego añadió, bajando la voz:

--La Iglesia ha sido siempre poco amante de la música. Para comprenderla y sentirla hay que nacer artista, y ya sabe usted lo que son todos estos señores que cobran por cantar en el coro... sin saber música. Cuando le veo a usted, Gabriel, sonreír ante las cosas religiosas, adivino en su gesto lo mucho que se calla, y le doy la razón. Yo he tenido curiosidad por saber la historia de la música en la Iglesia; he seguido paso a paso el largo calvario del arte infeliz, llevando a cuestas la cruz del culto al través de los siglos. Usted habrá oído hablar muchas veces de música religiosa, como si fuese una cosa aparte, creada por la Iglesia. Pues bien, es una mentira: la música religiosa no existe.

El perrero se había alejado al oír que el maestro de capilla, de infatigable locuacidad cuando hablaba de su arte, acometía el tema de la música. Él tenía formada su opinión sobre don Luis, y la decía a todos en el claustro alto. Era un _guillati_, que sólo sabía tocar tristezas en su armónium, sin que se le ocurriera alegrar a los pobres de las Claverías con algo bailable, como le pedía la sobrina del _Vara de plata_.

El sacerdote y Gabriel pasearon hablando por las silenciosas naves. No se veían más personas que un grupo de gente de la casa en la puerta de la sacristía y dos mujeres arrodilladas ante la reja del altar mayor rezando en voz alta. Comenzaba a extenderse por la catedral la penumbra de las rápidas tardes de invierno. Los primeros murciélagos descendían de las bóvedas, revoloteando entre el bosque de columnas.

--La música eclesiástica--dijo el artista--es una verdadera anarquía. En la Iglesia todo es anárquico. Crea usted que de la unidad del culto católico en toda la tierra hay mucho que decir. El cristianismo, al formarse como religión, no inventó ni una mala melopea. Toma a los judíos sus cánticos y el modo de cantarlos: una música primitiva y bárbara, que si se conociera ahora, nos taladraría los oídos. Fuera de Palestina, allí donde no había judíos, los primeros poetas cristianos, San Ambrosio, Prudencio y otros, adaptaron sus nuevos himnos y los salmos a las canciones populares que estaban en boga en el mundo romano, o sea a la música griega. Parece que esto de «música griega» signifique una gran cosa, ¿verdad, Gabriel? Los griegos fueron tan grandes en las artes plásticas y en la poesía, que todo lo que lleva su nombre parece envuelto en un ambiente de belleza indiscutible. Pues no señor; la tal música griega debía ser una cencerrada. La marcha de las artes no ha sido paralela en la vida de la humanidad. Cuando la escultura tenía un Fidias y había llegado a la cumbre, la pintura no pasaba de ese carácter casi rudimentario que aún puede apreciarse en Pompeya y la música era un balbuceo infantil. La escritura no podía perpetuar la música; eran tantos los «modos», musicales como los pueblos, y casi toda ella quedaba al arbitrio del ejecutante. No pudiendo fijarse en el pergamino lo que cantaban bocas e instrumentos, el progreso era, pues, imposible. Por esto ha habido un Renacimiento para la escultura, para la pintura y la arquitectura, y al resurgir de nuevo las artes después de la Edad Media, encontraron la música en la misma infancia que la habían dejado al abandonar el mundo antiguo.

Gabriel asentía con movimientos de cabeza a las palabras del maestro de capilla.

