La araña negra, t. 7/9

Part 8

Chapter 84,055 wordsPublic domain

Al encontrarse María en el centro de la azotea, aquel lugar que tan familiar y querido le era, un suspiro de satisfacción ensanchó su oprimido pecho.

Por fin ya estaba a gusto, como en su propia casa; ya no sólo experimentaba esta tranquilidad, sino que había recobrado su valor, y ahora le parecía una soberana ridiculez el miedo experimentado momentos antes.

La noche era obscura; el cielo, aunque despejado, tenía un triste azul negruzco que no lograban aclarar los luminosos parpadeos de las vigilantes estrellas; pero María, habituada a la densa sombra de abajo, encontraba excesiva luz y veía claramente cuanto la rodeaba.

Allí estaban sus queridas plantas; aquel tupido follaje que le servía de dosel en las horas de sol, y hasta distinguía las blancas y gentiles campanillas que se desperezaban entre las hojas y reanimadas por el fresco de la noche abrían sus boquitas de fino raso enviándola su aliento de perfumes.

La luz de las estrellas sólo sacaba muy débilmente de la obscuridad los contornos de aquel paisaje conocido, y María, por la fuerza de la costumbre, lanzó una hojeada al horizonte en el que apenas si se marcaba el perfil de los edificios y las arboledas.

Buscó tras los tiestos de flores el bramante y la pequeña cesta que le servía para subir los regalos de Juanito, y una vez que los encontró, con el corazón palpitante de emoción, subióse a su observatorio.

Por fin iba a saber lo que era el amor de cerca; iba a ser igual a una de aquellas señoritas pintadas en los abanicos que, apoyadas en una almena, reciben con los brazos abiertos al mancebo que sube por la consabida escala de seda.

Apenas se asomó al borde del muro vió rebullirse a una sombra en la obscuridad de abajo.

--¿Estás ahí, Juanito?

--Sí, vida mía. Echame el cestillo y subirás la cuerda.

María arrojó el bramante y poco después lo recogía, llevando agarrada a su extremo una cuerda gruesa con un garfio de hierro.

Ya tenía la niña la cuerda en la mano y se disponía a agarrar el garfio de una columnilla de hierro, cuando se detuvo para hacer otra cosa. Sus pies descalzos se lastimaban sobre aquellos ásperos tiestos.

Un ligero siseo la hizo asomar de nuevo la cabeza.

--¿Pero qué haces? ¿Es que no encuentras dónde fijar la cuerda?

--Espérate; no seas impaciente, que ahora mismo subirás. Me estoy poniendo las botinas.

Poco después, el muchacho tiraba del extremo de la cuerda al oír: "Ya está", y encontrándola firme comenzó a ascender por ella con ágil rapidez.

Para él resultaba un juego aquella ascensión, y con unas cuantas contracciones llegó a la azotea, dentro de la cual saltó con sobrada brusquedad.

--¡Chits!..., ¡demonio! No andes de ese modo, que el dormitorio está abajo y nos pueden oír.

Juanito quedó inmóvil y como embobado ante esta repulsa de su mujercita.

María experimentaba cierta decepción. Ella esperaba otra cosa como principio de la entrevista. Los trovadores como aquél, al subir hasta donde estaba su dama, debían arrodillarse y besarle la mano, o cuando no, algo parecido que ella no sabía explicarse, y aquel gran pazguato, en vez de hacer esto entraba en la azotea como un salvaje, moviendo gran ruido con su pesado salto y exponiéndose a que las monjas se apercibieran de que alguien andaba pon el tejado.

Era la primera vez que el muchacho entraba en la azotea, de la cual sólo veía desde abajo el follaje; así es que lanzó una mirada de curiosidad a su alrededor y cuyo significado comprendió María.

--Eh, ¿qué te parece? Es bonito esto, ¿no es verdad? Mira qué plantas tan hermosas, que campanillas tan perfumadas.

Y la colegialita, con el aire de una persona mayor que hace los honores de la casa y llevando agarrado a su novio de un brazo, fué enseñándole todas las preciosidades de la azotea: las guirnaldas de verduras, que como serpientes de hojas subían enroscándose a las columnas de hierro, y los grupos de flores que se erguían sobre las filas de escalonados tiestos.

