La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas
Part 21
Había sido convenido que Nolo, después de casado, viniese á habitar á Canzana con Demetria y sus padres. El tío Goro se hacía ya viejo y necesitaba quien le ayudase á cultivar las tierras: su labranza era mucha: sus hijos tan pequeños, que en largo tiempo aún no debía contar con ellos. Por otra parte, el capitán había resuelto comprar con la dote de Demetria algunos prados y tierras labradías en la parroquia de Entralgo para que allí se asentasen. Flora rogaba por Dios y por la Virgen que no la apartasen de aquella amiga tan querida que por afinidad era ya próxima deuda de su padre.
Al día siguiente de este insignificante suceso se amasaba la borona en casa del tío Goro. Felicia solía enviar á sus chicos á los castañares á buscar hoja para cubrir la pasta y echar el rescoldo encima. Demetria quiso hacerlo por sí misma esta vez, pues los chicos iban á perder la escuela. Salió á la tarde provista de una pequeña hoz de mango corto y se internó por los bosques de castaños que rodean á Canzana, buscando uno que era propiedad de su padre. Se hallaba bastante lejos: era necesario bajar al fondo de la garganta por donde corría un arroyo que separaba la parroquia de Entralgo de la de Carrio y subir luego un trecho más. Así lo hizo y en esto se placía mucho. Su corazón, después de la estancia en la ciudad estaba ansioso de la libertad de los bosques, del canto de los pájaros, de aquella luz tan suave, de aquella brisa fragante que recordaba con dolor mientras estuvo prisionera en Oviedo.
Llegó por fin á su castañar, que no había visto haría cerca de un año, y se sintió enternecida. Conocía los árboles y tenía de cada uno algún recuerdo. «Al pie de éste hicimos una hoguera Telva, Rosaura y yo y asamos castañas. De este tan alto se cayó Celso el de la tía Basilisa, antes de ir al servicio del rey, y no se hizo daño ninguno... ¡qué susto nos dió!... En ese otro escribió Juanín de Mardana mi nombre... ¡aquí está!»... Tales recuerdos dilataron su corazón. Comenzó á cortar algunas pequeñas ramas, aquellas que no hacían falta á los árboles, y mientras tanto soltó el torrente de su voz cantando una de las baladas del país. En Oviedo no podía cantar de aquel modo con todo el aliento de su pecho. ¡Siempre el horrible solfeo, el aburrido piano! En cuanto daba una voz más alta que otra ¡chut, chut, silencio!
Aunque estaba bien distraída al cabo de un rato creyó percibir detrás leve ruido y se volvió. Frente á ella y bastante próximo se hallaba Plutón, negro y endemoniado como un tizón y con su lámpara encendida colgada del brazo como si acabase de salir de la mina.
Se puso pálida, pero no dió un paso atrás.
--Buenas tardes, Demetria--dijo él.
--Felices--respondió ella secamente.
--¿Por qué no sigues cantando?
--Porque no tengo ganas.
--¿Soy yo quien te las quito?
--Quizá.
Hubo una pausa. Plutón dijo avanzando un paso hacia ella:
--Pues más que las rosquillas de Santa Clara bañadas de azúcar, más que el vino de Rueda y el aguardiente de sobre-mar me gusta oirte á ti... ¡Canta, Demetria!
--Te digo que no tengo gana... ¡No te acerques!
Y retrocedió algunos pasos asustada.
--¡Si no es para hacerte daño, mujer!--profirió él deteniéndose.--Sólo quiero decirte dos palabras al oído... dos palabras solamente.
--Pues yo no quiero oirlas... ¡No te acerques!
Plutón avanzó algunos pasos y ella retrocedió otros tantos blandiendo en su mano derecha la hoz.
--En cuanto te las diga me marcho--manifestó él sonriendo diabólicamente.
--¡No te acerques!--exclamó de nuevo retrocediendo.
Esto era lo que apetecía Plutón. Detrás de ella, á dos pasos nada más, se hallaba una chimenea ó boca de respiración de la mina que él mismo había concluído de abrir el día anterior y que nadie conocía.
--¿Por qué no quieres escucharme?
--¡Porque no!... ¡Vete!
