La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
Part 3
Pero de un modo o de otro, París, en medio de su gloria, en medio de la alegre agitación de sus pecados amables y terribles; en medio de la avalancha de oro que un solo soplo de sus labios hace rodar al abismo; en medio de tantas músicas y canciones que no hacen oir las quejas de los de abajo, de los que están, _como los muertos_, en sus negras catacumbas, miseria y hambre; en medio de una primavera que presenta incesantemente sus flores y un otoño continuo que da sus frutos a los paladares favorecidos de la suerte; en medio de un paraíso de locura en que la mujer en su sentido más carnal y animal, es la reina invencible y la devoradora todopoderosa, ha olvidado que hay algo inevitable y tremendo, sobre los besos, sobre los senos, sobre la alegría, sobre la música, sobre el capital, sobre la lujuria, sobre la risa, sobre la primavera y sobre el otoño; y este algo es sencillamente la Muerte; la Muerte, a la cual se olvida, o se ofende, o se burla.
No hay que meter periódicos en el cráneo de los muertos, como el mozo del hospital Saint-Antoine. Se pueden poner al tanto de lo que pasa.
No hay que dar conciertos en las catacumbas. Se puede despertar la Muerte; y ponerse a bailar, como en la Edad Media...
Ese sería el desquite de la Muerte...
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V
Un distinguido asesino inglés, o al menos apellidado Smith, ha intentado, con mal éxito, degollar a una vieja cortesana retirada, ya sin cotización en plaza, pero que tiene automóvil. Las señoritas de Pougy y otras Oteros, se han estremecido ante sus diamantes. En Maxim's la noticia del suceso hizo palidecer muchas caras bonitas. El hecho del día ha sido la preocupación de _esas damas_, que por mucho tiempo tendrán que pensar en los inconvenientes de su lucrativa carrera. Han parado mientes en que, en Babilonia y en el mundo _ou l'on s'amuse_, bajo una buena levita se oculta un buen estrangulador, y en que Smith es uno más en la lista de los Pranzinis, Prados y compañía.
¡Ah! estas graciosas desplumadoras de pichones y gallos viejos, encuentran de repente la garra de la bestia bruta que por quitarlas el collar les quiebra el lindo cuello, o les pega una puñalada, o les ahoga, o emplea las armas principio de siglo del héroe de ahora: la pelota de plomo en la cáscara de la mandarina, y el anillo atado a la fina cuerda. Y no será quien las mate el hambriento desesperado de los suburbios o el _marlou_ de gorra y blusa. Será uno de esos desechos humanos, uno de esos intrusos de todas partes, caballeros de industria, «rastas» empobrecidos y sin oficio, rondadores de mesas de juego, componedores de amor ajeno a tanto la pieza, parásitos de hetairas y candidatos a la momentánea o larga celebridad que ofrece el aparato de M. Deibler.
En los cafés de mujeres elegantes y venales, habéis visto esos extraños tipos, de nacionalidades dudosas, valacos, griegos, levantinos, americanos del norte y también del sur, rubios u obscuros, elegantemente vestidos, con prendedores hirientes, bigotes tziganos, conocidos de muchos sin que ninguno sepa a punto fijo quiénes son, amigos confianzudos de las más señaladas Emilianas y Margaritas, y que levantan a su paso vagas interrogaciones: «¿De qué vive éste? ¿Cómo gasta, cómo derrocha?» Vive, casi siempre, de los calaveras que le prestan y de las mujeres que le dan. Pero de repente, una noticia circula al son de los valses húngaros, por las mesas envanecidas de champaña: «¡Sabes! Fulano, preso. Una estafa. O un robo.» Cuando el aventurero es de hígados negros, la campanada anuncia un asesinato. ¿Cuántos de esos van por el bosque, haciendo el rico, en equipajes ajenos? ¿Cuántos se sientan a jugar en los casinos al lado de títulos y personajes, hasta que un día se les agarra en la engañifa, se les echa a puntapiés, o se les desenmascara?