Juanito encontraba aquello muy hermoso, pero pronto dejó de mirar las flores para fijar sus ojos en su novia, de la cual se veía cerca por primera vez.

Hubiese querido el joven hacer salir el sol en plena noche, un sol que sólo alumbrase aquel rincón de la azotea, para ver de cerca a María y contemplar su cabecita vivaracha, que tanto le impresionaba los otros días asomándose al borde de la tapia. Sus ojos se acercaban a ella haciendo esfuerzos por atravesar la semiobscuridad que los rodeaba y se entregaba a un dulce éxtasis, contemplando aquellas facciones que vagamente marcaban sus hermosos perfiles en la sombra y la mirada brillante con una luz que a él le parecía superior al latido de las estrellas que parpadeaban sobre sus cabezas.

No supieron ellos cómo fué aquello, pero de pronto se encontraron sentados en una fila de tiestos, sin compasión a las flores que aplastaban, y mirándose fijamente, mientras sus cerebros parecían sumidos en lánguido sopor.

Un lúgubre campaneo fué lo que les sacó de aquella contemplación tan estúpida como dulce. Sonaban las doce; ya había transcurrido una hora, ¡Demonio! ¡Y cómo pasaba el tiempo!

Los dos novios permanecían inmóviles, como absorbiéndose el alma con sus miradas, y sólo de vez en cuando cruzaban algunas palabras vagas, incoherentes como las frases de un sueño o las exclamaciones de un ebrio.

En verdad que para aquello no valía la pena de haberse desollado las manos subiendo por una cuerda y exponiéndose a caer; esto podía pensarlo un espíritu escéptico, pero aquellas dos almas puras e inocentes de niños grandes gozaban una felicidad sin límites, dejando transcurrir el tiempo inmóviles, juntitos, con marcada inconsciencia de sus actos y embriagándose en ese ambiente seductor y fantástico que siempre nos parece percibir en torno de la persona amada.

Ni la más leve sombra de impureza venía a turbar el pensamiento de los dos jóvenes, que se sentían satisfechos, dichosos y como ahitos de felicidad, con sólo hablarse de cerca, al oído, sintiendo el contacto de sus ropas y confundiendo sus alientos.

María recordaba, con la vaguedad de un sueño, un atrevimiento único de su amante. Al sentarse en aquellos tiestos había sentido en sus labios el contacto de los de Juanito que la daban un beso; pero aquel beso era de castidad apasionada, beso desmayado de felicidad, sin el chasquido ruidoso de la caricia voluptuosa ni el fuego de la voracidad apasionada, y que iba dirigido más al alma que a la carne. Era aquel beso del tímido muchacho como una toma de posesión de su amada, a la que por primera vez tenía al alcance de sus labios; pero con él no buscaba apoderarse de la carne, ciego instrumento de pasión; no pretendía despertar a la sensualidad dormida, sino que se hacía dueño de la seductora mirada, de la dulce y graciosa sonrisa, de la boca que le enloquecía con sus palabras de amor, de todo cuanto tenía María de espiritual y etéreo.

Y no era que en los dos jóvenes no existiesen esas violentas pasiones, esos irresistibles impulsos que obscurecen el cerebro, anulan toda percepción y convierten al ser humano en bestia insaciable de los lúbricos estremecimientos de la carne que hacen vibrar la red nerviosa como las cuerdas de un arpa eólica.

En ellos el sexo se había revelado hacía poco tiempo, pero se encontraban como el que despierta atolondrado de un profundo sueño, y aunque ve perfectamente las cosas que le rodean, no comprende para lo que sirven ni se da cuenta exacta de su importancia.

Tal vez al repetirse tales entrevistas en la sombra y en aquel ambiente silencioso y perfumado que excitaba los nervios, el demonio de la lubricidad, soplando sobre los muchachos su aliento de carnales deseos, empañara la tranquila inocencia, la dulce castidad de aquella primera cita; pero en aquella noche, la novedad de verse tan de cerca, la dulce timidez que aun les embargaba, cierto miedo que les causaba su audacia de verse allí, impedíales caer en los malos pensamientos.

