Part 5
--Sí; no se porta mal doña Isabel segunda, pues estoy seguro de que, si en ella consistiese, nos daría a nosotros las riendas del Gobierno. Y ahora somos nosotros más necesarios que nunca, pues la revolución se muestra cada día más imponente. ¡Majaderos! ¡Creen posible exterminar nuestra Compañía! A esos republicanos que predican la extinción del jesuitismo les enseñaría yo esta juventud que viste nuestra sotana, para demostrarles que no es posible suprimirnos, y que, antes al contrario, nuestra Orden es cada vez más numerosa.
--Tenéis razón, reverendo padre. Nuestra Orden es inmortal; pero esto no evita que la revolución sea hoy temible en toda Europa. En Francia, el trono imperial de Napoleón tercero se tambalea; en Italia, el impío Víctor Manuel hace del Papa un prisionero, y aquí, en España, el levantamiento de Prim y la última jornada de junio dan a entender que existe en el pueblo una amenaza latente, que no tardará en estallar bajo más terribles formas.
--¡Bah! No ocurrirá esto mientras yo vaya a Palacio todas las mañanas y la reina me oiga. Si estalla una revolución que eche abajo el trono, será porque yo no viviré o porque el Gobierno no seguirá mis consejos.
--Sin embargo, si ocurren pronunciamientos como el del día veintidós...
--No ocurrirán, padre Tomás, mientras en la casa grande me atiendan a mí. La sublevación del otro día fué por culpa de O'Donnell, ese cazurro sanguinario que sólo sabe fusilar cuando ya ha pasado todo, y que, en cambio, nunca supo prevenir el peligro con medidas enérgicas. Ahora con Narváez ya es otra cosa, y tanto él como el señor González Brabo encuentran muy razonable todo lo que les dice el padre Claudio. Mi sistema de gobernar es siempre el mismo. Más vale prevenir que reprimir. ¿Hay síntomas revolucionarios?..., pues gente a presidio. Mientras se hagan cuerdas y más cuerdas y se envíen todas las semanas a los presidios de Africa o a las Marianas a unos cuantos centenares de esos periodistas que tanto chillan y de esos obreros ilusos, que se acuestan abrazados al trabuco, no hay cuidado que sobrevenga la revolución. En países donde la gente piensa en libertad, el palo es la única salvación, y, además, también estamos nosotros aquí, para por medio de intrigas y sobornos esparcir la discordia y el desaliento en los partidos avanzados. Si el Gobierno sigue aconsejándose de mí unos cuantos años, no sólo se salvará la monarquía, sino que morirá el régimen constitucional y doña Isabel II volverá a gozar la realeza absoluta como su padre don Fernando, a quien le fué muy bien siguiendo mis instrucciones.
--Grandes cosas puede hacer la Compañía. Hay en nosotros un espíritu que nos hace indestructibles. Sin duda, es la protección de Dios.
El padre Claudio sonrió con expresión escéptica al oír las últimas palabras.
--Es otra cosa lo que nos salva y nos hace fuertes. Dejad a Dios quieto, padre Tomás, y tened el convencimiento de que si nuestros enemigos tuviesen la misma organización que nosotros, de seguro que nos derrotarían. Organización...: ésa es la palabra; eso es lo que nos salva y nos mantendrá incólumes y fuertes a través de todas las tempestades que la revolución desate contra nosotros.
El padre Tomás no se mostraba muy convencido de lo que afirmaba su superior.
--Buena es nuestra organización, reverendo padre, pero tan excelente como la nuestra la tienen otras órdenes religiosas, y, sin embargo, no han prosperado ni llegarán nunca a la misma altura que la Compañía de Jesús. Esto demuestra que nuestra prosperidad procede de Dios, que nos proteje como objeto predilecto de su excelente cariño.
El padre Claudio sonreía escépticamente.
--¡Bah! Le repito a usted que deje quieto a Dios. No ha entendido usted lo que yo quise expresar al decir organización. Hablaré más claro. La gran fuerza de la Compañía consiste en que sabe estudiar al hombre, adivina sus facultades, y sólo lo dedica para aquello que sirve. Además, nuestra Orden tiene la gran virtud de "barrer para adentro" y admitir a cuantos se presentan de buena voluntad, segura siempre de que no hay hombre que no sirva para algo.