Mas, es cerca de «esas damas» donde ellos aprovechan con más frecuencia, pseudo protectores, «señores de compañía» como el grotesco tipo que acaba de presentar Coolus, secretarios, o perros de presa. Por ese camino se llega a todo. El dinero a que están acostumbrados les hace falta de pronto, y hay que buscarlo de cualquier manera. Tienen muchas amigas de las carreras, del aperitivo, de la cena, del teatro, conocen sus joyeros, sus habitaciones, sus hábitos. Y así, de cuando en cuando, una pobre pecadora muere de sangrienta y trágica muerte.
* * * * *
Esas damas...
¡Preciosas estatuas de carne, pulidas y lustradas como dijes, como joyas, flores, o animales encantadores, estuches de placer, maestras de caricias, dignas de una corona de emperatriz, ducales, angelicales, y tan brutas, tan ignorantes, tan plebeyas en su mayoría!
Cuando más os deleitan un gesto atávico, un modal hereditario, os revelan la antigua granja, el gallinero, el lavadero o la cocina maternales. Todas las aguas de Lubín, todas las invenciones de Lenteric no bastarán a quitar la original mancha nativa; todos los roces con Gales, con Borbón o con Sagán no las suavizarán la aspereza de generaciones de servidumbre y vulgaridad, y cuando el carácter exalta o se agria brotan de los más bellos labios palabras y hacen los más blancos brazos gestos, que piden la portería o el mercado.
Ésta nació en un pueblecito de provincia; vino a París no se sabe cómo; quiso trabajar y no pudo; le cayó del cielo de un lecho casual una liga medianamente favorable. Abandonada, fué _soubrett_, y de criada de señora alegre, fué arrebatada por tal viejo vicioso que la lanzó, es el término. Tuvo suerte, y hoy posee una mediana educación, un hotelito, caballos, y su nombre figura en las crónicas del _Gil Blas_.
Esa otra es gallega. Sirvió en Madrid en una casa de huéspedes. Todos los estudiantes supieron en su pensión de a dos pesetas lo que era el amor de la sirvientita, cuya cara primaveral era un plantío de sonrisas, y cuya generosidad no tuvo límites. ¿Quién le enseñó a bailar el vito y el fandango? ¿Quién la levantó de tan bajo como había caído? ¿Qué ángel le mostró el camino de París, y quién la hizo descaderarse ante un concurso de periodistas? Es el hecho que triunfó en un instante, y sus castañuelas hicieron llover luises. Los jóvenes vivos y los viejos bobos la llenaron de diamantes. ¡Qué de diamantes! Sus diamantes fueron tan célebres como sus conquistas. Torpe como un pato, tiene en su época la celebridad de una Aspasia. Tiene hotel, casas que alquila, todavía más diamantes, y mil trompetas que anuncian al mundo el reinado de su belleza.
Aquélla, tuvo por cuna un montón de coles, se corrompió casi en la niñez, circuló por los barrios parisienses, en noches de frío, en busca del paseante trasnochador. La casualidad la hizo hallar su suerte buena en un desconocido. Ascendió. Ganó. Acaparó. Juega a los caballos. Su llegada a Niza y Monte-Carlo causa siempre sensación.
Aquella otra, ¿se acordará del pobre pintor que fué su amor primero en un cuartucho del barrio Latino? ¿Se acordará de las noches danzantes de Bullier? ¿De la escasa cena a la madrugada, en los mercados? Quizá, porque se la suele ver en ocasiones pasear sus trajes de Doucet por cafetines del Boul' Mich y saludar a sus antiguos conocimientos.
Las obreritas miran con envidia a estas desdichadas con fortuna, cuyas faldas, cuyos sombreros, valen un año de trabajo en un taller matador. El lujo las fascina, ese lujo gritón y exhibicionista; y el ver a las ilustres pelanduscas en compañía del lord, del conde y del millonario. Y no sospechan los lados duros y trágicos de esos aparatos de placeres, a quienes el placer mismo martiriza.
Algunas empiezan ya a guardar dinero, a poner en el Banco economías, y suelen ser menos frecuentes los fines de fiesta a lo Cora Peral. Pero la riqueza no es segura y un crecido tanto por ciento va siempre a los hospitales y a la miseria degradada, cuando un ímpetu salvador no lleva la vieja carne inútil al Sena. Las que logran asegurar los años últimos, ya se sabe en lo que paran. Como el diablo viejo, en fraile; la diablesa gastada, en devota.
