Part 10
--Eso estaría muy bien si la Policía conociera a Alvarez; pero, aunque su nombre sea conocido por todos los agentes del gobernador, como temible revolucionario, no hay uno solo que sepa cómo es él personalmente.
--Podía dar sus señas.
--Eso no basta, y con ellas podría la Policía equivocarse y prender a otro individuo, al primer transeunte que se le ocurriera detenerse en la calle de Bailén, frente a las Caballerizas. Total, que por un necio escrúpulo de usted, daríamos un golpe en vago, del que mañana hablaría la prensa de oposición, y advertiríamos a Alvarez, el cual se pondría en salvo.
Quirós pareció convencido.
--¡Bien! ¡Conforme, reverendo padre! Lo que usted quiera. Vuestra reverencia siempre hace de mí lo que mejor le parece, y me maneja como a un niño. Estaré en la calle de Bailén a la hora indicada. Usted se encargará de enviar la Policía, ¿no es eso?
--Sí, señor. Esté usted tranquilo, que antes de que ustedes se dirijan hacia la Casa de Campo, apenas la Policía vea a usted hablando con Alvarez, se arrojará sobre éste, maniatándole, para que no se escape ni se defienda.
El diputado ultramontano manifestóse muy alegre por aquella solución, que evitaba todo peligro para su vida y le libraba de un temible enemigo; pero, de pronto, sus ojuelos brillaron con cierta malicia, y se rascó su colgante y grasosa sotabarba con expresión de incertidumbre.
Miró fijamente al padre Claudio, y después dijo con lentitud:
--Reverendo padre: hablemos claro. ¿Es seguro que la Policía vendrá esta noche?
El jesuíta extrañó mucho la pregunta.
--¿Y por qué no ha de ir? Yo en persona iré a hablar con el gobernador. Me extrañan sus palabras.
--Tengo bastante memoria y recuerdo la franqueza con que me habló usted hace poco. A vuestra paternidad no le parecería mal el librarse de mí, y sería una jugada bonita el dejarme solo esta noche en poder de ese bruto de Alvarez, para que me espachurrara sin compasión. Sería un golpe que haría honor a la travesura de vuestra reverencia.
--¡Bah! Es usted un malicioso sin objeto. Yo nunca empleo tales procedimientos para librarme de mis enemigos, y si usted me estorbase realmente, crea que no me faltarían medios mejores para anularlo. Vaya usted tranquilo esta noche, que yo no faltaré. Lo que dije antes fué solamente un arranque propio del mal humor que hoy me domina. Aunque usted no quiera creerlo, le aprecio a usted, por lo mismo que lo necesito, y aún podemos hacer muchas cosas juntos.
Poco después, Quirós, ya más tranquilizado, salía de la casa del padre Claudio.
Creía que éste cumpliría su palabra por estar tan interesado como él en librarse de Alvarez.
¿Y si lo engañaba? ¿Y si no acudía la Policía, y él, cumpliendo su palabra, se veía obligado a ir hasta la Casa de Campo para cambiar algunos tiros?
Todo menos eso. Estaba él dispuesto a todo antes que a ponerse en tan apurado trance, y con tal de no verse ante el revólver de Alvarez, se creía capaz de echar a correr así que se convenciera de que su protector no había preparado una Policía providencial que cortase el lance, llevándose preso al temible revolucionario.
VII
La abnegación de Perico
Comenzaba el crepúsculo a dejar flotante su manto de sombras, y todavía don Esteban Alvarez, junto a la abierta ventana, escribía sobre una mesilla cuyo tablero estaba manchado de tinta y de grasa.
La habitación era tan modesta, que le faltaba poco para ser una mísera buhardilla.
No había encontrado el conspirador asilo más seguro que aquella habitación, perteneciente a la vivienda de un pobre obrero, entusiasta por las ideas avanzadas y comprometido en cuantos movimientos revolucionarios se preparaban en Madrid.
Aquel pobre carpintero y su familia afanábanse por servir al fugitivo capitán, y lo ocultaban con tanto cuidado como si se tratase de un tesoro.
