Part 14
Así marcharon dos horas, lentamente, al paso, porque el suelo se había hecho resbaladizo. Carlos, rebelde a la fatiga física, había recibido con placer la lluvia. En cuanto a Pedro, sólo Dios y él saben lo que pasó en esos momentos por su alma y la opinión que formó de nuestra tierra argentina y de sus modos de vialidad.
A las 7 de la noche, profundamente obscura, bajo la lluvia, un violento aullar de perros se hizo oir y una luz mortecina apareció a unos cien pasos.
--Llegamos, señor, dijo Tobías.
El viejo capataz se avanzó, gritó a los perros, que callaron al reconocer su voz y dió los caballos a dos o tres hombres que habían salido de la cocina. Una viejecita, con la cabeza descubierta bajo la lluvia, se avanzó mirando a uno y otro lado y cuando hubo reconocido a Carlos, lo ayudó a bajar, repitiendo sin cesar: "Niño Carlitos! Dios se lo pague!"
Carlos cortó el torrente de las expansiones y ganó rápidamente la casa, seguido de Pedro, rígido como un autómata. Cambió de ropa, comió y con inmensa delicia se tendió en una cama.
A la mañana siguiente se levantó temprano, tuvo su conferencia con Nicasia, a quien pronto despachó a la cocina y dió un vistazo sobre su morada. He aquí lo que vió.
Una pequeña casa de material, con techo de hierro de media agua, ocupaba el fondo de un cuadrado. A la derecha un rancho, cocina y cuarto de peones. A la izquierda la habitación de Nicasia, sin duda, un pequeño rancho de paja. Al frente un palenque para atar caballos y en el centro del patio un ombú raquítico que se había ido en raíces. Las tres piezas de su apartamento consistían en un dormitorio casi desnudo de muebles, un comedor por el estilo y un gran cuarto donde había algunas viejas sillas de montar, bolsas, una romana, una pila de cueros secos en un rincón, diarios viejos, un tercio de yerba, una damajuana de aguardiente, barricas de azúcar, una bolsa de sal y en una pared un retrato del general Mitre en 1860. Allí había dormido Pedro.
Carlos sacó una silla al corredor, puso sobre otra las piernas y cayó en profunda meditación. El día estaba espesamente nublado y la lluvia caía por momentos. Un silencio de muerte reinaba sobre los campos y el horizonte concluía a cien varas. A lo lejos, el eco amortiguado de un cencerro o el apagado ladrido de un perro. Contra un pilar del corredor, el criado fiel, perdido en ese mundo nuevo para él, dejaba vagar su mirada por el cielo gris. Carlos sintió que el corazón se le oprimía; temió que la paz tan buscada no estuviera allí, comprendió que mientras durase la tormenta intensa era inútil buscar la tranquilidad de las cosas para darla a su espíritu conturbado y pasó la mano por su frente. De nuevo miró a su alrededor; un recuerdo pasó por su memoria, una amarga noche en que inclinaba ya su cuerpo sobre el Sena, en París, para buscar la calma en la muerte. La lluvia caía, monótona, triste, sepulcral; la llanura parecía envuelta en una mortaja. Carlos inclinó la cabeza llena de sombras, murmurando:
--Heme en el fondo del río, con una piedra al cuello.
1884.
