Juvenilla; Prosa ligera

Part 18

Chapter 183,932 wordsPublic domain

Debo decir que durante la operación, a la que acababa de dar coronado fin, nuestra llegada, descenso y avance, habían sido observados por el señor coronel, a cuyo efecto había impreso a su ojo izquierdo una desviación que, a ser definitiva, habría introducido un elemento perturbador de la armonía de su rostro; al oir mi voz, cesó la desviación, pero los ojos se dirigieron a un punto vago en el espacio, frente a él, sin duda de un interés palpitante, porque no los apartó un momento para fijarlos en nosotros. Su silencio me hizo nacer la duda de una alteración de sus órganos auditivos y repetí mi pregunta en voz más alta. Entonces contestó:

--S. E. no recibe a nadie.

--Pero habiendo tenido el honor de ser citado por S. E., creo que hará una excepción en mi favor. Tenga usted la bondad de pasarle mi tarjeta.

--¿Qué tarjeta?

--Este pequeño trozo de papel, en el que están escritos mi nombre y calidad.

--Yo no le paso nada: a esta hora no le gusta que le incomoden y después la bronca es para mí.

--Me parece que la bronca firme le va a venir si usted no hace lo que le digo. Soy el ministro argentino, vengo de dos mil leguas de distancia a saludar a S. E., S. E. me espera y no es natural que por un capricho de usted deje de verle.

--¡Eche leguas! ¿Cuántas dijo? ¿Dos mil? y echó una mirada a un soldado próximo que, ruborizado de mi enormidad, sonrió subordinado.

En tanto, los chicuelos, a quienes el coronel debía acompañar a caballo, le invitaban a cada instante con sus _¡vamos!_ apurados y se habían puesto instintivamente en contra del que amenazaba aguarles la fiesta.

Una nueva tentativa no me dió mejor resultado. Medité un momento y resolví, por si acaso aquel síntoma revelaba un sistema completo, cortar por lo sano desde el principio. Arrastré al coche al cónsul, que quería penetrar hasta por la fuerza y dí orden de volver a Caracas. Abandono a la penetración del lector las reflexiones del camino. Era mi primer acto diplomático, y el éxito, a la verdad, prometía poco para el porvenir. Luego temía dos cosas: o que la cólera me hiciera hacer una tontería o que la risa me impulsara a tomar el incidente con demasiada indiferencia. Debo recordar que yo no había aún cumplido treinta años, y el hecho es que me preocupaba enormemente la apreciación futura de mi conducta en Buenos Aires, cuando, a la noticia del incidente, dijeran los unos, con esa suave benevolencia que es el rasgo característico de mis congéneres: "¡claro! ¡de llegada, se peleó con Guzmán Blanco!" o esta otra frase en caso contrario: "¡de llegada hizo un barro, aceptando en silencio una grosería de Guzmán Blanco!" Yo no quería pelear, ni aceptar groserías de nadie. Pedí, pues, a mi cónsul general que se entregara durante el viaje a la contemplación del paisaje y me hundí, durante el regreso, en una reflexión honda y pareja que me suministró una resolución, a la que me decidí sin vacilación. Así que llegamos a Caracas, tomé la pluma y escribí una carta a mi amable ministro de relaciones exteriores, en la que le decía que, siguiendo su indicación y, de acuerdo con los deseos que me había expresado en nombre del señor presidente, me había trasladado a Antímano, a la hora indicada, siendo recibido por un jefe del ejército venezolano cuya tenacidad en no querer anunciarme al señor presidente, bajo pretexto de que éste estaba ocupado, sólo igualaba la mala crianza empleada con ese objeto. Que el hecho de no haber dado orden el señor presidente de introducirme, así que llegara, justificaba hasta cierto punto la actitud del coronel y que en vista de las apremiantes ocupaciones que embargaban, a lo que parecía, el ánimo del señor presidente, aprovechaba la circunstancia de estar también acreditado en Colombia y partiría a la mañana siguiente para la Guayra, a tomar el vapor que me acercaría a la ruta de mi nuevo destino.

