La Barraca

Chapter 14

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Batiste sintió miedo de pronto. Estaba solo, en medio de la vega, completamente desarmado; su escopeta, falta de cartuchos, no era ya mas que una débil maza. _Pimentó_ no podía retornar contra él, pero tenía amigos. Y dominado por súbito terror, echó á correr, buscando á través de los campos el camino que conducía á su barraca.

La vega se estremecía de alarma. Los cuatro tiros en medio de la noche habían puesto en conmoción á todo el contorno. Ladraban los perros, cada vez más furiosos; entreabríanse las puertas de alquerías y barracas, arrojando negras siluetas que ciertamente no salían con las manos vacías.

Con silbidos y gritos entendíanse los convecinos á grandes distancias. Tiros de noche podían ser una señal de incendio, de ladrones, ¡quién sabe de qué!... seguramente de nada bueno; y los hombres salían de sus casas dispuestos á todo, con la abnegación y la solidaridad de los que viven en pleno campo.

Asustado por este movimiento, corrió Batiste hacia su barraca, encorvándose muchas veces para pasar inadvertido al amparo de los ribazos ó de los grandes montones de paja.

Ya veía su vivienda, con la puerta abierta é iluminada y en el centro del rojo cuadro los bultos negros de su familia.

El perro le olfateó y fué el primero en saludarle. Teresa y Roseta dieron un grito de regocijo.

--_Batiste, ¿eres tú_?

--_¡Pare! ¡pare!_...

Y todos se abalanzaron á él, en la entrada de la barraca, bajo la vetusta parra, á través de cuyos pámpanos brillaban las estrellas como gusanos de luz.

La madre, con su fino oído de mujer inquieta y alarmada por la tardanza del marido, había oído lejos, muy lejos, los cuatro tiros, y el corazón le dió un vuelco, como ella decía. Toda la familia se había lanzado á la puerta, devorando ansiosa el obscuro horizonte, convencida de que las detonaciones que alarmaban la vega tenían alguna relación con la ausencia del padre.

Locos de alegría al verle y al oir sus palabras, no se fijaban en su cara manchada de barro, en sus pies descalzos, en la ropa sucia y chorreando fango.

Le empujaron hacia dentro. Roseta se colgaba de su cuello, suspirando amorosamente, con los ojos todavía húmedos:

--_¡Pare! ¡pare!_...

Pero el _pare_ no pudo contener una mueca de sufrimiento, un «¡ay!» ahogado y doloroso. Un brazo de Roseta se había apoyado en su hombro izquierdo, en el mismo sitio donde sufrió el desgarrón de la uña de acero, y en el que ahora sentía un peso cada vez más abrumador.

Al entrar en la barraca y darle de lleno la luz del candil, las mujeres y los chicos lanzaron un grito de asombro. Vieron la camisa ensangrentada... y además su facha de forajido, como si acabara de escaparse de un presidio saliendo por la letrina.

Roseta y su madre prorrumpieron en gemidos. «¡Reina Santísima!... ¡Señora y soberana! ¿Le habían matado?...»

Pero Batiste, que sentía en el hombro un dolor cada vez más insufrible, las sacó de sus lamentaciones ordenando con gesto hosco que viesen pronto lo que tenía.

Roseta, más animosa, rasgó la gruesa y áspera camisa hasta dejar el hombro al descubierto... ¡Cuánta sangre! La muchacha palideció, haciendo esfuerzos para no desmayarse. Batistet y los pequeños empezaron á llorar y Teresa continuó los alaridos como si su esposo se hallase en la agonía.

Pero el herido no estaba para sufrir lamentaciones y protestó con rudeza. Menos lloros: aquello era poca cosa; la prueba estaba en que podía mover el brazo, aunque cada vez sentía mayor peso en el hombro. Era un rasguño, una rozadura de bala y nada más. Sentíase demasiado fuerte para que aquella herida fuese grave. ¡A ver!... agua, trapos, hilas, la botella de árnica que Teresa guardaba como milagroso remedio en su _estudi_... ¡moverse! el caso no era para estar todos mirándole con la boca abierta.

