Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

Part 5

Chapter 53,865 wordsPublic domain

Yo había oído asegurar muchas veces que si tenemos los ojos cerrados y alguna persona se pone á mirarnos fijamente, una fuerza inexplicable nos obliga á abrirlos. Digo que es verdad, y lo digo por experiencia. En medio de mi sopor empecé á sentir cierta comezón de alzar los párpados y una inquietud especial, que me indicaba la presencia de _alguien_ en el tugurio... Entreabrí los ojos, y con gran sorpresa vi el agua del mar; pero no la verde y plomiza del Cantábrico, sino la del Mediterráneo, azul y tranquila... Las pupilas de Pacheco, como Vds. se habrán imaginado. Estaba de pié, y cuando clavé en él la mirada, se inclinó y me arregló delicadamente la falda del vestido para que me cubriese los piés.

--¿Cómo vamos? ¿Hay ánimos para levantarse?--murmuró: es decir, sería algo por el estilo, pues no me atrevo á jurar que dijese esto. Lo que afirmo es que le tendí las dos manos con un cariñazo repentino y descomunal, porque se me había puesto en el moño que me encontraba allí abandonadita en medio de un golfo profundo, y que iba á ahogarme si no acierta á venir en mi auxilio Pacheco. El tomó las manos que yo ofrecía, las apretó muy afectuoso, me tentó los pulsos y apoyó su derecha en mis sienes y frente, ¡Cuánto bien me hacía aquella presioncita cuidadosa y firme! Como si me volviese á encajar los goznes del cerebro en su verdadero sitio, dándoles aceite para que girasen mejor. Le estreché la mano izquierda... ¡Qué pegajoso, qué majadero se vuelve uno en estas situaciones... anormales! Yo me estaba muriendo por mimos, igual que una niña pequeña... ¡Quería que me tuviesen lástima!... Es sabido que á mucha gente le dan las turcas por el lado tierno. Ganas me venían de echarme á llorar, por el gusto de que me consolasen.

Había á la cabecera de la cama una mugrienta silla de Vitoria, y el gaditano tomó asiento en ella acercando su cara á la dura almohada donde reclinaba la mía. No sé qué me fué diciendo por lo bajo: sí que eran cositas muy dulces y zalameras, y que yo seguía estrujándole la mano izquierda con fuerza convulsiva, sonriendo y entornando los párpados, porque me parecía que de nuevo bogábamos en el esquife, y las olas hacían un _¡clap! ¡clap!_ armonioso contra el costado. Sentí en la mejilla un soplo caliente, y luego un contacto parecido al revoloteo de una mariposa. Sonaron pasos fuertes, abrí los ojos, y vi á la mujer alta y morena, figonera, tabernera ó lo que fuese.

--¿La traigo una tacita de té, señorita? Lo tengo mu bueno, no se piensen ustés que no... Se le pué echar unas gotas de ron, si les parece...

--¡No, ron no!--articulé muy quejumbrosa, como si pidiese que no me mataran.

--¡Sin ron... y calentito!--mandó Pacheco.

La mujer salió. Cerré otra vez los ojos. Me zumbaban los sesos: ni que tuviese en ellos un enjambre de abejas. Pacheco seguía apretándome las sienes, lo cual me aliviaba mucho. También noté que me esponjaba la almohada, que me alisaba el pelo. Todo de una manera tan insensible, como si una brisa marina muy mansa me jugase con los rizos. Volvieron á oirse los pasos y el duro taconeo.

--El té, señorito... ¿Se lo quié usté dar ó se lo doy yo?

--Venga--exclamó el meridional.

Le sentí revolver con la cucharilla y que me la introducía entre los labios. Al primer sorbo me fatigó el esfuerzo y dije _que no_ con la cabeza; al segundo me incorporé de golpe, tropecé con la taza, y ¡zas! el contenido se derramó por el chaleco y pantalón de mi enfermero. El cual, con la insolencia más grande que cabe en persona humana, me preguntó:

--¿No lo quieres ya? ¿O te pido otra tacita?

