Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

Part 21

Chapter 213,266 wordsPublic domain

Hubo entonces en el pequeño drama doméstico, intimo, que ya tocaba á su desenlace, uno de esos entreactos, como treguas momentáneas, durante las cuales los actores, aparentando dedicarse á otros intereses ó distraídos efectivamente por ellos, no pierden de vista, sin embargo, el asunto capital, y viven, por decirlo así, en perpetua representación, guardando silencio acerca de lo que más ocupa su alma, sin que este silencio engañe á nadie. La señora atendía sólo á ganar días, calmando la impaciencia pueril de Don Gaspar Febrero con moratorias que justificaba la proximidad de los exámenes y la imposibilidad de quedarse en aquel momento sin doncella; Esclavitud aguardaba, ocultando en lo más profundo del pecho una esperanza tenaz, basada en las palabras y ofrecimientos de su amigo; y Rogelio, preocupado, agitado, acechaba inútilmente la ocasión de decir algo, ¡algo muy formal y en tono muy firme!, á su madre. La verdad ante todo; si la señora le facilitase esta ocasión, el estudiante se vería perdido para aprovecharla. A medida que pasaba tiempo, la dosis de valor atesorada en el primer instante iba disipándose como un frasco de esencia cuando queda destapado. Es indecible el pecho que necesita un buen hijo para ponerse frente á frente de una buena madre, y realizar un acto que en cierto modo le manumite, pero que le desgarra las fibras más íntimas del corazón. Tanto se unen y confunden el deber natural, la costumbre y hasta aquel disculpable egoísmo que nos aconseja entregarnos sin reserva en manos de quien más que á sí mismo nos ama, que el romper ese lazo constituye un acto de supremo vigor, uno de esos esfuerzos que quebrantan una voluntad si no es de acero bien templado. Contra un padre severo hay siempre energía; sus propios rigores entonan; pero una madre como la de Rogelio, que no había tenido más pensamiento que su hijo, que le había rodeado de tal solicitud, ahorrándole hasta el trabajo de discurrir y el esfuerzo de desear; una madre viuda, delicada de salud, y que había ejercitado el arte de adelantarse á los gustos de su hijo, consiguiendo así que la voluntad de éste no adquiriese nunca el temple recio que dan las privaciones y las luchas, era un adversario con quien Rogelio no tenía fuerzas para medirse. «Si ella misma sacase la conversación...», pensaba el estudiante. Pero ¡quiá! La verdad es que si ella la sacase... sería lo mismo. Lo único á que se atrevía era á la protesta muda, á hacerse unas veces el triste y otras el malhumorado y fosco. «Mamá, por no verme así, es capaz de cualquier cosa...», calculaba con su lógica de niño mimado. Sólo que mamá sabía distinguir de juguetes.

El incidente de los exámenes contribuyó á enflaquecer más todavía su resolución. Entre el repaso, los temores del mal éxito y las idas y venidas de los amigos que le traían, por decirlo así, relación del estado barométrico de las notas, Rogelio se encontró fuera del círculo mágico con que nos rodea la idea fija amorosa, y á no ser por un par de ojos verdes que de vez en cuando se fijaban en los suyos, hasta hubiese olvidado _aquéllo_, que, por raro fenómeno de óptica, le parecía todos los días menos inminente--siendo así que lo era más, pues la salida á Galicia estaba irremisiblemente señalada para después de los exámenes.

Y éstos llegaron, y se encontró Rogelio con dos asignaturas aprobadas; pero en una--la más ingrata y antipática para él--le cayó como una ducha fría un _suspenso_. «De estas calabazas ya sé yo quién tiene la culpa...», pensaba la madre, mirando al través de la puerta entornada á Esclavitud, que pasaba un plumero á los cuadros del saloncito. «En esto paran las guilladuras; pero, ¿qué le vamos á hacer? cada edad trae lo suyo. En Septiembre ganará lo que pierde ahora; bien joven es; con tal que esté sano... Y seamos justos; la jaca también me lo levantó de cascos en esta temporada última. Verdad que más vale así. De la primavera acá no me quejo. Bien se ha portado la jaquita... Merece una libra de azúcar.»