Revolvió Teresa todo su cuarto, buscando en el fondo de las arcas, rasgando lienzos, desliando vendas, mientras la muchacha lavaba y volvía á lavar los labios de aquella hendidura sangrienta que partía como un sablazo el carnoso hombro.

Las dos mujeres atajaron como pudieron la hemorragia, vendaron la herida, y Batiste respiró con satisfacción, como si ya estuviese curado. Peores golpes habían caído sobre él en su vida.

Y se dedicó á sermonear á los pequeños para que fuesen prudentes. De todo lo que habían visto, ni una palabra á nadie. Eran asuntos que convenía olvidarlos. Y lo mismo repitió á su mujer, que hablaba de avisar al médico. Valía esto tanto como llamar la atención de la justicia. Ya iría curándose él solo; su pellejo hacía milagros. Lo que importaba era que nadie se mezclase en lo ocurrido allá abajo. ¡Quién sabe cómo estaría á tales horas... el otro!

Mientras su mujer le ayudaba á cambiar de ropas y preparaba la cama, Batiste le contó lo ocurrido. La buena mujer abría los ojos con expresión de espanto, suspiraba pensando en el peligro arrostrado por su marido y lanzaba miradas inquietas á la cerrada puerta de la barraca, como si por ella fuese á filtrarse la Guardia civil.

Batistet, en tanto, con una prudencia precoz, cogía la escopeta y á la luz del candil la secaba, limpiando sus cañones, esforzándose en borrar de ella toda señal de uso reciente, por lo que pudiera ocurrir.

La noche fué mala para toda la familia. Batiste deliró en el camón del _estudi_. Tenía fiebre, agitábase furioso, como si aún corriese por el cauce de la acequia cazando al hombre, y sus gritos asustaban á los pequeños y á las dos mujeres, que pasaron la noche de claro en claro, sentadas junto al lecho, ofreciéndole á cada instante agua azucarada, único remedio casero que lograron inventar.

Al día siguiente la barraca tuvo entornada su puerta toda la mañana. El herido parecía estar mejor; los chicos, con los ojos enrojecidos por el insomnio, permanecían inmóviles en el corral, sentados sobre el estiércol, siguiendo con atención estúpida todos los movimientos de los animales encerrados allí.

Teresa atisbaba la vega por la puerta entreabierta, volviendo después al lado de Batiste.... ¡Cuánta gente! Todos los del contorno pasaban por el camino con dirección á la barraca de _Pimentó_. Se veía en torno de ella un hormiguero de hombres... y todos con la cara fosca, hablando á gritos, entre enérgicos manoteos, lanzando tal vez desde lejos miradas de odio á la antigua barraca de _Barret_.

Su marido acogía con gruñidos estas noticias. Algo le escarabajeaba en el pecho causándole hondo daño. Este movimiento de la huerta hacia la barraca de su enemigo era una prueba de que _Pimentó_ se hallaba grave. Tal vez iba á morir. Estaba seguro de que las dos balas de su escopeta las tenía aún en el cuerpo.

Y ahora, ¿qué iba á pasar?... ¿Moriría él en presidio, como el pobre tío _Barret_?... No; se continuarían las costumbres de la huerta, el respeto á la justicia por mano propia. Se callaría el agonizante, dejando á sus amigos, los _Terreròla_ ú otros, el encargo de vengarle. Y Batiste no sabía qué temer más, si la justicia de la ciudad ó la de la huerta.

Empezaba á caer la tarde, cuando el herido, despreciando las protestas y ruegos de las dos mujeres, saltó de su camón.

Se ahogaba; su cuerpo de atleta, habituado á la fatiga, no podía resistir tantas horas de inmovilidad. La pesadez del hombro le impulsaba á cambiar de posición, como si esto pudiera librarle del dolor.

