Part 21
También yo, como la mayor parte de los que estas líneas lean, he atravesado la edad soberana por excelencia, aquella en la que se profesan ideas claras, netas y precisas sobre todas las cuestiones capitales de la vida humana, en la que poco se duda, todo se afirma, y en la que la voz de la experiencia suena como nota falsa en los oídos habituados a la rotundidad sonora de las afirmaciones absolutas. Es un fenómeno que ocurre allá por los veinte años y que dura más o menos tiempo, según la previa posición individual para resistir, dentro del ideal, a los rudos y repetidos golpes de la vida positiva. Entre esas convicciones profundas, tan numerosas como los deliciosos fenómenos de la naturaleza al venir la primavera, abrigaba una que, en materia de sociología política, formaba un credo definitivo y sobre el que nunca pensé, no diré cambiar de criterio, pero ni aún dudar. No concebía, no podía concebir otra forma legítima de gobierno, para las sociedades humanas, que el gobierno republicano y representativo. A lo sumo, allá en mis cavilosidades filosóficas sobre la materia, admitía que se pudiera disentir sobre las ventajas de la federación, y encontraba puesto en razón que hubiera gentes que sostuvieran la superioridad del régimen unitario. Pero, admitir la legitimidad, menos aún, la conveniencia, en nombre de intereses más o menos graves, de la institución monárquica, me parecía tan absurdo entonces como no profesar el libre cambio o sostener la necesidad de reglamentar la libertad de la prensa. Todo argumento adverso a mi absolutismo democrático, se estrellaba contra la idea de la dignidad humana, en tal forma arraigada en mi conciencia, que no encontraba _modus vivendi_ honorable entre ella y el privilegio antinatural de una familia sobre el resto del pueblo. Más tarde, procuraba explicarme esa preocupación, de la que participan todos los argentinos que viven exclusivamente dentro de la conciencia nacional, recordando los antecedentes políticos peculiares de nuestro país: aquel monarca español, viviendo eternamente en el limbo para nosotros; sus representantes aquí, insignificantes cuando no ridículos, nulos en los momentos de acción histórica; nuestra lenta y democrática formación colonial, y, por fin, la forma republicana de gobierno, surgiendo impetuosa en el suelo argentino, imponiéndose a los patriotas inconscientes de su fuerza irresistible, y arrastrando como hojarasca todas las combinaciones de la política y los cálculos de la diplomacia. Así procuraba explicarme, repito, ese sentimiento de repulsión que continuaba dominándome; y fué armado de esa inflexibilidad moral, de ese convencimiento recio e inabordable, que eché a rodar mi cuerpo y mi espíritu por esos mundos de Dios, movido por un impulso que creí durara un año y que me mantuvo casi tres, lustros lejos de mi patria. Fué durante ese tiempo y bajo la acción de los medios en que vivía, que mis ideas sobre el gobierno de los hombres, empezaron a recibir los primeros choques, a perder su austeridad, por decirlo así, y a moverse de tal suerte, que aun hoy las siento crujir, presintiendo vagamente que he de llegar al término de mi jornada sin encontrar los medios de resolver el conflicto.
Ocúrreseme, pues, exponer sinceramente las fases de esa crisis, augurando a mis jóvenes lectores argentinos que, cual más, cual menos, pasarán todos por la misma, por poco que la proyección de su pensamiento alcance a la región de las ideas generales.
II
Hace ya más de medio siglo que Tocqueville reveló a la Europa el curioso fenómeno de la democracia natural, que había encontrado en los Estados Unidos; y digo natural, porque a mis ojos el mérito extraordinario de ese pensador, hoy un tanto olvidado y a cuyas obras sólo falta la mortaja del pergamino, fué ver en la democracia americana un hecho social y no un hecho legal. Vió que ese organismo político había surgido del seno de ese pueblo, por causas tan lógicas como las que determinan el clima de una región, y auguró a la Europa, para época no lejana, el advenimiento de la democracia triunfante, así que las condiciones sociales que en ella predominaban, se fueran acercando, bajo la acción de los progresos, de la ciencia y de la educación popular, al estado en que se hallaba la sociedad norteamericana. Tocqueville fué más lejos aún, y en un capítulo admirable dió la voz de alerta contra los peligros que ese triunfo definitivo podría traer para el progreso humano. Como acción general, la palabra de Tocqueville cayó en el vacío; los Estados Unidos eran para la Europa una nebulosa, interesante, sin duda, pero extraña a su sistema; algo así como los canales de Venecia, que se admiran sin que por eso se le ocurra a nadie cavar y llenar de agua las calles de París o Viena.