Cada una de las salidas que hacía Alvarez, producía hondo disgusto al dueño de la casa, que temía que fuese el militar reconocido por la Policía. El entusiasta obrero hablaba de esto a Perico con la esperanza de que éste obligase a su amo a ser más prudente.
En dicha tarde, por ser día de fiesta, había salido el carpintero con su familia a dar un paseo, como la mayoría de los vecinos que ocupaban aquella calle de la Ronda, y Alvarez se había quedado en la casa acompañado de su fiel asistente.
Hacía ya más de una hora que escribía, teniendo a la vista gran número de papeles, y Perico le contemplaba, observando un respetuoso silencio, pues conocía bien el significado de aquellos trabajos.
El antiguo asistente había cambiado mucho. Ya no era aquel mocetón aragonés, tan rudo en el carácter como en presencia, pues su estancia en París había obrado en él grandes modificaciones.
En la gran metrópoli francesa habíase visto obligado a desempeñar varios oficios, para atender a su subsistencia y muchas veces a la de su amo, y el trato continuo con gentes de esmerada cultura, había ido limando poco a poco las asperezas de su carácter, revestido de virginal rudeza.
Hasta su exterior se había modificado mucho, y en la actualidad era un muchacho de agradable aspecto, que vestía con esa distinción propia de los domésticos extranjeros. Su rostro, antes curtido y de rasgos sobradamente enérgicos, estaba ahora atenuado por las sombras de una barba fina y escrupulosamente cuidada.
Se encontraba, como ya hemos dicho, el fiel criado observando cómo su amo, a pesar de las sombras que invadían la habitación, seguía trabajando en aquellos papeles revolucionarios, y, sentado en una silla desvencijada, seguía atentamente todos los movimientos de su señor, con la misma fruición del que contempla al ser amado.
Al ver que la oscuridad se hacía cada vez más densa, y que Alvarez seguía escribiendo casi a tientas, sin darse cuenta de lo que le rodeaba, salió Perico de la habitación, y, poco después, volvió trayendo una palmatoria con una vela de sebo encendida, la cual colocó sobre la mesa, procurando no distraer a su amo.
El capitán pareció volver en sí al sentir el roce de su asistente y le habló con aquel acento breve e imperioso que le era peculiar, y que al muchacho aragonés le parecía el más cariñoso del mundo:
--Perico, todos estos papeles los guardarás inmediatamente.
El aragonés pareció extrañar aquella orden. Claro era que debían guardarse con cuidado aquellos documentos tan comprometedores. Pero, acostumbrado a obedecer ciegamente a su señor, se abstuvo de hacer la menor objeción.
--Los guardarás, como te digo--continuó Alvarez--; y por toda esta noche permanecerás en casa. Si mañana al amanecer no he vuelto, los llevarás a la redacción de "La Iberia", para entregarlos al director del periódico, un señor cuyo apellido es Sagasta.
Perico acogía las órdenes de su superior con señales de obediencia; pero aquello de que su amo podía no volver a la mañana siguiente, causábale cierta inquietud.
Deseaba hacer una pregunta para desentrañar aquel misterio; pero únicamente se atrevió a preguntar a su amo si deseaba alguna otra cosa.
--Nada más. Recoge estos papeles inmediatamente, guárdalos en lugar seguro, y ya sabes mis órdenes. Si mañana amanece sin que yo esté aquí, entrégalos al director de "La Iberia", que es de la confianza del general Prim. Yo voy a marcharme ahora mismo.
El asistente se mostró aún más alarmado e indeciso que antes, y, por fin, haciendo un supremo esfuerzo, como si rompiese una barrera gigantesca que se opusiera a su paso, preguntó a Alvarez con expresión humilde:
--Señor, ¿me permite usted una pregunta?
El capitán miró con sorpresa a su asistente, al ver que, por fin, una vez se atrevía a preguntarle, y con un gesto le indicó que podía hablar.
--Ya sabe usted, mi capitán, que nunca me he tomado la menor libertad, que pudiera interpretarse como falta de respeto, ni me he atrevido a preguntarle jamás lo que pensaba hacer. Me he limitado a obedecerle y a seguirle a todas partes, y así seré en todas cuantas ocasiones se presenten.
--¡Bien! ¡Adelante! Haz la pregunta pronto y déjate de rodeos.
