Part 22
[25] En los seis años transcurridos desde que estas páginas fueron escritas, nuevas víctimas no menos nobles, no menos ilustres, han caído asesinadas. Cánovas, la emperatriz Isabel, el rey Humberto I, el Presidente Mackinley continúan la serie, sin que las sombras que cubren el horizonte nos permitan esperar que esta se haya cerrado para siempre.
En 1836, cuando la democracia estaba lejos de triunfar sobre el mundo europeo, ante los peligros que su victoria hacía entrever para el porvenir, el noble escritor que antes he citado, exclamaba:
"¿Pensaré que el Creador ha hecho al hombre para dejarle agitarse en medio de las miserias intelectuales que nos rodean? No puedo creerlo: Dios prepara a las sociedades europeas un porvenir más fijo y más tranquilo; ignoro sus designios, pero no cesaré de creer en ellos porque no puedo penetrarlos y prefiero dudar de mis luces que de su justicia."
Esa es la buena palabra y esa es la buena ruta para todos, para aquellos que dudan, como para los que creen que el mundo marcha guiado por una voluntad divina. De la misma manera que las batallas se ganan por la suma de los esfuerzos individuales, y que el deber del soldado es combatir y vencer al enemigo que tiene al frente, el deber de cada hombre es trazar su camino con claridad y seguirlo con firmeza. Un país será próspero y grande, no porque se desenvuelva bajo tal o cual régimen de gobierno, sino porque sus hijos conciban bien sus deberes de patriotismo y los cumplan como buenos. El patriotismo no está sólo en pelear en los combates al son del himno y a la sombra de la bandera, no está sólo en cantar las glorias patrias; está también y sobre todo en la prudencia, la fuerza de voluntad para contener las indignaciones violentas, la fe en la evolución que cura, y no en el prurito de la revolución que mata. "La verdad y el derecho legitiman algunas y raras revoluciones, pero no acompañan, en todo lo que emprende, al espíritu revolucionario. Lo que se llama así, no es el noble espíritu que animaba a los autores de las revoluciones necesarias; es el gusto de las revoluciones por ellas mismas; es el movimiento continuo de esas almas sin regla que la imaginación gobierna a falta de la razón, aquellas para quienes las ideas innovadoras son las solas verdaderas y las ideas extremas las únicas lógicas. Los que juzgan todo permitido a la abnegación, toman por abnegación al fanatismo y creen absueltas, y aun santificadas en sus excesos, las pasiones que hacen el mal en nombre del bien. El espíritu revolucionario, no, no es la adhesión de un Holandés a la revolución de 1579, de un Inglés a la revolución de 1688, de un Americano a la de 1776, de un Francés a la revolución de 1789; es el amor por las revoluciones sin término. Harto ha sacudido nuestro país ese genio de la agitación perpetua. Harto nos ha faltado esa constancia que se apega a los bienes adquiridos y sabe guardar sus conquistas. Soñarlo todo, tentarlo todo, es el medio de perderlo todo." ¿No parecen, acaso, escritas para nosotros esas palabras que el luminoso espíritu de Carlos de Rémusat pone al frente de sus admirables estudios sobre la _Inglaterra en el siglo XVIII_?
VIII
En cuanto a nuestras sociedades nuevas y en formación, la manera como en ellas repercuten los fenómenos políticos y sociales de carácter general que hemos apuntado, constituye un problema especial, cuya solución no está en nuestras manos. No son las instituciones, no son las leyes, lo hemos visto ya, las que fijarán y determinarán el rumbo deseado. El factor principal que, en el estado actual de la Europa, ejerce una influencia poderosa e indiscutida en la gestación que está elaborando los nuevos destinos humanos: la raza, sufre entre nosotros una modificación tan fundamental, que complica y da otro aspecto al problema.
¿Preponderará con el tiempo algún espíritu especial de raza entre nosotros? ¿Los grandes e irresistibles medios de asimilación que posee el suelo americano, y en él el nuestro principalmente, concluirán por hacer del pueblo que habita la vasta región argentina, una sociedad homogénea, con caracteres étnicos propios? Todo parece indicarlo así; pero no está tampoco ahí el problema del porvenir.
