Juvenilla; Prosa ligera

Part 17

Chapter 174,026 wordsPublic domain

Rejalte había perdido a su padre muy niño aún; cuando al cumplir los veinte años salió del seminario para recibir las órdenes y ejercer el sacerdocio, su alma no había sentido un solo cariño humano, una sola afección capaz de suavizar la rigidez impresa en su espíritu por la tristeza de la atmósfera en que había vivido. Era un hombre vulgar, sin pasiones, sin luchas íntimas, sin exigencias intelectuales. Jamás tuvo una duda, jamás se permitió una lectura que pudiera arrojar un germen de turbación en él, no por temor, sino por falta de curiosidad y por la disciplina estricta que le apartó toda su vida de los libros marcados en el _Index_. Como un soldado, veía el camino recto ante él. No aspiraba a ascender, no tenía ambiciones ni necesidades. Los grandes problemas de la filosofía religiosa, esa agitación moral que el estudio sincero y venerado de la teología despierta en el alma de la mayor parte de los sacerdotes de buena fe, no existían a sus ojos. Durante el curso de sus estudios especiales, continuados en todo tiempo, no levantó una sola vez la cabeza del libro sagrado, para perder la mirada en el espacio y caer en el sueño penoso de la especulación. Sabía su oficio como un buen oficial sabe la táctica. Para él, los nombres de Lamennais, de Montalembert, de Falloux, del mismo Ozanam, tenían idéntica significación que los de Lutero, Calvino o Zwingle. No conocía uno solo de los libros de controversia escritos en nuestro siglo; jamás leyó una página de Renan, no por temor, lo repito, sino por la ausencia absoluta, por la atrofia nativa de toda curiosidad intelectual. Su religión era un conjunto de reglas claras, concretas, definidas, cuya enumeración encontraba en la historia canónica y cuya observancia no permitía la menor desviación. Jamás se encontró frente a un conflicto, porque el mundo de carne y pasiones, para cuyo gobierno moral se ha hecho la religión, no existía en su concepto. La fe no se revestía a sus ojos de los caracteres celestes con que la cubrió la predicación inmaculada de Jesús; era simplemente un deber, idéntico al del obrero honrado que en las horas de trabajo no escasea el esfuerzo ni la perseverancia. La palabra fanatismo, que pesó constantemente sobre él, no le era aplicable. El fanatismo importa calor y pasión, es capaz de crear, renovar, agitar ideas y suscitar emociones. La religión de Rejalte era fría, definida y sin ideal. Nunca sintió tampoco rozar su alma, ni aun en los largos años pasados en la tumba claustral de un convento boliviano, por las alas de aquel misticismo callado que nace en las soledades y que, bajo la meditación, consuela. No fué un acceso de amor divino, no fué una necesidad moral la que le llevó al triste convento; para él el mundo entero era un convento. Ni en la sociedad ni en el claustro necesitó jamás esfuerzo. No había metodizado su vida, ni disciplinado su espíritu. Como la hoja que, al brotar en el árbol en un botón imperceptible, tiene ya marcada su forma y su color, la vida espiritual de Rejalte, por un capricho de la naturaleza, se había sustraído a la ley de variación que la influencia del mundo determina.

Pasó cinco años en el convento, simple fraile, sin pretender a los pequeños honores que en aquella existencia de desesperante monotonía y sordas rivalidades, se persiguen con igual tenacidad que las grandezas de la tierra. El no pensó en ellas y nadie pensó en él. Cuando pasaba por el claustro con su fisonomía yerta, sin un vestigio de pasiones, pero también sin el reflejo soberano que da la serenidad conquistada sobre el tumulto moral vencido, los tristes frailes, jóvenes aún, que morían lentamente, minados por el invencible recuerdo de su vida destrozada, le miraban con cólera y envidia. Rejalte no los veía, no los comprendía. Nunca el aspecto de un hombre heló más la expansión en el labio ajeno. El cumplimiento de los deberes mecánicos del culto, llenaba gran parte de su tiempo; durante el resto, leía siempre los mismos libros sin que jamás una idea nueva se levantara. Para su alma nada era sugestivo. Comprendía la letra y la letra le bastaba. La vivificación por el espíritu no tenía sentido para él. En el orden de las criaturas animadas, tal cual la naturaleza lo ha creado, Rejalte era un monstruo. Esa frialdad, sin dolor y sin pesar, habría sido terrible como base de una inteligencia de vuelo elevado. La mediocridad absoluta de ésta fué, en este caso, la defensa del calor vital que se anida en la aglomeración humana.