Retrocedió los dos pasos que le faltaban y cayó en el agujero. Pero ya Plutón había dado un salto prodigioso y antes que desapareciese la agarró por el brazo. No la alzó, sin embargo, sino que, teniéndola suspendida, él mismo se precipitó en el agujero, y con su agilidad de mono y adiestrado en bajarlo y subirlo, descendió con su carga velozmente, apoyándose con los pies en las escalerillas que su mano había tallado.
Bajaron hasta la galería de la mina y allí cayeron. Plutón de pie, Demetria de espalda. Aquél quiso ayudarla á levantarse, pero ella se alzó bravamente en seguida y recogiendo precipitadamente la pequeña hoz que brillaba en el suelo porque la había dejado caer en su descenso, se alejó de él blandiendola con su mano crispada. Se hallaban casi en tinieblas. Por el largo y estrecho agujero por donde habían descendido apenas penetraba un tenue rayo de luz.
--Estás en mi poder, Demetria. No te escapes, porque es inútil--dijo el minero sordamente recogiendo del suelo su lámpara que se había apagado.
Se oía la respiración anhelante de la joven que no respondió una palabra.
--Me tienes miedo, ¿verdad?... Pues dentro de poco llorarás por mí, pichona. Te parezco feo, ¿verdad? Pues no tardarás en besar esta cara tan fea y tan negra. Y no temerás mancharte acercando á ella la tuya, blanca como la leche y suave como la manteca. Ya verás cómo debajo de esta capa de carbón hay un hombre que sabe tratar como se merecen á las niñas bonitas...
Aquí Plutón soltó una formidable carcajada. Su triunfo le embriagaba. Demetria estaba muda.
--¿Quién te había de decir, hermosa, cuando arrastrabas hace poco la cola por Oviedo, que tan pronto habías de llegar á pedir perdón á este pobre minero y á besarle los pies?... Porque has de besármelos, ¿sabes? De otra suerte no saldrás más de aquí. No quisiste ser señorita, preferiste ser aldeana. No te aplaudo el gusto y menos que lo hayas hecho por amor á ese zote de Villoria. Pero no creas que me opongo á que te cases con él. Sigue tu camino. Lo único que quiero es que ántes me pagues el portazgo...
Volvió á soltar Plutón otra satánica carcajada, enteramente seguro de que Demetria sucumbiría á su deseo.
--Vamos, ven acá, cacho de cielo... Algo bueno nos había de tocar una vez siquiera á estos pobres que nos pasamos la vida dentro de la tierra como los topos comiendo y respirando carbón... ¿Tú no sabes, palomita, que estoy envenenado desde que te robé aquellos besos junto al río? ¿Tú no sabes que me he pasado muchas noches en vela pensando en ti? ¿No sabes que aquí dentro del pecho todo el gas que tenía se ha inflamado de pronto y estoy ardiendo en vida por ti?... ¡Ven acá, rosa temprana!... ¡ven, cerecita dulce!
Plutón avanzó unos pasos con los brazos extendidos. Demetria, cuyos ojos se habían acostumbrado ya á la oscuridad, le vió venir y retrocedió por la galería.
--¡No te acerques, granuja, malvado!
--¡Qué! ¿nos hacemos remolones? De nada te valdrá, princesa--dijo el monstruo.--Escucha, Demetria. Has caído en una ratonera. En esta galería nadie trabajará ni nadie pasará hasta que yo abra otra chimenea, y tardaré lo menos quince días. ¡Figúrate si hay tiempo para que se pudra ese cuerpecito amasado con rosas y leche! Gritarás y no te oirán; tratarás de salir y te extraviarás cada vez más, porque no conoces ni los pisos ni las galerías y marcharás á oscuras... Así, pues, allánate á ser un poco dulce, ó me marcho y te dejo aquí sepultada en vida...
--Márchate ya, bandido. Déjame morir, que si no las pagas en este mundo las pagarás en el infierno.
--¡El infierno!--exclamó Plutón riendo.--¡Estás en él, querida! ¿No has aprendido en la doctrina que el infierno está debajo de la tierra? Pues debajo te encuentras y nada menos que en compañía del diablo mayor. Pero este diablo que tú aborreces, cuando está enamorado es más blando que un cordero y sabe hacer caricias como los ángeles... ¡Ya verás, ya verás!... La sangre que corre debajo de esta corteza de carbón es encarnada como la de ese palurdo de la Braña y es más caliente... ¡Ya verás, ya verás!... Nadie nos oye, nadie nos ve... Al fin saldrás de aquí, te lavarás... y como si no hubiera pasado nada... Plutón se quedará en el infierno y tú volverás al cielo... ¡Ven á mis brazos, terrón de azúcar! ¡ven, pedazo de gloria!...