No se puede hacer que los ríos remonten su corriente, y la vieja farmacopea es inútil ante la patología actual. Reformar nuestra constitución, en el sentido de hacer desaparecer sus aberraciones y arcaísmos, es como quitar la mancha de una mosca en el disco de un telescopio para ver más cercanos los astros. Agregarle, en forma preceptiva, las tres o cuatro aspiraciones socialistas formuladas en primer término, sería inhábil y peligroso: la concesión de una parte nunca satisfizo a los que piden el todo. Además, volvemos a lo mismo: la ineficacia de la ley escrita, buena o mala. Los ingleses, contentos y cómodos dentro de su caos institucional, comparaban a la constitución norteamericana con un aro de acero puesto a un tronco joven, y auguraban que impediría el crecimiento de éste. Los americanos contestaban que el aro se haría flexible y se ensancharía armoniosamente con el árbol. No, no es eso; el árbol crece porque sus raíces están en tierra fecunda, y el fenómeno del desenvolvimiento de ese pueblo responde a causas ajenas a la influencia de su constitución política.
No, no reformemos nuestra carta. Con ella vamos un poco a tropezones, pero vamos. Habría tanta justicia en atribuirle nuestras miserias, como nuestros éxitos. Los que sueñan con el régimen parlamentario como panacea, o los que desearían ver sancionado por la ley política el unitarismo imperante de hecho, me hacen el efecto de los que procuran resolver el problema de la aviación con cuerpos más ligeros que el aire, cuando la experiencia nos enseña que las aves pesan más que aquél.
¿Y el remedio, entonces? se nos dirá a los que arriesgamos pasar por pesimistas, al presentar sinceramente un cuadro de observaciones hechas serena y desapasionadamente. No vislumbramos sino uno: la cultura moral del individuo, que determinará la cultura y la inteligencia de la masa. El átomo caracteriza al cuerpo, y si el átomo es susceptible de perfeccionamiento, ahí está el remedio supremo. La esperanza y el honor de la raza humana, está en la noción innata del deber; ese es el átomo que hay que cultivar y perfeccionar. Su desenvolvimiento sano y vigoroso dará vida a las virtudes necesarias para la armonía y el progreso social.
Es vulgar y nimio, pero el hombre no ha inventado otra cosa. Tengamos siempre limpio el corazón, cultivemos siempre la inteligencia: al resplandor de esas luces, es difícil errar el buen camino. Nunca alcanzaremos la conciencia de marchar en él, pero es el único remedio de tener la de intentarlo.
Ocaso
París, Enero de 1902.
La primera impresión, al pisar de nuevo el suelo francés, es complicada y compleja: sin embargo, dos rasgos característicos parecen desprenderse sobre el confuso ondear del espíritu, que, curioso, vuela de una sensación a otra, como buscando la clave de un enigma. El primero de esos rasgos, es la persistencia irreductible de los modos y formas que esta mezcla de razas, cuya resultante es el francés, se ha dado para vivir su vida. Todos los pueblos de la Europa, los del Extremo Oriente mismo, el Japón ayer, tal vez mañana la China, modifican su modalidad, incompatible ya con el concepto de la vida actual y la necesidad de luchar por ella; todos se adaptan flexiblemente a las exigencias de un ambiente diverso al que respiraron durante siglos, todos cambian sus métodos de trabajo, sus sistemas de producción, mostrándose así dispuestos a disputar el terreno a todo competidor. La Francia, única, ve que la rutina la está minando como un mal sordo e inflexible; ve que, de la cumbre desde donde, no ha mucho, dominaba a la humanidad, va descendiendo con una rapidez que, medida con la vasta unidad de tiempo con que se computan los movimientos de los pueblos sobre la tierra, es realmente vertiginosa. Su población disminuye; la cifra de su comercio baja anualmente, a medida que sube la de su deuda; los hombres todos del globo que, movidos por esa claustrofobia que echa a los seres humanos fuera de su casa y de su patria--y que otrora no tenían más norte que París,--se sienten hoy atraídos por muchos otros centros que, explotando las afinidades de raza y las facilidades del idioma, hacen esfuerzos de todo género por acaparar una parte de la incomparable clientela de París. La Francia sabe todo eso; pero su concepción de la vida es tan armónica con la estructura de la gente que la habita, que cambiarla en este momento de su vida histórica, le es poco menos que imposible. De ahí se desprende el segundo rasgo característico de que antes hablé: la impresión de decadencia.
Decadencia innegable. Contra la ley de evolución que hace desaparecer naciones enteras, imperios poderosos, ciudades estupendas, hasta no dejar de ellas ni rastros sobre la corteza del globo, algunos pueblos modernos parecen precaverse hasta donde la humana prudencia alcanza a ver. La Inglaterra a la cabeza, ha cubierto el mundo con ramas vigorosas de su tronco robusto; cuando la isla, orgullosa como la Samos de Polícrates y como ella guerrera y rica, haya desaparecido, como desapareció aquella maravilla del mar Egeo, nuevos pueblos de habla y alma inglesas, surgirán triunfantes y enérgicos, como surgen hoy esos Estados Unidos de América, que son la pesadilla de la Europa.
