Chapter 7
-No, no te muevas, Román... Estás bien ahí, hijo mío... He venido no más que a ver si ocurría algo. Quedáos en paz. Antes, ya te acordarás, no me gustaba dejaros solos, ¿eh? Pero ahora..., ¡bah!, si eres como un hermano de la pobre... Hazle compañía; entretenla. Tengo que atender a mi agente de Bolsa, que me aguarda en la sala.
Apenas la madre hubo salido, Irene se alzó sobre un codo y dijo a Román, que estaba cabizbajo:
-Ahí tienes la prueba que te ofrecí. ¡Mi madre nos deja solos!
Y atajando nuevas protestas de Román, añadió:
-No te esfuerces. Yo estoy resuelta: así que pueda levantarme y andar, irremisiblemente entraré en el Noviciado de los Paúles.
«Blanco y Negro», núm. 645, 1903.
Fue a la salida de misa cuando la vi. Mal podría ser en otra parte; sólo ponía los pies en la calle para eso, y madrugando. El tupido velo de su manto de luto, casualmente no le tapaba el rostro; el traje de negro merino moldeaba estrechamente sus majestuosas formas, haciendo resaltar lo aventajado de la estatura; al detenerse a humedecer los dedos en la pila del agua bendita y trazar con lentitud sobre su frente el signo crucífero, pude cerciorarme de que no me habían contado una conseja vana. La tez presentaba el tono enverdecido y hasta la pátina lustrosa del bronce. Los ojos eran amarillentos. Los labios, una línea más oscura. Tenía en mi presencia una fundición viva, envuelta en ropajes de tristeza.
¡Qué efecto me causó! Sentí frío; una especie de terror cuajó mi sangre. La había conocido antaño, en el esplendor de su morena y pálida beldad, vestida de gasa junquillo, en un asalto de esos que se convierten en animadísimos bailes. Reconocerla después de aquel cambio tan extraño... imposible. A duras penas discernía los lineamientos de las facciones. Solo el aire, el andar de diosa, recordaba a la belleza admirada bajo las luces y entre las bocanadas de música que venían del jardín, en el giro de un vals, que arremolinaba los volantes finos de su traje como nube dorada alrededor de un sol de alegría...
La misma tarde del día en que vi la figura de bronce en el templo, busqué a Mauro Pareja, gaceta de la población, y exigí el relato entero, sin quitar una tilde. Al pronto se hizo de rogar, y en vez de satisfacer mi curiosidad quiso conformarse con especiosas reflexiones. Los pueblos son muy noveleros; la gente patrocina siempre las versiones románticas y nadie admite la explicación vulgar y sencilla, verosímil, de las cosas. Bien debía yo saberlo: el fenómeno que tanto me extrañaba era una enfermedad conocida, la de Adison, semejante a la ictericia, pero más grave: algo relacionado con el hígado; una alteración del pigmento y de los tejidos, que comunica a la tez el aspecto del bronce. Caso raro, sin duda..., pero... ¡pchs! ¡La patología es tan rica y variada...!
Después de torearme lo menos diez minutos, de improviso sonrió confidencialmente, hizo un gesto que parecía significar «vamos allá...», y cerrando la ventana -como si por ella fuese a escaparse el secreto- y la puerta -no se enterase la criada-, paseándose de arriba abajo y deteniéndose en los momentos culminantes de la relación para accionar y dar fuerza a los períodos, me contó lo que sigue:
La boda estaba tan próxima, que ya solo se esperaba la llegada de los trajes encargados por el novio para convidar a las amigas a la exposición de los regalos. Se suspendió y aplazó cuando a él le tocó en sorteo ir a Filipinas.
Hay que ser justos: a Iñigo Cervera -el novio se llamaba así- no se le ocurrió esquivar el cumplimiento de su deber. Embarcó en el plazo más breve, dejando cuanto aquí le atraía. Estaba perdidamente enamorado -ya recordará usted si era hermosa esa Borja Eguía que hoy parece un portalámparas-. Hay amoríos que, sin encontrar dificultades, corriendo por el cauce apacible de la conformidad de las familias al remanso del hogar, toman, sin embargo, un tinte poético que impresiona, debido a su vehemencia. Treinta o cuarenta señoritas conocidas se casan en este pueblo cada año, sin que nadie se preocupe de su idilio soso. El de Iñigo Cervera y Borja Eguía nos dio dentera a los solterones, y la disimulamos con guasa. La felicidad casi estática de la pasión que se afirma libremente, orgullosa de sí misma; la juventud y la gallardía realzando y explicando la pasión: ahí tiene usted lo que leíamos con envidia en los ojos de ella y de él, siempre que ansiosos de beberse la mirada fundían su luz, olvidando -estuviesen donde estuviesen, en el teatro, en la calle, en visita- la presencia de los indiferentes, el transcurso del tiempo y quizá el código de las conveniencias sociales...
