La araña negra, t. 5/9

Part 15

Chapter 15921 wordsPublic domain

Despreciando los consejos de su servidumbre, que le rogaba no permaneciera en unas habitaciones donde podían entrar los proyectiles, se mantuvo en aquella parte de la casa, oyendo las descargas y los vivas que daban los insurrectos en los momentos en que el fuego se debilitaba.

El silencio que se estableció después, y que sólo fué interrumpido por aclamaciones a la libertad, la dió a entender el triunfo momentáneo de los revolucionarios.

Ella, impulsada por su educación y las ideas que le habían inculcado, estremecíase de horror al escuchar los gritos revolucionarios, y, sin embargo, no podía evitar cierto instintivo movimiento de gozo ante aquella ventaja que acababa de alcanzar la insurrección.

Era que el amor borraba las preocupaciones de clase, y que había en ella un poderoso instinto que le anunciaba cómo entre aquellos vencedores hallábase Esteban Alvarez.

Pensaba Enriqueta en lo raro de aquellos sentimientos que la dominaban, cuando el aldabón de la calle sonó con ruidosa precipitación, acompañando a sus golpes furiosas patadas dadas en la puerta.

La joven, señora de Quirós pensó inmediatamente en Esteban, sin que se la ocurriera imaginar que quien llamaba pudiera ser el aventurero odioso que a los ojos del mundo era su marido.

--¡Enriqueta!... ¡Abre, Enriqueta!

Así gritaba unja voz que ella no podía conocer, a causa de que el miedo la desfiguraba, haciéndola temblona e insegura.

Dirigíase ella a un balcón para abrirlo y ver quién llamaba, cuando sonó un tiro, y el aldabón cesó de tocar.

Enriqueta retrocedió, adivinando el crimen que acababa de perpetrarse; pero se repuso prontamente, y volvió de nuevo hacia el balcón; pero, en el mismo instante, el trueno de la fusilería volvió a sonar, más horroroso que antes.

Imposible asomarse. La barricada era atacada por segunda vez, y el combate, a juzgar por el estrépito, era más tenaz y empeñado que el anterior.

Sin saber qué resolución tomar, como un ser imbécil, y oyendo sin inmutarse el continuo estampido, que, escuchado en el centro de aquella sala cerrada y oscura, semejaba el fragor de una horrorosa tempestad que descargaba sobre Madrid, permaneció Enriqueta más de un cuarto de hora, que fué el tiempo que duró el decisivo combate.

La idea de que aquella voz desfigurada por el miedo, podía ser la de Alvarez, que en un momento de peligro para su vida no había vacilado en pedir su auxilio, martirizaba a Enriqueta de tal modo, que, a no ser porque el instinto de conservación, alarmado ante aquella horrorosa lucha, aprisionaba sus miembros y la impedía moverse, hubiera corrido a aquel balcón, para ver quién era el desgraciado que acababa de caer muerto ante su puerta.

Cuando cesaron las descargas, Enriqueta, como una loca, y cediendo a un impulso instintivo, corrió al balcón, abrió sus maderas y asomó todo su busto, sin miedo a un disparo traidor.

En lo alto de la barricada aparecían los rojos pantalones de la tropa, y algunos hombres del pueblo, con la camiseta rota, sudorosos, ennegrecidos por la pólvora y en el último paroxismo de furor, disputaban el terreno palmo a palmo a los vencedores, riñendo a bayonetazos.

Enriqueta vió el cadáver tendido ante la puerta, y al reconocer a Quirós, no pudo evitar un grito de dolorosa sorpresa.

El triste fin de aquel miserable borraba todo resentimiento, y le hacía simpático a las ojos de la mujer que tanto le había despreciado.

Enriqueta, anonadada por aquella emoción terrible, sintió que las piernas le flaqueaban y se agarró a la balaustrada del balcón, para no caer.

¿Fue visión o realidad lo que entonces pasó ante sus ojos, anublados por las sombras del desmayo?

Dos hombres bajaban corriendo la calle. Enriqueta los reconoció: eran Alvarez y su asistente; pero ajados por la lucha, tiznados por el humo y con las ropas en desorden.

Los soldados, desde lo alto de la conquistada barricada, hacían fuego sobre los fugitivos, y el revolucionario capitán, al ver a su amada en el balcón, se detuvo un instante, para saludarla con un desesperado ademán de despedida.

Fueron los dos, amo y criado, a escapar por una callejuela que desembocaba en la calle de Atocha, pero en el mismo instante un pelotón de la Guardia civil dobló la esquina, y los fugitivos viéronse envueltos y cogidos.

Enriqueta exhaló un grito de horror, y fué ya muy poco lo que vió.

Con la vaguedad incierta y fantástica de un sueño, le pareció ver que los guardias colocaban, apoyados en la pared, a Alvarez y su asistente, siempre erguidos y serenos, y que, retirándose algunos pasos, una fila de fusiles apuntaba a sus pechos.

Después creyó distinguir que una compañía de Infantería entraba por la misma callejuela, y que el oficial que la mandaba, haciendo un movimiento de sorpresa, se arrojaba sobre el terrible grupo...

Y ya no vió más. Sus piernas se doblaron, su cabeza se inclinó sobre el pecho, como si dentro sintiera un peso inmenso; sus ojos se cerraron, sintió una suprema y avasalladora necesidad de descanso, y cayó, chocando su cráneo contra los hierros del balcón.

FIN DEL TOMO QUINTO

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Los errores corregidos por el transcriptor:

formalidaddes=> formalidades {pg 21}

actos nadan valen=> actos nada valen {pg 42}

ocurido=> ocurrido {pg 49}

vagoroso=> vigoroso {pg 55}

la produjo=> le produjo {pg 62}

como si=> oomo si {pg 78}

insurección=> insurrección {pg 99}

su dos filas=> sus dos filas {pg 123}

ordear una sábana=> ondear una sábana {pg 126}

sosprenderlos=> sorprenderlos {pg 128}

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