El padre Tomás, bien fuera por espíritu de delación o porque realmente le chocara la explicación del padre Claudio, mostrábase sorprendido.
--No había yo pensado en eso, reverendo padre.
--El mayor mérito de la Compañía de Jesús ha consistido en proceder al revés que la sociedad, demostrando en esto gran sabiduría. La mitad de los males sociales provienen de que la mayoría de los humanos se dedican, por lo general, a las ocupaciones menos apropiadas a sus facultades, y de que el resto se pasa la vida sin hacer nada, por no haber quien se dedique a estudiarlos indicándoles para lo que sirven. ¿Qué se ve todos los días en el mundo? ¿No se ha reído usted nunca al ver a generales que rezan en latín y ayudan a misa como el mejor acólito, y curas que a la menor revuelta agarran el trabuco y marchan al punto para resultar grandes soldados? ¿No ha encontrado usted nunca ingenieros que no sirven para peones; obreros que estudiando podrían resultar grandes inventores y gentes que pasan la vida afanándose por ser artistas y que gastan en ello su vida y su fortuna, cuando podían resultar muy útiles a la sociedad siendo unos buenos zapateros o albañiles? No lo dude usted, el desbarajuste social consiste principalmente en que nadie se dedica a aquello para que sirve y en que no hay una inteligencia superior que sepa utilizar para un fin determinado las buenas o las malas cualidades de cada uno.
--Reconozco, reverendo padre, que mucho de eso existe en la sociedad.
--Pues bien; nada de esto ocurre en nuestra Compañía. Los santos fundadores diéronle un talismán para que su vida fuese eterna y su poder inextinguible, y este medio consiste únicamente en que la Orden procura estudiar para lo que sirve cada uno de sus individuos y para aquello lo dedica. Sobre todo, "barremos para adentro", y en esto estriba nuestra salvación. Imbéciles y sabios, pecadores o virtuosos, todos sirven, todos hacen su papel y contribuyen a la grande obra para mayor gloria de Dios.
--Sin embargo, no todos son buenos para vestir nuestra sotana. La Compañía de Jesús ha sido siempre una asociación de grandes inteligencias, una aristocracia del talento que San Ignacio estableció dentro de la Iglesia.
El padre Claudio lanzó una alegre carcajada.
--Me hace gracia esa afirmación. Mucho hubiese medrado la Compañía a ser cierto lo que usted dice. Si todos los jesuítas fuesen hombres de gran talento, la Orden no hubiese llegado a vivir un siglo. ¿Ha visto usted algo tan ridículo e inestable como una asociación de grandes inteligencias? Donde hay sabios, la envidia no tarda en surgir; el interés individual se sobrepone siempre al colectivo, y con tal de aparecer algunos dedos por encima de los demás, se da al traste con todo lo que a los antecesores les ha costado mucho organizar. Si aquí, en esta casa, fuésemos todos sabios, tenga usted el convencimiento de que nadie obedecería, y cada uno echaría por donde le aconsejase su voluntad. Eso de la sabiduría de los jesuítas es una frase hecha por el vulgo y que explotamos en provecho de nuestro prestigio. A los esclavos les consuela siempre suponer grandes talentos en el señor que los explota y los castiga. Esto hace más tolerable la servidumbre y disminuye la propia degradación.
--Pues entonces--preguntó el italiano algo amostazado--,¿qué cree vuestra paternidad que es la Compañía de Jesús?
