Juvenilla; Prosa ligera

Part 20

Chapter 203,836 wordsPublic domain

Sarmiento no se desanima, como no se desanimó jamás, por ese estado de la opinión y emprende su patriótica cruzada. Su primer choque es con M. Dessage, jefe del departamento político del Ministerio del Interior y brazo derecho de M. Guizot. Sarmiento le explica: "Entre nosotros hay dos partidos, los hombres civilizados y las masas semibárbaras.--El partido moderado, me corrige M. Dessage, esto es, el partido _moderado_ que apoya a Luis Felipe, el mismo que apoya a Rosas.--No, señor, son campesinos que llamamos gauchos.--¡Ah! los propietarios, la _petite propriété_, la burguesía...--Los hombres que aman las instituciones, continúo...--La oposición, me rectifica el ojo y el oído de M. Guizot, la oposición francesa y la oposición a Rosas de esos que pretenden instituciones! Me esfuerzo en hacerle entender algo, pero imposible! Es griego para él todo lo que hablo. En resumen, para ellos: Rosas igual Luis Felipe. La mazorca=el partido moderado.--Los gauchos==la _petite propriété_.--Los unitarios=la oposición.--Paz, Varela, etc.==Thiers, Rollín, Odilon-Barrot."

La conversación con M. Guizot es premeditadamente banal por parte de éste, que afecta creer que Sarmiento, viniendo de Chile, donde ha pasado seis años, no está interiorizado de los asuntos del Río de la Plata.

La entrevista con el vicealmirante Mackau, ministro de marina, es uno de los buenos trozos de la narración. Mackau es un imbécil acabado, de espeso cerebro al que no penetran las ideas ni a martillo. Cuando no entiende, sonríe afablemente, lo que hace que pase la vida sonriendo. Sarmiento, más cómodo que con M. Guizot, le espeta un discurso en tres partes, soberbio, admirable, el mejor que haya pronunciado jamás, según él, y de pronto se apercibe que el ruido de sus palabras llega al oído del almirante como un "vago auvergnat" que no ha escuchado ni comprendido. El rencor de Sarmiento es formidable, y cuando más tarde ve a Mackau ocupar su asiento en la Cámara, en el banco de los ministros, le llama molusco!

Sarmiento va a buscar la opinión de los americanos mismos, residentes en París y en todas partes encuentra "igual incapacidad de juzgar". "San Martín es el ariete desmontado ya, que sirvió a la destrucción de los españoles; hombre de una pieza; batido y ajado por las revoluciones americanas, ve en Rosas el defensor de la independencia amenazada y su ánimo noble se exalta y ofusca. Sarratea el compañero de orgía de Jorge IV, antes de ser rey de Inglaterra, viejo escéptico, Voltaire que no ha escrito, hoy todavía en París mismo modelo de finura, de gracia noble y de sencillez artística en el vestir, tiene, con más talento y menos despilfarro, la gastada conciencia de Olañeta. Rosales, el hombre más amable, el cortesano de la monarquía, todo bondad para nosotros, ha sido educado en este punto por Sarratea, su Mephistópheles, el cual lo lanza a las confidencias con Luis Felipe, a quien pone miedo con la indignación de la América."

En fin, ve a M. Thiers. Este le escucha con atención, le pregunta por Varela, se muestra satisfecho de sus datos, del nuevo aspecto de la cuestión que le presenta, mucha agua bendita, mucho jarabe de pico, pero en el fondo, el egoísmo feroz del orador y del político, que no ve sino temas de discursos y argumentos de oposición, en la agonía de un pueblo entero que perece bajo la bota de un bárbaro. A la despedida, como un obsequio singular, Thiers comunica a Sarmiento, bajo la mayor reserva, que en la próxima sesión de la Cámara, a la que le invita a asistir, va a hablar _tres horas_. Me represento al petulante marsellés regocijándose ya del efecto que va a producir sobre el espíritu de ese joven americano, a quien ha descubierto ilustración y talento y que se va a convertir, de regreso a su lejana patria, en trompeta de su fama.

