Part 8
Don Paco se había reportado, disimulando su pena y su enojo; pero no bien volvió a su casa, la pena le arrancó lágrimas y el enojo le hizo crispar los puños como sí estuviese delante algún enemigo a quien dar de puñaladas.
No podía, sin embargo, reñir con la población entera. Su hija era la más culpada, y él la había sufrido. Por más que cavilaba, no veía otro modo de vengarse, de castigar a su hija y de adquirir el derecho e imponerse el deber de defender a Juanita contra todos que el de ofrecerle su mano y casarse con ella.
¡Ay de aquel que se atreviese entonces a decir nada ofensivo contra Juanita, aunque ella estrenase cada día otro vestido de seda!
Pensó bien en todo, interrogó a su corazón-, y su corazón le respondió que estaba perdidamente enamorado de la muchacha.
Entonces no se paró don Paco en más reflexiones; fue a su bufete y escribió a la señora doña Juana Gutiérrez (suprimiendo el alias de la _Larga_) una grave epístola pidiendo en forma la mano de su hija.
Llamó en seguida al alguacil y pregonero, que le servía al mismo tiempo de criado y ayuda de cámara, y le encargó que al día siguiente, y muy de mañana, llevase aquel pliego cerrado a Juana la Larga y se lo entregase en mano propia.
Hecho esto, se acostó y durmió con alguna tranquilidad, como quien ha cumplido un deber, y con alguna satisfacción, como quien ha puesto una pica en Flandes.
XX
Juana la Larga se llenó de júbilo cuando, a las siete de la mañana, recibió la carta y la deletreó con no poca fatiga, porque, si bien sabía leer, no leía de corrido y le estorbaba lo negro.
No era Juana muy reflexiva ni previsora, y no pensó en las dificultades; sólo pensó en el triunfo que ella y su hija, en su sentir, habían alcanzado. Acudió, pues, a la sala baja, donde Juanita estaba cosiendo, y con el mayor alborozo le dio parte de lo que ocurría.
Como comentario, la madre no sabía sino exclamar:
--¡Qué victoria! Todas esas perras, cochinas, van a reventar cuando lo sepan.
--Pues oye, mamá--contestó Juanita con el mayor reposo--: yo no quiero que nadie reviente; lo mejor es que no lo sepa nadie.
--¿Qué quieres decir con eso, muchacha?
--Lo que quiero decir es que nosotros, tú, él y yo, seríamos los reventados si hiciésemos tal desatino. No lo sufriría doña Inés; y el cura y el cacique, la Iglesia y el Estado, lo temporal y lo eterno, caerían sobre nosotros y nos aplastarían. Nos echarían del lugar a patadas. Y quién sabe si en otro lugar lograríamos, y cuánto tiempo tardaríamos en lograr, tú la reputación y clientela que aquí tienes, yo tanta costura, y don Paco el poder que aquí alcanza y su mangoneo provechoso, debido en mucha parte a su capacidad, pero no menos aún a la sombra y al apoyo de don Andrés, con quien priva.
--¿Y de dónde sacas tú esos agüeros tan angustiosos?
--No es menester ser profeta ni adivino para sacarlos. Y además, ni yo estoy enamorada de don Paco, ni él quizá esté enamorado de mí. ¿Para qué el casorio? ¿Qué vamos ganando en ello? ¿No comprendes que si me pide es por un extremo de delicadeza? Yo se lo agradezco; me lisonjea mucho la prueba de aprecio que me da; pero no paso de agradecida y de lisonjeada. Porque ha venido a casa de tertulia, y porque me ha regalado el traje, y porque las malas lenguas murmuran, piensa él remediar el mal casándose conmigo. Pues entonces la misma razón hay para que contigo se case, porque también de él y de ti dijeron, o para que me case yo con el hijo del herrador, ya que más y peor han hablado de mis relaciones con él que de mi relaciones con don Paco. Nada, mamá: todo eso es una tontería, o una prueba, si quieres, de que el bueno de don Paco es un caballero cabal, aunque no tenga los leones, los pajarracos y los otros chirimbolos que tiene su yerno en el escudo.