De cepa criolla
Carlos Narbal pertenecía a una familia de larga data en tierra argentina y a la que no habían faltado las ilustraciones patrióticas de la independencia ni los mártires de las luchas civiles. Su abuelo, el primer Narbal criollo, fué sorprendido a los veinticinco años por la tormenta de 1810. De la tranquila vida colonial, un momento interrumpida por el rechazo de las invasiones inglesas, en el que había tomado una parte honorable como oficial subalterno, se vió de pronto envuelto en el torbellino de la revolución, al que le empujaban más sus amistades y vinculaciones con las cabezas calientes de la juventud patricia, que sus inspiraciones propias. Rico, relativamente a la época, hacendado y por lo tanto fanático por D. Mariano Moreno, bastó la presencia de su ídolo en la primera junta para determinar el partido a que había de afiliarse. Gritó: ¡abajo Cisneros! el 25 de Mayo, sin ponerse ronco, formó parte de un grupo que arrancaba carteles, aplaudió a Passo, hizo una crítica razonable contra el discurso de recepción de Saavedra y luego, entrada la noche, como hacía frío y lloviznaba, abrió su paragua y se fué tranquilamente a su casa, donde contó la jornada a su vieja madre con la misma sencillez con que hubiera narrado una corrida de sortijas. No se daba cuenta de la importancia del movimiento, no tenía ambiciones ni imaginación. Era, pues, un hombre feliz de la colonia, el tipo más completo de la especie que haya vivido sobre la tierra. Una noche, en una sobremesa del café de Mallcos en que se había apurado más de lo habitual el Valdepeñas y el Jerez, varios de sus amigos declararon su intención de ir a reunirse al ejército del coronel Balcarce que operaba en el alto Perú, aprovechando la partida de Castelli, el fugaz Saint-Just de nuestra revolución. No sé cómo vendría la cosa, pero nuestro hombre juró, se arrepintió un poco a la mañana siguiente, se consoló al mediodía, arregló su equipo a la noche, partió con los compañeros, se unió a Balcarce la víspera de Suipacha, se batió dignamente y se disgustó por completo del oficio el día de la ejecución de Córdoba, Nieto y Paula Sanz. En la primera ocasión regresó a Buenos Aires, habiendo pagado su deuda a la patria, se casó y pronto dos hijos le dieron el corte definitivo del hombre de hogar. El primogénito creció en aquella atmósfera ruidosa y vehemente de la revolución, tan lejos hoy de nosotros, que cada año transcurrido parece un siglo. Los cuentos de los viejos sirvientes de la casa, que todos habían servido, respiraban olor a combates. La nota tosca del heroísmo, la habitud de la idea de lucha se hundía en el cerebro del niño. Luego las guerras civiles, los amargos momentos del año veinte, el hogar inquieto, el padre meditabundo, la madre llorosa. Tenía catorce años el día de Ituzaingó y era ya un pequeño patricio, exaltado, entusiasta, sediento de acción, la antítesis del padre, a quien sólo debía la vida, pues su alma era hija directa de la revolución. Cuando abrió los ojos a la luz y con la virilidad llegó la dignidad, vió a su padre consumirse lentamente en la agonía moral de la dictadura, bajo el peso del oprobio y la vergüenza. Rosas imperaba y la juventud se estremecía. Muerto su padre, casada su hermana con un hombre de la situación que protegería a la madre, logró una noche embarcarse y pasó a Montevideo. La revolución del Sud le contó entre sus soldados; batidos, deshechos, pocos lograron salvar del desastre. Narbal escapó, se unió a Lavalle, luego a Paz y de nuevo se encerró en Montevideo con la ilusión perdida y el alma resuelta. ¡Cuán largos han sido para nuestros padres esos días, esos años de eterna expectativa, en que cada nueva luna traía la noticia de un nuevo desastre, fijos los ojos en la dictadura granítica que del otro lado del Plata se levantaba sombría, desafiando el tiempo y el esfuerzo humano! En el día la batalla estéril en la que se pierde la vida sin esperanza de que el tiempo fugitivo traiga la libertad; en la noche, el insomnio que causa la conciencia del porvenir perdido y la amargura infinita de la patria deshonrada!
Tarde ya, pasados los treinta años, Narbal unió su suerte a la de la hija de un proscripto como él, dulce criatura que había crecido atónita dentro de un infierno de odios y de sangre. Carlos nació en 1850 y desde ese día la fisonomía de su padre se hizo más obscura aun. El porvenir de su hijo, sin patria desde la cuna, sin fortuna (sus bienes habían sido confiscados por Rosas) le aterraba. Por fin brilló el bendecido momento de Caseros. Los que en ese instante grabaron el nombre del Libertador en el alma, no lo olvidaron jamás. Caseros lava la vida entera de Urquiza, como Ituzaingó la de Alvear. No se da la libertad a un pueblo ni se salva la independencia de la patria, sin que la historia olvide las debilidades humanas y consagre el tipo de los hombres en el momento trágico de su vida.
