La batalla de los Arapiles

Part 7

Chapter 73,962 wordsPublic domain

--Porque... verás. Ya sabes que han mandado vayan a trabajar a las fortificaciones todos los habitantes de estos pueblos. El lugar que no envía a su gente es castigado con saqueo, y a veces con degüello... Bien dicen que el diablo es sutil. La costumbre es que mientras los aldeanos trabajan, los soldados estén quietos hablando y fumando, y de trecho en trecho hay sargentos que, látigo en mano, están allí con mucho ojo abierto para ver el que se distrae o mira al cielo, o habla a su compañero... Bien dijo el otro, que el diablo no duerme y todo lo añasca... En cuanto se descuida uno tanto así... ¡plas!...

--Le toman la medida de las espaldas.

--Yo tengo mala sangre --añadió Cipérez-- y no creo haber nacido para esclavo. Soy aldeano rico, estoy acostumbrado a mandar, y no a que me den de latigazos. A perro viejo no hay tus, tus... Así es que cuando aquel Lucifer me...

--Si soy yo el azotado, allí mismo le tiendo.

--Yo cerré los ojos; yo no vi más que sangre; yo me metí entre todos, porque... ¡Baltasar Cipérez azotado por un francés!... Yo daba mojicones... quien no puede dar en el asno da en la albarda. En fin, allí nos machacamos las liendres durante un cuarto de hora... Mira las resultas.

El rico aldeano, apartando la anguarina puesta del revés según uso del país, mostrome su brazo vendado y sostenido en un pañuelo al modo de cabestrillo.

--¿Y nada más? ¡Pues yo creí que le habían ahorcado a usted!

--No, tonto, no me ahorcaron. ¿De veras lo creías tú? Habríanlo hecho si no se hubiera puesto de parte mía un soldado francés, llamado Molichard, que es buen hombre y un tanto borracho. Como éramos amigos y habíamos bebido tantas copas juntos, se dio sus mañas, y sacándome del calabozo me puso en salvo, aunque no sano, en la puerta de Zamora. ¡Pobre Molichard, tan borracho y tan bueno! Cipérez el rico no olvidará su generosa conducta.

--Sr. Cipérez --dije al leal salmantino--, yo voy a Salamanca y no tengo carta de seguridad. Si su merced me proporcionara una...

--¿Y a qué vas allá?

--A vender estas verduras --repuse mostrando mi pollino.

--Buen comercio. Te lo pagarán a peso de oro. ¿Llevas lo que ellos llaman _jericó_?

--¿Habichuelas? Sí. Son de Castrejón.

El aldeano me miró con atención algo suspicaz.

--¿Sabes por dónde anda el ejército inglés? --me preguntó clavando en mí los ojos--. Por la uña se saca al león...

--Cerca está, Sr. Cipérez ¿Conque me da su merced la carta de seguridad?...

--Tú no eres lo que pareces --dijo con malicia el aldeano--. ¡Vivan los buenos patriotas y mueran los franceses, todos los franceses menos Molichard, a quien pondré sobre las niñas de mis ojos!

--Sea lo que quiera... ¿me da su merced la carta de seguridad?

--Baltasarillo --gritó Cipérez--, llégate aquí.

Del grupo de los jugadores salió un joven como de veinte años, vivaracho y alegre.

--Es mi hijo --dijo el charro--. Es un acero... Baltasarillo, dame tu carta de seguridad.

--Entonces...

--No, no vayas mañana a Salamanca. Vuelve conmigo a Escuernavacas. ¿No dices que tu madre quedó muy triste?

--Madre tiene miedo a las moscas; pero yo no.

--¿Tú no?

--Por miedo de gorriones no se dejan de sembrar cañamones --replicó el mancebo--. Quiero ir a Salamanca.

--A casa, a casa. Te mandaré mañana con un regalito para el Sr. Molichard... Dame tu carta.

El joven sacó su documento y entregómelo el padre diciendo:

--Con este papel te llamarás Baltasarillo Cipérez, natural de Escuernavacas, partido de Vitigudino. Las señas de los dos mancebos allá se van. El papel está en regla, y lo saqué yo mismo hace dos meses, la última vez que mi hijo estuvo en Salamanca con su hermana María, cuando la fiesta del rey Copas.

--Pagaré a su merced el servicio que me ha hecho --dije echando mano a la bolsa, cuando Baltasarito se apartó de mí.