--Ésta fue la primitiva música cristiana--continuó don Luis--. Confiados a la tradición y transmitiéndose de oído, los cantos religiosos se desfiguraban y corrompían. En cada iglesia se cantaba de distinto modo. La música religiosa era un galimatías. Los místicos tendían a la unidad rígida, al hieratismo, y San Gregorio publicó en el siglo VI su _Antifonario_, un centón de todas las melodías litúrgicas, purificándolas según su criterio. Fue una mezcla de dos elementos: el griego, pero oriental y floreado, algo así como la malagueña actual, y el romano, grave y rudo. Las notas se expresaban con letras, se seguían los tonos frigio, lidio, etc., y continuaba el laberinto de la música griega, aunque muy movida, con _fioritudes_, suspiros y aspiraciones. El centón se perdió, y mucho lo lamentan los que quieren volver a lo antiguo, creyéndolo lo mejor. A juzgar por los fragmentos que quedan, si ahora se ejecutase la tal música nada tendría de religiosa, tal como se entiende hoy la religiosidad en el arte, pues sería un canto como el de los moros, o los chinos, o algunos griegos cismáticos que aún persisten en las liturgias antiguas. El arpa era el instrumento del templo hasta que apareció el órgano en el siglo x, un instrumento tosco y bárbaro que había que tocar a puñetazos, y al que le daban aire con odres hinchados. Guido de Arezzo hizo un arreglo musical sobre la base del centón; un arreglo nada más, y esto bastó para que le colgasen al benedictino la invención del pentagrama. Siguió usando las letras de Boecio y San Gregorio como notas, y sólo las puso en dos líneas con tres colores distintos. Continuaba el embrollo anárquico. Aprender música malamente costaba entonces doce años, y no se lograba que cantores de ciudades distintas entendiesen el mismo papel. San Bernardo, seco y austero como su tiempo, encontró absurdo este canto, por ser poco grave.

Era un hombre refractario al arte. Quería las iglesias desmanteladas, sin adornos arquitectónicos, y en música le parecía la mejor la más lenta. Él fue el padre del canto llano, el que afirmó que la música es tanto más religiosa cuanto más pausada. Pero en el siglo XIII, los cristianos encontraron aburridísimo este canto. Las catedrales eran el punto de distracción, el teatro, el centro de vida en aquella época. Al templo se iba a orar un poco a Dios y a divertirse, olvidando las guerras, violencias y tropelías del exterior. Otra vez entró la música popular en la Iglesia, y se entonaron en las catedrales las canciones en boga, que casi siempre eran obscenas. El pueblo tomó parte en la música religiosa, cantando en diversas tesituras, cada cual como mejor le parecía, siendo estos los primeros intentos del canto polifónico o de voces concertadas. La religión era entonces alegre, popular, democrática, como diría usted, Gabriel; aún no había Inquisición ni sospechas de herejía que agriasen el ánimo con el fanatismo y el miedo. Los instrumentos groseros de aire y de cuerda que entretenían a los artesanos en las ciudades y a los labriegos en las siegas entraron en el templo, y el órgano fue acompañado por violas, violines, trompetas, gaitas, flautas, guitarras y tiorbas. El canto llano era el litúrgico en casi toda Europa, pero los fieles lo despreciaban por incomprensible y alternábanlo con canciones. En las grandes fiestas se entonaban himnos religiosos, adaptándolos a la música de las melodías populares que estaban en boga, tales como _La canción del hombre armado_; _Morenica_, _dame un beso_; _No sé qué me bulle_; _Duélete de mí_, _señora_; _Mal haya quien vos casó_, y otras del mismo estilo... ¿Y Roma?, preguntará usted; y la Iglesia, ¿qué decía ante tal desorden...? La Iglesia vivió sin criterio artístico; no lo tuvo jamás. No pudo crear una arquitectura propiamente hierática, como otras religiones, ni una pintura ni una escultura que fuesen obra suya, y menos una música. Fue adaptándose al medio, fue aceptando y apropiándose, con una absorbencia falta de originalidad, lo que no era obra suya, sino del humano progreso. El estilo grecorromano, el bizantino, el gótico, el Renacimiento, todos entraron en sus construcciones; pero el arte cristiano puro y original no existe, no existió nunca. En música, mucho hablar de «gravedad», de «unción», de «tradiciones gregorianas», palabras huecas, sin sentido exacto, vaguedades que ocultan la falta de criterio artístico. ¿Cuáles son los linderos de lo religioso y lo profano? Desde el siglo XVI al XVIII estuvieron los críticos cuestionando sobre esto, y la Iglesia les dejó hablar, aceptándolo todo sin criterio. De vez en cuando, Roma se hacía oír con alguna bula papal de la que nadie hacía caso, pues el Pontífice no podía decir: lo religioso en arte es esto, y lo profano lo otro. Recibió Palestrina el encargo de reformar la música eclesiástica: el Papa mostrábase dispuesto a no dejar más que el canto llano o a suprimirlo también si era necesario. La misa del papa Marcelo y otras melodías fueron el resultado de esta orientación, pero no se adelantó gran cosa. Fue preciso, para que la música se purificara dentro del templo, que comenzase el gran movimiento musical en el mundo profano con el italiano Monteverde, con el francés Rameau y los alemanes Sebastián Bach y Haendel. ¡Qué época tan grandiosa, amigo Gabriel! ¡Qué tíos los que vienen detrás, Gluck, Haydn, Mozart, Mehul, Boieldieu, y sobre todos, nuestro buen amigo Beethoven...!

