The Life of Albert Gallatin

Chapter 2

Chapter 2525 wordsPublic domain

-Tiene V. razón... ¡Perdone mi injusticia!... -¿Cómo pagarle a V.?... ¿Cuándo podré yo pagar?...

-¿Qué escucho? (interrumpió ella, retrocediendo). ¿Ya me habla V. de no poder pagarme?

-¡Ah!... Perdone V... Antoñita...

-¿Por quién me ha tomado V., Enrique? -¿Conque todo ha sido un engaño?

-¡Oh!... no... no es eso... -gemí, abrazándome a sus piernas.

-¡Suélteme V.!... (añadió con una grosería que me dejó espantado). ¿Está V. descontento del gabinete? ¿No es buena la cama? ¿Cree usted encontrar, por quince reales que pensaba llevarle, una casa de huéspedes como ésta? Pero... ¡ah! todo lo comprendo: V. es un petardista que viene a Madrid sin un cuarto. -¡Dichosamente lo he sabido a tiempo! -¿Con que no puede V. pagarme?... ¿Conque tenía pensado estafar a esta infeliz pupilera?... -¡Oh!... Pues lo que es yo, vuelvo a llevarme el chocolate... -¡Tome V. rejalgar!

Dijo, y se llevó lo que al entrar dejara sobre la mesa de noche; lo que yo había creído una pistola; todo lo que debía esperar de aquella beldad; el emblema de aquel amor, de aquel viaje, de aquella dramática aventura; el resultado de mis sueños y esperanzas; la realidad de tantas ilusiones, de tantas conjeturas, de tantos delirios... -¡Una jícara de chocolate!

-¡Oh mundo! ¡Oh demonio! ¡Oh carne! (exclamé entonces). ¡Os complacéis en modelar una mujer con un poco de barro; cifráis en esa mujer toda vuestra poesía; redondeáis sus formas; coloreáis su semblante; ponéis la luz del sol en sus ojos; plegáis sus labios como una rosa y los animáis con un eterno beso; la empaquetáis luego en un corsé, la vestís de crujiente seda, la perfumáis con agua de colonia, y la hacéis aparecerse al hombre como una hada, como una sílfide, como una musa! A su contemplación tiembla el hombre, enloquece el artista, se extasía el poeta. El alma, siempre ambiciosa y crédula, imagina que aquélla es la belleza ideal, el eslabón intermedio entre el cielo y la tierra, el arquetipo del amor, la nota divina del sentimiento humano, ¡y esa mujer, ese ángel, esa diosa... es a veces una pupilera romántica y cursi, que os lleva quince reales diarios por vivir en vuestra compañía, por haceros la cama, por serviros el chocolate!

¡Horror, execración al sensualismo artístico, a la idolatría de la figura humana, a la adoración de la forma por la forma! ¡Anatema sobre la poesía de las narices, sobre la sublimidad de las orejas, sobre el idealismo de los torsos! ¡Rayo y trueno en la hermosura a secas; en las fachadas de mujer, sin mujer; en las máscaras terrenales: en todo miriñaque de arcilla que encubra la imperfección o el vacío!

Haciendo estas reflexiones, arreglé de nuevo mi equipaje; di a la criada un napoleón, y, sin despedirme de Antoñita (que ya me hacía el efecto de una decoración de La Pata de Cabra vista a la luz del Mediodía en mitad de la calle), salí de aquella casa, tumba de mis románticas ilusiones y cuna de mi verdadero espiritualismo, y me dirigí a La Rueda a tomar chocolate con ensaimada.

Madrid, 1854.

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