--Pues bien, mi capitán. Quisiera saber adónde va usted esta noche, y porqué cree que es posible que mañana no se halle aquí. Esto no me parece muy tranquilizador, y como usted es la única persona que tengo en el mundo...
Y Perico, profundamente conmovido, terminaba su oración con un gesto de dulce humildad, con el cual parecía pedir perdón por su atrevimiento, y solicitar de su señor la revelación del peligro que, indudablemente, iba a arrostrar en aquella noche.
Alvarez, que al principio había escuchado con expresión ceñuda las palabras de su asistente, se humanizó al ver de un modo tan patente el inmenso cariño que le profesaba.
--No hay motivo para asustarse, muchacho--dijo el conspirador, intentando dar a sus palabras una expresión alegre--. Voy esta noche a cambiar unos cuantos tiros con un canalla, y como uno de los dos ha de quedar allí, y nadie está exento de sufrir una desgracia, de ahí que te haya hecho el anterior encargo.
No era la primera vez que Perico veía partir a su amo para ir a exponer su vida en un duelo; en dos distintas ocasiones había tenido Alvarez iguales lances en París; pero, a pesar de esto, en la presente circunstancia, el fiel aragonés sentía mayor alarma, como si su instinto le anunciase un inmediato peligro.
--Pero, mi capitán--dijo con tono de reconvención respetuosa--: ¿ha pensado usted en la situación en que estamos? Usted no se pertenece y tiene graves compromisos con el general, que está allá, confiando en sus servicios. Un hombre, en la situación que usted se encuentra, no debe mezclarse en esos llamados lances de honor.
--¡Bah! Saldré con fortuna de él, como he salido de otros; tengo la seguridad de ello, y sólo por una prudente medida de precaución te he hecho el encargo antes.
Perico calló, pero aún manifestaba deseos de seguir preguntando, por lo que le habló así su amo, el cual se reía de su confusa actitud:
--¿Qué más quieres saber?
--Lo que quisiera es que usted me permitiese asistir a ese encuentro.
--¡Imposible! El lance ha de ser sin testigos. He sido yo mismo el que he obligado a mi enemigo a aceptar esta condición.
--Pues al menos, dígame usted quién es el hombre con el que va a luchar.
--¿Para qué quieres saberlo? Bástete saber que tú no eres ajeno a la cuestión, y que al meterle a ese hombre una bala en la cabeza, tal vez te vengo a ti.
Perico quedó pensativo al escuchar estas palabras, y, poco después, sonrió con satisfecha expresión.
--Me parece que sé quién es ese hombre.
--¿De veras? Haría honor a tu penetración el haberlo adivinado.
--Indudablemente, ha tenido usted una cuestión con aquel pillete, que es causa de nuestras desgracias y de la muerte de mi pobre tía.
Alvarez no pudo desmentir la apreciación de su asistente, y se limitó a decir:
--¿No te parece que tengo motivos de sobra para matar a ese pillete, como tú dices?
--Sí, mi capitán. Vaya usted a castigar a ese malvado, y crea que siento no encontrarme en situación para poder hacer lo mismo.
Después de una breve pausa, continuó el asistente:
--Tengo la seguridad de que volverá usted mañana antes del amanecer. Indudablemente, debe existir algo tejas arriba, que castigue a los pillos y proteja a los hombres de bien, pues, de lo contrario, sería imposible la vida en este mundo. No me cabe la menor duda: usted matará a ese canalla.
Estas palabras halagaban a Alvarez, quien, entretanto, arreglaba los papeles en un paquete, para que los guardase su asistente, y después examinaba un revólver americano que había sacado del cajón de la mesilla.
--Permítame usted otra pregunta, capitán, ya que tan tolerante es conmigo. ¿Dónde va usted a encontrar a ese hombre?
--Frente a las Caballerizas Reales.
--No se batirán ustedes allí, por supuesto.
--No; iremos a matarnos junto a las tapias de la Casa de Campo. Así lo hemos convenido Quirós y yo.
--¿Y es ese señor quien ha marcado el punto y la hora?