XXIII

La última noche que la familia Pardiñas pasó en Madrid antes de marchar á su tierra, vino mucha gente á decirles adiós, y se formó una pequeña tertulia animada y sin etiqueta. A fines ya de Junio, el momento más hermoso para salir y buscar sociedad era realmente entre diez y once de la noche, cuando corre un sano aire fresco hasta por las abrasadas callejuelas del Madrid antiguo, del que ni tiene arbolado ni casi goza los beneficios del riego municipal. Bajaron las vecinas del segundo, sobrinas de un brigadier de ingenieros, y acudió también la marquesa viuda de Andrade, paisana de doña Aurora, señora guapetona y maja, bastante conocida en los círculos aristocráticos, y acostumbrada por consiguiente á recogerse tarde. La señora de Pardiñas, al encontrarse rodeada de visitas, se dedicó á agasajarlas lo mejor que pudo y supo, dejando girar libremente la conversación, que versaba sobre cosas del país donde iba á volver después de tantos años. La Marquesa, alegre y rozagante, habló de irse pronto á Vigo, y enseñó un brazalete nuevo, con zafiros y brillantes, dando á entender que había en él cierto misterio. «Esta anda otra vez con intenciones de maridar--pensó doña Aurora.--¿Quién será el galán? Dios se la depare buena.»

Rogelio había abandonado la reunión impensadamente, sin decir oxte ni moxte. La retirada no se le pasó por alto á su madre, pero sobre que no podía evitarla, descubrió otros motivos de resignarse: «Pocas son las malas fadas; al fin mañana nos vamos...» Esclavitud aún se le figuraba un peligro y un compromiso, pero ya muy remoto. «Mañana á estas horas estaremos cerca de Avila... ¡Cuándo oiré el silbato del tren!»

Se recogía Rogelio á su cuarto, impulsado por vagas esperanzas de ver á la chica, explicarle su actitud de aquellos días, y la imposibilidad de proceder de distinto modo, de evitar la marcha y de sublevarse. Presentía que Esclavitud, no desperdiciando la ocasión, vendría pronto; y á fin de que comprendiese que estaba allí, encendió luz con mucho derroche de fósforos y taconeo, abrió cajones é hizo chirriar dos ó tres veces la puerta. A llamarla no se atrevía por temor al fino oído de su madre, pues, según su frase paradójica é hiperbólica, «oía mejor que el sordo Candás».

No aguardó largo trecho. A los diez minutos tocaron á la puerta, y antes que dijese «adelante» entraba Esclavitud. La claridad del quinqué puesto sobre la mesa del despachillo que precedía á la alcoba y cuarto tocador del estudiante cayó sobre el rostro de la muchacha, y Rogelio observó mejor que nunca cómo en una quincena había empalidecido y se había demacrado, afinando y espiritualizando su tipo, que ahora podría servir de modelo para esas imágenes labradas en cera, donde se encierran los huesos de alguna mártir desconocida.

Rogelio se llegó á Esclava y le tomó la mano: ardía de calentura.

Sin decirse palabra, con unánime impulso, miraron alrededor, buscando un mueble en que sentarse reunidos. No lo había en el despachito, alhajado con un sitial y media docena de sillas; y sin reflexionar se refugiaron en la alcoda, donde Rogelio, cogiendo á la muchacha por el talle, la obligó á sentarse en la cama. Tampoco entonces hablaron hasta transcurrir un tiempo que no bajaría de cinco minutos. Rogelio apretaba y acariciaba aquella manecita algo endurecida por el trabajo y muy picada de la aguja, como queriendo comunicarle la frescura de sus palmas y quitarle el ardor de la fiebre. Pero no se le ocurría nada, sino las vulgaridades consoladoras de todas las despedidas; y al fin, pareciéndole raro callar más, se resolvió á emplear tan mala moneda.

--Suriña, tontiña, mujer, no me estés así... Mira, he reflexionado mucho; he cavilado más que tú. No se conseguiría nada con llevarle á mamá la contraria ahora. Le daríamos un disgusto muy grande; acaso se nos pondría enferma, pero no mudaría de resolución. Ten paciencia. Dentro de tres meses, ó menos aún, estamos de vuelta aquí, y nos veremos, porque en casa del señor de Febrero andarás mucho más libre que en ésta. Ya sabes que yo te he de querer siempre, boba. No me la pegues con el tierno Nuño Rasura. Anda, tontiña, paloma, no me estés así. Mira que me vas á poner muy triste.