--Cipérez el rico no toma dinero por un favor --dijo con nobleza--. Creo que sirves a la patria, ¿eh? Porque a pesar de ese pelaje... Tan bueno es como el Rey y el Papa el que no tiene capa... Todos somos unos. Yo también...

--¿Cómo recibirán estos pueblos al _Lord_ cuando se presente?

--¿Cómo le han de recibir?... ¿Le has visto? ¿Está cerca? --preguntó con entusiasmo.

--Si su merced quiere verle, pásese el miércoles por Bernuy.

--¡Bernuy! Estar en Bernuy es estar en Salamanca --exclamó con exaltado gozo--. El refrán dice: «Aquí caerá Sansón»; pero yo digo: «Aquí caerá Marmont y cuantos con él son.» ¿Has visto los estudiantes y los mozos de Villamayor?

--No he visto nada, señor.

--Tenemos armas --dijo con misterio--. Ténganos el pie al herrar y verá del que cojeamos... Cuando el _Lord_ nos vea...

Y luego, llevándome aparte con toda reserva, añadió:

--Tú vas a Salamanca mandado por el _Lord_... ¿eh? como si lo viera... No haya miedo. El que tiene padre alcalde, seguro va a juicio. Bien, amigo... has de saber que en todos estos pueblos estamos preparados, aunque no lo parece. Hasta las mujeres saldrán a pelear... Los franceses quieren que les ayudemos; pero lo que has de dar al mur dalo al gato, y sacarte ha de cuidado. Yo serví algún tiempo con Julián Sánchez, y muchas veces entré en la ciudad como espía... Mal oficio... pero en manos está el pandero que lo saben bien tañer.

--Sr. Cipérez --dije--, ¡vivan los buenos patriotas!

--No esperamos más que ver al inglés para echarnos todos al campo con escopetas, hoces, picos, espadas y cuanto tenemos recogido y guardado.

--Y yo me voy a Salamanca. ¿Me dejarán trabajar en las fortificaciones?

--Peligrosillo es. ¿Y el látigo? Quien a mí me trasquiló, las tijeras le quedaron en la mano... Pero si ahora no trabajan los aldeanos en los fuertes.

--¿Pues quién?

--Los vecinos de la ciudad.

--¿Y los aldeanos?

--Los ahorcan si sospechan que son espías. Que ahorquen. Al freír de los huevos lo verán, y a cada puerco le llega su San Martín... Por mí nada temo ahora, porque en salvo está el que repica.

--Pero yo...

--Ánimo, joven... Dios está en el cielo... y con esto me voy hacia Valverdón, donde me esperan doscientos estudiantes y más de cuatrocientos aldeanos. ¡Viva la patria y Fernando VII! ¡Ah! por si te sirve de algo, puedes decir en Salamanca que vas a buscar hierro viejo para tu señor padre Cipérez el rico... Adiós...

--Adiós, generoso caballero.

--¿Caballero yo? Poco va de Pedro a Pedro... Aunque las calzo no las ensucio... Adiós, muchacho, buena suerte. ¿Sabes bien el camino? Por aquí adelante, siempre adelante. Encontrarás pronto a los franceses; pero siempre adelante, adelante siempre. Aunque mucho sabe la zorra, más sabe el que la toma.

Nos despedimos el bravo Cipérez y yo dándonos fuertes apretones de manos, y seguí a buen paso mi camino.

XV

Detúveme a descansar en Cabrerizos ya muy alta la noche del lunes al martes, y al amanecer del día siguiente, cuando me disponía a hacer mi entrada triunfal en la ciudad, insigne maestra de España y de la civilización del mundo, los franceses, que hasta entonces no me habían incomodado, aparecieron en el camino. Era un destacamento de dragones que custodiaba cierto convoy enviado por Marmont desde Fuentesaúco. A pesar de que no había motivo para creer que aquellos señores se metieran conmigo, yo temía una desgracia; mas disimulé mi zozobra y recelo, arreando al pollino, y afectando divertir la tristeza del camino con cantares alegres.

No me engañó el corazón, pues los invasores de la patria ¡que comidos de los lobos sean antes, ahora y después! sin intentar hacerme manifiesto daño, antes bien un beneficio aparente, contrariaron mi plan de un modo lastimoso.

--Hermosas hortalizas --dijo en francés un cabo, llevando su caballo al mismo paso que mi pollino.

