Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

Part 4

Chapter 43,966 wordsPublic domain

Si la dejamos, creo que aún sigue ahora ensartando tonterías. A mí su parla me entretenía mucho, pues ya se sabe que en esta clase de vaticinios tan confusos y tan latos, siempre hay algo que responde á nuestras ideas, esperanzas y aspiraciones ocultas. Es lo mismo que cuando, al tiempo de jugar á los naipes, vamos corriéndolos para descubrir sólo la pinta, y adivinamos ó presentimos de un modo vago la carta que va á salir. Pacheco me miraba atentamente, aguardando á que me cansase de gitanerías para despedir á la profetisa. Viendo que ya la chica del puñal en el moño acudía con la fuente de huevos revueltos, solté la mano, y mi acompañante despachó á la gitana, que antes de poner piés en polvorosa aún pidió no sé qué para _er churumbeliyo_.

Empezábamos á servirnos del apetitoso comistrajo y á descorchar una botella de jerez, cuando otro cuerpo asomó en la abertura de la tienda, se adelantó hacia la mesa y recitó la consabida jaculatoria:

--En er nombre e Dió Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que onde va er nombre é Dió...

--¡Estamos frescos!--gritó Pacheco.--¡Gitana nueva!

--Claro--murmuró con aristocrático desdén la chica del merendero.--Como á la otra le han dado cuartos y vino, se ha corrido la voz... Y tendrán aquí á todas las de la romería.

Pacheco alargó á la recién venida unas monedas y un vaso de jerez.

--Bébase usté eso á mi salú..., y andar con Dios, y najensia.

--E que les igo yo lo buenaventura e barde... por el aqué de la sal der mundo que van ustés derramando.

--No, no...,--exclamé yo casi al oído de Pacheco.--Nos va á encajar lo mismo que la otra; con una vez basta. Espántela V.... sin reñirla.

--Bébase usté el jerés, prenda... y najarse he dicho--ordenó el gaditano sin enojo alguno, con campechana franqueza.

La gitana, convencida de que no sacaba más raja ya, después de echarse al coleto el Jerez y limpiarse la boca con el dorso de la mano, se largó con su indispensable _churumbeliyo_, que lo traía también escondido en el mantón como gusano en queso.

--¿Tienen todas su chiquitín?--pregunté á la muchacha.

--Todas, pues ya se ve--explicó ella con tono de persona desengañada y experta.--Valientes maulas están. Los chiquillos son tan suyos como de una servidora de Vds. Infelices, los alquilan por ahí á otras bribonas, y sabe Dios el trato que les dan. Y está la romería plagada de estas tunantas, embusteronas. ¡Lástima de Abanico!

--¿Vds. duermen aquí?--la dije por tirarla de la lengua.--¿No tienen miedo á que de noche les roben las ganancias del día ó la comida del siguiente?

--Ya se ve que dormimos con un ojo cerrado y otro abierto... Porque no se crea V.: nosotros tenemos un café á la salida de la Plaza Mayor y venimos aquí no más á poner el ambigú.

Comprendí que la chica se daba importancia, deseando probarme que era, socialmente, muy superior á aquella gentecilla de poco más ó menos que andaba por los demás figones. A todo esto íbamos despachando la ración de huevos revueltos y nos disponíamos á emprenderla con las magras. Interceptó la claridad de la abertura otra sombra. Esta era una chula de mantón terciado, peina de bolas, brazos desnudos, que traía en un jarro de loza un inmenso haz de rosas y claveles, murmurando con voz entre zalamera y dolorida:--«¡Señoritico! ¡Cómpreme usté flores pa osequiar á esa buena moza!»--Al mismo tiempo que la florera, entraron en el merendero cuatro soldados, cuatro húsares jóvenes y muy bulliciosos, que tomaron posesión de una mesa pidiendo cerveza y gaseosa, metiendo ruido con los sables y regocijando la vista con su uniforme amarillo y azul. ¡Válgame Dios, y qué virtud tan rara poseen la manzanilla y el jerez, sobre todo cuando están encabezados y compuestos! Si en otra ocasión me veo yo almorzando así, entre soldados, creo que me da un soponcio; pero empezaba á tener subvertidas las nociones de la corrección y de la jerarquía social, y hasta me hizo gracia semejante compañía y la celebré con la risa más alegre del mundo! Pacheco, al observar mi buen humor, se levantó y fué á ofrecer á los húsares jerez y otros obsequios; de suerte que no sólo comíamos con ellos en el mismo bodegón, sino que fraternizábamos.