Entre tanto destaqué a mi cónsul general para que explicara al señor ministro todo lo que había pasado en Antímano. En el fondo, yo estaba persuadido de que el presidente era completamente inocente de lo ocurrido, salvo de la omisión del aviso previo de mi llegada. Sabía, por tanto, que el pato de la boda iba a ser el coronel; pero me encontraba en una disposición de ánimo feroz, y esa noche habría suscrito gustoso la sentencia de un centenar de azotes en las robustas partes carnudas del guerrero indígena.

No habría pasado una hora del envío de mi epístola, cuando recibí un telegrama del presidente, datado en Antímano, en el que me pedía disculpara lo ocurrido por pura imbecilidad de un subalterno y me anunciaba que al día siguiente vendría expresamente a Caracas para recibirme, esperándome a las dos de la tarde en su casa particular. Así, cuando llegó alarmado el señor ministro de relaciones exteriores encontró que el estado de ánimo, que había determinado mi carta, real o fingido, había cedido el sitio a cierta conformidad, sin entusiasmo, pero sin rencor.

Al día siguiente tuve el gusto de conocer al "ilustre americano". Un hombre alto, robusto, cargado de espaldas, algo miope, con una enorme pera blanca, cariñosamente cuidada, sin duda, por el carácter militar que su propietario pensaba deber a ese apéndice. Cierta cultura nativa (por la madre pertenecía a una antigua familia colonial); barniz de una sola capa de ilustración general; una colosal opinión de sí mismo, una soltura incomparable para resolver, en frases sentenciosas y estudiadas, los más arduos problemas sociales y políticos; teorías constitucionales abundantes, pero propias, exclusivas, que para nada tenían en cuenta ni la experiencia de la historia, ni las dificultades que el razonamiento podía oponerles. En política americana, árbitro, materia propia, dominio inenajenable, indivisible de su inteligencia. Heredero, continuador de Bolívar, no sin señalar con cierta expresión de respetuosa compasión, los errores cometidos por el Libertador. Un desprecio por los hombres análogo al que se atribuye a Tarquino; no volteaba las cabezas de las plantas que sobrevivían, pero las islas contiguas al continente, las calles de Nueva York y de las capitales europeas, contaban entre sus paseantes y vagos, más de un venezolano a quien el talento, la fortuna o la audacia parecían ofrecer un porvenir brillante en su país[17]. Se aseguraba también, por aquel entonces, que las cárceles estaban bien pobladas. Tenía la reputación de no ser cruel, sino frío de alma. El cansancio de una larga e interminable anarquía, había hecho aceptar el primer gobierno fuerte que logró cimentarse en la agitación incesante de las luchas intestinas. Guzmán Blanco ahogó la libertad, llenó sus arcas e hizo bajar el nivel moral del pueblo venezolano, pero dió diez años de paz a su patria y no derramó sangre. "La paz de Varsovia!" dirá un estudiante de retórica. Eh! eh! diez años de paz representan muchos caminos carreteros, muchas escuelas abiertas, muchas hectáreas sembradas de cacao, tabaco, añil y cereales, mucho hábito de orden. No sólo de eso vive el hombre, convenido; pero si sólo se alimenta con el recuerdo de los Gracos, la declaración de los derechos del hombre y la lectura de una constitución más libérrima que el estado primitivo, paréceme que se ha de crear un tantico entecado, con un cerebro diforme, para unas piernas muy flacas y un vientre muy vacío[18].

[17] Entre los que abandonaron la patria, buscando aire libre que respirar, se contaban los señores Zárraga y Herrera Vega, muerto el primero entre nosotros, muy joven aún, habiendo el segundo, médico insigne, conquistado altísimo puesto en la consideración y el afecto de la sociedad argentina.

