Part 4
Esta lección, dicha en tono severo, quitó al "socius" el deseo de seguir fingiendo dramáticos asombros, y el padre Claudio continuó hablando:
--Por fin, el conde pareció calmarse, aunque sin abandonar por esto sus propósitos de venganza. Yo le hablé entonces con bastante acierto de lo necesario que era la resignación y la caridad cristiana en tales casos, y él no pareció conmoverse mucho con mis palabras.
--Difícil situación, reverendo padre.
--No desespero yo por tan poco. Tenía en mi bolsillo lo necesario para hacer que el conde desistiera de su hostilidad contra el rey, así como de su propósito de desafiar a sir Walace y darle muerte.
--¿Se refiere vuestra referencia al papel denunciador firmado por el conde?
--Eso mismo. No necesité más que apuntar el recuerdo de que yo poseía pruebas comprometedoras, para que Baselga se mostrase dispuesto a obedecerme. Además, yo ejerzo gran ascendiente sobre su ánimo, y él está profundamente agradecido por el gran interés que me he tomado en ocultar su crimen. Le pinté el peligro que corría su persona tan sólo con que fuera a desafiar al "baronet" de la Embajada inglesa, y le convencí inmediatamente, haciéndole ver que todo el mundo se preocuparía de tal duelo, que el escándalo se encargaría de propalar que había sido motivado por las infidelidades de la condesa, y que esto podría ser causa de que muchos curiosos, con sucesivas averiguaciones, llegasen a adivinar todo lo ocurrido, haciendo pública la muerte violenta de la condesa.
--¿Y qué dijo el conde?
--Se convenció, aunque tardando mucho; pero, al fin, prometió que nada intentaría contra el rey y contra el "baronet".
--Según eso, seguirá formando parte de la alta servidumbre de Palacio como hasta el día.
--No. Para un carácter violento como el de Baselga, es una prueba demasiado ruda ver a todas horas al hombre a quien odia y cuya muerte desea, teniendo que doblar en su presencia la cabeza.
--¿Pues qué piensa hacer?
--Pedir licencia a SS. MM. por conducto mío, y se retirará a su casa solariega. Allí piensa vivir entre los recuerdos de una familia a la que apenas conoció, y espera que por este medio su dolor se disipe algún tanto.
--¿Entonces perderemos tan apreciable instrumento?
--¿Por qué le hemos de perder? Ese brazo de hierro lo tendremos como en reserva en un rincón de Castilla; pero el día en que le necesitemos para dar un golpe en secreto o que la Iglesia se vea precisada a hacer la guerra a la maldecida libertad, bastará un simple aviso en mi nombre para que inmediatamente venga a ponerse a las órdenes de la Compañía, a la que adora. El infeliz está tan abatido por las desgracias y tan desilusionado de la vida, que considera a la Orden como una segunda madre.
--¿Y la niña? ¿Y la hija de doña Pepita y el Rey?
--El conde no ha querido verla. Cuando una camarera, al conducirla al salón para que contemplara por última vez el cuerpo de su madre, la pasó por frente al conde, éste volvió la cabeza, tanto por no mirarla, como por ocultar en su rostro una expresión poco tranquilizadora. Me temo que Baselga sería capaz de cometer otra barbaridad si quedara alguna vez a solas con la niña. Es demasiado vivo su deseo de vengarse del rey.
--Entonces, ¿qué es lo que va a ser de la criatura?
--Por encargo de su padre, la encerraré en un convento de confianza y adicto a nuestra Orden, donde se encargarán de su educación.
--¿Y cuándo es el entierro de la condesa?
--Dentro de pocas horas. El cadáver va a ser conducido ahora mismo a la iglesia parroquial, donde se le dirá una misa con toda la solemnidad propia de una persona de tan elevada posición. No tardará mucho la tierra en ocultar para siempre en su misterioso seno el crimen de Baselga. Todo está en regla. El cura de la parroquia ha extendido el acta de defunción sin hacer preguntas impertinentes. Le ha bastado saber que el confesor de la finada y encargado de su entierro era el vicario general de la Compañía de Jesús en España, para que inmediatamente llenase todas las formalidades necesarias sin hacer la menor pregunta ni la más leve objeción. Mucho he trabajado, pero me ha servido de consuelo apreciar de cerca la gran influencia que ejerce nuestra Orden.