Narbal volvió a su patria y al ensanchar sus pulmones, al empezar la vida a los cuarenta años, como si su organismo moral se hubiera renovado, de nuevo al destierro, empujado por muchos de los que había combatido cuando doblaban la cabeza servil bajo Rosas y por la agitación insensata de una juventud ávida de ruido, sin conciencia del pasado y sin visión del porvenir. El golpe fué rudo y la tierra extraña más sola que en los amargos días de la lucha. Una melancolía profunda se apoderó de él, perdió la esperanza que un momento había brillado ante sus ojos y se extinguió en silencio en brazos de su fiel compañera, oprimiendo la mano de su hijo.
Carlos volvió a la patria; los bienes de su familia le habían sido restituídos. Su primera educación fué la de todos nosotros, superficial, arrancada a trozos a la debilidad de la madre, con sus largas estadías en el campo predilecto, los numerosos años recomenzados en el curso universitario y en la adolescencia, la vida vagabunda, un tanto _compadre_, que hoy se ha perdido felizmente por completo. Las hazañas de media noche, las asociaciones para el escándalo nocturno, el prurito del valor en las luchas contra el infeliz _sereno_, el asalto a los cafés, a los bailes de los suburbios, el contacto malsano de las bajas clases sociales cuyos hábitos se toman, el lento desvanecimiento de las lecciones puras del hogar. Los que han pasado en esa atmósfera su primera juventud y han conseguido rehacerse una ilusión de la vida y una concepción recta del honor, necesitan haber tenido de acero los resortes fundamentales del alma. La guerra del Paraguay fué, en ese sentido, un beneficio inmenso para nuestro país. Por afición a las armas, por admiración a muchos oficiales de la época, pendencieros, decidores, eternos arrastradores de poncho, tal vez un poco por el palpitar de la _fibra salvaje_ que jamás se extingue por completo, muchos jóvenes de 18 a 25 años, de los que entonces hacían esa vida ignominiosa, partieron a campaña y se rehabilitaron cayendo noblemente en los campos de batalla o ilustrando su nombre por el valor y la buena conducta.
Carlos era muy joven aún. Por otra parte, su índole recta y generosa, cierto amor _dilettante_ al estudio, sobre todo a la lectura, y por último un largo viaje para terminar su educación en Europa, que su madre, bien aconsejada, le hizo hacer, le salvaron del peligro de una vida que habría destruído su porvenir. Pasó tres años en un colegio inglés, anexo a la Universidad de Oxford y allí se operó la transformación radical de su organismo moral.
Nada como la atmósfera inglesa para regularizar este conflicto eterno que se llama el alma de un latino y más aún el alma de un sudamericano. Sea tradición de raza, atavismo revolucionario o simple influencia etnográfica, el tipo general de nuestros jóvenes se combina moralmente de excesos y depresiones curiosas en sus diversos elementos. La imaginación ocupa un espacio inmenso y su constante acción determina una insoportable prisa de vivir, de llegar, de gozar de entrada la plenitud del objetivo. Al mismo tiempo y por la misma influencia, el objetivo es vago e indefinible para los mismos que lo persiguen. El valor nos sobra, el valor instintivo, el valor de empuje momentáneo, pero la voluntad persistente nos falta. Entre nosotros todo el que ha _querido_ ha llegado. Además, la vida de "Gran Aldea", el círculo relativamente circunscripto de nuestro mundo social, las amistades de la infancia, que se perpetúan en el contacto tenaz y obligado de una vida en común, las extensas vinculaciones de sangre que son apoyos inconscientes, determinan en nuestra juventud la atrofia de la individualidad, la pérdida de la iniciativa propia y de esa reserva legítima que aconseja hacer un fondo inviolable, personal, de fuerzas morales, en vista de la dura lucha que se prepara.
