Part 9
Lord de Grey es indudablemente el primer cazador de Europa y no me extrañaría que el sindicato de fabricantes ingleses de armas y cartuchos de caza, pensara, al día siguiente de su muerte, en levantarle un monumento que consagrara su gratitud. La casualidad me hizo cazar un día en compañía de lord de Grey: era en España y los azares de la colocación hicieron que tuviese el puesto contiguo al suyo en un ojeo. La estación de la caza estaba ya avanzada y las perdices rojas españolas, difíciles siempre, flaconas y vigorosas, hendían el aire, como saetas, generalmente fuera del alcance del fusil. Yo, cazador mediocre, pero sin vanidad, hacía un fuego de todos los diablos, muchas veces con la conciencia de la inutilidad de mi tiro, pero sin poder resistir al placer de apretar el gatillo cuando tenía el ave en línea. Lord de Grey tiraba mucho menos; pero ese día no le ví desperdiciar un solo tiro. Tenía dos hombres detrás de él, que le pasaban una escopeta cargada con una rapidez extraordinaria; concluído el ojeo, los dos servidores no perdían una sola pieza de las que había abatido su señor, merced a una perrilla gris, de pobre aspecto, pero admirable de olfato.
Hay algunos cazadores que, sin ser de la fuerza de lord de Grey, no pierden generalmente un solo tiro. El príncipe de Mónaco, el feliz soberano de Monte Carlo, tiene esa reputación; pero parece que la cuida de tal manera, que a veces transcurren horas enteras sin que haga un disparo. No tira sino lo seguro.
Como nunca he podido comprender ningún aspecto de la vida a través de la vanidad, tampoco me ha sido dado entender la caza de esa manera. He tenido gran afición por ella, afición que, con los años, ya pasando, como tantas otras que son el glorioso séquito de la juventud. Por ese motivo, los puntos donde he encontrado mayor placer en cazar han sido mi tierra y España. La marcha en nuestras admirables praderas, sobre el tapiz espeso y elástico, en la llana extensión que prolonga hasta donde los ojos alcanzan, precedido por un buen perro hecho a nuestros hábitos, bajo un cielo de una transparencia sin igual y en medio de esos fugitivos fenómenos de la pampa que los hijos del suelo comprendemos y sentimos, la marcha en esas condiciones es una de las sensaciones más gratas que pueden darse. En España la empresa es más ruda. En primer lugar, la temperatura; he cazado varias veces en las regiones de Avila y Segovia en el mes de Enero, y a pesar del calor natural de la marcha y de todas las precauciones necesarias, el cañón de la escopeta nos helaba las manos. Muchas veces el suelo es pedregoso y os destroza los pies. Otras, como en San Bernardo, cerca de Toledo, la configuración del terreno es de tal manera accidentada, que se necesitan las piernas de acero que tenía nuestro inolvidable Lucio López, uno de los primeros cazadores de mi tierra, para resistir un par de horas. Pero al fin, es la caza, es la aventura, es la lucha, con sus pequeñas mortificaciones, que son recompensas. No olvidaré nunca nuestras largas excursiones, en pleno invierno, en Extremadura, allá por las sierras de Guadalupe, a caza de jabalíes, en tierras de mi amigo el marqués de la Romana.