El padre Claudio quedó algunos minutos silencioso, en la actitud de quien piensa en lo que todavía le queda por hacer, y dijo después con acento imperioso a su secretario:
--Prepárate a tomar unas notas. Voy a ir inmediatamente a Palacio para hablar con el rey, y quiero que a la vuelta estén ya extendidas las comunicaciones que te indicaré, para poder firmarlas.
--Reverendo padre, necesitáis descanso. ¿Por qué no dejáis la visita al rey para otro día? Perdonadme la libertad que me tomo al haceros esta indicación, pero es hija del interés que siento por vuestra preciosa salud.
--Es muy urgente lo que tengo que decir al rey. Nadie se burla impunemente de nuestra Orden, y es preciso que caiga un castigo terrible sobre los miserables que han osado desobedecernos.
--Hacéis muy bien, reverendo padre. Castigad con mano fuerte a los que no nos sirvan; es el único medio de sostener el poderío de la Orden.
--Voy a aconsejar al rey que castigue con destierro de la corte a la intrigante duquesa de León. Esa vieja lasciva tiene la culpa de todo cuanto ha sucedido. Le diré al rey que Pepita murió de una congestión cerebral a causa de la pesadumbre que le produjo el saber que la duquesa había revelado a Baselga todas sus relaciones con el monarca.
--Reverendo padre, os felicito por la idea. La gente de Palacio adivinará de dónde viene el golpe y así respetará más a nuestra Orden.
--Ahora, hermano Antonio, toma notas, y a ver si cuando vuelvan están ya extendidas dos comunicaciones dirigidas al brigadier Chaperón, como presidente de la comisión militar ejecutiva encargada del exterminio de revolucionarios y conspiradores.
Preparóse el secretario a anotar, y el padre Claudio, con la seguridad del que dicta una cosa bien pensaba, comenzó a decir:
--La primera es pidiendo a Chaperón que prenda inmediatamente a un negro llamado Juan, criado de la difunta condesa de Baselga, y lo someta a proceso como complicado en una conspiración contra los sagrados derechos del rey y a favor de la Constitución de Cádiz. Encargarle que si no halla méritos para enviarlo a la horca, lo meta al menos en presidio para toda la vida. Si necesita testigos falsos que depongan contra él, que avise, que ya le enviaré yo tres criados de nuestra casa profesa.
El hermano Antonio tomó rápidamente algunas notas.
--Ya sabes quién es ese negro--le dijo el padre Claudio--. Es el que suministró a Baselga por orden de la duquesa, la prueba más concluyente de su deshonra.
--Conviene castigarle, y además, sabe demasiado sobre las interioridades de la vida de la condesa, y con sus revelaciones podía dar algún indicio que por el tiempo descubriera al conde. Y ya que estamos puestos a trabajar, incluye igualmente en esa delación al otro negro que está todavía en casa de los condes. Con la próxima marcha de Baselga quedará él completamente libre, y sabe también mucho de nuestras entradas y salidas en la casa y de las relaciones que la condesa tenía con los jesuítas. Que Chaperón se encargue de los dos morenos convertidos de repente en terribles conspiradores y los envíe a la horca o a presidio.
El "socius" anotó aquella nueva orden de detención, sin que en su rostro se notara la menor impresión producida por tan estupendas arbitrariedades.
--Ya está, reverendo padre--dijo a su superior.
--Bueno; ahora toma nota de otra comunicación, que enviarás al mismo tribunal, pidiendo el procesamiento y el envío a la galera, por unos cuantos años, de una partera de esta capital, llamada Manuela Gómez.
Entonces el secretario no permaneció impasible, pues su rostro palideció hasta tomar un tinte amarillento y miró con asombro y alarma a su superior.
--Escribe--dijo éste con tono imperioso--. ¿Qué es lo que te detiene?