Cuando está uno de buen temple, ninguna cosa le disgusta. Alabé la comida; de la chula de los claveles dije que parecía un boceto de Sala; y entonces Pacheco sacó de la jarra las flores y me las echó en el regazo, diciendo:--«Póngaselas V. todas.»--Así lo ejecuté, y quedó mi pecho convertido en búcaro. Luego me hizo reir con toda mi alma una desvergonzada riña que se oyó por detrás de la pared de lona, y las ocurrencias de Pacheco que se lió con los húsares no recuerdo con qué motivo. Volvió á nublarse el sol que entraba por la abertura y apareció un pordiosero de lo más remendado y haraposo. No contento con aflojar buena limosna, Pacheco le dió palique largo, y el mendigo nos contó aventuras de su vida: una sarta de embustes, por supuesto. Oyóle el gaditano muy atentamente, y luego empezó á exigirle que trajese un guitarrillo y se cantase por lo más jondo. El pobre juraba y perjuraba que no sabía sino unas coplillas, pero sin música, y al fin le soltamos, bajo palabra de que nos traería un buen cantaor y tocaor de bandurria para que nos echase polos y peteneras hasta morir. Por fortuna hizo la del humo.

Yo, á todo esto, más divertida que en un sainete, y dispuesta á entenderme con las chuletas y el champagne. Comprendía, sí, que mis pupilas destellaban lumbre y en mis mejillas se podía encender un fósforo; pero lejos de percibir el atolondramiento que suponía precursor de la embriaguez, sólo experimentaba una animación agradabilísima, con la lengua suelta, los sentidos excitados, el espíritu en volandas y gozoso el corazón. Lo que más me probaba que _aquello_ no era cosa alarmante, era que comprendía la necesidad de guardar en mis dichos y modales cierta reserva de buen gusto; y en efecto, la guardaba, evitando toda palabra ó movimiento que siendo inocente pudiese parecer equívoco, sin dejar por eso de reir, de elogiar los guisos, de mostrarme jovial, en armonía con la situación... Porque allí, vamos, convengan Vds. en ello, también sería muy raro estar como si me hubiese tragado el molinillo.

VI

Pacheco, por su parte, me llevaba la corriente; cuidaba de que nunca estuviesen vacíos mi vaso ni mi plato, y ajustaba su humor al mío con tal esmero, cual si fuese un director de escena encargado de entretener y hacer pasar el mejor rato posible á un príncipe. ¡Ay! Porque eso sí: tengo que rendirle justicia al grandísimo socarrón, y una vez que me encuentro á solas con mi conciencia, reconocer que, animado, oportuno, bromista y (admitamos la terrible palabra) en _juerga_ redonda conmigo, como se encontraba al fin y al cabo Pacheco, ni un dicho libre, ni una acción descompuesta ó siquiera familiar llegó á permitirse. En ocasión tan singular y crítica, hubiera sido descortesía y atrevimiento lo que en otra mero galanteo ó _flirtación_ (como dicen los ingleses). Esto lo entendía yo muy bien, aun entonces, y á la verdad, temía cualquiera de esas insinuaciones impertinentes que dejan á una mujer volada y le estropean el mejor rato. Sin la caballerosa delicadeza de Pacheco, aquella situación en que impremeditadamente me había colocado pudo ser muy ridícula para mí. Pero la verdad por delante: su miramiento fué tal, que no me echó ni una flor, mientras hartaba de lindas, simpáticas y retrecheras á las gitanas, á la chica del puñal de níquel y hasta á la fregona del estropajo. Cierto que á veces sorprendí sus ojos azules que me devoraban á hurtadillas; sólo que apenas notaba que yo había caído en la cuenta, los desviaba á escape. Su acento era respetuoso, sus frases serias y sencillas al dirigirse sólo á mi. Ahora se me figura que tantas exquisiteces fueron calculadas, para inspirarme confianza é interés: ¡ah malvado! Y bien que me iba comprando con aquel porte fino.