Eran dos niños que juegan a maridito y mujer; aún no habían llegado a convertirse en novios apasionados y anhelantes que no sacian nunca su sed de amor y que de beso en beso van recorriendo toda la escala de sucesivos atrevimientos e involuntarias concesiones, hasta caer de lleno en la impureza.

Aun su inocencia estaba incólume; la novedad de la entrevista era en aquella noche el mejor guardián de su castidad.

El se consideraba ya satisfecho sólo con tenerla cerca, apoyada en un hombro, aspirando su aliento, sintiendo el roce de un pico de su falda sobre la rodilla y acariciando su dedo meñique cuando no pasaba su mano por su ensortijada cabellera. Hubo un momento en el que el muchacho, oyendo el rumorcillo que producía una flor caída, al ser volteada por la brisa sobre el suelo, bajó su mano sin darse cuenta de adónde la dirigía, y tropezó con una cosa satinada, dura como el vigor muscular y con ligero espeluznamiento producido por el contacto. Era la pantorrilla de su novia, que la desordenada falda dejaba algo al descubierto; las medias habían quedado abajo en el dormitorio y sus desnudos pies hundíanse en las botas, que no había tenido tiempo de abrochar.

Juanito, estremeciéndose como el creyente que contra su voluntad va a cometer un sacrilegio, retiró en seguida la mano, y por algunos minutos permaneció avergonzado, pensando con terror en la posibilidad de que María tuviese aquel acto por intencionado.

En cuanto a ella estaba como anonadada por la vaga felicidad que sentía. Su carácter malicioso, burlón y algo dominante se había evaporado al tibio contacto de aquel muchacho que la contemplaba con el mismo aire de embobada y fanática adoración con que un rústico mira al patrono de su lugar.

El ambiente masculino del joven la embriagaba, turbando su cerebro y desvaneciendo su virilidad de carácter. Apoyábase con abandono en el hombro de Juanito, y en su inmovilidad desmayada, en su rostro animado por una soñolienta dulzura, leíase la resolución de entregarse sin resistencia, de dejarse arrastrar por donde ordenase la voluntad del hombre amado. La embriaguez de amor no había dejado en ella el más leve resto de firmeza; en manos de otro hombre, aquella noche lo hubiera sido de deshonor para María.

De vez en cuando estremecíase como si despertase, y lanzaba extrañas miradas a su novio, tan embriagado como ella por el dulce contacto. Notábase algo de alarma y de ansiedad que desaparecía ante la actitud tranquila de Juanito. ¿Adivinaba algo de lo que podía suceder así que se desvaneciera la novedad de la primera entrevista? ¿Es que, a pesar de todas las precauciones de las monjas, sabía ella lo que el hombre significaba y presentía la natural y última tendencia del amor? Seguramente ella sabía lo que sus compañeras, las colegialas mayores; algo que se susurra misteriosamente al oído, algo que se colige de palabras sueltas sorprendidas al vuelo, en las visitas o en la calle; pero imposible determinar hasta qué punto llegaba su conocimiento del misterio del amor, pues toda mujer, aun la más desgraciada a quien el vicio lleva hasta el último límite de la degradación, guarda como un recuerdo sagrado e inviolable el concepto que en su pubertad tenía del hombre y cómo se imaginaba la vivificante confusión de los sexos. Tal vez callan las mujeres y guardan tal fondo, como avergonzadas de que su imaginación de púber concibiera esas cosas bajo formas ideales y divinas que después han destruído las sucias brutalidades de la realidad.

Cuando los dos novios salían de su mutua contemplación era para estrecharse con mayor fuerza y dirigirse una de esas frases vulgares hasta la imbecilidad, que son de ritual en toda conversación amorosa, frase que ya los amantes prehistóricos debieron decirlas en las primeras épocas del mundo, allá en el fondo de horribles cavernas, pero que, sin embargo, suenan como música original y armoniosa cuando salen de unos labios que no pueden mirarse sin besarlos.

--¿Me quieres?

--Con toda mi alma.