[18] El triste y desconsolador espectáculo que ofrece Venezuela en los momentos en que se imprimen estas páginas, justifica aun más, si cabe, el juicio que precede.

Cuando se piensa en lo que, en los últimos años, han hecho tres de los pueblos más cultos de la tierra, la Inglaterra en Sud Africa, los Estados Unidos en Filipinas y la Alemania en Venezuela, puede augurarse tranquilamente la muerte del derecho público, aun en su forma externa, en época no lejana.

Pero hay que esperar también que la página vergonzosa de Venezuela, dentro y fuera, sea única en la historia de América.

Mi juicio de entonces (hablo de 1881) sobre el "ilustre americano", ha persistido casi idéntico. Nunca fué de una severidad cruel; nunca olvido que esos hombres son productos de un estado social determinado, agentes inconscientes de la naturaleza en la prosecución de sus fines. Es natural que pensemos que la naturaleza se equivoca, si juzgamos su acción con el criterio (bien estrecho, hermanos míos!) de nuestra moral convencional. Mientras el hombre crea que lo bueno y lo malo son y no pueden ser de otra manera, que como él los concibe, Nerón será tratado como de acuerdo con esas nociones merece, y Vespasiano ensalzado. Pero si algún día (todo es posible, hasta Dios, dice Renán), los hombres llegan a concebir la acción de los personajes históricos, como el desenvolvimiento de fuerzas análogas a las que hacen germinar las plantas, girar los astros, subir las aguas o temblar el suelo, todos nuestros anatemas históricos, han de hacerles sonreir. Puede muy bien que el balance de Guzmán Blanco, hecho por esa remota posteridad, no le sea muy desfavorable, si es que su nombre llega hasta ella. Las acciones de Bacon se han de cotizar más altas que las de Sócrates (a esa distancia, casi contemporáneos), sin que influya, en el juicio definitivo, ni la degradación del primero, ni la cicuta del segundo. Me agita, a veces, el espíritu, el esfuerzo por concebir la idea que, dentro de dos o tres mil años, si no se queman las bibliotecas o si nuestros idiomas actuales persisten siendo inteligibles para la comunidad, se tendrá de Byron o Víctor Hugo. Paréceme que no estará distante de la que tenemos los hombres maduros de los juguetes que nos entretuvieron en la infancia...

La recepción oficial tuvo lugar de acuerdo con la rutina--un coche de gala, un oficial de ministerio, amable y sonriente, una pequeña escolta y al Capitolio. En el palacio de gobierno que lleva ese modesto nombre, perfectamente justificado porque recuerda las violencias y profanaciones de que la augusta colina fué objeto, un par de discursos, lo más breve posible el mío, verdadero trabajo de benedictino para evitar la fraseología obligada de solidaridad americana, lazos indisolubles, comunidad de origen y otras paparruchas que han de concluir por cerrar herméticamente las puertas de la diplomacia, en tierra de Colón, a los hombres de buen gusto. Porque en esto de los discursos diplomáticos pasa algo curioso; si los intereses de momento determinan en la sociedad a cuyo seno se llega, una actitud de calurosa simpatía, instintiva invitación para que el diplomático que llega, aconseje a su gobierno marchar en la senda que conviene al país que lo recibe; si la acogida es entusiasta, repito, el empleo del sentido común y del buen gusto, que aconseja discursos sobrios y moderados, resalta como una nota discordante en la armonía del conjunto y parece deshacerse en un minuto todo el camino andado. En cambio, si el diplomático, sea por contagio de la atmósfera ambiente, sea por frío cálculo, se entrega a un ditirambo desmelenado, con más retórica que una alocución tribunicia, es casi seguro que el contragolpe en el país que lo mandó, y que está lejos y frío, puede costar al enviado extraordinario su reputación y su buen nombre.