Plutón avanzó rápidamente y quiso echar mano á la zagala; pero ésta, arrojándose atrás con igual presteza, alzó la pequeña hoz y la descargó con toda la fuerza de su brazo sobre la cabeza del traidor. Cayó al suelo. Demetria le vió inmóvil y creyó ver también la sangre que le cubría el rostro. Pensó que le había matado y huyó despavorida por la mina y quedó envuelta al instante en completa oscuridad. Sin embargo, marchaba, marchaba siempre. No pensaba en su situación, sino en la muerte que acababa de cometer. Pero las tinieblas se espesaban y sus pies iban dando tropezones, hasta que al fin cayó. Alzóse y siguió marchando y volvió á caer y tornó á levantarse. Al cabo creyó percibir un tenue rayo de luz á lo lejos. Marchó hacia él con la esperanza de hallar salida. Pero la luz procedía de una chimenea como aquella por donde habían descendido. Dió gritos á la boca de ella. Nadie le respondió. Gritó hasta que quedó sin voz. Sólo entonces se dió cuenta de su situación horrible. Intentó volver sobre sus pasos al sitio donde había estado; pero las piernas se negaron á obedecerla. Veía á aquel hombre tendido y manando sangre: sus cabellos se erizaban de terror. Siguió avanzando. Y otra vez cayó y otra vez se alzó: tropezaba con las paredes, con los puntales de sostén. Caminaba con las manos extendidas siguiendo el trayecto de la galería. Algunas veces penetraba en el hueco de un tajo, pero se encontraba sin salida y volvía atrás y de nuevo seguía el curso de la mina. Al cabo volvió á percibir otro rayo de luz. Su corazón se dilató con la esperanza de hallar salida. Pronto se disipó no obstante: la luz procedía de otro respiradero. Sin embargo, al acercarse á él observó que era menos largo que los otros. Allá en lo alto se divisaba un puntito de cielo. Entonces, con las pocas fuerzas que le quedaban gritó hasta romperse la garganta. Nadie respondió.
Quiso seguir, pero comprendió que ya era inútil. Un sudor frío bañaba su frente. Mirando aquel puntito claro de cielo permaneció largo rato con los ojos muy abiertos. Poco á poco aquel puntito también se fué oscureciendo. La tarde declinaba. Pronto se borró por completo. Quedó en tinieblas. Entonces cayó de rodillas y oró con fervor, pidiendo á la Virgen su salvación. Oró hasta que no pudo más y al cabo cayó deshecha sobre el duro suelo y quedó dormida. Y soñó en poco tiempo multitud de cosas. Creía estar en Oviedo en los salones de Valledor. De pronto se abría la puerta, aparecía un hombre y preguntaba por ella. Todos la miraban con sorpresa. Aquel hombre era su confesor. La sacaba del salón, la llevaba á la catedral y la encerraba en un confesonario: luego se marchaba, y las puertas del templo se cerraban. ¡Qué angustia! ¡qué desesperación!... Pero á fuerza de golpes lograba romper la puerta, y sin saber cómo se encontraba en medio del campo... Un golpe de gente venía hacia ella gritando: «¡Huye, Demetria, huye! ¡Ahí viene! ¡ahí viene!--¿Quién viene?--preguntaba ella.--¡Un lobo! ¡un lobo que está rabioso!» Y ella se daba á correr; pero no podía: las piernas le pesaban como si fuesen de plomo: los demás corrían y ella no podía seguirles. Y detrás se escuchaba el jadear de la fiera. Se volvió para mirarla; el lobo tenía la cabeza de Plutón. Lanzó un grito y despertó...
