Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

Part 3

Chapter 33,991 wordsPublic domain

No sé quién fué el primero que llamó feas y áridas á las orillas del Manzanares, ni por qué los periódicos han de estar siempre soltándole pullitas al pobre río, ni cómo no prendieron á aquel farsante de escritor francés (Alejandro Dumas, si no me engaño) que le ofreció de limosna un vaso de agua. Convengo en que no es muy caudaloso, ni tan frescachón como nuestro Miño ó nuestro Sil; pero vamos, que no falta en sus orillas algún rinconcito ameno, verde y simpático. Hay árboles que convidan á descansar á la sombra, y unos puentes rústicos por entre los lavaderos, que son bonitos en cualquier parte. La verdad es que acaso influía en esta opinión que formé entonces, el que se me iba quitando el susto y me rebosaba el contento por haber realizado la escapatoria. Varios motivos se reunían para completar mi satisfacción. Mi traje de _céfiro_ gris, sembrado de anclitas rojas, era de buen gusto en una excursión matinal como aquella; mi sombrero negro de paja me sentaba bien, según comprobé en el vidrio delantero de la berlina; el calor aún no molestaba mucho; mi acompañante me agradaba, y la calaverada, que antes me ponía miedo, iba pareciéndome lo más inofensivo del mundo, pues no se veía por allí ni rastro de persona regular que pudiese conocerme. Nada me aguaría tanto la fiesta como tropezarme con algún tertuliano de la Sahagún, ó vecina de butacas en el Real, que fuese luego á permitirse comentarios absurdos. Sobran personas maldicientes y deslenguadas que interpretan y traducen siniestramente las cosas más sencillas, y de poco le sirve á una mujer pasarse la vida muy sobre aviso, si se descuida una hora... (Sí, y lo que es á mí, en la actualidad, me caen muy bien estas reflexiones. En fin, prosigamos.) El caso es que la pradera ofrecía aspecto tranquilizador. Pueblo aquí, pueblo allí, pueblo en todas direcciones; y si algún hombre vestía americana, en vez de chaquetón ó chaquetilla, debía de ser criado de servicio, escribiente temporero, hortera, estudiante pobre, lacayo sin colocación, que se tomaba un día de asueto y holgorio. Por eso, cuando á la subida del cerro, donde ya no pueden pasar los carruajes, Pacheco y yo nos bajamos de la berlina, parecíamos, por el contraste, pareja de archiduques que tentados de la curiosidad se van á recorrer una fiesta populachera, deseosos de guardar el incógnito, y delatados por sus elegantes trazas.

En fuerza de su novedad me hacía gracia el espectáculo. Aquella romería no tiene nada que ver con las de mi país, que suelen celebrarse en sitios frescos, sombreados por castaños ó nogales, con una fuente ó riachuelo cerquita y el santuario en el monte próximo... El campo de San Isidro es una serie de cerros pelados, un desierto de polvo, invadido por un tropel de gente entre la cual no se ve un solo campesino, sino soldados, mujerzuelas, chisperos, ralea apicarada y soez; y en lugar de vegetación, miles de tinglados y puestos donde se venden cachivaches que, pasado el día del Santo, no vuelven á verse en parte alguna: pitos adornados con hojas de papel de plata y rosas estupendas; vírgenes pintorreadas de esmeralda, cobalto y bermellón; medallas y escapularios igualmente rabiosos; loza y cacharros; figuritas groseras de toreros y picadores; botijos de hechuras raras; monigotes y fantoches con la cabeza de Martos, Sagasta ó Castelar; ministros á _dos reales_; esculturas de los _ratas_ de _La Gran Vía_, y al lado de la efigie del bienaventurado San Isidro, unas figuras que... ¡Válgame Dios! Hagamos como si no las viésemos.