Y yo... ¡Dios de bondad! ¡De esto sí que estoy segura! le contesté empleando el mismo tuteo y muy mansa y babosa:

--No, no pidas más... Se hace noche... Hay que salir de aquí... Veremos si puedo levantarme. ¡Qué mareo, Señor, qué mareo!

Tendí los brazos confiadamente: el malvado me recibió en los suyos, y agarrada á su cuello, probé á saltar del camastro. Con el mayor recato y comedimiento, Pacheco me ayudó á abrocharme, estiró las guarniciones de mi saya de surá, me presentó el imperdible, el sombrero, el velito, el agujón, el abanico y los guantes. No se veía casi nada, y yo lo atribuía á la mezquindad del cuchitril; pero así que, sostenida por Pacheco y andando muy despacio, salí á la puerta del figón, pude convencerme de que la noche había cerrado del todo. Allá á lo lejos, detrás del muro que cercaba el campo, hormigueaba confusamente la romería, salpicada de lucecillas bailadoras, innumerables...

La calma de la noche y el aire exterior me produjeron el efecto de una ducha de agua fría. Sentí que la cabeza se me despejaba y que así como se va la espuma por el cuello de la botella de champagne, se escapaban de mi mollera en burbujas el sol abrasador y los espíritus alcohólicos del endiablado vino compuesto. Eso sí: en lugar de meollo me parecía que me quedaba un sitio hueco, vacío, barrido con escoba... Encontrábame aniquilada, en el más completo idiotismo.

Pacheco me guiaba sin decir oxte ni moxte. Derechos como una flecha fuimos adonde mi coche aguardaba ya. Sus dos faroles lucían á la entrada de la alameda, en el mismo sitio en que por la mañana le mandáramos esperar. Entré y me dejé caer en el asiento, medio exánime. Pacheco me siguió, dió una orden, y la berlina empezó á rodar poco á poco.

¡Ay Dios de mi vida! ¿Quién soñó que se habían acabado ya los barcos, el oleaje, mis fantasías marítimas todas? ¡Pues si ahora es cuando navegábamos de veras, encerrados en el camarote de un trasatlántico, y á cada tres segundos cuchareaba el buque ó cabeceaba bajando á los abismos del mar y arrastrándome consigo! La voz de Pacheco no era tal voz, sino el ruido del viento en las jarcias... ¡Nada, nada, que hoy naufrago!

--¡Vas disgustá conmigo?--gemía á mi oído el sudoeste. No vayas. Mira, bien callé y bien prudente fuí... Hasta que me apretaste la mano... Perdón, sielo, me da una pena verte afligía... Es una rareza en mí, pero estoy así como aturdido de pensar si te enfadarás por lo que te dije... Pobrecita, no sabes lo guapa que estabas mareá... Los ojos tuyos echaban lumbre... ¡Vaya unos ojos que tienes tú! Anda, descansa así, en el hombro mío. Duerme, niñita, duerme...

Tal vez equivoque yo las palabras, porque resultaban un murmullo y no más... Lo que sí recuerdo con absoluta exactitud es esta frase, que sin duda cayó en el intervalo de una ola á otra:

--¿Sabes qué decían en aquel figón? Pues que debíamos de ser recién casados..., «porque él la trata con mucho cariño y no sabe qué hacer para cuidarla.»

Y puedo jurar que no me acuerdo de ninguna cosa más; de ninguna. Sí..., pero muy vagamente: que el coche se detuvo á mi puerta, y que por las escaleras me ayudó á subir Pacheco, y que desfallecida y atónita como me encontraba, le rogué que no entrase, sin duda obedeciendo á un instinto de precaución. No sé lo que me dijo al despedirse; sé que la despedida fué rápida y sosa. A la Diabla, que al abrir me incrustó en la cara su curioso mirar, le expliqué tartamudeando que me había hecho daño el sol, que deseaba acostarme. Claro que se habrá comido la partida... Sí, que se mama ella el dedo... ¡Buenas cosas pensará á estas horas de mí!