Y los relojes de la ciudad, como envidiosos de tanta dicha, parecían acelerar exageradamente el movimiento de sus ruedas para triturar entre ellas más rápidamente el tiempo.

¡La una!... ¡La una y media!...

Los dos novios, a pesar de su embriaguez de amor, experimentaban gran extrañeza al oír las campanas de los relojes. ¿Pero es que estaban locos? ¿O es que la noche, ebria como ellos por los punzantes perfumes de la primavera, corría desbocada, furiosa, como una bacante en delirio?

Reservábales aquella noche fugitiva un espectáculo sublime, que venía a ser como una escena de apoteosis para su amor.

--Mira, Marujita mía; mira allá abajo... ¡Qué hermoso!

En el horizonte, sobre el límite del mar, marcábase una nubecilla de luz tenue, una mancha de color lechoso que iba agrandándose rápidamente, tomando reflejos rosados hasta convertirse en roja claridad de incendio.

Algo asomaba entre aquellas nubes de fuego que parecían reflejar un subterráneo incendio.

Primero fué como una cúpula fantástica de hierro candente, como una media naranja de vivo fuego que parecía flotar sobre el mar, invadiendo las aguas con fosforescentes resplandores, y poco a poco, como si el horizonte sufriera un parto laborioso, fué saliendo toda la esfera deslumbrante de la luna, que comenzó a remontarse lentamente como "la hostia santa" a que la compara Núñez de Arce.

Como si el azulado éter que surcaba la limpiase de las sangres e impurezas que habían cubierto al astro al salir del vientre del infinito, la luna, conforme ascendía, iba perdiendo su rojizo color y recobraba su poética palidez, esa blancura deslumbrante y luminosa que acaricia los ojos como una sonrisa de amor.

Todo se conmovía; todo cambió de color y forma con la aparición del astro, eterna musa de los poetas soñadores. El espacio fué invadido por un polvillo luminoso, ante el cual parecía palidecer el brillo de las titilantes estrellas; la silenciosa vega, antes hundida en el misterio de la obscuridad, cobró nueva vida, surgiendo sus mil contornos de la sombra y animándose con el fantástico vigor del dormido esqueleto que resalta de la tumba para dar cabriolas en la danza macabra; brillaron como hojas de espada perdidas en la hierba las acequias y remansos de las dilatadas llanuras; las lejanas montañas parecieron sacudir sus vetustas cabezas y erguirlas en aquel espacio que acababa de alumbrarse, y el mar reflejó con incesante centelleo la lechosa claridad del melancólico astro, como un inmenso mostrador de joyería sobre el cual se hubieran arrojado las joyas a puñados, o como si en sus aguas nadase una numerosa banda de peces de plata, que, rebullentes e inquietos, marchaban formando un triángulo, cuyo vértice estaba en el límite del horizonte y cuya interminable base venía a morir en el límite de la playa, donde las ligeras ondas se desplomaban desmayadas.

Todo parecía animarse a la tibia mirada de la luna. Las charcas del vecino río, que por la mañana eran deshonradas con los picantes espumarajos del jabón de las lavanderas, vestíanse ahora de deslumbrante plata; brillaban las hojas de los árboles, sacudiendo a impulsos de la brisa el sucio polvo que obscurecía su fino barniz, y el vientecillo de la noche parecía hacerse más fresco y susurrador desde que por entre él flotaba aquella gigantesca vejiga de luz, escoltada por tenues nubecillas que a su fulgor irisado tomaban todos los resplandores del nácar.

--¡Qué bonito!... ¡Pero qué bonito es esto!

Y los dos jóvenes, admirando aquella nueva decoración de la vasta escena de la Naturaleza, se acercaban cada vez más, se oprimían para comunicarse mutuamente el calor y defenderse de la brisa, que era agradable pero con cierta picante frialdad.

Ahora sí que se hallaban bien. Gustábales más el espacio alumbrado por la luna que la misteriosa obscuridad de antes; ya no tenían rubores ni timideces que ocultar en la sombra, y a aquella luz vaga y misteriosa, luz fabricada de encargo por la Naturaleza para las inocentes entrevistas de amor, los dos jóvenes podían contemplarse a su gusto y mirarse fijamente en los ojos para sentir estremecimientos de pasión indefinible.