Aparte del sol que le derrite á uno la sesera y del polvo que se masca, bastan para marear tantos colorines vivos y metálicos. Si sigo mirando van á dolerme los ojos. Las naranjas apiñadas parecen de fuego; los dátiles relucen como granates obscuros; como pepitas de oro los garbanzos tostados y los cacahuetes; en los puestos de flores no se ven sino claveles amarillos, sangre de toro, ó de un rosa tan encendido como las nubes á la puesta del sol: las emanaciones de toda esta clavelería no consiguen vencer el olor á aceite frito de los buñuelos, que se pega á la garganta y produce un cosquilleo inaguantable. Lo dicho, aquí no hay color que no sea desesperado: el uniforme de los militares, los mantones de las chulas, el azul del cielo, el amarillento de la tierra, los tíos vivos con listas coloradas y los columpios dados de almagre con rayas de añil... Y luego la música, el rasgueo de las guitarras, el tecleo insufrible de los pianos mecánicos que nos aporrean los oídos con el paso doble de _Cádiz_, repitiendo desde treinta sitios de la romería:--_¡Vi-va España!_

Nadie imagine maliciosamente que se me había pasado lo de oir misa. Tratamos de romper por entre el gentío y de deslizarnos en la ermita, abierta de par en par á los devotos; pero éstos eran tantos, y tan apiñados, y tan groseros, y tan mal olientes, que si porfío en llegar á la nave, me sacan de allí desmayada ó difunta. Pacheco jugaba los brazos y los puños, según podía, para defenderme; sólo lograba que nos apretasen más y que oyésemos juramentos y blasfemias atroces. Le tiré de la manga.

--Vámonos, vámonos de aquí... Renuncio... No se puede.

Cuando ya salimos á atmósfera respirable, suspiré muy compungida.

--¡Ay, Dios mío!... Sin misa hoy...

--No se apure--me contestó mi acompañante--que yo oiré por V. aunque sea todas las gregorianas... Ya ajustaremos esa cuenta.

--A mí sí que me la ajustará el Padre Urdax tan pronto me eche la vista encima--pensaba para mis adentros mientras me tentaba el hombro, donde había recibido un codazo feroz de uno de aquellos cafres.

IV

Don Diego, que en el coche se me figuraba reservado y tristón, se volvió muy dicharachero desde que andábamos por San Isidro, justificando su fama de buena sombra. Sujetando bien mi brazo para que las mareas de gente no nos separasen, él no perdía ripio, y cada pormenor de los tinglados famosos le daba pretexto para un chiste, que muchas veces no era tal sino en virtud del tono y acento con que lo decía, porque es indudable que si se escribiesen las ocurrencias de los andaluces, no resultarían tan graciosas, ni la mitad, de lo que parecen en sus labios; al sonsonete, al ceceíllo y á la prontitud en responder, se debe la mayor parte del salero.

Lo peor fué que como allí no había más personas regulares que nosotros, y Pacheco se metía con todo el mundo y á todo el mundo daba cuerda, nos rodeó la canalla de mendigos, fenómenos, chiquillos harapientos, gitanas, buñoleras y vendedoras. El impulso de mi acompañante era comprar cuanto veía, desde los escapularios hasta los botijos, pero me cuadré.

--Si compra V. más, me enfado.

--¡Soniche! San acabao las compras. ¡Que san acabao digo! Al que no me deje en paz, le doy en igual de dinero, cañaso. ¿Tiene V. más que mandar?

--Mire V., pagaría por estar á la sombra un ratito.

--¿En la cárcel por comprometeora? Llamaremos á la pareja y verasté que pronto.

Ahora que reflexiono á sangre fría, caigo en la cuenta de que era bastante raro y muy inconveniente que á los tres cuartos de hora de pasearnos juntos por San Isidro, nos hablásemos don Diego y yo con tanta broma y llaneza. Es posible, bien mirado, que mi paisano tenga razón; que aquel sol, aquel barullo y aquella atmósfera popular obren sobre el cuerpo y el alma como un licor ó vino de los que más se suben á la cabeza, y rompan desde el primer momento la valla de reserva que trabajosamente levantamos las señoras un día y otro contra peligrosas osadías. De cualquier índole que fuese, yo sentía ya un principio de mareo cuando exclamé:

--En la cárcel estaría á gusto con tal que no hiciese sol... Me encuentro así... no sé cómo... parece que me desvanezco.

--Pero ¿se siente V. mala? ¿mala?--preguntó Pacheco seriamente, con vivo interés.

--Lo que se dice mala, no: es una fatiga, una sofocación... Se me nubla la vista.

Echóse Pacheco á reir y me dijo casi al oído:

--Lo que V. tiene ya lo adivino yo, sin necesidad de ser sahorí... V. tiene ni más ni menos que... gasusa.

