La América, Tomo I

Part 11

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La historia testifica á cada paso esos resultados inevitables del gobierno despótico, que desarrollados al calor de los vicios de un pueblo, tal como esos que se consideran indignos del gobierno democrático, serían todavía más tremendos y acabarían por reducirlo á una horda de esclavos impotentes y corrompidos. Si es en vano que en un momento de entusiasmo se establezcan las instituciones democráticas en semejantes pueblos, porque de ellas saldrá siempre el despotismo, ¿será preciso confesar que hay pueblos destinados á perecer, porque ni el despotismo mismo puede hacer otra cosa que envilecerlos más y apresurar su muerte?

También huye el autor de tan horroroso extremo. Pensando justamente en que sólo la democracia puede dar fuerza á las naciones, porque sólo ella desarrolla de un modo conveniente y permanente la población y la riqueza, reconoce también que por lejos que un pueblo se encuentre de la verdadera democracia, debe procurar acercarse á ella lo más pronto, so pena de perecer; por que es sabido que la sociedad cuyos arreglos son defectuosos, no tarda en caer á la discreción de aquella cuyos arreglos son mejores.

“Si, como lo dicen á cada instante la pereza y el estrecho egoísmo de los maléficos intereses privados, hubiera naciones naturalmente incapaces de la democracia, cuyos ciudadanos fuesen de tal manera indisciplinables que no pudiesen vivir en ellas un instante sin la vigilancia de un gendarme; de tal modo inhábiles á la acción colectiva que no pudiesen estar sin tutores; tales naciones estarían destinadas á una decadencia incurable y á un fin próximo; la humanidad, por otra parte, no tendría motivo alguno de afligirse de su pérdida. Pero no hay absolutamente pueblo alguno en el cual á la larga y bajo las duras lecciones de la experiencia, el sentido común no pueda triunfar; pueblo alguno, que, según la expresión de la Escritura, no sea curable”.

Luego es preciso convenir en que tampoco hay sociedad que por poco madura que esté, no sea digna de las instituciones democráticas; tanto más cuanto que es incuestionable que la práctica del gobierno democrático mismo es la única que puede disciplinar á los pueblos y darles los hábitos y las virtudes, las ideas y los sentimientos que las instituciones democráticas necesitan para producir todos los buenos efectos que la humanidad tiene derecho de esperar de ellas.

El problema está, pues, resuelto, y quien lo resuelve actualmente á costa de su sangre y de sus lágrimas, en beneficio de la humanidad entera, es la calumniada América española, que prosigue con ciencia y con entusiasmo, con fe y con humildad, su martirio en esa vía sacra de la democracia, hasta llegar á la redención futura del mundo.

La situación es difícil y digna de las meditaciones de todos los hombres pensadores, es verdad; pero no se puede desesperar de ella, ni hay motivo serio para temer que sucumba en las ondas el joven robusto y fuerte que se esfuerza por nadar y se sumerge. Él reaparecerá y saldrá vigoroso á la ribera.

Esos pueblos que están colocados entre la democracia y el despotismo regeneran en la lucha sus costumbres insuficientes para la libertad, y aunque están minados y corrompidos por la tiranía de tres siglos, se educan y se reforman aun bajo el imperio del despotismo que surge de sus instituciones democráticas. Este es un hecho altamente curioso, que explica luminosamente el poder que la democracia tiene para formar las ideas y las costumbres que ella necesita.

No ha surgido en la América española despotismo alguno, por feroz que haya sido, que no haya buscado la razón de su existencia en un interés social, nunca en el interés de una dinastía ó de un principio falso, antisocial y anticristiano, como lo hacen los despotismos europeos. Ya esto es un progreso.

La razón es que los despotismos americanos se constituyen por el triunfo de un partido político que se apodera de la autoridad, no para reaccionar, salvas algunas excepciones contra la igualdad, contra la libertad, contra las instituciones republicanas, porque entonces no habría partido alguno que se sostuviera en el Poder, sino para excluir al partido adverso de la dirección de los negocios públicos y para beneficiarse á costa de los vencidos. El déspota elevado en hombros del partido triunfante ensaya su arbitrariedad contra los derechos de los vencidos, pero se cuida bien de atentar á los derechos de sus amigos. Suspende todas las garantías contra sus adversarios, dispone de la fuerza y de los tesoros, corrompe y desmoraliza, estimulando los maléficos intereses egoístas; pero siempre á nombre de una idea grande que hace que la sociedad se someta á la situación extraordinaria: pero no que reniegue de la democracia ni de los derechos conquistados.

