Part 13
Pero no había medio humano de realizar mi pensamiento. Estaba en poder de Santorcaz, como si dijéramos, en poder del demonio. Traté de acercarme a Inés para hablarla a solas un momento, con esperanzas de hallar en ella un amoroso cómplice de mi deseo; pero Santorcaz con claro designio y Miss Fly quizás sin intención, me lo impidieron. Inés misma parecía tener empeño en no honrarme con una sola mirada de sus amantes ojos.
Athenais, conservando su falda de amazona, se había transfigurado, escondiendo graciosamente su busto y hermosa cabeza bajo los pliegues de un manto español.
--¿Qué tal estoy así? --me dijo riendo, en un instante que estuvimos solos.
--Bien --contesté fríamente, preocupado con otra imagen que atraía los ojos de mi alma.
--¿Nada más que bien?
--Admirablemente. Está usted hermosísima.
--Vuestra novia, Sr. Araceli --dijo con expresión festiva y algo impertinente--, es bastante sencilla.
--Un poco, señora.
--Está buena para un pobre hombre... ¿Pero es cierto que amáis... a eso?
«¡Oh! Dios de los cielos --dije para mí sin hacer caso de Miss Fly--, ¿no habrá un medio de que yo escape solo con ella?»
Iba la inglesa a repetir su pregunta, cuando Santorcaz nos llamó, dándonos prisa para que bajásemos. Él y sus amigos habían forrado sus personas en miserables vestidos.
--Las dos señoras, en el coche que guiará Juan --dijo D. Luis--. Tres a caballo, y los otros en el carro. Araceli, entra en el carro con Monsalud y Canencia.
--Padre, no vayas a caballo --dijo Inés--. Estás muy enfermo.
--¿Enfermo? Más fuerte que nunca... Vamos: en marcha... Es muy tarde.
Distribuyéronse los viajeros conforme al programa, y pronto salimos, en burlesca procesión, de la casa y de la calle y de Salamanca. ¡Oh, Dios poderoso! Me parecía que había estado un siglo dentro de la ciudad. Cuando, sin hallar obstáculos en las calles ni en la muralla, me vi fuera de las temibles puertas, me pareció que tornaba a la vida.
Según orden de Santorcaz, el cochecillo donde iban las dos damas marchaba delante; seguían los jinetes, y luego los carros, en uno de los cuales tocome subir con los dos interesantes personajes citados. Al verme en el campo libre, si se calmó mi desasosiego por los peligros que corría dentro de _Roma la chica_, sentí una aflicción vivísima por causas que se comprenderán fácilmente. Me era forzoso correr hacia el cuartel general, abandonando aquel extraño convoy donde iban los amores de toda mi vida, el alma de mi existencia, el tesoro perdido, encontrado y vuelto a perder, sin esperanza de nueva recuperación. Llevado, arrastrado yo mismo por aquella cuadrilla de demonios, ni aun me era posible seguirla, y el deber me obligaba a separarme en medio del camino. La desesperación se apoderó de mí, cuando mis ojos dejaron de ver en la oscuridad de la noche a las dos mujeres que marchaban delante. Salté al suelo, y corriendo con velocidad increíble, pues la hondísima pena parecía darme alas, grité con toda la fuerza de mis pulmones:
--¡Inés, Miss Fly!... aquí estoy... parad, parad...
Santorcaz corrió al galope detrás de mí y me detuvo.
--Gabriel --gritó--, ya te he sacado de la ciudad, y ahora puedes marcharte dejándonos en paz. A mano derecha tienes el camino de Aldea-Tejada.
--¡Bandido! --exclamé con rabia--. ¿Crees que si no me hubieras quitado las armas me marcharía solo?
--¡Muy bravo estás!... Buen modo de pagar el beneficio que acabo de hacerte... Márchate de una vez. Te juro que si vuelves a ponerte delante de mí y te atreves a amenazarme, haré contigo lo que mereces.
--¡Malvado!... --grité abalanzándome al arzón de su cabalgadura y hundiendo mis dedos en sus flacos muslos--. ¡Sin armas estoy y podré dar cuenta de ti!
El caballo se encabritó, arrojándome a cierta distancia.
