Part 13
De buena gana se hubiese tendido en la cama, que estaba en un extremo de la habitación, pues el cansancio propio de una jornada tan agitada, entumecía sus miembros; pero el viejo, desde que sabía que su protegido era un antiguo capitán, y por añadidura ayudante de Prim, no quería que le tomase a él por un cualquiera y hablaba sin descanso, relatando todos los incidentes de su vida. El mutismo a que le obligaba habitualmente la soledad de su vivienda, hacíale en la presente ocasión ser charlatán hasta el aburrimiento.
El, aunque ahora era un pobre memorialista, había sido el amigo y el protector de todos los grandes hombres. ¡Cuánto le quería _Pepe_ Espronceda! ¿Pues y Marianito Larra? Mayores favores le debía _Pepe_ Zorrilla, el autor del _Tenorio_, y no es que él se quejase de ingratitud; pero como el otro estaba ya tan alto y él tan bajo, siempre que lo veía de lejos, don Pedro se avergonzaba y escurría el bulto, pues su timidez sublevábase con la más leve suposición de ser molesto a un amigo que podía sentir repugnancia ante su miseria.
Y el anciano seguía enumerando todos los amigos, grandes y medianos, que había tenido en su juventud y alcanzado alguna notoriedad.
--¡Y pensar que yo que he sido dueño del teatro Español, que he tenido en la calle de la Montera la más hermosa casa editorial que se ha conocido, y que en Chamberí levanté una fábrica que asombró a cuantos la vieron, vivo en esta casa pobre y abandonado, sufriendo las impertinencias de soeces vecinos! ¡Qué vueltas da el mundo! ¿eh, caballero capitán?
Alvarez, rendido de cansancio, y arrullado por la voz dulce de don Pedro, estaba próximo a dormirse; y si aun conservaba los ojos abiertos y contestaba con signos a las palabras del viejo, era porque tenía empeño en acabar de ablandar con vino el último pedazo de aquella libreta que tan rebelde se mostraba entre sus dientes.
Lo que mejor comprendió el capitán, es que hubiera corrido un gran peligro, si en vez de permanecer inmóvil en el patio, hubiese llamado en los pisos superiores demandando protección. ¡De buena se había salvado! En el primer piso vivía una vieja prestamista, de conciencia intranquila, gruñona, y que le bastaba oír el ruido de un ratón, para imaginarse que los ladrones forzaban su puerta y pedir socorro a los vecinos. Si Alvarez hubiese llamado a su puerta, de seguro que la vieja usurera hubiera contestado con chillidos suficientes para poner en alarma toda la calle.
En el segundo vivía una buena moza, querida de un cabo de Policía, sujeto de malas entrañas, del que había que guardarse en adelante, pues era dedicado en especial a la persecución de delincuentes políticos. La moza no era de mejores sentimientos que su amante, y de haber llamado Alvarez a su puerta, diciendo quién era, de seguro que la policía no hubiese tardado en echarle mano.
--De todos modos, señor Alvarez--decía el viejo con su entonación dramática y caballeresca--, más vale que tengamos vecinos de tal clase. Usted estará aquí muy seguro solamente con que tenga prudencia y no se deje ver, pues a nadie se le ocurrirá venir a registrar una casa donde vive el sabueso más listo de la policía. ¡Vaya por Dios! Alguna vez debía servir para algo esa vecindad soez.
Y el pobre anciano, por el modo de decir estas palabras, daba a entender la repugnancia que le producía el trato con esas gentes incultas, que guardan todos sus sarcasmos y desprecios para los pobres de levita que se ven obligados a vivir entre ellas, y a los que odian por su superioridad de educación.
La sencillez con que don Pedro se comprometía a tenerle en su casa por un plazo indeterminado, hasta que pudiera salvarse, conmovió a Alvarez hasta el punto de desvanecer la somnolencia en que estaba.
Dióle las gracias con un vigoroso apretón de manos, y después sacó del bolsillo interior de su levita una abultada cartera. Tenía allí más de tres mil pesetas que era el sobrante de los fondos que la Junta revolucionaria le había entregado para la preparación de una parte del levantamiento.
