La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I

Part 8

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Volviendo, pues, al caso tan comentado de la reina de Holanda, hay que convenir en que la posición del príncipe no es de las más envidiables. Del rey de Dinamarca se ha dicho que es «el suegro de Europa». Es una inestimable ventaja. En el príncipe Enrique de Mecklemburgo, la situación es desventajosísima: la nación es su suegra. En todo otro Estado, el papel de príncipe consorte habría sido lleno de inconvenientes y de molestias; pero en Holanda, en donde la reina es el ídolo del pueblo, en donde todo el mundo está con los ojos fijos para velar por su completa tranquilidad y por su dicha, el puesto es de todo punto incómodo. De aquí han venido los recientes ruidos, con base real o ficticia, pero que tienen por un momento la atención y curiosidad de Europa dirigidas al castillo de Loo.

La verdad, según personas bien informadas, es que el matrimonio es muy dichoso, la reina y el rey se quieren mucho, y todo lo que se ha dicho ha sido producto de muchas imaginaciones. La más enamorada pareja está sujeta a pequeñas nubes estivales. Algún instante hay en que el mejor amor interrumpe su constante faz por un ligero choque, que suele tener siempre exquisitas consecuencias y aumentos de afecto, si es posible. Uno de esos instantes ha sido sorprendido por alguien, que ha aumentado el hecho, y la bola de nieve ha llegado al alud periodístico. La reina Guillermina, por su belleza, por su juventud, por sus bellos gestos como el de tender la mano al errante y lamentable viejo Krüger, por las cualidades de su espíritu, de su carácter, de su corazón es adorada de sus súbditos. Al príncipe le tienen en perpetua observación, como a quien se ha confiado una joya incomparable o la existencia de un hijo. Y los celos públicos son terribles. Por algo se ha silbado en los music-halls holandeses el retrato del príncipe Enrique, después de saludar con aclamaciones y aplausos el de la reina... El príncipe hace lo que puede, para pasar inadvertido, para dejar que la reina sea única y exclusivamente saludada, para apartar su persona de las miradas del pueblo. Y cuando va con su graciosa mujer, ya en la Haya, o en la linda población de Apeeldorn, en donde se ha elevado un monumento conmemorativo de las regias nupcias, él hace como que no escucha, y apenas si saluda, ante las manifestaciones de la muchedumbre. Sabe bien que él es nadie--el esposo de su majestad;--y parte, desde que lo puede, a la campaña, a interesarse por cuestiones agrícolas y a cazar.

Es muy conocido el cuento del rey que andaba en busca de la camisa del hombre feliz, y que nunca la encontró, pues el hombre más feliz que había en todos sus Estados no tenía camisa... No es muy probable que esa prenda se encontrase hoy en ninguna de las cortes de Europa.

¡Quizá, como nos hace pensar cierta filosofía, la camisa del hombre feliz existe, y es la que a uno le ponen cuando va a dormir el último sueño...! Si se la ponen.

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V

Los franceses suelen mirar con cierto menosprecio a los belgas. Cuando digo los franceses, digo sobre todo los parisienses. Es una injusticia, y Víctor Hugo no pensaba de la misma manera. Baudelaire fué cruel, en «su corazón puesto al desnudo». Hugo vivió aquí desterrado, Baudelaire también: Hugo por la política, Baudelaire, por la vida. No sé si Baudelaire se arrepintió; pero los intelectuales belgas de hoy han olvidado la amargura del hombre del estremecimiento nuevo. Intelectuales y en su parte latina, Bélgica está unida a Francia y ha dado a la literatura francesa contemporánea buena parte de sus mejores espíritus. «_¡Eh, Eh! ¡Bruselles! Vous n'avez qu'a vous bien tenir vous autres ici. ¡Bruxelles, oui, je n'en dis pas plus!_» Es Villiers de l'Isle Adam el que habla y es Mallarmé el que lo cuenta. Aquí vino Hugo, aquí sufrió Verlaine, aquí sufrió Baudelaire; y Mallarmé aquí regó satisfecho en su campo propicio, mucho de la simiente de sus sembrados mágicos. Los Verhaeren, los Maeterlinck, los Rodenbach, como poco antes y ahora los Huysmans, acrecen la común heredad del pensamiento de lengua francesa, siendo en Francia entre los nativos los primeros. «Bruselas, se dice, es un París chico.» Mas si Bruselas imita a París; Bélgica no sigue a Francia. Aparte está su gran movimiento industrial; sus ciudades de trabajo, flamencas y walonas representan las propias energías, conservadas de la activa vitalidad de antaño. Son los hombres sanos y fuertes, pesadamente alegres, ruda flotación de pueblo. La flamenca canta, por boca de uno de sus más bravos poetas:

