Part 16
--¿Y cómo he de hacer yo ese milagro?--preguntó Juanita.
--Nada hay más fácil--contestó Rafaela--. Estamos solas y te hablaré sin rodeos. Hay un hombre, el más poderoso del lugar, que se pirra por tus pedazos. Con tu sandunga le tienes embobado, y con tu desdén le tienes frito. Todo depende de ti. Deja de ser arisca, pronuncia una sola palabra y tendrás cuanto quieras.
Disimulando su enojo con una sonrisa, dijo entonces la muchacha:
--¿Y qué palabra es esa que he de pronunciar? ¿Qué conjuro es ese que ha de poner en mis manos por arte mágico tan pasmosas riquezas? ¿Quién es el hechicero que acudirá a mi evocación y que será tan generoso conmigo?
--¿Pues quién ha de ser, niña?--contestó Rafaela al ver o al imaginar que se recibían sin enojo sus insinuaciones--, ¿Quién ha de ser sino el propio excelentísimo señor don Andrés Rubio?
--¿Y por dónde lo sabes tú? ¿Quién te encomendó que me vinieses con ese recado?
--Me lo encomendó..., nada más natural..., el confidente de don Andrés. Me lo encomendó Longino.
--Ahora lo comprendo: como Longino es tan bromista ha querido darnos una broma, porque supongo que no me tomará por Cristo ni pensará en darme la lanzada.
--Ni lanzada ni broma. Longino te mira con el mayor respeto porque eres el ídolo de su señor, y pretende con toda seriedad, que recibas a su señor en tu santuario.
--Pues mira, Rafaela--contestó Juanita--, di a Longino con toda seriedad también, que es un galopín sin vergüenza, y que él y su amo vayan a escardar cebollinos.
--No te alteres, hija; no te subas a la parra--dijo Rafaela al ver enojada a Juanita--. ¿Qué se pierde ni qué ofensa se te hace en tentar el vado?
--Mejor será que tiente usted al diablo, tía bruja. ¡Arre, fuera de aquí; móntese usted en el escobón y transponga al aquelarre!
--No es para tanto furor. Yo te lo proponía por tu bien y sin interés alguno. De desagradecidos está el infierno lleno.
Rafaela se fue a la cocina refunfuñando.
Juana volvió poco después de casa del cacique.
Juanita siguió guardando silencio, sin decirle nada de lo ocurrido.
Aquella noche estuvo Juanita inquieta y desvelada. Su orgullo, en su sentir humillado, le hería el corazón y no le dejaba dormir. ¿Conque no podría ella, por sí misma y libre, hacerse respetar? ¿Sería menester acudir a don Paco para que la defendiera, comprometiéndose? ¿Tendría razón doña Inés en aconsejarle que fuese monja? ¿Eran tan viles sus antecedentes que no podría ella ser estimada y acatada sino bajo la protección y tutela de un hombre generoso que le tendiese la mano y la sacase del fango en que al parecer había vivido?
Estas y otras semejantes reflexiones atormentaban horriblemente a la muchacha y espoleaban su soberbia.
Triste y ojerosa se levantó apenas fue de día.
Dos o tres horas estuvo cavilando, rabiando y formando distintos proyectos.
Varias veces pensó en ir a ver a don Paco, a quien había prohibido venir a verla hasta las diez y media de la noche, y a quien se había propuesto no ver antes. Pensó contarle la insolente pretensión de don Andrés para que don Paco le tuviese a raya; pero pronto desistió de tan cobarde propósito.
Al fin, como Juanita era muy devota, tomó su mantón y se fue a rezar a la iglesia, esperando encontrar allí inspiración y consuelo.
Juana se había ido ya de nuevo a casa de don Andrés a continuar sus ocupaciones culinarias y sus preparativos de la gran cena.
No ya esta vez en la iglesia de la Soledad, que está en lo alto del cerro, sino en la nueva parroquia, antiguo convento de Santo Domingo, donde fue tan maltratada por el sermón, Juanita estuvo rezando fervorosamente durante mucho tiempo.
Al salir de la iglesia para volver a su casa se encontró con Longino de manos a boca. Longino se acercó a ella, la saludó con socarrona finura y le dijo en voz baja, casi al oído:
--No sea usted tan dura y tan sin entrañas. No deje morir a quien se muere por usted de mal de amores. Déle la cita que humildemente le pide.
