Part 12
Hubo momentos en que si don Paco hubiera tenido un revólver, acaso, en contravención de todos sus preceptos religiosos y de todas sus sanas filosofías, se hubiera pegado un tiro; pero, afortunadamente, don Paco no gastaba armas de fuego y no llevaba ni pistola ni escopeta en aquella disparatada excursión que estaba haciendo, perseguido por los celos como Orestes por las Furias. Una vez se le ocurrió encaramarse en la cima de un escarpado peñasco, precipitarse desde allí de cabeza y hacerse una tortilla. Pero si no quedaba muerto al punto y sólo se rompía un brazo, una pierna o las dos, ¿no le dolería mucho, y quedándose vivo añadiría los dolores físicos a los dolores morales de que había querido libertarse?
Rumiando con amargura todo lo dicho, anduvo don Paco sin reparar el camino que llevaba, hasta que le sorprendió la noche, oscura como boca de lobo. Ni luna ni estrellas se veían en el cielo, cubierto de densas nubes. Llovía recio y relampagueaba y tronaba.
Nuestro peregrino advirtió con pena que estaba hecho una sopa, y temió que la muerte, que anhelaba y repugnaba al mismo tiempo, pudiera sobrevenir por la humedad esgrimiendo, en lugar de guadaña, reumas y pulmonías.
A la luz de los relámpagos descubrió que había llegado a una extensa nava, entre las cumbres de dos cercanos cerros. Había en la nava mucho heno, grama abundante y a trechos intrincados matorrales, en que tropezaba, o alta hierba que subía hasta sus muslos, porque no había senda o porque la había perdido.
De pronto oyó mugidos, y al resplandor fugaz de los relámpagos creyó entrever un gran tinglado o cobertizo, debajo del cual se movían bultos mugidores, que eran sin duda toros bravos, cabestros, becerros y vacas.
--Hombre del demonio--dijo una bronca voz--, ¿qué viene usted a hacer por aquí a estas horas y con esta tormenta tan fuerte?
Don Paco, ocultando el lugar de donde era y sin declarar su nombre, dijo que yendo de camino se había extraviado, no sabía dónde estaba y buscaba albergue en que pasar la noche.
El boyero, que era piadoso, movido a compasión por la lamentable voz de don Paco, salió de debajo del cobertizo, vino a él, le tomó de la mano y le sirvió de guía.
Así dieron ambos buen rodeo y llegaron a una choza bastante capaz, donde, al amor de la lumbre y en torno de una gran chimenea que tenía poco que envidiar a la de doña Inés, aunque carecía de escudo de armas, había otros dos pastores, viejos ya, y un chiquillo de diez o doce años, que debía de ser hijo del guía de don Paco.
En el hogar ardía un monte de leña, con cuyo calor pudo don Paco secarse los vestidos, porque le ofrecieron, y él aceptó, un banquillo para que se sentase cerca del fuego.
Apartada de él, sobre un poco de rescoldo y en una trébede se aparecía una olla, exhalando a través de la rota y agujereada tapadera espesos y olorosos vapores, con no sé qué de restaurante, lo cual produjo en las narices de don Paco sensación muy grata, porque con tanto andar se le había bajado a los pies el almuerzo. Era lo que había en la olla un guiso de habas gordas y tiernas, con lonjas de tocino y cornetillas picantes que habían de hacerlo suculento y sabroso.
Los pastores, así como le habían dado techo amigo donde abrigarse de la lluvia y pasar la noche, le ofrecieron también su rústica cena.
El rubor tino las mejillas de don Paco al ir a aceptarla; pero no fue tan descortés ni tan abstinente que no la aceptase, la agradeciese y aun se aprovechase de ella, compitiendo en apetito con los boyeros.
Sin querer le avergonzaron también por otro estilo con su leal franqueza. A él, que se ocultaba y mentía, le contaron cuanto había que contar de la vida de ellos y de sus lances de fortuna, y de los sucesos de la pequeña cortijada, no muy lejos de allí, de que eran naturales. Ponderaron también la ferocidad de los toros que ellos cuidaban, se quejaron de la poca reputación que tenían y aún pronosticaron que al fin habían de abrirse camino hasta la magnífica plaza de Madrid, donde competirían con los de Veragua y los de Miura matando caballos a porrillo y metiendo en puño los animosos corazones de _Lagartijo_ y de _Frascuelo_.