--¡Dame lo que es mío, ladrón! --exclamé tornando hacia mi enemigo--. ¿Crees que te temo? Baja de ese caballo... devuélveme mi espada y veremos.
Santorcaz hizo un gesto de desprecio, y en el silencio de la noche oí el rumor de su irónica risa. El otro jinete, que era el semejante a un toro, se le unió incontinenti.
--O te marchas ahora mismo --dijo Don Luis--, o te tendemos en el camino.
--La señora inglesa ha de partir conmigo. Hazla detener --dije dominando la intensa cólera que a causa de mi evidente inferioridad me sofocaba.
--Esa dama irá a donde quiera.
--¡Miss Fly, Miss Fly! --grité ahuecando ambas manos junto a mi boca.
Nadie me respondía, ni aun llegaba a mis oídos el rumor de las ruedas del coche. Corrí largo trecho al lado de los caballos, fatigado, jadeante, cubierto de sudor y con profunda agonía en el alma... Volví a gritar luego, diciendo:
--¡Inés, Inés! ¡Aguarda un instante... allá voy!
Las fuerzas me faltaban. Los jinetes se dirigieron en disposición amenazadora hacia mí; pero un resto de energía física que aún conservaba, me permitió librarme de ellos, saltando fuera del camino. Pasaron adelante los caballos, y las carcajadas de Santorcaz y del hombre-toro resonaron en mis oídos como el graznar de pájaros carniceros que revoloteaban junto a mí, describiendo pavorosos círculos en torno a mi cabeza. Si mi cuerpo estaba desmayado y casi exánime, conservaba aún voz poderosa, y vociferé mientras creí que podía ser oído:
--¡Miserables!... ya caeréis en mi poder... ¡Eh, Santorcaz, no te descuides!... ¡allá iré yo!... ¡allá iré!
Bien pronto se extinguió a lo lejos el ruido de herraduras y ruedas. Me quedé solo en el camino. Al considerar que Inés había estado en mi mano y que no me había sido posible apoderarme de ella, sentía impulsos de correr hacia adelante, creyendo que la rabia bastaría a hacer brotar de mi cuerpo las potentes alas del cóndor... En mi desesperada impotencia me arrojaba al suelo, mordía la tierra, y clamaba al cielo con alaridos que habrían aterrado a los transeúntes, si por aquella desolada llanura hubiese pasado en tal hora alma viviente... ¡Se me escapaba quizá para siempre! Registré el horizonte en derredor, y todo lo vi negro; pero las imágenes de los dos ejércitos pertenecientes a las dos naciones más poderosas del mundo se presentaron a mi agitada imaginación. ¡Por allí los franceses... por acá los ingleses! Un paso más, y el humo y los clamores de sangrienta batalla se elevarán hasta el cielo; un paso más, y temblará, con el peso de tanto cuerpo que cae, este suelo en que me sostengo.
--¡Oh, Dios de las batallas, guerra y exterminio es lo que deseo! --exclamé--. Que no quede un solo hombre de aquí hasta Francia... Araceli, al cuartel real... Wellington te espera.
Esta idea calmó un tanto mi exaltación, y me levanté del suelo en que yacía. Cuando di los primeros pasos experimenté esa suspensión del ánimo, ese asombro indefinible que sentimos en el momento de observar la falta o pérdida de un objeto que poco antes llevábamos.
--¿Y Miss Fly? --dije deteniéndome estupefacto--. No lo sé... adelante.
XXV
Seguro de que los franceses habían tomado la dirección de Toro, me encaminé yo hacia el mediodía buscando el Valmuza, riachuelo que corre a cuatro o cinco leguas de la capital. Marchaba a pie con toda la prisa que me permitían el mucho cansancio corporal y las fatigas del alma, y a las ocho de la mañana entré en Aldea-Tejada, después de vadear el Tormes y recorrer un terreno áspero y desigual desde Tejares. Unos aldeanos dijéronme antes de llegar allí que no había franceses en los alrededores ni en el pueblo, y en este oí decir que por Siete Carreras y Tornadizos se habían visto en la noche anterior muchísimos ingleses.
--Cerca están los míos --dije para mí; y tomando algo de lo necesario para sustentarme, seguí adelante.