--Y si tú, hija mía, reconoces y confiesas que don Paco es todo un caballero, ¿por qué no le tomas por marido?
--Porque no quiero casarme por cálculo; porque aunque quisiese casarme por cálculo, este cálculo de ahora estaría muy mal hecho, y, sobre todo, porque yo por nada del mundo he de aprovecharme de la caballerosidad generosa de ese hombre para cogerle la palabra y satisfacer mi vanidad y mi ambición, ya que amor no le tengo. Su trato me deleita; celebro su discreción; le oigo hablar con gusto; pero de esto a desear ser suya y casarme con él hay todavía mucha distancia. No quiero salvarla de un brinco. Aquí, para entre nosotras, algunas veces he sentido inclinación a ir por esa senda, a andar ese camino, y sabe Dios si lo hubiera andado sin estos tropezones que ha habido; pero, en fin, aún no lo he andado.
--¡Ay niña, con qué tiquis miquis y sutilezas te me descuelgas! ¡Cómo se conoce el saber de que don Pascual te ha atiborrado la mollera! Si parece cuanto dices tomado de esos libros que don Pascual te da a leer. Pero, en fin, ¿qué contestamos a la carta de don Paco? Yo haré lo que tú desees, porque el asunto más importa a ti que a mí y porque tú sabes más que Lepe.
--¿Pues qué hemos de contestar sino darle las gracias y decirle que nones?
--¿Y a quién le toca escribir eso? Creo que debo escribir yo... y dorar la píldora. Yo no lograré poner el oro con mí pluma. Tú lo pondrás. Tú irás diciendo y yo iré escribiendo, aunque hago letras que parecen garrapatos. ¡Ay!, y más en el día, porque mi escribir ha caído en desuso. Desde que murió tu padre en la guerra contra los carlistas, yo no escribo sino las cuentas.
--Con buena o con mala letra, es menester que tú escribas la carta; yo te la iré dictando.
--Hoy todavía no. ¿Es acaso puñalada de pícaro? ¿Quién nos corre? Antes de dar un paso tan importante, conviene que lo medites y consultes con la almohada. No es mucho veinticuatro horas de término. Hoy no escribo. Mañana, si todavía te aterras a la opinión que ahora tienes, escribiré, aunque me pese, lo que tú me digas.
Juanita estaba segura de que no había de variar su resolución por mucho que lo meditase. Tuvo, no obstante, que ceder a los ruegos de Juana y aguardó hasta el día siguiente, en el cual, dividiéndose el trabajo, según queda dicho, fabricaron entre ambas la carta, que, por su trascendencia e influjo en los ulteriores sucesos de esta sencilla y verdadera historia, hemos de consignar aquí.
La carta decía como sigue:
Señor don Paco: Muy ufanas estamos mi hija y yo de la honra que usted nos hace en la carta que acabo de recibir. Se lo agradecemos con toda el alma. La niña le quiere a usted mucho y le estima más; pero declara que no puede ni debe aceptar lo que usted propone. Cree ella que fue una imprudencia de su parte ir al sermón vestida como una princesa, para azuzar más en contra suya a la gente, que ya deseaba morderla. Todo el lugar está ahora sublevado. Mal remedio sería la boda. Aumentarían la sublevación y el motín. Su Hija de usted se pondría a la cabeza. Nosotros no podríamos resistir. Los tres tendríamos que irnos con la música a otra parte. En fin, don Paco, Juanita sostiene que sería la boda una locura. Dice, por último, que ella no manda en su corazón, que la diferencia de edad es grande entre ustedes y no quiere a usted de amor, aunque le profesa la amistad más fina. Sería, pues, muy feo de parte de ella abusar de la generosidad de usted para satisfacer su ambición o su vanidad casándose por cálculo, y también sería muy tonto, porque el cálculo estaría mal hecho.
Lo mejor y lo más discreto es que ustedes no se casen y que nadie sepa que ha dado usted este paso. Doña Inés nos odiaría si aceptásemos la proposición de usted; pero también nos odiará y nos declarará más la guerra si averigua que no aceptamos, pareciendo como que desdeñamos a su padre con infundada soberbia. Importa, pues, ocultar todo esto.