Surgió de repente ante nosotros, sin que supiésemos por donde había entrado, una figurilla color de yesca, una gitanuela de algunos trece años, típica, de encargo para modelo de un pintor: el pelo azulado de puro negro, muy aceitoso, recogido en castaña, con su peina de cuerno y su clavel sangre de toro; los dientes y los ojos brillantes, por contraste con lo atezado de la cara; la frente chata como la de una víbora, y los brazos desnudos, verdosos y flacos lo mismo que dos reptiles. Y con el propio tonillo desgarrado de las demás, empezó la retahila consabida:

--En er nombre de Dió Pare, Jijo...

De esta vez, la chica del merendero montó en cólera, y dando al diablo sus pujos de señorita, se convirtió en chula de las más boquifrescas.

--¿Hase visto hato de pindongas? ¿No dejarán comer en paz á las personas decentes? ¿Conque las barre uno por un lado y se cuelan por otro? ¿Y cómo habrá entrado aquí semejante calamidá, digo yo? Pues si no te largas más pronto que la luz, bofetá como la que te arrimo no la has visto tú en tu vía. Te doy un recorrío al cuerpo, que no te queda lengua pa contarlo.

La chiquilla huyó más lista que un cohete; pero no habrían transcurrido dos segundos, cuando vimos entreabrirse la lona que nos protegía las espaldas, y por la rendija del lienzo asomó una geta que parecía la del mismo enemigo, unos dientes que rechinaban, un puño cerrado, negro como una bola de bronce, y la gitanilla becerreó:

--Arrastrá, condená, tía cochina, que malos retortijones te arranquen las tripas, y malos mengues te jagan picaíllo e los jígados, y malas culebras te piquen, y remardita tiña te pegue con er moño pa que te quedes pelá como tu ifunta agüela...

Llegaba aquí de su rosario de maldiciones, cuando la del puñal, que así se vió tratada, empuñó el rabo de una cacerola y se arrojó como una fiera á descalabrar á la egipcia: al hacerlo, dió con el codo a una botella de jerez, que se derramó entera por el mantel. Este incidente hizo que la chica, olvidando el enojo, se echase á reir exclamando:--¡Alegría, alegría! Vino en el mantel... ¡boda segura!--y, por supuesto, la gitana tuvo tiempo de afufarse más pronta que un pájaro.

No ocurrió durante el almuerzo ninguna otra cosa que recordarse merezca, y lo bien que hago memoria de todo cuanto pasó en él, me prueba que estaba muy despejada y muy sobre mí. Apuramos el último sorbo de champagne y un empecatado café; saldó Pacheco la cuenta, gratificando como Dios manda, y nos levantamos con ánimo de recorrer la romería. Notaba yo cierta ligereza insólita en piernas y piés; me figuraba que se había suprimido el peso de mi cuerpo, y, en vez de andar, creía deslizarme sobre la tierra.

Al salir, me deslumbró el sol: ya no estaba en el cenit ni mucho menos; pero era la hora en que sus rayos, aunque oblicuos, queman más: debían de ser las tres y media ó cuatro de la tarde, y el suelo se rajaba de calor. Gente, triple que por la mañana, y veinte veces más bullanguera y estrepitosa. Al punto que nos metimos entre aquel bureo, se me puso cabeza que me había caído en el mar: mar caliente, que hervía á borbotones, y en el cual flotaba yo dentro de un botecillo chico como una cáscara de nuez: golpe va y golpe viene, ola arriba y ola abajo. ¡Sí, era el mar; no cabía duda! ¡El mar, con toda la angustia y desconsuelo del mareo que empieza!

Lejos de disiparse esta aprensión, se aumentaba mientras iba internándome en la romería apoyada en el brazo del gaditano. Nada, señores, que estaba en mitad del golfo. Los innumerables ruidos de voces, disputas, coplas, pregones, juramentos, vihuelas, organillos, pianos, se confundían en un rumor nada más: el mugido sordo con que el Océano se estrella en los arrecifes: y allá á lo lejos, los columpios, lanzados al aire con vuelo vertiginoso, me representaban lanchas y falúas balanceadas por el oleaje. ¡Ay Dios mío, y qué desvanecimiento me entró al convencerme de que en efecto me encontraba en alta mar! Me agarré al brazo de Pacheco como me agarro en la temporada de baños al cuello del bañero robusto, para que no me lleve el agua... Sentía un pánico atroz y no me atrevía á confesarlo, porque tal vez mi acompañante se reiría de mí, por fuera ó por dentro, si le dijese que me mareaba, que me mareaba á toda prisa.

