Juanita La Larga

Part 11

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Con estos lances, tratos y conversaciones, don Andrés se emberrenchinaba más cada día, y su circunspección iba desapareciendo. Fuerza es confesar, aunque no redunde en alabanza de Juanita, que esta no desengañaba ni zapeaba a don Andrés por completo y que se deleitaba en retenerle y en provocarle con sus retrecherías.

Es cierto que reconociendo Juanita que era peligroso dejarse acompañar por don Andrés todas las noches, espió con maña el momento en que don Andrés no la aguardaba en el zaguán, y en lo sucesivo logró escaparse siempre a su casa sin ser por don Andrés acompañada.

Cuando pasaron muchas noches escapándose siempre ella, apesadumbrado don Andrés, exaltado y como fuera de sí, le dio las más sentidas quejas, hallándola sola en la antesala. La vehemencia de los sentimientos del cacique se revelaba en su precipitado discurso, en su gesto, en su ademán y en su acento conmovido. Sin reparar en nada levantó la voz.

--¡Por las ánimas benditas!--dijo la moza--; témplese vuecencia y mire por sí, ya que no mire por mí, y no promueva aquí un alboroto ridículo y se convierta en la fábula del lugar y sea la comidilla de todos los maldicientes.

--Nada me importan los maldicientes si tú me bendices como yo te bendigo. Bendita seas mil y mil veces, y bendita sea la madre que te parió.

Y diciendo esto, sin atender a más razones, se echó como loco sobre ella, y tan de repente, que ella no pudo sustraerse a sus abrazos y a sus besos. Cinco o seis, que en el número no están de acuerdo los historiadores, le plantó en las frescas mejillas, que se pusieron rojas como la grana. Y no contento, le buscó la boca para besársela, y se la halló y se la besó.

No estuvieron sus labios junto a los de ella el tiempo que los de don Tristán de Leonís y la reina Iseo, de los que dice el antiguo romance:

Tanto estuvieron unidos cuanto una misa rezada.

Al contrario, no bien se recobró Juanita del susto y de la sorpresa, puso una cara tan feroz que daba miedo, a pesar de ser tan hermosa, y agarrando con ambas manos por los hombros a don Andrés, le sacudió lejos de sí con tal fuerza, que vaciló como ebrio y faltó poco para que cayese por tierra. Poco antes había entrado don Paco en la antesala; de suerte que si vio el empujón, vio también los besos que lo habían motivado.

¿Qué había de hacer don Paco? Hizo como sí nada hubiese visto. Y él y don Andrés entraron en la tertulia según costumbre.

XXVIII

Al día siguiente ocurrió en Villalegre un caso que sorprendió y dio mucho que hablar.

Ni por el Ayuntamiento, ni por casa del alcalde, ni por la escribanía, ni por parte alguna pareció don Paco, que de diario acudía a todas para desempeñar sus varias funciones. Fueron a casa de él, y tampoco le hallaron allí. El alguacil y su mujer, que le servían y cuidaban, no sabían cómo ni cuándo se había ido y no daban razón de su paradero.

Pasó todo el día sin que don Paco volviese y sin que se averiguase dónde estaba, y creció el asombro. Nadie acertaba a explicar la causa de aquella desaparición. Mucho tiempo hacía que por aquella comarca, merced al bienestar y prosperidad que reinaban y a la benemérita Guardia Civil, no se hablaba de bandidos y secuestradores.

¿Dónde, pues, estaba metido don Paco?

La gente se lo preguntaba y no se daba contestación satisfactoria.

Los amigos, y simultáneamente don Andrés Rubio, se mostraban inquietos. Sólo no se alteraba doña Inés. Su carácter estoico y su resignada y cristiana conformidad con la voluntad del Altísimo conservaban casi siempre inalterable la tranquilidad de su alma. Doña Inés, además, no veía nada alarmante en el suceso, y a ella misma y a sus amigos don Andrés y el padre Anselmo se lo explicaba del modo más natural. Suponía y decía con sigilo que su señor padre, aunque estaba sano y bueno y tenía más facha de mozo que de anciano, había empezado a envejecer, claudicar y flaquear por el meollo; culpa quizá de lo mucho que con él trabajaba y estudiaba. Ello era que, según doña Inés, su padre, desde hacía tiempo, daba frecuentes aunque ligeros indicios de extravagancia y de chochez prematura. Tal era la causa que hallaba doña Inés para la desaparición de don Paco. Y afirmando que sin más razón que su capricho se había ido paseando y tal vez vagaba por los desiertos y cercanos cerros, pronosticaba que cuando se cansase de vagar volvería a la población como tal cosa.