Y Sarmiento va a la Cámara, contempla el curioso espectáculo, sobre todo para un sudamericano de entonces, de esas sesiones tumultuosas, vacías y teatrales. Desde entonces me parece que el régimen parlamentario está condenado a sus ojos. Treinta años más tarde, redactaba yo _El Nacional_ de Buenos Aires y no era, por cierto, tierno para la administración de Avellaneda. Sarmiento, como era natural, era siempre el primero en la casa y los artículos que se le ocurría escribir, venían directamente al Gerente, que los entregaba a la composición, sin darme aviso, de acuerdo conmigo, sino en los casos en que era necesario mechar de verbos el artículo o apuntalar una que otra frase que había quedado en el aire. No recuerdo a propósito de qué incidente en el que el Ministerio había hecho un triste papel en el Congreso, y tomando como base los estudios sobre la Inglaterra en el siglo XVIII, de M. de Rémusat, escribí un artículo convencido, entusiasta y, a mi juicio, irrefutable, sobre las ventajas del régimen parlamentario y la necesidad de reformar nuestra constitución en ese sentido. Al día siguiente, al mismo tiempo que recibía cuatro líneas cariñosas y aprobatorias del doctor Vicente F. López, llegó a mis manos... mi propio diario, _El Nacional_. En el sitio de honor, que era el que se reservaba siempre a todo lo que Sarmiento escribía, porque el estilo bastaba para firmarlo, se registraba la filípica más furibunda que el redactor de _El Nacional_ hubiera recibido hasta entonces. Iluso, ignorante, atrevido, propagador de malas ideas, ¡qué no me decía Sarmiento! Tuve un momento de indignación ante esa falta de atención, de consideración para con un hombre que desde que había empezado a pensar por sí mismo, había sido un partidario decidido y ardiente de Sarmiento. Tomé el diario y me fuí derechamente a su casa, dispuesto a decirle todo lo que tenía adentro y poner las cosas en su lugar. Me recibió con su cordialidad un tanto uniforme para todo el mundo, y antes de darme tiempo de tomar una actitud trágica y comenzar mi dolora, tomó la palabra, como siempre, y debutó por esta frase:--"¿Ha visto usted un artículo preconizando el sistema parlamentario en _El Nacional_ de ayer?"--Ni una palabra del autor; y en el fondo, no sé si sabía que era o no mío, ni le importaba un bledo. De ahí partió para una carga a fondo contra su _cauchemar_, tan completa, tan enérgica y tan decisiva, que mis convicciones tambalearon y ante aquella elocuencia, aquel saber y aquella experiencia, en vez de formular las recriminaciones proyectadas, incliné la cabeza, hice la venia y salí.

Después he visto el régimen parlamentario en acción, como todos los que han inventado los hombres para gobernar las sociedades; lo que he visto en Francia y especialmente en España, país cuyas condiciones políticas y electorales se acercan más a las nuestras, no ha sido por cierto como para debilitar las opiniones de Sarmiento. Ningún sistema es bueno cuando no encarna la tradición de un pueblo, sus costumbres y sus ideas. Por eso el gobierno parlamentario es una maravilla en Inglaterra y un absurdo en España. Por eso pienso que, hoy por hoy, el mejor régimen político para la Rusia, es la autocracia. Nadie me podrá quitar de la cabeza que es una inspiración de insano dar derechos electorales a los negros de Dakar o a ciertos blancos del otro lado del agua...