Es por eso, hermanos del futuro, diplomáticos en cierne, a quienes el porvenir, reserva tal vez recorrer los países americanos, que este viejo viajador en esos mares, os da el consejo sano de ser siempre parcos en palabras, reemplazándolas, para las efusiones, quizás indispensables del primer momento, por la opulenta gama de gestos expresivos que la naturaleza ha puesto a nuestra disposición, como ser los ojos húmedos, la mano sobre el corazón, la mirada vuelta al cielo, en actitud reconocida, y cuando la cosa apura y la escena es _coram populo_, la elección del más haraposo de los pilletes que os circundan, para estrecharle en vuestros brazos y darle el ósculo de solidaridad americana. Con lavaros más tarde, no queda rastro, mientras que el colorete metafórico de un discurso bombástico, no se borrará ni con todas las aguas que se desprenden de los Andes...

Al día siguiente de mi recepción oficial, el "ilustre americano", por un acto de deferencia especial, se dignó visitarme en mi morada, que era ya entonces una buena, hermosa y cómoda casa, llena de luz, aire y árboles, que había tenido la fortuna de arrendar amueblada. Recibíle con los honores debidos y, mientras hablábamos, ví, a través de los cristales del salón, todos los pilletes de Caracas, a más de las mujeres del barrio, en asamblea delante de mi puerta, contemplando la brillante escolta a caballo que había acompañado al presidente, así como un piquete de infantería que guardaba todo el frente de mi casa. La presencia de esa gente de a pie me intrigó; a la despedida acompañé al presidente hasta el umbral. El coche, precedido por la escolta de jinetes, partió a escape, y atrás, con el fusil en la mano, el kepi en la nuca y la lengua de fuera, los infantes, desalados tras del coche, para no perder su contacto. Si a turno todo el ejército venezolano hubiera sido sometido a ese ejercicio, las marchas de Sylla, Aníbal o Napoleón, hubieran quedado pequeñitas ante las hazañas que aquél habría llevado a cabo.

Poco tiempo después de mi llegada, había ido a gozar, por la noche, del aire embalsamado de la principal plaza pública de Caracas, sitio habitual de reunión entonces. En el centro se levantaba la estatua, en pie, del general Guzmán Blanco. Había otra del mismo, ecuestre, enorme, de fabricación yankee; pero esa estaba en la cumbre del próximo paseo, llamado el "Calvario". Esa noche un movimiento inusitado me reveló la presencia en la plaza del "ilustre americano". Así que me vió vino hacia mí y me invitó a dar unos pasos. Caminábamos lentamente por las anchas veredas que rodean la estatua. Vivo y perspicaz, comprendió tal vez por la indiscreta dirección de mi mirada, que mi espíritu estaba preocupado por el peregrino caso que me ocurría.

--¿No le hace a usted, señor ministro, me dijo con un acento especial, un curioso efecto pasearse con un hombre al pie de su propia estatua?

--A la verdad, señor, "es un caso original, que no me ha ocurrido nunca".

--Sí, añadió: y su fisonomía tomó una expresión de _détachement_ completo de las cosas terrenas, un vago tinte de _más allá_; sí, es anómalo y admira al extranjero. No he podido evitarlo, o mejor dicho, no me he sentido ni con fuerzas ni con derecho para impedir que el pueblo glorifique su propia acción, que la Providencia ha personificado en mí. Por lo demás, yo he entrado ya a la posteridad y ese homenaje es ya un juicio póstumo...

Yo miraba a aquel hombre con la admiración profunda que me inspiran las dotes de que carezco, llevadas a su más esplendoroso desarrollo. El buen gusto, el tacto, la delicadeza moral, el sentido común, cual me aparecieron entonces como la triste _impedimenta_ que nos obstruye a nosotros, los vulgares, el camino de las grandes situaciones y de las ilustres denominaciones! Me sentí pequeño; comprendí que no estaba predestinado, que no se fundiría el bronce que había de dar forma a la estatua que me inmortalizaría, ni aun en la plaza de un pueblo de campo de las pampas argentinas, y volví mis ojos reverentes, para admirarle una vez más, al hombre que, tranquilo y sonriente, se contemplaba a sí mismo, con cuerpo de metal, de pie, sobre granito, duras materias, resistentes al tiempo y al olvido!