Tocqueville estudiaba la marcha de la marea desde los orígenes de la historia moderna, y al determinar la ley de ascensión del número sobre las clases, en los organismos sociales, predecía, tal vez para una época más remota que la actual, el ascendiente irresistible de las masas. Más tarde, otro espíritu superior, tan noble y puro como el de Tocqueville, pero quizá más apasionado y menos sereno, Stuart Mill, llegaba, por el estudio del desenvolvimiento humano, al que había aplicado las reglas de una lógica por él dotada de nueva vida y vigor, a ese socialismo vago, indeterminado y temeroso, en el que caen los espíritus sinceros que en la tensión especulativa, pierden el contacto moderador de la tierra. Stuart Mill no cayó bajo aquella desesperanza triste y profunda que invadió el alma de Tocqueville, el día del golpe de Estado del 2 de Diciembre; pero la sorda irritación de su espíritu, ante la lentitud de las reformas que reclamaba como indispensables para la sociedad política de Inglaterra, le minaba sordamente. Era inglés y conocía a su patria; sabía que si ésta se había salvado de los horrores del 93, si no debía temerlos para lo futuro, como los temía Heine para la Alemania, era precisamente por ese andar pausado de la historia inglesa, ese respeto profundo a lo pasado, ese fetiquismo de lo existente, que sólo se rinde a la innovación cuando ésta ha penetrado ya en las costumbres. Nacía, la prisa de Mill, de que sentía rugir sordamente la ola; comprendía que nada ni nadie podría resistirla y juzgaba que, de no allanarle el camino, arrasaría todo.
Y bien, el hecho se ha producido, antes de la época predicha, y hoy nos encontramos con la democracia triunfante en las ideas, en las costumbres y en las leyes. Veamos si la sociedad humana se va acercando al ideal, al objetivo lógico de todo organismo, colectivo o individual, esto es, a su bienestar y su perfeccionamiento.
III
Es indudable que las condiciones de la vida humana en el presente son infinitamente superiores a las del pasado. Por un fenómeno curioso, a medida que el sentimiento religioso se ha ido debilitando en la conciencia de los hombres, aquella piedad que él proclamaba como elemento de salvación y regla normal de la existencia, ha venido desarrollándose, ya sea por las exigencias de la defensa social, ya porque la cultura del espíritu determine un sentimiento de solidaridad, desconocido para aquellos que vivieron petrificados en la legitimidad de la división por castas. En todos los pueblos civilizados la caridad se ha organizado y a más de los donativos espontáneos, una buena parte de la renta pública está destinada a la manutención y abrigo de los desheredados. Hace cien años cada cama de hospital era, más que lecho, tumba de tres o más enfermos. Las gentes del campo esperaban como una bendición el retorno de la primavera, para alimentarse de las yerbas, a la par de los animales que custodiaban. Las leyes penales, de una crueldad inexcusable, castigaban los delitos del proletario con más rigor que los crímenes del grande. Las jurisdicciones especiales eran la regla, y la justicia era un mito que la imaginación popular, sumida en la desesperanza, colocaba en el pasado. Hoy, es tal la condición material del obrero, del agricultor, del vago mismo, que habría sido un sueño ahora un siglo. Aquel obrero que en su furia instintiva arrojó al Ródano la máquina de tejer inventada por Jacquard, sin comprender que no hay ahorro de fuerza que no aproveche a la humanidad entera, fué el último representante de su tiempo. Con su grito de cólera se hundió para siempre la esclavitud del hombre y surgió el imperio de la ciencia sobre la naturaleza. La Revolución francesa, con sus declaraciones, sus derechos políticos, sus sacudimientos, sus grandezas y sus horrores, habría sido estéril para la humanidad, como lo fueron las de 1640 y 1688 de Inglaterra, si no hubiera precedido por pocos años aquel esfuerzo de la inteligencia humana que, con la física, la química y la mecánica, iba a transformar la faz del universo.
No es, pues, a las instituciones políticas que corresponde el honor del mejoramiento incontestable en las condiciones de la vida humana. La rapidez en el transporte de los cuerpos, en la transmisión de las ideas y de la palabra, no es mayor en Suiza que en Rusia; los descubrimientos de Claudio Bernard, de Chevreul y de Pasteur son la base de la industria así en Austria como en Bélgica. Bajo el punto de vista del bienestar humano, pues, ¿qué diferencia esencial hay entre los pueblos que gozan de instituciones democráticas y aquellos que se mantienen aún bajo el régimen monárquico? Confieso que no la veo; diferencia la hay, indudablemente, pero responde a causas completamente ajenas a este orden de ideas. Sería tan absurdo atribuir la potencia industrial de la Francia a su sistema actual de gobierno, como responsabilizar a la reyecía portuguesa de la decadencia de ese pueblo.