Al principio no se dió cuenta de su situación: creía estar en la cama como todos los días y mostró alegría al verse libre de aquella pesadilla horrible. Pero cuando se recobró y se hizo cargo de dónde se hallaba, un estremecimiento de terror paralizó sus miembros. No pudo gritar ni moverse. Al cabo se incorporó: sus labios murmuraron: «¡Jesús, asísteme!» Comprendió que era necesario morir y pidió al cielo que no le hiciese sufrir mucho tiempo. Se despidió con el pensamiento de sus padres, de sus hermanos, de sus amigas, de Nolo... Y un sollozo que se había ido formando poco á poco dentro de su pecho estalló al cabo como una nube cargada de agua. Lloró largo rato, lloró copiosamente. Las lágrimas bañaban su rostro, caían sobre sus manos y las escaldaban. Cuando ya no pudo llorar más sintió una sed abrasadora. Pero gotas de agua filtraban por las paredes y por el techo. Con el hueco de las manos recogió á tientas algunas de estas gotas y las bebió. Sabía el agua á carbón, pero no importaba. Al cabo su sed se calmó. Volvió á orar con todo fervor, se encomendó á Dios de todo corazón y de nuevo quedó dormida.
Al despertar penetraba ya la luz por la chimenea. De nuevo sintió una sed abrasadora y otra vez volvió á calmarla con el agua sucia que manaba de las paredes. Miró por el agujero y vió el puntito de cielo. Esta vista infundió en su pecho un ansia loca de vivir. Se levantó haciendo un esfuerzo y quiso proseguir su marcha buscando la salida. Mas apenas había dado algunos pasos sus piernas se doblaron y no pudo seguir. Cayó desfallecida. Un sudor frío, el sudor de la agonía volvió á correr por su frente. Pero en aquel instante creyó oir una voz que llegaba á ella de la tierra por el respiradero. Se alzó, se aproximó más á él y con más claridad oyó la voz de un hombre que cantaba allá arriba. El canto no era del país sino playera andaluza. Entonces arrimando la boca al agujero gritó con todas las fuerzas que le quedaban: «¡Celsoo!» Fué un grito horrible, extraño, semejante á un aullido. Como si con él exhalara toda la vida que aún tenía, después de lanzarlo cayó al suelo desmayada.
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XXI
Purificada.
Demetria tardaba mucho en venir con la hoja. Felicia impaciente despachó al zagalillo que tenían para el ganado en su busca. Volvió diciendo que no la había visto por ninguna parte. Entonces la buena mujer hizo llamar á su marido, que estaba en la huerta, y le envió al castañar, ya con algún cuidado. Tampoco el tío Goro encontró allí á su hija aunque la llamó repetidas veces en alta voz. El agujero de la chimenea recién abierta estaba disimulado por la maleza y no pudo verlo. Dió la vuelta á casa. Tanto él como su esposa comenzaron á sentir zozobra. Bajó á Entralgo por si acaso su hija se hallaba con Flora. No la halló ni supieron darle razón de ella. Entonces siguió á Carrio, porque el castañar donde había ido á cortar hoja no estaba lejos de este pueblo. En Carrio nadie la había visto. Desde allí, atravesando el río por la barca, se trasladó á la Pola. Tampoco nadie la vió por allí.
Mientras tanto la tía Felicia había despachado á toda prisa al zagal á la Braña, sospechando que hubiera podido ir á hablar con Nolo. Éste quedó muy sorprendido de la noticia y se vino á toda prisa con el zagal á Canzana. Cuando llegó poco después el tío Goro y les dió cuenta del resultado infructuoso de sus viajes quedaron consternados. Un mismo pensamiento les había asaltado á los tres, aunque no se atrevían á manifestarlo. Demetria se había ido de nuevo á Oviedo. La vida de la aldea se le hizo sin duda aborrecible después de ser señorita y, por vergüenza de explicarse, se había escapado. Los tres guardaron silencio sin comunicarse sus sospechas. El día había tocado ya á su término y era noche cerrada.
El tío Goro bajó de nuevo á Entralgo y comunicó sus sospechas con el capitán. Este no quiso confirmarlas; le costaba mucho trabajo suponer que Demetria, después de lo acaecido, tuviese deseos de volverse á Oviedo. Sin embargo, hizo montar á caballo á su criado Manolete y le envió á allá con objeto de averiguarlo. Felicia, enloquecida y acongojada, quiso marcharse al monte y buscar por todas partes á su hija. Nolo trató de disuadirla. En aquella hora no era posible que la encontrasen aunque le hubiera pasado algún accidente. Además el mozo de la Braña dudaba que le hubiera acaecido nada malo; se inclinaba más bien á creer en la huida á Oviedo. Su amor era grande pero receloso, y, aunque Demetria nunca le diera motivos para dudar de él, le parecía bien extraordinario que se allanase á ser aldeana pudiendo ser señorita. No le fué posible persuadir á la tía Felicia. Ésta salió de Canzana antes que el tío Goro volviese de Entralgo. Nolo no quiso que fuese sola y la acompañó. Tomaron un farolito y se lanzaron al campo y comenzaron á recorrer escrupulosamente, todos los caminos y senderos próximos al pueblo y á registrarlos. Hicieron lo mismo con los que conducían al castañar. Anduvieron por los contornos de Carrio; subieron al monte.