Nada me aconteció digno de notarse hasta Tornadizos, donde encontré la vanguardia inglesa y varias partidas de D. Julián Sánchez. Eran las diez de la mañana.
--Un caballo, señores, préstenme un caballo --les dije--. Si no, prepárense a oír al señor Duque... ¿Dónde está el cuartel general? Creo que en Bernuy. Un caballo pronto.
Al fin me lo dieron, y lanzándolo a toda carrera primero por el camino, y después por trochas y veredas, a las doce menos cuarto estaba en el cuartel general. Vestí a toda prisa mi uniforme, informándome al mismo tiempo de la residencia de Lord Wellington para presentarme a él al instante.
--El Duque ha pasado por aquí hace un momento --me dijo Tribaldos--. Recorre el pueblo a pie.
Un momento después encontré en la plaza al señor Duque, que volvía de su paseo. Conociome al punto, y acercándome a él le dije:
--Tengo el honor de manifestar a Vuecencia que he estado en Salamanca, y que traigo todos los datos y noticias que Vuecencia desea.
--¿Todos? --dijo Wellington sin hacer demostración alguna de benevolencia ni de desagrado.
--Todos, mi general.
--¿Están decididos a defenderse?
--El ejército francés ha evacuado ayer tarde la ciudad, dejando solo ochocientos hombres.
Wellington miró al general portugués Troncoso, que a su lado venía. Sin comprender las palabras inglesas que se cruzaron, me pareció que el segundo afirmaba:
--Lo ha adivinado Vuecencia.
--Este es el plano de las fortificaciones que defienden el paso del puente --dije alargando el croquis que había sacado.
Tomolo Wellington, y después de examinarlo con profundísima atención, preguntó:
--¿Está usted seguro de que hay piezas giratorias en el revellín y ocho piezas comunes en el baluarte?
--Las he contado, mi general. El dibujo será imperfecto; pero no hay en él una sola línea que no sea representación de una obra enemiga.
--¡Oh, oh! Un foso desde San Vicente al Milagro --exclamó con asombro.
--Y un parapeto en San Vicente.
--San Cayetano parece fortificación importante.
--Terrible, mi general.
--Y estas otras en la cabecera del puente...
--Que se unen a los fuertes por medio de estacadas en zig-zag.
--Está bien --dijo complacido, guardando el croquis--. Ha desempeñado usted su comisión satisfactoriamente a lo que parece.
--Estoy a las órdenes de mi general.
Y luego, volviendo en derredor la perspicaz mirada, añadió:
--Me dijeron que Miss Fly cometió la temeridad de ir también a Salamanca a ver los edificios. No la veo.
--No ha vuelto --dijo un inglés de los de la comitiva.
Interrogáronme todos con alarmantes miradas, y sentí cierto embarazo. Hubiera dado cualquier cosa porque la señorita Fly se presentase en aquel momento.
--¿Que no ha vuelto? --dijo el Duque con expresión de alarma y clavando en mí sus ojos--. ¿Dónde está?
--Mi general, no lo sé --respondí bastante contrariado--. Miss Fly no fue conmigo a Salamanca. Allí la encontré, y después... Nos separamos al salir de la ciudad, porque me era preciso estar en Bernuy antes de las doce.
--Está bien --dijo Lord Wellington como si creyese haber dado excesiva importancia a un asunto que en sí no la tenía--. Suba usted al instante a mi alojamiento para completar los informes que necesito.
No había dado dos pasos, marchando humildemente a la cola de la comitiva del señor Duque, cuando detúvome un oficial inglés, algo viejo, pequeño de rostro, no menos encarnado que su uniforme, y cuya carilla arrugada y diminuta se distinguía por cierta vivacidad impertinente, de que eran signos principales una nariz picuda y unos espejuelos de oro. Acostumbrados los españoles a considerar ciertas formas personales como inherentes al oficio militar, nos causaban sorpresa y aun risa aquellos oficiales de Artillería y Estado Mayor, que parecían catedráticos, escribanos, vistas de aduanas o procuradores.