Uno de sus viejos profesores, espíritu débil, sin voluntad, vegetativo, fué hecho obispo y le llamó a su lado. En 1870 acompañó al prelado a Roma. La influencia que la atmósfera de la ciudad eterna ejerció sobre Rejalte, puede compararse a la que tendría un veneno o un bálsamo vivificante sobre un cuerpo inanimado. En San Pedro, sus ojos no vieron más que el altar durante el oficio y el libro. Asistió a una sesión pública del concilio y no volvió. Esperó el resultado sin premura, sin impaciencia, sin agitación. Una vez conocido, lo anotó. En adelante, el Papa era infalible, como Cristo está presente en la hostia; era un dogma, sin época, sin ubicación en el tiempo y el espacio, sin conexión con el estado de la iglesia; era un dogma. Vino el _Syllabus_: sus autores mismos pretendieron explicarlo, atenuar la letra por el espíritu. Para Rejalte el comentario no existía, su inteligencia no lo necesitaba ni lo comprendía. Lo anotó como había anotado la infalibilidad, como anotó el dogma de la Inmaculada Concepción.

Su vida material en Roma, en cuanto era posible, fué la misma que en los Claustros del convento boliviano. El espíritu luminoso de Esquiú, turbado por la absorción en una sola idea, lanzó un grito de alarma al encontrarse por primera vez frente al progreso humano, profético en su adivinación, señalando en él el germen de muerte del catolicismo. Rejalte no vió nada de eso; cruzó los mares y media Italia sin adquirir una noción, sin el inquieto germinar de una nueva idea. Vió y habló un día al Papa; habituado al respeto mecánico de la idea encarnada en el Pontífice, la forma visible no le impresionó. Se arrodilló ante él como al alba, allá en el convento lejano, sobre la dura losa, para la oración de la mañana. Y nada más.

Volvió a la tierra, quedó al lado del obispo durante un año, y al vacar la vicaría de Tucumán fué nombrado para desempeñarla. No la había solicitado, no la rehusó. Se instaló en su nuevo puesto, pobre y humildemente. Jamás había tenido en su poder más dinero que el estrictamente necesario para la vida material. A los seis meses vió que el curato de Tucumán era rico. La idea de reunir una pequeña fortuna no pasó un instante por su espíritu. La caridad era un precepto y lo cumplió, sin sacrificio y sin placer. No tenía el secreto de aumentar, de centuplicar el valor de un don con la palabra generosa que lo realza y lleva el consuelo al alma, al par que el pan al cuerpo, como tampoco la facultad de gozar de esa profunda y serenadora fruición que es el premio divino del ejercicio de la caridad. Sabía que su guardarropa, su cocina, su casa, consumían tanto al año; tanto las exigencias del culto. Una vez reservada la cantidad necesaria, daba el resto de una manera mecánica. Todos los sábados la vieja ama de llaves formaba en fila, en el patio de la vicaría, los pobres habituales y hacía el reparto. Rejalte no aparecía jamás.