Hay sus raros ejemplos de afición a la literatura, y sobre todo a las tablas. Lo primero no deja de ser una especie de _réclame_, como en el caso de Mlle. de Pougy; y lo otro no es más que el _affiche_ viviente, la muestra plástica, el escaparate del «restaurador» que pone a la vista lo que atrae a los amantes de la _bonne chére_, o si queréis, _bonne chair_...
* * * * *
¿Habéis estado alguna vez, pasada la media noche, en casa de Maxin? Cito este lugar, por ser uno de los que más ha estado de moda en este último tiempo. Una muchedumbre de beldades caras se instala en las mesas, que no tardáis en ver coronadas del indispensable cordon-rouge o extrady. Caballeros de todos portes invaden el recinto y entablan la partida amorosa de la cena, mientras los tziganos, que casi siempre son españoles, italianos y franceses, martirizan los violines en un suplicio orféico que no cesa. Jovencitos adinerados y más que maduros _marcheurs_ se disputan la primacía del halago a las mujeres, radiantes de joyas, maravillosamente vestidas, irresistibles de vicio. Hay sonrisas, charlas, risas, y no son raros los insultos. Allí están las varias Guerreros, estranguladas de perlas, repartiendo sus tentaciones españolas; allí varias yanquis, soberbias y duras, con las manos pesadas de brillantes; y las innumerables Fulanas de Tal Cosa, Perengana de Tal Otra, francesas con su falso apelativo nobiliario, graciosas, atrayentes, pálidas de noches blancas, a pesar de los afeites. Y se come y se bebe; y cuando llega la madrugada, ya las mesas se han apartado y el baile se inicia, y dale _Valse bleue_ y demás músicas en boga. Por el lado del bar pasan los equívocos _chasseurs_ que llevan mensajes; por otro circulan los mozos serviles, renovando la champañada. Y la _quête_ de los músicos, completa los indispensables desembolsos. (¿Qué diríais al saber que los violineros del _Café de París_ se han ganado en un año de propinas setenta y tantos mil francos?) Y las mozas se alegran más y más. Cada cual cuenta con su presa. Y el inadvertido mozalbete no consulta su cartera; y el animado _gagá_ no halla qué hacer con su emperatriz de a tantos luises. Y hay entre ellas celos y recelos. La ninfa no esconde a veces a la verdulera, y la marquesita Watteau no oculta que sabe el vocabulario de su papá el cochero.
El triunfo está a la salida, cuando cada víctima se lleva a su compañera del brazo. No se cambiaría un caballero de éstos, en ese instante, por el mismo ex príncipe de Gales.
Allí he visto auténticos potentados asiáticos e inconfundibles majestades yanquis; conocidos lores, y, ¡qué honor para el continente! gran variedad de afortunados hispano-americanos.
Allí he visto--y ya comprenderéis que no he asistido como uno de tantos, pues no tengo inconveniente en manifestaros que no me llamo Vanderbildt, y que la buena mensualidad que me paga _La Nación_ no me alcanzaría para dos noches;--allí he visto, con cierto pesar, a ricos argentinos, desparramar los billetes azules, esfumar los oros con prodigalidades que no dejaban mal puesta la bandera... Pero os juro que más de una vez he tenido la tentación de decir a uno de esos notables gozadores de la vida: «Señor, es una bella pasión la pasión de la belleza, y la grata compañía de estas princesas, envidiable desde todo punto de vista, de oído, de olfato, de tacto. Tenéis un capital que no palidece ante el de algunos de estos nababs cosmopolitas. No sería yo quien os aconsejara tomar la vida por su lado obscuro, cuando las estancias producen tanto y no gastáis sino los intereses de vuestro haber total. Pero permitidme que os haga esta pequeña observación. Con lo que gastáis en una semana de superfluos derroches, podría seguir por mucho tiempo sus estudios un joven pintor, músico, escultor, escritor, de los muchos que en vuestro país son pobres, y podrían más tarde dar honra y brillo a la patria. Con lo que gastáis en dos semanas podríais obsequiar al Museo nacional de Bellas Artes, una hermosa obra, que acrecentaría al naciente emporio artístico; con lo que gastáis en un año--y hablo de gastos absolutamente sin razón--¡calculad lo que podríais hacer!»