Terminada la cena y la conversación, todos se acostaron sobre sendos montones de hierba seca y durmieron como unos patriarcas.
Don Paco se despertó y levantó al rayar el día imitando a los que le albergaban. Supuso, para salir del paso, que iba a Córdoba; en este supuesto los boyeros le indicaron el camino que debía seguir.
Se despidió don Paco mostrándose agradecidísimo, y pronto se alejó de la nava, marchando de prisa por la senda que le habían indicado.
A solas otra vez consigo mismo, los negros pensamientos resurgieron de las profundidades de su alma y volvieron a atormentarle.
Como él reflexionaba mucho, se estudiaba y se sumía en el abismo de su propia conciencia, procuró explicarse el singular fenómeno que en ella se estaba presentando. Entonces creyó percibir que él hasta muy tarde, hasta ya viejo, había empleado y gastado la vida en ganarse la vida y había carecido, acaso por dicha, de desahogo y de vagar para fingirse primores ideales y ponérselos ante los ojos del alma, como atractivo de su deseo. Toda aspiración suya había sido hasta entonces modesta, prosaica y pacíficamente asequible; pero Juanita había venido en mal hora a turbar su calma y a aguijonear su fantasía para que remontase el vuelo a muy altas regiones, donde, si bien había más luz, había también tempestades que su alma pacífica y sólo acostumbrada al sosiego apenas podía sufrir.
En resolución, don Paco vino a creer que la aparición tardía de lo ideal, casi muerta ya su juventud, y el nacimiento póstumo de aspiraciones que sólo por ella deben ser fomentadas, era lo que le traía tan desatinado, tan infeliz y tan loco. Volver al lugar en aquel estado de ánimo, con menos pretexto para volverse que el que había tenido para irse, le harían sin duda objeto del escarnio de todos sus amigos conocidos, como no hiciese la atrocidad de matar a dos o tres, y él, que era blando de condición, se consideraba incapaz de ello. Por otra parte, y mientras en Villalegre permaneciese, juzgaba él que sería ya inútil para todo y que no valdría ni para secretario de Ayuntamiento, ni para consejero de don Andrés, ni para colaborador del escribano, ni para pasante de los abogados Peperris.
En consecuencia de estos no articulados discursos, decidió al cabo: decidió desterrarse para siempre de su patria e ir a otras villas o ciudades en busca de reposo y de mejor fortuna.
Sólo así lograría curarse de su amor por la pícara e indigna Juanita, hacer pie y caminar por lo firme, en vez de ir por las nubes o de nadar por el éter, y sin matarse y sin matar a nadie, sino siendo útil al prójimo, ser de nuevo respetado y querido de las gentes.
Ya que los boyeros le habían indicado el camino para ir a Córdoba, don Paco, menos alborotado que el día anterior, siguió en aquella dirección, pues camino no había. Las estrechas sendas eran muchas, y él a la ventura las tomaba, sólo procurando hunde la vista de todo ser humano, porque aún tenía vergüenza de que le viesen.
Ora andando, ora parándose a reposar, se le pasó todo el día y llegó su segunda noche de vagabundo. No sabía dónde se hallaba; pero creyó que se despertaba en él una vaga reminiscencia de aquellos sitios. Era una dilatada dehesa o coto, donde había de haber abundancia de conejos y liebres. El terreno era quebrado y cubierto de matas o monte bajo. Sólo a trechos descollaban algunos pinos, hayas y encinas.
Pronto la oscuridad lo envolvió todo. Aunque no llovía, estaba muy nublado, y él distinguía confusamente los objetos. El silencio era profundo. Lo rompía sólo, de cuando en cuando, tal cual ráfaga de viento suave que agitaba las hojas, o alguna liebre que brincaba o atravesaba corriendo por entre las matas.