--Pues una asociación de hombres ni más sabios ni más ignorantes que todos los demás, pero admirablemente organizados, moviéndose todos al impulso de una voluntad única y universal, y dirigiendo sus esfuerzos siempre al mismo fin. Esta organización es admirable, como antes decía, porque descansa en la infinita variedad de las aptitudes humanas, y porque cada uno de sus individuos sabe para lo que sirve y únicamente a ello se dedica. De aquí que los jesuítas desempeñan siempre tan a la perfección cuantos papeles se les encargan. ¿Qué diría usted si para construir un palacio se contara únicamente con los arquitectos que piensan, despreciando a los albañiles que ejecutan? En el mundo es tan necesaria y preciosa la cabeza como el brazo, y es una estupidez despreciar a ningún hombre, pues repito que todos sirven para algo. No hay rueda inútil en la sociedad; si algunas están paradas y enmohecidas, es porque falta el artífice inteligente que las monte y las haga funcionar. Gran cosa es ser sabio, pero hay circunstancias en la vida de las que sale un imbécil más airoso, y siempre será vencedor el organismo que en su mano tenga gentes de todas clases; para unas ocasiones, un hombre de talento, y para otras, un estúpido hábil. Todo consiste en saber estudiar a los hombres y adivinar para lo que valen.
Y el padre Claudio, desarrollando su teoría, se animaba por grados y se erguía sobre el banco de piedra, lanzando omnipotentes miradas a aquellos grupos de subordinados que discurrían por el jardín.
--¿Ve usted toda esa gente?--continuó señalando a los novicios y padres que paseaban por las inmediatas alamedas--. Todos contribuirán a nuestra gran obra, todos aportarán su grano de arena al grandioso altar que en el porvenir levantaremos a Dios cuando por conducto de nuestra Orden reine sobre el universo entero; todos son buenos, todos sirven; ninguno dejará de ser un campeón aguerrido de la buena causa, y, sin embargo, los hay entre ellos que serían expulsados inmediatamente de otras órdenes religiosas, o que, de vivir en el mundo, serían unos parásitos inútiles incapaces de hacer la menor cosa. Nosotros sabemos adivinar el diamante a través de las capas petrificadas que lo convierten en un guijarro; por esto todo hombre sirve para algo en nuestra Orden, ya que no nos equivocamos acerca de sus facultades. Todo es cuestión de tener buen ojo, y en la Compañía, justo es decirlo, cuando se llega a desempeñar alguna autoridad, es porque ya se ha aprendido a conocer lo que cada uno vale.
Calló el padre Claudio, pero tan animado estaba que no tardó en seguir desarrollando su tema favorito.
--¿Ve usted aquel muchacho de sonrisa afectada, regordete, que ahora conversa tan atentamente con el padre prefecto?
--Sí; creo que es el hermano López, un joven que da muchos disgustos a los maestros y que raro es el día en que deja de ser castigado.
--Eso es. El tal López, a haber ingresado en otra orden religiosa, hace ya tiempo que estaría en la calle. Es enredador e intrigante como él solo; miente con una facilidad pasmosa, y tal es su don de convicción, que si se empeñase ahora en hacernos creer que es de noche, casi lo lograría. En esta casa nadie está tranquilo cuando él se lo propone; calumnia con la mayor frescura al más virtuoso; indispone entre sí a los padres más respetables con sus diabólicos chismes, y los más crueles castigos no logran modificar su carácter. ¿No es verdad que resulta difícil hacer un hombre de provecho de tal mozo?
--Así es, reverendo padre.
--Pues se engaña usted. El hermano López ha de ser una gloria de la Compañía y de seguro que será más útil a nuestros intereses que muchos de esos santos y futuros sabios que hoy educamos. Hace tiempo que estudio a ese diabólico muchacho, y me afirmo cada vez más en mi convicción de que será un magnífico confesor de personas reales. Cuando se ordene de sacerdote y haya adquirido un aspecto respetable, lo destinaremos a confesor de alguna reina o princesa, y le aseguro a usted que ya le ha caído la lotería a la corte donde él desempeñe sus sagradas funciones. Aconsejará de un modo sublime, haciendo que sus regios penitentes acojan como axiomas sus más leves palabras; intrigará en los salones, y con chismes por bajo cuerda, destrozará cuantas coaliciones formen contra él los cortesanos envidiosos de su poder. La nación a cuyos reyes confiese, cuente usted que ya es nuestra. Vea, pues, padre Tomás, cómo sirve para mucho ese individuo a quien otros hubieran arrojado por inútil.
Y el padre Claudio miraba con expresión triunfante a su compañero.
