La Barraca

Chapter 5

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Una tarde volvió Batiste de Valencia, muy contento del resultado de su viaje. No quería en su casa brazos inútiles. Batistet, cuando no había labor en el campo, buscaba ocupación yendo á la ciudad á recoger estiércol. Quedaba la chica, una mocetona que, terminado el arreglo de la barraca, no servía para gran cosa, y gracias á la protección de los hijos de don Salvador, que se mostraban contentísimos con el nuevo arrendatario, acababa de conseguir que la admitiesen en una fábrica de sedas.

Desde el día siguiente, Roseta formaría parte del rosario de muchachas que, despertando con la aurora, iban por todas las sendas con la falda ondeante y la cestita al brazo camino de la ciudad, para hilar el sedoso capullo entre sus gruesos dedos de hijas de la huerta.

Al llegar Batiste á las inmediaciones de la taberna de _Copa_, un hombre apareció en el camino saliendo de una senda inmediata y marchó hacia él lentamente, dando á entender su deseo de hablarle.

Batiste se detuvo, lamentando en su interior no llevar consigo ni una mala navaja, ni una hoz, pero sereno, tranquilo, irguiendo su cabeza redonda con la expresión imperiosa tan temida por su familia y cruzando sobre el pecho los forzudos brazos de antiguo mozo de molino.

Conocía á aquel hombre, aunque jamás había hablado con él. Era _Pimentó_.

Al fin ocurría el encuentro que tanto había temido.

El valentón midió con una mirada al odiado intruso, y le habló con voz melosa, esforzándose por dar á su ferocidad y mala intención un acento de bondadoso consejo.

Quería decirle dos razones: hacía tiempo que lo deseaba; pero ¿cómo hacerlo, si nunca salía de sus tierras?

--_Dos rahonetes no més_...[5]

[5]--Dos razoncitas nada más...

Y soltó el par de razones, aconsejándole que dejase cuanto antes las tierras del tío _Barret_. Debía creer á los hombres que le querían bien, á los conocedores de las costumbres de la huerta. Su presencia allí era una ofensa, y la barraca casi nueva un insulto á la pobre gente. Había que seguir su consejo, é irse á otra parte con su familia.

Batiste sonreía irónicamente mientras hablaba _Pimentó_, y éste, al fin, pareció confundido por la serenidad del intruso, anonadado al encontrar un hombre que no sentía miedo en su presencia.

«¿Marcharse él?... No había guapo que le hiciera abandonar lo que era suyo, lo que estaba regado con su sudor y había de dar el pan á su familia. Él era un hombre pacífico, ¿estamos? pero si le buscaban las cosquillas, era tan valiente como el que más. Cada cual que se meta en su negocio, y él haría bastante cumpliendo con el suyo sin faltar á nadie.»

Luego, pasando ante el matón, continuó su camino, volviéndole la espalda con una confianza despectiva.

_Pimentó_, acostumbrado á que le temblase toda la huerta, se mostraba cada vez más desconcertado por la serenidad de Batiste.

--_¿Es la darrera paraula?_[6]--le gritó cuando estaba ya á cierta distancia.

[6]--¿Es la última palabra?

--_Sí; la darrera_--contestó Batiste sin volverse.

Y siguió adelante, desapareciendo en una revuelta del camino. A lo lejos, en la antigua barraca de _Barret_, ladraba el perro olfateando la proximidad de su amo.

Al quedar solo, _Pimentó_ recobró su soberbia. «¡Cristo! ¡Y cómo se había burlado de él aquel tío!» Masculló algunas maldiciones, y cerrando el puño señaló amenazante la curva del camino por donde había desaparecido Batiste.

--_Tú me les pagarás.... ¡Me les pagarás, morral!_

En su voz, trémula de rabia, vibraban condensados todos los odios de la huerta.

IV

Era jueves, y según una costumbre que databa de cinco siglos, el Tribunal de las Aguas iba á reunirse en la puerta de los Apóstoles de la Catedral de Valencia.