--¿Eh?

--Debilidad, hablando pronto... ¡Y no es V. sola!.. yo hace rato que doy las boqueás de hambre. ¡Si debe de ser mediodía!

--Puede, puede que no se equivoque V. mucho. A estas horas suelen pasearse los ratoncitos por el estómago... Ya hemos visto el Santo; volvámonos á Madrid y podrá V. almorzar, si gusta acompañarme...

--No, señora... Si eso que V. discurre es un pueblo. Si lo que vamos á haser es almorsá en una fondita de aquí. ¡Que las hay...!

Se llevó los dedos apiñados á la boca y arrojó un beso al aire, para expresar la excelencia de las fondas de San Isidro.

Aturdida y todo como me encontraba, la idea me asustó; me pareció indecorosa y vi de una ojeada sus dificultades y riesgos. Pero al mismo tiempo, allá en lo íntimo del alma, aquellos escollos me la hacían deliciosa, apetecible, como es siempre lo vedado y lo desconocido. ¿Era Pacheco algún atrevido, capaz de faltarme si yo no le daba pié? No por cierto; y el no darle pié quedaba de mi cuenta. ¡Qué buen rato me perdía rehusando! ¿Qué diría Pardo de esta aventura si la supiese? Con no contársela... Mientras discurría así, en voz alta me negaba terminantemente... Nada, á Madrid de seguida.

Pacheco no cejó, y en vez de formalizarse, echó á broma mi negativa. Con mil zalamerías y agudezas, ceceando más que nunca, afirmó que espicharía de necesidad si tardase en almorzar arriba de veinte minutos.

--Que me pongo de rodillas aquí mismo...--exclamaba el muy truhán.--Ea, un sí de esa boquita... ¡Usted verá el gran almuerso del siglo! Fuera escrúpulos... ¿Se ha pensao V. que mañana voy yo á contárselo á la señá duquesa de Sahagún? A este probetico..., ¡una limosna de armuerso!.

Acabó por entrarme risa y tuve la flaqueza de decir:

--Pero... ¿y el coche que está aguardando allá abajo?

--En un minuto se le avisa... Que se procure cochera aquí... Y si no, que se vuelva á Madrid hasta la puesta del sol... Espere V., buscaré alguno que lleve el recao... No la he de dejar aquí solita pa que se la coma un lobo; eso sí que no.

Debió de oirlo un guindilla que andaba por allí ejerciendo sus funciones, y en tono tan reverente y servicial como bronco lo usaba para intimar á la gentuza que se _desapartase_, nos dijo con afable sonrisa:

--Yo aviso, si justan... ¿Dónde está ó coche? ¿Cómo le llaman al cochero?

--Este no es de mi tierra, ni nada. ¿De qué parte de Galicia?--pregunté al agente.

--Desviado de Lujo tres légoas, á la banda de Sarria, para servir á vusté--explicó él, y los ojos le brillaron de alegría al encontrarse con una paisana.--«¿Si éste me conocerá por conducto de la Diabla?»--pensé yo recelosa; pero mi temor sería infundado, pues el agente no añadió nada más. Para despacharle pronto, le expliqué:

--¿Ve aquella berlina con ruedas encarnadas..., cochero mozo, con patillas, librea verde? Allá abajo... Es la octava en la fila.

--Bien veo, bien.

--Pues va V.--ordenó Pacheco--y le dice que se largue á Madrí con viento fresco, y que por la tardesita vuerva y se plantifique en el mismo lugar. ¿Estamos, compadre?

Noté que mi acompañante extendía la mano y estrechaba con gran efusión la del guindilla; pero no sería esta distinción lo que tanto le alegró la cara á mi conterráneo, pues le vi cerrar la diestra deslizándola en el bolsillo del pantalón, y entreoí la fórmula gallega clásica:

--De hoy en cien años.

Libre ya del apéndice del carruaje, por instinto me apoyé más fuerte en el brazo de Don Diego, y él á su vez estrechó el mío como ratificando un contrato.

--Vamos poquito á poco subiendo al cerro... Animo y cogerse bien.