Las instituciones democráticas son bastardeadas y quedan como en suspenso; pero la sociedad no piensa en abjurarlas ni reniega de ellas. Así es que tan luego como el despotismo es vencido ó se modifica por las circunstancias, aquellas instituciones renacen con un poder más atractivo, la sociedad respira y vuelve á ellas con fe y entusiasmo, aprovechando indudablemente las crudas lecciones de su dolorosa experiencia. El triunfo del despotismo no ha hecho otra cosa con sus arbitrariedades que exaltar el espíritu de justicia, enseñar que es funesta la costumbre de ser indulgentes con los groseros apetitos de la fuerza brutal y con los abusos del poder, ilustrar al pueblo sobre las verdaderas relaciones que deben existir entre el mandatario y los mandantes, hacerle sentir la necesidad de la responsabilidad de los funcionarios públicos, y persuadirlo prácticamente de que es necesario tolerar y no impacientarse contra los defectos de la organización que se ensaya, de que es necesario tener buena fe é interesarse por los negocios públicos, á fin de que no vuelva á predominar la tiranía.

Siendo esos los resultados prácticos del despotismo que nace de las instituciones democráticas en un pueblo que no las comprende bien y que no tiene costumbres para soportarlas, no hay alucinación en creer que hasta ese mismo despotismo contribuye, sin saberlo y aun sin pretenderlo, á formar esas costumbres y á dar más atractivo, más interés á aquellas instituciones. Si se quiere ver la verdad de esos resultados, estúdiese la historia de los despotismos y de la reacción que han aparecido: en Chile bajo la administración de Portales, en la República Argentina bajo la dominación de Rosas, en el Perú después de 1839, en Venezuela después de la de los Monagas, y se verá cómo es cierto que aquellos pueblos, colocados entre la democracia y la tiranía, no han sucumbido en la lucha y han salido de ellas con altas lecciones que los han hecho avanzar en su regeneración. ¡Admirable y santo poder de las instituciones de la democracia!

M. Courcelle-Seneuil lo reconoce, y aunque niega la bondad de esas instituciones en los pueblos que no las comprenden y que no están preparados para soportarlas, cree, sin embargo, que ellas son el ideal á que todos los pueblos de la tierra deben acercarse lo más posible, y halla en ellas la única solución del problema de la limitación del poder del Estado y del restablecimiento de los derechos individuales que los demás políticos europeos buscan en teorías más ó menos lisonjeras, pero fútiles y absurdas.

XIII

¿Qué nos prueba esta prolija reseña que acabamos de hacer de las teorías y sistemas de los primeros publicistas europeos, para conocer la situación actual de la ciencia política en Europa, en cuanto al Estado y á los derechos individuales, cuyo conjunto forma lo que llamamos _libertad_? ¿No está en ella de manifiesto y bien calculada la inmensa distancia que separa en política al Nuevo Mundo del Viejo? ¿No aparece comprobado hasta la evidencia que no pueden comprender la democracia americana mejor que lo mal que la comprenden los ingleses las demás naciones del Continente europeo, cuyo dogma político es la unidad de la monarquía latina, la universalidad del poder absoluto y dominador de la conciencia, del pensamiento, de la voluntad, el cual aniquila al individuo para engrandecer el principio de autoridad que se apoya en la fuerza?

En Europa domina este principio de autoridad y á él se sacrifica la actividad humana en todas sus esferas; el individuo y la sociedad existen para el Estado, los derechos individuales son una gracia que éste concede cuando le conviene, y los concede á medias.

En América “la democracia tiende á destruir el principio de autoridad que se apoya en la fuerza y el privilegio, pero fortifica el principio de autoridad que reposa en la justicia y en el interés de la sociedad”, como lo hemos notado hace ya tiempo[32]. La diferencia no puede ser más profunda y marcada; y no habrá poder humano que pueda hacerla desaparecer, si la Europa entera no se conmueve en sus entrañas, para convertirse de monárquica, como es, en democrática, que no puede ser, sino después de una revolución general, dolorosa y prolongada.

Ya lo hemos visto: los principios de la monarquía latina son el fondo de su existencia civil y política, y dan á su vida la acción y la forma, el sentimiento y las preocupaciones que constituyen todas sus relaciones sociales, su modo de ser entero: su juicio, su criterio para juzgarlo todo, sus hábitos y costumbres, sus actos y manifestaciones.