No sé cómo reconoció o creyó reconocer don Paco que se hallaba en aquel momento más cerca de Villalegre; que se hallaba a menos de dos leguas de distancia, en un coto propiedad de don Andrés y donde don Andrés solía venir a cazar.
Se afirmó más en esta idea al ver de pronto una lucecita que a cierta distancia brillaba en las tinieblas, según sucede a menudo a los niños cuando en los cuentos de hadas se extravían en un bosque.
Don Paco era valeroso y no propendía, sin ser incrédulo, a recelar frecuentes y medrosas apariciones de vestigios, de almas del otro mundo o de otros seres sobrenaturales. En aquella ocasión, sin embargo, tuvo su poquito de miedo, pero lo venció y caminó resuelto y derecho hacia la luz para ver lo que era.
Se había fundado su miedo en que reconoció que la luz salía de la casita del viejo guarda del coto, el cual había muerto la víspera de la salida de don Paco de Villalegre, y era muy poco probable que don Andrés hubiese nombrado en seguida a otro guarda para donde apenas había cosa que guardar. La casilla, en opinión de don Paco, tenía que estar desierta. ¿Quién había encendido luz y estaba en la casilla? ¿Sería el alma en pena del viejo guarda, que tenía fama de haber sido más que travieso en sus mocedades y hasta bandolero acogido a indulto?
Don Paco se armó de valor y se dirigió a averiguarlo, contento de tropezar con una aventura que de sus desventuras le distrajese.
XXXI
Sin hacer ruido, llegó don Paco a la casilla y vio que la puerta estaba cerrada con cerrojo que había por dentro. La luz salía por un ventanucho pequeño, donde en vez de vidrio había estirado un trapo sucio para resguardo contra la lluvia y el frío. Con el estorbo del trapo no se podían ver los objetos de dentro; pero don Paco se aproximó y reparó en el trapo tres o cuatro agujeros. Aplicó el ojo al más cercano, que era bastante capaz, y lo que vio por allí, antes de reflexionar y de explicárselo, le llenó de susto. Imaginó que veía a Lucifer en persona, aunque vestido de campesino andaluz, con sombrero calañés, chaquetón, zahones y polainas. La cara del así vestido era casi negra, inmóvil, con espantosa y ancha boca y con colosales narices llenas de verrugas y en forma de pico de loro. Don Paco se tranquilizó, no obstante, al reconocer que aquello era una carátula de las que se ponen los judíos en las procesiones de Villalegre.
El enmascarado guardaba silencio y estaba sentado en una silla, apoyados los codos en una vieja y mugrienta mesa de pino.
En otra silla estaba enfrente otra persona, en quien reconoció al punto don Paco a don Ramón, el tendero murciano de su lugar, el hombre más rico después de don Andrés y el más desaforado hablador que por entonces existía en nuestro planeta.
Don Ramón era pequeñuelo, viejo y flaco; pero tenía mucho espíritu y agallas y no se acoquinaba por poco.
Notó don Paco que tenía las manos atadas con un cordel a la espalda, y dedujo que le habían llevado allí y que le retenían por violencia. Pronto las mismas palabras del tendero murciano, tan pródigo de ellas, confirmaron la deducción de don Paco.
--Hombre o demonio--decía--, quienquiera que seas, apiádate de mí y no me atormentes sin fruto. ¿Cómo había yo de imaginar, al volver esta tarde desde mi caserío al pueblo, que no dista más que un cuarto de legua, que había de topar contigo y con tu compañero, emboscados entre las mimbreras del arroyo del Hondón, y que me habíais de traer por fuerza a este lugar? Yo no sospechaba que hubiese secuestradores en el día, y caminaba muy seguro. Convéncete, hombre: la ganancia que habíais de hacer ya la habéis hecho. No tratéis ahora de lograr más ganancia. La codicia rompe el saco. A mí me mataréis, pero también a vosotros os darán garrote.
El enmascarado persistió en su silencio, y a lo del garrote sólo respondió con un ronquido, especie de interjección que en aquella tierra se usa. Don Ramón continuó:
--No acierto a explicarme por dónde llegasteis a averiguar que acababa yo de vender mi mejor vino a los jerezanos y que llevaba doce mil reales en el bolsillo. Pero, en fin, ya tenéis los doce mil reales. ¿Por qué no os contentáis? Valiéndoos de ese tintero de cuerno que traíais preparado me habéis hecho escribir a mi mujer para que entregue dos mil duros si no quiere que me ahorquen.
