La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas
Part 5
No era la primera vez que había sonado en sus oídos tal noticia. Cuando más niña, alguna compañera maligna le había injuriado de este modo. No le había hecho caso; ni siquiera había pensado en ello. ¿Por qué ahora le producía tan viva impresión? Quizá por ser el día de la Virgen y tener el alma inundada de alegría, quizá porque sólo entonces cruzó por su mente la idea de que pudiera ser cierto.
--Sí, me dijo que tú eras del hospicio--prosiguió Pepín imaginando que el silencio de su hermana significaba aprobación.--Yo entonces... yo entonces le dije: «Eso es mentira». Él entonces dijo: «Es verdad, que lo dijo mi padre». Yo entonces dije: «Pues es mentira». Él entonces quiso pegarme, pero yo con el puño así cerrado le di un golpe en las narices y empezó á sangrar. Entonces él cogió una piedra y me la tiró á la cabeza y echó á correr. Yo corrí tras de él, pero no pude atraparle porque se metió en casa. ¡Recontra, en cuanto le coja solo le voy á dar unas cuantas así por debajo!...
Demetria le dejó explayarse sin despegar los labios. Terminado el aseo principió el de Manolín, que se llevó á cabo con el mismo silencio. Y después que los hubo vestido se bajó á la cocina de nuevo, tomó la leche que había quedado de la noche anterior, la vertió en el odre y salió de casa dirigiéndose á la fuente para mazarla[3].
Estaba la fuente un poco apartada del pueblo. Se iba á ella por estrechos caminos sombreados de avellanos. Al aproximarse hay que subir un senderito labrado en el césped por los pasos de los vecinos. Al pie de una gran peña que la cobija, rodeada por todas partes de zarzas y espinos y madreselva, menos por la estrecha abertura que sirve de entrada, brota de la piedra un chorro de agua límpida, se desparrama sobre ella en hilos de plata, cae formando burbujas en un recipiente de granito, se trasvierte luego y fluye en menudos cristales y resbala por el césped. Cúbrela á modo de bóveda el ramaje que sale de la peña, al cual se enreda la madreselva del suelo formando toldo espeso. Los rayos del sol se filtran por él con trabajo bañándola de una claridad suave y misteriosa.
Demetria se sentó en uno de los bancos de piedra que allí había, aplicó la boca á la abertura del odre y lo infló; lo amarró luego velozmente y lo dejó caer en la taza de la fuente para que la leche se enfriase. Con las manos cruzadas sobre las rodillas y la cabeza inclinada sobre el pecho aguardó. Una tristeza profunda oprimía su corazón. Debajo de aquella frente alta y pura de estatua helénica batallaban la duda, el temor, la esperanza, el despecho. Escrutó con ansia su pasado, recordó algunas insinuaciones malévolas, bastantes palabras sueltas, muchas sonrisas que á ella le indignaban más aún que las palabras. ¡Virgen María! ¿sería cierto aquello? Pero si era efectivamente de la Inclusa y los que tenía por padres no lo eran, ¿por qué la amaban más aún que á los dos niños? No, no podía ser. Todo era una calumnia. Las chicas del pueblo la envidiaban porque sus padres la regalaban y la vestían mejor que á ellas. Habían inventado esta mentira para humillarla... Mas... ¿cómo se les había ocurrido semejante cuento?... ¿Por qué había recaído sobre ella y no sobre alguna otra?
Sacó el odre del agua y se puso á zarandearlo. El ruido de la leche dentro hizo coro al _glu glu_ de la fuente.
¡Dios mío, del hospicio!... Era horrible pensarlo. ¡Y ella que adoraba á aquellos padres!... ¡Y ella que era tan orgullosa!... ¿Qué diría Nolo cuando llegase á saberlo? Por supuesto la dejaría, porque un mozo tan galán y tan rico no podía en ley de Dios casarse con una pobrecita hospiciana...