Juanita dio un paso atrás, como quien se aparta de objeto que le inspira asco, y lanzó a Longino una mirada de soberano desprecio.
Longino no la comprendió.
Después, con todo sosiego y con toda la frescura de quien ha tomado una resolución firme y sabe lo que dice y lo que hace, Juanita contestó:
--Diga usted a su amo que le aguardo esta noche en mí casa, a las ocho en punto. Rafaela abrirá la puerta. Yo estaré sola en la sala alta.
XLII
Don Paco pasó varias veces aquel día por la puerta de la casa de Juanita, pero no se atrevió a entrar en ella antes de la hora convenida.
Aunque Juanita le vio no quiso llamarle ni hablarle, tal vez por temor de revelar involuntariamente cosas que quería tener calladas.
Hasta las cuatro de la tarde estuvo sin salir de casa, cosiendo con la mayor tranquilidad.
Entonces llamó a Rafaela y le dijo:
--Oye, Rafaela: he mudado de opinión. Tus razones me han convencido. Esta noche recibiré al señor don Andrés. Ya está avisado, y creo que no faltará. Estáte a la mira tú; ábrele, si es posible, antes que llame, y dile que suba a la sala alta, donde yo le aguardo. Tú no subirás ni acudirás, suceda lo que suceda. Hasta que no vuelva mi madre ha de parecer como si no hubiese nadie en esta casa, sino yo y el señor Andrés. ¿Me has comprendido?
--Te he comprendido, y haré como lo dices--contestó Rafaela.
En seguida se marchó Juanita a pasar la tarde con doña Inés, según tenía por costumbre.
Con gran devoción y serenidad leyó a su madrina no pocas devociones y rezos propios de la Semana Santa, en que estaban.
Quiso en seguida doña Inés preparar y adoctrinar a Juanita para el monjío, y echando mano a las obras del padre maestro Juan de Avila, a que ella era muy aficionada, le leyó, con comentarios y anotaciones de su cosecha, párrafos y aun capítulos enteros del muy edificante tratado que el mencionado padre escribió para una monja, explanando profusamente aquellas palabras del santo rey David, que dicen: «Oye, hija, e inclina tu oreja y olvida tu pueblo y la casa de tu madre--aquí ponía doña Inés madre en vez de padre, para que viniese mejor a cuento--, y codiciará el rey tu hermosura.» Claro está que este rey era Cristo con quien quería doña Inés que Juanita se desposase.
En extremo alabó y ponderó doña Inés los elevados pensamientos de Juanita; pero añadió que, a pesar de esos pensamientos elevados, podían brotar en su alma imaginaciones feas, de cuyas importunidades y peligros debía defenderse.
El engreimiento y la soberbia son muy malos, enojan mucho al Cielo y tal vez hacen que el Cielo, para castigarnos, para humillarnos o para probarnos mejor, permita que los enemigos del alma le den feroces ataques en la parte baja, mientras que su porción elevadísima se cree punto menos que glorificada y en íntimos coloquios y en unión estrecha con lo divino. Así Moisés, para ejemplo de esto, se hallaba en la cumbre del Sinaí conversando con el Altísimo, y la plebe, entre tanto, se le alborotó allá abajo, y se puso a adorar los ídolos y se entregó a liviandades y torpezas. En vista de lo cual doña Inés aconsejó a Juanita que desconfiase de sus bríos y que no se juzgase muy aprovechada y segura de su poder sobre la plebe sediciosa ni muy adelantada en el camino de la perfección, pues aunque siguiese el camino, bien podían estar emboscados cerca de él y salirle al encuentro ladrones, que intentasen robarle la joya de la castidad. Para la custodia de esta joya, tanto más que la fortaleza, importan la modestia y el constante cuidado.
Conviene no desechar el temor de perderla, y conviene huir del peligro, porque quien ama el peligro en él perece.
Como doña Inés era muy elocuente, y los puntos susodichos se prestan a variadas amplificaciones, el discurso de doña Inés, interrumpido a trechos por Juanita, más que para acortarlo para avivarlo, duró hasta después de las siete, que era lo que Juanita deseaba.
Cercana ya la hora en que había citado a don Andrés, Juanita consideró indispensable hacer a su amiga gravísimas revelaciones.
--He oído con la debida atención--dijo la muchacha--todo lo que acabas de decirme, y te confieso que estoy atribulada y amedrentada.