Una peripecia nos detuvo breves instantes. Fué una pelea de mujerotas. Pelea muy rara: por lo regular, estas riñas van acompañadas de vociferaciones, de chillidos, de injurias, y aquí no hubo nada de eso. Eran dos mozas: una que tostaba garbanzos en una sartén puesta sobre una hornilla: otra que pasó y con las sayas derribó el artilugio. Jamás he visto en rostro humano expresión de ferocidad como adquirió el de la tostadora. Más pronta que el rayo, recogió del suelo la sartén, y echándose á manera de irritada tigre sobre la autora del desaguisado, le dió con el filo en mitad de la cara. La agredida se volvió sin exhalar un ay, corriéndole de la ceja á la mejilla un hilo de sangre; y trincando á su enemiga por el moño, del primer arrechucho le arrancó un buen mechón, mientras le clavaba en el pescuezo las uñas de la mano izquierda: cayeron á tierra las dos amazonas, rodando entre trébedes, hornillas y cazos; se formó alrededor corro de mirones, sin que nadie pensase en separarlas, y ellas seguían luchando, calladas y pálidas como muertas, una con la oreja rasgada ya, otra con la sien toda ensangrentada y un ojo medio saltado de un puñetazo. Los soldados se reían á carcajadas y les decían requiebros indecentes, en tanto que se despedazaban las infelices. Advertí por un instante que se me quitaba el mareo, á fuerza de repugnancia y lástima: me acordé de mi paisano Pardo, y de aquello del salvajismo y la barbarie española. Pero duró poco esta idea, porque en seguidita se me ocurrió otra muy singular: que las dos combatientes eran dos pescados grandes, así como golfines ó tiburones, y que á coletazos y mordiscos, sin chistar, estaban haciéndose trizas. Y este pensamiento me renovó la fatiga del mareo de tal modo, que arrastré á Pacheco.

--Vámonos de aquí... No me gusta ver esto... Se matan.

Preguntóme Don Diego si me sentía mal, en cuyo caso no visitaríamos los barracones donde enseñan panoramas y fenómenos. Respondí muy picada que me encontraba perfectamente y capaz de examinar todas las curiosidades de la romería. Entramos en varias barracas y vimos un enano, un ternero de dos cabezas, y por último, la mujer de cuatro piernas, muy pizpireta, muy escotada, muy vestida de seda azul con puntillas de algodón, y que enseñaba sonriendo--la risa del conejo--sus dobles muñones al extremo de cada rodilla. En esta pícara barraca se apoderó de mí, con más fuerza que nunca, la convicción de que me hallaba en alta mar, entregada á los vaivenes del Océano. En el lado izquierdo del barracón había una serie de agujeritos redondos por donde se veía un cosmorama: y yo empeñada en que eran las portas del buque, sin que me sacase de mi error el que al través de las susodichas portas se divisase, en vez del mar, la plaza del Carrousel... el Arco de la Estrella... el Coliseo de Roma... y otros monumentos análogos. Las perspectivas arquitectónicas me parecían desdibujadas y confusas, con gran temblequeteo y vaguedad de contornos, lo mismo que si las cubriese el trémulo velo de las olas. Al volverme y fijarme en el costado opuesto de la barraca, los grandes espejos de _rigolada_, de lunas cóncavas ó convexas, que reflejaban mi figura con líneas grotescamente deformes, me parecieron también charcos de agua de mar... ¡Ay, ay, ay, qué malo se pone esto! Un terror espantoso cruzó por mi mente: ¿apostemos á que todas estas chifladuras marítimas y náuticas son pura y simplemente una... vamos, una _filoxerita_, como ahora dicen? ¡Pero si he bebido poco! ¡Si en la mesa me encontraba tan bien!