Aquí los sollozos ahogaron á la cándida doncella. Dejó caer de nuevo el odre, y con la cara entre las manos estuvo llorando largo rato. Al cabo prosiguió su tarea; pero las lágrimas no dejaban de resbalar por sus mejillas escaldándolas. El aleteo y el piar de unos pajaritos la distrajeron un momento. Eran dos jilgueros que tenían allí su nido. Apenas se le veía como un punto negro en la espesura del follaje, pero se oía el débil piar de los polluelos cuando sus padres con agitación iban y venían para cebarlos. ¡Qué alegría la de aquellos animalitos al verles llegar con un mosquito en el pico! ¡Qué gozo triunfal expresaba el trino de los padres luego que depositaban el alimento en la boca de sus pequeños!
Cuando los hubo contemplado un rato, bajó de nuevo los ojos al cristal de la fuente y se dijo llorando otra vez copiosamente: «Ellos tienen padres: yo no los tengo. ¡Yo fuí criada por lástima!»
Al cabo la leche quedó mazada: la pelota de manteca batía ya con fuerza las paredes del odre. Lo desató, extrajo el aire y anudándolo otra vez y lavándose después los ojos para borrar las huellas del llanto, emprendió la vuelta de su casa.
Ya estaba en pie Felicia cuando llegó á ella.
--¿Por qué no me has llamado como siempre, picarona?--le preguntó, dándole una palmadita cariñosa en la mejilla.
--Porque ayer se ha acostado usted tarde y quería que descansase--respondió Demetria besándole la mano.
--¡Has mazado también, hija mía! ¿Para qué te has tomado ese trabajo? Yo lo hubiera hecho mientras te arreglabas.
La tía Felicia, que era una mujer gruesa, mofletuda, sonrosada y tersa como si tuviese veinte años, creyó advertir algo extraño en el rostro de su hija. La miró con fijeza y profirió asustada:
--¡Tú has llorado!
--Llorar, ¿por qué?
Felicia la tomó por la mano, la condujo hasta el corredor y repitió con más fuerza:
--Sí, sí: tú has llorado.
--No, madre, no: se engaña usted--respondió Demetria sonriendo.
--No me lo niegues, hija. ¿Te ha regañado tu padre?
--¿Mi padre?--replicó la zagala con asombro.--Mi padre no me regaña nunca.
--Es verdad... Pues tú has llorado... Algo te pasó entonces en la calle... Cuéntamelo, hija mía... ¿No tienes confianza en tu madre?
Y al mismo tiempo le pasó los brazos al cuello y la besó con efusión. Demetria se sintió enternecida y rompió á llorar perdidamente.
Felicia quedó estupefacta.
--¿Cómo? ¿Qué es esto?... ¿Qué te pasa, hija querida?
Y la buena mujer, con el rostro contraído por el asombro y el dolor, le sacudía la mano para instarla á que hablase. Al fin, con voz entrecortada por los sollozos, Demetria habló:
--Me han dicho que no soy... que no soy hija de usted... que soy del hospicio.
Lo mismo que le había pasado á su hija poco antes, toda la sangre de la buena Felicia fluyó al corazón. Quedó igualmente pálida y sin poder articular palabra.
--¿Quién te ha dicho eso?--logró proferir al cabo.
--Pepín.
--¡Ah pícaro!... ¡Le voy á arrancar las orejas!--exclamó cambiando súbito su emoción en furor. Y ya se disponía á ir en busca del criminal, pero Demetria la retuvo.
--No, madre, no salió de él... Fué Tomás el de la tía Colasa quien se lo dijo y por eso se pegaron.