Esclavitud no contestaba sino moviendo la cabeza negativamente, con obstinada melancolía. Luego respondió, en voz bastante entera:

--Alegre no puedo estar. Pero tampoco estoy triste. No se apure. Sólo que tengo la cabeza... así... como si me anduviese por dentro de ella una cosa mala.

--Mujer, ¡Suriña!

--Sí, señor. Yo estoy aquí, ¿eh? ¿Le estoy oyendo? ¿Le respondo? Pues estoy como si oyese á una persona... de allá, del otro mundo, que me habla.

--¡Válgame Dios!--exclamó el estudiante estremeciéndose.--Más quisiera que llorases. Si llorases no estarías tan maniática, Sura. Llora y desespérate, pero no digas esas cosazas.

--Yo lloro por dentro. Por fuera no. Ni una lágrima puedo echar. Ya estuve lo mismo otra vez, cuando murió mi padre--repuso apaciblemente la muchacha, sin que ni ella ni Rogelio subrayasen aquel nombre de _padre_ que acaso por primera vez articulaba Esclavitud sin rebozo ni perífrasis.

--Hija, te encuentro algo enferma. ¡Ay, ay, ay! Tienes calentura. Las manos tuyas abrasan. Dame palabra de que mañana vas á ver á Sánchez del Abrojo.

--No, señor, no es enfermedad. Más buena no estuve nunca. Son _avisos_.

--Mujer, calla por Dios. Estás diciendo unos disparates...

Arrimó el rostro al de la muchacha y la besó tiernamente en las heladas mejillas, sin que ella hiciese movimiento de resistencia. Al contrario, pareció más conforme y adoptó un tono casi confidencial y franco para decir á su amigo las extravagancias siguientes:

--Rogelio, hay cosas que avisan los difuntos á los vivos; no le quepa duda. Tres días antes de morir mi padre, vi un pájaro grande, negro, al pié de mi cama. Ayer vi otra vez el pájaro: iba tan de prisa que no sé por dónde se escapó; pero lo vi, tan cierto como que aquí estamos. Yo no vuelvo nunca más á la tierra: nunca más. Ya se verá; y entonces ha de convencerse y dirá: «Esclavitud bien me lo avisaba». Si tuviese tan seguro un millón de onzas, ya estaría discurriendo dónde las iba á guardar para que no me las llevasen los ladrones. Esta noche...

Bajó mucho más la voz, y al oído de Rogelio murmuró:

--Un perro, en una casa de ahí al lado, estuvo hasta que amaneció _ventando_ la muerte.

--¡Jesús, mujer!--exclamó Rogelio por segunda vez, ya fatalmente impresionado con aquella conversación extraña.--Tú estás loca ¿No ves, Suriña, que en Madrid se mueren ó agonizan cada noche infinitas personas? Figúrate: si los perros anunciasen todo eso, trabajo les mando. Se convertirían en cuarta plana de _La Correspondencia_. Lo que tienes, Sura, es que estás afectada porque nosotros nos vamos y tú te quedas. También yo ando hace muchos días disgustado con el viajecito. He pasado ratos feroces. Después he reflexionado... y... me parece que es mejor conformarse con esto de ahora, porque si alborotamos la enredaremos más. Suriña, tres meses. Dentro de noventa días (y aun puede que no tanto), me tienes aquí. Mi primer visita es para doña Sura. Anda, no estés así. Te quiero mucho, hermosa. Ya convenceremos á mamá. Todavía no me has dicho hoy que me querías. ¡Anda!...