El sol campeaba en mitad del cielo, y vertía llamas y echaba chiribitas. El aire faltaba por completo; no se respiraba sino polvo arcilloso. Yo registraba el horizonte tratando de descubrir la prometida fonda, que siempre sería un techo, preservativo contra aquel calor del Senegal. Mas no se veía rastro de edificio grande en toda la extensión del cerro, ni antes ni después. Las únicas murallas blancas que distinguí á mi derecha eran las tapias de la Sacramental, á cuyo amparo descansaban los muertos sin enterarse de las locuras que del otro lado cometíamos los vivos. Amenacé á Pacheco con el palo de la sombrilla:

--¿Y esa fonda? ¿Se puede saber hasta qué hora vamos á andar buscándola?

--¿Fonda?--saltó Pacheco como si le sorprendiese mucho mi pregunta.--¿Dijo V. fonda? El caso es... Mardito si sé á qué lado cae.

--¡Hombre..., pues de veras que tiene gracia! ¿No aseguraba V. que había fondas preciosas, magníficas? ¡Y me trae V. con tanta flema á asarme por estos vericuetos! Al menos entérese... Pregunte á cualquiera, ¡al primero que pase!

--¡Oigasté... cristiano!

Volvióse un chulo de pelo alisado en peteneras, manos en los bolsillos de la chaquetilla, hocico puntiagudo, gorra alta de seda, estrecho pantalón y viciosa y pálida faz; el tipo perfecto del rata, de esos mocitos que se echa uno á temblar al verlos, recelando que hasta el modo de andar le timen.

--¿Hay por aquí alguna fonda, compañero?--interrogó Pacheco alargándole un buen puro.

--Se estima... Como haber fondas, hay fondas: misté por ahí too alredor, que fondas son; pero tocante á fonda, vamos, según se ice, de comías finas, pala gente é aquel, me pienso que no hallarán ustés conveniencia; digo, esto me lo pienso yo; ustés verán.

--No hay más que merenderos, está visto--pronunció Pacheco bajo y con acento pesaroso.

Al ver que él se mostraba disgustado, yo, por ese instinto de contradicción humorística que en situaciones tales se nos desarrolla á las mujeres, me manifesté satisfecha. Además, en el fondo, no me desagradaba comer en un merendero. Tenía más _carácter_. Era más nuevo é imprevisto, y hasta menos clandestino y peligroso. ¿Qué riesgo hay en comer en un barracón abierto por todos lados donde está entrando y saliendo la gente? Es tan inocente como tomar un vaso de cerveza en un café al aire libre.

V

Convencidos ya de que no existía fonda ni sombra de ella, ó de que nosotros no acertábamos á descubrirla, miramos á nuestro alrededor, eligiendo el merendero menos indecente y de mejor trapío. Casi en lo alto del cerro campeaba uno bastante grande y aseado; no ostentaba ningún rótulo extravagante, como los que se leían en otros merenderos próximos, verbigracia:--«Refrescos de los que usava el Santo.»--«La mar en vevidas y comidas.»--«La Brillantez: callos y caracoles.»--A la entrada (que puerta no la tenía) hallábase de pié una chica joven, de fisonomía afable, con un puñal de níquel atravesado en el moño: y no había otra alma viviente en el merendero, cuyas seis mesas vacías me parecieron muy limpias y fregoteadas. Pudiera compararse el barracón á una inmensa tienda de campaña: las paredes de lona: el techo de unas esteras tendidas sobre palos: dividíase en tres partes desiguales, la menor ocultando la hornilla y el fogón donde guisaban, la grande que formaba el comedor, la mediana que venía á ser una trastienda donde se lavaban platos y cubiertos; pero estos misterios convinimos en que sería mejor no profundizarlos mucho, si habíamos de almorzar. El piso del merendero era de greda amarilla, la misma greda de todo el árido cerro: y una vieja, sucia y horrible, que frotaba con un estropajo las mesas, no necesitaba sino bajarse para encontrar la materia primera de aquel limpión inverosímil.