--¿El hijo de Colasa?... ¡Esa bruja había de ser! Desde que Goro la quitó de pacer su vaca en el castañedo del Regueral no nos puede ver más que al diablo. Ya sabes cómo para vengarse metió sus cerdos entre nuestro maíz. Goro quería llevarla al juzgado y que pagase el daño, pero yo conseguí calmarlo y que la perdonase porque me daba lástima... Pues en vez de agradecerlo la picarona el otro día en la fuente me tiró unas indirectas tan picantes... ¡Qué indirectas, hija mía!... Que si yo era una holgazana, una comedora, que hacía trabajar á mi marido como á un burro, que echaba sobre ti el peso de la casa... que os mataba de hambre mientras yo me comía á solas magras de jamón y torta... ¡No sé cómo me contuve y no la arranqué los pocos pelos que tiene en el moño! Y todo porque uno defiende lo que es suyo. Por mí hubiera pacido su vaca toda la vida en el castañedo, pero Goro me dijo: «Mujer, eso no puede permitirse. Si la vaca se comiera sólo los yerbajos y la maleza, anda con Dios; por un poco más ó un poco menos de rozo no habíamos de reñir; pero se come también la cría de los árboles... ¡ya ves tú, mujer, la cría! La cría hasta los criminales la respetan, cuanto que más los hombres». ¿Yo qué le iba á decir entonces? Entonces le dije: «Goro, tienes razón...»
Trazas llevaba la buena mujer de no terminar en toda la mañana su alegato, pero advirtió que Demetria no parecía escucharla: sollozaba cada vez con más desesperación.
--¿Por qué lloras de ese modo, hija? ¿Por un dicho, por una niñería?... ¡Deja á esa deslenguada que la coma la envidia!
--Es que yo, madre--profirió la niña con trabajo,--yo quisiera saber... si ese dicho era cierto... porque ya lo he oído otras veces, aunque nunca se lo dije hasta ahora.
Felicia en vez de responder rompió á llorar hilo á hilo como su hija, de tal modo que ésta se vió al cabo necesitada á consolarla.
--¡Nunca pensara, Demetria, que me habías de dar un disgusto tan grande!--articulaba entre sollozos que la rompían el pecho.
Demetria atribulada la besaba y la abrazaba con anhelo.
--Perdóneme, madre... yo no quería disgustarla... ¡No llore, madre, no llore!
Felicia se calmó; pero Demetria se quedó sin obtener respuesta satisfactoria á su pregunta.
--Anda, hija mía, vé á lavarte los ojos para que no conozcan que has llorado. Yo voy á hacer lo mismo. Arréglate también, que el tiempo pasa y habrá que vestir el ramo. Tu padre ya bajó á Entralgo... ¿Quién le quita á él su rato de tertulia en el atrio de la iglesia antes de entrar en misa?
Demetria hizo como se le mandaba. Cuando se estaba bañando los ojos con agua fresca llegó á sus oídos el penetrante son de la gaita y el redoble del tambor. Borróse súbita la melancolía de su rostro. Una dulce sonrisa volvió á esparcirse por él, y sin terminar de secarse salió apresuradamente al corredor. El gaitero con su gaita adornada con cintas de colores y el tamborilero desembocaban ya frente á la casa seguidos de un enjambre de niños. Allí se pararon para tocar la alborada. Los vecinos salían á las ventanas y á las puertas pintándose en todos los rostros la alegría.
También salió Celso, el heroico Celso, con la frente vendada para dar testimonio de la descomunal batalla que había librado la noche anterior; fresco, no obstante, y espléndido como una rosa. Avanzó hasta el medio de la calle y despojándose de la montera y agitándola en la mano como si fuese á brindar la muerte de un toro profirió dirigiéndose á Demetria:
--Bendita sea tu sandunga, chiquita, y el cura que te puso la sal y la comadre que te cantó el _ro ro_ y hasta el primero que te dijo ¡por ahí te pudras, serrana! ¡Bendito sea tu salero y esos negros bozales que tienes en la cara que cuando los veo me hace _pío pío_ el alma como si tuviese escondido un ruiseñor aquí dentro!