Con el movimiento de un niño que pide halagos, acercó su mejilla á la boca de Esclavitud, y ésta, sin protesta alguna, como el que ejecuta una acción hija de la costumbre, puso en ella los labios. Estaban como las palmas, secos y ardientes, y á Rogelio le pareció que le arrancaban la piel, con sensación más bien dolorosa que placentera. Sólo que las caricias eran un recurso para que aquella última y penosa entrevista fuese algo menos intolerable, y el estudiante, á falta de razones que consolasen á la pobre abandonada, acudió á los halagos, sin que en el primer momento le animase otra intención menos limpia y noble. Corrió bastante tiempo--y él mismo no acertaría á explicar el por qué de esta tardanza, anómala si se examina bien lo incitante de la hora y sitio y la ceguera de los pocos años--antes que se le despertase una sed criminal y ardiente. Cuando la embriaguez le ofuscó, saltó de la cama y fué á dar vuelta á la llave de la lámpara, sin conseguir por eso obscuridad completa, pues un rayo de luna primaveral, entrando por la vidriera del despacho, lo bañaba en luz fantástica, azulada y soñadora. Al recobrar, entre la pálida penumbra, los labios donde la fuerza de la ilusión juvenil le movía á creer que se dejaba presa el alma á cada aspiración del aliento, ya no los soltó, ni acaso los soltaría aunque viese allí á su madre, que representaba para él el Deber, y el Deber amado, el único que se impone á las almas tiernas. Pero el recuerdo y la conciencia de ese Deber fué lo primero que acudió á su mente al despertarse, y corriendo á la puerta, escuchó, volvió azorado, y exclamó en tono suplicante:

--Suriña, Suriña, se me figura que oigo despedirse en el pasillo á la Marquesa... Si esa se va, es que no queda nadie... Mamá se cuela aquí derechamente, de fijo... A ver, á ver si puedes escurrirte con maña. Adiós, vé despacito, que no te sientan... ¿eh?

La muchacha obedeció pasiva, como en todo, sin reclamar, en la premura de su aquiescencia, ni el último abrazo. Rogelio volvió á encender la lámpara, cuya mecha igualó cuidadosamente. Corrió también la vidriera de la alcoba, y de pié ante el gran armario de luna, se atusó y se sacó la raya con un peinecillo. Después metió las manos en los bolsillos del pantalón y se miró un rato, atentamente, estudiando con curiosidad irreflexiva su propia cara; hablando con sus ojos en el espejo, como para convencerse de que, disipado aquel vértigo, la individualidad persistía, y no quedaba para siempre en su persona no sé qué de otra, una huella que no se podía borrar y que iba á delatarle. Luego, la imagen de su madre volvió á oprimirle el corazón; pero disipó instantáneamente sus recelos un arrebato de alegría nerviosa; y el neófito, corriendo á la ventana, la abrió, se dejó bañar por la pura atmósfera nocturna, y agarrado á los hierros de la ventana, respiró con avidez.

EPILOGO

Antes faltaría el sol en los cielos, que Don Gaspar á las cuatro de la tarde con un cochecillo, para llevarse á casa su futura ama de llaves. Se le dijo que Esclavitud había salido ya en la misma dirección, y el viejo, con esta noticia, se metió otra vez en la berlina destartalada, mandando al cochero «que arrease bien.» La impaciencia no le permitía ir andando con su pata coja.

En los últimos momentos llamara doña Aurora á Esclavitud, poniéndole en las manos, amén de su salario, una buena propina, á cuyo obsequio añadió el de unos aretes con turquesas. «No quiero que se vaya descontenta. Cuidado que la noto desemblantada á la infeliz. Me parece que estaba encariñada de veras con el niño, por lo cual es cada vez más conveniente mi resolución. Me da lástima, y conozco que es una tontería que me la dé: ¡qué arrimo como el que encuentra! Le hago un favor grandísimo: lo que me tranquiliza es eso. Lleva una canonjía...»

Así y todo, la señora no podía reprimir cierta desazón, cierta amargura íntima, una lástima inmensa, que después tradujo por doloroso presentimiento. «Mire V. que compadecerla cuando estoy tan segura de que le he proporcionado lo que más podría desear una muchacha de su clase...» Y así lo creía en efecto la señora de Pardiñas. Como les sucede á muchas personas bondadosas incapaces de odiar y hacer daño, no quería reconocer que miraba ante todo á la conveniencia de su hijo, por más justo que le pareciese y en efecto fuese este móvil, y trataba de atribuir su conducta al interés de la misma Esclavitud.