--Sí; he dejado este asunto a su elección. ¡Miserable canalla! ¡Y cuán cobarde es! Apenas si el temblor le dejaba hablar en mi presencia.
Perico quedóse pensativo, y por fin, dijo con convicción:
--Mi capitán, ríñame usted cuanto quiera, dígame bruto e imbécil; pero le aseguro a usted que hará muy mal si acude a esa cita.
--¿Y por qué no he de acudir? ¿Un hombre como yo va a dejar que un Quirós pueda el día de mañana tacharle de cobarde, por no haber acudido a una cita?
--Ese Quirós es un pillo redomado, que no debe tener muchas ganas de verse otra vez frente a usted, y que, además, está acostumbrado a librarse de un enemigo por medio de la delación. ¿Qué cosa más fácil para él que librarse de un hombre que le amenaza de muerte, y que es buscado por la Policía como prófugo y sentenciado a la última pena? Usted es muy cándido, mi capitán, y cree que todos proceden como usted, con idéntica nobleza. No me cabe duda alguna; me lo dicta el corazón. A estas horas ese Quirós le ha delatado a usted a la Policía, que tiene ya armada la trampa para cogerlo entre sus garras.
Estas afirmaciones de Perico produjeron gran confusión en el capitán.
Su carácter, noble y resuelto, incapaz de imaginar la menor traición, no había podido abrigar tales sospechas; pero las palabras de su asistente tenían tal tinte de verosimilitud, que comenzó a recelar algo malo en aquella cita de honor a la que iba a asistir.
Pero no tardó su carácter caballeresco en rebelarse contra lo que le dictaba su instinto de conservación.
--Tal vez sea Quirós tan traidor como tú lo pintas; pero, a pesar de todo, no faltaré a la cita.
--Pero es una locura, mi capitán. No hay hombre en el mundo, por valiente que sea, que se presente solo y confiado en un punto donde sabe le aguarda la traición para hacerlo su víctima. Usted no debe asistir a la cita, y aunque me insulte y me golpee, yo me opondré a ello. ¡Don Esteban! ¡Señorito! ¡Amo mío! Máteme usted, acabe conmigo, y únicamente así podré consentir que vaya adonde le ha citado ese granuja, digno de la horca.
Y el pobre muchacho decía estas palabras casi llorando, y en actitud suplicante, avanzando sus manos como para impedir que se moviera su señor.
Perico agotó todos los argumentos que en poco rato pudo proporcionarle su cerebro, para decidir al capitán a que no acudiese a la cita.
La traición era clara. Aquel hombre infame le tenía miedo, y nada más fácil para uno de su clase que una delación, tanto más cuanto que sabía que Alvarez era muy buscado por la Policía. Y si por un falso sentimiento de honor, y presintiendo lo que iba a ocurrirle, acudía a la cita, y la Policía le apresaba, ¿cuál iba a ser la suerte de los preparativos revolucionarios? ¿No produciría una terrible impresión en los conspiradores ver en poder de la autoridad al poseedor de todos los secretos de la insurrección? Además, el general Prim le había enviado a Madrid como hombre de confianza, para que preparase un movimiento revolucionario y no para comprometerse en asuntos particulares, dejándose arrastrar por una quijotada de su carácter, que podía terminar en desastrosa prisión primeramente y después en el cadalso.
Alvarez mostrábase convencido de la verdad que encerraban las palabras de su asistente; pero, a pesar de esto, seguía obsesionado por aquella idea que Perico calificaba de quijotesca.
--¿Y si no existiera esa traición que tú supones? ¿Y si Quirós asistiera a la cita completamente solo, y con la intención de batirse noblemente conmigo? Comprende en qué situación tan terriblemente desairada quedaría yo en tal caso... No te opongas, Perico. Forzosamente he de asistir a esa cita. Lo exige mi honor, y no faltaré.
El asistente, que conocía perfectamente la tenacidad de su superior, al escuchar estas palabras se convenció de que era inútil insistir en impedirle la salida, y mudó inmediatamente de actitud.
--Puesto que usted se empeña, acuda a la cita, aun sabiendo que va a ser víctima de la traición; pero, al menos, permítame, señor, que yo le acompañe.
--¿Para qué?
--Para evitar en lo posible las malas artes de ese canalla.