Mon homme est fort. Dans tout le port On sait les fardeaux qu'il souleve; Il a le coeur au bon endroit. Il marehe vite et marche droit... Son sang monte comme la sève... Je suis heureuse de mon sort. Mon homme est fort.

Mon homme est fort. Le froid du nord Le soleil pas plus que la grêle N'usera son cuir de flamand: C'es en vain qu'en leur tournoiemet La neige et le vent pêle-mêle Le cernent. Intact il en sort Mon homme est fort.

Las mujeres también, fuerte son, hermosas de carnes, frescas de colores; y el primer día, al llegar, pude contar: uno, dos, tres, diez, muchas Rubens y Jordaens. Bruselas peripuesta a la moderna, tiene, verdad, en pequeño, mucho del París bulevardero, con poco de aquella sensualidad ambiente que lo cantaridiza todo. La ciudad trepida al paso de los tranvías eléctricos; los carruajes circulan, y deja su mal olor o bufa cuando menos lo pensáis, el odioso automóvil; y las bicicletas pasan a cada instante por las avenidas y desfilan por el bosque de la Cambre. Hay cafés con terrazas, en las vitrinas se ven retratos de bellas parisienses, sobre todo el de la señorita Cleo de Merode; en las librerías se venden con profusión libros de franceses; las damas se visten con Doucet o Paquín, o cualquiera de esos señores; se lucha por Wagner; Sarah y Coquelin vienen a trabajar en estos teatros; los diarios tienen algunos redactores franceses. Me diréis que todo eso pasa en Buenos Aires también. Perfectamente. No argumento, sino que certifico.

Al que está acostumbrado al francés de París, el de aquí parece duro y amarsellado. Otra cosa que extraña es el cambio de carácter en la población. Tienen fama de insolentes los cocheros belgas. ¡Jamás podrán igualar a los parisienses! El servilismo del _larbín_ no se encuentra tampoco aquí. Aquí no os estrujan a genuflexiones y a _s. v. p._ La obra social ha adelantado mucho. El obrero conserva aún el orgullo de los gremios antiguos. En cuanto a la burguesía no hay que olvidar que es en su fondo la misma que ennoblecieron los pintores de siglos gloriosos. El mejor _maire_ tiene algo de vulgar; en el último burgomaestre se cree hallar algo de dignidad atávica...

Una de las ocurrencias biliosas e injustas de Baudelaire fué ésta. «Los belgas piensan en banda». El pensamiento belga está, por el contrario, compuesto de individualidades. Bastaría con señalar actualmente a Rodenbach, a Lemonnier, a Maeterlinck, a Felicien Rops, y a ese potente Wiertz, cuyo atrevimiento y libertad anteceden a tentativas revolucionarias artísticas que han triunfado en el mundo, y al cual sería una injusticia no considerar como un precursor. Aquí laboran silenciosos sabios y artistas, trabajadores de la transformación social, aquí viven tranquilos; aquí he visto la persona venerable del viejo Reclus pasar bajo la sombra fresca de la avenida Luisa, cuyos árboles, ahora pálidos de otoño, son hospitalarios y acogen pensativos.

En el bosque de la Cambre, paisajes y lugares a que la naturaleza y el hombre contribuyen, entretienen la mirada, brindan su regalo de salud y de belleza. No os libraréis del restaurant a la moda en que se retienen mesas y os asesinan alma y paciencia los violines de los tziganos, ni tampoco de la amenaza vandálica del _chauffeur_. Mas hallaréis amables umbrías, dulces rincones en que vagar y meditar, y en donde lo que menos pensáis es en que aquí reina el rey Leopoldo, ese señor _bien_ que tiene una estancia negra que se llama el Congo.