No dije nada, y ni siquiera le miré.

--¡Eh, imbécil! --gritó en lengua híbrida dándome con su sable en la espalda--, ¿llevas esas verduras a Salamanca?

--Sí, señor --respondí afectando toda la estupidez que me era posible.

Un oficial detuvo el paso, y ordenó al cabo que comprase toda mi mercancía.

--Todo, lo compramos todo --dijo el cabo sacando un bolsillo de trapo mugriento--. _¿Combien?_

Hice señas negativas con la cabeza.

--¿No llevas eso a Salamanca para venderlo?

--No, señor: es para un regalo.

--¡Al diablo con los regalos! Nosotros compramos todo, y así, gran imbécil, podrás volverte a tu pueblo.

Comprendí que resistir a la venta era infundir sospechas, y les pedí un sentido por las verduras, cuya escasez era muy grande en aquella época y en aquel país. Mas enfurecido el soldado, amenazome con abrirme bonitamente en dos; subió luego el precio más de lo ofrecido, bajé yo un tantico, y nos ajustamos. Recibí el dinero, mi pollino se quedó sin carga, y yo sin motivo aparente para justificar mi entrada en la ciudad, porque a los que no iban con víveres les daban con la puerta en los hocicos. Seguí, sin embargo, hacia adelante, y el cabo me dijo:

--¡Eh, buen hombre! ¿No os volvéis a vuestro pueblo? No he visto mayor estúpido.

--Señor --repuse--, voy a cargar mi burro de hierro viejo.

--¿Tienes carta de seguridad?

--¿Pues no he de traerla? Cuando estuve en Salamanca hace dos meses, para ver las fiestas del Rey, me la dieron... Pero como ahora no llevo carga, puede que no me dejen entrar a recoger el hierro viejo. Si el señor cabo quiere que vaya con su merced para que diga cómo me compró las verduras... pues, y que voy por hierro viejo.

--Bueno, _saco de papel_: pon tu burro al paso de mi caballo y sígueme; mas no sé si te dejarán entrar, porque hay órdenes muy rigurosas para evitar el espionaje.

Llegamos a la puerta de Zamora, y allí me detuvo con muy malos modos el centinela.

--Déjalo pasar --dijo mi cabo--; le he comprado las verduras y va a cargar de hierro su jumento.

Mirome el cabo de guardia con recelo, y al ver retratada en mi semblante aquella beatífica estupidez propia de los aldeanos que han vivido largo tiempo en lo más intrincado de bosques y dehesas, dijo así:

--Estos palurdos son muy astutos. ¡Eh! _monsieur le badaud_. En esta semana hemos ahorcado a tres espías.

Yo fingí no comprender, y él añadió:

--Puedes entrar si tienes carta de seguridad.

Mostré el documento, y me dejaron pasar.

Atravesé una calle larga, que era la de Zamora, y me condujo en derechura a una grande y hermosa plaza de soportales, ocupada a la sazón por gran gentío de vendedores. Busqué en las inmediaciones posada donde dejar mi burro para poder dedicarme con libertad al objeto de mi viaje, y cuando hube encontrado un mesón, que era el mejor de la ciudad, y acomodado en él con buen pienso de paja y cebada a mi pacífico compañero, salí a la calle. Era la de la Rúa, según me dijo una muchacha a quien pregunté. Mi afán era trasladarme al recinto murallado para recorrerlo todo. De pronto vi multitud de personas de diversas clases que marchaban en tropel, llevando cada cual al hombro azadón o pico. Escoltábanles soldados franceses, y no iban ciertamente muy a gusto aquellos señores.

--Son los habitantes de la ciudad que van a trabajar a las fortificaciones --dije para mí--. Los franceses les llevan a la fuerza.

Aparteme a un lado por temor a que mi curiosidad infundiese sospechas, y andando sin rumbo ni conocimiento de las calles, llegué a un convento, por cuyas puertas entraban a la sazón algunas piezas de artillería. De repente sentí una pesada mano sobre mi hombro, y una voz que en mal castellano me decía:

--¿No tomáis una azada, holgazán? Venid conmigo a casa del comisario de policía.

--Yo soy forastero --repuse--; he venido con mi borriquito...

--Venid y se sabrá quién sois --continuó mirándome atentamente--. Si, _par exemple_, fueseis _espion_...