--Imposible. Quirós irá solo, y nadie, por tanto, debe acompañarme. El lance es entre los dos; ninguna persona extraña debe mezclarse, y si yo te llevara conmigo, es indudable que si, por desgracia, me tocara caer a mí, ese miserable tendría luego que batirse contigo, y eso no lo juzgo digno.
--Bien pudiera suceder así--dijo el asistente con malicia--; pero yo le prometo a usted no mezclarme para nada en el duelo. Yo solicito acompañarle con distinto objeto.
--¿Qué es lo que deseas?
--Quiero ir con usted, desempeñando el mismo papel que las descubiertas en campaña. Déjeme acompañado hasta el lugar donde le espera ese hombre, y si allí me convenzo de que realmente es él sólo quien aguarda, y de que no existe apostada gente dispuesta a caer sobre usted, entonces le prometo retirarme, esperando con la consiguiente intranquilidad el fin del lance.
Alvarez se mostraba indeciso.
--¿Me negará usted esto que le pido?--se apresuró a decir el fiel muchacho--. ¿No merezco, por el interés y fidelidad con que siempre le he servido, que usted me permita el acompañarle?
Alvarez estaba conmovido por aquellas muestras de cariño que le daba su asistente; pero, a pesar de esto, no pareció dispuesto a concederle el permiso solicitado con tanto ahinco.
--Pero, muchacho--dijo el capitán--: tú estás loco y no piensas que si, efectivamente, ese hombre prepara una traición, el resultado será más desastroso acompañándome tú. Los dos seremos entonces cogidos por la Policía, y a la causa revolucionaria conviene que, por lo menos, quedes tú libre, pues de lo contrario se perderían esos papeles, cuya importancia ya conoces.
El asistente sonrió con expresión de confianza:
--¡Quiá, mi capitán! Yendo yo con usted no hay cuidado de que a ninguno de los dos le agarre la Policía. Déjeme usted que le acompañe y, aunque sólo sea por una vez, permítame que le ordene lo que debe hacerse. Yo salgo garante del éxito.
Transcurrió más de media hora importunando Perico con fervientes súplicas a su amo, y éste sin querer ceder; hasta que por fin, Alvarez, cansado sin duda de la tenacidad de su fiel servidor, o pesaroso de negarle aquel favor que tan cariñosamente le pedía, se decidió a darle el anhelado permiso.
Perico dió muestras de la mayor satisfacción ante la conformidad de su amo.
--Ahora va usted seguro. Usted es demasiado valiente y confiado, y esto es lo que le pierde. Déjese guiar por mí, pues el mundo, con todas sus perrerías, me ha enseñado a ser malicioso, y tenga la seguridad de que si ese hombre le ha preparado alguna encerrona, va a quedar chasqueado. Yo me encargo de ver por mí mismo lo que ese señor Quirós tenga dispuesto, y le avisaré si existe algún peligro.
Alvarez guardó su revólver en el bolsillo del pantalón envolviéndose después en su capa, y Perico se vistió un hermoso paletó azul, prenda que constituía su orgullo, y que era producto de sus ahorros en París.
Poco después salieron amo y criado de la casa, con gran alarma del obrero revolucionario y su familia, que, vueltos ya de su paseo, estaban en el taller, situado en la planta baja.
VIII
El fracaso de Quirós.
Aquella noche había gran función en el teatro Real, y por todas las calles principales afluían a la plaza de Oriente lujosos carruajes, en cuyo interior iban las más encopetadas familias de la aristocracia madrileña.
En las puertas del célebre coliseo agolpábase gran gentío, y los agentes de Policía se afanaban en establecer un turno riguroso en la numerosa fila de carruajes que, lentamente, avanzaba hacia el vestíbulo, para depositar en él sus elegantes cargamentos.
Contrastaba el bullicio, la animación y la luz que existían en los alrededores del aristocrático coliseo, con la soledad, la sombra y la quietud que reinaban en el resto de la plaza.