El reloj de la torre llamada el Miguelete señalaba poco más de las diez, y los huertanos juntábanse en corrillos ó tomaban asiento en los bordes del tazón de la fuente que adorna la plaza, formando en torno al vaso una animada guirnalda de mantas azules y blancas, pañuelos rojos y amarillos ó faldas de indiana de colores claros.

Llegaban unos tirando de sus caballejos con el serón cargado de estiércol, contentos de la colecta hecha en las calles; otros en sus carros vacíos, procurando enternecer á los guardias municipales para que les dejasen permanecer allí; y mientras los viejos conversaban con las mujeres, los jóvenes se metían en el cafetín cercano, para matar el tiempo ante la copa de aguardiente, mascullando su cigarro de tres céntimos.

Toda la huerta que tenía agravios que vengar estaba allí, gesticulante y ceñuda, hablando de sus derechos, impaciente por soltar ante los síndicos ó jueces de las siete acequias el interminable rosario de sus quejas.

El alguacil del tribunal, que llevaba más de cincuenta años de lucha con esta tropa insolente y agresiva, colocaba á la sombra de la portada ojival las piezas de un sofá de viejo damasco, y tendía después una verja baja, cerrando el espacio de acera que había de servir de sala de audiencia.

La puerta de los Apóstoles, vieja, rojiza, carcomida por los siglos, extendiendo sus roídas bellezas á la luz del sol, formaba un fondo digno del antiguo tribunal: era como un dosel de piedra fabricado para cobijar una institución de cinco siglos.

En el tímpano aparecía la Virgen con seis ángeles de rígidas albas y alas de menudo plumaje, mofletudos, con llameante tupé y pesados tirabuzones, tocando violas y flautas, caramillos y tambores. Corrían por los tres arcos superpuestos de la portada tres guirnaldas de figurillas, ángeles, reyes y santos, cobijándose en calados doseletes. Sobre robustos pedestales exhibíanse los doce apóstoles; pero tan desfigurados, tan maltrechos, que no los hubiera conocido Jesús: los pies roídos, las narices rotas, las manos cortadas; una fila de figurones, que más que apóstoles parecían enfermos escapados de una clínica mostrando dolorosamente sus informes muñones. Arriba, al final de la portada, abríase, como gigantesca flor cubierta de alambrado, el rosetón de colores que daba luz á la iglesia, y en la parte baja, en la base de las columnas adornadas con escudos de Aragón, la piedra estaba gastada, las aristas y los follajes borrosos por el frote de innumerables generaciones.

En este desgaste de la portada adivinábase el paso de la revuelta y el motín. Junto á estas piedras se había aglomerado y confundido todo un pueblo; allí se había agitado en otros siglos, vociferante y rojo de rabia, el valencianismo levantisco, y los santos de la portada, mutilados y lisos como momias egipcias, al mirar al cielo con sus rotas cabezas, parecían estar oyendo aún la revolucionaria campana de la Unión ó los arcabuzazos de la Germanías.

Terminó el alguacil de arreglar el tribunal y plantóse á la entrada de la verja, esperando á los jueces.

Iban llegando, solemnes, con una majestad de labriegos ricos, vestidos de negro, con blancas alpargatas y pañuelo de seda bajo el ancho sombrero. Cada uno llevaba tras sí un cortejo de guardas de acequia, de pedigüeños que antes de la hora de la justicia buscaban predisponer el ánimo del tribunal en su favor.

La gente labradora miraba con respeto á estos jueces salidos de su clase, cuyas deliberaciones no admitían apelación. Eran los amos del agua; en sus manos estaba la vida de las familias, el alimento de los campos, el riego oportuno, cuya carencia mata una cosecha. Y los habitantes de la extensa vega cortada por el río nutridor, como una espina erizada de púas que eran sus canales, designaban á los jueces por el nombre de las acequias que representaban.

Un vejete seco, encorvado, cuyas manos rojas y cubiertas de escamas temblaban al apoyarse en el grueso cayado, era Cuart de Faitanar; el otro, grueso y majestuoso, con ojillos que apenas si se veían bajo los dos puñados de pelo blanco de sus cejas, era Mislata; poco después llegaba Rascaña, un mocetón de planchada blusa y redonda cabeza de lego; y tras ellos iban presentándose los demás, hasta siete: Favara, Robella, Tormos y Mestalla.