--Hay que disimular--pensé.--Que Pacheco no se entere... ¡Virgen, y qué vergüenza si lo nota!... Volver á Madrid corriendo... ¡Quiá! El movimiento del coche me pierde, me acaba, de seguro... Aire, aire... ¡Si hubiese un rincón donde librarse de este gentío!

O Pacheco leyó en mis pensamientos, ó coincidió conmigo en sensaciones, pues se inclinó y en el tono más cariñoso y deferente murmuró á mi oído:

--Hace aquí un calor intolerable... ¿Verdad que sí? ¿Quiere V. que salgamos? Daremos una vueltecita por la pradera y la alameda; estará más despejado y más fresco.

--Vamos--respondí fingiendo indiferencia, aunque veía el cielo abierto con la proposición.

VII

Salimos de la barraca y bajamos del cerro á la alameda, siempre empujados y azotados por la ola del gentío, cuyas aguas eran más densas según iba acercándose la noche. Llegó un momento en que nos encontramos presos en remolino tal, que Pacheco me apretó fuertemente el brazo y tiró de mí para sacarme á flote. Me latían las sienes, se me encogía el corazón y se me nublaban los ojos: no sabía lo que me pasaba: un sudor frío bañaba mi frente. Forcejeábamos deseando romper por entre el grupo, cuando nos paró en firme una cosa tremenda que se apareció allí, enteramente á nuestro lado: un par de navajas desnudas, de esas _lenguas de vaca_ con su letrero de _si esta víbora te pica no hay remedio en la botica_, volando por los aires en busca de las tripas de algún prójimo. También relucían machetes de soldados, y se enarbolaban garrotes, y se oían palabras soeces, blasfemias de las más horribles... Me arrimé despavorida al gaditano, el cual me dijo á media voz:

--Por aquí... No pase V. cuidado... Vengo prevenido.

Le vi meter la mano en el bolsillo derecho del chaleco y asomarse á él la culata de un revólver: vista que redobló mi susto y mis esfuerzos para desviarme. No nos fué difícil, porque todo el mundo se arremolinaba en sentido contrario, hacia el lugar de la pendencia. Pronto retrocedimos hasta la alameda, sitio relativamente despejado. Allí y todo continuaban mis ilusiones marítimas dándome guerra. Los carruajes, los carros de violín, los ómnibus, las galeras, cuantos vehículos estaban en espera de sus dueños, me parecían á mí embarcaciones fondeadas en alguna bahía ó varadas en la playa, paquetes de vapor con sus ruedas, quechemarines con su arboladura. Hasta olor á carbón de piedra y á brea notaba yo. Que sí, que me había dado por la náutica.

--¿Vámonos á la orilla... allí, donde haya silencio?--supliqué á Pacheco.--¿Donde corra fresquito y no se vea un alma? Porque la gente me mar...

Un resto de cautela me contuvo á tiempo, y rectifiqué:

--Me fatiga.

--¿Sin gente? Dificilillo va á ser hoy... Mire V.--Y Pacheco señaló, extendiendo la mano.

Por la praderita verde, por las alturas peladas del cerro, por cuanta extensión de tierra registrábamos desde allí, bullía el mismo hormigueo de personas, igual confusión de colorines, balanceo de columpios, girar de tíos vivos y corros de baile.

--Hacia allá--murmuré--parece que hay un espacio libre...

Para llegar adonde yo indicaba, era preciso saltar un vallado, bastante alto por más señas. Pacheco lo salvó, y desde el lado opuesto me tendió los brazos. ¡Cosa más particular! Pegué el brinco con agilidad sorprendente. Ni notaba el peso de mi cuerpo; se había derogado para mí la ley de gravedad: creo que podría hacer volatines. Eso sí, la firmeza no estaba en proporción con la agilidad, porque si me empujan con un dedo, me caigo y boto como una pelota.