Mirome el coronel Simpson, pues no era otro, con altanería; mirele yo a él del mismo modo, y una vez que nos hubimos mirado a sabor de entrambos, dijo él:
--Caballero, ¿dónde está Miss Fly?
--Caballero, ¿lo sé yo acaso? ¿Me ha constituido el Duque en custodio de esa hermosa mujer?
--Se esperaba que Miss Fly regresase con usted de su visita a los monumentos arquitectónicos de Salamanca.
--Pues no ha regresado, caballero Simpson. Yo tenía entendido que Miss Fly podía ir y venir y partir y tornar cuando mejor le conviniese.
--Así debiera ser y así lo ha hecho siempre --dijo el inglés--; pero estamos en una tierra donde los hombres no respetan a las señoras, y pudiera suceder que Athenais, a pesar de su alcurnia, no tuviese completa seguridad de ser respetada.
--Miss Fly es dueña de sus acciones --le contesté--. Respecto a su tardanza o extravío, ella sola podrá informar a usted cuando parezca.
Era ciertamente gracioso exigirme la responsabilidad de los pasos malos o buenos de la antojadiza y volandera inglesa, cuando ella no conocía freno alguno a su libertad, ni tenía más salvaguardia de su honor que su honor mismo.
--Esas explicaciones no me satisfacen, caballero Araceli --me dijo Simpson dignándose dirigir sobre mí una mirada de enojo, que adquiría importancia al pasar por el cristal de sus espejuelos--. El insigne Lord Fly, conde de Chichester, me ha encargado que cuide de su hija...
--¡Cuidar de su hija! ¿Y usted lo ha hecho?... Cuando estuvo a punto de perecer en Sancti Spíritus, no le vi a su lado... ¡Cuidar de ella! ¿De qué modo se cuida a las señoritas en Inglaterra? ¿Dejando que los españoles les ofrezcan alojamiento, que las acompañen a visitar abadías y castillos?
--Siempre han acompañado a esa señorita dignos caballeros que no abusaron de su confianza. No se temen debilidades de Miss Fly, que tiene el mejor de los guardianes en su propio decoro; se temen, caballero Araceli, las violencias, los crímenes que son comunes en las naturalezas apasionadas de esta tierra. En suma, no me satisfacen las explicaciones que usted ha dado.
--No tengo que añadir, respecto al paradero de Miss Fly, ni una palabra más a lo que ya tuve el honor de manifestar a Lord Wellington.
--Basta, caballero --repuso Simpson poniéndose como un pimiento--. Ya hablaremos de esto en ocasión más oportuna. He manifestado mis recelos a D. Carlos España, el cual me ha dicho que no era usted de fiar... Hasta la vista.
Apartose de mí vivamente para unirse a la comitiva, que estaba muy distante, y dejome en verdad pensativo el venerable y estudioso oficial. Poco después D. Carlos España me decía riendo con aquella expansión franca y un tanto brutal que le era propia:
--Picarón redomado, ¿dónde demonios has metido a la amazona? ¿Qué has hecho de ella? Ya te tenía yo por buena alhaja. Cuando el coronel Simpson me dijo que estaba sobre ascuas, le contesté: «No tenga usted duda, amigo mío: los españoles miran a todas las mujeres como cosa propia.»
Traté de convencer al general de mi inocencia en aquel delicado asunto; pero él reía, antes impulsado por móviles de alabanza que de vituperio, porque los españoles somos así. Luego le conté cómo habiendo necesitado del auxilio de los masones para salir de Salamanca, nos acompañamos de ellos hasta llegar a buen trecho de la ciudad; mas cuando indiqué que Miss Fly les había seguido, ni España ni ninguno de los que me escuchaban quisieron creerme.
Cuando fui al alojamiento del general en jefe para informarle de mil particularidades que él quería conocer relativas a los conventos destruidos, a municiones, a víveres, al espíritu de la guarnición y del vecindario, hallé al Duque, con quien conferencié más de hora y media, tan frío, tan severo conmigo, que se me llenó el alma de tristeza. Recogía mis noticias, harto preciosas para el ejército aliado, sin darme claras y vehementes señales, cual yo esperaba, de que mi servicio fuese estimado, o como si, estimando el hecho, menospreciara la persona. Hizo elogios del croquis; pero me parecía advertir en él cierta desconfianza, y hasta la duda de que aquel minucioso dibujo fuese exacto.