--¿Y cuál es la causa, hija mía, de tu tribulación y de tu susto?
--Pues..., fuera vergüenza...; a ti, que eres mi guía, debo confesarlo todo. Tus consejos y advertencias de hoy vienen ya tarde. El engreimiento y la soberbia se han apoderado de mí y me han hecho pecar acaso mortalmente.
--¿Y cómo es eso?--interrumpió doña Inés, sorprendida y sobresaltada.
--Te diré la verdad--contestó Juanita--. Yo no he querido huir del peligro, sino buscarlo y arrostrarlo para triunfar de él. No he querido siquiera considerarlo peligro y lo he despreciado. Es más la necia y constante amenaza me ha hecho perder la paciencia, y yo misma, para acabar de una vez, he emplazado, citado y llamado a singular combate al enemigo, que me tiene ya frita y harta de oír sus bravatas y provocaciones.
--No te entiendo, explícate bien. ¿De qué bravatas hablas? ¿Quién es el enemigo que te provoca?
--Es el enemigo un caballero principal, tan audaz como rico, el cual entiende que no debe haber obstáculo que se le oponga ni voluntad que se resista.
Muy poética y elevada idea daban las palabras de la muchacha del caballero su enemigo; pero doña Inés supuso que la elevación y la poesía eran obra de la imaginación de la muchacha, y despojando el concepto de las mencionadas cualidades, pensó reconocer en él, sin la menor duda, a su marido, don Alvaro, de cuyas pretensiones estaba ya informada por Serafina y de cuyos atrevimientos andaba recelosa. Por algo a modo de pudor no excitó a Juanita a que pronunciase el nombre del atrevido. Ella creía saberlo sin que Juanita lo pronunciara.
Inquieta doña Inés, procuró investigar lo que más le importaba y dijo:
--Pero ¿qué cita es esa a que aludes? ¿A qué duelo, a qué singular combate te preparas?
--Haré un esfuerzo--replicó la muchacha--; todo, todo lo sabrás, aunque me condenes por audaz o me tengas por loca. El hombre de que te he hablado me asedia, me acosa y viene a mí en la calle, en la iglesia y en tu misma casa y me hace las más insolentes proposiciones. Espera deslumbrarme y seducirme y que le rinda mi albedrío. La fatuidad con que él presume y se jacta de lograr todo esto, me ha humillado, me ha vejado y me ha ofendido. Quiero vengarme y me vengaré. Quiero desengañar a ese hombre y le desengañaré con el más duro desengaño. Por sí mismo y por medio de viles terceros se obstina en que yo le reciba a solas en mi casa, y me pide una cita. Cansada yo de negársela, sin conseguir que desista, que me respete, que forme de mí la opinión que debe y que me trate como se trata a una mujer honrada, he accedido a la cita para que venga y vea y sepa quién soy, y para tratarle como merece.
--¡Animas benditas!--exclamó doña Inés, poniéndose las manos en la cabeza--. Tú no sabes lo que has hecho. Eso es aventuradísimo. Aunque sepas resistir, aunque no caigas en la tentación ni peques, ¿no ves que te expones a echar tu reputación por los suelos y a que ese malvado seductor te venza, y si no te vence se vengue de ti deshonrándote y suponiendo que logró lo que deseaba? ¿No adviertes cuan indecoroso es para una doncella conceder esas citas, aun cuando sea con el fin de quedar en ellas triunfante? ¿Qué horrores no estará él pensando de ti desde el momento en que le concediste la cita? Es indispensable que le envíes a decir que te arrepientes y que la cita ya no tendrá lugar.
Juanita conoció que el momento era llegado en que tenía que echar a rodar su humildad y obediencia, declarándose independiente de su maestra y amiga y manifestando lo enérgico e indómito de su voluntad, que a nada ni a nadie se doblegaba.
Puesta en pie y yendo hacia doña Inés, le dijo:
--Tú no me conoces todavía. Yo no me arrepiento ni cejo. Bueno fuera que creyese el tal señor que yo había tenido un momento de debilidad y que luego me había arrepentido. ¿No adviertes que de ese modo me confesaba yo culpada, si no del delito, del conato? No; yo no soy débil. Tú te has empeñado en creerme cordera, y soy leona. Por el extraño afecto que me has cobrado me requiebras y crees linsojearme comparándome a la Sulamita y llamándome suave y graciosa como Jerusalén. Ya verás tú que también soy terrible como un escuadrón de Caballería que carga a galope sobre el enemigo.