Ya estaba allí la representación de las dos vegas: la de la izquierda del río, la de las cuatro acequias, la que encierra la huerta de Ruzafa con sus caminos de frondoso follaje que van á extinguirse en los límites del lago de la Albufera, y la vega de la derecha del Turia, la poética, la de las fresas de Benimaclet, las chufas de Alboraya y los jardines siempre exuberantes de flores.

Los siete jueces se saludaron como gente que no se ha visto en una semana. Luego hablaron de sus asuntos particulares junto á la puerta de la Catedral. De vez en cuando, abriéndose las mamparas cubiertas de anuncios religiosos, esparcíase en el ambiente cálido de la plaza una fresca bocanada de incienso, semejante á la respiración húmeda de un lugar subterráneo.

A las once y media, terminados los oficios divinos, cuando ya no salía de la Basílica mas que alguna devota retrasada, comenzó á funcionar el tribunal.

Sentáronse los siete jueces en el viejo sofá; corrió de todos los lados de la plaza la gente huertana para aglomerarse en torno á la verja, estrujando sus cuerpos sudorosos, que olían á paja y lana burda, y el alguacil se colocó, rígido y majestuoso, junto al mástil rematado por un gancho de bronce, símbolo de la acuática justicia.

Descubriéronse las siete «acequias», quedando con las manos sobre las rodillas y la vista en el suelo, y el más viejo pronunció la frase de costumbre:

--_S'òbri el tribunal_[7].

[7]--Se abre el tribunal.

Silencio absoluto. Toda la muchedumbre, guardando un recogimiento religioso, estaba allí, en plena plaza, como en un templo. El ruido de los carruajes, el arrastre de los tranvías, todo el estrépito de la vida moderna pasaba, sin rozar ni conmover esta institución antiquísima, que permanecía allí tranquila, como quien se halla en su casa, insensible al paso del tiempo, sin fijarse en el cambio radical de cuanto le rodeaba, incapaz de reforma alguna.

Mostrábanse orgullosos los huertanos de su tribunal. Aquello era hacer justicia; la pena sentenciada inmediatamente, y nada de papeles, pues éstos sólo sirven para enredar á los hombres honrados.

La ausencia del papel sellado y del escribano aterrador era lo que más gustaba á unas gentes acostumbradas á mirar con miedo supersticioso el arte de escribir, por lo mismo que lo desconocen. Allí no había secretarios, ni plumas, ni días de angustia esperando la sentencia, ni guardias terroríficos, ni nada más que palabras.

Los jueces guardaban las declaraciones de los testigos en su memoria y sentenciaban inmediatamente, con la tranquilidad del que sabe que sus decisiones han de ser cumplidas. Al que se insolentaba con el tribunal, multa; al que se negaba á cumplir la sentencia, le quitaban el agua para siempre y se moría de hambre.

Con este tribunal no jugaba nadie. Era la justicia patriarcal y sencilla del buen rey de las leyendas saliendo por las mañanas á la puerta del palacio para resolver las quejas de sus súbditos; el sistema judicial del jefe de cabila sentenciando á la entrada de su tienda. Así, así es como se castiga á los pillos y triunfa el hombre honrado y hay paz.

Y el público, no queriendo perder palabra, hombres, mujeres y chicos estrujábanse contra la verja, retrocediendo algunas veces con violentos movimientos de espaldas para librarse de la asfixia.

Iban compareciendo los querellantes al otro lado de la verja, ante aquel sofá tan venerable como el tribunal.

El alguacil les recogía las varas y cayados, considerándolos armas ofensivas, incompatibles con el respeto al tribunal. Los empujaba luego hasta dejarlos plantados á pocos pasos de los jueces, con la manta doblada sobre las manos; y si andaban remisos en descubrirse, de dos repelones les arrancaba el pañuelo de la cabeza. ¡Duro! Á esta gente socarrona había que tratarla así.

Era el desfile una continua exposición de cuestiones intrincadas, que los jueces legos resolvían con pasmosa facilidad.