Aquella tibia claridad que bruscamente lo había invadido todo aunque acrecentaba el encanto de la entrevista, había reanimado sus lánguidos nervios disipando la absorbente embriaguez.

Ahora hablaban más, aunque sin dejar por esto de mirarse y de permanecer estrechamente agarrados por la cintura.

Su conversación se basaba sobre ilusiones, resultaba inocente, pueril; pero sus balbuceantes palabras tenían el poder de abrir nuevos horizontes a las imaginaciones excitadas por el amor.

Cuando fueran mayores y casaditos de verdad, harían esto y aquello; y aquí enjaretaban todos sus deseos inocentes, todas sus aspiraciones, propias de almas puras, que hubiesen hecho lanzar a un escéptico una carcajada digna de Mefistófeles.

Los dos arreglaban su porvenir de un modo hermoso; y con ese egoísmo propio de los enamorados, no vacilaban en desearle la muerte a medio género humano con tal de arreglar su felicidad. Ya vería Juanito cómo los dos serían muy dichosos. El llegaría dentro de pocos años a ser en Madrid un médico famoso; moriría su tío, legándole la clientela y la celebridad, y entonces se casarían y vivirían juntitos con la mamá, aquella pobre señora ciega a la que amaba la colegiala sin conocerla. En cuanto a su tía la baronesa, también se moriría, como el doctor Zarzoso, y de este modo, in mente, los dos muchachos iban matando a todos los seres importunos que con su presencia podían turbar su dicha.

Y mientras se entregaban a esta destructora tarea, los relojes iban que volaban, hasta el punto de que a los dos les parecía que entre las horas y los cuartos sólo mediaba un silencio de algunos segundos. El tiempo es enemigo del hombre y se goza en contrariar sus deseos; pasa veloz, como una bocanada de aire, en la primera cita de amor, y transcurre con la desesperante lentitud de la tortuga, en los momentos de cruel pesar, de dolorosa incertidumbre.

Los dos jóvenes ya no atendían a los relojes. Se hallaban allí muy bien, y mientras fuese de noche no tenían prisa. Las otras entrevistas serían más breves, pero en ésta, en la primera, había que apurar la novedad, el placer de verse de cerca, de hablarse con las bocas casi pegadas, de estremecerse con rápidos contactos hasta que el alma, ahita de efluvios amorosos, gritase: ¡basta!

No sabían ellos que este instante de fastidio nunca llegaría en aquella noche.

Sus palabras eran cada vez más lentas, más vagorosas; parecían nacidas de un sonambulismo amoroso, y en su tono débil adivinábase que no tardarían en extinguirse. Los nervios, puestos en excitante tensión durante muchas horas, languidecían ahora buscando el descanso.

María, sin notarlo, fué reclinando la cabeza sobre el hombro de su novio; su voz se fué extinguiendo lentamente y al fin su respiración, queda y regular, indicó que acababa de dormirse.

Juanito seguía dominado por aquella dulce embriaguez que le producía el perfume de la joven. Su brazo, arrollado al hermoso busto de María, percibía la vibración de su pecho al respirar y hasta el débil tictac de su corazón que se agitaba como un pajarillo en la jaula.

¡Cuán bella la encontraba entregándose confiadamente a él, durmiendo sobre su hombro con el abandono de un niño en el regazo de su madre!

--¡Oh, Marujita! ¡Vida mía!... Te amo.

Y conmovido por la pasión inclinó su rostro sobre la cabeza de María, hundiendo su nariz en aquellos ensortijados cabellos que tanto le gustaba acariciar.

Apretándola cada vez más entre sus brazos, dulcemente acariciado por el tibio calor de su cuerpo, sintiendo en su nuca el frío beso de la brisa y mareado por el perfume de aquella cabellera, el muchacho sintió cómo su cuerpo era invadido por una creciente languidez.

Iba a dormirse y ni por un instante se le ocurrió que era peligroso permanecer en aquel sitio. El punzante olor de las campanillas que impregnaba el suave ambiente, parecía anonadarle empujándolo al sueño.