* * * * *

Dos años más tarde, recibía en mi modesto cuarto del Grand Hotel, en París, la visita del general Guzmán Blanco, instalado en la capital francesa con su familia, en virtud de un vuelco político ocurrido en Venezuela, con caracteres de terremoto, por cuanto dió en tierra con las estatuas del "ilustre americano", teniendo la posteridad, por ese accidente, que rehacer su juicio sobre el distinguido personaje. A ella _l'ardua sentenza_[19].

1890

[19] El general Guzmán Blanco murió en París, en Agosto de 1900. Hacía ya muchos años que había cesado de figurar en la escena política de su país.

Sarmiento en París

Salgo del taller de Rodin; la figura de Sarmiento va tomando vida y forma. El soberbio viejo, que fué uno de los raros cultos individuales de mi vida, me llena el espíritu; su memoria suscita la de tantos otros seres queridos que la ola nos ha arrebatado, sin darles tiempo, como a él, de cumplir la misión que sus cerebros luminosos y sus almas levantadas les marcaban en la tierra... Decididamente, es bueno que por algún tiempo deje de andar entre tumbas; bastan para echar sombras persistentes sobre mi alma los diarios de la patria, que día a día me traen la noticia de que uno más ha entrado al reposo eterno. Es el lado negro de la espera del turno.

De vuelta, me echo a vagar por las calles de este París que entra a su vida normal, pasado el síncope[20] y de nuevo Sarmiento surge en mi memoria, como si su personalidad absorbente saltara de la tumba para imponerse a los vivos, como en tiempo de la acción, por el vituperio o el entusiasmo, por el cariño o el odio.

[20] Estas líneas fueron escritas pocos días después de la visita, a París, hecha por el tzar de Rusia.

Y pienso que hace cincuenta años, justo medio siglo, él también recorrió estas calles, allá en el mes de Octubre de 1846. Tenía ya más de treinta años, había publicado el _Facundo_, y hecho la campaña periodística de Chile que, por el vigor, la originalidad y la luz intensa que proyectó, no sólo sobre las cuestiones de su tiempo, sino sobre el porvenir y la ruta de salvación del mundo americano, no tiene rival en los fastos de ningún país. Al fin pudo realizar un sueño de su vida, y en 1845 se embarcó en Valparaíso para Europa, a completar sus estudios sobre educación popular y, sobre todo, para ver, con los ojos de su cuerpo, lo que los ojos de su espíritu habían admirado, la tradición, el arte, la cultura de este viejo mundo.

Vosotros, los que tenéis en vuestras bibliotecas sin vida, los ocho o diez tomos publicados de las obras de Sarmiento[21], haced un esfuerzo sobre vuestro horror de la letra de molde y abrid, por cinco minutos, el volumen de _Viajes_. Y vosotros, jóvenes, los que os quejáis dolientes de que no hay atmósfera intelectual en nuestro país, hacedla revivir, volviendo a las fuentes puras e incomparables del pasado. Leed esos Libros admirables, escritos hace más de medio siglo y que, como las telas de los grandes maestros, conservan en sus líneas y en su color una frescura jamás igualada en el correr de los tiempos. Declaro que no conozco, en prosa castellana, ni aun en los grandes modelos del género, páginas comparables a algunas de las de Sarmiento en sus _Viajes_, al retrato de don Domingo de Oro, en sus _Recuerdos de Provincia_, o a esa armonía profunda con que el genio del escritor acaricia la memoria de la madre. Leed, leed esos libros, jóvenes, y veréis con qué orgullo sentiréis el alma de vuestra raza palpitar en sus páginas. Son libros genuinamente nuestros, que no han podido ser escritos en otra parte y que constituyen, hoy por hoy, la nota más clara y luminosa para ayudarnos a comprender la gestación caótica de nuestra nacionalidad. No os hablo de moral, no os hablo de patriotismo, no os hablo de que esa lectura pueda determinaros a ser pequeños Sarmientos, en lo que, por otra parte, no perderíais nada ni vosotros ni el país: os hablo de arte, os hablo de la única manera posible de resucitar entre nosotros esa atmósfera intelectual por la que lloráis; os invito a entrar a esos libros, como empujo a todos los jóvenes argentinos que hay en París, a ir al Louvre, al Colegio de Francia o a la Facultad de Letras, para que se den cuenta que hay otras cosas en el mundo que el oficio de abogado, la chicana política, la operación de bolsa o el casamiento ventajoso...