Claro es que la llamada a la guerra cayó como una bomba; la despedida fue desgarradora y la ausencia un suplicio. Borja, adoptando, ya que no las tocas, al menos las costumbres de la viudez, se encerró en su casa; de allí no la arrancaban ni con grúas. Su madre, compartiendo el disgusto de la hija, hubiese deseado imitarla en el retiro; pero no era posible, porque no había de arrinconar a la otra, a Manolita, que tenía quince años y ya piñoneaba. ¿A esa llegó usted a conocerla? Era muy diferente de su hermana: blanca, rubia, sonrosada, vivarachuela, alegre como unas sonajas y su inclinación a tomar por lo trágico ningún suceso. Sin embargo, hubo un momento en que Manolita, rabiando o cantando, se vio forzada a avenirse a la reclusión. Su madre no encontraba decoroso que, sabiéndose por los periódicos y oficialmente el cautiverio de Iñigo, prisionero de los insurrectos, anduviesen de fiesta en fiesta mientras Borja se entregaba a su aflicción silenciosa.
Hiciéronse gestiones activísimas para saber noticias; se apuraron todos los recursos; mediaron influencias y recomendaciones; gestionóse en Madrid el rescate por conducto del Ministerio de la Guerra; pero un sino fatal lo inutilizó todo: no aparecía ni leve rastro del cautivo. ¡Como si se lo hubiese tragado la tierra! Porque el mar devuelve al menos el cadáver. Borja, aunque galvanizada por tenaz esperanza, comenzó a desfallecer. Se esparció el rumor de que estaba enferma. ¿En qué consistía su enfermedad? El médico Rozas, hombre nada comunicativo, solo respondía a los curiosos: «Del hígado.» Las enfermedades del hígado son varias, y frecuentemente las originan causas morales. No obstante, por reservado que el doctor fuese, transpiró el rumor de que Borja, de la noche a la mañana, se había vuelto de bronce. Aprendimos con asombro la existencia de un mal tan raro; nos compadecimos un poco, olvidamos luego... y siguió rodando la bola del mundo.
Nos refrescó la memoria meses después un acontecimiento: la reaparición de Iñigo Cervera, los anuncios de su vuelta sano y salvo. Había pasado larga temporada prisionero e internado en un país sin comunicaciones, sin posibilidad ni de intentar la evasión, pero en desquite muy bien tratado, y hasta con cariño, según la maledicencia, por damiselas color de tabaco, a quienes debía la libertad... Y no faltó el gracioso de tanda con el inevitable chiste fúnebre: «Así no extrañará la tez de su novia.»
Y aquí -recalcó el narrador, después de una pausa- empieza la parte oscura -no es calembour- de este sucedido; aquí es donde sólo por conjeturas podemos guiarnos..., eligiendo, de las dos versiones que le ha dado el público, la que nos parezca más racional; más conforme con esa realidad modesta que generalmente huye de los golpes de efecto y desenreda la vida suave y prosaicamente.
La creencia menos general, pero más sensata y adaptable a la psicología femenina, es que Borja, después de sentir una alegría inmensa sabiendo que a Iñigo ni le habían martirizado ni matado, experimentó la reacción de una pena inconsolable, y hasta quiso, en el primer momento, no dejarse ver de él. Forzó esta consigna Iñigo, y desde luego afirmó, dentro y fuera de la casa de su novia, que venía a casarse loco de amor y de júbilo, más feliz que nunca al cerciorarse de cómo aquella incomparable mujer había conservado su memoria. Se traslució también una consulta secreta a Rozas, para indagar si era posible la curación; y aunque el dictamen del médico se ocultó, un compañero suyo, el doctor Moragas, dijo sacudiendo la cabeza, con la autoridad de la experiencia científica: «Incurable.»
Se tenía, no obstante, por cierto que se acercaba el día de la boda, porque Iñigo no salía de la casa de su futura. Suponga usted el asombro de la gente, cuando empieza a susurrarse que con quien se casa el oficial es, ni más ni menos, que con la propia Manolita, la hermana, la chiquilla rubia y fresca, de sonrosada tez.