Consternado yo, mas lleno de respeto hacia aquel grave personaje, a quien todos los españoles considerábamos entonces poco menos que un Dios, no osé desplegar los labios en materia alguna distinta de las respuestas que tenía que dar; y cuando el héroe de Talavera me despidió con una cortesía rígida y fría como el movimiento de una estatua que se dobla por la cintura, salí lleno de confusiones y sobresaltos, mas también de ira, porque yo comprendía que alguna sospecha tan grave como injusta deslustraba mi buen concepto. ¡Después de tantos trabajos y fatigas por prestar servicio tan grande al ejército aliado, no se me trataba con mayor estima que a un vulgar y mercenario espía! ¡Yo no quería grados ni dinero en pago de mi servicio! Quería consideración, aprecio, y que el _Lord_ me llamase su amigo o que desde lo alto de su celebridad y de su genio dejase caer sobre mi pequeñez cualquier frase afectuosa y conmovedora, como la caricia que se hace al perro leal; pero nada de esto había logrado. Trayendo a mi memoria a un mismo tiempo y en tropel confuso las sofocaciones del día anterior, mi croquis, mis servicios, mis apuros, los horrendos peligros, y después la fisonomía severa y un tanto ceñuda de Lord Wellington, el despecho me inspiraba frases íntimas como la siguiente:
«Quisiera que hubieses estado en poder de Jean-Jean y de Tourlourou, a ver si ponías esa cara... Una cosa es mandar desde la tienda de campaña, y otra obedecer en la muralla... Una cosa es la orden y otra el peligro... Expóngase uno cien veces a morir por un...»
XXVI
Esta y otras cosas peores que callo, decía yo aquella tarde cuando partimos hacia Salamanca, a cuyas inmediaciones llegamos antes de anochecido, alejándonos después de la ciudad para pasar el Tormes por los vados del Canto y San Martín. Por todas partes oía decir:
--Mañana atacaremos los fuertes.
Yo, que los había visto, que los había examinado, conocía que esto no podía ser.
--¡Si creerán ustedes que esos fuertes son juguetes como los que hicieron en Madrid el 3 de diciembre! --decía yo a mis amigos, dándome cierta importancia--. ¡Si creerán ustedes que la artillería que los defiende es alguna batería de cocina!
Y aquí encajaba descripciones ampulosas, que concluían siempre así:
--Cuando se han visto las cosas, cuando se las ha medido palmo a palmo, cuando se las ha puesto en dibujo con más o menos arte, es cuando puede formarse idea acabada de ellas.
--Di, ¿y a Miss Fly también la has visto, la has medido palmo a palmo, y la has puesto en dibujo con más o menos arte? --me preguntaban.
Esto me volvía a mis melancolías y _saudades_ (hablando en portugués), ocasionadas por el disfavor de Lord Wellington, por el ningún motivo e injusticia de su frialdad y desabrimiento con un servidor leal y obediente soldado.
Wellington mandó atacar los fuertes por mera conveniencia moral y por infundir aliento a los soldados, que no habían combatido desde Arroyomolinos. Harto conocía el señor Duque que aquellas obras formadas sobre las robustísimas paredes de los conventos no caerían sino ante un poderoso tren de batir, y al efecto hizo venir de Almeida piezas de gran calibre. Esperando, pues, el socorro, y simulando ataques, pasaron dos o tres días, en los cuales nada histórico ni particular ocurrió digno de ser contado, pues ni adquirió Lord Wellington nuevos títulos nobiliarios, ni pareció Miss Fly, ni tuve noticias del rumbo que tomaron los traviesos y mil veces malditos masones.