Teníamos una noche de camino de hierro, luego un día de caballo y por fin empezábamos a trepar los montes, salvajes si los hay, precisamente por las mismas sendas, talladas en la piedra, que se practicaron hace quinientos años, cuando don Pedro el Cruel, rey de Castilla, quiso emprender cacerías en aquellas regiones desconocidas. Ya en América había observado el mismo fenómeno, al subir los contrafuertes de los Andes por los mismos escalones socavados en la piedra por el rudo brazo de los conquistadores: una vez que el español, con su tesón y su ímpetu inicial, ha trazado una ruta, las generaciones pueden sucederse infinitas, todas ellas han de tomar el mismo camino, en tanto que subsiste, pues nadie piensa en mejorarlo ni en conservarlo. Por estas gargantas, ásperas y sombrías como su carácter, subía, pues, don Pedro, camino del Hospicio, donde iba a pasar la noche para ponerse en caza al día siguiente. En el Hospicio dormimos también, vasto y tosco edificio de piedra, elevado sin arte, pero para desafiar los siglos. Los ojeadores, guías, peones y perreros, ocupaban la enorme cocina, que, con su colosal fogón en el centro, era la única pieza habitable de la casa, porque en los cuartos destinados a los señores el frío nos penetraba hasta los huesos. En ella hicimos campamento, pues, en democrática promiscuidad, y envueltos en nuestras mantas, esperamos la aurora para ponernos en movimiento. Nos despertó un ruido infernal, una jauría de perros que llegaba, nada menos que la _recova_ del marqués de la Conquista, el noble anciano descendiente de Pizarro, que, impedido por un achaque de su edad, de tomar parte en la cacería, nos enviaba sus afamados perros, con una carta de un tono de admirable hidalguía, en la que nos pedía que no los economizáramos, porque, cuanto más numerosos fueran los que quedaran en el campo, más se colmarían sus votos de un éxito feliz. Eran ochenta perros de primer orden, hechos al combate, pequeños, fuertes y valientes, que unidos a los cincuenta con que contábamos, nos formaban una jauría de excepcional importancia.
La del marqués de la Conquista la dirigía el perrero más afamado de aquellas regiones, un hombre alto, seco como un alambre, vestido de recio cuero de pies a cabeza, con el hablar lento y sentencioso, conociendo todos los perros de la comarca por sus nombres y hazañas y las costumbres del jabalí mejor que las de sus semejantes. Fué él quien me inició en los hábitos, curiosos a veces, del animal que por primera vez iba a combatir. Así, mientras defendía al jabalí de ciertas imputaciones desdorosas, confesaba la malicia y la prepotencia del _solitario_ que, llegado a la venerable edad de cuatro años, en el momento en que los colmillos próximos a retorcerse y hacerse inofensivos, son más temibles, hace vida aparte, aislado siempre, como su nombre lo indica, pero no sin hacerse preceder, tanto en marcha como en el reposo, por un _javacho_ de un año o diez y ocho meses, al que ha aterrorizado hasta el punto de convertirlo en centinela avanzado de su seguridad, llamado a dar el alerta en caso necesario o a sufrir las consecuencias del primer encuentro desagradable. Era tan curiosa la conversación de aquel hombre, tan peregrinas las historias que contaba, que todos, amos y criados, estábamos suspensos de sus labios, al calor del hogar alimentado por enormes troncos de encina. Por fin al amanecer de un día radiante de sol, aunque muy frío en la mañana, nos pusimos en camino. Eramos ocho cazadores y seis _escopetas negras_. Se da este nombre a los guardas armados que cierran el circuito del ojeo; ocupan los últimos puestos a ambos extremos de la línea para tirar sobre los jabalíes que escapan a los cazadores o ultimar los heridos. Tienen una reputación de tiradores extraordinarios, pero yo creo que la deben a sus escopetas viejas y ordinarias, con el cañón reforzado por cuerdas, composturas y remiendos primitivos por todos lados. Yo les he visto errar con más frecuencia que nosotros mismos.