Ahí devuelvo a usted su carta. Rásguela y rasgue la mía, a fin de que no quede prueba escrita de lo ocurrido, y conserve usted en su memoria grato recuerdo de nosotras. Crea en nuestra profunda gratitud y mande a su afectísima amiga y constante servidora, q.b.s.m.,
_Juana Gutiérrez_.
XXI
Don Paco se sintió lastimado y encantado a la vez con la lectura de la carta, que calificó de muy discreta y que miró como dictada por Juanita.
Sí ella le hubiera aceptado por marido, el contento de don Paco hubiera sido grande, pero menor su estimación del valor de Juanita que el que era entonces al recibir las calabazas. Acaso una vaga sospecha de que Juanita aprovechaba la ocasión hubiera aguado el contento de ver que ella le aceptaba. Si en extremo le dolía que ella declarase que no le amaba, no podía menos de aplaudir la lealtad de la declaración. Don Paco estaba conforme en lo tocante al aprecio de las circunstancias que se oponían a la boda y que la hacían aparecer a toda juiciosa previsión como fuente de disgustos y de males.
De aquí que sus sentimientos al leer la carta fuesen de dolor y de mortificación de amor propio por el desamor de Juanita; de admiración y aplauso por la prudente conducta de la muchacha, y de mayor cariño hacia ella, así por la noble franqueza con que exponía las causas que justificaban su desdén, como por las amistosas dulzuras con que procuraba suavizarlo.
Conoció también don Paco que importaba mucho que su petición y la subsiguiente repulsa no llegaran a saberse, y aunque no tuvo valor para rasgar o quemar lo que él escribió y la contestación de Juana, guardó ambos documentos en el más secreto escondite de su escritorio.
Trató, además, de hacerse superior a su pena y de ver si olvidaba a Juanita, o al menos si seguía queriéndola con calma y con cierta tibieza, a fin de esperar sin impacientarse que Dios mejorase las horas, ya que la esperanza es lo último que se pierde en esta vida.
Y por lo pronto, o bien para conseguir el olvido o bien para enfriar o entibiar su fervorosa pasión, resolvió no volver a poner los pies en casa de Juanita y evitar su encuentro en la iglesia, en las calles y en la plaza.
Juanita, entre tanto, como era poco amiga de la sociedad y gustaba mucho de la conversación de don Paco, se afligía del aislamiento y deploraba el sacrificio que había tenido que hacer. Allá, en el fondo de su alma, cuando estaba a solas con su conciencia, y con el notabilísimo despejo y la serenidad imparcial con que ella lo miraba todo, hacía repetidas veces las sutiles reflexiones que trataremos de expresar aquí en el siguiente soliloquio:
«Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el día desgobernada y muy a tontas y a locas. Mi madre, Dios me perdone si la ofendo, tiene poco juicio, aunque bien puede ser que lo pierda por el entrañable amor que me tiene. Lo cierto es que entre las dos hemos hecho una infinidad de tonterías. Justo es que las paguemos. No debo quejarme. En primer lugar, siendo yo mocita casadera, y si no ocupando cierta posición, aspirando a ocuparla, debí dejar de ir por agua a la fuente y a lavar al albercón. Debí darme más tono. Y ya que no me lo di, aún fue mayor disparate el querer de repente transformarme en dama y eclipsar y aturdir y excitar la envidia y la rabia del señorío mujeril de este lugar. Todavía mi súbita transformación hubiera podido tener buen éxito si atino a ganarme antes la buena voluntad de la muy poderosa e ilustre señora doña Inés López de Roldán. Pero, lejos de eso, lo que hice fue provocar su enojo. Si el trato de don Paco me agradaba y me divertía, jamás he pensado yo en casarme con él, y aquí viene bien que yo lamente otra locura mía, otra completísima falta de cautela en mi madre y en mí. ¿A qué fin recibir de tertulia todas las noches a don Paco, sola a veces y a veces en compañía de Antoñuelo, lo que casi es peor? Lo hacíamos porque nos daba la real gana, sin atender a que somos pobres y a que la gana de los pobres no es real, sino súbdita que necesita someterse y hasta morir sin hallar satisfacción, a fin de no exponerse a muy crueles castigos. Nuestra tertulia era muy inocente; bien puedo sostener que más inocente que la de doña Inés. ¿Cómo evitar, no obstante, que doña Inés supiese y hasta creyese de buena fe mil abominaciones, excitada por esa chismosa de Crispina, que todo lo huele y cuando no lo huele lo inventa? Ella, sin duda, le diría primero que Antoñuelo era mi amigo y don Paco el de mamá, y después, que yo me había apoderado de los dos, de uno para el gusto y del otro para el gasto, y que yo me estaba comiendo las mil chucherías que él me traía de regalo y hasta el exquisito y sin par chocolate que se fabrica en casa de ella. Comprendo lo furiosa que doña Inés se pondría, y más aún al sospechar que don Paco pudiera casarse conmigo, porque doña Inés quiere heredar o que hereden sus hijos los ahorros y las finquillas que don Paco va reuniendo, para lo cual importa que don Paco no se case, o bien que se case con una hidalga viuda que yo me sé y que le daría cierto lustre aristocrático, y de seguro no le daría hijos, porque está ya pasada y huera, y el caso de Abrahán y de Sara no se repite.»