Calló unos instantes el maestro de capilla, como si el nombre de su ídolo le impusiera religioso silencio. Luego continuó:

--Toda esta avalancha de arte pasó por la Iglesia, y ella, según su costumbre, fue apropiándose lo que era más de su gusto. En cada país tomó el culto católico la música más en arreglo con sus tradiciones. En España, estábamos saturados, desde los tiempos de Palestrina, de género italiano, y la música alemana y la francesa no llegaron a nosotros. Fuimos primeramente fuguistas y contrapuntistas, y después del _Stabat mater_ de Rossini, nos dimos tal atracón de melodía teatral, que no nos han quedado ganas de gustar un nuevo plato. La música religiosa en España ha marchado paralelamente con la ópera italiana, cosa que ignoran esos señores canónigos que se indignarían si en una misa les tocase algo de Beethoven, por considerarlo profano, y escuchan con unción mística fragmentos que han rodado hace años por los teatros de Italia. ¿Y el canto llano?, preguntará usted. El canto llano tiene su nido en esta Primada. Aquí se conservó y purificó durante siglos. Lo mejor fue recogiéndolo Toledo, y de los libros de esta catedral han salido los corales de todas las iglesias de España y las Américas. ¡Pobre canto llano! Hace tiempo que ha muerto. Ya lo ve usted, Gabriel: ¿quién viene a la catedral a las horas del coro? Nadie, absolutamente. Los maitines son rezados, y todos los oficios se entonan en medio de la mayor soledad. El pueblo creyente no conoce ya la liturgia, no la estima, la tiene olvidada; sólo se siente atraído por las novenas, triduos y ejercicios, lo que se llama culto tolerado y extralitúrgico. Ha habido que renunciar a las prácticas del catolicismo español antiguo, sano, francote y serio: un catolicismo como si dijéramos de panllevar, para atraer a la gente, dándole cantos bonitos en lengua común. Los jesuítas, con su astucia, adivinaron que había que dar al culto una atracción teatral, mezclar la liturgia con la opereta, y por eso sus iglesias, doradas, alfombradas y floridas como tocadores, se ven llenas, mientras las viejas catedrales suenan a hueco como tumbas. No han proclamado en voz alta la necesidad de una reforma, pero la han llevado a la práctica aboliendo el canto en latín, que no es grato al vulgo, sustituyéndolo con toda clase de romanzas y con versos dulzones. Esto es una abdicación de la Iglesia, una confesión de la anarquía musical en que ha vivido y vive, un reconocimiento de que su antigua liturgia es impotente para conmover al pueblo, y que ha muerto ya. En las iglesias, fuera del Tantum ergo de la reserva, nada se canta en latín. Sermón e himnos son en el idioma del país. Lo mismo que en un templo protestante. Para la masa devota que cree sin discurrir, son las exterioridades las que diferencian a las religiones entre sí, y no era preciso que se achicharrase a tanta gente en las hogueras, y que media Europa fuese a la greña en la famosa guerra de los Treinta Años, y que los papas lanzasen excomunión sobre excomunión, para venir a parar a la postre en que una iglesia católica y otra evangélica sólo se diferencian en una imagen y unos cuantos cirios, pues el culto en ambas partes es igual.... Pero vámonos, Gabriel; van a cerrar.

El campanero corría por las naves agitando su llavero, que asustaba a los murciélagos, cada vez más numerosos. Las dos devotas habían desaparecido. Sólo quedaban en la catedral el maestro de capilla y Gabriel. Por una nave baja avanzaban los vigilantes nocturnos, que iban a ocupar sus puestos hasta la mañana siguiente, precedidos por el perro.

Los dos amigos salieron al claustro, guiados en la penumbra de las naves por el vago resplandor de las vidrieras. Afuera, un rayo de sol enrojecía el jardín y el claustro de las Claverías.