De lo ocurrido entonces, únicamente merecen lugar, y por cierto muy preferente, en estas verídicas relaciones, las miradas que me echaba de vez en cuando el coronel Simpson y sus palabras agresivas, a que yo le contestaba siempre con las peores disposiciones del mundo. Y francamente, señores, yo estaba inquieto, casi tan inquieto como el sabio coronel Simpson, porque pasaban días y continuaba el eclipse de Miss Fly. Creí entender que se hacían averiguaciones minuciosas; creí entender ¡oh, cielos! que me amenazaba un severo interrogatorio, al cual seguirían rigurosas medidas penales contra mí; pero Dios, para salvarme sin duda de castigos que no merecía, permitió que el día 20 muy de mañana apareciese en los cerros del Norte... no la romancesca e interesante inglesa, sino el Mariscal Marmont con 40.000 hombres.
El mismo día en que se nos presentó el francés por el mismo camino de Toro, se suspendió el ataque de los fuertes, e hicimos varios movimientos para tomar posiciones si el enemigo nos provocaba a trabar batalla. Mas pronto se conoció que Marmont no tenía ganas de lanzar su ejército contra nosotros, siendo su intento, al aproximarse, distraer las fuerzas sitiadoras, y tal vez introducir algún socorro en los fuertes. Pero Wellington, aunque no se había recibido la artillería de Almeida, persistía con tenacidad sajona en apoderarse de San Vicente y de San Cayetano, los dos formidables conventos arreglados para castillos por una irrisión de la historia. ¡Me parecía estar viéndolos aún desde la torre de la Merced!
La tenacidad, que a veces es en la guerra una virtud, también suele ser una falta, y el asalto de los conventos lo fue manifiestamente; cosa rara en Wellington, que no solía equivocarse... La división española se hallaba en Castellanos de los Moriscos observando al francés, que ya se corría a la derecha, ya a la izquierda, cuando nos dijeron que en el asalto infructuoso de San Cayetano habían perecido 120 ingleses y el general Rowes, distinguidísimo en el ejército aliado.
--Ahora se ve cómo también los grandes hombres cometen errores --dije a mis amigos--. A cualquiera se le alcanzaba que San Vicente y San Cayetano no eran corrales de gallinas; pero respetemos las equivocaciones de los de arriba.
--¡Ya está! ¡Ya está ahí... albricias! ¡Ya la tenemos ahí! --exclamó D. Carlos España, que a la sazón, de improviso, se había presentado.
--¿Quién, Miss Fly? --pregunté con vivo gozo.
--La artillería, señores, la artillería gruesa que se mandó traer de Almeida. Ya ha llegado a Pericalbo; esta tarde estará en las paralelas, se montará mañana y veremos lo que valen esos fuertes que fueron conventos.
--¡Ah, bien venida sea!... creí que hablaba usted de Miss Fly, por cuya aparición daría las dos manos que tengo...
Vino efectivamente, no Miss Fly, que acerca de esta ni alma viviente sabía palabra, sino la artillería de sitio, y Marmont, que lo adivinó, quiso pasar el río para distraer fuerzas a la izquierda del Tormes. Le vimos correrse a nuestra derecha, hacia Huerta, y al punto recibimos orden de ocupar a Aldealuenga. Como los franceses cruzaron el Tormes, lo pasó también el general Graham, y en vista de este movimiento, pusieron los pies en polvorosa. Marmont, que no tenía bastantes fuerzas, careciendo principalmente de caballería, no osaba empeñar ninguna acción formal.
Por lo demás, ante la artillería de sitio, San Vicente y San Cayetano no ofrecieron gran resistencia. Los ingleses (y esto lo digo de referencia, pues nada vi) abrieron brecha el 27 e incendiaron con bala roja los almacenes de San Vicente. Pidieron capitulación los sitiados; mas Wellington, no queriendo admitir condiciones ventajosas para ellos, mandó asaltar la Merced y San Cayetano, escalando el uno y penetrando en el otro por las brechas. Quedó prisionera la guarnición.
Este suceso colmó de alegría a todo el ejército, mayormente cuando vimos que Marmont se alejaba a buen paso hacia el Norte, ignorábamos si en dirección a Toro o a Tordesillas, porque nuestras descubiertas no pudieron determinarlo a causa de la oscuridad de la noche. Pero he aquí que pronto debíamos saberlo, porque la división española y las guerrillas de D. Julián Sánchez recibieron orden de dar caza a la retaguardia francesa, mientras todo el ejército aliado, una vez asegurada Salamanca, marchaba también hacia las líneas del Duero.