Esto es cierto á tal punto, que las poquísimas nobles inteligencias que se lanzan desde aquel caos de dolores y de miserias á las regiones de la filosofía para buscar remedio á la opresión de la sociedad, para hallar el fuego de la vida, los derechos aniquilados y muertos, no pueden desprenderse del dogma de la vida europea, ni de las preocupaciones con que se han connaturalizado; y acaban por inventar teorías que no son en sí mismas otra cosa que un círculo vicioso, en el cual se revuelven sin hallar salida.

Los más adelantados; Humboldt y Eœtvœs en Alemania, Mill y Macaulay en Inglaterra, Tocqueville, Laboulaye y Simón en Francia, sienten el mal, conocen la llaga, la tocan, pero no alcanzan á curarla, porque sus medios son impotentes. Courcelle-Seneuil y algunos filósofos alemanes tienen vistas más claras, llegan hasta conocer el remedio; pero, dudando de su eficacia, sólo aspiran á proponerlo como un ideal, cuya realización está lejana, porque exige condiciones casi imposibles en el estado actual de Europa.

De todos estos sabios, los que están más cerca de la verdad son los que divisan la luz del porvenir en América, los que, como la voz que clama en el desierto, anuncian á la Europa, á riesgo de lastimarla en su orgullo, que no se salvará si no imita á la América, que no se redimirá del pecado si no sigue al nuevo Mesías de la nueva redención, que es la democracia. La luz vuelve ahora del ocaso al oriente; pero la Europa cierra los ojos y no quiere verla.

Ahora bien: si la Europa desconoce á la América y prescinde de estudiarla, porque la desprecia sin llegar á comprender en su orgullo de vieja, irritada por los desengaños del tiempo, que la civilización cristiana ha encontrado su fuerza y su forma en la democracia americana; si además de eso hay entre ambos continentes una diferencia tan profunda de ideas y de intereses políticos que no pueden dejar de ser dos extremos antagonistas, ¿quién, que no sea un miope, llegará á imaginarse que entre ambos continentes pueden existir la misma comunidad de intereses y los mismos vínculos que respectivamente ligan entre sí á los pueblos que en cada uno de ellos forman su entidad social?

Las ideas dan su esencia y su forma á las costumbres. Esta es una verdad probada. Siendo diversas y aun contrarias las ideas dominantes en Europa y América sobre la sociedad y el Estado, sobre el poder de la autoridad y los derechos individuales que forman la libertad; las costumbres que tienen su fundamento en tales ideas y los intereses que forman no pueden dejar de ser también diferentes y opuestos. Y como aquellas ideas fundamentales tienen un roce íntimo con las ideas fundamentales de la religión y de la moral, la diferencia va más allá de las costumbres que podríamos llamar políticas, y llega hasta dar á la civilización otro criterio moral y religioso, que regla los intereses sociales.

Entre las costumbres de la América española y las europeas será todavía embrionaria esa diferencia, lo confesamos, porque la regeneración en las ideas políticas, morales y religiosas no ha hecho aquí todo su camino; pero también es necesario que se nos confiese que cuando esta regeneración se complemente y llegue al grado en que se halla en la América inglesa, donde se ha purificado la fuente de las costumbres desde que se han rectificado las ideas viejas y cristalizado las nuevas, entonces la diferencia no estará en embrión y alcanzará á ser tan evidente y chocante como es la que hoy existe entre las costumbres europeas y las de la democracia norte-americana.

Es verdad que la obra de la regeneración hispano-americana es lenta, porque es espontánea, es decir, porque se opera únicamente en virtud del desarrollo natural, en virtud de las leyes que rigen la marcha de la humanidad. Pero cuando los hombres llamados á influir en los destinos de su generación se convenzan de que ellos tienen el deber de servir á esa regeneración, despojándose de todas las influencias y preocupaciones europeas, cuando se persuadan de que su misión es esencialmente americana y de que el modelo que deben imitar está en el norte y no en Europa, entonces el efecto de las leyes naturales de la humanidad, que reglan nuestra regeneración, será no sólo más efectivo, sino más pronto, pues que la naturaleza será ayudada por la cooperación del hombre.

Estudiadas y conocidas las ideas que han regido la vida de los pueblos hispano-americanos durante su infancia y bajo la tutela infecunda y aniquiladora de la España, las generaciones que han aceptado el legado de la independencia tienen el deber de regenerar aquellas ideas para adaptarlas á la nueva situación, porque cada siglo es responsable de la manera como _corrige y completa la experiencia_ y la educación de sus antepasados, pues los acontecimientos, los sucesos no son obra de la casualidad, sino puros efectos de las ideas dominantes; pues la humanidad es dueña de sus destinos y está en el deber de dirigirlos, para desarrollar sus fines naturales.