Así, y si no en los términos de que me valgo, en términos muy parecidos, discurría Juanita a sus solas. Luego continuaba:
«Es indispensable que yo me enmiende y que ajuste mi conducta a la razón y a la conveniencia. Debo tener doble juicio, por mi madre y por mí. Y ya que (esto no puede negarse) soy cándida como la paloma, no está bien que me olvide de la otra mitad de la sentencia evangélica que he oído decir tantas veces al padre Anselmo en sus sermones. Por tanto, en lo sucesivo me propongo ser astuta y prudente como la serpiente. La vida de zagalona rústica no hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios me libre también de recaer en la mala tentación de presumir de princesa. Nada de volver con la cabeza al aire y con el cántaro por esos andurriales; y nada tampoco de ponerme el magnífico vestido de seda mientras no gane posición, autoridad y título duradero, suficiente y legítimo, para tamaña audacia. Ahora me conviene seguir por un justo término medio: salir poco de casa, coser y bordar mucho e ir con frecuencia a la iglesia, a misa y a mis devociones, muy humilde, con vestidito de percal, y cobijada así, borrar la mala impresión que necia o inocentemente he causado, y hasta llegar a adquirir reputación de santa.»
Aquí no podía menos de sonreírse Juanita, a pesar de lo fastidiada que estaba, y luego proseguía:
«Cierto que yo no soy mala y que amo a Dios sobre todas las cosas y que me complazco en darle adoración y culto; pero también, ¡qué diantres!, ¿por qué no confesarlo?, también me amo y me doy culto a mí misma. Quizá sea pecado. Lo que debo hacer es que este segundo culto, para no escandalizar a nadie, no sea público, sino misterioso. En lo exterior he de parecer como una beata pobre; mas ¿por qué he de privarme del placer de cuidar, de asear y de pulir con el mayor esmero este cuerpecito que Dios me ha dado? Sin que nadie lo sospeche, he de cuidarlo y he de lavarlo como si fuera el de una infanta de España. ¡Qué horror, cielos santos, sí llegase a saberlo, por ejemplo, Julián el arriero! Yo le oí contar en la fuente mientras daba agua a sus mulos, y haciéndose cruces, la indignación que le causó, cuando servía en Córdoba a una marquesa, el averiguar, estando él en la cocina, que llevaban a dicha señora un enorme lebrillo y dos grandes jarros de agua a su cuarto. "¿Qué harías tú--le preguntó una chica--si tu mujer emplease también un lebrillo por el estilo?" "Pues yo--contestó él--agarraría una vara y la pondría negra a varazos, por indecente y por mantesona." Necesario es que yo haga un misterio de mi limpieza, si no quiero que me excomulgue Julián y la mayoría de mis compatricios que discurren como él. Mas no por eso he de dejar de ser limpia. Además, quiero ser cuidadosa y muy regalada en mi ropa blanca interior. En los ratos de ocio, con mis ahorrillos y cuando no cosa para la calle, he de hacerme camisas finas y enaguas bordadas como no las use mejores una archiduquesa de Austria. Tapado todo ello con el mezquino traje exterior, me pareceré a la violeta, que, escondida entre las verdes hojas y tal vez entre feos hierbajos, no deja conocer que exista como no sea al que tenga la nariz muy fina y por su delicado olor la descubra. Seré como aquel personaje de cierto romance que recita don Pascual, el cual personaje vestía de peregrino y llevaba una esclavina
que no valían un reale; debajo llevaba otra que valía una ciudade.»