Con paso vacilante, entumecido por el reposo, salió de la barraca, sentándose bajo el emparrado, en un banco de ladrillos.

La tarde era desapacible; soplaba un viento demasiado fresco para la estación. Nubarrones morados cubrían el sol, y por bajo de ellos desplomábase la luz, cerrando el horizonte como un telón de oro pálido.

Miró Batiste vagamente hacia la parte de la ciudad, volviendo su espalda á la barraca de _Pimentó_, que ahora se veía claramente, al quedar despojados los campos de las cortinas de mies que la ocultaban antes de la siega.

Sentía el herido á un mismo tiempo el impulso de la curiosidad y el miedo á ver demasiado; pero al fin volvió lentamente los ojos hacia la casa de su adversario.

Sí; mucha gente se agrupaba ante la puerta: hombres, mujeres, niños; toda la vega, que corría ansiosa á visitar á su vencido libertador.

¡Cómo debían odiarle aquellas gentes!... Estaban lejos, y no obstante adivinaba su nombre sonando en todas las bocas. En el zumbar de sus oídos, en el latir de sus sienes ardorosas por la fiebre, creyó percibir el susurro amenazante de aquel avispero.

Y sin embargo, bien sabía Dios que él no había hecho mas que defenderse; que sólo deseaba mantener á los suyos sin causar daño á nadie. ¿Qué culpa tenía de encontrarse en pugna con unas gentes que, como decía don Joaquín el maestro, eran muy buenas, pero muy bestias?...

Terminaba la tarde; el crepúsculo cernía sobre la vega una luz gris y triste. El viento, cada vez más fuerte, trajo hasta la barraca un lejano eco de lamentos y voces furiosas.

Batiste vió arremolinarse la gente en la puerta de la barraca lejana, y luego muchos brazos levantados con expresión de dolor, manos crispadas que se arrancaban el pañuelo de la cabeza para arrojarlo con rabia al suelo.

Sintió el herido que toda su sangre afluía á su corazón, que éste se detenía como paralizado algunos instantes, para después latir con más fuerza, arrojando á su rostro una oleada roja y ardiente.

Adivinaba lo ocurrido allá lejos; se lo decía el corazón: _Pimentó_ acababa de morir.

Tembló Batiste de frío y de miedo; fué una sensación de debilidad, como si de repente le abandonaran sus fuerzas, y se metió en su barraca, no respirando normalmente hasta que vió la puerta con el cerrojo echado y encendido el candil.

La velada fué lúgubre. El sueño abrumaba á la familia, rendida de cansancio por la vigilia de la noche anterior. Apenas si cenaron, y antes de las nueve ya estaban todos en la cama.

Batiste sentíase mejor de su herida. El peso en el hombro había disminuido; ya no le dominaba la fiebre; pero ahora le atormentaba un dolor extraño en el corazón.

En la obscuridad del _estudi_ y todavía despierto, vió surgir una figura pálida, indeterminada, que poco á poco fué tomando contorno y colores, hasta ser _Pimentó_ tal como le había visto en los últimos días, con la cabeza entrapajada y su gesto amenazante de terco vengativo.

Molestábale esta visión, y cerró los ojos para dormir. Obscuridad absoluta; el sueño iba apoderándose de él.... Pero los cerrados ojos empezaron á poblar su densa lobreguez de puntos ígneos, que se agrandaban formando manchas de varios colores; y las manchas, después de flotar caprichosamente, se buscaban, se amalgamaban, y otra vez veía á _Pimentó_ aproximándose á él lentamente, con la cautela feroz de una mala bestia que fascina á su víctima.

Batiste hizo esfuerzos por librarse de esta pesadilla.