Pero, casi siempre, cuando voy a hablar esto, suenan los violines, se esparce la _Valse bleu_, se interponen los _chasseurs_, hace cuatro reverencias el _sommelier_...
¡Y esas damas...!
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VI
Lo que se llama aquí la Gran Semana, es dedicada principalmente a «la más noble conquista del hombre»; «la más noble conquista del hombre» ya se sabe que es el caballo.
Ya fué la fiesta de Auteuil, en donde, con la complacencia de un día amoroso y dorado, se vió un brillante ejército de mujeres deliciosas, vestidas con el arte de encantamiento que los costureros saben; irrupción de rostros sonrientes, trajes de primavera, sombreros y sombrillas que alegran de armoniosos colores el espectáculo: un ir y venir de gentes elegantes; en las tribunas una aglomeración de notas encantadoras; y cerca, los lagos, los carruajes ostentosos, también con su carga de belleza y de riqueza; ya Chantilly, con su Derby que hace competencia y vence en Epsom, Chantilly, lugar aristocrático y deleitoso; ya Longchamps, adornado de lujo e hirviente de mundo; al Gran Prix, con sus pompas y ruido.
El entusiasmo que hay en París por las carreras, sólo puede compararse al que hay en España por los toros. Se juega mucho, se juega demasiado. El sport actual no ve la mejora de la raza caballar sino en la ganancia. El cuadro estético interesa poco. La equitación, atacada por la bicicleta y el automóvil, está en decadencia. _Saxon_, _Jocely_, _Chéri_ son aclamados, más que como «violentos hipógrifos», como fuentes de entradas, de francos o de luises. Los que pierden, ciertamente, no aclaman al cuadrúpedo triunfante. Pero por el momento los nombres de los ganadores van hasta las constelaciones. Desde 1873, una larga lista señala triunfos sucesivos--tal una enumeración de papas, de reyes o de generales: The Ranger, Vermont, Gladiateur, Ceylan, Férvacques, The Earl, Glaneur, Sornette, Cremome, Boïard, Trent, Salvator, Kisber, Si-Cristope, Thurio, Nubienne, Robert-Devil, Foxhall, Bruce, Frontín, Little Duhk, Paradox, Mintin, Tenebreuse, Stuart, Vasistas, Fitz, Roya, Clamart, Rueil, Ragotski, Dolman Baghtche, Andree Arreau, Doge, Le Roi Soleil, Pert, Semandria, hasta el glorioso bruto de ahora, _Chéri_, cuyo propietario, Caillaut, no cabe en su orgullo. Calígula no andaba muy errado. Las publicaciones sportivas son numerosísimas y el público las compra como el periódico noticioso, el diario preferido. Los principales cafés y bars tienen un servicio de información inmediata para las carreras; las gentes del alto mundo, tanto como las del bajo, tienen su animal favorito y apuestan. Los suicidios a consecuencia de pérdidas en los hipódromos no son escasos. Hay quienes opinan que las carreras son útiles y de alta moralidad política. Las ha llamado alguien «pararrayos de las revoluciones», exactamente como Huysmans llama pararrayos de las tempestades diurnas a los conventos. El pueblo se divierte, dicen, y así no hay temor de que se subleve. _Panem et circenses._ Mas no se fijan que las carreras sin el pan, no contentan a los proletarios; y lo que se está preparando en lo nebuloso del porvenir, por obra del fermento popular, y de la miseria negra que contrasta con la insolencia de la riqueza exhibicionista, no es la caída de un ministerio más o menos Waldeck, o de una república más o menos radical o clerical; es algo que soñó demasiado hermoso Hugo y que previó demasiado rojo Heine; algo que le va a quitar el automóvil al príncipe D'Arenberg y las caballerizas a M. Edmond Blanc. Eso no lo sabe tanto orgulloso satisfecho de los que tienen por Homero a Jean Lorrain y por gráfico retratista al mordiente Sem.