Los guardas de las acequias y los «atandadores» encargados de establecer el turno en el riego formulaban sus denuncias, y comparecían los querellados á defenderse con razones. El viejo dejaba hablar á los hijos, que sabían expresarse con más energía; la viuda acudía acompañada de algún amigo del difunto, decidido protector que llevaba la voz por ella.

Asomaba la oreja el ardor meridional en todos los juicios. En mitad de la denuncia del guarda, el querellado no podía contenerse. «¡Mentira! Lo que decían contra él era falso y malo. ¡Querían perderle!»

Pero las siete acequias acogían estas interrupciones con furibundas miradas. Allí nadie podía hablar mientras no le llegase el turno. Á la otra interrupción pagaría tantos sueldos de multa. Y había testarudo que pagaba _sòus_ y más _sòus_, impulsado por una rabiosa vehemencia que no le permitía callar ante el acusador.

Sin abandonar su asiento, los jueces juntaban sus cabezas como cabras juguetonas, cuchicheaban sordamente algunos segundos, y el más viejo, con voz reposada y solemne, pronunciaba la sentencia, marcando las multas en libras y sueldos, como si la moneda no hubiese sufrido ninguna transformación y aún fuese á pasar por el centro de la plaza el majestuoso Justicia, gobernador popular de la Valencia antigua, con su gramalla roja y su escolta de ballesteros de la Pluma.

Eran más de las doce, y las siete acequias empezaban á mostrarse cansadas de tanto derramar pródigamente el caudal de su justicia, cuando el alguacil llamó á gritos á Bautista Borrull, denunciado por infracción y desobediencia en el riego.

Atravesaron la verja _Pimentó_ y Batiste, y la gente aún se apretó más contra los hierros.

Veíanse en esta muchedumbre muchos de los que vivían en las inmediaciones de las antiguas tierras de _Barret_.

Este juicio tardío iba á ser interesante. El odiado novato había sido denunciado por _Pimentó_, que era el «atandador» de la partida ó distrito.

Mezclándose en elecciones y galleando en toda la contornada, el valentón había conquistado este cargo, que le daba cierto aire de autoridad y consolidaba su prestigio entre los convecinos, los cuales le mimaban y le convidaban en días de riego para tenerle propicio.

Batiste estaba asombrado por la injusta denuncia. Su palidez era de indignación. Miraba con ojos de rabia todas las caras conocidas y burlonas que se agolpaban en la verja. Luego volvía los ojos hacia su enemigo _Pimentó_, que se contoneaba altivamente, como hombre acostumbrado á comparecer ante el tribunal y que se creía poseedor de una pequeña parte de su indiscutible autoridad.

--_Parle vosté_[8]--dijo avanzando un pie la acequia más vieja, pues por vicio secular, el tribunal, en vez de valerse de las manos, señalaba con la blanca alpargata al que debía hablar.

[8]--Hable usted.

_Pimentó_ soltó su acusación. Aquel hombre que estaba junto á él, tal vez por ser nuevo en la huerta, creía que el reparto del agua era cosa de broma y que podía hacer su santísima voluntad.

Él, _Pimentó_, el «atandador» que representaba la autoridad de la acequia en su partida, había dado á Batiste la hora para regar su trigo: las dos de la mañana. Pero sin duda, el señor, no queriendo levantarse á tal hora, había dejado perder su turno, y á las cinco, cuando el agua era ya de otros, había alzado la compuerta sin permiso de nadie (primer delito), había robado el riego á los demás vecinos (segundo delito) é intentado regar sus campos, queriendo oponerse á viva fuerza á las órdenes del «atandador», lo que constituía el tercero y último delito.

El triple delincuente, volviéndose de mil colores é indignado por las palabras de _Pimentó_, no pudo contenerse:

--_¡Mentira y recontramentira!_

El tribunal se indignó ante la energía y la falta de respeto con que protestaba aquel hombre.

Si no guardaba silencio, se le impondría una multa. Pero ¡gran cosa eran las multas para su reconcentrada cólera de hombre pacífico! Siguió protestando contra la injusticia de los hombres, contra el tribunal, que tenía por servidores á pillos y embusteros como _Pimentó_.