No dormía, no: escuchaba los ronquidos de su mujer, acostada junto á él, y de sus hijos, abrumados por el cansancio; pero los oía cada vez más hondos, como si una fuerza misteriosa se llevase lejos, muy lejos, la barraca, y él, sin embargo, permaneciese allí, inerte, sin poder moverse por más esfuerzos que intentaba, viendo la cara de _Pimentó_ junto á la suya, sintiendo en su rostro la cálida respiración de su enemigo.

Pero ¿no había muerto?... Su embotado pensamiento formulaba esta pregunta, y tras muchos esfuerzos se contestaba á sí mismo que _Pimentó_ había muerto. Ya no tenía, como antes, la cabeza rota; ahora mostraba el cuerpo rasgado por dos heridas, que Batiste no podía apreciar en qué lugar estaban; pero dos heridas eran, que abrían sus labios amoratados como inagotables fuentes de sangre. Los dos escopetazos: cosa indiscutible. Él no era de los tiradores que marran.

Y el fantasma, envolviéndole el rostro con su respiración ardiente, dejaba caer sobre Batiste una mirada que parecía agujerearle los ojos y descendía y descendía hasta arañarle las entrañas.

--_¡Perdónam, Pimentó!_--gemía el herido con voz infantil, aterrado por la pesadilla.

Sí; debía perdonarle. Lo había matado, era verdad; pero él había sido el primero en buscarlo. ¡Vamos: los hombres que son hombres deben mostrarse razonables! Él tenía la culpa de todo lo ocurrido.

Pero los muertos no entienden razones, y el espectro, procediendo como un bandido, sonreía ferozmente, y de un salto se subía á la cama, sentándose sobre él, oprimiéndole la herida del hombro con todo su peso.

Gimió Batiste de dolor, sin poder moverse para repeler esta mole. Intentaba enternecerlo llamándole Tòni, con familiar cariño, en vez de designarle por su apodo.

--_Tòni, me fas mal_[29].

[29]--Tòni, me haces daño.

Eso es lo que deseaba el fantasma, hacerle daño. Y pareciéndole aún poco, con sólo su mirada arrebató los trapos y vendajes de su herida, que volaron y se esparcieron. Luego hundió sus uñas crueles en el desgarrón de la carne y tiró de los bordes, haciéndole rugir:

--_¡Ay! ¡ay!... ¡«Pimentó», perdónam!_

Tal era su dolor, que los estremecimientos, subiendo á lo largo de su espalda hasta la cabeza, erizaban sus rapados cabellos, haciéndolos crecer y enroscarse con la contracción de la angustia; hasta convertirse en horrible madeja de serpientes.

Entonces ocurrió una cosa horrible. El fantasma, agarrándole de su extraña cabellera, hablaba por fin.

--_Vine... vine_[30]--decía tirando de él.

[30]--Ven... ven.

Le arrastraba con sobrehumana ligereza, lo llevaba volando ó nadando--no lo sabía él con certeza--, á través de un elemento ligero y resbaladizo, y así iban los dos vertiginosamente, deslizándose en la sombra, hacia una mancha roja que se marcaba lejos, muy lejos.

La mancha se agrandaba, tenía una forma parecida á la puerta de su _estudi_, y salía por ella un humo denso, nauseabundo, un hedor de paja quemada que le impedía respirar.

Debía ser la boca del infierno: allí le arrojaría _Pimentó_, en la inmensa hoguera, cuyo resplandor inflamaba la puerta. El miedo venció su parálisis. Dió un espantoso grito, movió al fin sus brazos, y de un terrible revés envió lejos de sí á _Pimentó_ y su extraña cabellera.

Tenía los ojos bien abiertos y no vió más al fantasma. Había soñado; era sin duda una pesadilla de la fiebre; ahora volvía á verse en la cama con la pobre Teresa, que, vestida aún, roncaba fatigosamente á su lado.

Pero no; el delirio continuaba todavía. ¿Qué luz deslumbrante iluminaba su _estudi_? Aún veía la boca del infierno, que era igual á la puerta de su cuarto, arrojando humo y rojizo resplandor. ¿Estaría dormido?... Se restregó los ojos, movió los brazos, se incorporó en la cama.... No; despierto y bien despierto.