Llegados al sitio del primer ojeo, nos numeramos y, según la suerte, fuimos ocupando cada uno nuestro puesto, separado del vecino lo menos por trescientos metros. Cerrábamos un valle que se extendía a lo lejos, entre dos montañas. El suelo estaba cubierto de una _jara_ espesa y bravía de más de dos metros de altura. El ojeo abarcaba cerca de una legua de valle: los ojeadores con los perros habían partido en otra dirección al iniciar nuestra marcha. Tardamos cerca de una hora en ocupar nuestros puestos y cuando todos estuvimos colocados, el guarda jefe, que nos mandaba a caballo, hizo un disparo de fusil. Un silencio de muerte reinaba en ese instante en el sombrío valle; las cumbres de los montes vecinos estaban ya bañadas por el sol, cuya luz dorada empezaba a bajar por las laderas. A mí me había tocado una pequeña hondonada; era un buen puesto, porque a mi frente, a cincuenta metros, clareaba por momentos la _jara_, lo que indicaba que había un sendero por allí, que probablemente tomaría el jabalí acosado. Pero entre ese punto, que era mi campo de tiro probable y yo, corría un arroyo de agua muy clara y muy fría, cuya profundidad ignoraba. Tenía a mi lado al _secretario_, como llamábamos al peón encargado de llevar, en la marcha, las armas, municiones y vituallas. A las ocho y media de la mañana tomé posesión del puesto que debía ocupar hasta las cuatro de la tarde y los compañeros siguieron adelante. Con gran rapidez y silencioso siempre, según los cánones, mi secretario reunió leña para hacer fuego en el momento necesario, para calentar agua. Me senté, preparé mis armas y esperé. Tartarín se habría mostrado satisfecho de mi arsenal. Tenía una carabina _express_, austriaca, de dos tiros, de la que el fabricante me había dicho maravillas, mi vieja escopeta calibre 16, cargada a bala, mi revólver, y al cinto, lo que me daba un aspecto feroz, un enorme cuchillo de caza, de hoja ancha y filosa, que ya había hecho jugar en la vaina, con cierto aire de d'Artagnan antes de un duelo.
Me había provisto de un libro, sabiendo de antemano las largas horas de la espera, pero estaba tan nervioso y excitado, tan penetrado por aquella naturaleza salvaje y tan _empoigné_ por la rudeza de la caza, que no lo abrí un momento. Cuando sonó el tiro de señal, me puse de pie precipitadamente y empuñé con decisión mi carabina. Al poco tiempo empezamos a oir a lo lejos, como un eco, el ladrar de los perros, que se fué acentuando, luego disminuyendo, hasta no oirse sino el aullar penetrante, como quejumbroso, de un solo perro. "Es el _latido_ de Juanicho, me dijo casi al oído el secretario. Ha olido algo". Juanicho era la perla de la _recova_ del marqués de la Conquista. A los veinte minutos, por entre la _jara_, a nuestro frente, silenciosos ahora, pero husmeando con tesón, llegaron cuatro o cinco perros. Se cruzaban, se detenían, levantaban la cabeza como para aspirar aire fresco y de nuevo seguían rastreando. Llegaron hasta nosotros, los acariciamos un instante en silencio y volvieron a desandar el camino hecho, jadeantes y tenaces; de nuevo la calma silenciosa volvió a reinar; volví a sentarme, pero a cada movimiento de un arbusto, a cada ondulación de la _jara_, saltaba sobre mis pies. Mi secretario, más habituado que yo, sin embargo, saltaba también, e instintivamente llevaba la mano a su cuchillo, su única arma. Por fin, después de dos horas de espera, oímos una algarabía muy lejos; pronto cesó, los perros estaban despistados. Pero a mi frente la _jara_ se movía de un modo casi imperceptible. Mi secretario me tocó suavemente el hombro y me alcanzó municiones, como si mis armas no estuvieran cargadas. Tendiendo la vista anhelante, ví a unos cincuenta metros y cruzando diagonalmente frente a mí, un jabalí que al trote se deslizaba cauteloso entre la _jara_. Yo sabía que debía esperar a que pasara por el punto más próximo. La ví bien; era una jabalina regordeta, no muy grande. Por un esfuerzo de voluntad conseguí no hacer fuego, siguiendo con el cañón de mi carabina la marcha del animal; pero en ese momento sonaron varios tiros a mi derecha e izquierda. Sin duda la banda de que formaba parte mi jabalina se habría dispersado y puesto a tiro de mis compañeros. Mi animal se detuvo, agachó la cabeza y dió vuelta como para alejarse; en ese momento tiré. La jabalina continuó su trote, que no interrumpió el segundo tiro y se perdió entre la espesa _jara_. Eché a un lado la carabina con cólera; yo no soy un gran tirador, ni mucho menos; pero no dar en aquel blanco, a cincuenta metros, era demasiado. Abandoné, pues, la carabina y todas sus _faramallas_ y tomé mi vieja escopeta, compañera tranquila y segura de cinco años de campaña.