Ni en toda aquella noche ni durante el día inmediato se cumplió, sin embargo, el pronóstico de doña Inés.

Cuando volvió Juanita a su casa, entre nueve y diez de la noche, don Paco aún no había parecido.

Juanita, que no era estoica ni tan buena cristiana como doña Inés, estaba angustiadísima y llena de inquietud y de zozobra, por más que hasta entonces lo había disimulado.

Cuando se vio a solas con su madre, no pudo contenerse más y le abrió el corazón buscando consuelo.

--Don Paco no ha parecido--le dijo--. Mi corazón presiente mil desventuras.

--No te atormentes--contestó la madre--; don Paco parecerá. ¿Qué puede haberle sucedido?

--¿Que sé yo? Nada te he dicho, mamá; hasta hoy me lo he callado todo. Ahora necesito desahogarme y voy a confesártelo. Soy una mujer miserable, indigna, necia. Pude tenerlo por mío y le desdeñé. Ya que le pierdo, y quizá para siempre, conozco cuánto vale, y le amo; perdidamente le amo. Y para que veas mi indignidad y mi vileza, amándole le he faltado: he atravesado su corazón con el puñal venenoso de los celos. Yo tengo la culpa, y don Andrés está disculpado. Yo le atraje, yo le provoqué, yo le trastorné el juicio, y sí me faltó al respeto, hizo lo que yo merecía.

--Niña, no comprendo bien lo que dices. O es que no estoy en autos, o es que tú disparatas.

--No disparato ahora, pero he disparatado antes. Repito que he provocado a don Andrés para vengarme de doña Inés y para dar picón a don Paco. Yo estaba celosa. Temí que él se rindiese a doña Agustina. No comprendí cuánto me quería él. Ahora lo comprendo. Y ve tú ahí lo que son las mujeres: me halaga, me lisonjea creer que me ama tanto, y esta creencia es al mismo tiempo causa de mi pena y del remordimiento que me destroza el alma. Nada sé de fijo; pero en mi cabeza me lo imagino todo. Sin duda él me espiaba, y en la oscuridad de las calles me vio y me reconoció, o me oyó charlar y reír con don Andrés, que me acompañó varias noches. Y él, lleno de sospechas y apesadumbrado de creerme liviana, siguió espiándome, y anteanoche, en la misma antesala de doña Inés, me sorprendió cuando don Andrés me abrazaba y me cubría de besos la cara y hasta la boca. Yo le rechacé con furia; pero don Paco pudo suponer, y de seguro supuso, que mi furia era fingida porque él había entrado y porque yo le había visto y trataba de aparentar inocencia. ¿Sabes tú lo que yo temo? Pues temo que don Paco, juzgando una perdida a la mujer que era objeto de su adoración, se ha ido desesperado sabe Dios dónde.

--De todo eso tiene la culpa--interpuso Juana--esa perra doña Inés; esa degollante, que no pagaría sino quemada viva o frita en aceite.

--Te aseguro, mamá, que no sé cómo la aguanto aún; pero si esto no para en bien y ocurre algún estropicio, quien la va a quemar y a freír soy yo con estas manos. No; no soy manca todavía. La desollaré, la mataré, la descuartizaré. No creas tú que va a quedarse riendo.

Juana, al ver tan exaltada a su hija, temió la posibilidad de un delito, y exclamó como persona precavida y juiciosa:

--Prudencia, niña, prudencia; no te aconsejaré yo que la perdones. Bueno es ganar el cielo, pero gánalo por otro medio y no con el perdón de quien te injuria. Dios es tan misericordioso que nos abre mil caminos para llegar a él. Toma, pues, otro y no sigas el de la mansedumbre. Conviene hacerse respetar y temer. Conviene que sepan quién eres. Lo que yo te aconsejo es que tengas mucho cuidado con lo que haces, porque si tú castigas a doña Inés sin precaución, la justicia te empapelaría como un ochavo de especias, y hasta te podría meter en la cárcel o enviarte a presidio.