En aquella pequeña sociedad tucumana, llena de movimiento, vida e imaginación, Rejalte cayó como un soplo helado. Las mujeres se sobrecogieron y los hombres fruncieron el entrecejo. Durante un mes la sociedad y el vicario se miraron como dos adversarios que se estudian. Pero Rejalte no estudiaba la sociedad; en la parroquia más mundanal de París o en Burgos, en el siglo XVII, se habría conducido lo mismo. Tenía una inflexibilidad orgánica que era su modo genial de ser, arriba de toda contingencia. La reserva que se le manifestó, si es que de ella se apercibió, no le hizo la menor impresión. Al fin se habituaron a él. Las autoridades civiles desarmaron las primeras. Rejalte no tomaba la menor ingerencia en la política militante, que le era absolutamente indiferente, en tanto que no tocara en nada a los derechos de la iglesia, el menor de los cuales formaba para él la base y la esencia de la religión. En ese terreno habría sido de una intransigencia de hierro. Así, las autoridades laicas huyendo y temiendo todo conflicto de carácter religioso, se tranquilizaron al constatar que Rejalte, el primero, no lo crearía. La sociedad al mes no pensó más en el vicario, cuya vida silenciosa se sustraía al comentario. El hecho de su caridad, por otra parte, le hizo ganar en consideración, y ayudado por la insignificancia de su personalidad, sintió pronto el tiempo correr sobre él, sin que un día se distinguiera sobre otro. Las tímidas criaturas, habituadas a abrir su alma al viejo vicario muerto ya, que las había visto nacer y que las acogía suavemente y con cariño, sentían, sí, al aproximarse al confesionario en cuyo fondo se dibujaba la rígida figura de Rejalte, cierto temor instintivo, justificado por la severidad del confesor que les quitaba todo el consuelo que las almas religiosas encuentran en esa práctica católica. Las viejas beatas, por el contrario, nadaban en la gloria; Rejalte era para ellas el ideal y pronto su nombre sonó en labios secos y descoloridos con la unción con que pronunciaban los de los bienaventurados. El vicario tenía la misma palabra, el mismo acento e idéntica expresión para la virgen de diez y seis años que venía temblorosa a mostrarle sus tenues nubes morales, sus tímidas y secretas aspiraciones, efluvios con que el aliento de la primavera llenaba sus pechos,--que para la devota solterona que a los cuarenta años tenía el alma seca y arrollada como un pergamino...

1884.

RECORDANDO

Mi estreno diplomático

Los azares de la vida diplomática me han llevado desde las capitales más recónditas de la América Meridional hasta las cortes más brillantes de Europa. En los apuntes de viaje que he publicado, algo he contado de mi vida en las primeras; pero razones de un orden especial, relacionadas no sólo con mi posición oficial en esa época, sino también con hombres, que por entonces ocupaban otras quizás más elevadas, en sus respectivos países, me han impedido contar, como me gusta hacerlo, con la pluma suelta y el espíritu benevolente, pero libre, algunas escenas características, en las que era actor obligado y observador forzoso. Ocúrreseme hoy, tras largos años pasados, recordar cómo he sido recibido, en mi carácter diplomático, por los diferentes gobiernos ante los cuales fuí acreditado.

Habría deseado contar, pues, por su orden, cómo fuí recibido en Venezuela, siendo presidente el general Guzmán Blanco; en Colombia, siendo presidente el doctor Rafael Núñez; en Alemania, reinando el emperador Guillermo I; en Austria-Hungría, por el emperador Francisco José; en Sajonia, por el rey Alberto; en España, por la reina regente María Cristina; en Suecia, por el rey Oscar; en Francia, por el presidente Faure, y en Bélgica, por el rey Leopoldo II[16]. Como se ve, había para todos los gustos, desde la sencillez republicana hasta la pompa monárquica. Algo tal vez hubiera sido más interesante que ese tema: la pintura de los diversos cuerpos diplomáticos de que me ha tocado en suerte formar parte. Pero, además de que en el curso de aquellas páginas se habrían ido acumulando rasgos y anécdotas suficientes para caracterizar a esas amables y monótonas colectividades, quizá me hubiera repetido, porque nada he visto más parecido en el mundo que un cuerpo diplomático a otro cuerpo diplomático. La larga lucha por el ascenso, la constante sujeción, el temor de desagradar, no menos constante, el campo restringido de los estudios, el hábito de cambiar de residencia, indiferentemente, el egoísmo determinado por la falta de afección y simpatía por todo lo que se mueve y vive alrededor, el uniforme mismo, las distinciones honoríficas, casi nunca merecidas, anheladas siempre; las rivalidades de oficio, desenvolviéndose sordamente; el amor a la patria que se agria por el alejamiento; todo esto reunido, concluye por dar al espíritu del diplomático un corte _sui generis_, análogo a la deformación física que ciertos oficios mecánicos acaban por imprimir al cuerpo del obrero.