--¡Padre mío!--exclamó el "socius" con trémula voz--. ¡Esa mujer es mi madre!
--Un jesuíta no tiene más madre que la Orden.
--Es el ser que más ha hecho por mí en el mundo. ¡Perdón para ella, padre mío! ¡Perdón para mi madre!
--Tú lo has dicho no hace mucho rato; Hay que ser inexorable y castigar con mano ruda a todo el que estorbe y desbarate los planes de la Compañía. Esa mujer, con sus revelaciones, ha producido la tragedia de ayer y es preciso castigarla. Sé, pues, consecuente, y obedece.
El miserable "socius" causaba lástima.
Aquel canalla de sotana mugrienta, por lo regular tan repugnante y antipático, estaba transfigurado con el cariño filial. Nunca había amado gran cosa a su madre y ésta había sufrido continuos desdenes del sér criado a costa de tantos sacrificios; pero en aquel momento, al verla en peligro, el instinto filial se sublevaba momentáneamente en su conciencia, borrando, aunque sólo por un instante, las criminales aficiones que le dominaban.
Con el rostro pálido, la vista extraviada y el ademán suplicante, el hermano Antonio parecía implorar compasión de su superior, que le contemplaba sonriente afectando no comprender la causa de tal situación.
Hubo un instante en que el "socius" pareció dispuesto a arrodillarse ante el padre Claudio, pero se detuvo al ver que éste le dirigía una mirada fría y desdeñosa.
--Hermano Antonio--dijo el jesuíta con altivez y lentitud--, sois mi secretario y tenéis el deber de hacer cuanto yo os diga. Si es que no estáis dispuesto a obedecerme, libre encontraréis la puerta. Ni la Orden ni yo necesitamos hombres ligados al mundo por fútiles preocupaciones. Veo que me he engañado y que no sois lo que yo creía.
El espíritu de maldad que encerraba el cuerpo del "socius" se agitó furiosamente al contacto de tal latigazo y todo el afecto filial se desvaneció rápidamente.
La diabólica ambición resucitó en el hermano Antonio, sus ojos brillaron, y agitando la cabeza como para arrojar muy lejos tristes y abrumadores pensamientos, púsose a escribir.
El padre Claudio miró por encima de los hombros de su secretario lo que éste escribía, y al ver que anotaba la orden para enviar a su madre a la cárcel, sonrió con expresión mefistofélica y dijo, al mismo tiempo que golpeaba amistosamente su espalda:
--Estoy satisfecho. Tú irás muy lejos, pues eres de la pasta de los grandes hombres. Dentro de poco harás el cuarto voto y la Compañía reconocerá en ti un modelo de jesuítas.
TERCERA PARTE
EL SEÑOR AVELLANEDA
I
El hombre de la rue Ferou
Todos los vecinos del barrio de San Sulpicio, el distrito levítico de París, conocían en 1842 al extranjero que habitaba en la rue Ferou, casi desde tiempo inmemorial.
Largos años de residencia en la misma calle le habían dado en el barrio el carácter de una institución, y lo mismo las porteras y las vendedoras de esquina que los cocheros de punto en la plaza de San Sulpicio y los traficantes en imágenes y objetos de culto, conocían perfectamente a "monsieur l'espagnol" y podían dar cuenta de todo lo que hacía al día, pues su existencia, a través del tiempo, se desarrollaba con la impasible y mecánica exactitud de un reloj.
A pesar de esto, en los primeros años nadie sabía en el barrio a ciencia cierta el porqué de la estancia de aquel extranjero en París; pero todos presentían que aquella residencia en extraño suelo era forzosa y que algo había en su patria que se oponía a su paso y le cerraba las puertas de la frontera.
Como dice Víctor Hugo, "los volcanes arrojan piedras y las revoluciones hombres".
Aquel hombre era una piedra que las convulsiones de España habían arrojado de su seno, y que errante por el espacio, fué a caer en París.
Nada más metódico que su vida.