Juanita, al citar estos versos y al aplicárselos, se olvidaba de sus melancolías y soltaba una carcajada.
--¿De qué te ríes, niña?--le dijo una vez su madre--. Pues no es cosa de risa lo que nos está sucediendo.
--Sí, mamá; es cosa de risa. Mejor es reír que rabiar. Cuando las cosas se toman a risa, las penas que causan se mitigan o se consuelan.
Juanita no se contentó con pensar y con proponerse cuanto queda dicho, sino que lo cumplió todo con la mayor exactitud y perseverancia.
Pasaron muchos meses.
El cambio de Juanita empezó a notarse y a celebrarse entre las personas más devotas del lugar. El padre Anselmo, singularmente, y sin poderlo remediar, a despecho de su humildad cristiana y del menosprecio de sí mismo, sintió un noble orgullo y se dio a entender que había hecho la más repentina y milagrosa conversión, deteniendo a aquella joven y simpática pecadora al borde del abismo en que iba ya a precipitarse.
XXII
Su rehabilitación costó a Juanita largo tiempo, y además no pocos sacrificios, trabajos y esfuerzos de voluntad.
Fue lo más duro para ella el tener que vivir, sobre todo al principio, en soledad completa.
Se aburría, y a menudo recelaba que iba a enfermar de ictericia. No podía ni quería retroceder y charlar de nuevo y reanudar amistades con las mozuelas que antes había tratado, las cuales, ofendidas ya, le darían acaso mil sofiones; ni menos podía intimar, aunque lo desease, con las hidalgas y con las hijas de los labradores ricos, que se preciaban de señoritas y que huirían de ella, así por la humilde posición de su madre como por su ilegítimo nacimiento y por la mala fama que le habían dado en el lugar, y que entre todos sus habitantes cundía.
Juanita tuvo que perder hasta la amistad y el trato de Antoñuelo. Y esto no sólo para no seguir dando pábulo a la maledicencia, sino también porque Antoñuelo estuvo muy tonto y ella se vio en la precisión de despedirle con cajas destempladas y para siempre.
Dos días después de haber predicado el padre Anselmo su famoso sermón, Antoñuelo volvió de sus correrías. Entonces no se hablaba en el lugar sino del escándalo que Juanita había dado y de la severa y merecida lección que del padre Anselmo había recibido.
Ya en la plaza, ya a la sombra de algunos álamos que están en el altozano, cerca de la iglesia, y donde se reúne y platica la gente moza, varios amigos y conocidos embromaron pesadamente a Antoñuelo por el papel desairado y ridículo que suponían que había hecho reverenciando, sirviendo y adorando casi como una deidad a una mozuela que le desdeñaba y que aceptaba, quién sabe hasta qué punto, los regalos y el amor de un rival dichoso.
Las relaciones entre Juanita y Antoñuelo tal vez parecerán inverosímiles a quien piense someramente en ello; pero yo creo que son más naturales y frecuentes de lo que se imagina.
Desde la infancia habían vivido en la mayor intimidad Antoñuelo y Juanita.
Con cortísima diferencia, tenían la misma edad, y podía asegurarse que se habían criado juntos. El era zafio, mal educado, travieso y atrevido; tenía pocos alcances y una voluntad tan realenga, que ni a su padre se sometía; peto en estos mismos defectos se fundaba la amistad de Juanita hacia él. Juanita había adquirido y conservaba tai imperio sobre aquel muchacho, que lograba que la respetase, temiese y obedeciese como un perro a su amo.