Tenemos que reconstruir la ciencia social[33] como la han reconstruido los anglo-americanos, aceptar ciegamente las tradiciones europeas, continuar los errores y las preocupaciones que nos legó la nación que se quedó más atrás de todas las naciones cristianas, desde que se convirtió en el _último baluarte de la uniformidad_, del despotismo y de las ideas paganas sobre la organización de la sociedad y el Estado; trasplantar á la América netamente y sin reflexión el criterio histórico, político y moral dominante en las sociedades europeas, ese criterio que podría llamarse oficial, porque no puede separarse de los principios de orden dominantes, y que cuando se eleva sobre las preocupaciones es rechazado ó condenado, ó, por lo menos, desdeñado como una utopía ó una herejía, es contrariar nuestra regeneración, retardarla, extraviándola de su curso natural.

Enseñemos la historia, la filosofía, la moral, el derecho, las ciencias políticas, no bajo las inspiraciones del dogma de la fuerza, del dogma de la monarquía latina, del _imperium unum_ que rige la conciencia y la vida en Europa, sino bajo las del nuevo dogma de la democracia, que es el del porvenir, que es nuestro _credo_, que es el modo de ser que nos han impuesto el imperio de las circunstancias y las condiciones que produjeron y consumaron esa revolución de 1810, el acontecimiento más grande de los siglos, después del cristianismo.

No es esto renegar de los progresos de la ciencia europea, ni pretender borrarlos para comenzar de nuevo esa penosa y larga carrera que la inteligencia ha hecho en el Viejo Mundo para llegar á colocarse donde está. No, desde 1842 lo decíamos á la juventud de nuestra patria, y hemos repetido siempre que debemos y podemos aprovechar la experiencia de los siglos, que debemos utilizar la ciencia europea, apoderarnos de ella; que la Europa nos lo ofrece todo hecho, que sólo tenemos que aprender, pero para adaptar; que imitar, pero no ciegamente, sin olvidarnos de que somos antes que todo americanos, es decir, demócratas, y, por tanto, obligados á desarrollar nuestra vida y preparar nuestro porvenir como tales, y de ninguna manera destinados á continuar aquí la vida europea, que tiene condiciones diametralmente opuestas á las de la nuestra.

En historia, por ejemplo, la Europa honra á los héroes de la fuerza, á los azotes del derecho y de la libertad, y presenta como altos ejemplos y como de una benéfica transcendencia social los hechos que no han tenido otro resultado que contrariar y desnaturalizar el desarrollo de los fines de la humanidad.

Dejémosla santificar á César, embriagarse de admiración por Napoleón. “Decidme los nombres que honráis en el pasado--exclama Laboulaye--; yo os diré los vicios ó las virtudes que tenéis en el corazón”.

Nuestros héroes deben ser otros; los hechos de alto ejemplo y las lecciones de la historia para nosotros deben tener otro carácter. En filosofía, en moral, en derecho, en las ciencias políticas, la Europa deja en el campo de lo ideal, en la categoría de las utopías todas las altas concepciones de la verdad, y acepta como practicables y como necesarias únicamente las doctrinas que se adaptan al dogma oficial y á las preocupaciones en que apoya su dominación la falsa civilización de que vive el Estado absoluto y dominador de la vida social.

En la América española esas ciencias no deben ser falsificadas con los hechos y absurdos de que vive la Europa, deben enseñar la verdad que allá se desdeña por irrealizable; deben emanciparse de las conveniencias y dogmas oficiales, y sobre todo deben esforzarse en propagar el nuevo elemento de la vida americana; en enseñar y realizar en la práctica el gran principio que en la vida anglo-americana domina completamente y hace que la democracia sea allí una realidad, un modo de ser natural, á saber: que _la Providencia ha dado á cada individuo, cualquiera que sea, el grado necesario de razón para que pueda dirigirse por sí mismo en las cosas que le interesan exclusivamente_. Esta es la gran máxima--dice Tocqueville--sobre la cual reposan, en los Estados Unidos, la sociedad civil y política: el padre de familia la aplica á su hijo, el amo á sus sirvientes, la municipalidad á sus administrados, el Poder á las municipalidades, el Estado á las provincias, la Unión á los Estados.

Extendida esta máxima al conjunto de la nación, llega á ser el dogma de la soberanía del pueblo, y por eso esta soberanía deja de ser una doctrina aislada, desligada de los hábitos y del conjunto de las ideas dominantes, y, por el contrario, es preciso mirarla como el último anillo de una cadena de opiniones que envuelve al mundo anglo-americano todo entero.