[16] De esos proyectos, sólo he realizado el primero, en las páginas que van a leerse.

Recuerdo que durante una de mis licencias fuí a visitar, así que llegué a la patria, a mi jefe, el Ministro de Relaciones Exteriores, que era entonces el Dr. Eduardo Costa. Estaba en su gabinete con uno de mis colegas en el extranjero, también _en congé_, hombre penetrado de sus altas funciones, acompasado, creyente en su misión, fijos los ojos de su espíritu en un Talleyrand invisible, a cuyo criterio parecía someter todos sus actos y, por lo demás, tan acabado imbécil, que se me figuraba, despojado de su carácter diplomático, como una mujer flaca y sin formas, una vez caídas las artísticas ropas que disimulan sus áridos contornos. Cuando mi colega se despidió, sin que yo hubiera desplegado los labios, no pude menos que echarme a reir. El Dr. Costa, que me había tratado poco, me miró sorprendido y me dijo en voz baja: "Veo que usted no cree en el _cuerpo diplomático_; hágame Vd. el favor de cerrar la puerta y vamos a charlar".

Es la verdad, no creo en el cuerpo diplomático. La vida que la diplomacia impone, determina con tal rapidez un pliegue tan tenaz, que cuesta un verdadero esfuerzo deshacerlo y volver a la vida normal, a la vida humana, con penas, alegrías, expansiones, esperanzas, luchas, triunfos y caídas. Bien feliz aquel que consigue desprenderse de ella antes que sus facultades se hayan cristalizado en la estrecha órbita de una función idéntica y constante. Hasta los cuarenta y cinco años o cincuenta, con un régimen tonificante y vigoroso, empleando remedios heroicos, en el último caso, se puede volver a hacer un diplomático, un hombre; pasados los cincuenta, un diplomático, que no ha sido otra cosa, salvo muy contadas excepciones, no sirve ya para nada, inclusive, a veces, sus mismas funciones... ¡Pobres colegas, algunos tan bien dotados _ab initio_, a lo que se traslucía por los hermosos restos que solían vislumbrarse allá en las penumbras de su fisonomía moral! Pero a la verdad, sus discusiones, sus cuestiones, sus disputas de rango, me hicieron siempre el efecto de aquella grave disidencia sobre la manera de romper el huevo, por el lado grueso o por el puntiagudo, que dividía a los liliputienses... Me ha salido la palabra; severa, pero no tengo ánimo para borrarla.

* * * * *

Hice la corta travesía del Avila, montaña que separa Caracas de la Guayra, en la costa, en tres o cuatro horas y en carruaje. Llegué a Caracas con mi secretario y, naturalmente, nos dirigimos al único hotel que existía con reputación de decente. El hotel estaba lleno y a duras penas encontraron alojamiento en él mi secretario y dos jóvenes franceses con quienes habíamos hecho la travesía desde Europa. No teniendo pieza que darme, digna de mi jerarquía, como decía el hotelero, me acordó magnánimamente el anexo del hotel, que parece se reservaba para las grandes circunstancias. Era este famoso anexo una pieza baja, contigua al hotel, con una sola puerta, enorme y maciza, que daba directamente del cuarto a la calle. No habiendo otra entrada, ni nicho ni cuartujo alguno donde alojar un sirviente, el ocupante debía servirse a sí mismo de portero: abrir, cerrar, responder a los llamados y, para alcanzar los auxilios de un camarero, salir a la calle e ir en persona a buscarle al hotel.