Me precipité á mi cuarto, me eché en la cama, me puse de cara á la pared, y aunque al pronto volví á amodorrarme, hacia las tres de la madrugada empezó la función y se renovó mi padecimiento. No quise llamar á Angela... ¡Para que se escamase tres veces más! ¡Ay qué noche... noche de perros! ¡Qué bascas, qué calentura, qué pesadillas, que aturdimiento, qué jaqueca al despertar!

Y sobre todo, ¡qué compromiso, qué lance, qué parchazo! ¡Qué lío tan espantoso!... ¡Qué resbalón! (ya es preciso convenir en ello).

VIII

Convengamos; pero también en que Pacheco, habiéndose portado tan correctamente al principio, no debió luego echarla á perder. Si yo, por culpa de las circunstancias--eso es, de las circunstancias inesperadísimas en que me he visto,--pude darle algún pié, á la verdad, ningún caballero se aprovecha de ocasiones semejantes; al contrario, en ellas debe manifestar su educación, si la tiene. Yo me trastorné completamente, por lo mismo que nunca anduve en pasos como éstos; yo no estaba en mi cabal juicio, no señor; yo no tenía responsabilidad, y él, el grandísimo pillo, tan sereno como si le acabasen de enfriar en el pozo... Lo dicho: ¡fué una osadía, una serranada incalificable!

Cuanto más lo pienso... ¡Un hombre que hace veinticuatro horas no había cruzado conmigo media docena de palabras; un hombre que ni siquiera es visita mía! Cierta heroína de novela, de las que yo leía siendo muchacha, en un caso así recuerdo que empezó á devanarse los sesos preguntándose á sí propia: «¿Le amo?» ¡Valiente tontería la de aquella simple! ¡Qué amor ni qué!... Caso de preguntar, yo me preguntaría: «¿Le conozco á este caballero?» Porque maldito si sé hasta ni cómo se llama de segundo apellido... Lo que sé es que le detesto y le juzgo un pillastre. Motivos tengo sobrados. ¡Que se ponga en mi caso cualquiera!

Y ahora... Supongamos que, naturalmente, cuando él aporte por aquí, me cierro á la banda y doy orden terminante á los criados: que he salido. Se pondrá furioso, y lo menos que hará, con el despecho, irse alabando en casa de Sahagún... Porque de fijo es uno de esos tipos que pegan carteles en las esquinas... ¡Como si lo viera! Y resistir que se me presente tan fresco... vamos, es de lo que no pasa. Una, que me daría un sofoco de primera; otra, que en estas cosas, si no se empieza cortando por lo sano... Me parece lo más natural. Me niego... y se acabó. Escribirá... Bien, no contesto. Y dentro de unos días, como ya salgo de Madrid... Sí, todo se arregla.

Y... á sangre fría, Asís... ¿Es ese descarado quien tiene la culpa toda? Vamos, hija, que tú... ¿Quién te mandaba satisfacer el caprichito de ir al Santo y de acompañarte con una persona casi desconocida, y de almorzar allí en un merendero churri, como si fueses una salchichera de los barrios bajos? ¿Por qué probaste del vino aquel, que está encabezado con el _amílico_ más venenoso? ¿No sabías que, aun sin vino, á ti el sol te marea?

Te dejaste embarcar por la Sahagún... Pero la Sahagún... Para ciertas personas no rigen las ordenanzas sociales. La Sahagún, no sólo es muy experta, y muy despabilada, y discretísima, y una de esas mujeres á quienes nadie se les atreve no queriendo ellas, sino que con su alta posición convierte en excentricidad graciosa é inofensiva lo que en las demás se toma por desvergüenza y liviandad. Hay gentes que tienen permiso para todo, y se imponen, y les caen bien hasta las barrabasadas. Pero yo, que soy una señora como todas, una de tantas, debo respetar el orden establecido y no meterme en honduras. Era visto que Pacheco se había de figurar desde el primer instante... No, no es justo acusarle á él solo.