Juanita, cerca de doña Inés, la fascinaba mirándola con ojos felinos, cuya luz roja parecía mezcla de fuego y de sangre.
Luego prosiguió:
--¿Y qué decoro es ese al que me recomiendas que no falte? ¿Quién reconoce ese decoro en la mal nacida como yo, en la hija de una mujer que lava mondongos y hace morcillas para ganar su sustento? Todos me menosprecian, me tratan mal y piensan peor de mí. Hasta ahora lo he sufrido; pero ya se me agotó el sufrimiento. He de ser atroz si es necesario. En los mismos libros que tú me has hecho leer no se ensalza sólo la servil mansedumbre de Rut, sino más, si cabe, la ferocidad de Judit, que degüella al capitán de los asirios, y la espantosa hazaña de Jahel, que atraviesa con martillo y clavo las sienes de Sisara.
Notando Juanita que doña Inés se asustaba un poco al verla y al oírla tan bárbaramente bíblica, prosiguió sonriendo:
--Pero no te apures ni te sobrecojas. No será menester tocar en tales extremos; no llegará la sangre al río. Aunque será severa la lección que yo dé, no pasará a ser tragedia, y quedará en sainete.
--Pero ¿qué piensas hacer, hija mía? ¿Qué frenesí es el tuyo?--preguntó doña Inés, muy conmovida y cariñosa.
--Ya lo verás, si quieres--contestó Juanita--. Todo lo tengo pensado; mas no has de saberlo como no lo veas.
--¿Y cómo? ¿Y dónde?
--Ven conmigo a mi casa. Sólo faltan algunos minutos para que llegue la hora de la cita. Con tu presencia me infundirás valor.
--Eso ya es otra cosa--respondió doña Inés.
Doña Inés pensó, sin duda, en el rato de gusto que iba a tener contribuyendo a chasquear a don Alvaro, que acudiría muy ufano a la cita y se encontraría en ella a su austera consorte.
En efecto, si el lance pasaba así, más que tragedia sería sainete.
Doña Inés perdió el miedo y sintió la irresistible tentación de ver el sainete y aun de hacer en él uno de los principales papeles.
--Está bien, Juanita--dijo--. Iré en tu compañía y te prestaré mi auxilio. Muy fina prueba de mi amistad te daré con esto, porque yo también puedo comprometerme.
--Entendámonos--repuso Juanita--. Yo no quiero tu auxilio. ¿Qué mérito tendría entonces mi victoria? Tú no te comprometerás, porque te quedarás escondida y nadie sabrá que has estado en mi casa. Y tampoco te expondrás a ningún percance, porque verás los toros desde el andamio.
--Sí..., pero explícate...; no me hagas ir a ciegas...; explícate....
--Se va a pasar la hora. Urge ir a mi casa. No hay tiempo para darte explicaciones, ni tú las necesitas. Ea, despáchate. Toma un mantón, échalo bien a la cara para que no te la vean. La gente anda embelesada con la procesión, que probablemente termina en este momento, y no reparará ni en ti ni en mí.
Y hablando de esta suerte, la misma Juanita buscó un mantón, se lo puso a doña Inés en la cabeza y, llevándola por delante de sí, la empujó y la hizo andar.
Dominada doña Inés por aquella imperiosa criatura, se dejó llevar por ella.
Ambas llegaron a casa de Juanita. Esta, para que Rafaela no viese que entraba en su casa acompañada de otra persona, abrió la puerta con la llave que tenía en el bolsillo.
Las dos mujeres, calladas y de puntillas, subieron a la sala alta.
Faltaban ya pocos minutos para dar las ocho.
La alcoba en que dormía Juanita no tenía más luz que la que entraba por un ventanillo redondo, abierto sobre la puerta de la alcoba que daba salida a la sala. En esta, y no en la alcoba, donde no había espacio bastante, se lavaba, se peinaba y se vestía Juanita todas las mañanas. En la alcoba apenas había más muebles que la cama, una mesita de noche, un armario para vestidos y tres sillas.
Juanita llevó a doña Inés a la alcoba.