--Muy bien--dijo el italiano--. Reconozco que pueda sacarse algún provecho de ese muchacho enredador, pero ¿querrá decirme vuestra paternidad qué provecho dará a la Orden en el porvenir ese hermano Pezuela, el mismo que está allá abajo arrodillado y con los brazos en cruz castigado por sus picardías? Para algo debe de servir también, ya que vuestra paternidad se ha opuesto siempre a que lo arrojasen de la Orden y ha disculpado sus groserías.
--Le tiene usted ojeriza a ese pobre muchacho, y no hay para tanto. Sé que en varias ocasiones se ha burlado de usted graciosamente, remedándole cuando habla en italiano con sus compatriotas, pero más enojado debiera mostrarme yo contra quien escribió unos versos haciendo comparaciones poco gratas de mi figura y mi carácter. ¡Si viera usted qué salados eran los tales versos!...
Y el padre Claudio se reía bondadosamente recordando la sátira de aquel jesuíta joven.
--¿Le hacen a usted gracia tales descaros? Pues si yo fuese un superior tan poderoso como usted lo es, no permitiría tales desvergüenzas dentro de la Compañía. Eso sólo sirve para acabar con la disciplina de la Orden y nunca podrá usted demostrarme en qué puede ser útil a la Compañía un trasto así, como no sea para deshonrarnos.
--¿Conque no puede sernos útil el hermano Pezuela? ¡Ah, padre Tomás! ¡Cuan mal dirigiría usted los intereses de nuestra Orden! Es usted un hombre de talento, pero no entiende gran cosa de adivinar lo que valen los demás. Ese hermano Pezuela será a la Compañía tan útil como pueda serlo López. Es un bicho de mala baba, tiene verdadera manía por burlarse de todo y de todos; con tal de decir un chiste sangriento no le importa que lo castiguen ocho días; posee el valor de la desvergüenza, trata con la misma facilidad la prosa y el verso, y al hombre más respetable sabe encontrarle inmediatamente el punto flaco para convertir su figura en caricatura. ¿Que es un canalla? Conforme. ¿Que no tiene conciencia ni cree en nada? Muchos podría yo enseñar dentro de la Orden que son aún más escépticos. Pero, en cambio, ese muchacho, para ser un Voltaire del catolicismo, sólo necesita que le pongamos una pluma en la mano y le mandemos escribir. El día en que nuestra Compañía, cansada de sufrir los ataques de los escritores revolucionarios, quiera defenderse, Pezuela los abrumará a insultos y desvergüenzas, y de seguro que usted será el primero que se alegrará de tener entre los suyos uno que sepa tan acertadamente zurrarles la badana a los enemigos. Váyase usted convencido de que todos sirven y que a todos hay que conservarlos.
--Bueno; me conformo también con la utilidad de Pezuela, pero creo que la teoría de vuestra paternidad será como todas las reglas: que tienen sus excepciones.
--Aquí no las hay. Todos sirven, absolutamente todos. Señáleme usted uno sólo de los que por ahí se pasean, y a ver si no le demuestro a usted que la Compañía tiene interés en conservarlo por los servicios que puede prestar.
--Conozco poco a los que viven en esta casa, pero alguno encontraré, reverendo padre.
Y el jesuíta italiano, después de reflexionar por un breve rato, dijo señalando a uno de los castigados que desde aquel banco se distinguían:
--¿Y para qué puede servir aquel bestia de cara cerril qué está allá arrodillado y en cruz con una gran piedra en cada mano para que su castigo sea más cruel? Es un barbarote que sirve más para carretero que para jesuíta. Por la cosa más insignificante da de bofetadas a sus compañeros, y aunque es dócil con sus superiores come un perro, y les obedece sin chistar, algunas veces se ha rebelado contra sus maestros intentando golpearles. ¿Para qué puede servir un animal así? ¿Es que vuestra reverencia va a encargarle que confiese reinas, o quiere hacer de él un Voltaire católico?