Bien dice mi paisano. Somos ordinarios y populacheros; nos pule la educación treinta años seguidos, y renace la corteza... Una persona decente, en ciertos sitios obra lo mismo que obraría un mayoral. Aquí estoy yo, que me he portado como una chula.

Es decir... más bien obré como una tonta. Caí de inocente. No supe precaver, pero no hubo en mí mala intención. Ello ocurrió... porque sí. Me pesa, Señor. En toda mi vida me ha sucedido ni ha de volver á sucederme cosa semejante... De eso respondo, y ahora, á remediar el daño. Puerta cerrada, esquinazo, mutis. No me vuelve á ver el pelo el señorito ese. En tomando el tren de Galicia... Y sin tanto. Declaro la casa en estado de sitio... Aquí no entra una mosca. Ya verá si es tan fácil marear á una mujer cuando ella sabe lo que se hace.

IX

Así, punto más, punto menos, hubiese redactado su declaración la dama, si confiase al papel lo que la bullía en el magín. No afirmamos que, aun dialogando con su conciencia propia, fuese la marquesa viuda de Andrade perfectamente sincera, y no omitiese algún detalle que agravara su tanto de culpa en el terreno de la imprevisión, la ligereza ó la coquetería. Todo es posible, y no conviene salir fiador de nadie en este género de confesiones, que nunca se hacen sin pelos en la lengua y restricciones en la mente.

Sin embargo, no puede negarse que la señora había referido con bastante franqueza el terrible episodio, tanto más terrible para ella, cuanto que hasta dar este mal paso caminara con pié firme y alegre espíritu por la senda de la honestidad. Mérito suyo, más que fruto de la educación paterna, no muy rígida, ni excesivamente vigilante. A Asís se le habían cumplido cuantos caprichos puede tener en un pueblo como Vigo una niña rica, huérfana de madre, y única. A los veinte años de edad, asistiendo á todos los bailes del Casino, á todos los paseos en la Alameda, á todas las verbenas y romerías de Cristos y Pastoras, visitando todos los buques de todas las escuadras que fondeaban en el puerto, Asís no había hecho cosa esencialmente mala, pues no hay severidad que baste á condenar de un modo riguroso el carteo con un teniente de navío, á quien veía be higos á brevas--cuando la _Villa de Bilbao_ andaba por aquellas aguas.--Entonces le entró al papá de Asís, acaudalado negociante, la ventolera de las contratas, acompañada, naturalmente, de la necesidad de meterse en política; tuvo distrito, y contrata va y legislatura viene, comenzó á llevarse á su hija á Madrid todos los inviernos, á dar una vueltecita--la frase sacramental.--Hospedábanse en casa de un primo de la difunta mamá de Asís, el marqués de Andrade, consejero de Estado, porque Asís era fruto de una de esas alianzas entre blasones y talegas, que en Galicia y en todas partes se ven tan á menudo, sin que tuerza el gesto ningún venerable retrato de familia, ni ningún abuelo se estremezca en su tumba. El consejero de Estado se encontraba viudo y sin descendencia; conservaba un cerquillo de pelo alrededor de una lucia calva; poseía buenos modales, carácter ameno (en la corte no existen viejos avinagrados) y la suficiente mundología para saber cómo ha de insinuarse un cincuentón con una muchacha. Asís empezó por enseñarle á su tío, bromeando, las cartas del marino, y acabó por escribir á éste una significándole que sus relaciones «quedaban cortadas para siempre». Y así fué, y la esbelta sombra con gorrilla blanca y levita azul y anclas de oro no se apareció jamás al pié del tálamo de los marqueses de Andrade.

El Marqués tuvo el talento de no ser celoso y hacerle grata á su mujer la vida conyugal. Hasta se separó de otra hermana suya--con la cual vivía desde su primer matrimonio--porque era devota, maniática, opuesta á la sociedad y á las distracciones, y no podía congeniar con la joven esposa; y no se mostró remiso en aflojar dinero para modistas, ni en gastar tiempo en teatros, saraos y tertulias. También supo evitar el delirio de los extremos amorosos, impropios de su edad y la de Asís combinadas; dejó dormir lo que no era para despertado, y así logró siete años de tranquila ventura y una chiquilla algo enclenque, que únicamente revivía con los aires marinos y agrestes de la tierra galaica. Un derrame seroso cortó el curso de los días del buen consejero de Estado, y Asís quedó libre, rica, moza, bien mirada y con el alma serena.