--Y te ahorcaremos y te descuartizaremos como no los entregues--dijo el enmascarado con voz disimulada y extraña.
--Pues bien: podéis ahorcarme y descuartizarme ya, sin seguir moliéndome, porque mi mujer, ¡y vaya si la conozco!, antes que entregar los dineros entregará mi vida y la de todos sus parientes, aunque nos quiera y nos llore después a moco tendido. Oye: ¿has visto tú la tragedia de Guzmán el Bueno?
El enmascarado no dijo que sí ni que no; se limitó a dar otro ronquido. Don Ramón continuó:
--Pues Guzmán el Bueno, para no entregar a Tarifa, envió a los moros un cuchillo con que degollasen a su hijo muy amado. Los dineros son la Tarifa de mi mujer, y no los entregará aunque me degolléis. Lo que no hará tampoco, echando con esto la zancadilla a Guzmán el Bueno, es el gasto inútil de enviaros el cuchillo, aunque sea el peor de la cocina. Ya lo tendréis vosotros, sin que ella lo envíe, para abrirme una gatera en las tripas. Pero seamos razonables: ¿qué vais a conseguir con eso? Compadécete de mí. Mira también por ti y no seas imprudente. Hará ya dos horas que mí mujer me habrá echado de menos, y aun antes de recibir la carta que lleva tu compañero, y que no sé cómo ni quién pondrá en sus manos, habrá armado ella una revolución en el lugar, habrá tocado a rebato, y la pareja de la Guardia Civil y muchos criados míos andarán ya buscándome. No tientes más a Dios. Ponme en libertad. Déjame ir en mi mulita y yo te lo pagaré si no quieres aguardar a que Dios te lo pague.
El enmascarado siguió sin contestar, aunque dando más ronquidos.
--¿No oyes que yo lo pagaré? Sobre los doce mil reales que tú y tu compañero os habéis repartido, yo puedo darte otros ocho mil si me dejas libre.
--¿Y cómo?--dijo entonces el enmascarado--. ¿Dónde llevas escondidos esos ocho mil reales?
--No seas tonto, hijo mío, no seas tonto. ¿Dónde quieres que los lleve? Yo no tenía más que lo que ya habéis tomado; pero tengo un medio seguro de recompensar tu buena acción.
--¿Y cuál?
Don Ramón titubeó entonces. El deseo de seducir al de la carátula y salir pronto de aquel mal paso, satisfaciendo su afán de hablar, de contarlo todo y aun de lucirse, porque era muy jactancioso, luchaba en su alma con el temor de empeorar la situación en que se hallaba, sobreexcitando la codicia del bandido.
La manía de hablar pudo más, al fin, que toda otra consideración juiciosa, y don Ramón explicó que había un ingenioso procedimiento por cuya virtud tenía él y ponía dinero donde le daba la gana. Bastaba para ello que él escribiese en un papelito determinada cantidad, diciendo _páguese_ y firmando. Cualquiera persona que llevase este papelito en la faltriquera bien podía estar segura de que era como sí llevase la cantidad expresada.
Don Ramón, impulsado por su locuacidad y su fachenda, no supo lo que se dijo.... Su explicación de lo que era un cheque o libranza al portador entusiasmó al bandido, el cual le mandó al punto con amenazas que allí mismo, y en el acto, por valor de dos mil duros, le escribiese y le firmase un cheque.
El tendero murciano conoció la tontería que había hecho, pero conoció igualmente que tenía fácil enmienda, y explicó al de la carátula que los papelitos que allí escribiese y firmase ningún valor tendrían, porque habían de ir, para que valiesen, en hojas dispuestas de cierto modo y arrancadas de un librejo que él se había dejado en casa.
Nada le valió con todo para apaciguar al de la carátula. O por poner en duda que fuesen indispensables tales hojas o por despecho de que se las hubiese dejado en casa y no las trajese allí, el bandido, sin atender a razones y diciendo repetidas veces «escríbeme el papelito», se puso a maltratar a pezcozones al infeliz maniatado.