En el recinto, Sarmiento ve a "M. Mauguin, centro izquierdo, a Berryer, centro derecho, en la izquierda a Barrot, Arago, Cormenín, Ledru-Rollin. Lamartine, el _vizconde_, que tenía su asiento en la extrema derecha, va caminando hacia la izquierda, como Beaumont y Duvergier de Hauranne; Emilio de Girardin está en el _beau milieu_ del centro, es ministerial". La descripción del discurso de Thiers, a pesar de la admiración que su facundia y su habilidad le causan, revela en Sarmiento la triste impresión que le produce la inanidad de esas paradas oratorias. El aplomo doctrinario, el soberbio desdén de M. Guizot, la autoridad pedante de sus maneras de _magister_, la falta de honestidad que en el fondo hace ver la defensa de hechos turbios, de verdaderos atentados a la moral pública, la obediencia servil de aquella masa de elegidos del sufragio restringido, pero cuidadosamente escogido, todo hace comprender a Sarmiento que aquel régimen está condenado y sus días contados. Esa monarquía de Julio, que muchos conservadores en Francia consideran hoy mismo como la época edénica de la libertad política, fué uno de los sistemas más corrompidos y corruptores de la historia francesa. Entre otros detalles, Sarmiento recuerda aquella donación a Luis Felipe del corte de los bosques, que a razón de un corte por siglo debía producir cuatro millones de francos anuales y al que, por una talla devastadora, el rey ciudadano hizo producir setenta y cinco millones el primer año!...

V

La narración de la visita de Sarmiento a San Martín, es floja, o mejor dicho, la entrevista misma no responde a nuestra expectativa. Se adivina que ha debido ser incómoda, poco cordial, a pesar de la deuda de gratitud que el ilustre guerrero tenía para con el escritor que había reivindicado en el corazón de Chile, el puesto de honor que correspondía a San Martín. Podemos hoy hablar, con la reverencia que debemos a nuestros mayores, sobre todo a hombres como el vencedor de Maipo, con la verdad que la justicia de la historia impone. Debía ser necesario todo el respeto y toda la gratitud inteligente de los hombres como Varela, Sarmiento y otros argentinos ilustres que visitaban a San Martín en su retiro, para rendirle ese homenaje. El envío de la espada de los Andes, símbolo vivo de la más pura de nuestras glorias, al tirano brutal que condenaba ante los ojos del mundo el esfuerzo por la independencia, debió herir mortalmente el alma de los patriotas que hacía quince años, en el destierro, en la prisión, en el martirio, sostenían la causa de la libertad. Es esa una triste página en la historia del gran emancipador, tan triste como el abandono frío que hizo de su patria agonizante, para ir a buscar en los campos de batalla, con un ejército que consideraba suyo a la manera de un _condottiere_ italiano, la gloria militar que ambicionaba. No, no es posible sostener que la adhesión de San Martín a Rosas venía de su americanismo exaltado y de su temor o su odio al extranjero. El extranjero, para él, había sido el español, el _godo_, y precisamente la única legión de extranjeros que combatía por Rosas, era el cuerpo de 600 españoles que, a las órdenes de Oribe, estrechaba el sitio de Montevideo. Lo que había en el fondo era un odio, sí, pero contra los hombres del congreso de 1826, contra los _unitarios_, que al pasar San Martín delante de Buenos Aires, no pudieron olvidar que a su desobediencia y al indiferentismo con que miró las angustias de su patria, bajo pretexto de no manchar sus laureles en las luchas civiles, debimos los horrores del año XX. Los unitarios pudieron equivocarse y la historia empieza ya a juzgar severamente los errores de los más preclaros de entre ellos; pero la pureza de intención de los que elevaron a Rivadavia a la presidencia, será siempre un título de respeto para todas las generaciones de argentinos.