Y no fue invención: ¡Verdad como un templo!... Una mañana, previa dispensa de amonestaciones, sin concurrencia, sin más que dos testigos, bendijo la unión el párroco; un coche esperaba a la puerta de la sacristía de San Efrén; Iñigo, ya destinado a Alicante, cogió el tren mixto con su esposa, y se sabe de ellos que andan por allá satisfechísimos y que pronto tendrán un nene... Estos son los hechos; pero los hechos, ¿qué importan? Lo único que vale son los móviles de los hechos...
Vamos, ¿cree usted, le cabe en la cabeza que tal enlace fuese imposición expresa de la misma Borja Eguía? ¿No tiene aire de novela eso de que Borja -y ¿a quién se lo fue ella a confiar? ¿Cómo se sabe?- dijese a su hermana: «Iñigo viene por mí, según afirma, pero sus ojos, que antes no se apartaban de mi cara, ahora no se apartan de la tuya. No creas que lo extraño: tengo espejo. Es tan natural mirar a una rosa, como desviar la vista de un cardo. Iñigo se casaría conmigo ahora mismo si yo lo exigiese... No quiero su mano, ni su nombre, ni su vida sin sus ojos... No llores, criatura... un abrazo para que se lo transmitas a mi hermano Iñigo...
¡Bah -concluyó Mauro, sentándose y cruzando una pierna sobre otra-. La gente se pirra por lo sentimental... Sabe Dios lo que habrá sucedido en casa de Borja, y si las hermanas se arrancarían el moño. Ello es que desde entonces Borja no sale de la iglesia.
«El Imparcial», 13 de octubre de 1902.
Antesala que precede a la capilla ardiente. Por la puerta entreabierta se divisa, allá en el fondo, la gran cama imperial, y a la luz amarillenta de los blandones fúnebres, entre el hacinamiento de las coronas y ramas de lila profusamente desparramadas, destellan las condecoraciones que honran el pecho del difunto. Los amigos y parientes, que han de formar el duelo, esperan conferenciando a media voz.
AMIGO 1º.- (Persona conspicua y machucha.) ¡Quién lo dijera! ¡Si parecía tan fuerte, tan sanito!... ¡Más que todos nosotros! No ha guardado un día de cama.
AMIGO 2º.- (Semijoven, gomoso, atildado.) Conmigo paseó a caballo el jueves, y hoy es lunes... Si soy yo quien maneja este cotarro, no permito que le entierren todavía. Está tan natural... Parece vivo.
AMIGO 1º.- Vivo? ¡Pues si le han hecho la autopsia!
AMIGO 2º.- La autopsia! Y ¿a santo de qué?
MÉDICO.- Por eso justamente... Por ignorarse de qué enfermedad ha sucumbido. Como que no padecía ninguna, no se le conocían achaques, y se hallaba en lo mejor de la edad. Crea usted que antes de proceder a dar el primer corte de escalpelo, buen cuidado tuvimos de cerciorarnos de si la muerte era real y no se trataba de una catalepsia o cosa por el estilo. ¡Muerto estaba... y bien muerto!
AMIGO 1º.- Y al fin, ¿se ha averiguado de qué...?
MÉDICO.- (Llevándoselos a un rincón, lo más lejos posible de la puerta de la capilla ardiente.) ¡Ah! Una cosa muy curiosa. Verán ustedes... (Cuchichean.)
EL MARQUÉS DE LA GALIANA.- (Tío del difunto; señor vanidoso, quisquilloso, presumido, locuaz.) Padre, ¿y Matildita? ¿Ha repetido la convulsión?
EL CAPELLÁN.- (Anciano, pálido, afectadísimo, temblón de cabeza y manos.) No, señor; se ha tranquilizado un poco... Esperamos por lo menos que se resigne..., con el tiempo naturalmente...
EL MARQUÉS.- Es tan angelical... ¡Le quería tanto a este pobre sobrino mío! Es decir... le llamo pobre a Alberto, no sé porqué; en realidad no he conocido hombre de más suerte... ¡Una suerte loca de remate; y todos los dones de la fortuna! Salud, buen humor, figura simpática, linaje, riquezas y el don de engatusar a cuantos... y a cuantas le conocían. Ya ve usted lo que pasó con Matilde... ¡Bien sabe a lo que aludo! Matilde..., que ha sido, y es todavía, una belleza, y que además heredaba muchos millones, tenía tratada la boda con el hermano mayor de Alberto, Lucianito... Y se cree, ¡je!, ¡je!, que ya entonces prefería Matilde a Alberto, que gustaba más del menor... y que a él, por su parte, le hacía Matilde tilín... ¡pero vaya usted a asegurar estas cosas!... La malicia, padre capellán..., ¡la pícara malicia!...