Fatigado por el viaje, después de dar una vuelta en compañía de nuestro cónsul general en Caracas, me recogí, cerré mi puerta, me metí en cama y traté inútilmente de dormir. La excitación nerviosa de la llegada y las preocupaciones de mi misión me tuvieron desvelado hasta que, cerca ya el alba, el cansancio me rindió. Estaba en lo mejor de mi sueño, cuando desperté sobresaltado por unos rudos golpes dados en la puerta, desde la calle. Miré el reloj: eran las 7 de la mañana. Después de un "¿quién es?" mal humorado y una respuesta que no entendí, por el espesor de la puerta, como continuaran los golpes, salté de la cama y en el mismo traje sumario en que me hallaba, bajé los pasadores y entreabrí una hoja. Un hombre pequeño, recién afeitado, rigurosamente vestido de negro y con un enorme sombrero de copa, me saludó con dignidad. La gravedad del personaje me impuso y disminuí un poco la abertura, a través de la que íbamos a parlamentar.

--¿Se puede ver al señor ministro argentino?

--¿Es algo urgente, señor? Me parece que la hora...

--He querido apresurarme a saludarle. Soy el ministro de relaciones exteriores y...

--Mil perdones, señor. Yo soy el ministro argentino, muy agradecido a su atención, pero, por el momento, en un traje tan poco diplomático y en una instalación tan exigua, que no me es posible recibir su visita. Así que me vista, tendré el honor de pasar a saludar al señor ministro.

--No, vístase Vd. tranquilamente. Voy a dar una vuelta y vuelvo. Hasta dentro de un momento, señor ministro.

--¿Sería abusar de la amabilidad de Vd., señor ministro, si le rogara que al pasar frente al hotel contiguo tuviera la bondad de enviarme un camarero?

--Con mucho gusto. Hasta luego.

--Hasta luego y gracias, señor.

Supe más tarde que el señor ministro de relaciones exteriores había tenido la deferencia de interponer sus buenos oficios a fin de conseguir fuera un camarero a servirme; pero, sea porque se le desconociera jurisdicción o por causas que la historia no pone en claro, el hecho es que no vino nadie y que, cuando al cabo de una hora volvió el señor ministro, casi me sorprende tendiendo con mis diplomáticas manos una colcha que ocultara el desorden de mi alborotado lecho.

Como había entrado de noche, recién me apercibí que mi cuarto no tenía ventana, recibiendo todo su aire y toda su luz por la puerta de calle. Abrí ésta cuan grande era (el señor ministro tuvo la bondad de ayudarme, encargándose de la hoja más recalcitrante, cuyo pasador inferior necesitó el empleo de una toalla torcida, a guisa de tirador), acercamos dos sillas y nos pusimos amistosamente a platicar.

Era el señor ministro el decano de los funcionarios del ministerio de relaciones exteriores, en el que había pasado su vida entera, hasta que la alta dignidad que ocupaba, le sorprendió mientras desempeñaba el puesto de archivero. Tenía el título de general, como muchos centenares de sus compatriotas civiles, pero lo había recibido como una mera distinción, sin que abrigara el menor propósito de cambiar su apacible existencia por la agitada vida militar. Era un hombre callado, taciturno, seguramente enfermo del estómago y quizá con algunas perturbaciones en el hígado. Nunca pude hablar con él sin tener que dominarme para no ofrecerle una botella de agua de Vichy. Creo, aún hoy mismo, que le habría hecho mucho bien.

Respecto a los negocios de estado, especialmente de aquellos de carácter esencialmente político, como los que yo llevaba, su modestia llegaba a tal punto que, a pesar de su innegable y reconocida competencia, no abría opinión nunca sobre ellos y hasta evitó conmigo ese género de conversación, fundándose en que todo eso tendría que hablarlo más tarde con el "ilustre americano". Como esta designación del primer magistrado de Venezuela, volviera con insistencia, por su parte, en el curso de la visita, insistí con igual tesón en llamar a dicho magistrado, cada vez que a él me refería, "el señor presidente". Por fin, mi distinguido visitante me comunicó, que, si bien Su Excelencia estaba arriba de las pequeñas vanaglorias de títulos y honores, todos los funcionarios públicos, en gratitud a los eminentes servicios prestados al país por S. E., le daban siempre, en sus comunicaciones oficiales y en el trato directo, el título de "ilustre americano" que le había sido discernido por el congreso de Venezuela. Ante esa insinuación cortés, pero luminosa en su ingenua claridad, contesté que yo trataría al señor presidente exactamente de la misma manera como le trataran mis colegas del cuerpo diplomático, para lo que me apresuraría a conferenciar ese mismo día con el decano.