Como el gaucho de otros tiempos que vivía indolente en la seguridad de la subsistencia, vivimos tranquilos, unos reposando en la fortuna heredada, otros en el empleo infalible, los más en los recursos de la política. Nos apoyamos unos a otros, vamos rodando en común y muchas veces una fuerza individual que estalla en plena juventud con carácter de _alguien_, se desilusiona en el primer esfuerzo ante la necesidad de ceder a la apatía general para no marchar solo e impotente.
Tal era el corte moral de Carlos; la atmósfera inglesa pesó sobre él como una pesada máquina de nivelación. Los fuertes ejercicios físicos desenvolvieron y dieron fuerza a su cuerpo, más aún, si se quiere, acentuaron sus necesidades animales, en saludable detrimento de sus crisis morales perpetuas. El limitado trabajo intelectual de la educación inglesa permitió a su espíritu el lento y progresivo desarrollo, tan raro entre nosotros, donde la inteligencia marcha a saltos y procede por aglomeraciones de difícil digestión que congestionan el órgano. Luego, en aquella vida libre del estudiante inglés, confiado a sus fuerzas, a sus recursos, aprendió el valor de su propia individualidad, adquirió el aspecto serio que oculta la prudente reserva y se hizo un hombre de reflexión y de voluntad. Al mismo tiempo, recuperó la pureza moral de la adolescencia y cuando llegó la edad de los cariños, se encontró con el alma preparada para querer y querer profundamente.
No es cierto que la juventud sea idéntica en todas partes, como la mañana no es igual en todo el orbe. Hay en los jóvenes ingleses un reposo que nos es desconocido, un residuo de infancia que a los veinte años ha ido a reunirse, entre nosotros, con los cuentos de la nodriza y los juegos de la gallina ciega. La precocidad con que se obtienen los honores viriles, la falta de un aprendizaje en todo, la improvisación de competencias que acaba por comunicar al que las alcanza una alta opinión de sí mismo, son elementos desconocidos en Inglaterra, donde la vida se desenvuelve lenta y regular.
Llegado a los 17 años a Oxford, Carlos se encontró con un mundo nuevo que le sorprendió sin atraerle. Sus placeres no eran los mismos a que veía entregarse a sus compañeros. Su ingénita aristocracia latina repugnaba al ejercicio muscular constante y violento que era el fondo de la ocupación de sus _fellows_. Pero bien pronto la emulación, cierto prurito patriótico (¿dónde no va a meterse?) le determinaron a esforzarse, a trabajar, a querer y tras largas y terribles horas pasadas al sol, inclinado sobre el remo o jadeante en el campo del _cricket_, fué un día admitido a ocupar un puesto en la canoa de honor.
Pronto tomó gusto a la vida independiente del estudiante inglés, tuvo su apartamento, su servicio, su caballo, el _valet de chambre_ hábil y correcto, invitó a _lunchs_, entró por las formidables _wines partys_, y como era generoso y sus medios le permitían ser espléndido, conquistó su carta de ciudadanía en el difícil mundo estudiantil en el que se requiere un tino exquisito para no ser demasiado obsequioso con un hijo de Lord o seco en demasía con el triste vástago de un cura de campaña.