Tomamos posesión de la mesa del fondo, sentándonos en un banco de madera que tenía por respaldo la pared de lona del barracón. La muchacha, con su perrera pegada á la frente por grandes churretazos de goma y su puñal de níquel en el moño, acudió solícita á ver qué mandábamos: olfateaba parroquianos gordos, y acaso adivinaba ó presentía otra cosa, pues nos dirigió unas sonrisitas de inteligencia que me pusieron colorada. Decía á gritos la cara de la chica:--«Buen par están estos dos... ¿Qué manía les habrá dado de venir á arrullarse en el Santo? Para eso más les valía quedarse en su nido... que no les faltará, de seguro».--Yo, que leía semejantes pensamientos en los ojos de la muy entremetida, adopté una actitud reservada y digna, hablando á Pacheco como se habla á un amigo íntimo, pero _amigo_ á secas; precaución que lejos de desorientar á la maliciosa muchacha, creo que sólo sirvió para abrirle más los ojos. Nos dirigió la consabida pregunta:

--¿Qué van á tomar?

--¿Qué nos puede V. dar?--contestó Pacheco.--Diga V. lo que hay, resalada..., y la señora irá escogiendo.

--Como haber..., hay de todo. ¿Quieren almorzar formalmente?

--Con toa formaliá.

--Pues de primer plato... una tortillita... ó huevos revueltos.

--Vaya por los huevos revueltos. ¿Y hay magras?

--¿Unas magritas de jamón? Sí.

--¿Y chuletas?

--De ternera, muy ricas.

--¿Pescado?

--Pescado no... Si quieren latas... tenemos escabeche de besugo, sardinas...

--¿Ostras no?

--Como ostras..., no señora. Aquí pocas cosas finas se pueden despachar. Lo general que piden... callos y caracoles, Valdepeñas, chuletas...

--V. resolverá--indiqué volviéndome á Pacheco.

--¿He de ser yo? Pues tráiganos de too eso que hemos dicho, niña bonita..., huevos, magras, ternera, lata de sardinas... ¡Ay! y lo primero de too se va V. á traer por los aires una boteya e mansaniya y unas cañitas... Y aseitunas.

--Y después... ¿qué es lo que les he de servir? ¿Las chuletas antes de nada?

--No: misté, azucena: nos sirve V. los huevos, luego el jamón, las sardinas, las chuletitas... De postre, si hay algún queso...

--¡Ya lo creo que sí! De Flandes y de Villalón... Y pasas, y almendras, y rosquillas, y avellanas tostás...

--Pues vamos á armorsá mejor que el Nuncio.

Esto mismo que exclamó Pacheco frotándose las manos, lo pensaba yo. Aquellas ordinarieces, como diría mi paisano el filósofo, me abrían el apetito de par en par. Y aumentaba mi buena disposición de ánimo el encontrarme á cubierto del terrible sol.

Verdad que estaba á cubierto lo mismo que el que sale al campo á las doce del día bajo un paraguas. El sol, si no podía ensañarse con nuestros cráneos, se filtraba por todas partes y nos envolvía en un baño abrasador. Por entre las esteras mal juntas del techo, al través de la lona, y sobre todo, por el abierto frente de la tienda, entraban á oleadas, á torrentes, no sólo la luz y el calor del astro, sino el ruido, el oleaje del humano mar, los gritos, las disputas, las canciones, las risotadas, los rasgueos y punteos de guitarra y vihuela, el infernal paso doble, el _¡Viva España!_ de los duros pianos mecánicos.

Casi al mismo punto en que la chica del puñal de níquel depositaba en la mesa una botella rotulada _Manzanilla superior_, dos cañas del vidrio más basto y dos conchas con rajas de salchichón y aceitunas _aliñás_, se coló por la abertura una mujer desgreñada, cetrina, con ojos como carbones, saya de percal con almidonados faralaes y pañuelo de crespón de lana desteñido y viejo, que al cruzarse sobre el pecho dejaba asomar la cabeza de una criatura. La mujer se nos plantó delante, fija la mano izquierda en la cadera y accionando con la derecha: de qué modo se sostenía el chiquillo, es lo que no entiendo.

--En er nombre e Dios, Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que donde va er nombre e Dios no va cosa mala. Una palabrita les voy á icir que lase á ostés mucha farta saberla...

--¡Calle!--grité yo contentísima. ¡Una gitana que nos va á decir la buenaventura!

--¿La mando que se largue? ¿La incomoda á V.?

--¡Al contrario! Si me divierte lo que no es imaginable. Verá V. cuántos enredos va á echar por esa boca. Ea, la buenaventura pronto, que tengo una curiosidad inmensa de oirla.