Excuso decir, para terminar este punto, que ningún diplomático dió nunca al presidente de Venezuela tal título; más tarde, en plena confianza ya, yo sostenía al mismo presidente, que sólo la América entera, reunida en convención especial, podía discernir ese honor. A ningún argentino escapará la impresión penosa que ese título me causaba, por la triste y odiosa reminiscencia histórica que suscitaba.

El señor presidente estaba informado de mi llegada y, como se encontraba con su familia tomando campo en Antímano, pequeña población en el mismo valle de Caracas, a dos horas de ésta, me hacía invitar por el señor ministro a pasar a verle en el día, a eso de las tres de la tarde. Anuncié que lo haría, como era natural, y nos despedimos cordialmente, prometiéndome el señor ministro, en su inagotable bondad, darme cuenta de cualquier noticia que le llegara de alguna casa amueblada, donde poder instalarme con la legación, conviniendo conmigo en que, por poco que se contagiara su matinal amabilidad, me iba a extenuar en viajes, de la cama a la puerta, sin contar con los resfriados, que hacía poco probables el bendecido clima de Caracas.

Eran dos horas de viaje; a la una en punto, con la puntualidad que caracteriza a los diplomáticos y cuya observancia, para los noveles, es ya un rasgo de vaga semejanza con Metternich, tomamos un carruaje, el cónsul general y yo, y nos pusimos en camino. En efecto, el trayecto duraba el tiempo indicado, a lo largo del pintoresco valle, estrechamente encerrado por dos líneas de montaña, bien cultivado y lujoso en su vegetación tropical. Serían las tres cuando el carruaje se detuvo frente a una casa de antigua construcción española, de un solo piso, pero amplia y con vastos patios llenos de árboles y flores. Echamos pie a tierra y nos encontramos con el cuadro siguiente: En la puerta de la casa, cuatro o cinco soldados recostados contra la pared; en medio de la calle, otros soldados teniendo de la brida algunos caballos ensillados ya. Dos niñas de 7 a 9 años de edad, de singular belleza (una de ellas es la que fué más tarde duquesa de Morny y es hoy festejada en la alta sociedad de París como una de sus _beautés_ más consagradas) y un niño, un poco mayor, esperaban que se acabara de cinchar un petizo, de aire tranquilo, pero de enorme panza, que se entregaba resignado a la operación. El operador, o sea el que cinchaba, y que debía estar dotado de una dentadura férrea, porque era a colmillo limpio que pretendía reducir el abultado abdomen del petizo, había echado hacia la nuca su kepi, en el que se contaba el número de galones necesario para hacerme comprender que me encontraba en presencia de un coronel.

Yo había sacado una de mis flamantes tarjetas, fabricadas expresamente en París, por Stern, en finísimo bristol, vírgenes aún, pero anhelando entrar en batalla. Después de mi nombre se leía: "ministro de la República Argentina". Si se me pregunta por qué no había puesto mi título exacto, esto es, "ministro residente, etc." diré que la supresión de la palabra "residente" podía dar lugar a dudas, que nunca serían resueltas para abajo y sí, algunas veces, para arriba. Los diplomáticos, mis hermanos, me comprenderán.

Armado, pues, de mi tarjeta, me avancé hacia el coronel, esperé hábilmente que un feliz golpe de colmillo hiciera llegar el clavo de la hebilla al agujero ansiado y, si bien con correcta dignidad, con acento afable, dije al guerrero en reposo:

--¿El señor presidente está visible?