[21] Son hoy (Enero 1908) 51 y no contienen una página que no haya sido escrita por Sarmiento; hay muy poco inédito, porque para Sarmiento, escribir era obrar. Así, en esa publicación, en la que, como se debía, se nos ha dado "todo" lo que en vida publicó ese espíritu extraordinario, no se encuentra, como en los "escritos póstumos" de Alberdi, una sola línea que produzca la impresión dolorosa de una profanación.

I

Sarmiento se embarca, pues, sobre la _Enriqueta_, uno de esos barcos de vela que fueron el martirio de nuestros padres y que deben haber sacado de quicio y arrancado a su compostura colonial, hasta a las personas más graves de nuestra revolución; sólo concibo, después de diez días de calma chicha y treinta de frejoles secos, igual, solemne, acompasado, abrochado y manteniendo su actitud con dignidad, por si los pescados le miran, a don Bernardino Rivadavia...

Sarmiento descubre, al pasar, la isla de Robinson, que describe en páginas inimitables, dobla el cabo de Hornos y, por fin, en medio de una tormenta deshecha, entra en aguas del Río de la Plata y desembarca en Montevideo. La descripción de lo que allí ve, hecha con un brío y un color incomparables, salpicada de retratos que en tres líneas dibujan una página para la posteridad, es lo único que tenemos de real, de vívido, sobre esos días de honor de nuestra historia. Un libro sobre el Sitio, hecho, no al frío resplandor de los documentos oficiales, sino iluminado por la vibración del recuerdo, con toda la pasión viril y generosa de la causa que se defendía, eso es lo que Lucio V. López, poco antes de morir, pedía a su padre, nuestro ilustre historiador, eso es lo que todos nosotros hemos pedido y pedimos al general Mitre, en vez de la labor mecánica a que ha dedicado sus últimos años de vigor intelectual.

Sarmiento pasa rápidamente por Montevideo, pero su sensación es tan fuerte y tan intensa, que creo difícilmente que ningún libro del futuro nos dé, con igual verdad, la impresión real del cuadro. Hoy que nuestro país ha entrado definitivamente en la ruta banal de la marcha de las sociedades modernas, para las que los problemas vitales de hace cincuenta años se han convertido en axiomas de archivo, que no se discuten, ese sitio de Montevideo, con sus antecedentes y sus consecuencias, toma cierto carácter de novela romántica que nadie lee ya, que se recuerda en uno que otro texto de literatura, pero cuyo estudio, como el de los poemas clásicos, tiene poca o ninguna utilidad a los ojos de los que sólo ven, como signos positivos de la grandeza de un pueblo, sus estadísticas de aduana y el kilometraje de sus caminos de hierro. Ese escepticismo, esa sonrisa despreciativa para el recuerdo de los días de mayor sufrimiento y de mayor pureza moral de nuestro pueblo, han permitido, han sugerido ya la publicación de libros, cuya buena fe no salva que sean una injuria para la memoria de los que dieron o su vida o su juventud y su felicidad en holocausto a su país.