Pero esta dulce Francia, ¿cómo va a revivir en el tiempo y el espacio? ¿Será acaso en su Argelia más irreductible que el acero, tan árabe hoy como el día de la conquista, tan cerrada a todo espíritu que no arranque del Corán y sobre la que han pasado, rozando apenas su epidermis, dos mil años de cultura greco-romana y otros tantos de cristianismo? ¿Será en las vastas regiones de la Indo-China, donde su espíritu lucha, no ya con la tenacidad del semita africano, sino con la flexible y moluscular blandura del ariano asiático, sobre cuya alma ningún sello deja impresión durable? ¿Será en el Africa obscura, tan impenetrable a su espíritu luminoso, como sus bosques centrales al paso del europeo?
No, organismos como estos, a los que un capricho de la historia ha permitido, un momento de su vida, unir la fuerza y la riqueza a la inteligencia y a la más alta cultura, no pueden persistir. Como la madre admirable que la dió vida, como aquella Grecia que, mientras engendraba todo lo grande, todo lo noble, todo lo bello que han conocido los hombres sobre la tierra, sacaba del inagotable fondo de su energía, fuerzas para luchar contra el Bárbaro o para desgarrarse en lucha fratricida, la Francia terminará el corto ciclo de su hegemonía política y guerrera, en la conciencia de perderla para siempre. Sentirá que la atmósfera ha variado por completo para ella--y en la imposibilidad de modificar su organismo, vivirá, como la vieja madre, en la contemplación del pasado. Y a medida que la nueva forma de Barbarie, el modo americano, vaya invadiendo la tierra entera, destruyendo aquí una obra de arte, allí un recuerdo histórico, más allá un monumento consagrado a perpetuar un ridículo acto de sublime desinterés, a medida que el pico demoledor del contratista de casernas de diez pisos en avenidas de cincuenta metros, derribe cuanto a su paso encuentre, de todos los rincones de la tierra habitada, vendrán en peregrinación a esta nueva ciudad de Pallas Athenea, todos los hombres que conservan el alma enamorada del arte. París ni será ya, quizá, el centro sensual de hoy; su epicureísmo se habrá refinado, inmaterializado casi. Y como en el mundo romano, a partir del segundo siglo del imperio, la atracción de Atenas crecía a medida que la conquista se extendía, así París, a medida que el espíritu penetre más y más en los rincones hoy silenciosos del globo, será la luz única que en medio de la opaca atmósfera ambiente, vendrán a buscar todos los asfixiados de ese triste mundo.
Y quién sabe si el francés, de día en día más cómodo en su rica y despoblada tierra y por tanto más sedentario, acabará por ser, en el extranjero, un objeto de curiosidad, al que se hará venir a precio de oro, como los sátrapas persas a los artistas griegos, para levantar un templo a los dioses, para esculpir en mármol la figura de un triunfador en la palestra, para enseñar el arte divino de la música o el no menos olímpico de incrustar en el verso rítmico y cadencioso, el alto pensamiento o el concepto gentil.
Y así la historia, como todo lo creado, continuará renovándose eternamente, bajo la serena indiferencia de la naturaleza, que es lo único inmutable.
INDICE
Págs.
Miguel Cané 4
Advertencia de la presente reedición 7
Prólogo, por Horacio Ramos Mejía 9
JUVENILIA
Advertencia del autor 23
Introducción 25
I. 35
II. 39
III. 41
IV. 45
V. 49
VI. 51
VII. 53
VIII. 57
IX. 59
X. 61
XI. 65
XII. 67
XIII. 71
XIV. 73
XV. 75
XVI. 79
XVII. 83
XVIII. 85
XIX. 89
XX. 91
XXI. 93
XXII. 97
XXIII. 101
XXIV. 105
XXV. 109
XXVI. 115
XXVII. 119
XXVIII. 123
XXIX. 127
XXX. 131
XXXI. 133
XXXII. 135
XXXIII. 137
XXXIV. 141
XXXV. 143
XXXVI. 147
PROSA LIGERA
=España=
Una visita de Núñez de Arce 155
Por montes y por valles 165
El arte español 177
La cuestión del idioma 191
=En la tierra=
Tucumana 205
La primera de "Don Juan" en Buenos Aires 217
En el fondo del río 227
De cepa criolla 245
A las cuchillas 261
Aguafuerte 285
=Recordando=
Mi estreno diplomático 295
Sarmiento en París 313
Nuevos rumbos humanos 345
Ocaso 365
* * * * *
Nota del Transcriptor:
Errores obvios de imprenta han sido corregidos. Letras itálicas son denotadas con _líneas_. Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.