Por lo demás, la fuerza del sentimiento democrático no radica en su incorporación a las leyes positivas, sino en su mayor o menor difusión en un pueblo y en su imperio en las costumbres. Si se da a la democracia su sentido general, que es algo más que el gobierno de todos para todos, que es la igualdad de derechos, la conciencia de la dignidad individual, sería absurdo suponer que un ciudadano argentino o francés, es más demócrata que un inglés. El hecho de ser nosotros o los franceses gobernados por un presidente electo, y los ingleses por un monarca hereditario, es tan insignificante para el desenvolvimiento de la sociabilidad humana como las tempestades de la atmósfera terrestre para la marcha del astro en el espacio. La monarquía hizo la Francia, la aristocracia hizo la Inglaterra, la oligarquía ha hecho a Chile, la democracia ha creado los Estados Unidos; he ahí hechos históricos incontestables. Pero ¿quién puede negar que la monarquía mató a la España, la aristocracia a la Polonia, la oligarquía a Venecia y la democracia a la vieja Italia? La historia se ríe ante la virtud mirífica de las instituciones; imitarlas, adaptarlas, todo es inútil. Se puede retardar el desarrollo de un pueblo con tanta fuerza, dándole una constitución liberal, como sujetándolo a un régimen absolutista. Las causas del progreso son más hondas y complicadas; las palabras, por más solemnemente que se escriban, no cambian ni modifican los hechos. España tiene hoy el juicio por jurados, el matrimonio civil, el sufragio universal, códigos civil y penal que son modelos del género; todas las conquistas de la democracia, en fin, incorporadas a la legislación positiva. En Inglaterra, el sufragio es restringido; la legislación política, civil y criminal es un caos, en el que los mismos jurisconsultos se pierden. Sin embargo, medid el camino andado por los dos pueblos!
IV
Entonces, si el régimen de gobierno es un factor despreciable en el problema de la felicidad humana, ¿por qué esas luchas incesantes de los pueblos, esos esfuerzos constantes por conquistar la libertad bajo todas sus formas? ¿Es un error general de la especie, y después de tantos siglos vamos a tener que constatar que toda esa enorme fuerza ha sido inútilmente gastada? No; lo único que el hombre comprueba es su absoluta incapacidad para explicar las causas últimas; el día en que se me revele la razón del organismo social de las hormigas, me será permitido creer que la ciencia positiva llegará en algún momento a explicar la historia humana. Uno de los espíritus más luminosos que han surgido en la humanidad, nos acaba de dejar su testamento filosófico. Renan piensa que Dios está en formación; que todo este gigante esfuerzo de lo creado, desde el átomo que existe dentro de la piedra hasta la iniciativa genial del hombre, desde el movimiento solemne de los mundos desconocidos, hasta el crecimiento misterioso de la yerba de los campos, todos estos fenómenos múltiples del Universo, son notas aisladas que un día llegarán a formar la armonía colosal e inconcebible a la que da el nombre de Dios. Voltaire había propuesto ya inventarlo; tanto vale lo uno como lo otro.
Dejemos, dejemos de lado ese problema de las causas finales, arrojado a la curiosidad del espíritu como un freno contra su infatuación. Pensemos, sí, con reposo, que todo va a alguna parte, constatemos el movimiento sin pretender averiguar el objetivo y volvamos modestamente los ojos a la tierra.
V
Y, pues que de movimiento hablamos, si no es para la conquista de regímenes de gobierno determinados, ¿qué causas y qué fin tiene ese sacudimiento pavoroso, extendido hoy por todo el mundo civilizado, esa protesta violenta contra el orden existente, que empieza a cubrir de sombras el porvenir?