Un momento después se dejó oir gran aullar de perros en la altura que tenía frente a mí y antes de que nos diéramos cuenta, un jabalí enorme, un solitario, bajó a escape la cuesta y se detuvo jadeante, prestando el oído a los perros que se acercaban, a treinta o cuarenta metros de mí, al otro lado del arroyo. Apunté con toda la calma posible e hice fuego; el jabalí se levantó casi en sus dos patas traseras, se sacudió todo y como los perros bajaban ya, frenéticos, dió dos pasos y se espaldó en el tronco de un árbol para hacerles frente. Cuando los perros estaban ya casi encima de él, le hice mi segundo tiro, que debió darle, porque de nuevo se sacudió todo, pero no cayó. "Juanicho, señor, Juanicho a la cabeza!" me decía entusiasmado el secretario, señalándome un perrillo pequeño, ensangrentado, bravo como las armas, que del primer salto se había prendido a la oreja del jabalí que lo sacudía en el aire, mientras a colmillo limpio se defendía de los otros perros. Uno de éstos (eran cinco o seis) yacía ya con el vientre abierto y otro malherido se retiraba del combate gimiendo. Sin darme cuenta, sin atinar a cargar de nuevo la escopeta, como si el jabalí se me fuera a volar, tiré el arma, saqué el cuchillo y a escape llegué al arroyo, me metí dentro con el agua a la cintura y fría como el demonio y llegué hasta el animal que se defendía desesperadamente. "Por detrás, señorito, por detrás!", me gritaba el secretario desde el medio del arroyo. Pero yo no le oía; a gritos y puntapiés trataba de alejar los perros, que temía sucumbieran todos, incluso Juanicho, si soltaba la oreja. Al verme, el jabalí pretendió hacerme frente pero estaba muy malherido y los perros le acosaban. Por fin, ganándole el lado, conseguí meterle hasta el cabo el cuchillo en el codillo. Cayó como una masa; pero Juanicho no soltaba, a pesar de los esfuerzos del secretario por arrancarlo. Me decidí entonces a cortar la oreja del jabalí y sólo cuando se encontró con un pedazo de cuero inerte entre los dientes, que no hacía resistencia, Juanicho soltó la presa. Lo llevamos al arroyo y lo lavamos, así como a los otros perros heridos, y echando una mirada de cariño a los dos muertos en la lucha, arrastramos al jabalí hasta la orilla del curso de agua. A los tiros, y gritos, llegó el capitán (guarda-jefe); el secretario le narró el combate mientras echaba pie a tierra. Me saludó y diciéndome: "los derechos del capitán!" convirtió al jabalí en émulo del más desgraciado de los amantes de la Edad Media. No ví otro jabalí ese día; pero cuando a la noche, en la gran cocina, llamamos al perrero del marqués de la Conquista para charlar de la jornada, éste se avanzó con las manos y la cara destrozadas por las espinas de la _jara_ y nos dijo que habíamos perdido catorce perros, diez del marqués y cuatro nuestros. Luego se adelantó hacia mí y sacándose el sombrero, me dijo con cierta alteración en la voz: "Pero nada se ha perdido, porque el señorito ha salvado a Juanicho. Dios se lo pagará!"
Nos apretamos la mano y desde ese día somos buenos amigos, aunque no nos hemos vuelto a ver. Yo no tenía gran conciencia de ser el salvador de Juanicho; pero sin duda mi secretario debió haber arreglado a su manera la narración de la hazaña. Que no me disgustó la cosa, lo probó más tarde la propina...