A la una de la tarde remontaba con paso tardo, el cuerpo algo encorvado, las manos a la espalda y el aspecto meditabundo, la estrecha calle Ferou, no parando hasta el jardín del Luxemburgo, en una de cuyas alamedas más solitarias tomaba asiento en un banco y allí, arrullado por el susurro del ramaje, el piar de los pájaros, los gritos de los niños que en las inmediatas plazoletas se entregaban a sus juegos, el monótono redoble del tambor de los teatrillos mecánicos y el rumor de la gran ciudad que semejaba el cansado resuello de un lejano monstruo, se dedicaba a la lectura de periódicos o permanecía horas enteras abstraído y meditabundo, siguiendo con vaga mirada los caprichosos arabescos que el sol, filtrándose a través del movible follaje, trazaba sobre el suelo.
La tarde entera permanecía el viejo en el Luxemburgo, y al llegar la noche volvía, siguiendo el mismo camino, a su vivienda de la rue Ferou, enorme caserón perteneciente en otros tiempos a un cortesano de la antigua nobleza, pero que en tiempos de la Revolución había venido a ser propiedad de un especiero.
En el último piso de dicha casa tenía el extranjero su habitación, compuesta de dos pequeñas piezas que, tres veces por semana, limpiaba la portera, vieja auvernesa, medio imbécil a fuerza de ser crédula y devota.
La única señal que daba a entender a los demás habitantes de la casa la existencia de aquel hombre metódico y misterioso, después de la vuelta del paseo, era la rojiza luz que bañaba los vidrios de las dos ventanas de su cuarto, en las cuales marcábase algunas veces la sombra angulosa del inquilino, moviéndose acompasadamente de un lado a otro.
Había en aquel hombre algo misterioso, capaz de excitar el olfato de la policía francesa, siempre en busca de conspiradores y revolucionarios, y de mover la curiosidad de las gentes del barrio; pero el extranjero tenía en su favor un aspecto de honradez y de noble humildad que desarmaba a los más tenaces en averiguar vidas ajenas.
A pesar de esto, en el barrio sabíase punto por punto todo cuanto hacía, así como ciertos detalles de su pasada existencia.
Una de las porteras, más hábil en llevar de memoria el registro de los sucesos ocurridos en el barrio de San Sulpicio, recordaba que el día de San Juan, de 1814, fué el primero que el español durmió en la casa que ocupaba, y que en aquella época, durante el imperio llamado de los Cien Días, una mañana salió a la calle, vistiendo un uniforme extraño adornado con muchas condecoraciones extranjeras, y tomando en la cercana plaza un coche de punto, se dirigió a las Tullerías, donde Bonaparte recibía a sus amigos y defensores, en conmemoración de su vuelta victoriosa de la isla de Elba.
Este suceso fué muy comentado en el barrio, y agrandado convenientemente por la imaginación de sus habitantes, que eran furibundos realistas y enemigos del Emperador.
Pero, a pesar de esto, no dejó de darle cierto prestigio a los ojos de las porteras de la calle, que, por espíritu de compañerismo y por el honor de la vecindad, se empeñaron en considerarlo como a un elevado personaje caído en la desgracia.
Al quedar definitivamente restaurada la dinastía borbónica, la policía vigiló cuidadosamente a aquel extranjero que había tenido relaciones con el emperador, y que algunas veces escribía a José Bonaparte, ex rey de España; pero pronto se convenció de que poco se podía conspirar contra la legitimidad monárquica pasándose las tardes en el Luxemburgo, completamente solo y las noches encerrado en la habitación, paseando o discutiendo con la portera la compra del día siguiente.
Algunas veces el hombre se decidía a romper la monótona uniformidad de su existencia, y en vez de ir al Luxemburgo, se encaminaba al Palais-Royal, después de almorzar, en cuyo jardín encontraba a otro extranjero, a otro español como él, cuyo traje estaba tan raído y era llevado con tan noble altivez como el suyo.
Aquel amigo desterrado tenía algunos años más; pero se mantenía robusto y con cierta frescura. En el Palais-Royal era tan conocido de vista, por las niñeras y los muchachos, como el hombre de la rue Ferou en el Luxemburgo.