No supo él darse cuenta exacta de si levantó la cabeza; pero así como en sueños, le pareció ver que la luna palidecía, que allá en el horizonte se extendía una ancha faja de blanquecina claridad, que el espacio comenzaba a impregnarse de una luz azulada, y hasta en sus oídos, como ecos lejanos, sonaron el rumor de los carros al ir al mercado, las canciones de los huertanos y las sonoras campanadas del toque del alba.

Era el hermoso momento en que Romeo y Julieta, en el famoso drama, discuten sobre el canto de la alondra y el ruiseñor.

Era la alondra; era la mañana.

Sintió frío, mucho frío; le pareció que la brisa del amanecer le mordía con sus helados besos: y como si fuera víctima de imantada atracción, volvió a pegar su rostro a la cabellera de María y el sueño se apoderó de él por completo.

XIII

Una carta.

_Jesús María y José._

Señora baronesa: Con el corazón profundamente apenado tomo la pluma para escribir a usted. Bien quisiera evitarla este disgusto, pero mis ideas religiosas y mis deberes como directora de este colegio me obligan a dar un paso del que me conduelo, más que todo, considerando el dolor que causarán mis palabras en una persona tan respetable y querida como usted lo es para mí.

Ya conoce usted las travesuras de María, que tanto han alborotado este colegio, con gran disgusto mío y de las demás hermanas que prestan sus servicios en este establecimiento. Teníamos a la niña por traviesa e incorregible, como dominada por el espíritu diabólico que nunca deja en paz a ciertas almas; pero jamás creíamos que en su afán de escándalo llegase tan adelante.

Esta mañana...--¡oh, dulce Corazón de Jesús!, me aterro al intentar escribir lo sucedido--. Hace muy pocas horas, las hermanas encargadas de la limpieza del establecimiento han encontrado a su señora sobrina en la azotea del colegio, ¡oh, Dios! ¿me atreveré a decirlo?... durmiendo con las ropas en desorden y estrechamente abrazada a un hombre desconocido que dormía también sobre su seno.

Señora, desde aquí veo la dolorosa sorpresa que causará en usted esta revelación, y creo oír los mismos sollozos que arrancará a su pecho la perversa conducta de su sobrina.

Figúrese usted lo que habrá sucedido en esa azotea, en la obscuridad, tratándose de una niña que no manifiesta el más leve temor a Dios y de un hombre desconocido.

La hermana que hizo el descubrimiento bajó a darme cuenta del terrible suceso inmediatamente, y cuando yo subí, encontré a María sola. El seductor había huído; pero por una cuerda encontrada en la azotea y por otros indicios, he venido en conocimiento de que el tal sujeto es un estudiantillo que vive al lado del colegio.

No pienso intentar por mi parte nada contra ese muchacho. Hacer intervenir en el asunto a la autoridad sería dar un escándalo que redundaría en desprestigio de este santo establecimiento. Lo tengo bien pensado y no intentaré nada contra ese pecador que, inspirado por el demonio, ha violado el sagrado de esta casa.

Señora baronesa, bien sabe usted el respetuoso afecto que le profeso. La admiro y reverencio por los grandes servicios que presta a la buena causa de Dios; conozco el justo aprecio en que la tienen los buenos padres de la Compañía, y aunque poco valgo a los ojos del Señor, tengo siempre especial cuidado en encomendarla al Altísimo en mis oraciones.

Por esto siento más aún el paso que me veo obligada a dar. Señora baronesa, aunque con gran dolor de mi alma, le pido que saque cuanto antes a su sobrina de esta santa casa. Por el honor de su noble familia y por el prestigio del colegio, he procurado rodear el asunto del más absoluto secreto; pero si la niña permanece aquí, la más leve indiscreción puede hacer que renazca la verdad, y entonces el escándalo haría que ninguna madre quisiera enviar sus hijas a una casa en la cual una educanda ha cometido tales horrores.

Ruégole, pues, en nombre del dulce Jesús y de su Santísima Madre, a los que usted tanto ama, que apenas reciba la presente me comunique sus órdenes para la salida de María de esta santa casa.