--Pué diñe osté la mano erecha, jermosa, y una moneíta de plata pa jaser la crú.

Pacheco le alargó una peseta, y al mismo tiempo, habiendo descorchado la manzanilla y pedido otra caña, se la tendió llena de vino á la egipcia. Con este motivo armaron los dos un tiroteo de agudezas y bromas; bien se conocía que eran hijos de la misma tierra, y que ni á uno ni á otro se les atascaban las palabras en el gaznate, ni se les agotaba la labia aunque la derramasen á torrentes. Al fin la gitana se embocó el contenido de la cañita, y yo la imité, porque, con la sed, tentaba aquel vinillo claro. ¡Manzanilla superior! ¡A cualquier cosa llaman _superior_ aquí! La manzanilla dichosa sabía á esparto, á piedra alumbre y á demonios coronados; pero como al fin era un líquido, y yo con el calor estaba para beberme el Manzanares entero, no resistí cuando Pacheco me escanció otra caña. Sólo que en vez de refrescarme, se me figuró que un rayo de sol, disuelto en polvo, se me introducía en las venas y me salía en chispas por los ojos y en arreboles por la faz. Miré á Pacheco muy risueña, y luego me volví confusa, porque él me pagó la mirada con otra más larga de lo debido.

--¡Qué bonitos ojos azules tiene este perdis!--pensaba yo para mí.

El gaditano estaba sin sombrero; vestía un traje ceniza, elegante, de paño rico y flexible; de vez en cuando se enjugaba la frente sudorosa con un pañuelo fino, y á cada movimiento se le descomponía el pelo, bastante crecido, negro y sedoso; al reir, le iluminaba la cara la blancura de sus dientes, que son de los mejor puestos y más sanos que he visto nunca, y aun parecía doblemente morena su tez, ó mejor dicho, doblemente tostada, porque hacia la parte que ya cubre el cuello de la camisa se entreveía un cutis claro.

--La mano, jermosa,--repitió la gitana.

Se la alargué, y ella la agarró haciéndomela tener abierta. Pacheco contemplaba las dos manos unidas.

--¡Qué contraste!--murmuró en voz baja, no como el que dice una galantería á una señora, sino como el que hace una reflexión entre sí.

En efecto, sin vanidad, tengo que reconocer que la mano de la gitana, al lado de la mía, parecía un pedazo de cecina feísimo: la tumbaga de plata, donde resplandecía una esmeralda falsa espantosa, contribuía á que resaltase el color cobrizo de la garra aquella, y claro está que mi diestra, que es algo chica, pulida y blanca, con anillos de perlas, zafiros y brillantes, contrastaba extrañamente. La buena de la bohemia empezó á hacer sus rayas y ensalmos, endilgándonos una retahila de esas que no comprometen, pues son de doble sentido y se aplican á cualquier circunstancia, como las respuestas de los oráculos. Todo muy recalcado con los ojos y el ademán.

--Una cosa diquelo yo en esta manica, que hae suseder mu pronto, y nadie saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que ae ser pa sastisfasión e toos. Una carta me vasté á resibir, y lae alegrá lo que viene escribío en eya... Unas presonas me tiene usté que la quieren má, y están toas perdías por jaserle daño; pero der revé les ae salir la perra intensión... Una presoniya está chalaíta por usté--(al llegar aquí la bruja clavó en Pacheco las ascuas encendidas de sus ojos)--y un convite le ae dar quien bien la quiere... Amorosica de genio me es usté; pero cuando se atufa, una leona brava de los montes se me güerve... Que no la enriten a usté y que le yeven toiticas las cosas ar pelo de la suavidá, que por la buena, corasón tiene usté pa tirarse en metá e la bahía e Cadis... Con mieles y no con hieles me la han de engatusar á usté... Un cariñiyo me vasté á tener mu guardadico en su pechito y no lo ae sabé ni la tierra, que secretica me es usté como la piedra e la sepultura... También una cosa le igo y es que usté mesma no me sabe lo que en ese corasonsiyo está guardao... Un cachito e gloria le va a caer der sielo y pasmáa se quedará usté; que á la presente me está usté como los pajariyos, que no saben el árbol onde han de ponerse...