Mi primer intento fue negarme a seguirle; pero hubiérame vendido la resistencia, y parecía más prudente ceder. Afectando la mayor humildad, seguí a mi extraño aprehensor, el cual era un soldado pequeño y vivaracho, ojinegro, morenito y oficioso, cuyo empaque y modos me hacían poquísima gracia. En el recodo que hacía una calle tortuosa y oscura, traté de burlarle, quedándome un instante atrás para poner los pies en polvorosa con mi habitual ligereza; mas como adivinara el menguado mis intenciones, asiome del brazo y socarronamente me dijo:

--¿Creéis que soy menos listo que vos? Adelante y no deis coces, porque os levanto la tapa de los sesos, señor patán. Ya no me queda duda que sois _espion_. Estábais observando la artillería de las monjas Bernardas. Estábais midiendo la muralla. Sabed que aquí hay unos funcionarios muy astutos que espían a los espías, y yo soy uno de ellos. ¿No habéis bailado nunca al extremo de una cuerda?

Nuevamente sentí impulsos de librarme de aquel hombre por la violencia; mas por fortuna tuve tiempo de reflexionar, sofocando mi cólera y fiando mi salvación a la astucia y al disimulo. Llevome el endemoniado francesillo a un vasto edificio, en cuyo patio vi mucha tropa, y deteniéndose conmigo ante un grupo formado de cuatro robustos y poderosos militarotes de brillante uniforme, bigotazos retorcidos e imponente apostura, me señaló con expresión de triunfo.

--¿Qué traes, _Tourlourou_? --preguntó con fastidio el más viejo de todos.

--Un _crapaud_ pescado ahora mismo.

Quiteme el sombrero, y con aire contrito y humildísimo hice varias reverencias a aquellos apreciables sujetos.

--¡Un _crapaud_! --repitió el viejo oficial, dirigiéndose a mí con fieros ojos--. ¿Quién sois?

--Señor --dije cruzando las manos--, ese señor soldado me ha tomado por un espía. Yo vengo de Escuernavacas a buscar hierro viejo; tengo mi burro en el mesón de una tal tía Fabiana, y me llamo Baltasar Cipérez, para lo que vuecencia guste mandar. Si quieren ahorcarme, ahórquenme... --y luego, sollozando del modo más lastimoso y exhalando gritos de dolor que hubieran conmovido al mismísimo bronce, exclamé--: ¡Adiós, madre querida; adiós, padre de mi corazón: ya no veréis más a vuestro hijito; adiós, Escuernavacas de mi alma, adiós, adiós! Pero yo ¿qué he hecho; qué he hecho yo, señores?

El oficial anciano dijo con calma imperturbable:

--Quitadme de delante este canalla. Sargento Molichard, sargento Molichard, mandad que le encierren en el calabozo. Después le interrogaremos. Ahora estoy muy ocupado. Voy a ver al _maréchal des logis_, porque se dice que esta tarde saldremos de Salamanca.

Presentose otro francés alto como un poste, derecho como un huso, flaco y duro y flexible cual caña de Indias, de fisonomía curtida y burlona, ojos vivos, lacios y negros bigotes, manos y pies de descomunal magnitud. Cuando vi aquel pedazo de militar, de cuya osamenta pendía el uniforme como de una percha; cuando oí su nombre, una idea salvadora iluminó súbito mi cerebro, y pasando del pensamiento a la ejecución con la rapidez de la voluntad humana en casos de apuro, lancé una exclamación en que al mismo tiempo puse afectadamente sorpresa y júbilo; corrí hacia él, me abracé con vehemente ardor a sus rodillas, y llorando dije:

--¡Oh, Sr. Molichard de mi alma, Sr. Molichard, queridísimo y reverenciadísimo! Al fin le encuentro. ¡Y cuánto le he buscado sin que estos pícaros me dieran razón de su merced! Déjeme que le abrace, que bese sus rodillas, y que le reverencie y acate y venere... ¡Oh, Santa Virgen María, qué gozo tan grande!

--Creo que estáis loco, buen hombre --dijo el francés sacudiendo sus piernas.

--Pero ¿no me conoce usía? --añadí--. Pero ¿cómo me ha de conocer, si no me ha visto nunca? Deme esa mano que la bese, y viva mil años el buen Sr. Molichard, que salvó a mi buen padre de la muerte. Soy Baltasar Cipérez: mire mi carta de seguridad; soy hijo del tío Baltasar, a quien llaman Cipérez el rico, natural de Escuernavacas. Bendito sea el señor Molichard. Estoy en Salamanca porque hame mandado mi padre con un obsequio para su merced.