Algunas de las mujeres que se sentaban en los bancos inmediatos a hacer calceta y a hablar de los tiempos de la Revolución, que habían presenciado siendo niñas, le llamaban "monsieur Emmanuel", y siempre miraban con cierta curiosidad una sortija de oro y brillantes que ostentaba, formando rudo contraste con su humilde traje.
Era, sin duda, un resto de pasada opulencia, que tenía la virtud de disipar las tristezas que a su dueño acometían en la miserea.
¿Quién era "monsieur Emmanuel"? Sin duda, otro hombre como el de la rue Ferou, arrojado de su patria por las convulsiones revolucionarias.
Las buenas comadres que diariamente concurrían al Palais-Royal, no recordaban, ciertamente, quién había creído descubrir el incógnito que rodeaba a aquel hombre misterioso; dudaban si fué un veterano que había sido ayudante en Madrid del mariscal Murat, o un emigrado español que había tenido que huir de Navarra, con el ilustre Mina, después de una tentativa en favor de la libertad; pero lo cierto es que, a mediados de 1818, circuló entre ellas la noticia de que aquel "monsieur Emmanuel" era el mismo Manuel Godoy, príncipe de la Paz, generalísimo de los ejércitos españoles, ministro universal, amigo inseparable de Carlos IV y amante consecuente de la reina María Luisa, el cual, desde la cumbre de la mayor grandeza, había sido arrojado a la más absoluta miseria, viéndose obligado a vivir en París de una pensión mezquina que le daba el rey de Francia, y a remendarse por su propia mano los pantalones, para poder presentarse públicamente con aspecto decente.
Las viejas, claro está que no creyeron tal patraña. No porque el aspecto mísero de aquel hombre fuera impropio de un príncipe en la desgracia, sino porque era imposible adivinar a un ser, en otros tiempos omnipotente, en aquel viejo alegre, simpático y con aire de rentista arruinado, que se pasaba las tardes viendo jugar a los niños y sufriendo, tranquilo y sonriente, sus inocentes impertinencias.
Aquellas buenas gentes ignoraban que la desgracia convierte en humildes a los orgullosos potentados y hace aparecer la sonrisa benévola en rostros antes contraídos solamente por el gesto del orgullo.
Cuando el hombre de la rue Ferou visitaba a su compatriota, los dos extranjeros parecían felices hablando de su patria, y, al separarse, después de algunas horas de conversación, llevaban en el rostro esa expresión bondadosa que produce una necesidad satisfecha.
Aquél era el único amigo que hasta 1818 se le conoció en París al español del barrio de San Sulpicio.
Otro detalle de su existencia era que, una vez al mes, la portera le subía una carta que, por las marcas exteriores, demostraba proceder de España.
Aquella tarde la pasaba el hombre en el Luxemburgo, leyendo innumerables veces dicha carta, y quedándose horas enteras con aire meditabundo; y, por lo regular, dos días después llevaba a la administración de Correos del barrio un abultado pliego en contestación a la misiva.
Por la carta mensual sabían los vecinos que el señor español se llamaba D. Ricardo Avellaneda, y sacaban la consecuencia de que no estaba solo en el mundo, pues en España había quien se interesaba por él y, sin duda, le remitía dinero.
En la época ya citada, el señor Avellaneda se mantenía en un estado físico aceptable.
Tenía cuarenta años, pero estaba algo envejecido por los disgustos, y su espalda encorvada y sus ademanes desalentados le daban cierto aspecto de decrepitud.
Era de mediana estatura, enjuto de carnes y moreno, hasta tener cierto tinte cobrizo. Llevaba el rostro totalmente afeitado, conforme la moda de su juventud, y sus cabellos, ahora canosos, pero, a trechos, de un negro brillante con reflejos azulados se escapaban en rizada madeja por bajo las alas de su sombrero.
Tenía el rostro algo arrugado, pero sus ojos, grandes y negros, cuando no miraban distraidamente, brillaban con todo el fuego de la juventud.
El señor Avellaneda, tipo legítimo del rastro que en la población española dejó el paso de la raza musulmana, podía pasar en París por un hombre de hermosura original.