--¿Qué estás diciendo, Celso? ¡No entiendo una palabra!--exclamó riendo la zagala.
Los demás también reían sin comprender. Iba el flamenco á proseguir en sus piropos exóticos aprendidos allá en la tierra de María Santísima entre tragos de _manzanilla_ y bocados de gazpacho blanco, cuando una voz bronca gritó desde el corredor vecino:
--¡Celso! ¡Celso!
Y apareció el rostro espantable de la tía Basilisa.
--¿Y el verde para el ganado, grandísimo holgazán? ¿Todavía no lo has segado?
--Ahora mismito, abuela.
--Anda listo, zángano, comedor, porque si no voy allá y te estrello en la cabeza la sartén.
El héroe agitó la cabeza con desesperación; rechinó los dientes. Su alma se inundó de amargura. ¡Cruel humillación para un hombre que había corrido tantas juergas á orillas del Guadalquivir!
Miró al corredor y cerciorándose de que la vieja se había ya retirado, exclamó con voz sorda:
--¡Ande allá, abuela, que tiene usted la cara más fea que la papeleta de la contribución!
Y se encaminó á la casa en busca de la guadaña acompañado de la risa y algazara de los espectadores.
Felicia salió con un vaso y una botella en las manos: escanció el rojo licor de Castilla y lo ofreció liberalmente al gaitero y tamborilero.
--Que usted la goce muchos años, tía Felicia, y que esa manzanita encarnada que está al balcón no se la coma ningún pícaro, sino un hombre de bien como el tío Goro... La Virgen del Carmen las proteja... Adiós... adiós...
La gaita y el tambor se perdieron por las retorcidas callejuelas de la aldea.
Demetria, disipada ya por entero la nube de tristeza que sombreaba su alma, corrió á vestirse. Delante de un espejillo fementido peinó su cabellera soberbia; la cubrió después á medias con un pañuelo de seda azul, cuyos flecos le caían graciosamente por la frente: colgó de las orejas los pendientes de aljófar que su padre le había traído recientemente de Oviedo; ciñó su garganta con tres sartas de corales; apretó su talle con el justillo de cien flores y cordones de seda torzal; se puso el dengue de pana, la saya negra de estameña, la media blanca, el zapato de becerro fino... ¡Ea, ya está lista la zagala!
Ahora á casa de Telva á vestir el ramo. De Canzana debían salir tres. Eran unos armatostes de palo á modo de jaulas, alrededor de los cuales se colgaba una razonable cantidad de panes, que vendidos luego servían para el culto de la Virgen. Iban adornados con flores y cintas de colores. Sólo mozos muy robustos y remudándose podían soportarlos hasta la iglesia.
Á las diez se formó la procesión en la más amplia abertura que la aldea tenía. En torno de cada ramo se agruparon las zagalas cuyas familias lo costearan. Todas iban engalanadas como el día de más fiesta del año. Sus pañuelos de cien colores agitándose producían mágico efecto en los ojos; pero sus rostros frescos de nieve y rosas y sus gargantas amasadas con puras natas hacían latir de felicidad el corazón. Colocaron á la novilla delante, la novilla ofrecida á la Virgen por el pueblo de Canzana. Era un hermoso animal de pelo rojo y brillante. Adornaron sus cuernos con papel dorado: ciñeron su cuello con cintas de diversos colores. Un mozo designado por la suerte la llevaba amarrada por los cuernos.
Ya se pone en movimiento la comitiva; ya comienza á descender por el áspero tortuoso sendero de la montaña sombreado de castaños. Las zagalas agitan sus panderos, cantan á coro, y sus voces puras bajan en alas de la brisa hasta el valle. El tambor redobla alegremente; la gaita grita; la novilla ofrecida á la Virgen brinca y juguetea haciendo sonar la esquila que lleva al cuello.