--No pretendas asustarme. Si ocurre una desgracia, yo no me paro en pelillos; la pincho como a una rata, la araño y le retuerzo el pescuezo. Lo haría yo en un arrebato de locura y no sería responsable.

--No serías--replicó Juana--; pero te tendrían por loca y te encerrarían en el _manoscomio_, _monomomio_ o como se llame; yo me moriría de pena de verte allí.

--¿Pues qué he de hacer, mamá, para castigar bien a doña Inés sin que tú te mueras de pena?

--Lo que debes hacer, ya que tienes con ella tanta satisfacción y trato íntimo, es cogerla sin testigos y entre cuatro paredes, darle allí tus quejas, leerle la sentencia y ejecutarla en seguida.

--¿Y qué quieres que ejecute?

--Acuérdate de tu destreza de cuando niña, de cuando con la cólera hervía ya en tus venas la sangre belicosa de tu heroico padre: agarra a doña Inés, descorre el telón y ármale tal solfeo en el _nobilísimo transportín_, que se lo pongas como un nobilísimo tomate. Ya verás cómo lo sufre, se calla y no acude a los tribunales. Una señorona de tantos dengues y de tantos pelendengues no ha de tener la sinvergüencería de enseñar el cuerpo del delito al Jurado ni a los oidores.

Al oír los sabios consejos de su mamá, Juanita mitigó su cólera, y a pesar del dolor que tenía no pudo menos de reírse, figurándose a doña Inés, con toda su majestad y entono, azotada e inulta. Luego dijo:

--Aun sin propasarme hasta el extremo de la azotaina, y aun sin cometer ningún crimen, he de castigarla valiéndome de la lengua, que ha de lanzar contra ella palabras que le abrasen el pecho. Ha de lanzar mi lengua más rayos de fuego que la uña del boticario. Cada una de las palabras que yo le diga ha de ser como uña ponzoñosa de alacrán que le desgarre y envenene las entrañas.

La iracunda exaltación de Juanita no podía sostenerse y se trocó pronto en abatimiento y desconsuelo.

--¡Ay Dios mío!--exclamó--. ¡Ay María Santísima de mi alma! ¿Qué va a ser de mí si hace él alguna tontería muy gorda, se tira por un tajo o se mete fraile? Entonces sí que tendré yo que meterme monja. Pero yo no quiero meterme monja. Yo no quiero cortarme el pelo y regalárselo a doña Inés. Un esportón de basura será lo que yo le regale.

Y diciendo esto, rompió Juanita en el más desesperado llanto. Abundantes lágrimas brotaron de sus ojos y corrían por su hermosa cara; parecía que iban a ahogarla los sollozos y se echó por el suelo, cubriéndose el rostro con ambas manos y exhalando profundos gemidos.

La madre, que estaba acostumbrada a los furores de Juanita, no había tenido muy dolorosa inquietud al verla furiosa; pero como Juanita era muy dura para llorar, y como su madre no le había visto verter una sola lágrima desde que ella tomaba, cuando niña, alguna que otra perrera, su llanto de entonces conmovió y afligió sobre manera a Juana.

--No llores--le dijo--. Dios hará que parezca don Paco, y ni él será fraile ni tú serás monja, como no entréis en el mismo convento y celda.

En suma, Juana, llorando ella también, a pesar suyo, hizo prodigiosos esfuerzos para calmar a su hija, levantarla del suelo y llevarla a que se acostase en su cama. Al fin lo consiguió, la besó con mucho cariño en la frente, y dejándola bien arropada y acurrucada, se salió de la alcoba diciendo:

--Amanecerá Dios y medraremos.

XXIX

No quiero tener por más tiempo suspenso y sobresaltado al lector y en incertidumbre sobre la suerte de don Paco.

Nuestro héroe, en efecto, había tenido el más cruel desengaño al ver primero a Juanita, acompañada por don Andrés, atravesar a oscuras las calles, charlando y riendo, y después al presenciar la última parte del coloquio de la antesala y el animadísimo fin que tuvo en los abrazos y en los besos.