Si algunas veces, al salir del Luxemburgo, atravesaba el inquieto Barrio Latino, y se mezclaba en la inquieta población de estudiantes, ocurríanle lances que arrojaban una vivaz chispa en la sombra de su monótona existencia.
Un día, en el paseo, una griseta del barrio, con aficiones literarias a fuerza de rozarse con estudiantes y poetas, dijo, mirándole descaradamente, al mismo tiempo que tocaba en el brazo a su compañera:
--Ese hombre es viejo, pero tiene la cabeza artística. Mírale bien; parece Otelo; te digo que no tendría inconveniente en ser su Desdémona.
Estas cosas tenían la rara virtud de hacer sonreir un poco al melancólico señor Avellaneda.
II
La familia del señor Avellaneda.
El mismo año ya citado, el caballero español alquiló el piso principal del caserón que habitaba, y bajó a él los escasos muebles de su cuarto con honores de buhardilla, uniéndolos a otros, más nuevos y elegantes, que un almacenista del otro lado del Sena trajo en varios carromatos.
Aquello fué motivo de admiración y causa de interminables comentarios para la portera de la casa y sus congéneres de la calle, que, reunidas en el patio, veían pasar, con ojos codiciosos, las flamantes sillerías, las relucientes baterías de cocina, los espejos deslumbrantes y esas valiosas e inútiles chucherías de adorno que produce la industria parisién; entreteniéndose, a estilo de buenas y entremetentes comadres, en poner precio a cada uno de aquellos objetos.
Durante una semana entera fué motivo de todas las conversaciones, en la rue Ferou y las inmediatas, aquel cambio radical en las costumbres del señor Avellaneda, así como también la transformación física que éste había experimentado.
El emigrado parecía rejuvenecido, pues caminaba erguido, con la mirada brillante y sonriendo con expresión de hombre satisfecho.
Aquel aspecto desalentado, indolente y melancólico que le caracterizaba había desaparecido completamente.
Debilitábase ya la curiosidad, cesaban los comentarios y las aventuradas suposiciones, cuando una mañana, con gran acompañamiento de campanillas y cascabeles, chasquidos de látigo y chocar de ruedas, entró en la calle una empolvada silla de posta, que fué a detenerse frente a la casa número 6, que era la habitada por el señor Avellaneda.
Cuando el zagal del coche fué a abrir la portezuela, ya había ocupado su puesto el inquilino de la casa, que, en traje bastante descuidado, salió corriendo del patio y, profiriendo algunas exclamaciones de sorpresa y alegría, tiró del dorado picaporte, asiendo inmediatamente una mano blanca y femenil.
Las numerosas caras que asomaban a las puertas, ansiosas de conocer quién iba en aquel coche que tan inesperadamente venía a turbar la tranquilidad de la calle, vieron saltar al suelo, con toda la pesadez de un cuerpo alto y robusto, a una mujer vestida con traje de viaje, y que inmediatamente se arrojó en brazos del señor Avellaneda.
Hubo besos y abrazos, pero los curiosos no pudieron contarlos, con gran pesar suyo, pues les llamó inmediatamente la atención una moza, de aspecto bravío y de rostro atezado, que vestía un traje tan pintoresco como desconocido en París, y que bajó torpemente del carruaje mirando a todas partes con azoramiento y asombro.
Las dos mujeres eran señora y criada. Formando un grupo la recién llegada y el señor Avellaneda, y llevando como apéndice a la asombrada sirvienta, que miraba a todas partes con alarma y parecía querer confundirse con las faldas de su ama, entraron en la casa, mientras la vieja auvernesa, sonriendo y haciendo señas de inteligencia a los curiosos, iba amontonando en el patio los paquetes que el postillón sacaba de la cubierta y del interior del carruaje.
Aquella misma tarde sabían los vecinos de la calle que la recién llegada era la esposa del señor Avellaneda, que había estado separada de él, por muchos años, por ciertas divergencias de carácter, pero que ahora iba a buscarle en la desgracia, dispuesta a vivir siempre con él.
Con el cambio de habitación y la llegada de su esposa, el señor Avellaneda mudó por completo de carácter.