Part 18
Y como don Alvaro contesta con acento muy triste: «¡Ta, ta, ta, ta, ta!», el noble corazón de su esposa se enternece; y arrepentida ella de las frases duras que se le han escapado, se acerca a don Alvaro con cariño, y para función de desagravios le da un blando cogotazo, le pasa la blanca mano por la papada y le pega en las narices un amoroso capirotazo.
Don Alvaro sonríe consolado, y, beatificado, exclama:
--¡Ta, ta, ta, ta, ta!
Así va tirando aún el ilustre descendiente, según pretende su ejecutoria, del más heroico de los doce pares.
En cuanto a doña Inés, afirma mi amigo el diputado que está hermosa y fresca todavía, y que pudiera hacer el papel de Angélica, aunque algo metida en carnes. Conserva todas sus virtudes, incluso la prolífica, y en estos últimos años ha conseguido que los vástagos de su ilustre casa lleguen a la docena.
El cacique permanece soltero e imperando en el lugar con la sabiduría y la moderación de los Antonios en Roma.
La señora doña Agustina Solís y Montes de Allende el Agua ha sufrido con resignación algunos reveses de fortuna. Entre otros, ha perdido un pleito de importancia. Sus rentas han quedado reducidas a menos de la mitad. Apenas tendrá ahora doce mil reales al año. La disminución de sus rentas, en vez de disminuir, ha aumentado sus ganas de casarse. Ha buscado compañía doméstica que la consuele. Y tal vez por no encontrar partido mejor ha apechugado con el boticario don Policarpo, el cual, si bien es feo, es inteligente y tan gracioso que nadie debe maravillarse de que seduzca y enamore con su labia a una mujer de talento. Doña Agustina, además, se manifiesta muy ufana de haber vencido la repugnancia al matrimonio de tan pertinaz solterón, y lo que es más trascendental, de haber traído al gremio de los fieles a aquel impío extraviado, que ahora va a misa y cumple con todos los preceptos.
A lo que se presume, desde que doña Agustina empezó a mostrársele propicia, don Policarpo discurrió sobre poco más o menos de esta suerte:
«No se comprende ni se explica cómo el proceso evolutivo del ser, aunque haya durado millones de años, por el concurso fortuito de los átomos, y por su fatal y ciego prurito y constante tendencia a la perfección, ha podido aparecer sobre nuestro planeta, después de prolongadísima serie de transformaciones, un mamífero tan primoroso y apetecible como doña Agustina, dotado, además, de claro entendimiento y de voluntad tan benigna y con el portentoso don de la palabra, que le sirve para transmitir las ideas agradables en contestación a las que salen de mi cabeza y a las voliciones de mi corazón. Acrecienta lo inexplicable de este prodigio, si no presuponemos una Providencia personal y sapientísima que todo lo dirige, el que posea aún el mencionado mamífero doce mil reales de renta y el que se vista y calce con sumo primor, elegancia y decoro, lo cual implica, por un lado, el desenvolvimiento de la sociedad a través de los siglos para crear las leyes, para hacer que haya herencia y propiedades individuales; e implica por otro lado, según se comprende muy bien cuando se estudia la economía política, la multitud de milagros del comercio, de la industria, de las artes textiles, indumentarias y de curtidos de cueros, y otras mil agudas invenciones, como la división del trabajo y como el objeto que vale por sí y representa además y mide con exactitud lo que valen los otros objetos, facilitando la circulación y los cambios, sobre todo si se le añade cierto descubrimiento más sutil aún, o sea, la virtud representativa de todo lo que vale por algo que por sí vale poco o nada y que se llama crédito, difícil de adquirir, no obstante, pues yo carezco de él, aunque lo deseo. La primera causa de todo lo cual es absurdo que sea el acaso, sino una potencia suprema y anterior a todo, la cual dio el impulso inicial al linaje humano, le marcó el camino y guió con orden su marcha por la interminable senda del progreso.»
Esto o algo por el estilo pensaba don Policarpo, y era creyente.
En aras de su amor a doña Agustina y de su renaciente fe, se cortó aquella uña maldita del dedo meñique, vara de virtudes de Satanás, y no volvió a electrizar, ni a magnetizar, ni a encender candiles, ni a tirar cañonazos con ella.
Se cortó la uña como se cortan los toreros la coleta cuando dejan de torear y se retiran a la vida privada.
Se cortó la uña despojándose de sus fuerzas taumatúrgicas y teratológicas, por obra y gracia de las tijeras de doña Agustina, que fue la piadosa Dalila de este Sansón de nuevo cuño.