Nada; sus registros resultaban siempre inútiles. La desventurada Felicia lloraba sin cesar. Nolo hacía esfuerzos por animarla. Pero tanto como ella necesitaba él de alientos, aunque por diferente motivo. Él se afirmaba cada vez más en que Demetria se había marchado á Oviedo. Ella, más perspicaz porque la amaba con corazón de madre, se aferraba en que le había acaecido un percance.
Más por complacerla que por esperanza de obtener resultado alguno, Nolo consintió en recorrer los montes que dominaban el castañar del tío Goro. Vagaron por ellos á la ventura sin tropezar ser viviente. Al cabo divisaron entre los árboles una luz.
--¿Dónde estamos?--preguntó Felicia que con la pena y tanto paseo se había mareado.
--Cerca de la cabaña de Pepa la Pura.
Esta Pepa la Pura era una mujer á quien, apenas muertos sus padres, cuando contaba veinte años, sus dos hermanos varones arrojaron de casa. La desgraciada, en vez de expatriarse ó ponerse á servir de criada, prefirió marcharse al monte. Y dando pruebas de una energía maravillosa, casi sobrenatural, construyó por sí misma ó ayudada solamente de algún vecino caritativo una choza para guarecerse: se puso á cultivar la tierra baldía. Con esto y con algún jornal que solía ganar en Canzana ayudando en sus labores á los vecinos se había podido mantener. Aunque habitaba enteramente sola y cuando joven era bella supo defender su honestidad tan bravamente que los mozos de la parroquia le pusieron por sobrenombre la Pura y este apodo le quedó. Ahora ya era vieja, aunque no tanto como aparentaba. Los rudos trabajos, las privaciones y la acción de la intemperie habían arrugado su rostro antes de tiempo.
Al acercarse á su choza pudieron verla al través de la puerta entreabierta. Estaba lavando la pobre escudilla en que había cenado y disponiéndose para acostarse en el mísero camastro que ocupaba la mitad de su vivienda. Felicia la llamó.
--¿Quién va?-preguntó ella sin mostrar susto alguno y dirigiéndose á la puerta.--¡Ah, eres tú, Felicia!... ¡y tú también, Nolo!... ¿Qué viento os trae por aquí?
La pobre Felicia se echó á llorar sin responderle. Nolo dijo:
--Demetria ha desaparecido desde esta tarde y nadie sabe dónde se encuentra. ¿Sabes tú algo?
--No, no... yo no sé nada.. ¿Cómo quieres que sepa?--respondió con agitación.
--El castañar donde fué por hoja no está lejos de aquí: pudieras bien haberla visto...
--No, no... yo no la he visto... Yo estuve todo el día sallando el maíz ahí arriba... ¡No la he visto, no!...
Si Nolo estuviera dotado de más perspicacia ó malicia no le hubiera pasado inadvertido el aturdimiento de la Pura. Pero nada echó de ver y cuando aquélla les invitó á descansar un momento aceptó y entraron. La tía Felicia tenía en verdad necesidad de reposo. Pepa la agasajó y la consoló cuanto pudo. Se comprendía que las lágrimas de la desdichada madre le hacían daño. Se había puesto pálida y temblorosa. Cuando al fin salieron de la choza les acompañó un rato. Felicia quería proseguir sus investigaciones, mas Nolo se opuso resueltamente á ello: sobre ser inútil, el estado de fatiga en que se hallaba no lo permitía. Por la mañana bien temprano volverían á comenzar.
Según caminaban por el monte abajo, la Pura se había ido quedando un poco rezagada. Tiró un poco de la manga de la camisa á Nolo y acercándose á su oído cuanto pudo le dijo en voz apenas perceptible:
--Tengo que hablarte... Vuelve en seguida.