EL CAPELLÁN.- (Con abatimiento profundo.) La malicia, inseparable de la mísera humanidad.
EL MARQUÉS.- La malicia..., sí, corriente... Solo que algunas veces... la malicia tiene su fundamento, vamos... No; en este caso yo no aseguro que lo tuviese... Alberto era un chico excelente... ¡Convenido! Siempre lo dije; bueno a carta cabal. Algo descuidado en visitar... eso sí... Hasta desatento. En un año, le veíamos media vez... En fin, defectillos insignificantes. Como lo pasaba tan bien y se encontraba tan halagado, se olvidada de cumplir con las personas de respeto. Lo que sucede, padre: cuando todo nos sonríe... Y a Alberto le sonreía todo... Hasta los mismos disgustos tremendos, las desgracias de la familia, ayudaron a encumbrarle... La muerte de su hermano..., aquella muerte tan impensada..., tan trágica..., ¿no se acuerda usted?...
EL CAPELLÁN.- (Turbado y deseoso de cortar la conversación.) Señor marqués... se me figura que ya se organiza el duelo...
EL MARQUÉS.- ¡Quiá, quiá! Si todavía no es la hora... Hay que cerrar la caja... Aún no ha llegado la mitad de los coches. ¡Qué sorpresa!, ¿verdad?, al ocurrir la catástrofe de Lucianito... Esos accidentes en las cacerías siempre aterran...; sí señor, aterran punto menos que un crimen...
EL CAPELLÁN.- (Aturdido, desencajado.) ¡Van a entrar en la capilla! Hago falta allí, señor marqués... Con su permiso... Hasta luego...
EL MARQUÉS.- (Aparte, pensativo, frotándose las manos.) -¡Je... je! ¿Qué mosca le ha picado al confesor de mi sobrinito? ¿Por qué huye así, lívido de terror? Si cuando me escamo yo..., ¡vaya, vaya! ¡Aquella muerte de Luciano fue particular! Despeñarse a un precipicio engañado por la niebla... Eso no le sucede a quien conoce el país y lo ha recorrido desde muchacho. Y su hermano Alberto, que aparece diciendo que también la niebla le hizo perder el camino y por eso se apartó del grupo de cazadores... ¡Hum..., hum!... Con la tragedia de Luciano se hizo personaje Alberto. Lo sentiría mucho, lo sentiría lo que ustedes gusten; pero le vino como un guante: único heredero de los bienes, de la grandeza, de los títulos, y a los dos años esposo de Matildita... En fin, lo que uno cree, lo cree... (Pausa.) Matildita es una preciosidad. ¿Se consolará? ¡Je, je!... Ahora no le conviene rodearse de jóvenes casquivanos: queda al frente de una inmensa fortuna y necesita un sujeto experimentado y formal que sepa guiarla y aconsejarla con prudencia... ¡Encantadora Matildita! Vamos a verla, por si conseguimos que no note que sacan el cadáver... Luego me uniré al duelo... (Desaparece por una puerta interior.)
AMIGO 2º.- (En el grupo del rincón.) ¿Y dice usted que nada..., nada absolutamente?... ¿Ninguna lesión orgánica?
MÉDICO.- Ni tanto así... Y mire usted que pocas veces se da este caso... Diariamente estamos haciendo autopsias, y en individuos mayores de cuarenta años siempre encontramos, cuando menos, grietecillas por donde empieza a cuartearse el edificio. El que no tiene una predisposición tiene otra; la vida nos gasta a todos; el oleaje siempre se lleva partículas de la roca, hasta que la destruye; solo que para acabar con la roca se necesitan siglos, y para acabarnos a nosotros..., ¡pschs!
AMIGO 1º.- Pero ¿han hecho ustedes una autopsia... en regla, formal?
MÉDICO.- ¡Formalísima... minuciosa! Nos picaba la curiosidad y nos entregamos por gusto a una apasionada exploración. No quedó sitio que no registrásemos: riñones, bazo, pulmones estómago, hígado, cerebro, fueron visitados escrupulosamente. ¡Qué limpios, qué intactos los encontramos! ¡Daba gloria! Inverosímil. Créalo usted, atendida la edad no provecta, pero sí madura, de ese señor.