Pasaba en Madrid los inviernos, teniendo á su niña de medio interna en un atildado colegio francés; los veranos se iba á Vigo, al lado de su papá; á veces (como sucedía ahora), el viaje de la chiquilla se adelantaba un poco, porque el abuelo, al cerrarse las Cortes, se la llevaba consigo á desencanijarse en la aldea... Asís la dejaba marchar de buen grado. El amor maternal era en ella lo que había sido el cariño conyugal: sentimiento apacible, exento de esas divinas locuras que abrasan el alma y dan á la existencia sentido nuevo. La marquesa de Andrade vivía contenta, algo envanecida de haber soltado la cáscara provinciana, y satisfecha también de conservar su honradez como la conservan allá en Vigo las señoras muy visibles, que no dan un paso sin que el vecindario sepa si fué con el pié izquierdo ó el derecho. Entretenía sus ocios pensando, por ejemplo, que el último vestido que le había mandado su modista era tan gracioso y menos caro que el de Worth de la Sahagún; que estaba á bien con el Padre Urdax, merced á haber entrado en una asociación benéfica muy recomendada por los jesuítas; que ella era una dama formal, intachable, y que, sin embargo, no dejaban de citarla con elogio en las revistas de salones alguna que otra vez; que podía vivirse en el mundo sin abrir paso al demonio, y que ni el mundo ni Dios tenían por qué volverle la espalda.

Y ahora...

X

Oyendo un nuevo repiqueteo de campanilla, acudió Angela despavorida, á ver _qué era_. Su ama estaba medio incorporada sobre un codo.

--Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien venga..., que he salido.

--A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita.

--A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me dejas entrar á nadie.

--¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará.

--Y prepárame el baño.

--¿El baño? ¿No le sentará mal á la señorita?

--No--contestó Asís secamente.--(¡Manía de meterse en todo tienen estas doncellas!)

--¿Y la orden del coche, señorita? Ya dos veces ha venido Roque á preguntarla.

Al nombre del cochero, sintió Asís que le _subía un pavo_ atroz, como si el cochero representase para ella la sociedad, el deber, todas las conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera. ¡El cochero si que debía maliciarse!...

--Dile..., dile que... venga dentro de un par de horas..., á las cuatro y media... No, á las cinco y cuarto. Para paseo... Las cinco y media más bien.

Saltó de la cama, se puso la bata, y se calzó las chinelas. ¡Sentía un abatimiento grande, agujetas, cansancio, y al mismo tiempo una excitación, unas ganas de echar á andar, de huir de sí misma, de no verse ni oirse! No se podía sufrir.

--¡Qué vida tan incómoda la de las señoras que anden siempre en estos enredos! No les arriendo la ganancia... ¡Ay! Aborrezco los tapujos y las ilegalidades... He nacido para vivir con orden y con decoro, está visto. ¿Le dará á ese tunante por venir?

Mientras no estaba dispuesto el baño, practicó Asís las operaciones de aseo que deben precederle: limpiarse y limarse las uñas, lavar y cepillar esmeradamente la dentadura, desenredar el pelo y pasarse repetidas veces el peine menudo, registrarse cuidadosamente las orejas con la esponjita y la cucharita de marfil, frotarse el pescuezo con el guante de crín suavizado con pasta de almendra y miel. A cada higiénica operación y á cada parte de su cuerpo que quedaba como una patena, Asís creía ver desaparecer la marca de las irregularidades del día anterior, y confundiendo involuntariamente lo físico y lo moral, al asearse, juzgaba regenerarse.