Quiso que don Pedro tomase la cantidad que juzgase necesaria para atender a los gastos que pudiera proporcionarle, pero el viejo rehusó con un gesto imponente que recordaba a los héroes de tragedia, rechazando la cicuta mortal.
--No; sería la primera vez que tomaría dinero a cambio de un favor. Guárdese sus billetes, señor de Alvarez. Aunque soy pobre, aún tengo algunos duros en esa cómoda y puedo hacer mi santa voluntad sin que nadie me ayude.
Alvarez no insistió, pues había conocido el verdadero carácter de aquel hombre.
Eran ya las tres de la madrugada, y don Pedro, excitado por aquella charla extraordinaria, no pensaba en dormir. Fumaba cigarrillo tras cigarrillo y hacía que el capitán bebiera copitas del añejo, según él decía, para que se le pasasen los muchos sustos que había experimentado durante el día anterior.
A las cuatro, cuando ya comenzaba a romper el día, se decidió a dormir, pero antes, aun quiso mostrar a su huésped lo que él llamaba _museo retrospectivo_, y de dentro de un cofre viejo sacó un grueso manojo de anuncios de teatro y algunas docenas de pequeños volúmenes, encuadernados en pasta.
Los primeros, eran los prospectos teatrales de cuando él era empresario y estrenaba dramas propios que vivían en el cartel una sola noche. Los libros constituían una biblioteca que él había publicado en pleno furor romántico, con el título de _Galería de espectros trágicos y sombras ensangrentadas_, colección de novelas con más prodigios que una comedia de magia y en las cuales las protagonistas ostentaban puñales y botes de veneno como quien lleva el abanico, y todos los héroes eran melenudos, de ojos satánicos y con palidez verdosa, como si todas las mañanas se desayunasen con vinagre.
La excitación de la charla y un par de copitas habían puesto a don Pedro en una situación tal que, al contemplar aquellos recuerdos de gloria, se enterneció hasta el punto de que le saltaron las lágrimas por bajo de las gafas.
--¡Ah, caballero!--gimoteaba el viejo--; aquélla fué mi grande época. Tenía dinero en abundancia, era respetado y querido por todos, se me consideraba como hombre llamado a hacer grandes cosas, y, sobre todo, tenía a _ésa_--señalando al retrato--, a mi Ramona, que era un dechado de perfecciones. Yo la maté, señor Alvarez: no quiero ocultarlo, yo fuí quien la maté, con mi afán de actividad y de especulaciones atrevidas. La pobrecita no pudo sufrir la ruina ni familiarizarse con la miseria. Había nacido en la opulencia y murió en el hospital. El primer día en que ella me vió en el cajón de memorialista, esperando a criadas y aguadores que entonces no venían, la infeliz cayó enferma. Era demasiado señora para sufrir aquello. Crea usted que estos recuerdos son lo único que en esta vida me pone triste.
El anciano encerró los libros y papeles en el cofre y se dirigió a la cama, no sin beber antes otra copita, para olvidar aquello que tanto le afligía.
Los dos iban a acostarse en la misma cama, y cuando estaban ya en ropas menores, y don Pedro, dejando las gafas sobre la mesa, iba a apagar el hermoso quinqué, dijo al militar:
--Antes de dormir arreglemos nuestra vida, señor de Alvarez. Mientras yo esté, como de costumbre, en el cajón, usted permanecerá quietecito aquí, cuidando de no cometer imprudencia alguna para que no se aperciban las gentes de abajo. Puede usted entretenerse leyendo los libros que hay desparramados por ahí; además, le dejaré mi _Galería de espectros trágicos y sombras ensangrentadas_: se la recomiendo, hay en ella cosas muy buenas. El orden de las comidas lo arreglaremos en la siguiente forma: yo almorzaré a las doce, en el cajón, según costumbre; usted hará lo mismo con fiambres que ya le traeré a usted mañana. A las seis volveré a casa, y como es la hora más a propósito para que ningún vecino curiosee, subiré yo mismo un pucherete con algo más que nos guisarán en una taberna de esta misma calle. ¿Está usted conforme?