--¡Un obsequio! --exclamó el sargento con alborozado semblante.

--Sí, señor, un obsequio miserable, pues lo que usía ha hecho no lo pagará mi padre con los pobres frutos de su huerta.

--¡Verduras! ¿Y dónde están? --dijo Molichard volviendo en derredor los ojos.

--Me las quitó en el camino un cabo de dragones, cuyo nombre no sé; pero que debe de andar por aquí, y podrá dar testimonio de lo que digo. Pues poco le gustaron a fe. Regostose la vieja a los bledos, no dejó verdes ni secos.

--¡Oh, peste de dragones! --exclamó con furia el protector de mi padre--. Yo se las sacaré de las tripas.

--Me obligó a que se las vendiera --continué--; pero puedo dar a usía el dinero que me entregó: además, en el primer viaje que haga a Salamanca, traeré, no una, sino dos cargas para el Sr. Molichard. Mas no es el único obsequio que traigo a su merced. Mi padre no sabía qué hacer, porque quien da luego da dos veces; mi madre, que no ha venido en persona a ponerse a los pies de usía porque le están echando cintas nuevas a la mantilla, quería que padre echase la casa por la ventana para obsequiar a su protector, y cuando me puse en camino pensaron los dos que la verdura era regalo indigno de su agradecido corazón, liberalidad y mucha hacienda; por cuya razón diéronme tres doblones de oro para que en Salamanca comprase para usía un tercio de vino de la Nava, que aquí lo hay bueno, y el del pueblo revuelve los hígados.

--El Sr. Cipérez es hombre generoso --dijo el francés pavoneándose ante sus amigos, que no estaban menos absortos y gozosos que él.

--Lo primero que hice en Salamanca esta mañana fue contratar el tercio en el mesón de la tía Fabiana. Conque vamos por él...

--El vino de la tía Fabiana no puede ser mejor que el que hay en la taberna de la Zángana. Puedes comprarlo allí.

--Daré aína el dinero a su merced para que lo compre a su gusto. Bien dicen que al que Dios quiere bien, en casa le traen de comer. ¡Cuánto trabajo para encontrar al Sr. Molichard! Preguntaba a todo el mundo, sin que nadie me diera razón, hasta que este buen amigo me tomó por espía y trájome aquí... no hay mal que por bien no venga... ¡Al fin he tenido el gusto de abrazar al amigo de mi padre! ¡Qué casualidad! Ojos que se quieren bien, desde lejos se ven... Sr. Molichard, cuando me deje su merced en el calabozo, donde el oficial mandó que me pusieran, puede ir a escoger el vino que más le acomode. ¡Bendito sea Dios, que hizo rico a mi buen padre para poder pagar con largueza los beneficios! Mi padre quiere mucho al Sr. Molichard. Quien te da el hueso no quiere verte muerto.

--En lo de ensartar refranes --dijo Molichard--, se conoce la sangre del Sr. Cipérez.

--Si bien canta el cura, no le va en zaga el monaguillo.

Molichard pareció indeciso, y después de consultar a sus compañeros con la vista y algún monosílabo que no entendí, me dijo:

--Yo bien quisiera no encerraros en el calabozo, porque, en verdad, cuando le obsequian a uno de parte del Sr. Cipérez... pero...

--No... no se apure por mí el Sr. Molichard --dije con la mayor naturalidad del mundo--. Ni quiero que por mí le riña el señor oficial. Al calabozo. Como estoy seguro de que el señor oficial y todos los oficiales del mundo se convencerán de que no soy malo...

--En el calabozo lo pasaríais mal, joven... --dijo el francés--. Veremos. Se le dirá al oficial que...

--El oficial no se acuerda ya de lo que mandó --afirmó Tourlourou, quien, por encantamiento, había olvidado sus rencores contra mí.

--¡Eh! Jean-Jean --gritó Molichard llamando a un compañero que cercano al lugar de la escena pasaba, y en cuya pomposa figura conocí al cabo de dragones que comprara mis verduras en el camino.

Acercose Jean-Jean, por quien fui al punto reconocido.