No quería conceder en su espíritu que Juanita fuese una pirujilla, y, no obstante, tenía que dar crédito a sus ojos.

Muy triste y muy callado y taciturno estuvo toda aquella noche en la tertulia de su hija. Jugó al tresillo para no tener que hablar; hizo malas jugadas y hasta renuncios, por lo embargado que le traían sus melancólicas cavilaciones; apenas jugó una vez sin hacer puesta o recibir codillo, y perdió quinientos tantos, equivalentes a cincuenta reales.

De mal humor se volvió a su casa antes que nadie se fuese.

En balde procuró dormir. No pudo en toda la noche pegar los ojos. Los más negros pensamientos caían sobre su alma, como se abate sobre un cadáver famélica bandada de grajos y a picotazos le destrozan y le comen.

Por lo mismo que él, durante toda la vida, había sido tan formal, tan sereno y tan poco apasionado, extrañaba y deploraba ahora el verse presa de una pasión vehemente y sin ventura. Se enfurecía, y discurriéndolo bien, no hallaba a nadie contra quien descargar su furor con algún fundamento. Juanita le había despedido; no era ni su mujer, ni su querida, ni su novia. Bien podía hacer de su capa un sayo sin ofenderle. Y menos le ofendía aún don Andrés, el cual sospecharía acaso que él había tenido, hacía más de un año, relaciones con la muchacha; pero en aquel momento le creía, según los informes que le daba doña Inés, decidido pretendiente y casi futuro esposo de la fresca viuda doña Agustina Solís y Montes de Allende el Agua.

Don Paco se consideraba obligado a echar la absolución a Juanita y a don Andrés. Y, sin embargo, contra toda razón y contra toda justicia, sentía el prurito de buscar a Juanita, ponerla como hoja de perejil y darle una soba, o bien de armar disputa a su valedor y protector el cacique y, con un pretexto cualquiera, romperle la crisma.

Todo esto, según la pasión se lo iba sugiriendo y según iba pasando y volviendo a pasar por su cerebro como un tropel de diablos que giran en danza frenética, no consentía que lograse un instante su reposo. En vez de dormir se revolcaba en la cama, y sus nervios excitados le hacían dar brincos.

A pesar de todo, se encontraba más cómico que trágico, y se echaba a reír, aunque con la risa que apellidan sardónica, no por una hierba, sino porque--según había oído contar--entre los antiguos sardos se reían así los que eran atormentados y quemados de feroz y sardesca manera en honor de los ídolos.

Juanita era el ídolo ante el cual el amor y los celos, sacerdotes y ministros del altar de ella, atormentaban y quemaban a don Paco. Como no podía sufrirse, pensó con insistencia en matarse, y luego sus doctrinas y sus sentimientos religiosos y morales acudían a impedirlo. Y no bien lo impedían, don Paco se burlaba de sí mismo y se despreciaba, presumiendo que lo que llamaba él religión y moral fuese cobardía acaso.

Después de aquel tempestuoso insomnio, que convirtió en siglos las horas, don Paco se levantó del lecho y se vistió antes que llegase la del alba.

Abrió la ventana de su cuarto y vio amanecer.

La frescura del aire matutino entibió, a su parecer, aquella a modo de fiebre que en sus venas ardía. Y como no se hallaba bien en tan estrecho recinto y anhelaba ancho espacio por donde tender la mirada, y para techumbre toda la bóveda del cielo, determinó salir, no sólo de la casa, sino también de la población, e irse sin rumbo ni propósito, a la ventura, pero lejos de los hombres y por los sitios más esquivos y solitarios.

Se fue sin que despertasen ni le viesen el alguacil y su mujer. Tuvo, no obstante, serenidad y calma relativa. No huyó como un loco, y tomó su sombrero y su bastón, o más bien el garrote que de bastón le servía.

Además, como se preparaba para larga peregrinación, aunque sin saber adonde, y como a pesar de que pensaba a menudo en el suicidio no pensó en que fuese por hambre, ya que en medio de sus mayores pesares y quebrantos nunca había perdido el apetito, tomó sus alforjas, colocó en ellas alguna ropa blanca y los víveres que pudo hallar, se las echó al hombro y se puso en camino, a paso redoblado, casi corriendo, como si enemigos invisibles le persiguieran.