--Hace usted mal en burlarse, querido colega--contestó el padre Claudio con aire de superioridad--. Ese muchachote dócil, pero brutal, puede servir para lo que nunca hemos servido usted ni yo, ni la mayoría de los padres de la Compañía. Si el día de mañana surge una revolución en sentido avanzado, convendría a los intereses de la Orden el deshonrarla con demasías y crímenes para que las clases conservadoras, asustadas, adquiriesen nuevo valor y acelerar de este modo la reacción. Para este encargo sólo sirven hombres como ése, pues la mayoría de los que estamos aquí no servimos para héroes de barricada ni tenemos serenidad en los difíciles momentos de una revolución. Si algún día el pueblo español derribara el trono, vestiríamos a ese muchacho con la blusa y la gorra del obrero; a fuerza de andar a golpes y de hacer heroicidades en las barricadas, conseguiría inmenso prestigio en el populacho y tendríamos un agente fiel y animoso a quien aconsejaríamos todas las barbaridades que fuesen necesarias para deshonrar la naciente revolución.
--¿Y si lo mataban antes de hacerse popular?
--Entonces, otro al puesto, y la Compañía no perdía gran cosa con su muerte. Lo que debe usted hacer es convencerse de que ese majadero es tan necesario como todos. No hay hombre inútil, y el que uno sea un héroe o un papanatas sólo depende de las circunstancias.
--Admito también la utilidad de ese valentón de sotana, pero por mucho que usted se esfuerce, no podrá hacerme ver para lo que sirve ese jovencillo melifluo y rubito a quien sorprenden muchas veces mirándose en una vidriera y recitando los parlamentos más amorosos que encuentra en las comedias de Calderón y Lope. Me han dicho que, fuera de la declamación, para la cual tiene facultades, manifiesta un entendimiento romo, y no creo que vuestra paternidad piense organizar con el tiempo una compañía dramática entre los padres jesuítas.
--Ese joven declamador tiene un gran porvenir. Da a su voz, cuando quiere, una dulzura celestial; las más vulgares palabras las emite con entonaciones angelicales, y luego, sus ademanes seducen por su majestad graciosa y sencilla. Mientras viva ha de gozar de tanta fama como Bossuet, y seguramente eclipsará a nuestro padre Luis, que tanta gloría alcanzó este año con sus sermones, escuchados por lo más selecto de Madrid.
--¡Cómo! ¿Quiere hacer vuestra paternidad un predicador de ese mequetrefe? ¿Y el talento? ¡Si dicen que no es capaz de encontrar una idea durante un año entero! ¿Cómo va a ser un orador?
--Le escribirán los sermones y los aprenderá con la misma facilidad con que ahora retiene en la memoria una comedia entera después de leerla dos veces. Podrá no improvisar y verse obligado a decir lo que otro le dicte; pero, en cambio, ¡cuan hermosamente recitará su sermón! Con voz de enamorado, de trovador que entona una serenata, dirigirá las más bellas frases a la Virgen, y su sermón parecerá una declaración de místico amor. Auguro un éxito completo. Desengáñese usted: han pasado los tiempos de la devoción sombría y horripilante; de los templos lóbregos, de las imagines sanguinolentas y de los predicadores apocalípticos, que hacían erizar el pelo a los oyentes. Hoy el catolicismo educado por nosotros gusta de la devoción dulce y sólo acude con placer a nuestras iglesias bonitas, que parecen un lindo juguete al lado de los templos góticos. Causan muy buena impresión nuestras capillas alumbradas con gas, nuestros órganos con su musiquita ligera y casi bailable, y, sobre todo, nuestros predicadores que hablan a un auditorio elegante con la delicadeza de un galán de comedia. Con este sistema de devoción, aristocrático y distinguido, se conquista a la mujer, y quien tiene hoy a las mujeres, querido padre, es dueño ya de todo el mundo. Le aseguro a usted que ese muchacho, el día que recite su primer sermón aprendidito de memoria causará una revolución entre las devotas elegantes, y más de una Magdalena aristocrática, conmovida por aquella cara de niño Jesús y aquella voz tan dulce, llorará sus pasados errores y vendrá a arrojarse a los pies de la Compañía.
En aquel momento, tres hermanos profesos con la cabeza inclinada, los ojos mirando al suelo y los brazos en una santa inercia pasaron por delante de los padres.