Nada encuentro más digno de veneración que la figura y la acción de los hombres civiles de la lucha por la independencia, nada más noble y grande que el valor, la perseverancia inteligente, la serena tenacidad de Pueyrredón. La vida de campaña, la batalla, la victoria, la entrada triunfal en las ciudades conquistadas ¿no es acaso un sueño vivido para un militar? ¡Para ellos, a quienes el mundo dió todo lo que el hombre puede aspirar sobre la tierra, las estatuas, las tumbas regias, los honores póstumos! ¡Para el patriota abnegado que luchó, con el santo amor de la patria en el alma, en medio de la asechanza, del odio, de la división y de la discordia, sacando de la miseria recursos para armar ejércitos, con la Europa entera coaligada contra su país, con Artigas en las selvas, los portugueses en Montevideo y Morillo en el horizonte, para él, para Pueyrredón, el olvido y la ingratitud nacional! ¡No sé donde está su tumba!

Fuera de las páginas consagradas a su acción colosal en los trabajos históricos de López y Mitre, no hay un libro en nuestra literatura sobre el Directorio de Pueyrredón. Y sin embargo, ¿qué vida más preciosa y qué tema más simpático puede encontrar la pluma de un escritor argentino? Las estatuas han empezado a levantarse sobre nuestro suelo, símbolos vivos de la gratitud nacional. No sé que exista ni un busto de Pueyrredón. Nuestros partidos de campaña, nuestros departamentos lejanos, van recibiendo el nombre de los hombres secundarios de la revolución o las luchas civiles. A Pueyrredón también se le asignó el suyo, pero como si fuera por un propósito premeditado de olvido, nadie llama al partido Pueyrredón, sino Mar del Plata. Por fin, en la misma ciudad de Buenos Aires, donde existe una plaza "Lorea", pero no un habitante que pueda decir quién fué ese ciudadano así glorificado, donde dos de las calles principales se llaman de Buen Orden y la Piedad, existe sólo una callejuela, creo que es la más corta de todas, para conmemorar la memoria del gran Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Hago un llamado a la juventud argentina y le entrego esa obra de reparación. Si ella estudia esa vida, su entusiasmo por aquella nobleza de alma, esa altura y esa distinción intelectual, ese valor moral incomparable, la llevará a realizar lo que nosotros debimos hacer y no hemos hecho, y pronto la soberbia figura de Pueyrredón se levantará en una de nuestras plazas, para orgullo de nuestros ojos.

VI

"Al despedirme de mi buen amigo el señor Montt, refiere Sarmiento, le decía yo con aquella modestia que me caracteriza: la llave de dos puertas llevo para penetrar en París, la recomendación oficial del gobierno de Chile y el "Facundo"; tengo fe en este libro. Llego, pues, a París y pruebo la segunda llave. ¡Nada! Ni para atrás, ni para adelante; no hace a ningún ojo. La desgracia había querido que se perdiese un envío de algunos ejemplares hecho de Valparaíso. Tenía yo uno, pero ¿cómo deshacerme de él? ¿Cómo darlo a todos los diarios, a todas las revistas a un tiempo? Yo quería decir a cada escritor que encontraba: _anch'io_! Pero mi libro estaba en mal español y el español es una lengua desconocida en París, donde creen los sabios que sólo se hablaba en tiempo de Lope de Vega o Calderón; después ha degenerado en dialecto inmanejable para las ideas; tengo, pues, que gastar cien francos para que algún orientalista me traduzca alguna parte."

Aquí empieza para Sarmiento la azarosa tribulación del autor novel que con su manuscrito debajo del brazo se presenta a los dispensadores de gloria. Por consejo de un amigo, ve a M. Buloz, el _tuerto_ director de la _Revista de Ambos Mundos_ y de la Opera Cómica, el hombre sobre quien se ejercitaba con más furia la acerba crítica de los escritores franceses, pero cuya perseverancia creó la revista tipo, que durante tan largos años ha mantenido su incontrastable autoridad sobre el mundo civilizado, hasta que muerto el cíclope, y refractaria a la penetración de las nuevas corrientes que debían refrescar y vivificar su sangre, vió crecer a su lado émulos que en otro tiempo habría despreciado y que le toman hoy una buena parte de su sitio al sol.