Delante de todos disparando cohetes marcha el valeroso Celso. El humo de la pólvora le embriaga; los cantos le alegran; un vértigo delicioso se apodera de su magullada cabeza y por un momento se borran de su mente las dulces memorias de la Bética.
IV
La misa.
Yo no apruebo las ideas de mi sobrino Antero. Hasta ahora hemos vivido á gusto en este valle sin minas, sin humo de chimeneas ni estruendo de maquinaria. La vega nos ha dado maíz suficiente para comer borona todo el año, judías bien sabrosas, patatas y legumbres no sólo para alimentarnos nosotros, sino para criar esos cerdos que arrastran el vientre por el suelo de puro gordos. El ganado nos da leche y manteca y carne si la necesitamos: tenemos castañas abundantes que alimentan más que la borona y nos la ahorran durante muchos días; y esos avellanos que crecen en los setos de nuestros prados producen una fruta que nosotros apenas comemos, pero que vendida á los ingleses hace caer en nuestros bolsillos todos los años algunos doblones de oro. ¿Para qué buscar debajo de la tierra lo que encima de ella nos concede la Providencia, alimento, vestido, aire puro, luz y leña para cocer nuestro pote y calentarnos en los días rigurosos del invierno?
Así hablaba el capitán D. Félix sentado en el pórtico de la iglesia antes de celebrarse la misa. Se hallaban allí también sentados D. César de las Matas de Arbín, su primo, vecino y propietario de Villoria, quien jamás en su larga vida había dejado un año de oir la misa del Carmen en Entralgo, el tío Goro de Canzana, Martinán el tabernero, Regalado el mayordomo y algunos otros vecinos de la misma gravedad aunque no tan señalados.
--¿Qué antiguallas estás ensartando ahí, querido primo?--exclamó el Sr. de las Matas con sonrisa irónica.--¡Que somos felices con nuestras castañas y nuestro ganado! No sueltes, por Dios, tales ideas delante de esos señores de la Pola que capitanea tu sobrino Antero, porque no concluirán de reirse de ti. ¿Qué valen nuestros tupidos castañares, ni tus rebaños lucidos, ni este aire puro de la montaña, ni esta luz radiosa que el cielo nos envía delante de esas altas chimeneas que tiñen de negro sin cesar la tierra y el firmamento?...
Los tertulios sonrieron. D. Félix dejó escapar un bufido desdeñoso. El Sr. de las Matas quedó pensativo unos instantes. La sonrisa que contraía su boca se extinguió. Al cabo exclamó con voz sorda y tono profético:
--¡Ay de los pueblos que corren presurosos en busca de novedades! ¡Ay de los que, olvidando las pristinas y sencillas costumbres de sus mayores, se entregan á la molicie! ¡Ay de los aqueos! ¡ay de los dorios! El régimen austero, la vida sobria y sencilla que formó á los hombres de Maratón y las Termópilas desaparecerá muy presto. Los productos refinados de la industria, las modas y los deleites corromperán nuestras costumbres, debilitarán luego nuestros cuerpos y no quedarán al cabo más que hombres afeminados y corrompidos, miserables sofistas, despreciables parásitos que escucharán temblando el chasquido del látigo romano.
Esto dijo D. César de las Matas, el hombre más docto que había producido jamás el valle de Laviana. Vestía frac azul con botón dorado, chaleco floreado, pañuelo de seda negro enrollado al cuello, pantalón ceñido con trabillas y el sombrero blanco de copa alta. Contaría setenta años de edad, alto, enjuto, aguileño, rasurado.
Todos guardaron silencio respetuoso y miraron con asombro á aquel varón profundo, honra de la comarca que le vió nacer.
--Sin embargo, aquí el señor capitán va á recibir un buen bocado de indemnización, si como aseguran se abre, para explotar esas minas de Carrio, una vía de hierro. D. Félix tiene ahí muchas propiedades, y no dejarán de cortarle alguna--manifestó Martinán el tabernero, hombre de cuarenta á cincuenta años, espantosamente feo, de ingenio sútil, disputador eterno.