Alrededor del jardincillo, y en torno del cinturón de estatuas, sólo se destacaba alguna que otra sombra, que marchaba veloz hacia el teatro, o permanecía inmóvil, en actitud sospechosa; y frente al Real Palacio, bajo los grandes faroles, paseaban cadenciosamente, y con el fusil al brazo, los centinelas, y, de vez en cuando, haciendo retemblar el empedrado bajo las resonantes herraduras, transcurrían veloces los jinetes encargados de la ronda por las cercanías del regio Alcázar.
La noche era bastante apacible, para ser de invierno, y únicamente el vientecillo helado que enviaba el Guadarrama hacía incómodo el permanecer al raso paseando sobre aquel empedrado, que parecía sudar frío.
A aquella hora llamaba la atención de los escasos transeúntes que pasaban por la calle de Bailén, un caballero que paseaba con lentitud por la acera existente a lo largo de las reales Caballerizas.
Era el diputado don Joaquín Quirós.
Tan confiado estaba en la promesa del padre Claudio, que, no queriendo perder la función de aquella noche en el Real, se había vestido con traje de etiqueta, que ocultaba su rico gabán de pieles.
El asunto era para él muy sencillo. Dentro de poco rato llegaría el temible Alvarez; le entretendría él diciendo que estaba dispuesto a ir al lugar del combate, aunque retardando en lo posible el momento de la partida; llegaría, mientras tanto, la Policía, se apoderaría por sorpresa del conspirador y él iría tranquilamente a oír la ópera y a visitar en su palco a una duquesa, muy religiosa y todavía apetecible, con la cual estaba próximo a entrar en relaciones.
Era tan cómodo y fácil aquel sistema de librarse de un temible enemigo, que apenas si impresionaba a Quirós, el cual estaba esperando que llegase cuanto antes Alvarez, para terminar el asunto, y entrar en el teatro.
Cuando llegó a la plaza y comenzó a pasearse por el lugar que él mismo había indicado, no pudo evitar una impresión de miedo, al ver lo desierta que estaba la calle de Bailén y el trozo de plaza que desde ella se veía.
Quirós, predispuesto siempre a imaginarse lo más malo, no tardó en pensar que el padre Claudio se había olvidado de avisar a la Policía, o que, intencionadamente, le dejaba desamparado en aquel punto peligroso, para que Alvarez saciase en él su afán de venganza.
Esta última consideración le produjo tal pavor, que estuvo a punto de huir, como si ya viera apuntando a su pecho el revólver de Alvarez; pero, afortunadamente para el prestigio valeroso del reaccionario diputado, pronto vió algo que fué devolviéndole una parte de su perdida tranquilidad.
Varias veces destacáronse en la embocadura de la calle, por la parte de Palacio, algunos hombres, que, por fin, desaparecieron, como si se hubieran emboscado en la sombra que existía en las inmediaciones del regio alcázar.
Aquellos hombres debían ser la Policía, y Quirós, seguro ya del auxilio, continuó su paseo con el aplomo y la confianza de un héroe, seguro de sus fuerzas.
Oyó pisadas tras él y se apartó, apoyándose en la pared de las Caballerizas, para dejar paso franco a un embozado, que llevaba sombrero de copa alta.
--Espere usted tranquilamente, don Joaquín--dijo el embozado, sin detenerse--. Tengo ahí mi gente, y no tardaremos en aparecer, así que el pájaro se presente.
Quirós reconoció en aquel hombre que se alejaba a un comisario de Policía que gozaba de cierta celebridad, por ser el esbirro a quien todos los Gobiernos reaccionarios encargaban la persecución de los delincuentes políticos.
La tranquilidad que desde entonces gozó el diputado fué completa, y, a pesar de aquella soledad que le rodeaba, se sintió seguro y omnipotente, como si en la sombra tuviera ejércitos enteros dispuestos a acudir en su auxilio al menor llamamiento.
Sonaron horas en el reloj de Palacio, y antes que Quirós acabara de contarlas, se detuvo al ver que por el lado de la plaza de San Marcial avanzaba un hombre de buen aspecto, que vestía un largo gabán.
Examinólo atentamente el diputado, y, cuando lo tuvo cerca, convencióse de que no era Alvarez, por lo cual se apartó para dejarle franco el paso; pero, con gran extrañeza, vió que aquel desconocido se dirigía rectamente a él.