Nuestro pobre americano, consciente del valor de su trabajo, vuelve todas las semanas a conocer el destino que le espera. ¡Nada! No se ha leído aún: hasta el otro jueves. Sarmiento persiste, porque quiere conocer a los hombres de letras y desea ser introducido por su "Facundo", para que le traten de igual a igual. Por fin, un día, día radiante para él, "las puertas de la redacción se me abren de par en par. ¡Qué transformación! M. Buloz tiene dos ojos esta vez, el uno que mira dulce y respetuosamente, el otro que no mira, pero que pestañea y agasaja, como perrito que menea la cola. Me habla con efusión, me introduce, me presenta a cuatro redactores que esperan para solemnizar la recepción. Soy yo el autor del manuscrito.... (una reverencia).... el americano... (una reverencia), el estadista, el historiador... me saludan, me hacen reverencias. Se habla del libro. Hay un redactor encargado del _Compte-rendu_ de los libros españoles, que quiere ver la obra entera para estudiar el asunto. M. Buloz me suplica que me encargue de la redacción de los artículos sobre la América. La _Revista_ ha faltado a su título de _Ambos Mundos_, por falta de hombres competentes; podemos arreglarnos. Desgraciadamente, el artículo sobre mi libro no puede aparecer sino en dos meses. Están tomadas las columnas para muchos más; pero se hará una alteración."

Contento con esa recepción y esa esperanza (el artículo de la Revista apareció[23] cuando Sarmiento estaba en Barcelona, donde tanto por cartas de introducción como por el éxito de su trabajo, M. de Lesseps, el futuro hombre de Suez, cónsul de Francia entonces, le recibió muy cordialmente), animado ya, pues, Sarmiento ve a algunas notabilidades de las letras, a Ledru-Rollin, en casa de San Martín, de quien es vecino, a Jules Janín, en su escritorio, saliendo encantado de su trato familiar. Penetra en el salón de madame Tastu, "donde puede entrar la mano muy adentro de las llagas de la Francia". Allí ve a Cormenín, a Tissot, el diarista formidable que tanto contribuyó a dar en tierra con los Borbones. Por fin, sus estudios sobre educación primaria le ponen en contacto con sabios y hombres profesionales.

[23] He tenido la curiosidad de leer el artículo que la "Revista de Ambos Mundos" dedicó al "Facundo". Está en el número del 15 de Noviembre de 1846, bajo el título "De l'Americanisme et des républiques du Sud--La société argentine. Quiroga et Rosas". Luego el título completo del libro de Sarmiento y el de un folleto, "Cuestiones americanas", del mismo. Es un buen trabajo de M. Charles de Mazade, un análisis completo de "Civilización y barbarie". Se ve que el crítico ha aprendido el asunto en el libro que analiza y que ha leído con conciencia. Las "Cuestiones americanas" le han ayudado mucho para darse cuenta del estado de los países del Plata, que a la verdad no debía ser muy fácil de entender para un francés de 1846. Hablando de Montevideo, dice M. de Mazade: "se ha comparado Montevideo a Coblentz; Coblentz si se quiere, pero es allí que se refugió la inteligencia argentina". Sobre el libro, escribe: "obra nueva y llena de atractivo, instructiva como la historia, interesante como una novela, brillante de imágenes y de color".

"El libro del Sr. Sarmiento, agrega, es una de las obras excepcionales de la nueva América, en el que brilla alguna originalidad; es un estudio hecho sobre lo vivo, enérgico, profundo, de todos los fenómenos de la sociedad americana y particularmente de la sociedad argentina. El esplendor del estilo está a la altura del vigor del pensamiento".

"El "americanismo", dice más adelante, representa la holgazanería, la indisciplina, la pereza, la puerilidad salvaje, todas las inclinaciones estacionarias, todas las pasiones hostiles a la civilización; la ignorancia, la degeneración física de las razas, así como su corrupción moral..... Obligando a las potencias europeas a emplear las armas contra él, el americanismo ha puesto en claro un hecho que resume las relaciones de ambos mundos: es que la Europa se verá fatalmente empujada a hacer la conquista material de la América, si no hace pacíficamente su conquista moral".