--Buen amigo --le dije--, me parece que fue su merced quien me compró las verduras que traje para el señor. ¿No dije que eran para un regalo?

--A saber que eran para este _chauve souris_--dijo Jean-Jean--, no os hubiera dado un céntimo por ellas.

--Jean-Jean --gritó Molichard en francés--, ¿te gusta el vino de la Nava?

--Verlo no. ¿Dónde lo hay?

--Mira, Jean-Jean. Este joven me ha regalado un trago. Pero tenemos que ponerle a él en el calabozo...

--¡En el calabozo!

--Sí, _mon vieux_: le han tomado por espía sin serlo.

--Vámonos a la taberna los cuatro --dijo Tourlourou--, y luego el señor se quedará en su calabozo.

--Yo no quiero que por mí se indispongan sus mercedes con los jefes --dije con humildad y apocamiento--. Llévenme a la prisión, enciérrenme... Cada lobo en su senda y cada gallo en su muladar.

--¿Qué es eso de encerrar? --gritó Molichard en tono campechano y tocando las castañuelas con los dedos--. A casa de la Zángana, _messieurs_. Cipérez, nosotros respondemos de ti.

XVI

--¿Y si se enfada el oficial? Yo no me muevo de aquí.

--Un francés, un soldado de Napoleón --dijo Tourlourou con gesto parecido al de Bonaparte, señalando las pirámides--, no bebe tranquilo mientras que su amigo español se muere de sed en una mazmorra. Bravo, Cipérez --añadió abrazándome--, sois el primero entre mis camaradas. Abracémonos... Bien, así... amigos hasta la muerte. Señores, ved juntos aquí _l’aigle de l’Empire et le lion de l’Espagne_.

Francamente, a mí, león de España, me hacían poquísima gracia, como a aquella, los abrazos del águila del Imperio.

Y con esto y otros excesos verbales de los tres servidores del gran Imperio, me sacaron fuera del cuartel y en procesión lleváronme a un ventorrillo cercano a las fortificaciones de San Vicente.

--Sr. Molichard, aparte del tercio de lo de la Nava, que es regalo de mi señor padre, yo pago todo el gasto --dije al entrar.

En poco tiempo, Tourlourou, Molichard y Jean-Jean regalaron sus venerandos cuerpos con lo mejor que había en la bodega, y helos aquí que por grados perdían la serenidad, si bien el cabo de dragones parecía tener más resistencia alcohólica que sus ilustres compañeros de armas y de vino.

--¿Tiene mucha hacienda vuestro padre? --me preguntó Molichard.

--Bastante para pasar --respondí con modestia.

--Llámanle Cipérez el rico.

--Cierto, y lo es... Veo que mi obsequio parece poco... Por ahí se empieza. Ya sabemos que sobre un huevo pone la gallina.

--No digo eso. ¡A la salud de _monsieurrrr_ Cipérez!

--Esto que hoy he traído, es porque como venía a mercar hierro viejo... Pero mi padre y mi madre y toda mi familia vendrán en procesión _solene_ con algo mejor. Sr. Molichard, mi hermana quiere conocer al Sr. Molichard...

--Es una linda muchacha, según decía Cipérez. ¡A la salud de María Cipérez!

--Muy guapa, parece un sol, y cuantos la ven la tienen por princesa.

--Y una buena dote... Si al fin irá uno a dejar su pellejo en España. Digamos como Luis XIV: «Ya no hay _Pirrineos_...» Bebed, Baltasarico.

--Yo tengo muy floja la cabeza. Con tres medias copas que he bebido, ya estoy como si me hubieran metido a toda Salamanca entre sien y sien --dije fingiendo el desvanecimiento de la embriaguez.

Jean-Jean cantaba:

_Le crocodile en partant pour la guerre_ _Disait adieux à ses petits enfants._

_Le malheureux_ _Trainait sa queue_ _Dans la poussière..._

Tourlourou, después de remedar el gato y el perro, púsose de pie y con gesto majestuoso exclamó:

--Camaradas, desde lo alto de esta botella _quarrrrante siècles vous contemplent_.

Yo dije a Molichard:

--Señor sargento, como no acostumbro a beber, me he mareado de tal modo... Voy a salir un momento a tomar el aire. ¿Ha escogido usted su vino de la Nava?

Y sin esperar contestación pagué a la Zángana.

--Bien: vamos un momento afuera --repuso Molichard tomándome del brazo.