Alvarez sonreía enternecido por la bondad de aquel viejo, que socorriendo a un desgraciado, parecía poseído de un gozo infantil.
Don Pedro apagó el quinqué, y buscando a tientas la cama, fué a acostarse al lado del revolucionario.
--Ahora, a dormir--dijo con voz queda--. Estará usted mucho tiempo aquí como prisionero. Esto le será molesto, pero, ¡qué diablo!, lo importante es librar la piel y aguardar que vengan tiempos mejores. Ya veremos de salir de este paso.
Calló el viejo, pero al poco rato sonó en la obscuridad su risita infantil.
--¿Sabe usted por qué río, señor de Alvarez? Me hace mucha gracia el engañar al Gobierno teniéndole a usted aquí. ¡Ji, ji! ¡Cuánto me reiré cada vez que vea a ese groserote policía que vive abajo!
Al capitán le causaba cierto remordimiento la alegría del sencillo anciano.
--Piense usted bien lo que hace, don Pedro, socorriendo a un revolucionario. Estos Gobiernos son capaces de fusilar a un viejo por haber ocultado a un desgraciado.
Reinó el silencio, pero al poco rato contestó el anciano, con voz grave:
--Me importa poco lo que pueda sucederme por hacer bien a un semejante. Aunque soy viejo, no me asusta la muerte. ¿Cree usted que si yo tuviera valor no hubiese ido hace ya tiempo a reunirme con Ramona?
Alvarez se estremeció escuchando aquellas palabras sencillas, que delataban una desesperación tranquila y un amor póstumo a toda prueba.
Los dos no tardaron en rendirse al sueño, y aquella noche Alvarez soñó que era pequeño, muy pequeño y que dormía abrazado a su padre, del cual apenas si se había acordado en mucho tiempo.
Más de un mes permaneció Alvarez en aquel escondite, haciendo la vida ordenada por don Pedro.
Este no sólo le llevaba la comida a su huésped, sino que abandonaba su cajón y corría todo Madrid para cumplir los encargos que le hacía Alvarez.
A pesar de las precauciones que tomaban los vencidos, ocultos en Madrid, don Pedro, siguiendo las indicaciones del capitán, pudo ir enterándose de cuál había sido la suerte de cada uno.
Alvarez, seguro de su escondite, no tenía prisa en huir, convencido de que cuanto más tardase en salir de Madrid, menos obstáculos tendría que salvar en su fuga.
El embajador de Inglaterra, que había ya arreglado la escapatoria a los principales comprometidos en la revolución, era el encargado de facilitarle los medios de huída.
La Policía andaba muy escamada, según decía don Pedro, que ahora hablaba más frecuentemente con el vecino polizonte, y había que esperar a que se presentase una ocasión oportuna.
Una dama inglesa, que había venido a España muy recomendada al embajador, con el sólo objeto de ver corridas de toros y pintar en su cuaderno de acuarelas algunas cabezas de gitanos, fué la que se encargó de salvar al revolucionario.
Propúsole el embajador a la romántica _miss_ que al regresar a Inglaterra llevara hasta la frontera de Francia, en calidad de criado, a un capitán español condenado a muerte, y la descendiente de Ofelia aceptó, encontrando la aventura muy novelesca y propia para causar sensación en los salones de Londres.
Don Pedro, que servía para todo, afeitó a su protegido concienzudamente, le ayudó a vestirse un traje que había comprado el día antes, y Alvarez quedó convertido en el tipo perfecto de esos criados elegantes y respetables que constituyen la aristocracia de la domesticidad.
Aquella misma noche, a fines del mes de agosto, el revolucionario, llevando el saco de noche en la enjuta y huesuda _miss_, que le precedía, atravesó el salón de espera y el andén de la estación del Norte, pasando por entre la Policía que vigilaba atentamente a los viajeros.
Don Pedro, sonriendo como un angel, contemplaba la escena desde un extremo de la estación, y cuando el tren partió, lanzó un suspiro de satisfacción acompañado de unas cuantas carcajadas.
