Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

Part 9

Chapter 93,884 wordsPublic domain

--¡Buena la hacíamos! Mañana estaban enterados vecinos, servicio, portero, sereno, el diablo y su madre. ¡Ay Dios mío!... ¡Me sigue, me sigue el mareo aquel de la verbena... y lo que es ahora no hay álcali que me lo quite!... ¡Qué mareo ni qué!... Mareo, alcohol, insolación... ¡Pretextos, tonterías!... Lo que pasa es que me gusta, que me va gustando cada día un poco más, que me trastorna con su palabrería..., y punto redondo. Dice que yo le he dado bebedizos y hierbas... El sí que me va dando á comer sesos de borrico... y nada, que no me desenredo. Cuando se va, reflexiono y caigo en la cuenta; pero en viéndole... acabóse, me perdí.

Llegada á este capítulo, la dama se dedicó á recordar mil pormenores, que reunidos formaban lindo mosaico de gracias y méritos de su adorador. La pasión con que requebraba; el donaire con que pedía; la gentileza de su persona; su buen porte, tan libre del menor conato de gomosería impertinente como de encogimiento provinciano; su rara mezcla de espontaneidad popular y cortesía hidalga; sus rasgos calaverescos y humorísticos unidos á cierta hermosa tristeza romántica (conjunto, dicho sea de paso, que forma el hechizo peculiar de los _polos_, _soleares_ y demás canciones andaluzas), eran otros tantos motivos que la dama se alegaba á sí propia para excusar su debilidad y aquella afición avasalladora que sentía apoderarse de su alma. Pero al mismo tiempo, considerando otras cosas, se increpaba ásperamente.

--No darle vueltas: aquí no hay nada superior, ni siquiera bueno: hay un truhán, un vago, un perdis... Todo eso que me dice de que sólo á mí... Ardides, trapacerías, costumbre de engañar, mañitas de calavera. En volviendo la esquina... (Pacheco acababa de verificar, hacía pocos minutos, tan sencillo movimiento), ya ni se acuerda de lo que me declama. Estos andaluces nacen actores... Juicio, Asís... juicio. Para estas tercianas, hija mía, píldoras de camino de hierro... y extracto de Vigo, mañana y tarde, durante cuatro meses. ¡Bahía de Vigo, cuándo te veré!

El airecillo de la noche, burlándose de la buena señora, compuso con sus susurros delicados estas palabras:

--Terronsito e asúcar..., gitana salá.

XVII

MUY atareadas estaban la marquesa viuda de Andrade y su doncella en revisar los mundos, sacos y maletillas, operación necesaria cuando se va á emprender un viaje. Y mire V. que parece cosa del mismo enemigo. Siempre en los últimos momentos han de faltar las llaves de los baúles. Por mucho que uno las coloque en sitio determinado, diciendo para sí:--En este cajón se queda la llavecita; no olvidar que aquí la puse; le ato á un estambre colorado, para acordarme mejor; no sea que el día de la marcha salgamos con que se ha obscurecido,--viene el instante crítico, la busca uno, y... ¡echarle un galgo! Nada, no parece: venga el cerrajero, tiznado, sucio, preguntón, insufrible; haga una nueva, y lléveselo todo la trampa.

Nerviosa y displicente, daba Asís á la Angela estas quejas. El ajetreo del viaje la ponía de mal humor: ¡son tan cargantes los preparativos! ¡Qué babel, qué trastorno! Nunca sabe uno lo que conviene llevar y lo que debe dejarse; cree no necesitar ropa de abrigo, porque al fin se viene encima la canícula, pero ¡fíese V. de aquel clima gallego, tan inconstante, tan húmedo, tan lluvioso, que tiene seis temperaturas diferentísimas en cada veinticuatro horas! Se quedan aquí las prendas en el ropero, muertas de risa, y allá tirita uno ó tiene que envolverse en mantones como las viejas... Luego, las fiestecitas, los bailes dichosos de la Pastora, que obligan á ir provisto de trajes de sociedad, porque si uno se presenta sencillo, de seda cruda, les choca y se ofenden y critican... Nada, que la última hora es para volverse loco. ¿A que no se había acordado Angela de pasarse por casa de la Armandina, á ver si tiene lista la pamela de la niña y el pajazón? ¿Apostemos á que el impermeable aún está con los mismos botones, que lastiman y en todo se prenden? ¿Y el alcanfor para poner en el abrigo de nutria? ¿Y la pimienta para que no se apolillase el tapiz de la sala?

Atarugada y dando vueltas de aquí para allí, la Diabla contestaba lo mejor posible al chaparrón de advertencias, reconvenciones y preguntas de su señora. La hábil muchacha, después de los primeros pases, conocía una estocada certera para su ama: si los preparativos de viaje andaban algo retrasados, era que la señorita aquel año había dispuesto la marcha un mes antes que de costumbre, por lo menos; también á ella (la Diabla) se le quedaba sin alistar un vestido de percal, y calzado, y varias menudencias; ella creía que hasta mediados de Junio, hacia el día de San Antonio... ¿Cómo se le había de ocurrir que se largaban tan de prisa y corriendo? La señora contestaba con reprimido suspiro, callaba dos minutos, y luego, redoblando su gruñir, corría del cuarto-ropero al dormitorio, de la leonera ó cuarto de los baúles al saloncito, y aun se determinaba á entrar en la cocina y el comedor, para regañar á Imperfecto que no le había traído á su gusto papel de seda, bramante, puntas de París, algodón en rama... Imperfecto, con la boca abierta y la fisonomía estúpida, subía y bajaba cien veces la escalera haciendo recados: las puntas eran gordas, se precisaban otras más chiquitas; el algodón no convenía blanco, sino gris: era para rellenar huecos en ciertos cajones y que no se estropease lo que iba dentro... En una de estas idas y venidas del criado, la señora cruzaba el pasillo, cuando repicó la campanilla. Impremeditadamente fué á abrir--cosa que no hacía nunca--y se encontró cara á cara con su Diego.

El primer movimiento fué de despecho y contrariedad mal encubierta. ¿Quién contaba con Pacheco á tales horas? (las diez y media de la mañana). No estaba Asís lo que se llama hecha un pingo, con traje roto y zapatos viejos, porque ni en una isla desierta se pondría ella en semejante facha; pero su bata de chiné blanco tenía manchas y visos obscuros, y aun no sé si alguna telaraña, indicio de la lidia con los baúles de la leonera; su peinado, revuelto sin arte, con rabos y mechones, saliendo por aquí y por acullá, parecía obra de peluquería gatuna; y en la superficie del pelo y del rostro se había depositado un sutil viso polvoriento, que la señora percibía vagamente al pestañear y al pasarse la lengua por los labios, y que la impacientaba lo indecible. Y en cambio, el galán venía todo soplado, con una camisa y un chaleco como el ampo de la nieve, el ojal guarnecido de fresquísimo clavel, guantes de piel de perro flamantitos, y, en suma, todas las señales de haberse acicalado mucho. En la mano traía el pretexto de la visita madrugadora: dos libros medianamente gruesos.

--Las novelas francesas que le prometí...--dijo en voz alta, después del cambio de saludos, porque la dama le había hecho seña con el mirar de que había moros en la costa.--Si está V. ocupada, me retiro... Si no, entraré diez minutos...

--Con mucho gusto... A la sala: el resto de la casa está imposible... no quiero que se asuste V. del estado en que se encuentra.

Entró Pacheco en la sala; pero por aprisa que Angela cerrase las puertas de las habitaciones interiores, el gaditano pudo ver baúles abiertos, con las bandejas fuera, ropa desparramada, cajas, sacos...

--¿Está V. de mudanza... ó de viaje?--preguntó, quedándose de pié en medio del saloncito, con voz opaca, pero sin emplear tono de reconvención ni de queja.

--No...--tartamudeó Asís--tanto como de viaje precisamente... no. Es que estoy guardando la ropa de invierno, poniéndole alcanfor... Si uno se descuida, la polilla hace destrozos...

Pacheco se acercó á la dama, y bajando el diapasón, con las inflexiones dolientes y melancólicas que solía adoptar á veces, dijo:

--A mi no se me engaña, te lo repito. Antes de venir sabía que te ibas. Tú no me conoces; tú te has creído que me la puedes dar. Aún no pasaron las ideas por esa cabecita, y ya las he olfateado yo. Siento que gastes conmigo tapujos. Al fin no te valen, hija mía.

La señora, no acertando á responder nada que valiese la pena, bajó los ojos, frunció la boca é hizo un mohín de disgusto.

--No amoscarse. Si no me enfado tampoco. La nena mía es muy dueña de irse adonde quiera. Pero mientras está aquí, ¿por qué me huye? Ayer me dijiste que no podíamos vernos, por estar tú convidada á comer...

Movidos por el mismo impulso, Asís y Don Diego miraron en derredor. Las puertas, cerradas; al través de la que comunicaba con los cuartos interiores, pasaba amortiguado el ruido del ir y venir de la Diabla. Y sin concertarse, á un mismo tiempo se acercaron para cruzar mejor esas explicaciones que el corazón adivina antes de pronunciadas.

--Hazte cargo... Los criados... Es una atrocidad... Yo nunca tuve de estas... vamos... de estas historias... No sé lo que me pasa. Por favor te pido...

--¡Bendita sea tu madre, niña!... Si ya lo sé... ¿Te crees que no me informo yo de los pasos en que anduvo mi reina? Estoy enterao de que nadie consiguió de ti ni esto. Yo el primerito... ¡Ay! Te deshago... Rica, gitana... ¡Cielo!

--Chist... La chica... Si pesca... Es más curiosa...

--Un favor te pido no más. Vente á almorsá conmigo. Que te vienes.

--Estás tocado... Quita... Chist...

--Que te vienes. Palabra, no lo sabrá ni la tierra. Se arreglará... verás tú.

--¿Pero cómo? ¿Dónde?

--En el campo. Te vienes, te vienes. ¡Ya pronto te quedas libre de mí!... La despedía. Al reo de muerte se le da, mujer.

¿Cómo cedió y balbució _que sí_, prometiendo, si no por la Estigia, por algún otro juramento formidable? ¡Ah! Aunque la observación ya no resulte nueva, cedió obedeciendo á los dos móviles que, desde la memorable insolación de San Isidro, guiaban, sin que ella misma lo notase, su voluntad: dos resortes que podemos llamar de goma el uno y de acero el otro: el resorte de goma era la debilidad que aplaza, que remite toda gran resolución hasta que la ampare el recurso de la fuga; el resorte de acero, todavía chiquitín, menudo como pieza de reloj, era el sentimiento que así, á la chita callando, aspiraba nada menos que á tomar plenísima posesión de sus dominios, á engranar en la máquina del espíritu, para ser su regulador absoluto y dirigir su marcha con soberano imperio.

Fiado en la palabra solemne de la señora, Pacheco se marchó, pues no convenía, por ningún estilo, que los viesen salir juntos. Asís entró en su cuarto á componerse. La Diabla la miraba con su acostumbrada curiosidad fisgona y aun le disparó tres ó cuatro preguntas pérfidas referentes á la interrumpida tarea del equipaje.

--¿Se cierra el mundo? ¿Se clavan los cajones? ¿La señorita quiere que avise á la Central para mañana?

¿Cómo había de responder la señora á interrogaciones tan impertinentes? Claro que con alguna sequedad y no poco enfado secreto. Además, otros incidentes concurrían á exasperarla: por culpa del revoluto del equipaje, ni había cosa con cosa, ni parecía lo más indispensable de vestir: para dar con unos guantes nuevos tuvo que desbaratar el baúl más chico: para sacar un sombrero, desclavó dos cajones. Más peripecias: la hebilla del zapato inglés, descosida: al abrochar el cuerpo del traje, salta un herrete; al cepillarse los dientes, se rompe el frasco del elíxir contra el mármol del lavabo...

--¿Almuerza fuera la señorita?--preguntó la incorregible Diabla.

--Sí... En casa de Inzula.

--¿Ha de venir á buscarla Roque?

--No... Pero le mandas que esté con la berlina allí, á las siete...

--¿De la tarde?

--¿Había de ser de la mañana? ¡Tienes cosas!...

La Diabla sonrió á espaldas de su señora y se bajó para estirarla los volantes del vestido y ahuecarla el polisón. Asís piafaba, pegando taconacitos de impaciencia. ¿El pericón? ¿El gabán gris, por si refresca? ¿Pañuelo? ¿Dónde se habrá metido el velo de tul? Estos pinguitos parece que se evaporan... Nunca están en ninguna parte... ¡Ah! Por fin... Loado sea Dios...

XVIII

Salvó la escalera como pájaro á quien abren el postigo de su penitenciaría, y con el mismo paso vivo, echó calle abajo hasta Recoletos. La cita era en aquel sitio señalado donde Pacheco había tirado el puro: casi frente á la Cibeles. Asís avanzaba protegida por su antucá, pero bañada y animada por el sol, el sol instigador y cómplice de todo aquel enredo sin antecedentes, sin finalidad y sin excusa. La dama registró con los ojos las arboledas, los jardincillos, la entrada de la Carrera y las perspectivas del Museo, y no vió á nadie. ¿Se habría cansado Diego de esperar? ¡Capaz sería!... De pronto, á sus espaldas, una voz cuchicheó afanosa:

--Allí... entre aquellos árboles... El simón.

Sin que ella respondiese, el gaditano la guió hacia el destartalado carricoche. Era uno de esos clarens inmundos, con forro de gutapercha resquebrajado y mal oliente, vidrios embazados y conductor medio beodo, que zarandean por Madrid adelante la prisa de los negocios ó la clandestinidad del amor. Asís se metió en él con escrúpulo, pensando que bien pudiera su galán traerle otro simón menos derrotado. Pacheco, á fin de no molestarla pasando á la izquierda, subió por la portezuela contraria, y al subir arrojó al regazo de la dama un objeto... ¡Qué placer! ¡Un ramillete de rosas, ó mejor dicho un mazo, casi desatado, mojado aún! El recinto se inundó de frescura.

--¡Huelen tan mal estos condenaos coches!--exclamó el meridional como excusándose de su galantería. Pero Asís le flechó una ojeada de gratitud. El indecente vehículo comenzaba á rodar; ya debía de tener órdenes.

--¿Se puede saber á dónde vamos, ó es un secreto?

--A las Ventas del Espíritu Santo.

--¡Las Ventas!--clamó Asís alarmada.--¡Pero si es un sitio de los más públicos! ¿Vuelta á las andadas? ¿Otro San Isidro tenemos?

--Es sitio público los domingos; los días sueltos está bastante solitario. Que te calles. ¿Te iba yo á llevar adonde te encontrases en un bochorno? Antes de convidarte, chiquilla, me he enterado yo de toas las maneras de almorsá en Madrid... Se puede almorsá en un buen _restaurant_ ó en cafés finos; pero eso es echar un pregón pa que te vean. Se puede ir á un colmado de los barrios ó á una pastelería decente y escondía, pero no hay cuartos aparte; tendrías que almorsá en pública subasta, á la vera de alguna chulapa ó de algún torero. Fondas, ya supondrás... No quedaban sino las Ventas ó el puente de Vallecas. Creo que las Ventas es más bonito.

¡Bonito! Asís miró el camino en que entraban. Dejándose atrás las frondosidades del Retiro y las construcciones coquetonas de Recoletos, el coche se metía, lento y remolón, por una comarca la más escuálida, seca y triste que puede imaginarse, á no ser que la comparemos al cerro de San Isidro. Era tal la diferencia entre la zona del Retiro y aquel arrabal de Madrid, y se advertía tan de golpe, que mejor que transición parecía sorpresa escenográfica. Cual mastín que guarda las puertas del limbo, allí estaba la estatua de Espartero, tan mezquina como el mismo personaje, y la torre mudéjar de una escuela parecía sostener con ella competencia de mal gusto. Luego, en primer término, escombros y solares marcados con empalizadas; y allá en el horizonte, parodia de algún grandioso y feroz anfiteatro romano, la plaza de toros. En aquel rincón semidesierto--á dos pasos del corazón de la vida elegante--se habían refugiado edificios heterogéneos, bien como en ciertas habitaciones de las casas se arrinconan juntas la silla inservible, la máquina de limpiar cuchillos y las colgaduras para el día de Corpus; así, después del circo taurino y la escuela, venía una fábrica de galletas y bizcochos y en pos un barracón con este rótulo: _Acreditado merendero de la Alegría_.

Las lontananzas, una desolación. El fielato parecía viva imagen del estorbo y la importunidad. A su puerta estaba detenido un borrico cargado de liebres y conejos, y un tío de gorra peluda buscaba en su cinto los cuartos de la alcabala. Más adelante, en un descampado amarillento, jugaban á la barra varios de esos salvajes que rodean á la corte lo mismo que los galos á Roma sitiada. Y seguían los edificios fantásticos: un castillo de la Edad Media hecho, al parecer, de cartón y cercado de tapias por donde las francesillas sacaban sus brazos floridos; un parador, tan desmantelado como teológico (dedicado al Espíritu Santo nada menos); un merendero que se honraba con la divisa _tanto monta_, y por último una franja rojiza, inflamada bajo la reverberación del sol: los hornos de ladrillo. En los términos más remotos que la vista podía alcanzar, erguía el Guadarrama sus picos coronados de eternas nieves.

Lo que sorprendió gratamente á Asís fué la ausencia total de carruajes de lujo en la carretera. Tenía razón Pacheco, por lo visto. Sólo encontraron un domador que arrastraban dos preciosas tarbesas; un carromato tirado por innumerable serie de mulas; el tranvía, que cruzó muy bullanguero y jacarandoso, con sus bancos atestados de gente; otro simón con tapadillo, de retorno, y un asistente, caballero en el alazán de su amo. ¡Ah! Un entierro de angelito, una caja blanca y azul que, tambaleándose sobre el ridículo catafalco del carro, se dirigía hacia la sacramental sin acompañamiento alguno, inundado de luz solar, como deben de ir los querubines camino del Empíreo...

Poco hablaron durante el trayecto los amantes. Llevaban las manos cogidas; Asís respiraba frecuentemente el manojo de rosas y miraba y remiraba hacia fuera, porque así creía disminuir la gravedad de aquel contrabando, que en su fuero interno--cosa decidida--llamaba _el último_, y por lo mismo le causaba tristeza, sabiéndole á confite que jamás, jamás había de gustar otra vez.

Llegaron al puente, y detúvose el simón ante el pintoresco racimo de merenderos, hotelitos y jardines que constituye la parte nueva de las Ventas.

--¿Qué sitio prefieres? ¿Nos apeamos aquí?--preguntó Pacheco.

--Aquí... Ese merendero... Tiene trazas de alegre y limpio--indicó la dama, señalando á uno, cuya entrada por el puente era una escalera de palo pintada de verde rabioso.

Sobre el frontis del establecimiento podía leerse este rótulo, en letras descomunales imitando las de imprenta y sin gazapos ortográficos:--_Fonda de la Confianza._--_Vinos y comidas._--_Aseo y equidad._--El aspecto era original y curioso. Si no cabía llamar á aquello los jardines aéreos de Babilonia, cuando menos tenían que ser los merenderos colgantes. ¡Ingenioso sistema para aprovechar terreno! Abajo una serie de jardines, mejor dicho, de plantaciones entecas y marchitas, víctimas de la aridez del suburbio matritense; y encima, sostenidas en armadijos de postes, las salas de baile, los comedores, las alcobas con pasillos rodeados de una especie de barandas que comunicaban entre sí las viviendas. Todo ello--justo es añadirlo para evitar el descrédito de esta Citerea suspendida--muy enjalbegado, alegre, clarito, flamante, como ropa blanca recién lavada y tendida á secar al sol, como nido de jilguero colgado en rama de arbusto.

Un mozo, frisando en los cincuenta, de mandil pero en mangas de camisa, con cara de mico, muequera, arrugadilla y sardónica, se adelantó apresurado al divisar á la pareja.

--Almorsá--dijo Pacheco lacónicamente.

--¿Dónde desean los señoritos que se les ponga el almuerzo?

El gaditano giró la vista alrededor y luego la convirtió hacia su compañera: ésta había vuelto la cara. Con la agudeza de la gente de su oficio el mozo comprendió y les sacó del apuro.

--Vengan los señoritos... Les daré un sitio bueno.

Y torciendo á la izquierda, guió por una escalera angosta que sombreaba un grupo de acacias y castaños de Indias, llevándoles á una especie de antesala descubierta, que formaba parte de los consabidos corredores aéreos. Abriendo una puertecilla, hízose á un lado y murmuró con unción:

--Pasen, señoritos, pasen.

La dama experimentó mucho bienestar al encontrarse en aquella salita. Era pequeña, recogida, misteriosa, con ventanas muy chicas que cerraban gruesos postigos, y enteramente blanqueada; los muebles vestían también blanquísimas fundas de calicó. La mesa, en el centro, lucía un mantel como el armiño; y lo más amable de tanta blancura era que al través de ella se percibía, se filtraba, por decirlo así, el sol, prestándole un reflejo dorado y quitándole el aspecto sepulcral de las cosas blancas cuando hace frío y hay nubes en el cielo. Mientras salía el mozo, el gaditano miró risueño á la señora.

--Nos han traído al palomar--dijo entre dientes.

Y levantado una cortina nívea que se veía en el fondo de la reducida estancia, descubrió un recinto más chico aún, ocupado por un solo mueble, blanco también, más blanco que una azucena...

--Mira el nido--añadió tomando á Asís de la mano y obligándola á que se asomase.--Gente precavida... Bien se ve que están en todo. No me sorprende que vivan y se sostengan tantos establecimientos de esta índole. Aquí la gente no viene un día del año como á San Isidro; pero digo yo que habrá abonos á turno. ¿Nos abonamos, cacho de gloria?

No sé cómo acentuó Pacheco esta broma, que en rigor, dada la situación, no afrentaba; lo cierto es que la señora sintió una sofoquina... vamos, una sofoquina de esas que están á dos deditos de la llorera y la congoja. Parecíale que le habían arañado el corazón. La mujer es un péndulo continuo que oscila entre el instinto natural y la aprendida vergüenza, y el varón más delicado no acertará á no lastimar alguna vez su invencible pudor.

XIX

Al colarse en el palomar los dos tórtolos, no lo hicieron sin ser vistos y atentamente examinados por una taifa de gente humilde, que á la puerta de la cocina del merendero fronterizo se dedicaba á aderezar un guisote de carnero, puesto, en monumental cazuela, sobre una hornilla. Es de saber que ambos enseres domésticos los alquilaba el dueño del _restaurant_ por módica suma en que iba comprendido también el carbón: en cuanto al carnero y al arroz de añadidura, lo habían traído en sus delantales las muchachas, que por lo que pueda importar, diremos que eran operarias de la Fábrica de tabacos.

Capitaneaba la tribu una vieja pitillera, morena, lista, alegre, más sabidora que Merlín; y dos niñas de ocho y seis años traveseaban alrededor de la hornilla, empeñadas en que les dejasen cuidar el guisado, para lo cual se reconocían con superiores aptitudes. Toda esta gentuza, al pasar la marquesa viuda de Andrade y su cortejo, se comunicó impresiones con mucho parpadeo y meneo de cabeza, y susurrando á media voz dichos sentenciosos. Hablaban con el seco y recalcado acento de la plebe madrileña, que tiene alguna analogía con lo que pudo ser la parla de Demóstenes, si se le ocurriese escupir á cada frase una de las guijas que llevaba en la boca.

--Ay... Pus van así como asustaos... Ella es guapetona, colorá y blanca.

--Valiente perdía será.

--Se ve caa cosa... Hijas, la mar son estos señorones de rango.

--Puee que sea arguna del Circo. Tié pinta de franchuta.

--Que no, que este es un belén gordo, de gente de calidá. Mujer de algún menistro lo menos. ¿Qué vus pensáis? Pus una conocí yo, casaa con un presonaje de los más superfarolícos... de mucho coche, una casa como el Palacio Rial... y andaba como caa cuala, con su apaño. ¡Qué líos, Virgen!

--No, pus muy amartelaos no van.

--¿Te quies callar? Ya samartelarán dentro. Verás tú las ventanas y las puertas atrancás, como en los pantiones... Pa que el sol no los queme el cutis.

Desmintiendo las profecías de la experta matrona, los postigos y vidrieras del palomar se abrieron, y asomó la cabeza de la dama, sin sombrero ya, mirando atentamente hacia el merendero.

--Miala, miala..., la gusta el baile.