_Kiekenfretter_ quiere decir en flamenco comepollos. Jordaens y sus reyes glotones y obesos me han traído a hablaros del apetito brabanzón, y en cadenas de ideas, de la comida bruselesa. Aquí se come mucho, y juro que muy bien; así los refinados encuentran la _bonne chère_ que sueñan, los cultivadores del estómago la sana y bondadosa cocina local, cuyas carbonadas y gallinas asadas con compotas de fruta, llaman el acompañamiento del lambic. Hallaréis buenos vinos; pero las cervezas os brindan su reino; los reyes de Jordaens todos son parientes de Gambrinus. Y comiendo bien y bebiendo bien, el pueblo es francamente alegre---; lejos las pálidas faces de los ajenjistas de París, la inmensa bruma verde que envuelve tantos espíritus en aquella alegría nerviosa y torturada; aquí, por la tarde o al anochecer, he solido encontrar grupos de muchachos y muchachas que van por las calles cogidos de los brazos como en las rondas de las kermeses, y lanzando sus cantos en coro, muchachos robustos, muchachas con carrillos como manzanas, de estos mismos que en el florecimiento de su pubertad dejan ver, bajo la corta falda, las más firmes y torneadas piernas.

Como en todas partes, gusto más de la parte vieja de la ciudad que de la nueva. La ciudad, en sus signos monumentales, habla de grandes cosas pasadas; y tan solamente en San Marcos de Venecia he sentido el respetuoso placer de la contemplación, de la evocación de siglos difuntos, que en la Grand Place, a la cual Hugo, con alguna exageración, llamara la primera del mundo. Nada más hermoso que este conjunto de nobles arquitecturas en que la Maison du Roy es cincelada joya, las casas de las corporaciones, bellas páginas de piedra, y el Hotel de Ville, osado y soberbio, la más admirable catedral cívica que haya labrado la legendaria masonería gótica. La imaginativa de los antiguos escultores se revela en simples detalles de una concepción definitiva, que forman en el vasto libro arquitectónico, lecciones estupendas en la interpretación de la faz humana y en el simbolismo zoológico. Al entrar, nada más, podéis adivinar ciertas páginas de Huysmans y ciertos gestos de Henri de Groux, en un simple murciélago lapidario o un rostro humano decorativo.

Las casas históricas con su estilo, sus dorados, su aristocracia de monumentos, parece que aguardan la presencia de cortejos reales o procesiones de dignatarios. Y mientras miro y admiro, me solicita una muchacha que vende flores, ofreciéndome pompísimas rosas, y pasa una lechera flamenca con su carrito tirado por tres magníficos y pacientes perros.

Un pensamiento que no dejará de despertarse en vuestra mente es el del perdido poderío español... Aún vaga por aquí la sombra del «duque de sangre», y las estatuas fraternales de los condes de Egmont y de Hornes, en el square del Petit Sallón, fijan en bronce el duro recuerdo. Se perdió Flandes; se perdió la América continental, se perdió Cuba...; el general Weyler no tendrá a mal que se le compare con don Fernando Alvarez de Toledo...

Santa Gudula es hermana de Notre-Dame de París, de la familia de tantas otras iglesias venerables en que las dos torres góticas se alzan, enormes centinelas del tabernáculo, trabajadas por la virtud de siglos de fe; urnas vastas en que se guardaba la esperanza cristiana y cuyas anchas ojivales puertas se abren hacia las bullentes ciudades, como con sed de almas.