Don Paco no pudo sufrir más: fue corriendo a la puerta de la casilla, por fortuna vieja y desvencijada, y descargando sobre ella con todos sus bríos un diluvio de patadas, de puñetazos y garrotazos, consiguió en pocos segundos arrancarla de los goznes y derribarla por el suelo con estrepitoso sacudimiento, que hizo retemblar las paredes.
El bandido se sobrecogió de terror porque imaginó al principio que el viejo guarda, o lleno de envidia por la ventura que otros iban a lograr, o enojado porque le profanaban su mansión, donde el día antes había estado todavía de cuerpo presente, venía ahora capitaneando una legión de demonios para llevárselo al infierno.
¿Qué criatura mortal podía aparecer a aquellas horas y en tan apartado sitio?
El bandido, no obstante, se recobró del susto y acudió a la defensa.
Echó mano del trabuco, que tenía en un rincón de la estancia, y fue al cuarto contiguo, donde había caído la puerta y estaba la entrada.
Allí apenas se veía, porque la única luz era la de un candil atado en la otra estancia a una tomiza que pendía de una viga del techo; pero el de la carátula vio el bulto de un hombre que se precipitaba sobre él, y le dijo:
--¡Tente o mueres!
Y le apuntó con el trabuco.
Todo ello fue con rapidez maravillosa. Don Paco estaba ya casi encima del bandido, y al mismo tiempo que éste disparaba, le sacudió tan tremendo garrotazo en el brazo izquierdo, que le hizo soltar el arma y dar con ella en el suelo.
El tiro salió antes, pero torcida ya la dirección, las postas, sin tocar a don Paco, fueron a agujerear el muro.
El de la carátula retrocedió para evitar nuevo golpe, y aunque magullado por el que había recibido, sacó de la faja que rodeaba su cintura una truculenta navaja de Albacete, de las de virola y golpetillo, de las que llevan la inscripción:
Si esta víbora te pica no hay remedio en la botica;
la abrió con el temeroso ruido que produce la rodaja al encajar en el muelle, y se lanzó otra vez sobre su adversario; pero el bandido estaba ya falto de serenidad y quebrantado por el dolor del primer golpe. No supo ser certero y en balde abanicó el ambiente con su mortífero instrumento.
Don Paco, sereno y decidido, se apartó a un lado, brincó y salvó el bulto y sacudió otra vez tan fiero garrotazo en los lomos del de la carátula, que le hizo caer en el suelo boca abajo.
Tendido ya en el suelo el bandido, don Paco se ensañó algo, y sin compasión le dio cuatro o cinco palos más.
Como no se quejaba ni rebullía, don Paco le creyó muerto. Se agachó, no obstante, con precaución y le quitó de la mano la navaja.
En seguida llegó don Paco a donde estaba don Ramón, que le reconoció, y con viva efusión le dio las gracias.
Don Paco desató el cordel que mantenía a don Ramón amarrado.
--Alúmbreme usted con el candil--le dijo--. Voy a ver si ha muerto ese hombre.
A la luz del candil se llegó don Paco al que estaba boca abajo tendido por el suelo y le puso boca arriba. La carátula se le había caído.
Don Paco y don Ramón se quedaron absortos al reconocer a Antoñuelo.
XXXII
Por dicha no había recibido ningún garrotazo en la cabeza; pero estaba derrengado, molido y lleno de contusiones.
Seguro ya de que vivía, y por instigación del tendero murciano, que no se aquietaba hasta recobrar, en parte al menos, el dinero robado, don Paco registró a Antoñuelo y le encontró cuatro mil reales, que devolvió a su dueño.
Los otros ocho mil se los había llevado el compañero de Antoñuelo, el cual, por director y maestro en el arte, había tomado doble porción de botín.
Antoñuelo sentía agudos dolores; no formulaba palabra alguna, pero lanzaba gemidos lastimeros.
Don Paco se apresuró a salir de allí, volviendo cuanto antes al lugar con el libertado y el vencido.