A ella no se le pasó jamás por la imaginación el querer a Antoñuelo como una mujer quiere a un hombre. Y él, como por una parte la tenía por un ser superior y por otra parte sus instintos amorosos eran vulgarísimos, procuraba emplearlos y satisfacerlos en más fáciles objetos, y sin darse cuenta de ello, e ignorando su esencia y su nombre, consagraba a Juanita un afecto puro, ideal y platónico. Sentimientos tales, si bien se recapacita, no son extraños al alma de los más vulgares sujetos. Todos o casi todos los hombres tienen sed, tienen necesidad de venerar y de adorar algo. El espiritual, el sabio, el discreto, comprende con facilidad y adora a una entidad metafísica; a Dios, a la virtud o a la ciencia. Pero el rudo, el que apenas sabe sino confusamente lo que es ciencia, lo que es virtud y lo que es Dios, consagra sin reflexionar ese afecto, en él casi instintivo, a un ídolo visible, corpóreo, de bulto.
Juanita era este ídolo para Antoñuelo. Juanita era también su oráculo. El oía con religioso respeto sus advertencias y amonestaciones, y de buena fe se prometía y prometía al pronto tomarlas para pauta de su conducta. Siempre que Antoñuelo se hallaba en la presencia de Juanita, se sentía avasallado por su influjo, deslumbrado por su superior inteligencia y ligado a la voluntad de ella. Por desgracia, no bien Antoñuelo se hallaba ausente de Juanita, el influjo bienhechor desaparecía, y los instintos brutales y las malas pasiones acudían en tropel y desataban o rompían las ligaduras y arrojaban al olvido los buenos consejos y preceptos que Juanita le había dado. Antoñuelo, lejos de la fascinación y del encanto que casi milagrosamente le habían conservado como ser racional, se convertía en un estúpido y en un perdido.
A pesar de la ineficacia, por falta de duración, de su poder purificante sobre el alma de Antoñuelo, Juanita le quería, se interesaba por él y sentía halagado su orgullo al dominarle, aunque fuera momentáneamente.
Para dar una idea exacta de la inclinación de Juanita hacia aquel mozo, diré que se parecía a la que yo he visto que tienen ciertas grandes señoras ya por un alano, ya por un mastín corpulento y poderoso que hay en casa de ellas, que inspira terror a las visitas, que parece capaz de derribar a un hombre de un manotazo y de destrozarle de un mordisco, y que, sin embargo, se echa con la mayor humildad a las plantas de su ama y siente inexplicable placer si ella con su blanca mano le toca la cabeza o con el pie le sacude o le pisa.
En la ocasión de que vamos hablando, las feroces burlas de sus camaradas habían transformado a Antoñuelo; su domesticidad y mansedumbre habían desaparecido: ya no era perro, sino lobo.
Traía muy estudiado el discurso, si puede llamarse discurso lo que iba a decir; y a fin de que no se le borrara de la memoria o se le enmarañara en el caletre, deseaba descargarse de él como quien suelta un peso y decirlo sin preámbulos. La ocasión se presentó propicia a su deseo.
Juana estaba en la cocina, y Antoñuelo halló sola a Juanita cosiendo en la sala. Venía él con el entrecejo fruncido y con marcadas señales en toda la cara de muy terrible enojo. Apenas se saludaron él y ella, Antoñuelo dijo:
--Vengo a quejarme de ti, a decirte que me has engañado. Por culpa tuya he estado haciendo el tonto, y no quiero hacerlo más.
--Pues, hijo mío--dijo ella riendo--, yo no sé cómo te las compondrás para no seguir haciendo el tonto. Lo que yo sé es que no tengo la culpa de que lo hayas sido hasta ahora, y menos sé aún en qué y cuándo te he engañado.
--Me has engañado fingiéndote santa, para que yo, embaucado, te adorase, cuando no eres santa, sino una mala mujer. Por todo el lugar no se habla de otra cosa sino de tus relaciones con don Paco, y de que te mantiene y te viste.
--¿Y has creído tú esas calumnias? ¿Y en vez de defenderme y de enfurecerte contra los calumniadores te enfureces contra mí? Juanita dejó escapar irreflexiblemente estas últimas frases. Luego se reprimió y procuró enmendarlas. Creía bruto a Antoñuelo, pero no lo creía cobarde.