Tan descriptos están los monumentos, que no caben de ellos ya más que las impresiones. Diríase que el _tourisme_ ha profanado todos los santuarios de la tierra en que la religión y el arte conservan sus reliquias y elevan sus plegarias. La agencia Cook borra todas las huellas sagradas e interrumpe las meditaciones de los fervorosos que aún quedan. Es un complemento del experimentalismo... Mientras admiro en el severo templo los vitraux de Van Oreley y de Frans Florís, hay unas cuantas personas que rezan en el más profundo y piadoso silencio; mas de pronto una tropa (¿tropilla?) de viajeros con cornacq hace su irrupción y se percibe que la gente que ora sufre con la entrada de la caravana. La voz del guía pronuncia en inglés con mediano tono de discurso: «Aquí tenéis el cenotafio de Juan II, duque de Brabante y de Margarita de York, 1312 a 1318; y enfrente el del archiduque Ernesto, gobernador general de los Países Bajos, etc...»

La vista del palacio de Justicia da idea de un aplastamiento; es un edificio de Babilonia; lo rechoncho en lo enorme; la gran corona que remata el monumento semeja la tapa de una colosal pieza de postre en una mesa de Brobdignac. Polaert, el arquitecto, pensaba poner en lo alto una pirámide hindú; sus planes no se pudieron llevar a la práctica por imposibilidad material, y se construyó un domo con estatuas. Se alaba mucho esta gigantesca ensalada de estilos: hay griego, egipcio, asirio, romano, romántico, renacimiento. A mi entender, es una creación semiyanqui que asombra por su tamaño, y que queda bien entre las cosas _greatest in the world_.

Prefiero ir a admirar el Mercado, esa obra maestra de la ferreteria moderna, que encontró un cantor magnífico y _férreo_ en Huysmans, y en donde el metal domado une la solidez a la gracia y a la elegancia; trabajo ciclópeo y artístico que no se cita ni se recomienda en las guías.

¿Cómo no hablaros de la gloria municipal de Bruselas, el muñequito de bronce que ha llegado a ser un símbolo, y que, en ejercicio de una de las más prosaicas funciones fisiológicas, ha adquirido el cariño popular, renombre y honores, todo como un hombre? Como habrá muchos de mis lectores que no sepan lo que es el Manneken-Pis, trataré de decirlo en pocas palabras. Cuéntase que un noble ciudadano de Bruselas tenía un niño a quien quería entrañablemente, el cual niño desapareció un día sin que su padre, que lo hizo buscar por todas partes, diese con su paradero. Por fin, fué encontrado en la calle, y en una posición difícil de explicar si se guardan las conveniencias. Hacía... lo que un personaje de Rabelais para apagar incendios; no tanto como Sancho en una de las más bravas aventuras de Don Quijote...; lo que se dice en un usual latín después de _Domine labia_... Si con tantas indicaciones hay quien no haya comprendido, que haga el viaje a la capital brabanzona y vea lo que está haciendo Manneken-Pis.

En conmemoración del hallazgo, el padre del niño hizo elevar la estatua, que se atribuye a Duquesnoy. Después, ésta tuvo tanta fama como la de Pasquino en Roma. Fué robada dos veces y encontrada. Luis XV le concedió la orden del Espíritu Santo; en ciertas épocas la han vestido de guardia cívico; se la mezcla en política; una vieja solterona la dejó mil francos de herencia, como a un simple gato o perro, y la municipalidad paga a un _valet de chambre_, para que la cuide, 200 francos anuales.

No es demasiado. En todas partes hay hombres que en la política, las letras, las ciencias y demás disciplinas hacen cosas peores que Manneken-Pis, y tienen buenas posiciones y ganan pingües rentas.

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VI

La sola palabra Trianón evoca el espíritu y la vida de toda una época. Se acerca, en el tiempo, como un perfume antiguo; se oye un son de viola de amor, un minué en el clavicordio de la abuela; se mira, con los ojos entrecerrados de la memoria melancólica, un conjunto de suntuosidades y elegancias. Los arriesgados ejercicios de la coquetería, las declaraciones de los caballeros y las sutiles conversaciones de los abates; horas de encaje y seda; embarques para Citeres; idilios rústicos entre pastores gongorinos y pastoras «preciosas». Collar de horas que fué como una guirnalda de rosas que cubriese de pronto una ola de púrpura. Tiempo encantador, ciertamente, que tiene su parangón en los libros de cuentos de hadas y que adoraban los Goncourt. Hoy, ese tiempo florido hace escribir algunos buenos libros; inspira a ciertos poetas musicales deleitosas poesías; interesa a los compradores de cuadros y a los modistos y peluqueros, con ocasión de los bailes de trajes o cabezas empolvadas. ¡Buen baile de cabezas dió fin a la perenne fiesta en que la reina María Antonieta imperaba de todas guisas!