AMIGO 1º.- (Insistiendo.) De modo que el hígado, el estómago, etcétera... ¿a las mil maravillas? ¿Y el corazón? ¿No dice usted si el corazón?...
MÉDICO.- ¡Ah! El corazón... En reserva... Yo también creí, dado lo súbito del fallecimiento, que se trataba de un aneurisma... Grande fue mi sorpresa al notar que tampoco el corazón presentaba lesión alguna. Sin embargo, al llegar al centro mismo del órgano, vimos... En confianza... No lo repitan ustedes... Porque no nos lo explicamos; ningún compañero mío se lo explica...
AMIGO 1º.- ¿Qué, qué había?
MÉDICO.- Algo muy extraño... Un gusanillo pequeñísimo, escondido, cobijado, encerrado y domiciliado allí, que se dedicaba a roer su madriguera...
(Diálogo.)
ROSALBA.- ¿Cómo te gustaría a ti que fuese? ¿Rubio, pelicastaño, ala de cuervo sombrío?
AURINA.- Ninguno de esos pelos.
ROSALBA.- ¿Rojo? Es de traidores...
AURINA.- Hay traidores de todos los pelajes.
ROSALBA.- Entonces, ni rojo, ni rubio, ni... ¿Entonces?
AURINA.- ¿Entonces? Gris, y si puede ser blanco, ¡mejor!
ROSALBA.- ¡Gris! ¡Blanco! ¿Para enviudar pronto?
AURINA.- Justamente. Ese rasgo de penetración me prueba que vas despabilándote un poco. Porque ¡cuidado que eres simplaina tú!
ROSALBA.- Muchísimo. Ya hago lo posible por adquirir malicia; pero genio y figura...
AURINA.- Pues, chúpate el dedo y verás el camino que llevas. Mira: las de tu calaña me exasperan a mí. ¿Qué te propones en el mundo?
ROSALBA.- ¿Y tú?
AURINA.- ¡Me gusta! ¿Qué he de proponerme? Al nacer, nos meten en la mano el limoncillo de la vida. Estrujarlo, hija, a ver qué sabor tiene el zumo.
ROSALBA.- Agrio. No, amargo. ¡Amargo!
AURINA.- Porque no sabes echarle azucarillo.
ROSALBA.- Échale cuanto azúcar quieras, un tinajón de melaza; entre el empalago ha de sobresalir, siempre y por último, la amargura.
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AURINA no contesta; se levanta y se mira al espejo; sonríe a su imagen, se atusa el pelo que lleva peinado en tejadillo saliente y bufante, estilo modernista, y se arregla los chorritos de gasa que adornan el delantero de su blusa azul, toda incrustada de medias lunas de encaje amarillento.
ROSALBA.- (Benévola.) ¿Qué haces, loquinaria?
AURINA.- Paso revista a la infantería, a la artillería y a la caballería.
ROSALBA.- ¿Aquí? Aquí no hay batallas. ¿Dónde está el enemigo?
AURINA.- Dice el Catecismo que los enemigos nos persiguen en todas partes. No veo por qué dejarían de perseguirme en esta casa.
ROSALBA.- Aquí no hay más que una amiga que te quiere de veras. Aunque pensemos de distinto modo, yo no vivo sin ti. Haces el sacrificio de venir a verme todos los días; te pasas conmigo, que no soy nada divertida ni nada alegre, tardes enteras y muchas noches; y ¡vamos!, sé estimar y agradecer.
AURINA.- ¡Eh, eh, eh! ¡Incorregible! ¡No estimes, no agradezcas, no tengas ley a nadie, no te fíes de tu sombra! Parece que conocemos a la gente... y ni de vista. ¡Ni de vista! Te lo aviso. De mí témelo todo: soy mujer, ¡y si vieras qué perros somos las mujeres y los hombres!
ROSALBA.- Haces alarde de mala y eres excelente.
AURINA.- No me injuries. ¡Buena! Llámame ya, para lo que te falta, fea y tonta. ¿Sábes lo único que no me gusta ser? Disimulada ni falsa; y así, te prevengo que te guardes de mí más que de los otros, porque si me quieres más estoy en condiciones de hacerte más daño.
ROSALBA.- Necesito creerte buena, creer bueno a alguien. ¡Dios mío! ¡Qué triste es dudar, Aurina! ¡Qué triste es sentirse solo, pensar que nadie nos quiere! (ROSALBA se acerca a su amiga y le pasa el brazo por el cuello.) Ya sabes que no llegué a conocer a mamá... Soy hija única... ¡Si tuviese una hermana, una hermanita menor, con quien comentar de noche los sucesos del día!