Introducido por sus compañeros o por medio de cartas venidas de Londres, en el seno de algunas familias, sus ideas artificiales sobre la mujer, formadas en los bailes de suburbio en Buenos Aires o en sitios más característicos aún, empezaron a transformarse en un respeto instintivo. La atmósfera de pureza moral que respira un hogar inglés le penetró por completo y pronto, al ser tratado como un hombre de honor por un padre que le confiaba su hija, comprendió que no es necesaria una lucha tenaz con el instinto bestial que inspira infamias, para vencerlo con nobleza. Así, lentamente, sus facultades de raza, aquellas que no debemos envidiar a pueblo alguno de la tierra, se elevaron por la conciencia de sí mismas y acercaron a Carlos al ideal de un hombre, esto es, el hombre sereno, correcto, leal y reservado, cómodo en la vida, preparado por la reflexión para el porvenir, como la fortaleza prepara para la desgracia. El rasgo fundamental de su carácter fué la profundidad inalterable de sus afecciones. Quería a pocos, pero quería bien. Era un amigo de novela latente; más de una tarde, solo, pensando en la patria lejana, sonreía al ver pasar por su espíritu la imagen seductora del sacrificio en obsequio de un amigo. Todo habría hecho en caso necesario. Con una concepción semejante de la amistad, los pequeños rasguños duelen como heridas profundas.
¿Amores? El ligero _flirtation_ del estudiante, la cinta recibida en una suave presión de mano para adornar su pecho en la regata, dos ojos azules palpitantes de júbilo el día de triunfo en el cricket, los paseos por la tarde o la lectura romántica de Tennyson. Pero ninguna impresión honda ni duradera.
A los veinte años, el primer rayo de la tormenta cayó sobre su alma serena. Un telegrama lo llamó a Buenos Aires, al lado de su madre gravemente enferma. Era su única familia, su mundo, su idolatría. Buena y dulce, no pudiendo habituarse a la separación, pero con esa fuerza de sacrificio en la que las madres concentran toda su energía, su cuerpo se fué debilitando hasta que el primer accidente la encontró sin vigor para la lucha.
Carlos llegó a tiempo para pasar dos días al pie de su lecho y recostar en su seno la cabeza querida en el último momento.
Una desesperación honda y callada se apoderó de él. En esos instantes, los amigos no bastan. El alma aspira al dolor con una voluntad persistente e invencible. La vida de la ciudad se le hizo insoportable y fué a pasar sus horas de amargura en uno de los establecimientos de campo que formaban su patrimonio.
Su vida de dos años, con raras apariciones en la ciudad, pasada en la atmósfera serena y monótona de los campos, borró la impresión aguda, dejando sólo la melancolía del recuerdo que jamás se olvida, pegado al corazón hasta la tumba. Ese aislamiento voluntario tiene el peligro del embrutecimiento, si no hay voluntad para resistir la inerte tendencia animal que empuja a la vegetación, al acuerdo inconsciente con todo lo que vive y muere alrededor. La música, la lectura, las visitas de sus amigos, la larga correspondencia subjetiva, salvaron a Carlos. Un incidente le determinó venir a Buenos Aires. En una campaña electoral uno de sus amigos fué candidato a la diputación nacional. El comité, conociendo las relaciones de éste con Carlos y deseando atraer un hombre que en tres partidos de campaña podría presentar quinientos electores perfectamente alineados, a caballo y con facón, sin más voluntad que la de _Don Carlitos_, nombró secretario a Narbal. Este, a pesar de no tener gran afición a la política, aceptó en el acto, en obsequio de su amigo. Además, la _plataforma_ de la lucha del momento era la cuestión clerical. En ese terreno Carlos, hombre de ideas liberales y tolerantes hasta el extremo, opinaba, como toda la gente razonable, que lo mejor es _no meneallo_. Pero como cuando hay dos que pueden menear algo, no basta que uno solo no quiera hacerlo, resultó que los clericales menearon de tal manera que fué necesario salirles al encuentro. Como siempre, el público, el pueblo, quedó indiferente. Pero la emulación intelectual, los pinchazos por la prensa, la polémica que arrebata, acabaron por comunicar a los combatientes la falsa convicción de que se encontraban en presencia de uno de los más graves problemas que se hubiera presentado desde el "día de la organización". Un artículo cualquiera fué atribuído a Carlos por una hoja clerical. Como el artículo no era bueno, la réplica fué sabrosa, sin que faltara la alusión "a la gente que mide su competencia por el número de vacas que posee" o que cree "que basta saber inglés para entender de todo". En seguida, toda la guerrilla guaranga de los sueltistas que, a pesar de tener una idea muy vaga y difusa de lo que significa _patronato_ y que a veces dicen _cañones_ por _cánones_, se tratan unos a otros de _gran batata_, _monigote_ y demás gentilezas de un gusto perfecto.