--Tú, subida en una silla, verás por ese ventanuco todo lo que pase. Acaso no tengas poco de qué admirarte y de qué reírte.
Dicho esto, salió Juanita de la alcoba y dejó en ella a doña Inés como presa, cerrando de súbito la puerta y echando por fuera la llave.
--¿Qué haces?--exclamó doña Inés--. ¿Qué necedad es la tuya? ¿Por qué me encierras?
Juanita contestó riendo:
--Te encierro para estar segura de tu neutralidad. No te quiero por aliada, sino por testigo. Cállate y mira.
Doña Inés, bastante enojada, replicó todavía:
--Abreme. ¿Tendré que arrepentirme de haberme fiado de ti? ¿Qué burlas son estas?
--Perdóname, perdóname--dijo Juanita con voz suplicante y dulce--. Tú eres mí madrina, mi protectora y yo no quiero ni debo burlarme de ti. No dudes que conviene lo que hago. Cállate, por Dios. Ten paciencia. Mira y observa sin hablar. Cállate. Oigo ruido. Nuestro hombre ha entrado en casa. Ya sube por la escalera. ¡Chitón! Si él sospecha que hay alguien aquí, darás un escándalo y harás una tontería.
Doña Inés se resignó y se calló.
Pocos segundos después entró don Andrés Rubio en la sala.
XLIII
Juanita no se arrepentía nunca de lo que había hecho, después de haberlo reflexionado bien o mal; pero si su voluntad era firme y hasta terca, su entendimiento vacilaba y cambiaba a menudo, porque, sucesivamente cuando no al mismo tiempo, veía el pro y el contra de todas las cosas.
Al hallarse en presencia de don Andrés le asaltaron dudas y sintió algo como remordimiento.
«¿Hasta qué punto--pensó--me puedo permitir la burla que quiero hacer a este hombre, y hasta qué punto se la tiene merecida? ¿He sido suficientemente acosada para llegar a este extremo?»
Como si ella misma se contestase, y sin dar tiempo a que don Andrés dijese palabra, Juanita habló de esta suerte:--Perdone vuecencia, señor don Andrés, si le he atraído a mi casa con algo que puede calificarse de engaño. Me pidió vuecencia una cita amorosa, y yo se la he concedido....
--Pues entonces--dijo don Andrés--no es mi perdón, sino infinitas gracias lo que tengo que darte.
--Así sería--dijo la muchacha--si yo, desmintiendo la lealtad de mi carácter, no hubiese en esta ocasión engañado a vuecencia.
Don Andrés era un hombre de mucha calma y de bastante mundo. Presumió que la muchacha quería hacerse valer, ir cediendo poco a poco y no declararse, desde luego, vencida. Tomó, pues, una silla y se sentó con mucho reposo, apercibiéndose a oír lo que la muchacha dijese y hasta a contestarle discutiendo tranquilamente con ella. Aunque la discusión y el coloquio durasen media hora, serían el andante de un dúo y harían más vivo y más grato el _allegro_ que vendría después.
Echados estos cálculos y ajustando a ellos su conducta, don Andrés dijo:
--Veo con sorpresa que he venido a hacer aquí el extraño papel de tu confesor. Te me confiesas desleal y engañosa. ¿Qué quieres? Feos pecados son esos; pero la pecadora es tan bonita, que yo la perdonaré y la absolveré si se arrepiente.
--De nada tengo que arrepentirme. Lo que he hecho lo he hecho porque no podía por menos. Vuecencia me perseguía, me comprometía, me exponía y se exponía a sí mismo a tener un lance con mi novio. He sido leal y no he ocultado a vuecencia que tengo novio y que le quiero y que por nada y por nadie del mundo le faltaré nunca. Vuecencia ha sabido por mi boca que ese novio mío es su amigo de toda la vida. Si él debe a vuecencia muchos favores, también vuecencia se los debe. Y si esto no le arredra, y si no desiste de perseguirme y solicitarme, ¿quién es aquí el desleal y engañoso, vuecencia o yo?
--No hay de mi parte--contestó don Andrés--ni deslealtad ni engaño. El lazo reciente que a don Paco te une bien puede desatarse con la misma prontitud con que se ha atado. Ni a él ni a ti os conviene. A él y a ti os sirvo y os valgo interviniendo para que el lazo se rompa. Quizá le dolería a él por lo pronto, pero más tarde me lo agradecería. Más tarde sentiría la satisfacción de verse libre de un absurdo compromiso.