Grandes sportwomen hay, que se apasionan por el juego elegante, y otras que son dueñas de _haras_. Por mucho tiempo la vizcondesa d'Harcourt hizo lucir sus caballos, con sus jockeys blanco y oro. Hoy se ve siempre en la tribuna a la duquesa d'Uzés, a la de Noailles, a muchas duquesas; a las condesas de Roederer, de Le Marois, de Saint-Phallier, de Portales, a la princesa Murat, y cien otras nobles más, y señoras de propietarios de _écurie_, y mundanas en profusión tanto como _semi-mundanas_... Y es desde luego una parada de elegancias, una exposición de trajes y joyas, en competencia; visión de sedas y encajes sutiles, visión de flores y de sombreros, de sonrisas, de gestos graciosos. Del lado de los hombres, el todo d'Hozier, la banca, los negocios, los clubs. Entre las barbas blancas, la del duque de Chartres y del rey Leopoldo, y las patillas que enmarcan la cara dura del barón Alfonso de Rothschild. Luego el grupo de los comisarios, dueños de caballos, corredores, etc., y la tribuna de _entraîneurs_ y jockeys.
Los jugadores y curiosos pobres están más allá, bajo los árboles, a la hora del salchichón al aire libre, y junto a la reja en el momento de la corrida de las ligeras bestias.
Y cuando la carrera empieza es el enorme griterío, la expectación, la impaciencia por saber cuál ha de ser el dichoso ganador; y los nombres de los animales que corren en competencia se pronuncian entre el ruido, mientras los caballos van por la pista como la bola en la ruleta. Así, como el _entraîneur_ de M. Caillaut, propietario de _Chéri_, llegase tarde cuando el Gran Prix se corría, no encontró lugar en la tribuna en que le correspondía estar, y no supo la victoria de los caballos de su amo sino por las exclamaciones que entre la tempestad de gritos llegaban a sus oídos: se nombraba a _Saxon_, el ganador de Chantilly, y al inglés _Lady Killer_, hasta que el hábil hombre de caballeriza sintió un soplo de alegría al oir aclamar en último instante a _Tibère_ y a _Chéri_.
Desde el presidente de la República al último _camelot_, pasa en triunfo el nombre del vencedor, los colores del patrón adquieren un nuevo brillo y como que, al pasear al bruto triunfante, se dejase ver, en cuatro patas flacas y con una cabeza soberbia, la imagen de la vanidad, pasajera y momentánea. Pues el doble _event_ es cosa rara, y _Saxon_, ganador en Chantilly, no tuvo el gran premio. Y ese principado hípico tiene el fin de todos los principados humanos. Arquías hacía ya lamentarse al corcel antiguo triunfador en la carrera; «me he visto, dicen los versos de la Antología, coronado, en otra época, en las orillas del Alfeo; gané dos veces el premio junto a la fuente Castalia; y obtuve aclamaciones de la muchedumbre y aplausos, en Nemea y en el Istmo; a la piedra de Nisipo pasaba como llevado por el aire, ¡Oh desdoro! hoy doy vueltas a la piedra de un molino, en ruin ocupación, y sufro el látigo». Los _Saxon_ y los _Chéri_ no irán, gracias a los progresos de la industria, a hacer harina; pero no está en lo imposible que sus gloriosas carnes sean mañana, cuando la vejez llegue, consumidas en beefteaks de culinaria subrepticia, o claramente ofrecidos a la hipofagia parisiense. No serán los primeros _outsiders_ víctimas del apetito.