AURINA.- ¿Y tu ínclito papá? ¿No te acompaña y entretiene bastante? Es muy entretenido el buen señor.
ROSALBA.- (Pensativa.) ¡Mi padre!
AURINA.- ¿Qué tienes que decir de él? Tan peripuesto, tan amigo de divertirse.
ROSALBA.- Acaso por eso... no nos entendemos enteramente... en ciertas ocasiones...
AURINA.- (Besándola.) Y conmigo, ¿te entiendes?
ROSALBA.- (Estremecida.) ¡Qué helada tienes la boca criatura!
AURINA.- (Riendo.) ¿Es que mis dientes de nieve la enfrían? Bonito, ¿eh? Lo que digo es que me alegro, me alegro de que conmigo te entiendas. Pienso que estemos mucho tiempo juntas: digo, a no ser que te me cases.
ROSALBA.- O que te me cases tú, que será más probable; a tí te sobra gancho, y a mí no me dio Dios asomo de él.
AURINA.- Y si me caso, ¿qué razón hay para que no sigamos tan amiguitas?
ROSALBA.- (Con sentimiento.) No sé. Todo lo que cambia la vida, cambia los afectos. Si te casas, el amor a tu marido te hará olvidar a la amiga. Pues ¿y los chicos?
AURINA.- ¿Chicos? ¡A la Inclusa con ellos! Prefiero los niños cuando ya saben sonarse y abrillantarse las uñas. Una hija como tú, me ilusionaría. Que otras den a luz los chicos: yo me encargo de llevarlos al teatro... ¿No estás conforme? ¡Tontona!
ROSALBA.- No sé qué veo en tí... ¿Qué te pasa? ¿Has arreglado ya tu porvenir? Mucho te brillan los ojos. ¿Estás nerviosa? ¿Hay misterio? Ábreme tu corazón.
AURINA.- Están forjando en Eibar la llave. Mi corazón tiene figura de cofrecito. He mandado que sea llave de esas a la inglesa, contra ganzúas.
ROSALBA.- Noviazgo seguro. Lo que te preguntaba: ¿el pelo?
AURINA.- Lo que te respondía: blanco; y se me olvidó añadir: teñido.
ROSALBA.- ¿En serio?
AURINA.- En fúnebre.
ROSALBA.- Reflexiona, Aura. Es por toda la vida.
AURINA.- Claro. Por toda... la de él.
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ROSALBA enmudece: silencio triste y reprobador. Vuelve los ojos por no mirar a su amiga, y aparenta distraerse con el ruido que se oye en la antesala. Pasos algo pesados, craqueo recio de botas nuevas, anuncian que se acerca un hombre. La puerta se abre, y en el hueco aparece el papá de ROSALBA, setentón atildado y retocado; su levita, gris hierro, última moda, acentúa la prominencia de su vientre. En el ojal luce un clavel blanco, rodeado de ramillas de cilantro. Calza guantes de Suecia, y al moverse despide emanaciones de Ideal (el perfume más caro de la casa Houbigant). Viene preocupado, y no saluda a AURINA.
ROSALBA.- (Mirándole como si le viese por primera vez.) Milagro, papá, que vengas a estas habitaciones.
AURINA.- (Muy tranquila, dulcemente.) ¡Milagro que un padre cariñoso entre a preguntar cómo lo pasa su niña!
ROSALBA.- Nunca acostumbra, y menos a estas horas...
AURINA.- Las buenas costumbres, si no existen, hay que inventarlas. Tu papá vendrá, desde hoy, todas las tardes a enterarse de cómo lo pasas y a prodigarnos su amable conversación...
ROSALBA.- (Atónita.) Y tú, ¿por qué dispones...?
AURINA. (Apacible.) Porque..., porque... (Al papá de ROSALBA.) Pero ¿no se atreve usted a entrar? ¿Se queda usted ahí? Pase usted: deseando estábamos su llegada.
ROSALBA.- (Con súbita indignación, al oído de AURINA.) ¿Esas tenemos? Voy a decirle...
AURINA.- (Al oído de ROSALBA.) Perderás el tiempo. No atenderá a nada que vaya contra su pasión. Puedes repetirle lo que hablamos de pe a pa; te desmentiré, y me creerá a mí. ¡Cuidado que eres bobalicona!
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