La revolución social está en todas partes. A los sueños de los enciclopedistas, a las pastorales del abate de Pradt, a los organismos teatrales de Saint-Simon y a los sofismas elocuentes de Proudhon, ha sucedido un período de acción que, echando a un lado las especulaciones, entra resueltamente al combate y ataca de frente al enemigo que la experiencia ha demostrado ser el único, si bien terrible en la defensa y poderoso. Ese enemigo es precisamente la base, la piedra angular de nuestro organismo social, es la idea madre sobre la que hemos levantado este palacio maravilloso de las convenciones humanas: idea tan fuerte y extraordinaria que, a partir del momento en que el hombre cesó de ser una fiera salvaje, ha impuesto a los millones de individuos de la especie que no tienen pan, el respeto por las vituallas de los que se hartan; y que, extendiéndose con la ayuda de las convenciones morales, ha permitido que las mujeres hermosas sólo tengan, algunas veces, un solo dueño. Esa idea es la de la propiedad, y es contra ella que se ejercita el empuje del movimiento de reacción que se observa en el mundo actual. Revelaría un candor y una inocencia incomparables, aquel que creyera que van en busca de reformas políticas los nihilistas rusos, los anarquistas franceses, los socialistas alemanes, los _fasci_ italianos, los huelguistas de Inglaterra y Norte América, los cantonales españoles, todos los descontentos que, bajo las mil denominaciones que las circunstancias locales les imponen, trabajan con una unidad de acción quizá inconsciente, como instrumentos fatales, a la destrucción de lo existente. ¿Pensáis que ese esfuerzo patente, profundo, como que arranca de las entrañas mismas de la masa humana, va tras el ideal del régimen representativo, el cual empieza a tomar los contornos de una superstición vetusta, o tras el sufragio universal, más ilógico y absurdo, como criterio de gobierno, que el viejo derecho divino que suplantó por una aberración de que el mundo moderno empieza a darse cuenta? No: si el nihilista ruso busca la muerte del zar, es porque la autócrata representa la propiedad y es la encarnación del orden social establecido. El anarquista francés se ríe de la democracia imperante, de la libertad electoral o de las garantías individuales de que goza, como el inglés, el italiano o el español.
Es tal el progreso del espíritu humano en este siglo y tan enorme la suma de datos reunidos y clasificados, tanto en el orden científico como en el orden moral, que el razonamiento general que autoriza la previsión, empieza a ejercitarse sobre materias que se confundían, hace cien años, con los misterios impenetrables de las causas finales. Un geólogo os dirá hoy cuánto tiempo durará la provisión terrestre de hulla; un demógrafo la población probable de una ciudad dentro de un siglo; un filósofo la época, quizá próxima, en la que se extinguirán para siempre esas luces vagas y vacilantes de los últimos dogmas sagrados, que fueron el sustento del alma de nuestros mayores. Hace cincuenta años se predecía el triunfo de la democracia para el fin de esta centuria, y ya, para decenas de millones de hombres, las instituciones democráticas parecen vetustas y anticuadas. Puede, pues, preverse, no ya el triunfo de las nuevas ideas, sino la ruina de las actuales. Porque el rasgo esencial de toda revolución general y profunda en la historia, es precisamente su carácter destructor y su incapacidad absoluta para definir y precisar el ideal nuevo que encarna. Atila marchaba ciegamente sobre el mundo romano, como la piedra de una honda lanzada por una mano providencial. La Europa se echaba sobre el Asia en las Cruzadas, realizadas con un pretexto pueril, y cuatro siglos más tarde sobre la América, entre sueños de oro y de proselitismo. ¿Pensaba Alarico, pensaban Godofredo o Ricardo, Pizarro o Cortés, en lo que iban a levantar sobre las ruinas de lo que destruían? Directores de hombres o movimientos colectivos inconscientes, todos son instrumentos fatales, que aparecen en el momento necesario, bajo la acción de leyes desconocidas, pero reales.
VI
Ante ese problema pavoroso de una transformación social, profunda e inminente, el espíritu no puede ya apasionarse por las fútiles combinaciones de la política ni por las excelencias de un sistema de gobierno sobre otro. ¿Qué significado pueden tener esas palabras mismas: qué puede entenderse por gobierno, libertad, orden, familia, derecho, patria, el día que desaparezca el suelo que les da vida: esa idea de la propiedad que sustenta y sostiene todo nuestro mecanismo social? Ese desapasionamiento, esa serena contemplación de las corrientes generales que arrastran a la especie humana en busca de nuevos ideales, es altamente saludable. Enseña a creer y esperar, enseña a restringir el horizonte del esfuerzo intelectual y moral, a mejorarnos para ser más útiles en la tarea transitoria que nos ha sido departida. Al correr de los tiempos, cuando los últimos baluartes de la sociedad actual hayan cedido; dentro de dos o tres mil años, cuando se hable de la propiedad como nosotros hablamos del feudalismo, que no hace aún quinientos años fué una institución salvadora, tan fuerte que parecía perdurable, ¿qué nuevos organismos imperarán sobre los escombros de lo que hoy existe? La insolubilidad del problema no debe inquietarnos, firmes en nuestra fe inalterable en el destino de la especie, el cual es ir siempre adelante, al mejoramiento y a la perfección. Si a la milésima generación de nuestros descendientes se le acaba el carbón, ya encontrarán cómo mover sus máquinas y defenderse contra el frío; aun queda bastante grasa sobre la tierra y no la usamos ya para alumbrarnos[24]. Aun esconden los cerros en sus entrañas bastante oro y ya lo hemos reemplazado con tiras de papel, más o menos oscilantes en su significación, pero que, por el momento, constituyen pura y simplemente la base de nuestra organización. Si los hombres del siglo 50 estudian nuestros códigos civiles, como nosotros estudiamos la legislación de los vedas, que fué tan positiva en su época como nuestra reglamentación edilicia actual, opongamos de antemano, a la sonrisa de conmiseración que nos dedicarán, el asombro con que constatarán el atraso de ellos mismos, sus propios descendientes, allá por el siglo 150 o 200.