--El compromiso--exclamó Juanita enojada--no es absurdo ni repentino. Hace ya cerca de dos años que él me ama de amor, que me respeta cuando todos me desdeñaban, que me trata como a una señora y como a una santa cuando todos me juzgaban una perdida, que no ha sentido vergüenza ni ha vacilado en ofrecerme su mano y en darme su nombre, que aun viéndose desdeñado por mí ha seguido amándome y que me ha celado, y creyéndome pocos días ha prendada de otro hombre o harto liviana para concederle favores, ha faltado poco para que se muera de pena. ¿Qué hay, pues, de absurdo ni de repentino en este compromiso? Yo le quiero, y sería la más ingrata de las mujeres si no le quisiese. Yo le amo desde hace tiempo, aunque hasta ayer no se lo he declarado y no le he dicho que soy suya. Suya soy ahora y lo seré siempre, y sería yo muy vil si sólo con el pensamiento y si sólo por un leve instante quebrantase la fe que le tengo prometida.
--Todo esto estará muy bien. No vengo aquí a discutirlo contigo. Ni para que tú me lo digas ni para que yo lo discuta te he pedido yo y tú me has concedido la cita. Yo no soy un personaje ridículo y tú no tienes derecho para querer hacerme objeto de una necia burla.
--Yo estaba exasperada, señor don Andrés, y si alguna falta hubo en mí, harta disculpa tiene. Por mi humilde cuna, por mi baja condición social, todos me despreciaban, incluso vuecencia. Confieso que he querido vengarme de este desprecio, y aun convertirlo en acto de aprecio, haciendo sentir a vuecencia que valgo más de lo que imagina.
--Ahí está tu equivocación, Juanita--dijo don Andrés--. Yo no he creído que te menospreciaba y que te humillaba al requebrarte. Sobre poco más o menos, tan plebeyo soy yo como tú y tan humilde es mi cuna como la tuya. Si tu madre se emplea en adobar cerdos, mi padre, antes de hacerse rico como arriero y como labrador, guardó los cerdos en sus primeros años, porque fue porquerizo. Conque ya ves que nada nos debemos. Ya ves que es una tontería imaginar que yo te he solicitado por la bajeza de tu extracción. Lo mismo te hubiera solicitado y te hubiera perseguido, porque me enamoras, aunque fueses una reina extraviada por estos andurriales o la princesa heredera del mayor imperio del mundo. Además, tú eres libre y yo también lo soy. ¿A qué juramentos, a qué deberes hubiéramos faltado queriéndonos? ¿Me habías tú dado seriamente parte de tu compromiso con don Paco? ¿No podría yo suponer que era una coquetería sin formalidad ni consecuencia? Desengáñate: tú has querido mofarte de mí sin motivo alguno; tú has querido vengar en mí agravios, imaginados o reales, que otros y no yo te han hecho. A decir verdad, tú debiste enamorar al padre Anselmo y atraerle a esta cita, si es que la cita sigue siendo de burla. El y no yo fue quien reprobó que te vistieses de seda. Lo que es yo, aprobé y aplaudí el verte tan bien vestida. Y por mi gusto cada día estrenarías tú trajes mejores y más lujosos.
Juanita se aturdió un poco con esta no esperada salida del señor don Andrés.
Casi receló que él tenía razón y que ella se había conducido irreflexiva y arrebatadamente.
Al fin habló así:
--Yo no voy a sostener ahora que he procedido contra vuecencia con motivo bastante. Lo que digo es que estaba, y aún estoy, fuera de mí. Nada me importaría que me considerasen con la obligación de no vestirme ni de seda, ni de lana, ni de algodón siquiera, sino de esparto. Lo que me importa es que me respeten. ¿Qué segundo pecado original es el mío, que no hay bautismo que lave? ¿Qué mancha indeleble ha caído sobre mí que no hay nada que limpie? ¿Qué vicio innato hay en mi sangre del que yo no puedo purificarla? ¿Por qué se supone tal mi flaqueza que necesite yo refugiarme en un convento para resistir las seducciones y los peligros del mundo? Crea vuecencia, señor don Andrés, que, aunque yo tuviera vocación de monja, la perdería si imaginase que era para huir de peligros que desprecio y que me siento capaz de arrostrar con el mayor denuedo.