Pronto recorrió algunas sendas de las que dividen las huertas que hay en torno de la villa. La primavera, con todas sus galas, mostraba allí entonces su hermosura y sus atractivos. En el borde de las acequias, por donde corría con grato murmullo al lado de la senda el agua fresca y clara, había violetas y mil silvestres y tempranas flores que daban olor delicioso. Los manzanos y otros frutales estaban también en flor. Y la hierba nueva en el suelo y los tiernos renuevos en los álamos y en otros árboles lo esmaltaban todo de alegre y brillante verdura. Los pajarillos cantaban; el sol naciente doraba ya con vivo resplandor los más altos picos de los montes, y un ligero vientecillo doblegaba la hierba y agitaba con leve susurro el alto follaje.

Don Paco caminaba tan embebecido en sus malos y negros pensamientos, que en nada de esto reparaba.

No tardó en salir de las huertas y en encontrarse entre olivares y viñedos; pero él huía de los hombres; no quería ver a nadie ni que nadie le viese, y tomó por las menos frecuentadas veredas, dirigiéndose hacia la sierra peñascosa, donde la escasez de capa vegetal no permite el cultivo, donde no hay gente y donde está pelada la tierra o sólo cubierta a trechos de maleza y ásperas jaras, de amargas retamas, de tomillo oloroso y de ruines acebuches, chaparros y quejigos.

Aunque le fatigó algo su precipitada carrera, don Paco no se detuvo a reposar, sentándose en una peña, hasta que dio por seguro que se hallaba en completa soledad, casi en el yermo, sin que nadie le viese, le oyese y le perturbase.

Apenas se sentó, se diría que los horribles recuerdos que le habían arrojado de la villa, que venían persiguiéndole y que se habían quedado algo atrás, le dieron alcance y empezaron a picarle y a morderle otra vez. Recordaba con rabia la dependencia servil con que el interés y la gratitud le tenían ligado al cacique, el yugo antinatural que le había impuesto su hija, los desdenes que Juanita le había prodigado y los favores con que a don Andrés regalaba. Pensó después en la burla de que sería objeto por parte de todos sus compatriotas cuando se enterasen de lo que pasaba en su alma, y se levantó con precipitación para huir más lejos y a más esquivos lugares.

Casi corriendo bajó por una cuesta muy pendiente y vino a encontrarse, después de media hora de marcha, en una estrecha cañada que se extendía entre dos cerros formando declive. Iba saltando por él un arroyuelo y sonando al chocar en las piedras. El arroyuelo, al llegar a sitio llano y más hondo, se dilataba en remanso circundado de espadaña y de verdes juncos. Algunos alerces y gran abundancia de mimbrones daban sombra a aquel lugar y lo hermoseaban frondosas adelfas, cubiertas de sus flores rojas, y no pocos espinos, escaramujos y rosales silvestres, llenos de blancas y encarnadas mosquetas.

Sitio tan apacible convidaba al reposo, y convidaba a beber el agua limpia del remanso, cuya haz tranquila, rizándose un poco, delataba la mansa corriente o que el agua no estaba estancada y sin renovarse.

El sol, que se había elevado ya sobre el horizonte y se acercaba al cénit, difundía mucho calor y luz sobre la tierra; y don Paco, buscando sombra, vino a sentarse en un ribazo y se puso a contemplar el agua antes de beberla.

En medio de su contemplación, sintió cierta angustia y escarabajeo en su estómago, porque hacía cerca de veinte horas que no había comido, había andado mucho y no había dormido nada. En suma, fuerza es confesarlo, don Paco tuvo hambre.

Miró a todos lados, como si fuese a cometer un crimen, muy receloso de que alguien pudiera verle, y convencido ya de que su soledad no podía ser mayor, metió la mano en las alforjas y sacó de aquí una blanca rosquilla y un bulto envuelto, bien envuelto, en un antiguo número de _El Imparcial_.