Se me ha ido la pluma contando ese recuerdo de mis gratas cacerías en España, porque acabo de llegar de una partida de caza, aquí, a tres cuartos de hora de París, en una gran propiedad, con un castillo enorme y de un lujo extraordinario. Apenas bajamos del tren, subimos a un ómnibus arrastrado por un _tractor_ automóvil, que nos llevó al castillo. Almorzamos allí, en un comedor con tapicerías de cien mil francos. Luego, en un carruaje cómodo, nos llevaron hasta el sito de la caza y los faisanes enormes como pavos, engordados a grano, comenzaron a volar pausadamente. Se tiró más o menos bien, pero el _tableau_ fué soberbio. Nos vestimos de frac para comer, se hizo un poco de música, se jugó al _whist_ y a las 12 de la noche estábamos de regreso en París. ¡Oh, mis ásperos cerros de Extremadura! Recordaba una vez más la linda jornada, desde el Hospicio hasta el Monasterio de Guadalupe, aquella inesperada catedral perdida entre las montañas, consagrada a la virgen maravillosa, que, según la leyenda, talló el mismo San Marcos en un tosco tronco y que por siglos ha sido venerada en toda España. A ella enviaba reverente don Juan de Austria, al día siguiente de Lepanto, la soberbia lámpara de la nave capitana, y Zurbarán cubría los muros y los altares de la iglesia de telas admirables que el tiempo empieza a destruir. Mientras mis compañeros, creyentes como buenos hidalgos, se arrastraban de rodillas en el misterioso santuario que guarda a la virgen, yo, de rodillas también, admiraba su magnífico manto cuajado de pedrerías, las innumerables joyas que la cubrían y en la sombra, su cara, su enigmática cara, casi negra, toscamente tallada. Y después de nosotros los perreros, los peones, los criados, con el rostro desencajado por la emoción, prosternándose para besar la orla del vestido de la imagen y pedirle alivio en sus vidas miserables!
Allí la naturaleza, el hombre libre, creyente y fuerte; aquí la convención y el hombre raquítico, escéptico y _snob_. ¡Buena y robusta tierra de España, que guardas en tu seno los huesos de mis abuelos y en medio de tus penas y dolores, en este mundo chato que la civilización nivela y hace cada día más banal, conservas aún tu altiva fisonomía y los rasgos soberanos de tu enérgica personalidad, yo te imploro, oh buena tierra de España, resiste a la ola por largos años, para que nuestros hijos trepen gozosos tus montes salvajes y en tus rincones perdidos, que el riel de hierro no cruza, sueñen, esperen y crean!
París, Enero 1897.
El arte español
ORIGEN Y CARÁCTER
Al principiar el siglo XVII, la España, que en el siglo anterior había alcanzado al apogeo de su grandeza, ejerciendo sobre la Europa entera, bajo los dos primeros príncipes de la casa de Austria, una influencia incontrastable, marchaba ya en la senda de su decadencia. Felipe III había vivido con el reflejo de su predecesor y la falta colosal de su reinado, aquella expulsión de judíos y moriscos, que dejó una cicatriz jamás cerrada en el corazón de España, no había hecho sentir aún todas sus consecuencias. Pero ya la dilatación de las fuerzas españolas que, sin la organización de la Inglaterra actual, se extendían por toda la Europa y el nuevo mundo en vías de colonización, empezaba a debilitar la metrópoli, que poco o nada había aprovechado de su grandeza pasajera.