El segundo término del vaticinio se va cumpliendo, pero ¡cuán lentamente!

Sarmiento, que viene de un mundo semibárbaro aún, donde los restos de aquella civilidad estrecha y acompasada de la colonia se han refugiado en un núcleo social bien restringido, mientras la masa del pueblo, sumida en la anarquía, parece retrogradar al salvajismo, queda encantado ante la cultura de ese pueblo francés, que lleva de frente los más arduos trabajos de la inteligencia, las más delicadas creaciones del arte, sin decaer un punto de su virilidad ni en la energía con que defiende su patrimonio histórico...

Los bailes públicos de París, mucho más en voga entonces que medio siglo más tarde, pues la democracia ha penetrado hasta ellos y hoy se confunden allí no sólo todas las clases sociales, sino también todos los gremios, entretenían a Sarmiento lo que no es decible. Se asoma a ellos, dice, de vez en cuando, "para curarme del mal de la patria, que me incomoda. No tengo ni gusto ni dinero para engolfarme en las costosas frivolidades cuyo goce envidio a otros. ¡Ah! si tuviera cuarenta mil pesos nada más, ¡qué año me daba en París! ¡Qué página luminosa ponía en mis recuerdos para la vejez! Pero soy _sage_ y me contento con mirar, en lugar de _pilquinear_, como hacen otros".

¿Cómo es eso? ¿No _pilquineamos_ porque no nos gusta o porque no tenemos cuarenta mil pesos? Tengo para mí que la segunda razón ha de haber influído más que la primera en la _sagesse_ de Sarmiento, a estar a la complacencia con que describe el baile del _Ranelagh_, donde ha visto a Balzac, Jorge Sand y otras notabilidades literarias; el _Chateau-Rouge_, como iluminación, le fascina; _Mabille_, que ostenta las bailarinas más afamadas, la _Chaumière_, el edén del barrio latino, y a estar también al estilo inflamado con que describe las proezas coreográficas de la _Rigolette_, precursora ancestral de _Grille d'Egout_ y la _Goulue_.

El _Hipódromo_ le inspira una brillante descripción. En fin, va a todas partes, mira, observa, se mueve y va haciendo piel nueva dentro de esta atmósfera, sin acción para aquellos que han nacido refractarios a todo progreso interno, pero incomparable para acelerar el desenvolvimiento de todo germen de luz que brille vacilante en el fondo de una conciencia humana.

Sarmiento se pone en camino para España y en las duras e implacables páginas que consagra a la madre patria, y cuyo estudio sale de ese cuadro, parece dar la pauta a Buckle para su inexorable juicio. La Italia le atrae en seguida "para educarme y poder hablar de bellas artes." Promete volver a París después de estas correrías, pero sus cartas de viaje no mencionan una nueva permanencia en la capital francesa. Del otro lado del mar le esperan los Estados Unidos, cuya admirable naturaleza describe con la misma pluma que trazó en el _Facundo_ el cuadro inmortal de nuestra tierra. En aquel mundo nuevo desaparece el viejo espíritu curioso; cuando Sarmiento abandone la patria de Washington, será el hombre de Estado llamado a tan altos destinos...

Bajo la impresión de mi respeto profundo por la memoria de ese hombre extraordinario y del afecto que siempre me inspiró, he querido recorrer de nuevo los sitios que él visitó en París. En el andar vertiginoso de nuestro siglo, cincuenta años son un espacio enorme. Todo ha cambiado en la faz del mundo, incluso la patria que Sarmiento amó con toda su alma y a la que consagró, con admirable esfuerzo de cerebro y corazón, su larga y soberbia vida...

París, Octubre, 1896.

Nuevos rumbos humanos

I