La puerta estaba cada vez más roja, el humo era más denso. Oyó sordos crujidos como de cañas que estallan lamidas por la llama, y hasta vió danzar las chispas agarrándose como moscas de fuego á la cortina de cretona que cerraba el cuarto. Sonó un ladrido desesperado, interminable, como un esquilón sonando á rebato.

¡Recristo!... La convicción de la realidad, asaltándole de pronto, pareció enloquecerle.

--_¡Teresa! ¡Teresa!... ¡Amunt!_[31]

[31]--¡Teresa! ¡Teresa!... ¡Arriba!

Y del primer empujón la echó fuera de la cama. Después corrió al cuarto de los chicos, y á golpes y gritos los sacó en camisa, como un rebaño idiota y medroso que corre ante el palo, sin saber adónde va. Ya ardía el techo de su cuarto, arrojando sobre la cama un ramillete de chispas.

Cegado por el humo y contando los minutos como siglos, abrió Batiste la puerta, y por ella salió enloquecida de terror toda la familia en paños menores, corriendo hasta el camino.

Allí, un poco más serenos, se contaron.

Todos: estaban todos, hasta el pobre perro, que aullaba melancólicamente mirando la barraca incendiada.

Teresa abrazó á su hija, que, olvidando el peligro, estremecíase de vergüenza al verse en camisa en medio de la huerta, y se sentaba en un ribazo, apelotonándose con la preocupación del pudor, apoyando la barba en las rodillas y tirando del blanco lienzo para que le cubriera los pies.

Los dos pequeños refugiábanse amedrentados en los brazos de su hermano mayor, y el padre agitábase como un demente, rugiendo maldiciones.

_¡Recordóns!_ ¡Y qué bien habían sabido hacerlo!... Habían prendido fuego á la barraca por sus cuatro costados; toda ella ardía de golpe. Hasta el corral, con su cuadra y sus sombrajos, estaba coronado de llamas.

Partían de él relinchos desesperados, cacareos de terror, gruñidos feroces; pero la barraca, insensible á los lamentos de los que se tostaban en sus entrañas, seguía arrojando curvas lenguas de fuego por las puertas y las ventanas. De su incendiada cubierta elevábase una espiral enorme de humo blanco, que con el reflejo del incendio tomaba transparencias de rosa.

Había cambiado el tiempo; la noche era tranquila, no soplaba ninguna brisa, y el azul del cielo sólo estaba empañado por la columna de humo, entre cuyos blancos vellones asomaban curiosas las estrellas.

Teresa luchaba con el marido, que, repuesto de su dolorosa sorpresa y aguijoneado por el interés, que hace cometer locuras, quería meterse en aquel infierno. Un instante nada más: lo indispensable para sacar del _estudi_ el saquito de plata, producto de la cosecha.

¡Ah, buena Teresa! No era necesario que contuviese al marido, sufriendo sus recios empujones. Una barraca arde pronto; la paja y las cañas aman el fuego. La techumbre se vino abajo estruendosamente, aquella erguida techumbre que los vecinos miraban como un insulto, y del enorme brasero subió una columna espantosa de chispas, á cuya incierta y vacilante luz parecía gesticular la huerta con fantásticas muecas.

Las paredes del corral temblaban sordamente, cual si dentro de ellas se agitase dando golpes una legión de demonios. Como ramilletes de fuego saltaban las aves, é intentaban volar ardiendo vivas.

Se desplomó un trozo del muro hecho de barro y estacas, y por la negra brecha salió como una centella un monstruo espantable. Arrojaba humo por las narices, agitando su melena de chispas, batiendo desesperadamente su rabo como una escoba de fuego, que esparcía hedor de pelos quemados.