Atravesamos un barbecho, que fué una serie de saltos de surco á surco, y por senderos realmente solitarios fuimos á parar á la puerta de una casuca que se bañaba los piés en el Manzanares. ¡Ay, qué descanso! Verse uno allí casi solo, sin oir apenas el estrépito de la romería, con un fresquito delicioso venido de la superficie del agua, y con la media obscuridad ó al menos la luz tibia del sol que iba poniéndose... ¡Alabado sea Dios! Allá queda el tempestuoso Océano con sus olas bramadoras, sus espumarajos y sus arrecifes, y héteme al borde de una pacífica ensenada, donde el agua sólo tiene un rizado de onditas muy mansas que vienen á morir en la arena sin meterse con nadie...

¡Dale con el mar! ¡Mire V. que es fuerte cosa! ¿Si continuará aquello? ¿Si...?

A la puerta de la casuca asomó una mujer pobremente vestida y dos chiquillos harapientos, que muy obsequiosos me sacaron una silla. Sentóse Pacheco á mi lado sobre unos troncos. Noté bienestar inexplicable, y me puse á mirar cómo se acostaba el sol, todo ardoroso y sofocado, destellando sus últimos resplandores en el Manzanares. Es decir, en el Manzanares no: aquello se parecía extraordinariamente á la bahía viguesa. La casa también se había vuelto una lancha muy airosa que se mecía con movimiento insensible: Pacheco, sentado en la popa, oprimía contra el pecho la caña del timón, y yo, muellemente reclinada á su lado, apoyaba un codo en su rodilla, recostaba la cabeza en su hombro, cerraba los ojos para mejor gozar del soplo de la brisa marina que me abanicaba el semblante... ¡Ay madre mía, qué bien se va así!... De aquí al cielo...

Abrí los párpados... ¡Jesús, qué atrocidad! Estaba en la misma postura que he descrito, y Pacheco me sostenía en silencio y con exquisito cuidado, como á una criatura enferma, mientras me hacía aire, muy despacio, con mi propio pericón...

No tuve tiempo de reflexionar en situación tan rara. No me lo permitió el afán, la fatiga inexplicable que me entró de súbito. Era como si me tirasen del estómago y de las entrañas hacia afuera con un garfio para arrancármelas por la boca. Llevé las manos á la garganta y al pecho, y gemí:

--¡A tierra, á tierra! ¡Que se pare el vapor... me mareo, me mareo! ¡Que me muero!... ¡Por la Virgen, á tierra!

Cesé de ver la bahía, el mar verde y espumoso, las crespas olitas; cesé de sentir el soplo del Nordeste y el olor del alquitrán... Percibí, como entre sueños, que me levantaban en vilo y me trasladaban... ¿Estaríamos desembarcando? Entreoí frases que para mí entonces carecían de sentido.--«Probetica, sa puesto mala.--Por aquí, señorito...--Sí que hay cama y lo que se nesecite...--Mandar...»--Sin duda ya me habían depositado en tierra firme, pues noté un consuelo grandísimo, y luego una sensación inexplicable de desahogo, como si alguna manaza gigantesca rompiese un aro de hierro que me estaba comprimiendo las costillas y dificultando la respiración. Di un suspiro y abrí los ojos...

Fué un intervalo lúcido, de esos que se tienen aun en medio del síncope ó del acceso de locura, y en que comprendí claramente todo cuanto me sucedía. No había mar, ni barco, ni tales carneros, sino turca de padre y muy señor mío: la tierra firme era el camastro de la tabernera, el aro de hierro el corsé que acababan de aflojarme; y no me quedé muerta de sonrojo allí mismo, porque no vi en el cuarto á Pacheco. Sólo la mujer morena y alta, muy afable, se deshacía en cuidados, me ofrecía toda clase de socorros...

--No, gracias... Silencio, y estar á obscuras... Es lo único... Bien, sí, llamaré si ocurre. Ya, ya me siento mejor... Silencio y dormir; no necesito más.

La mujer entornó el ventanuco por donde entraba en el chiribitil la luz del sol poniente, y se marchó en puntillas. Me quedé sola: me dominaba una modorra invencible: no podía mover brazo ni pierna; sin embargo, la cabeza y el corazón se me iban sosegando por efecto de la penumbra y la soledad. Cierto que andaba otra vez á vueltas con la manía náutica, pues pensaba para mis adentros:--¡Qué bien me encuentro así... en este camarote... en esta litera!... ¡Y qué serena debe de estar la mar!... ¡Ni chispa de balance! ¡El barco no se mueve!