Así, pues, cuando utilicemos en nuestro sentido americano la ciencia europea, serviremos bien á nuestra regeneración, y el triunfo de nuestra civilización democrática hará tan patente nuestro antagonismo con la Europa, como es en el día el que con ésta tiene la democracia anglo americana.

El antagonismo existe, pues, y nos empuja á cimentar nuestra vida y costumbres, nuestros intereses y derechos en principios diferentes.

NOTAS:

[32] _Historia constitucional del Medio Siglo._

[33] “Esta ciencia--dice Courcelle-Seneuil--tiene por objeto la actividad voluntaria del hombre considerado en su conjunto y en sus hábitos. Para comprender bien esta actividad es necesario estudiar en el individuo las facultades que le sirven para ejercitarla, los móviles por los cuales ella se decide y las condiciones generales en que se desarrolla”.

Muchas de las nociones de la América española sobre el hombre y su actividad voluntaria son opuestas á la situación nueva en que la democracia la ha colocado, y necesitan rectificarse, para que los hábitos que nacen de ellas sean más adecuados á nuestro modo de ser actual. Nosotros hemos emprendido en parte esta ardua tarea, escribiendo para las escuelas primarias nuestro _Libro de Oro_, el cual está destinado á propagar ideas exactas sobre el sér inteligente, su actividad y sus facultades morales, así como sobre sus relaciones generales.

XIV

Cuando hemos dicho que el derecho, como ciencia social, debe reconstruirse para formar en la América española costumbres democráticas, influyendo por medio de la rectificación de las ideas paganas y antisociales en las costumbres viejas para modificarlas, no hemos limitado esta doctrina al derecho público constitucional y al derecho civil en todos sus ramos.

La extendemos también al derecho público que regla las relaciones internacionales de las naciones. Sus principios fundamentales son unos, no hay duda, en todos tiempos y para todos los pueblos, y de la misma manera que son aplicables á la solución de las cuestiones internacionales del Viejo Mundo, deben serlo también á las del Nuevo, y á las que surgen de las relaciones que hay entre ambos.

Con todo, hay una parte del derecho internacional que se llama derecho consuetudinario, porque sus reglas son las máximas que sólo las costumbres y las prácticas han sancionado. ¿Pueden ser aplicables en todo caso esas máximas á pueblos en donde rigen y deben regir costumbres y prácticas contrarias á las de los pueblos que las respetan como nacidas de las suyas, como resultado de sus ideas y de sus creencias? Problema es este que no admite dificultad en su solución. La razón natural pronuncia la negativa.

Cuando las costumbres de que nacen las reglas del derecho consuetudinario son indiferentes á los principios políticos que rigen á la Europa, ó proceden de las prácticas de la navegación ó del comercio, ó se forman por la aplicación del derecho civil al juzgamiento de actos que ninguna conexión tienen con la monarquía ó la democracia, el derecho consuetudinario europeo puede ser el mismo derecho consuetudinario americano. Mas cuando esas reglas son el resultado de las prácticas del poder monárquico, la cuestión es diferente.

Esas prácticas, por ejemplo, han elevado á la categoría de máximas del derecho de gentes en Europa las que constituyen lo que se llama el _equilibrio europeo_, que los soberanos se han empeñado siempre en conservar ó reconstruir á su modo, por medio de los pactos de protectorado ó de alianza, de cesión ó venta, y por medio de la intervención, á la cual se ha dado gran latitud.

No sólo se interviene diplomáticamente para dar un gobierno ó imponer un monarca á un pueblo, como ha sucedido dos veces en la Grecia moderna, sino que también se interviene con las armas para despojar á un Estado de ciertos dominios que no debe conservar, como ha sucedido en la cuestión Schleswig-Holstein; ó para poner coto al derramamiento de sangre, como en la intervención de los negocios de Turquía en 1827, ó en una guerra civil, para ponerle término, á solicitud de ambas partes contendientes, ó solamente de una de ellas, como repetidas veces se ha hecho desde que la reina Isabel de Inglaterra prestó auxilios á los Países Bajos contra la España, hasta que la Rusia juntó sus armas á las de Austria para subyugar á la Hungría; ó por simpatía religiosa, como las intervenciones de Isabel de Inglaterra, de Cromwell y de Carlos II á favor de los protestantes extranjeros, la de la Gran Bretaña y Holanda en 1690 en los negocios de Saboya; ó para hacer pagar sus deudas á un Estado insolvente, ó por cualquier otro pretexto de los que la ambición de los monarcas suele inventar con tanta facilidad[34].