Los lugares que sirvieron de teatro a tantas maravillas, tienen hoy en su severa soledad una dulce tristeza que no querría ser perturbada. Versalles y sus rincones de amor y de recuerdo, parece que no deberían profanarse con ruidos modernos, con vulgares paradas contemporáneas. Déjense las umbrías de los nobles bosques, las gloriosas y abandonadas arquitecturas, a los soñadores, a los enamorados, a los solitarios. Esas lindas gracias del siglo XVIII que quedan en memorias que parecen leyendas, y se admiran en cuadros y retratos que semejan sitios y figuras de encanto, gocen de la quietud que les dió su trágico final.

Eso han pensado algunos parisienses con motivo de un acontecimiento mundano que ha ocupado grandemente la atención en estos días. Cierto grupo de damas de la alta sociedad ha querido resucitar por unas cuantas horas aquel hermoso vivir. Mas ha habido grandes dificultades. La vieja y restringida aristocracia, no ve con buenos ojos algunas iniciativas que vienen de la nobleza adventicia. Una verdadera condesa, con verdaderos cuarteles, protesta ante la intromisión en asuntos de su sola incumbencia, de tal o cual marquesa o condesa de ultramar, coronada de perlas heráldicas en virtud de los millones de papá. Cierto es que entre las iniciadoras había nobles de auténticos pergaminos, como una La Rochefoucauld y una Folingnac; pero la persistente imposición de tal miss Gould, por ejemplo, devenida condesa de Castellane, arruga muchas frentes. «En el _hameau_ de la reina, observa alguien, antes las grandes damas hacían papel de _fermières_; hoy las _fermières_ intentan hacer de grandes damas.» Otro dice: «He soñado mucho con las bellas figuras que animaron tan admirables escenarios para arriesgarme a ir a padecer con la desilusión de personas actuales desprovistas de toda poesía.» Pasada la reunión, un cronista anota, junto a una Clermont-Tonnerre, «noblezas del Ural y de las Cordilleras». El poeta Montesquiou-Fezensac se asusta encontrando allí «cabezas que rehusaría seguramente la guillotina»; y el Jean Lorrain, desventrado cien veces por Laurent Tailhade, agrega en verso:

_La pique en les voyant recule epouvantée._ Con todo, la celebración histórica ha sido variada, alegre y hermosa. Las princesas de hoy, aburguesadas de gustos y aficiones, cuentan, sin embargo, con preciosos ejemplares; y con dinero, todo se dora y se imita. En los salones actuales, los abates de antaño están sustituídos por ciertos sacerdotes distinguidos que el autor del _Journal d'un défroqué_ ha sabido retratar, y los Copée, Lemaître y Barrés, reemplazan el espíritu del buen tono de la vieja Francia. No han faltado pavanas y minuetos bailados por bailarinas; y la taimada madame de Thébes ha hecho de Cagliostro, diciendo la buena ventura y vendiendo amuletos _para ganar dinero y para ser amado_. Hay que confesar que los segundos se vendieron más que los primeros.

La resurrección de una época no se hace únicamente con trajes costosos y comparsas teatrales. Ciertos juegos necesitan señalado estado moral y cultivo espiritual. Cuando lo griego y lo romano estuvo de moda, en época distinta de la Francia, flotaba por las salas como un ambiente de academias. Las damas se ilustraban y, petulantes o marisabidillas, representaban con perfección sus papeles. Los salones oían con frecuencia las palabras de los sabios, los discursos de los poetas, las agudezas de los hombres de ingenio. Madama Recamier invitaba. Ahora, los nobles legítimos y los advenedizos, con notadas excepciones, al decir de los bien informados, no se han ocupado en la cita de elegancia que se dieron más que de la carrera de automóviles París-Berlín, y otros asuntos de igual transcendencia estética. Las berquinadas tienen otro nombre. Lancret, Fragonard, Watteau, nada tienen que ver ante Woth, Paquín o Redfern. Un Morgan cualquiera se lleva a Chicago o a Nueva York tesoros del más puro arte francés; el señor de Iturri, tucumano según me dicen, y amigo íntimo de Montesquiou-Fezensac, descubre en un convento de Versalles la tina en que se bañaban la Montespan y el rey juntos y la instala en Neully.