Alteróse el tribunal; las siete acequias se encresparon.

--_¡Cuatre sòus de multa!_[9]--dijo el presidente.

[9]--¡Cuatro sueldos de multa!

Batiste, dándose cuenta de su situación, calló asustado por haber incurrido en multa, mientras sonaban al otro lado de la verja las risas y los aullidos de alegría de sus contrarios.

Quedó inmóvil, con la cabeza baja y los ojos empañados por lágrimas de cólera mientras su brutal enemigo acababa de formular la denuncia.

--_Parle vosté_--le dijo el tribunal.

Pero en las miradas de los jueces se notaba poco interés por este intruso alborotador que venía á turbar con sus protestas la solemnidad de las deliberaciones.

Batiste, trémulo por la ira, balbuceó, no sabiendo cómo empezar su defensa, por lo mismo que la creía justísima.

Había sido engañado; _Pimentó_ era un embustero y además su enemigo implacable. Le había dicho que su riego era á las cinco (se acordaba muy bien), y ahora afirmaba que á las dos; todo para hacerle incurrir en multa, para matar unos trigos en los que estaba la vida futura de su familia... ¿Valía para el tribunal la palabra de un hombre honrado? Pues esta era la verdad, aunque no podía presentar testigos. ¡Parecía imposible que los señores síndicos, todos buenas personas, se fiasen de un pillo como _Pimentó!_...

La blanca alpargata del presidente hirió una baldosa de la acera, conjurando el chaparrón de protestas y faltas de respeto que veía en lontananza.

--_Calle vosté_.

Y Batiste calló, mientras el monstruo de las siete cabezas, replegándose en el sofá de damasco, cuchicheaba preparando la sentencia.

--_El tribunal sentènsia_...--dijo la acequia más vieja; y se hizo un silencio absoluto.

Toda la gente de la verja mostraba en sus ojos cierta ansiedad, como si ellos fuesen los sentenciados. Estaban pendientes de los labios del viejo síndico.

--_Pagará el Batiste Borrull dos lliures de pena y cuatre sòus de multa_[10].

[10]--Pagará el Bautista Borrull dos libras como pena y cuatro sueldos de multa.

Esparcióse un murmullo de satisfacción en el público, y hasta una vieja empezó á palmotear, gritando «¡vítor! ¡vítor!», entre las risotadas de la gente.

Batiste salió ciego del tribunal, con la cabeza baja, como si fuera á embestir, y _Pimentó_ permaneció prudentemente á sus espaldas.

Si la gente no se aparta, abriéndole paso, seguramente hubiese disparado sus puños de hombre forzudo, aporreando allí mismo á la canalla hostil.

Inmediatamente se alejó. Iba á casa de sus amos á contarles lo ocurrido, la mala voluntad de aquella gente, empeñada en amargar su existencia; y una hora después, ya más calmado por las buenas palabras de los señores, emprendió el camino hacia su casa.

¡Insufrible tormento! Marchando junto á sus carros cargados de estiércol ó montados en sus borricos sobre los serones vacíos, encontró en el hondo camino de Alboraya á muchos de los que habían presenciado el juicio.

Eran gentes enemigas, vecinos á los que no saludaba nunca.

Al pasar él junto á ellos, callaban, hacían esfuerzos para conservar su gravedad, aunque les brillaba en los ojos la alegre malicia; pero según iba alejándose, estallaban á su espalda insolentes risas, y hasta oyó la voz de un mozalbete que, remedando el grave tono del presidente del tribunal, gritaba:

--_¡Cuatre sòus de multa!_

Vio á lo lejos, en la puerta de la taberna de _Copa_, á su enemigo _Pimentó_, con el porrón en la mano, ocupando el centro de un corro de amigos, gesticulante y risueño, como si imitase las protestas y quejas del denunciado. Su condena era un tema de regocijo para la huerta. Todos reían.

¡Rediós! Ahora comprendía él, hombre de paz y padre bondadoso, por qué los hombres matan.

Se estremecieron sus poderosos brazos; sintió una cruel picazón en las manos. Luego fué moderando el paso al acercarse á casa de _Copa_. Quería ver si se burlaban de él en su presencia.