Doña Agustina, sobre un fondo de raso color de púrpura, para que resaltase mejor, colocó y guardó la uña como trofeo de su victoria en un passe-partout muy bonito que colocó en su alcoba.
Por bajo de la uña quiso poner un letrero explicatorio, y rogó a don Andrés que lo pusiese. Don Andrés, que, como ya sabemos era muy erudito y que así mismo era algo guasón, recordó el cambio glorioso de Napoleón I en los últimos años de su vida, y no creyendo menos glorioso el cambio del boticario, le aplicó los versos de Manzoni y escribió de buena letra, por bajo de la uña y defendido todo por un cristal:
_Bella_, _immortal_, _benéfica_, _fede ai trionfi avezza_, _scrivi ancor questo_.
Juana la Larga es dichosísima al ver la felicidad de su hija y de su yerno; adora a sus nietecillos, los consiente, los mima y les ríe todas las gracias, hasta las más pesadas y olorosas.
Para que se críen robustos, después que los ha amamantado Juanita, Juana los desteta con chorizos, longaniza y asadura de cerdo.
Su actividad culinaria no decae, a pesar de su edad. Sigue haciendo la matanza, la carne de membrillo, el arrope y las frutas de sartén en las casas más principales. Ha importado nuevos guisos en la cocina local y hasta inventado dos o tres, con sorpresa y general aplauso de los gastrónomos.
El padre Anselmo está achacosillo y muy viejo, pero alegre y sereno con la esperanza de su tránsito a mejor vida. Ya no le pesa, antes se regocija, de que Juanita no sea monja, porque la quiere mucho y se le cae la baba cuando la ve tan hermosa y cuando oye su dulce voz y sus discretas razones.
Doña Inés, no obstante, sigue siendo su preferida, por lo mística que es y por la mucha teología que sabe.
Por último, el diputado novel ha pedido y recibido con frecuencia las noticias que de Antoñuelo se tienen en el lugar. Allá en el Río de la Plata adonde el cacique le obligó a que emigrase, se dedicó al comercio y prosperó mucho. Aunque nunca quiso inscribirse en el Consulado, por ahorrarse tres o cuatro duros, acudió con frecuencia a la Legación pidiendo que España reclamase diplomáticamente en su favor contra mil agravios y danos que del Gobierno argentino había recibido, y que exigiese, con amenazas de bombardeo, que dicho Gobierno le diera una indemnización muy cuantiosa. Pero ni le indemnizaron de nada ni por amor suyo hubo bombardeo, y él adquirió tan mala reputación y crédito, que consideró prudente irse a Cuba. Ya en La Habana, como es mozo gentil y de rostro blanco y sonrosado, logró cautivar el sensible corazón de una rica heredera, muy subidita de color. Casado con ella, vivió con tanta pompa y decoro, dando comidas y saraos y paseando en quitrín, acompañado de su mujer, tan ricamente vestida que parecía la reina de Saba, que se empeñó, hipotecó los predios urbanos y rústicos y acabó por tener más deudas que pelos en la cabeza.
A lo que parece, a fin de consolarle y de remediarse, se ha hecho ahora partidario de la independencia de la Perla de las Antillas, y ya sueña con ser en Cuba libre un dictador como el doctor Francia en el Paraguay o como Rosas en Buenos Aires, o un emperador como Faustino I en Haití, aunque tenga que tiznarse con hollín; ya con más modestia, forma un plan que muchas personas creen desatino, aunque tal vez no lo sea. Espera que por filibustero y laborante le secuestren los bienes, porque entonces, según dice, se irá a Nueva York, se hará ciudadano de la gran República, y, nuevo Coriolano español, obligará a su ingrata patria a darle una indemnización _di primo cartello_. Aunque tenga que ceder a los Fabricios, Cincinatos y Catones de escalera abajo y de quinta clase, que acaso haya en las orillas del Potomac, las cuatro quintas partes de lo que se extraiga a la paciente y semiforzada longanimidad de España, siempre le quedará otra quinta parte, con la cual podrá vivir como un príncipe en una magnífica casa de la Quinta Avenida. Allí brillará su morena consorte, que habla ya el idioma de Shakespeare y de Milton, como la más ilustrada _talkative_ y _funny_ inglesita.
De la fecunda zona, que al sol enamorado circunscribe el vago curso, y cuanto ser se anima en cada vario clima, acariciada de su luz, concibe.