La tranquilizó un poquillo oir en la cocina á Fausta que embromaba á Esclavitud cantándole _sotto voce_ aquello de «Y hoy sirvo á un abuelo... que está chocho y lelo... y yo soy el ama...»

--Tiene razón Fausta. El ama será en casa del señor de Febrero. Como no lo sea de más...

Salía el tren de Galicia á las siete y treinta y cinco, y á esa hora tan bonita, precursora del anochecer, en el andén de la estación del Norte no cabía la multitud afanosa y regocijada de viajeros y de amigos que los despedían, envidiando éstos á los que se marchaban á ver tierras hermosas, respirar aire salino, gozar el fresco, vivir mejor, en clima templado y salubre, algunos meses. No había escenas tristes: no era el adiós del marinero, ni la partida del soldado, ni la nostálgica despedida del emigrante: los que se iban, excitados y gozosos; risueños en su dentera los que se quedaban... Sólo hacia el extremo del tren, á la portezuela de un coche de primera, se divisaba un grupo de cinco personas que trocaban abrazos prolongados; componíase de dos hombres, mozo el uno y el otro viejo ya, cabizbajos, pero erguidos de cuerpo, y tres señoras, dos jóvenes y una de pelo blanco, que aplicaban frecuentemente el pañuelo á los ojos enrojecidos. Dentro del vagón estaba un ama con niño de pecho. Laín Calvo se acercó á doña Aurora y le dijo señalando al grupo:

--¿Ve allí á los Rojas? Faroles hasta el fin, hasta la muerte. Al hijo me lo han vuelto á trasladar á Marineda por aquella historia consabida de farolerías con el ministro, y mas que sepa perecer de necesidad, viajará en primera por el decoro de su cargo. Tiene á la mujer otra vez embarazada... y bien adelantadita en meses. A otra traslación dice que dimitirá... Y á Rojas ya me lo pillaron, ¿no sabía? Recibió la jubilación hace una semana.

--¡Qué me dice V.!--exclamó con pena sincerísima la señora.--¡Válgame Dios! ¡Pobrecitos! Esa infeliz de Matilde Rojas, cuándo encontrará un hombre de bien que la quiera sin un cuarto de dote! Le digo á V. que todo el camino iré pensando en esta familia. ¡Qué mundo, Don Nicanor!

Doña Aurora intentó dirigirse al grupo y estrechar la mano de las señoras de Rojas: pero ya no era hacedero, porque sonaba la campana de aviso, bufaba la máquina, y corrían de un lado á otro las carretillas con equipajes facturados para cargarlos. Rogelio, desde el vagón, alargó la mano á su madre, que subió despacio, riendo porque se le había enganchado un volante en el estribo; y entre la primer arrancada del tren se perdió la voz de Laín Calvo que gritaba:

--¡Cuidado con las niñas de Vigo, Rogelín que son de rechupete, home!

El tren, oscilando con suavidad, activaba su marcha. Caía la tarde con serena magnificencia, y Rogelio, asomado á la ventanilla, creía divisar ya los frescos valles galaicos, los castaños frondosos, el azul festón de las rías orlando la tierra más bonita del mundo.

En cambio no vió, del otro lado del andén, á Esclavitud, que seguía con los ojos el tren hasta que se alejó grandioso y raudo. Cuando ya no fué posible columbrar ni un copo del penachillo de humo negro, la muchacha, estremeciéndose como si tuviese frío, retrocedió lentamente hacia la ciudad, bien resuelta á que el sol, que se ponía en aquel instante, no volviese á levantarse para ella nunca, nunca.

Dejemos á la infeliz, porque al cabo no podríamos quitárselo de la cabeza. Si consultamos sobre este drama á Don Gabriel Pardo, que es amigo de generalidades pedantescas y se paga de malas razones por el afán de pretender explicarlo todo, nos dirá que el extravío mental que conduce á la muerte voluntaria, es muy propio del sombrío humor de la raza céltica, esa gran vencida de la Historia: como si cada día y en cada provincia de España no trajese la prensa suicidios así.

FIN

End of Project Gutenberg's Insolación y Morriña, by Emilia Pardo-Bazán