Hasta pensó--novedad extraña--entrar por primera vez en la taberna para beber un vaso de vino cara á cara con sus enemigos; pero las dos libras de multa las llevaba en el corazón, y se arrepintió de su generosidad. ¡Dichosas dos libras! Aquella multa era una amenaza para el calzado de sus hijos; iba á llevarse el montoncito de ochavos recogido por Teresa para comprar alpargatas nuevas á los pequeños.

Al pasar frente á la taberna, se ocultó _Pimentó_ con la excusa de llenar el porrón, y sus amigos fingieron no ver á Batiste.

Su aspecto de hombre resuelto á todo imponía respeto á los enemigos.

Pero este triunfo le llenaba de tristeza. ¡Cómo le odiaba la gente! La vega entera alzábase ante él á todas horas, ceñuda y amenazante. Aquello no era vivir. Hasta de día evitaba el abandonar sus campos, rehuyendo el roce con los vecinos.

No les temía; pero, como hombre prudente, evitaba las cuestiones con ellos.

De noche dormía con zozobra, y muchas veces, al menor ladrido del perro, saltaba de la cama, lanzándose fuera de la barraca escopeta en mano. En más de una ocasión creyó ver negros bultos que huían por las sendas inmediatas.

Temía por su cosecha, por el trigo, que era la esperanza de la familia, y cuyo crecimiento seguían todos los de la barraca silenciosamente con miradas ávidas.

Conocía las amenazas de _Pimentó_, el cual, apoyado por toda la huerta, juraba que aquel trigo no había de segarlo su sembrador, y Batiste casi olvidaba á sus hijos para pensar en sus campos, en el oleaje verde que crecía y crecía bajo los rayos del sol y había de convertirse en rubios montones de mies.

El odio silencioso y reconcentrado le seguía en su camino. Apartábanse las mujeres frunciendo los labios, sin dignarse saludarle, como es costumbre en la huerta. Los hombres que trabajaban en los campos cercanos al camino llamábanse unos á otros con expresiones insolentes que indirectamente iban dirigidas á Batiste, y los chicuelos, desde lejos, gritaban: «_¡Morralón! ¡chodío!_»[11], sin añadir más á tales insultos, como si éstos sólo pudiesen ser aplicables al enemigo de la huerta.

[11] «¡Judío!»

¡Ah! Si él no tuviera sus puños de gigante, las espaldas enormes y aquel gesto de pocos amigos, ¡qué pronto hubiera dado cuenta de él toda la vega! Esperando cada uno que fuese su vecino el primero en atreverse, se contentaban con hostilizarle desde lejos.

Batiste, en medio de la tristeza que le infundía este vacío, experimentó una ligera satisfacción. Cerca ya de la barraca, cuando oía los ladridos de su perro, que le había adivinado, vió un muchacho, un zagalón, que, sentado en un ribazo, con la hoz entre las piernas y teniendo al lado unos montones de broza segada, se incorporó para saludarle:

--_¡Bòn día, siñor Batiste!_

Y el saludo, la voz trémula de muchacho tímido con que le habló, le impresionaron dulcemente.

Poca cosa era el afecto de este adolescente, y sin embargo experimentó la dulce impresión del calenturiento al sentir la frescura del agua.

Miró con cariño sus ojazos azules, su cara sonrosada cubierta por un vello rubio, y buscó en su memoria quién podía ser este mozo. Al fin recordó que era nieto del tío _Tomba_, el pastor ciego á quien respetaba toda la huerta; un buen muchacho, que servía de criado al carnicero de Alboraya, cuyo rebaño cuidaba el anciano.

--_¡Grasies, chiquet, grasies!_--murmuró agradeciendo el saludo.

Y siguió adelante, siendo recibido por su perro, que saltaba ante él, restregando sus lanas en la pana de los pantalones.

Junto á la puerta de la barraca estaba la esposa, rodeada de los pequeños, esperando impaciente, por ser ya pasada la hora de comer.

Batiste miró sus campos, y toda la rabia sufrida una hora antes ante el Tribunal de las Aguas volvió de golpe, como una oleada furiosa, á invadir su cerebro.