Turbado quedó el mancebo. Acompañó en silencio hasta Canzana á la que pronto debía de ser su madre y se despidió de ella á la puerta de casa. ¿Cómo? ¡Eso no podía ser! Felicia quería á todo trance retenerle y que durmiese aquella noche en Canzana. Nolo se obstinó en volverse á la Braña, pretextando que nada había dicho á sus padres y podían estar con cuidado. Mañana al amanecer volvería para continuar la busca de Demetria. No fué posible á la buena mujer convencerle. Se despidió de él llorando y de este modo entró en la casa.
Nolo permaneció un instante fuera. Luego, en vez de tomar el camino de la Braña, se salió de la aldea á toda prisa por el extremo opuesto. Buscó el sendero del monte y se emboscó por los castañares que en aquella hora estaban lóbregos y medrosos. El mozo los atravesaba con paso vivo y resuelto, más emboscado aún en sus propios pensamientos y recelos. La primavera, pródiga siempre en aquel valle, amontonaba la hoja en los árboles y la fronda de los helechos en el suelo, de tal modo que ni un rayo de luz penetraba en los parajes que recorría. Pero Nolo era hombre de las montañas y si no conocía los senderos los adivinaba.
Cuando salió de los castañares y se encontró en el monte descubierto, el resplandor pálido de las estrellas le pareció una gran iluminación. Con paso aún más rápido ascendió en poco tiempo hasta divisar la cabaña de la Pura. No vió luz y le sorprendió, porque contaba que le estuviese esperando. Se acercó: la puerta estaba cerrada. Detúvose, un momento lleno de confusión y al cabo llamó dando un golpe.
--¿Quién está ahí?--preguntó la mujer como si despertase sobresaltada.
--Soy yo, Pepa.
--¿Quién es?--volvió á preguntar como si no le reconociese.
--Soy yo, Nolo.
--Perdona, Nolo, pero ya estoy en la cama.
--¿No acabas de decirme que volviese en seguida? Pues ya estoy aquí... ¡Abre!--profirió el mozo irritado.
--Aguarda un momento--respondió ella con acento de mal humor.
Se echó sus pobres vestidos encima, encendió el candil y abrió la puerta.
--¿No me has dicho hace un momento que tenías que hablarme? ¡Dí!
--¡Ya no me acordaba, rapaz!... No era más que una chanza...--respondió ella, humilde al ver el rostro contraído del mancebo.
--¿Cómo chanza?--exclamó él rebosando ya de cólera.--Esto no es asunto de chanza. Demetria ha desaparecido y tú debes de saber algo de ella. ¡Dí lo que sepas ahora mismo!
--No sé de ella ni la he visto hace tres días--respondió la Pura con voz temblorosa.
--¿Entonces por qué me has mandado venir?
--Ya te he dicho que era una chanza.
El rostro del mozo se contrajo aún más terriblemente. Clavó una larga mirada amenazadora en Pepa que abatió la suya al suelo. Luego, encogiéndose de hombros, dijo sordamente:
--Está bien... Desde aquí voy á la Pola á despertar al señor juez para que envíe por ti... Ya dirás en la cárcel lo que sabes.
El rostro de la Pura se cubrió de intensa palidez y balbuceó:
--Haz lo que quieras... Yo nada sé...
--Pues adiós... ¡Hasta pronto!
Nolo dió unos cuantos pasos precipitados monte abajo...
--¡Ven acá!--le gritó Pepa.
Tornó á subir y acercándose á ella con semblante airado le preguntó:
--¿Quieres hablar?
La Pura guardó silencio unos instantes; luego dijo:
--Si te doy alguna noticia, ¿me juras que no dirás de quién la has sabido, que nunca saldrá de tu boca mi nombre?
--Lo juro.
--¿Por qué lo juras?
--Por lo que tú quieras.
--Júralo por la salud de tus padres.
--Lo juro por la salud de mis padres.
--Que no te cases jamás con Demetria ni vuelvas siquiera á verla.
--Que todo eso suceda si llego á declarar tu nombre.
La Pura vaciló todavía. Le parecían pequeños aquellos juramentos. Al fin encontró otro más terrible.
--¡Que se os muera de la peste todo el ganado que tenéis en la cuadra!
--¡Que se nos muera!
--Pues bien... te diré que esta tarde, mientras recogía un poco de árgoma para encender el fuego, vi en el castañar del tío Goro á Demetria cortando hoja... Luego vi que se acercaba á ella Plutón... ese minero tan malo que ya conocerás...
--Sí, sí; ¡adelante!