Un bello espectáculo es sin duda alguna el desfile, cuando las horas doradas de la tarde ponen en el Bosque su ambiente de amorosa alegría, en esta estación que hace hervir las savias y precipitarse la sangre. El presidente de la República se retira, y generalmente es aclamado a su paso. Una interminable procesión de vehículos se extiende, en un resonar sordo de cascos y un sacudimiento de sonorosos arneses. Pasa el mundo oficial, el gran mundo, los batallones de clubmen. Las hetairas no son las menos miradas como comprenderéis--, la Emilienne d'Alençon en su cab inglés, la Otero en su equipaje superior al del mismo millonario Chauchard, y todas las celebridades de la gracia en venta y del amor profesional. Se disemina el inmenso río de carruajes y automóviles y bicicletas. Quiénes van a los restaurants del Bosque, quiénes a la ciudad. París murmura, se estremece, bañado de fuego vespertino, y al entrar a la plaza de la Concordia, al ver el casco de oro de los Inválidos, las lejanas agujas de Santa Clotilde y, en el inmenso _forum_ que engrandece y alegra el espíritu al propio tiempo, el obelisco sobre el fondo verde de las Tullerías; al respirar este ambiente y sentir filtrarse en uno el alma del día, se experimenta un singular placer. Se viene de coronar a un caballo; pero no importa. Allá está enterrado Napoleón, aquí respiró Víctor Hugo; sentimos como que vamos sobre el pecho del mundo.
Venimos de la coronación de un caballo; en Atenas también se hacía lo mismo. Un caballo bueno vale más que un general malo. Y luego, «la más noble conquista del hombre» siempre ha sido compañera de la gloria; no se concibe a Alejandro sin Bucéfalo, al Cid sin Babieca; no puede haber Santiago en pie, Quijote sin Rocinante ni poeta sin Pegaso. El caballo es noble, es generoso, es bueno. Merece más que los elogios de M. de Buffon.
* * * * *
Lo lamentable es que en el sport moderno, lo repito, en las carreras, no se tenga por mira el espectáculo estético, sino el lucro, el azar, la ganancia. La gran _pelousse_ equivale a una mesa de billar, a una carpeta de juego. La Gran Semana es la semana de la ostentación del lujo por un lado y la apoteosis del juego por otro. Dicen que esto es el 14 de Julio sportivo. Hay razón en decir eso. Mas no es envidiable la celebración desde aquel punto de vista.
Mejorar la raza caballar es una gran cosa. Se ha llegado en esto a resultados admirables. Mejorar las razas humanas sería indiscutiblemente mejor. Mejorar los cuerpos, mejorar las almas. No la persecución imposible de una humanidad perfecta, pues esto no está en la misma naturaleza; pero sí un progreso relativo, seguir el camino que muchos conductores de ideas han señalado y señalan para bien de los pueblos. Es mucho el contraste entre la maravillosa exposición de bienestar y de riqueza sobrante y desafiadora, y la enorme miseria que se agita, y el enorme aplastamiento del obrero por la masa del capital.
La noche del Grand Prix he visto a la célebre Fagette, una mediocre _divette_ que sale a las tablas con un «bolero» que cuesta millón y medio. No es equivocación del corrector: _millón y medio_.
Luego, se asustan de Ravachol.
La mejor conquista del hombre tiene que ser, Dios lo quiera, el hombre mismo.
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VII
_Ludus._
O para decirlo en moderno, sport; o para decirlo en castizo, deporte. Yo, por mi parte, nunca diré deporte; primero, porque así dicen los puristas, y luego, porque esa palabra no quiere decir las fiestas de agilidad y los concursos de fuerzas, que, en nuestros días, dominan el aburrimiento de los desocupados del mundo.
_Ludus_ es en latín, y esto puede ya hacer que me perdonen ciertos jueces que no me permito atender, sobre todo cuando voy a hablaros del sport francés, asunto agradable.
Hay aquí desde hace tiempo un despertamiento de afición a las cosas sportivas que tanto dan que hacer a los anglosajones, a punto que se creería que ellos son los inventores. El ejercicio es humano; la fuerza sorda es bárbara; la gracia en la fuerza es latina; la elegancia es latina. Por eso se ha necesitado descender en el concepto de la ornamentación personal hasta la chatura de nuestro tiempo, para que Pool sea el árbitro de la sastrería masculina, y que la elegancia tenga su papa en Londres. La elegancia es helénica y latina. Ella hace que el gladiador busque un bello gesto para la muerte, y que al toro del sacrificio se le pongan pámpanos y rosas en los cuernos. Ella hace que los aspectos de los centauros y lapitas en el mármol de las metopas se afirmen hermosos y decorosos.