[24] Goethe, a principios del siglo pasado, decía que uno de los mayores benefactores de la humanidad, sería el que inventara una clase de velas que hiciera inútil el uso de las despabiladeras.
Si somos razonables, si admitimos que ese movimiento de reacción general obedece a leyes desconocidas, pero ineludibles, es lógico que nuestros adversarios, los obreros ciegos del porvenir, reconozcan a su vez la existencia de leyes en virtud de las cuales nos oponemos a su tendencia. Ellos sostienen que la propiedad es un anacronismo y una injusticia monstruosa: nosotros pensamos que sin ella no se habría organizado en sociedad la raza humana, y que andaríamos aún, como en la edad primitiva, a dentelladas y trancazo limpio. Ellos nos suprimen por la dinamita, nosotros los suprimimos por la ley. Debe ser necesario, para los objetivos finales, ese carácter un tanto agrio de la controversia. Si las instituciones sociales pudieran modificarse tan fácilmente como las políticas, bastaría con dos o tres jornadas _gloriosas_, como las de julio, para que un Ravachol durmiera en el Eliseo o en Windsor. Por el momento, no teniendo el honor de vivir en el siglo 50 y juzgando que ese incidente no sería favorable a la felicidad de los hombres, nos oponemos a él con todas nuestras fuerzas y nos defendemos con todas nuestras armas.
VII
Jamás una lucha entre los hombres se ha iniciado con caracteres más horribles. Es precisamente en este momento de la historia humana, en que la conciencia general condena y maldice las hecatombes del pasado, las guerras sin cuartel de la antigüedad, el martirio de los cristianos, los exterminios religiosos de los siglos XVI y XVII, cuando la bestia que la civilización había conseguido domeñar, se despierta más feroz que nunca y, en nombre de pretendidos derechos, de sueños de ebrio, asesina ancianos, mujeres y niños, y elige los corazones más nobles para partirlos con el puñal del asesino!
La muerte de Carnot[25] que ha conmovido al mundo entero, porque la altura moral de ese hombre ennoblecía a la especie toda, parece indicar que el período fatal se acerca y que el incendio va a comunicarse a toda la tierra civilizada. ¡Triste y sombría es la perspectiva! En cuanto a nosotros, aquellos que crean que la riqueza de nuestro suelo y la facilidad de nuestra vida, van a eximir a nuestro país de ser teatro de combates de ese género, se equivocan, a mi juicio. Nada hay comparable en el mundo actual a la condición del proletario francés; la maravillosa feracidad de esa tierra, su belleza, su desenvolvimiento industrial, la laboriosidad y la iniciativa de ese pueblo amable e inteligente, su organización casi perfecta en lo humanamente posible, dan con toda holgura al obrero, el pan, el salario y la tranquilidad necesarios para el viaje de la vida. En pocas partes los salarios son más altos, en ninguna las asociaciones de mutua protección más perfectas, ni la autoridad más paternal para el desheredado. Y es allí donde estalla con más fuerza esta reacción iracunda contra la desigualdad social! Se creería que esos hombres obran movidos por un atavismo inconsciente, por el rencor acumulado en el corazón de cien generaciones de parias, que ha venido a estallar precisamente en el momento en que el sufrimiento y el largo penar cesaban para sus descendientes! ¿Qué remedio oponer? ¿Cómo hablar de razón al demente enfurecido? El viejo papa, en este estertor de todas las viejas creencias humanas, habla un lenguaje ya muerto sobre la tierra, y hace un llamado a esos descarriados para que vuelvan al seno de la Iglesia. Otros, los filósofos, los teóricos, los que tienen fe en la eficacia de la inteligencia humana, hablan del socialismo de Estado. No es una novedad el nuevo específico y el éxito de los ensayos hechos no anima por cierto a recomenzarlos. Además, preconizar la omnipotencia del Estado ante aquellos que buscan ciegamente su aniquilamiento, paréceme realmente un ilogismo candoroso.