Era el rocín. Pasó con prodigioso salto por encima de la familia, galopando furiosamente á través de los campos. Iba instintivamente en busca de la acequia, y cayó en ella con un chirrido de hierro que se apaga.

Tras él, arrastrándose cual un demonio ebrio y lanzando espantables gruñidos, salió otro espectro de fuego, el cerdo, que se desplomó en medio del campo, ardiendo como una antorcha de grasa.

Ya sólo quedaban en pie las paredes y la parra, con sus sarmientos retorcidos por el incendio y las pilastras que se destacaban como barras de tinta sobre un fondo rojo.

Batistet, con el ansia de salvar algo, corría desaforado por las sendas, gritando, aporreando las puertas de las barracas inmediatas, que parecían parpadear con el reflejo del incendio.

--_¡Socorro! ¡socorro!... ¡A fòc! ¡á fòc!_[32]

[32] ¡Fuego! ¡Fuego!

Sus voces se perdían, levantando el eco inútil de las ruinas y los cementerios.

Su padre sonrió cruelmente. En vano llamaba. La huerta era sorda para ellos. Dentro de las blancas barracas había ojos que atisbaban curiosos por las rendijas, tal vez bocas que reían con un gozo infernal, pero ni una voz que dijera: «¡Aquí estoy!»

¡El pan!... ¡Cuánto cuesta ganarlo! ¡Y cuán malos hace á los hombres!

En una barraca brillaba una luz pálida, amarillenta, triste. Teresa, atolondrada por el peligro, quiso ir á ella á implorar socorro, con la esperanza que infunde el ajeno auxilio, con la ilusión de algo milagroso que se ansia en la desgracia.

Su marido la detuvo con una expresión de terror. No: allí no. A todas partes, menos allí.

Y como hombre que ha caído tan hondo, tan hondo que ya no puede sentir remordimientos, apartó su vista del incendio para fijarla en aquella luz macilenta; luz de cirios que arden sin brillo, como alimentados por una atmósfera en la que se percibe aún el revoloteo de la muerte.

¡Adiós, _Pimentó!_ Bien servido te alejas del mundo. La barraca y la fortuna del odiado intruso alumbrarán tu cadáver mejor que los cirios comprados por la desolada Pepeta, amarillentas lágrimas de luz.

Batistet regresó desesperado de su inútil correría. Nadie contestaba.

La vega, silenciosa y ceñuda, les despedía para siempre.

Estaban más solos que en medio de un desierto; el vacío del odio era mil veces peor que el de la Naturaleza.

Huirían de allí para empezar otra vida, sintiendo el hambre detrás de ellos pisándoles los talones; dejarían á sus espaldas la ruina de su trabajo y el cuerpecito de uno de los suyos, del pobre _albaet_, que se pudría en las entrañas de aquella tierra como víctima inocente de una batalla implacable.

Y todos, con resignación oriental, sentáronse en el ribazo, y allí aguardaron el amanecer, con la espalda transida de frío, tostados de frente por el brasero que teñía sus rostros con reflejos de sangre, siguiendo con la pasividad del fatalismo el curso del fuego, que iba devorando todos sus esfuerzos y los convertía en pavesas tan deleznables y tenues como sus antiguas ilusiones de paz y trabajo.

FIN

Valencia.--Octubre-Diciembre 1898.

LA NOVELA LITERARIA

LOS MEJORES NOVELISTAS-LAS MEJORES OBRAS _Director: VICENTE BLASCO IBÁÑEZ_

* * * * *

Además de dirigirla personalmente Blasco Ibáñez, eligiendo las novelas y examinando la traducción, ha escrito un extenso prefacio, estudio biográfico y crítico del autor de la obra.

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El año de Clarisa.

El rebaño de Clarisa.

El trust (2 tomos).

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Al servicio de Alemania.--Colette Baudoche. (2 novelas en un tomo)

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Vida virgen. (La novela del Gran Chaco.)

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La llamada del suelo.

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