¿Qué había en este envoltorio? El historiador no debe ocultar nada. En el envoltorio que desplegó don Paco había media docena de hermosos pedazos de lomo de cerdo, gruesos como el puño, de los que Juana la Larga había adobado y frito; de los que con el aliño de orégano, pimiento molido, comino y qué sé yo qué otras especias, ya calentados en la propia manteca entre la que se conservan en orzas, ya extraídos de la manteca y fiambres, seducen a las criaturas más desesperadas y afligidas y les dicen: ¡comedme!

Don Paco se preparó a obedecer el irresistible mandato; pero pensando en aquel mismo instante en que Juana la Larga, la madre de quien causaba su tormento, era quien había guisado aquel lomo, las más tristes memorias se le recrudecieron, y con una magra entre los dedos, al ir ya a tirar un bocado, se le atragantaron en la garganta los dos tan sabidos versos de Garcilaso que dicen:

¡Oh dulces prendas por mi mal halladas, dulces y alegres cuando Dios quería!

No quiso Dios, a pesar de todo, que don Paco las hallase por su mal. Aunque se le saltaron las lágrimas pudo más el apetito. Ganas tuvo también, en su desesperación, de que las magras se le volviesen veneno; pero, en fin, él se comió dos y también la rosquilla.

Hubo un momento en que echó de menos el vino y deploró no haber traído la bota. Luego se resignó y bebió agua, bajando la boca hasta la superficie del remanso.

Por último, como estaba molido de tanto andar, velar y rabiar, y sentía en lo exterior el calor del sol y en lo interior el calor del lomo y de la rosquilla, a pesar de su enorme pesadumbre, fue vencido por el sueño y se confortó durmiendo profundamente la siesta, durante la cual sus desventuras y sus penas se diría que se habían sumergido en aquel arroyo como si fuese el Leteo.

XXX

Cuando despertó don Paco de su prolongado sueño, el sol se inclinaba hacia Occidente; el día estaba expirando.

Las vacilaciones que habían atormentado a don Paco volvieron a atormentarle con mayor fuerza mientras más tiempo pasaba. Su fuga del lugar le parecía, y no sin razón, que debía de haber sido notada por todos y mirada con extrañeza. A él, que ejercía tantos oficios, le habrían echado de menos en muchos puntos.

Se le figuraba que, como no había pedido licencia a nadie, y como su inusitada desaparición carecía de causa confesada por él, todos sus compatricios se esforzarían por hallar esta causa y acabarían por suponerla un acto de desesperación o de despecho. Nadie dejaría de lamentar su fuga sí él no volvía al lugar; pero si volvía, la compasión se transformaría inevitablemente en burla y rechifla.

No quedaría un solo sujeto que no le preguntase con sorna qué había ido a hacer al yermo y por qué lo dejaba tan pronto, arrepentido de ser anacoreta. Y los que sospechasen, y no dudaba él que algunos sospecharían, que había querido suicidarse, tomarían a risa lo del suicidio y atribuirían a miedo el que no se hubiese realizado.

Imaginaba él que, vuelto al lugar, no podría sufrir su nueva situación, porque se le figuraría que se mofaban de él cuando le mirasen a la cara.

Si se fue, dirían, porque había aquí algo que no podía aguantar, ¿por qué vuelve ahora, se resigna y lo aguanta?

Don Andrés, sobre todo, le despreciaría y le escarnecería, allá en sus adentros, calculando que la fuga había sido por lo de los besos a Juanita y que ahora volvía muy resignado a llevarlos con paciencia y hasta a verlos dar de nuevo.

A Juanita misma se la presentaba muy afligida por lo pronto, llena de remordimientos porque era o iba a ser motivo u ocasión de su muerte y muy inclinada a derramar lágrimas a la memoria de él o sobre su ignorada tumba, si es que le enterraban y ella sabía dónde y no estaba lejos; pero si Juanita le veía otra vez tan campante, y en las calles de Villalegre, acudiendo a sus ordinarios quehaceres, ya en la tertulia de doña Inés haciendo la corte a doña Agustina, Juanita le tendría por la persona más ruin y cuitada del orbe. Juanita se mofaría de él, y don Paco se estremecía al pensar sólo en la posibilidad de semejante vilipendio.

Era, sin embargo, muy duro matarse sin gana y sólo para que la gente tome a uno en serio, le compadezca y no le embrome.