El jesuíta italiano los siguió con la vista, y volviéndose de pronto a su superior, dijo con expresión triunfante:
--Ahí va uno que de seguro, será la excepción, pues en el porvenir es difícil que preste a la Compañía ninguna utilidad.
--¿Quién dice usted?
--El que va en medio de los otros dos: el hermano Baselga.
--¡Ah! ¿Ricardo? Pues se engaña usted también.
--No lo creo. Ese joven podrá habernos sido útil al pronunciar sus votos, si es que ha renunciado sus bienes en favor de la Compañía, como es costumbre: pero, en adelante, no sé para qué puede servirnos. No está comprendido en esa utilidad práctica que vuestra reverencia tiene por norma, y apurado se verá usted para darle una ocupación en la que pueda servir.
--¡Oh! Pues ese joven ha de ser célebre y honrará mucho a la Compañía. Leo en su porvenir. Nos hará ganar mucho dinero y fama.
--¿Cómo será eso, reverendo padre?--dijo escandalizado el jesuíta italiano--. ¿Qué prestigio puede dar a la Compañía ese joven ignorante y perezoso que no muestra la menor afición? Mire vuestra reverencia que yo estoy enterado de las condiciones del hermano Baselga, por haber hablado de él con sus maestros. Por más que se esfuerza en estudiar, la ciencia no entra en él: es tardo en la palabra, dificultoso en la expresión y tan distraído se muestra siempre, que parece un cuerpo muerto, cuyo espíritu vuela lejos de este mundo. Sólo tiene afición a leer vidas de santos y a imitar sus ayunos y penitencias. ¿Qué piensa vuestra reverencia hacer de un mozo así?
Se detuvo el italiano, como si le asaltase un extraño pensamiento, y añadió, sonriendo con cinismo:
--A no ser que vuestra paternidad quiera hacer del tal muchacho un Sor Patrocinio con sus llagas y sus estupendos milagros...
--¡Bah! Eso es procedimiento anticuado que ya no da resultado en estos tiempos. El hermano Baselga no será un santo de mentirijillas; llegará a algo más y la Compañía ganará mucho con ello. Cuando sea mayor de edad, la Orden le permitirá que cumpla una de sus más vehementes aspiraciones, enviándolo al Japón a convertir infieles. Es indudable que su exagerada fe, y su afán de imitar a los primeros mártires del cristianismo, le impulsarán a cometer algún atentado contra la religión de aquellos indígenas, y ya podéis suponer lo demás.
--Sí; le cortarán la cabeza... Y ¿qué?
--Pues que tendremos un mártir más, y esto por su propia voluntad y sin que nadie le aconseje directamente tal sacrificio. Los periódicos y revistas que subvencionamos relatarán en todos los tonos la muerte sublime del joven jesuíta; los predicadores ensalzarán la memoria de este héroe de la fe y hasta nuestros mayores enemigos, que a veces son cándidos hasta la estupidez, reconocerán que aunque enredamos en Europa prestamos un gran servicio a la civilización, sacrificándonos por introducir la cultura en pueblos apartados. En resumen, ahí tenéis los resultados prácticos. Tendremos para más de diez años un nombre célebre que explotar, un mártir que será como el prospecto de nuestro heroísmo y abnegación, y de todas partes el entusiasmo católico hará llover raudales de dinero dentro de nuestras cajas para que fomentemos las misiones en Asia. Esto sin contar con que tal vez aumentemos el prestigio religioso de la Orden, haciendo que con el tiempo figure en los altares "San Ricardo Baselga, de la Compañía de Jesús".
El italiano estaba aturdido por las demostraciones del padre Claudio, o al menos así lo fingía admirablemente.
Mostrábase poseído de entusiasmo, y abandonando su exterior frío y dulce, dijo con fogosidad:
--Es verdad cuanto dice vuestra reverencia. "Barrer para adentro" y admitir a todos para explotar a cada uno en aquello que valga; he ahí el gran secreto de la Compañía.
--Lo que la hará invencible e inmortal, padre Tomás.
El jesuíta italiano movió la cabeza con desaliento y murmuró, como si estuviera solo: