Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)
Part 7
--Aquellas cuatro estrellitas seguidas parecen el imperdible de la marquesa de Riachuelo... cuatro brillantazos que le dejan á uno bizco. Esa constelación... ¡allí, hombre, allí! hace el mismo efecto que la joya que le trajo de París su marido á la Torres-Nobles... Hasta tiene en medio una estrellita amarillenta, que será el brillante brasileño del centro. Aquel lucero tan bonito, que está solo...
--Es Venus... Tiene algo de emblemático eso de que Venus sea tan guapa.
--V. siempre confundiendo lo humano y lo divino...
--No, si la mezcolanza fué V. quien la armó comparando los astros á las joyas de sus amiguitas. ¡Qué hermoso es el cielo de Madrid!--añadió después de breve silencio.--En esto tenemos que rendir el pabellón, paisana. Nuestro suelo es más fresco, más bonito; pero la limpieza de esta atmósfera... Allá hay que mirar hacia abajo, aquí hacia arriba.
Callaron un ratito.
En aquel dosel azul sembrado de flores de pedrería, Asís y el comandante veían la misma cosa, un tarjetero de piel inglesa, y como por magnética virtud, sentían al través de sus brazos, que se tocaban, el mutuo pensamiento.
Hallábanse al final del Prado, enteramente desierto á tales horas, con sus sillas recogidas y vueltas. Se escuchaba el murmurio monótono de la Cibeles, y allá en el fondo del jardincillo, tras las irregulares masas de las coníferas, destacaba el Museo su elegante silueta de palacio italiano. No pasaba un alma, y la plazuela de las Cortes, á la luz de sus faroles de gas, parecía tan solitaria como el Prado mismo.
--¿Subimos hacia la Carrera?--interrogó Pardo.
--No, paisano... ¡Ay Jesús! A los dos pasos nos encontrábamos algún conocido, y mañana..., chi, chi, chi..., cuentecito en casa de Sahagún ó donde se les antojase. Bajemos hacia Atocha.
--Y V. ¿por qué da á _eso_ tanta importancia? ¿Qué tiene de particular que salga V. á tomar el fresco en compañía de un amigo formal? Cuidado que son majaderas las fórmulas sociales. Yo puedo ir á su casa de V. y estarme allí las horas muertas sin que nadie se entere ni se ocupe, y luego, si salimos reunidos á la calle media hora... cataplum.
--Qué manía tiene V. de ir contra la corriente... Nosotros no vamos á volver el mundo patas arriba. Dejarlo que ruede. Todo tiene sus por qués, y en algo se fundan esas precauciones ó fórmulas, como V. les llama. ¡Ay! ¡Qué fresquito tan hermoso corre!
--¿Está V. mejor?
--Un poco. Me da la vida este aire.
--¿Quiere V. sentarse un rato? El sitio convida.
Sí que convidaba el sitio, á la vez acompañado y solo: unos anchos asientos de piedra que hay delante del Museo, á la entrada de la calle de Trajineros, la cual si por su gran proximidad á la plazuela de las Cortes resulta céntrica y decorosa, á semejante hora compite en lo desierta con el despoblado más formidable de Castilla. Las acacias prodigaban su rica esencia, y si el comandante tuviese propósito de declarar á la señora algún atrevido pensamiento, nunca mejor. No sería así, porque después de tomar asiento se quedaron mudos ella y él; Asís, además de muda, estaba cabizbaja y absorta.
No es posible que esta clase de pausas se establezcan en una entrevista á solas de hombre y mujer, en tales sitios y horas, sin producirles á los dos un estado de ánimo singular, á la vez atractivo y embarazoso. El comandante limpió sus quevedos, operación que verificaba muy á menudo, volvió á calárselos, y salió por la puerta ó por la ventana, juzgando que la señora desearía explayarse.
--A mí no me la pega V. con jaquecas, Paquita... V. tiene algo... alguna cosa que la preocupa en gordo... No se me alarme V.: ya sabe que somos amigos viejos.
--Pero si no tengo nada... ¡Qué ocurrencia!
--Mejor, señora, mejor, celebro que sea así,--dijo Don Gabriel retrocediendo discretamente.--Yo, en cambio, le podría confiar á V. penas muy grandes..., cosas raras.
--¿Lo de la sobrina?--preguntó Asís con curiosidad, pues ya dos ó tres veces en conversación familiar habían aludido de rechazo á ese misterio de la vida de Don Gabriel.
--Sí; al menos la parte mía..., lo que me toca..., eso puedo contárselo á V. Sabe Dios cómo lo glosa la gente.--(Pardo se alzó el sombrero, porque tenía las sienes húmedas de sudor.)--Creo que se dice que la pobrecilla me detestaba y que por librarse de mi entró en un convento de novicia... Falso. No me detestaba, y es más: me hubiese querido con toda su alma á la vuelta de poco tiempo... Sólo que ella misma no acertó á descifrarlo. Cuando me conoció, estaba comprometida con otro hombre... cuya clase... no... En fin, que no podía aspirar á ser su marido. Y al convencerse de esto, la infeliz muchacha pensó que se acababa el mundo para ella y que no tenía más refugio que el convento, ¡Ay, Paquita! ¡Si supiese V. qué ratos... qué tragedia! Es asombroso que después de ciertos acontecimientos pueda uno volver á vivir como antes..., y vaya á tertulias y se chancee, y mire otra vez á las mujeres, y le agraden, sí..., como me agrada V., por ejemplo..., y no lo eche V. á mala parte, que no soy pretendiente importuno, sino amigo de verdad. Ya sabe V. cómo digo yo las cosas.
Oía la dama la voz del artillero y al par otra interior que zumbaba confusamente:
--Confíale algo..., al menos indícale tu situación... Ideas estrafalarias las tiene, y á veces es poco práctico, pero es leal... No corres peligro, no... Así te desahogarás... Tal vez te aconseje bien. Anda, boba... ¿No hace él confianza de ti? Además... no creas que callando le engañas... ¡Quítale ya la escama del tarjetero!
A pesar de las excitaciones de la voz indiscreta, la señora, en alto, decía tan sólo:
--¿Con que la chica le quería á V. algo? ¿Sin saberlo? ¡Eso es muy particular! ¿Y cómo lo explica V.?
--¡Ay, Paquita! He renunciado á explicar cosa alguna... No hay explicación que valga para los fenómenos del corazón. Cuanto más se quieren entender, más se obscurecen. Hay en nosotros anomalías tan raras, contradicciones tan absurdas... Y á la vez cierta lógica fatal. En esto de la simpatía sexual, ó del amor, ó como V. guste llamarle, es en lo que se ven mayores extravagancias. Luego, á los caprichos y las desviaciones y los brincos de esta víscera que tenemos aquí, sume V. la maraña de ideas con que la sociedad complica los problemitas psicológicos. La sociedad...
--Contigo tengo la tema, morena...--interrumpió Asís festivamente.--V. le echa á la sociedad todas las culpas. Ahí que no duele. Ya no sé como tiene espaldas la infeliz.
--Pues, figúrese V., paisana. Como que de mi tragedia únicamente es responsable la sociedad. Por atribuir exagerada importancia á lo que tiene mucha menos ante las leyes naturales. Por hacer lo principal de lo accesorio. En fin, punto en boca. No quiero escandalizarla á V.
--Paisano... Pero si me da mucha curiosidad eso que iba Vd. diciendo... No me deje á media miel... Todas las cosas pueden decirse, según como se digan. No me escandalizaré, vamos.
--Bien, siendo así... Pero ya no sé en que estábamos... ¿V. se acuerda?
--Decía V. que lo principal y lo accesorio... Eso será alguna herejía tremenda, cuando no quiso V. pasar de ahí.
--Sí, señora... Verá V. la herejía... Yo llamo accesorio á lo que en estas cuestiones suele llamarse principal... ¿Se hace V. cargo?
Asís no respondió, porque pasaba un mozalbete silbando un aire de zarzuela y mirando de reojo y con malicia al sospechoso grupo. Cuando se perdió de vista, pronunció la dama:
--¿Y si me equivoco?
--¿No se asusta V. si lo expreso claramente?
La verdad, desde cierta distancia aquello parecía un diálogo amoroso. Acaso la valla que existía para que ni pudiese serlo ni llegase á serlo jamás, era un delgado y breve trozo de piel inglesa--la cubierta de un tarjetero.
--No, no me asusto... Vamos á hablar como dos amigos... francamente.
--¿Quedamos en eso? ¡Magnífico! Pues conste que ya no tiene V. derecho para reñirme si se me va la lengua... Procuraré, sin embargo... En fin, entiendo por accesorio... aquello que Vds. juzgan irreparable. ¿Lo pongo más claro aún?
--No, ¡basta!--gritó la señora.--Pero entonces, ¿qué es lo principal según V.?
--Una cosa que abunda menos..., y en cambio vale más... La realidad de un cariño muy grande entre dos... ¿Qué le parece á V.?
--¡Caramba!--exclamó la señora, meditabunda.
--Le voy á proponer á V. una demostración de mi teoría... Ejemplo; como dicen los predicadores. Imagínese que en vez de estar en el Prado, estamos en Tierra de Campos, á dos leguas de un poblachón; que yo soy un bárbaro; que me prevalgo de la ocasión, y abuso de la fuerza, y la falto á V. al respeto debido... ¿Hay entre nosotros, dos minutos después, algún vínculo que no existía dos minutos antes? No señora. Lo mismo que si ahora se trompica V. con una esquina..., se hace daño..., procura apartarse y andar con más cuidado otra vez... y acabóse.
--Pintado el lance así..., lo que habría, que V. me parecería atroz de antipático y de bruto.
--Eso sí... pero vamos á perfeccionar el ejemplo, y pido á V. perdón de antemano por una conversación tan _shocking_. Pues no señora: suponga V. que yo no abuso de la fuerza ni ese es el camino. Lo que hago es explotar con maña la situación y despertar en V. ese germen que existe en todo ser humano... Nada de violencia: si acaso, en el terreno puramente moral... Yo soy hábil y provoco en V. un momento de flaqueza...
Fortuna que era de noche y estaba lejos el farol, que si no, el sofoco y el azoramiento de la dama se le meterían por los ojos al comandante.--Lo sabe, lo sabe--calculaba para sí, toda trémula, y en voz alterada y suplicante, exclamó interrumpiendo:
--¡Qué horror! ¡Don Gabriel!
--¿Qué horror? ¡Mire V. lo que va de Vds. á nosotros! Ese horror, Paquita del alma, no les parece horrible á los caballeros que V. trata y estima: al marqués de Huelva, con su severidad de principios y su encomienda de Calatrava, que no se quita ni para bañarse... al papá de V., tan amable y francote... á mí... al otro... á toditos. Es valor entendido, y á nadie le extraña ni le importa un bledo. Tratándose de Vds., es cuando por lo más insignificante se arma una batahola de mil diablos, que no parece sino que arde por los cuatro costados Madrid. La infeliz de Vds. que resbala, si olfateamos el resbalón, nos arrojamos á ella como sabuesos, y, ó se salva casándose con el _seductor_, ó la matriculamos en el gremio de las mujeres galantes hasta la hora de la muerte. Ya puede, después de su falta, llevar vida más ejemplar que la de una monja: la hemos fallado... no nos la pega más. O bodas, ó es V. una corrida, una perdida de profesión... ¡Bonita lógica! V., niña inocente, que cae víctima de la poca edad, la inexperiencia y la tiranía de los afectos y las inclinaciones naturales, púdrase en un convento, que ya no tiene V. más camino... Amiga Asís... ¡Tonterías!
Mientras hablaba el comandante, su fantasía, en vez de los plátanos del jardincillo, le representaba otras masas sombrías de follaje, robles y castaños; y el olor fragante de las flores de acacia le parecía el de las silvestres mentas que crecen al borde de los linderos en el valle de Ulloa. La dama que tenía á su lado, por el mismo fenómeno de óptica interior, veía el rebullicio de una feria, una casita al borde del Manzanares, un cuartuco estrecho, un camastro, una taza de té volcada...
--Tonterías--prosiguió Don Gabriel, sin fijarse en la gran emoción de Asís--pero que se pagan caras á veces... Sucede que se nos imponen, y que por obedecerlas, una mujer de instintos nobles se juzga manchada, vilipendiada, infamada por toda su vida á consecuencia de un minuto de extravío, y, de no poder casarse con aquel á quien se cree ligada para siempre jamás, se anula, se entierra, se despide de la felicidad por los siglos de los siglos amén... Es monja sin vocación, ó es esposa sin cariño... Ahí tiene V. dónde paran ciertas cosas.
Al murmurar con amargura estas palabras, el comandante, en lugar de la silueta gentil del Museo, veía las verdosas tapias del convento santiagués, las negras rejas de trágicos recuerdos, y tras de aquellas rejas, comidas de orín, una cara pálida, con obscuros ojos, muy semejante á la de cierta hermana suya, que había sido el cariño más profundo de su vida.
XIV
Vaya, Pardo... Es V. terrible. ¿Me quiere V. igualar la moral de los hombres con la de las mujeres?
--Paquita... dejémonos de _clichés_.--(Pardo usaba muy á menudo esta palabrilla para condenar las frases ó ideas vulgares.)--Tanto jabón llevan Vds. en las suelas del calzado como nosotros. Es una hipocresía detestable eso de acusarlas é infamarlas á Vds. con tal rigor por lo que en nosotros nada significa.
--¿Y la conciencia, señor mío? ¿Y Dios?
La dama argüía con cierta afectada solemnidad y severidad, bajo la cual velaba una satisfacción inmensa. Iban pareciéndole muy bonitos y sensatos los detestables sofismas del comandante, que así pervierte la pasión el entendimiento.
--¡La conciencia! ¡Dios!--exclamó él, remedando el tono enfático de la señora.--Otro registro. Bueno: toquémoslo también. ¿Se trata de pecadores creyentes? ¿Católicos, apostólicos, romanos?
--Por supuesto. ¿Ha de ser todo el mundo hereje como V.?
--Pues si tratamos de creyentes, la cuestión de conciencia es independiente de la de sexo. Aunque me llama V. hereje, todavía no he olvidado la doctrina; puedo decirle á V. de corrido los diez mandamientos... y se me figura que rezan igual con nosotros que con Vds. Y también sé que el confesor las absuelve y perdona á Vds. igualito que á nosotros. Lo que pide á la penitente el ministro de Dios es arrepentimiento, propósito de la enmienda. El mundo, más severo que Dios, pide la perfección absoluta, y si no... O todo ó nada.
--No, no; mire V. que también el confesor nos aprieta más las clavijas. Para Vds. la manga se ensancha un poquito...--repuso Asís, paladeando el deleite de aducir malas razones para saborear el gusto de verlas refutadas.
--Hija, si eso hacen, es por prudencia, para que no desertemos del confesonario si nos da por frecuentarlo... En el fondo, ningún confesor le dirá á V, que hay un pecado más para las hembras. Es decir, que la cosa queda reducida á las consecuencias positivas, exteriores..., al criterio social. En salvando éste, en no sabiéndose nada, el asunto no tiene más trascendencia en Vds. que en nosotros... Y en nosotros... ¡ayúdeme V. á sentir! (Al argüir así, el comandante castañeteaba los dedos.) Ahora, si V. me ataca por otro lado...
--Yo...--balbució la señora, sin pizca de ganas de atacar.
--Si me sale V. con el respeto y la estimación propia... con lo que cada cual se debe á sí mismo...
--Eso... lo que cada cual se debe á sí mismo--articuló Asís hecha una amapola.
--Convendré en que eso siempre realza á una mujer; pero, en gran parte, depende del criterio social. La mujer se cree infamada, después de una de esas caídas, ante su propia conciencia, porque le han hecho concebir desde niña que lo más malo, lo más infamante, lo irreparable, es eso; que es como el infierno, donde no sale el que entra. A nosotros nos enseñan lo contrario; que es vergonzoso para el hombre no tener aventuras, y que hasta queda humillado si las rehuye... De modo, que lo mismo que á nosotros nos pone muy huecos, á Vds. las envilece. Preocupaciones hereditarias emocionales, como diría Spencer. Y vaya unos terminachos que la suelto á V.
--No, si yo con su trato ya me voy haciendo una sabia. Todos los días me aporrea V. los oídos con cada palabrota...
--¿Y si yo le dijese á V.--prosiguió Pardo echándose á disertar--que _eso_ que llamé accesorio en las aventurillas, me parece á mí que en el cariño verdadero, cuando están unidas así, así, como si las pegasen con argamasa, las voluntades, llega á ser más accesorio aún? Es el complemento de otra cosa mucho más grande, que dura siempre, y que comprende eso y todo lo demás... Lo estoy embrollando, paisana. V. se ríe de mí: á callar.
Asís oía, oía con toda su alma, pareciéndole que nunca había tenido su paisano momentos tan felices como aquella noche, ni hablado tan discreta y profundamente. Los dichos del comandante, que al pronto lastimaban sus convicciones adquiridas, entraban, sin embargo, como bien disparadas saetas hasta el fondo de su entendimiento y encendían en él una especie de hoguera incendiaria, á cuya destructora luz veía tambalearse infinitas ideas de las que había creído más sólidas y firmes hasta entonces. Era como si le arrancasen del espíritu una muela dañada: dolor y susto al sentir el frío del instrumento y el tirón; pero después, un alivio, una sensación tan grata viéndose libre de aquel cuerpo muerto... Anestesia de la conciencia, con cloroformo de malas doctrinas, podría llamarse aquella operación quirúrgico-moral.
--Es un extravagante este hombre--pensaba la operada.--Decir, me está diciendo cosas estupendas... Pero se me figura que le sobra la razón por encima de los pelos. Habla por su boca la justicia. ¿Va una á creerse criminal por unos instantes de error? Siempre estoy á tiempo de pararme y no reincidir... ¡Claro que si por sistema!... Ni él tampoco dice eso, no... Su teoría es que ciertas cosas que suceden así... qué sé yo cómo, sin iniciativa ni premeditación por parte de uno, no han de mirarse como manchas de esas que ya nunca se limpian... El mismo Padre Urdax de fijo que no es tan severo en eso como la sociedad hipocritona... ¡Ay Dios mío! Ya estoy como mi paisano, echándole á la sociedad la culpa de todo.
Al llegar aquí de sus reflexiones la dama, la molestó un cosquilleo, primero entre las cejas, luego en la membrana de la nariz... ¡Aaach! Estornudó con ruido, estremeciéndose.
--¡Adiós! Ya se me ha resfriado V.--exclamó su amigo.--No está V. acostumbrada á estas vagancias al sereno... Levántese V. y paseemos.
--No, si no es el rocío lo que me acatarra á mí... He tomado sol.
--¿Sol? ¿Cuándo?
--Ayer..., digo, anteayer..., yendo..., sí, yendo á misa á las Pascualas. No crea V.: desde entonces ando yo regular, nada más que regularcita. Cuándo jaquecas, cuándo mareos...
--De todos modos... guíese V. por mí: caminemos, ¿eh? Si sobre la insolación le viene á V. un pasmo... ó coge V. unas intermitentes de estas de primavera en Madrid...
--No me asuste V.... Tengo poco de aprensiva--contestó la dama levantándose y envolviéndose mejor en el abrigo.
--¿A su casa de V.?
--Bien..., sí, vamos hacia allá despacio.
No siguió el comandante explanando sus disolventes opiniones hasta la misma puerta de la señora. Al abrirla Imperfecto, Asís convidó á su amigo á que descansase un rato; él se negó; necesitaba darse una vuelta por el Círculo Militar, leer los periódicos extranjeros y hablar con un par de amigos, á última hora, en Fornos. Deseó respetuosamente las buenas noches á la señora y bajó las escaleras á paso redoblado. Con el mismo echó calle abajo aquel gran despreocupado, nihilista de la moral: y nos consta que iba haciendo éste ó parecido soliloquio, idéntico al que, en igualdad de circunstancias, haría otra persona que pensase según todos los _clichés_ admitidos:
--Me ha engañado la viuda... Yo que la creía una señora impecable. Un apabullo como otro cualquiera. No he mirado las iniciales del tarjetero: serían... ¡vaya V. á saber! Porque en realidad, ni nadie murmura de ella, ni veo á su alrededor persona que... En fin, cosas que suceden en la vida; chascos que uno se lleva. Cuando pienso que á veces se me pasaba por la cabeza decirle algo formal... No, esto no es un _caballo muerto_, ¡qué disparate! es sólo un tropiezo del caballo... No he llegado á caerme... ¡Así fuesen los desengaños todos!...
Siguió caminando sin ver los árboles del Retiro, que se agrupaban en misteriosas masas á su derecha. Ni percibía el olor de las acacias. Pero él seguía oliendo, no á los cortesanos y pulidos vegetales de los paseos públicos, sino á otros árboles rurales, bravíos y libres: los que producen la morena castaña que se asa en los magostos de Noviembre, en el valle de los Pazos.
XV
La tarde del día siguiente la dedicó Asís á pagar visitas. Tarea maquinal y enfadosa, deber de los más irritantes que el pacto social impone. Raro es que nadie se someta á él sin murmurar, por fuera ó por dentro, del mundo y sus farsas. Menos mal cuando las visitas se hacen, como las hacía la dama, en piés ajenos. Entonces lo arduo de la faena empieza en las porterías. ¡Si todas las casas fuesen como la de Sahagún ó la de Torres-Nobles, por ejemplo! Allí, antes de llegar, ya llevaba Asís en la mano la tarjeta con el pico dobladito, y al sentir rodar el coche, ya estaba asomándose al ancho vano del portón el portero imponente, patilludo, correcto, amabilísimo, que recogía la tarjeta preguntando:--¿A dónde desea ir la señora?--para transmitir la orden al cochero. Los Torres-Nobles, los Sahagún, los Pinogrande y otras familias así, de muy alto copete, no recibían sino de noche alguna vez, y el llegarse á su casa para dejar la tarjeta representaba una fórmula de cortesía facilísima de cumplir al bajar al paseo ó al volver de las tiendas. Pero si entre las relaciones de Asís las había tan granadas, otras eran de muchísimo menos fuste, y algunas, procedentes de Vigo, rayaban en modestas. Y allí era el entrar en portales angostos, el parlamentar con porteras gruñonas, la desconsoladora respuesta:--Sí, señora, me paece que no ha salió en to el día de casa... Tercero con entresuelo, primero y principal... á mano izquierda.--Y la ascensión interminable, el sobrealiento, el tedio de subir por aquel caracol obscuro, con olores á cocina y á todas las oficinas caseras, y la cerril alcarreña que abre, y la acogida embarazosa, las empalagosas preguntitas, los chiquillos sucios y desgreñados, los relatos de enfermedades, la chismografía viguesa agigantada por la óptica de la distancia... Vamos, que era para renegar, y Asís renegaba en su interior, consultando, sin embargo, la lista de la cartera y diciendo con un suspiro profundo:--¡Ay! Aún falta la viuda de Pardiñas... la madre del médico de Celas..., y Rita, la hermana de Gabriel Pardo... Y esa si que es urgente... Ha tenido al chiquillo con difteria...