Carlos se irritó. En su vida había publicado nada, pero tenía los cajones de su escritorio repletos de todas esas cosas que se escriben en la juventud. "Sueños", más o menos fantásticos, "Recuerdos", conatos de novela, biografías de próceres, versos, etc. La pluma no le era un instrumento desconocido ni la cuestión tampoco, a cuyo estudio había dedicado el último año de su vida de campo. Replicó, la polémica se hizo más extensa y levantada, creyó tener por adversarios, bajo el anónimo de la prensa, a hombres del valor de Goyena y Estrada y con el respeto de sí mismo que jamás le abandonaba, resolvió suspender la improvisación del momento que a veces desvirtúa la idea, esparciendo los argumentos, y después de un mes de laborioso esfuerzo publicó un nutrido folleto titulado "La Iglesia ante la sociedad política".
El libro hizo efecto; escrito en un estilo simple y elevado, con una cultura no desmentida y un verdadero respeto a la religión, quitó en la réplica a sus adversarios el derecho a la invectiva, sin la cual un escritor clerical de la buena escuela no hace nunca nada que valga la pena. El nombre de Carlos, hasta entonces desconocido o poco menos, tomó cierta celebridad. En la memoria del pueblo se reavivó el recuerdo de su padre y de su abuelo, hombres dignos y que habían servido bien a su país y pronto sintió Carlos que se abría ante él un porvenir que no había sospechado.
A los veintitrés años se encontró en una de las posiciones más envidiables que es posible alcanzar en nuestra tierra y en muchas otras; un nombre respetado, una fortuna sólida que crecía todos los días en el movimiento progresivo del país, con la estimación general y el cariño profundo de sus amigos, inteligente e ilustrado y todo esto acompañado de una figura elegante.
Alto, delgado, grandes ojos pensativos y de mirar abierto y franco, culto y correcto, sin aquella afectación inglesa que es la caricatura del género, un tanto callado, haciendo poco o nada por divertir la rueda, pero apreciando como el que más los buenos rasgos de espíritu, con buenas costumbres por exceso de lujo, su entrada en nuestra sociedad porteña fué sembrada de flores.
Hay hombres que apenas llegan a la plenitud de su fuerza moral, no tienen más pensamiento fijo que el de encontrar una compañera para la gran ruta de la vida. Carlos era uno de ellos; allá en el fondo, había resuelto casarse, sin comunicar su proyecto ni aun a sus más íntimos amigos, por temor, no sólo del combate diario contra las presuntas suegras, sino sobre todo de perder, en la caza implacable de que sería víctima, todas sus ilusiones y esperanzas.
Naturaleza seria y reposada, sentía una repugnancia instintiva por todas esas pueriles escaramuzas del amor, tan comunes en nuestra tierra.
--¿Pero qué tiene eso de particular, Carlos?--le decía una noche uno de sus amigos, joven elegante, sin más pensamiento que la mujer, de eterna buena fe en sus entusiasmos, creyéndose sinceramente enamorado de la última con quien hablaba, escéptico contra el matrimonio, predestinado por lo tanto a casarse con una contralto cualquiera.--¿Qué tiene de particular que en vez de hablar de nimiedades en un salón, se cante a una mujer joven y linda la canción soñada cuya música adivina sin que la letra haya llegado a su oído? Hay una especie de convención social que sonríe ante esos amores primaverales y no les da importancia alguna. A más, la pureza sale sin mancha de esa esgrima del sentimiento que sirve para conocerse a sí mismo y no tomar por un afecto profundo la veleidad de un atractivo pasajero.