¡Je, je! ¡Cómo se la habían pegado al Gobierno y a su vecino el cabo de Policía!
De este modo salió Esteban Alvarez de aquel levantamiento tan heroico como infortunado.
Al llegar a París se despidió de su protectora inglesa, que en todo el viaje no le había dirigido media docena de palabras, limitándose a mirarle descaradamente a través de su monóculo, con la misma insistencia que si fuese un bicho raro.
Los primeros días de estancia en París fueron insoportables para el emigrado. Se hallaba completamente solo y todo traía a su memoria el recuerdo de su asistente, de su fiel Perico, que había sido en aquellos lugares su inseparable compañero.
Ignoraba cuál había sido su suerte desde que el pobre muchacho le abandonó en la calle de Lope de Vega para hacer más fácil la huída de su amo.
Creía unas veces que estaría sano y salvo en Francia y hacía pesquisas para encontrarlo, pero ningún compañero de emigración había oído hablar de él y se ignoraba cuál había sido su suerte.
Al mes de emigración la ansiedad experimentada por el capitán era tan grande, que resolvió escribir a su amigo el vizconde preguntándole por Perico. Envió la carta al Casino donde pasaba la vida el vizconde y no puso su firma, pues sabía que el Gobierno era maestro en el arte de leer la correspondencia sospechosa, sin detenerla, y él no quería comprometer a su amigo. Limitábase a preguntar qué era de Perico, y consignaba la dirección que debía dar a su repuesta.
El vizconde reconoció la forma de letra de su amigo y contestó a vuelta de correo lacónicamente para evitarse compromisos.
Perico estaba actualmente en Melilla. Una bala le había roto una pierna en su huída. Después había sido conducido al Hospital Militar, y si no le habían fusilado lo debía a estar herido, a las influencias que el vizconde puso en juego, y, más que todo, a la serenidad que demostró negando su personalidad.
El valiente muchacho dijo en todas sus declaraciones que era francés y que tan sólo arrastrado por una curiosidad imprudente había ido a las barricadas, mezclándose en la lucha. Un certificado del Consulado francés que le encontraron en un bolsillo del traje, fué lo único que le salvó de ser pasado por las armas; pero esto no le evitó al supuesto francés el ser condenado a veinte años de cadena en los presidios de Africa, y apenas estuvo convaleciente de su herida, salió para su destino formando parte de una de aquellas famosas _cuerdas_ en que iban a la deportación mezclados con los más abyectos criminales algunos centenares de ciudadanos honrados, arrancados a sus familias por el delito de amar mucho a su patria.
Aquella carta conmovió al revolucionario y le hizo odiar aún con más fuerza el régimen político contra el cual conspiraba.
FIN DEL TOMO SEXTO
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aumetar=> aumentar {pg 7}
comparrase=> compararase {pg 7}
arogonesa=> argonesa {pg 9}
entaño=> antaño {pg 10}
útimo=> último {pg 12}
circunstancisa=> circunstancias {pg 15}
aspiracion=> aspiración {pg 19}
Prontó=> Pronto {pg 22}
qu contrariaban=> que contrariaban {pg 22}
su scompañeros=> sus compañeros {pg 25}
Compñía=> Compañía {pg 29}
Orlen=> Orden {pg 32}
esa fortuna la renuncio=> esa fortuna la renunció {pg 35}
paternidd=> paternidad {pg 36}
arrrojar=> arrojar {pg 40}
estar palabras=> estas palabras {pg 60}
pudo vitar=> pudo evitar {pg 61}
eleccción=> elección {pg 62}
severendo=> reverendo {pg 68}
interumpir=> interrumpir {pg 71}
friadad=> frialdad {pg 82}
se se llevan=> se llevan {pg 86}
oracioens=> oraciones {pg 91}
Ite, misa tes=> Ite, misa est {pg 97}
envovliéndolo=> envolviéndolo {pg 103}
rijo=> dijo {pg 134}
End of Project Gutenberg's La araña negra, t. 6/9, by Vicente Blasco Ibáñez