--Aunque me las cubriesen de monedas de plata no quisiera que tocasen en ellas. El día que escuche silbar por los castañares de Carrio los pitos de esas endiabladas máquinas que llaman locomotoras, será uno de los más tristes de mi vida.
--¡Alto allá, D. Félix! Esos señores que abren las minas traen muy bien repleta la bolsa al decir de la gente. Bueno será que repartan un poco entre los pobres que aquí estamos. Porque si usted no necesita de ese dinero, hay por aquí muchos infelices á quienes les vendrá muy bien.
--¿Y piensas tú, botarate--exclamó el capitán con ímpetu,--que esos señores van á traer unos cuantos sacos de doblones y á toque de campana los repartirán como si fuesen avellanas? Ten entendido que cada peseta que aquí dejen os costará bastantes gotas de sudor... Y entre sudar debajo de la tierra ó á la luz del sol, es preferible esto último.
--No estoy conforme, D. Félix; no estoy conforme con eso--exclamó Martinán disponiéndose placenteramente á entablar la discusión.--El trabajo dentro de una mina, lo he oído decir en Langreo, es menos duro que fuera. En el invierno está allá dentro mucho más caliente; en el verano, más fresco. ¿Quién no tiene miedo en los meses crudos del año á salir á la intemperie? ¿Á quién no le da pena ver en este tiempo á esos pobres segadores debajo de un sol abrasador?
--Pero están seguros de que no les cae encima la montaña y los entierra como hormigas, y de que el aire no se encenderá para quemarles la cara y las manos. No serán solamente gotas de sudor lo que derramaréis dentro de poco, sino lágrimas, lágrimas bien amargas. ¡Dichosos los que tranquilamente reposan de su trabajo á la fresca sombra de un árbol y comen un pedazo de borona con alegría!
--En efecto--apuntó gravemente el Sr. de las Matas,--el trabajo expuesto y penoso de las minas no es propio de los hombres libres, tengan ó no derecho de ciudadanía. Pienso que es solamente adecuado para los esclavos tracios y paflagonios, y aun si se quiere, para los periecos, gente ruda por lo regular y cuyas vidas no tienen mucha estimación. Pero tú, amado primo--añadió sonriendo--no eres un hombre de estos tiempos. Debiste nacer en las montañas de la Arcadia feliz, y dejar que tu vida se deslizase lejos del tráfago y estruendo de las ciudades, sonando el dulce caramillo y rindiendo culto á Pan y á las ninfas, coronada la frente de mirto y roble.
--No quiero otras montañas que esas que me han visto nacer, la Peña-Mea, la Peña-Mayor, el pico de la Vara--replicó el capitán extendiendo el brazo y apuntando á todos los puntos del horizonte.--Pensando en ellas mi corazón se apretaba de angustia al comenzar las batallas, pensando en ellas maldecía de los teatros y los cafés cuando me hallaba de guarnición en Madrid. Todavía recuerdo una noche en que sentado en la butaca de un teatro escuchando cantar cierta ópera me preguntaba el amigo que tenía á mi lado:--«¿Te gusta?»--No--le respondí con rabia;--preferiría ahora estar sentado debajo del corredor emparrado de mi casa oyendo ladrar los perros». También recuerdo otra noche en que al salir del café y retirarme á casa tropecé con tres hombres que iban cantando una de nuestras baladas más conocidas, la del _galán d'esta villa_. No os podéis figurar, amigos, la alegría y la tristeza que sentí al mismo tiempo. Los seguí como un tonto por más de una hora al través de las calles, y cuando acordé en mí tenía las mejillas bañadas de lágrimas.
Un murmullo de aprobación corrió por el pórtico de la pequeña iglesia. Todos se alegran de que el capitán no los haya abandonado por los deleites de la ciudad, como habían hecho otros propietarios de Laviana.