La poderosa mula de don Ramón, aparejada aún con muy cómoda y ancha albarda, se hallaba en un corralejo o pequeño cercado contiguo a la casilla.
Sacó don Paco la mula, hizo que montase en ella su dueño y levantando después a Antoñuelo, que apenas se podía mover, y llevándole en peso con alguna dificultad, le plantó a las ancas. El cargó luego con el trabuco y la navaja, trofeos de su victoria, y echando delante la mula y su doble carga se dirigió hacia el lugar.
Al ir caminando daba infinitas gracias a Dios porque le había puesto en ocasión de castigar un delito y de evitar otros mayores, y porque le había proporcionado un medio de volver a la patria con justo motivo y sin ningún sonrojo.
Aunque caminaron despacio, llegaron al lugar entre una y dos de la noche, sin hallar a nadie en el camino.
Inquieto don Andrés por la suerte de don Paco, había enviado en balde a muchas personas para que le buscasen. También la tendera había enviado gente en busca de su marido. Todos con mal éxito se habían vuelto al lugar antes de medianoche.
Cuando mucho más tarde entraron en él don Paco y su comitiva, los villalegrinos estaban durmiendo.
Don Paco, procurando y logrando no llamar la atención, dejó a Antoñuelo a la puerta del herrador, su padre. Libre ya don Ramón del poco agradable socio de montura, se despidió de don Paco con nuevas y fervorosas manifestaciones de gratitud y se largó a su casa.
Don Paco se fue a reposar a la suya.
Como el médico estaba viejo y averiado y tenía no poco que hacer, don Policarpo ejercía también, con sentimiento del médico, la medicina y la cirugía. El herrador le llamó al punto para que curase a su hijo.
Don Policarpo le atendió muy bien y pronosticó que le curaría pronto, porque sus contusiones, si bien en extremo dolorosas, no eran de peligro ni daban que temer por su vida.
Apenas amaneció, don Policarpo, sabedor de que don Andrés estaba inquietísimo por la suerte de su amigo o como si dijéramos de su ministro, fue a casa del cacique, que se despertaba con el alba, y le pidió albricias y le dio la buena nueva de que don Paco había parecido. Como el boticario sólo había visto al magullado Antoñuelo y no sabía bien lo ocurrido, hizo su composición de lugar, y fantaseó y dijo a don Andrés que entre don Paco y Antoñuelo había habido una muy reñida pelea, sin duda por los bellos ojos de Juanita; que la pelea había sido en mitad del campo, durante la noche; que don Paco había quedado ileso y que el pobre Antoñuelo estaba tal que se lo podía comer con cuchara, pero que él, con su ciencia y sus cuidados, le sanaría muy pronto.
Don Andrés se holgó mucho de que hubiese vuelto sano y salvo el secretario del Ayuntamiento, que le era utilísimo y a quien profesaba más amistad que a nadie.
No por eso quiso llamar a don Paco ni ir a verle en seguida, turbando el reposo de que sin duda había menester; pero no creyó en el duelo o pendencia que don Policarpo había supuesto y contado.
Don Andrés, aunque muy estimulado por la curiosidad, se armó de paciencia y de calma y aguardó dos o tres horas antes de dar un paso para descubrir lo cierto.
Bien sabía él que el mayor amigo y confidente de don Paco era el maestro de escuela, y a eso de las ocho, cuando ya la escuela había empezado y don Pascual debía de estar en ella, don Andrés le envió a llamar a su casa.
El mozo que llevó el recado volvió diciendo que don Pascual había salido al rayar el alba, que no había vuelto aún, que los niños estaban dando la lección con el ayudante y que no bien volviese don Pascual y supiese que don Andrés le llamaba, iría a verle al punto.
XXXIII
Don Paco, después de vagar en la soledad por espacio de dos días y después de tantas penas, emociones y lances, anheló para desahogo confiarse por completo con alguien. ¿Y con quién mejor que con el maestro de escuela, hombre de bien, sigiloso y tan excelente y desinteresado amigo, primero de Juanita y de él más tarde?
La mujer del alguacil fue, pues, a llamar a don Pascual de parte de don Paco.