Avisó la Diabla que estaba listo el baño. Asís pasó á un cuartuco obscuro, que alumbraba un quinqué de petróleo (las habitaciones de baño fantásticas que se describen en las novelas no suelen existir sino en algún palacio, nunca en las casas de alquiler), y se metió en una bañadera de zinc con capa de porcelana--idéntica á las cacerolas.--¡Qué placer! En el agua clara iban á quedarse la vergüenza, la sofoquina y las inconveniencias de la aventura... ¡Allí estaban escritas con letras de polvo! ¡Polvo doblemente vil, el polvo de la innoble feria! ¡Y cuidado que era pegajoso y espeso! ¡Si había penetrado al través de las medias, de la ropa interior, y en toda su piel lo veía depositado la dama! Agua clara y tibia--pensaba Asís--lava, lava tanta grosería, tanto flamenquismo, tanta barbaridad: lava la osadía, lava el desacato, lava el aturdimiento, lava el... Jabón y más jabón. Ahora agua de Colonia... Así.

Esta manía de que con agua de Colonia y jabón fino se le quitaban las manchas á la honra, se apoderó de la señora en grado tal, que á poco se arranca el cutis, de la rabia y el encarnizamiento con que lo frotaba. Cuando su doncella le dió la bata de tela turca para enjugarse, Asís continuó sus fricciones mitad morales, mitad higiénicas, hasta que ya rendida se dejó envolver en la ropa limpia, suspirando como el que echa de sí un enorme peso de cuidados.

Llegó el coche algún tiempo después de terminada la faena, no sólo del baño, sino del tocado y vestido: Asís llevaba un traje serio, de señora que aspira á no llamar la atención. Ya tenía la Diabla la mano en el pestillo para abrir la puerta á su ama, cuando se la ocurrió preguntar:

--¿Vendrá á comer, señorita?

--No.--Y añadió como el que da explicaciones para que no se piense mal de él.--Estoy convidada á comer en casa de las tías de Cardeñosa.

Al sentarse en su berlinita, respiró anchamente. Ya no había que temer la aparición del pillo. ¡Bah! Ni era probable que él se acordase de ella; estos troneras, así que pueden jactarse..., si te he visto no me acuerdo. Mejor que mejor. Qué ganga, si la historia se resolviese de una manera tan sencilla... Y la voz de Asís adquirió cierta sonoridad al decir al cochero:

--Castellana... Y luego á casa de las tías...

Aquella vibración orgullosa de su acento parece que quería significar:

--Ya lo ves, Roque... No se va uno todos los días de picos pardos... De hoy más vuelvo á mi inflexible línea de conducta...

Rodó el coche al trote hasta la Castellana y allí se metió en fila. Era tal el número y la apretura de carruajes, que á veces tenían que pararse todos por imposibilidad de avanzar ni retroceder. En estos momentos de forzosa quietud sucedían cosas chuscas: dos señoras que se conocían y se saludaban, pero no teniendo la intimidad suficiente para emprender conversación, permanecían con la sonrisa estereotipada, observándose con el rabillo del ojo, desmenuzándose el atavío y deseando que un leve sacudimiento del maremagnum de carruajes pusiese fin á una situación tan pesadita. Otras veces le acontecía á Asís quedarse parada tocando con una _manuela_, en cuyo asiento trasero, dejando la bigotera libre, se apiñaban tres mozos de buen humor, horteras ó empleadillos de ministerio, que la soltaban una andanada de dicharachos y majaderías; y nada: aguantarlos á quema ropa, sin saber qué era menos desairado, sonreirse ó ponerse muy seria ó hacerse la sorda. También era fastidioso encontrarse en contacto íntimo con el fogoso tronco de un _milord_, que sacudía la espuma del hocico dentro de la ventanilla, salpicando el haz de lilas blancas sujeto en el tarjetero, que perfumaba el interior del coche. Incidentes que distraían por un instante á la marquesa de Andrade de la dulce quietud y del bienhechor reposo producido por la frescura del aire impregnado de aroma de lilas y flor de acacia, por la animación distinguida y silenciosa del paseo, por el grato reclinatorio que hacía á su cabeza y espalda el rehenchido del coche, forrado de paño gris.