Casi todos los pueblos que han dejado una memoria gloriosa en la historia humana, han aprovechado sus tiempos de esplendor y fuerza, para darse una organización interna estable y vigorosa, merced a la que han vivido independientes y respetados, cuando la época extraordinaria hubo pasado. No así España. Carlos V encontró la nacionalidad española fresca y flojamente constituída; el provincialismo inveterado, que era el modo de ser histórico en la Península, persistía en los hábitos y leyes locales, aun después del triunfo de unión obtenido por el enlace de los Reyes Católicos. Cada región de la monarquía era tratada según su derecho histórico; unas, como las tres provincias del Norte, que pretendían haberse incorporado voluntariamente, tenían condiciones de nobleza y privilegio. Las accedidas por aporte matrimonial, como Castilla y León, Aragón y Cataluña, tenían fueros menos considerables, y otras, como Valencia y Granada, sobre las que pesaba aún la conquista, vivían literalmente en esclavitud. De ese desquicio orgánico, Carlos V y Felipe II habían exigido esfuerzos que aun a una constitución nacional vigorosa hubiera sido difícil alcanzar. Constantes y aventuradas expediciones a América, la flor de la juventud española enrolada en los ejércitos que consumían las guerras de Italia, de Flandes y de Francia; todos los recursos del país agotados para atender a los vastos dominios de la metrópoli, una política comercial estrecha e inconcebible, y en fin, por meta suprema, un ideal teocrático, ¿cómo era posible que España resistiera? El golpe de Felipe III la hirió de muerte y desde entonces su historia es sólo la de una lenta agonía, en la que el enfermo se debate desesperadamente por momentos, asombrando por energías pasajeras, que recuerdan su viril constitución.
Jamás un hombre que medite sobre las causas generales de la decadencia española, dejará de consignar en primera línea el fanatismo religioso que circunscribió el horizonte moral de aquel pueblo, y según Buckle, le hizo para siempre impenetrable a toda idea de progreso. Ese hombre tendrá razón; pero no se puede, no se debe olvidar, que si bien la decadencia española es una consecuencia del fanatismo religioso, éste lo es y fatal, ineludible, de la historia de España. Una nación que se rehace heroicamente, reconquistando palmo a palmo su territorio invadido, durante una lucha de siete siglos, sostenida única y exclusivamente por el espíritu religioso, modela su organismo moral bajo un ideal concreto, inspirado por la inflamación de un sentimiento especial, que la gloria y la gratitud han consagrado. Si la mayor parte de las desventuras de España han venido de la exacerbación de ese sentimiento, todas sus glorias lo reconocen por origen. Sí, él encendió las hogueras de Felipe II, él inspiró los decretos de expulsión, él hizo condenar a muerte en masa al pueblo flamenco, él ensangrentó las selvas americanas con la hecatombe de indios, él clausuró el espíritu español a toda idea de libertad intelectual; pero ¿quién sino él, alentó el alma de aquel puñado de asturianos que principiaron con Pelayo la obra de la Reconquista, qué otro guía llevaba San Fernando, y quién condujo a los Reyes Católicos a las puertas de Granada? El espíritu religioso hizo la España, la hizo tal como podía hacerla y no de otra manera. No se puede hacer la crítica de la vida secular de un pueblo, sin tener constantemente en vista las condiciones especiales de su organismo propio. ¿Ha sido un bien o un mal para la humanidad la ingerencia de España como factor activo en su historia? Hay hombres que contemplando los restos soberbios que quedan de la dominación árabe, o estudiando el estado de las monarquías incásica y azteca en el momento de la conquista americana, ven en esas formas del progreso humano, verdaderas civilizaciones avanzadas y deploran la intervención de España y la imposición de su fórmula propia aniquilando aquéllas. Es una paradoja que seduce al espíritu, sobre todo en una blanca noche de luna, en el centro del patio de los Leones en la Alhambra o en el ambiente perfumado de los jardines del Alcázar de Sevilla. La civilización musulmana hizo su evolución completa, alcanzando el apogeo de su desenvolvimiento en el sentido único que el ideal del pueblo árabe y su institución religiosa permitían. Las maravillas arquitecturales que hoy contemplamos con asombro, parecen revelar un estado de espíritu culto, pulido, lleno de movimiento y luz, contrastando con la sombría órbita moral del caballero cristiano que más tarde había de cubrir los mosaicos y arabescos de las mezquitas con los símbolos de su culto ferviente. Es un error; fuera de esa arquitectura característica de decadencia, los árabes no tenían una sola idea que valiera el vigoroso y amplio ideal cristiano, susceptible de obscuridades transitorias, pero fecundo en su germen, próximo a renacer de su prolongado letargo de la Edad Media y a sacudir las cadenas del misticismo, para estallar soberbio en el _cinquecento_.