¡Ah, el alma fina del siglo de las frágiles y pomposas elegancias y de las gracias sutiles, del siglo de Florian y de Boucher, no pertenece, como otras tantas cosas, a los ricos de hoy! Es la herencia de los artistas, de los Verlaine, los Samain, de los Helleu. Los pobres príncipes de belleza y de armonía tienen este desquite.

Cuentan que el ya muy nombrado poeta de los «olores suaves», uno de los pocos portalira de que la nobleza puede hoy glorificarse, dió una fiesta en Versalles en honor del _Pauvre Lelian_, a la cual fiesta concurrió buen golpe de bellas marquesitas, duquesitas, princesitas y baronesitas de su parentela y amistad.

No sé qué cara pondría el viejo fauno delante de ellas, como no sea la máscara satiríaca que solía expresar la alegría pánica y báquica. Mas entre todas, ¡qué impresión haría la presencia del triste y terrible poeta, triste de amor, terrible de dolor! Ninguna, supongo, fuera de la malsana curiosidad, o el superficial snobismo.

La nobleza femenina, en todas partes, se dedica hoy con preferencia al sport, se interesa mucho por el cuerpo, descuida bastante el espíritu. Este rumbo siguen las jóvenes «bien» de nuestras democracias y la adinerada burguesía universal.

La bicicleta ha juntado al príncipe con el hortera, la «Mors» une el chocolate con la flor de lis. Y entre todos los sports hay uno, nivelador también, en el divertimiento y en el flirt: la caridad... La fiesta de Trianón, como la del Bazar memorable, era una fiesta de caridad.

He querido, principalmente, en estas líneas hacer notar la cuestión del conflicto de las noblezas, la antigua y tradicional y la adquirida. El papel en que se coloca a las americanas ricas casadas con títulos, es poco envidiable.

Un alto desdén, justificado hasta cierto punto, e irremisible, se cierne sobre las cabezas recién ilustradas con la corona nobiliaria.

No borrará toda la catarata del Niágara pactolizada, la mancha nativa de Porcópolis, o de Oil City. En todas partes existe, en el gran cuerpo de la aristocracia, una aristocracia chica y cerrada, que no transige ni admite mescolanzas ni componendas. D'Hozier frunce el entrecejo ante los reyes del acero y los barones del dollar. Hay nobles arruinados que se ponen a precio, y nobles de manga ancha que contemporizan con las plutocracias exóticas; pero las tres docenas de familias que vienen de muy lejos en la historia, y que miran sobre el hombre a los titulados de Luis XIII acá son impenetrables en su mayoría. La _messaliance_ es cosa rarísima. Para eso se fué a las cruzadas.

* * * * *

Reflexionen las niñas que en nuestras Américas incuben la lejana esperanza de entrocar en el árbol genealógico de uno de estos viejos nombres europeos. Es bonito, «viste mucho», como dicen en España, eso de oirse llamar Madame la Comtesse, Madame la Marquise, Madame la Princesse; pero desde el momento en que se sabe que ese tratamiento es para una «galería» especial, que el verdadero núcleo a que se aspira rechaza la solidaridad y se señala a cada momento la liga; que su paso levantará siempre un equívoco murmullo y provocará más de una afilada sonrisa; que la coburguisación, digamos así, o la adquisición de un marido, por lo general de escaso intelecto, de costumbres poco ejemplares y de salud casi siempre averiada, no valen la pena de sacrificar una juventud y una vida a la vanidad más improductiva, creo que no habrá una sola que prefiera a un dorado ridículo y a un flordelisado martirio, ser cabeza de ratón entre los suyos, en su casa, en su tierra, en su sociedad, en su patria.