Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)
Part 20
--Es verdad, mamá--afirmó Rogelio mientras halagaba el anca de raso del simpático animal.--Soy testigo. Agustín le pidió lo mismo que á ti, y el torero la dejó quedar por diferencia de dos onzas, y está chalado por ella. La anda rondando; ¡le hace más visitas!
--Pues que no la ronde, que es tuya--exclamó la mamá decisivamente, recreándose en ver el rostro extático de su hijo, que al oir esta palabra divina, con un impulso de esos que no se calculan, echó los brazos al cuello de la jaca, y le plantó un achuchón completo en el hocico negro y suave.
Convenido ya el precio y la hora de cobrarlo, doña Aurora indicó algo sobre el cuidado de la jaca, proponiendo á Agustín dejársela en pupilaje; pero Rogelio, excitado, casi convulso de felicidad, no permitía hablar á nadie, ni tomar resolución alguna. «Tú no sabes, mamá... Yo me encargo de eso, déjame á mí... Sí que he de pasarme yo un día solo sin enterarme de cómo anda la jaquita mía... Todas las mañanas y todas las tardes la he de ver á la señora jaca... Te digo que lo dejes de mi cuenta...» Acabó doña Aurora por acceder y otorgarle plenas facultades. «Bien, pues allá tú...» Cuando se trató de poner nombre á la jaca, el muchacho, sonriendo, murmuró: «La llamaré Suriña».
Los afectos cardinales del alma humana dictan á veces rasgos de maravillosa inspiración: la señora había comprendido, iluminada por el amor maternal, que tratándose de un hombre de veinte años, y menor aún que su misma edad, no hay rival mejor contra una hembra que un caballo bonito. El caballo no es solamente distracción de un par de horas al día, sino ocu pación y preocupación constante, desde que amanece hasta que anochece. Enterarse de lo que come, y de si le roban ó no la cebada; ver si está limpio y se han practicado con él todas las operaciones de tocador--y el tocador de un caballo fino lleva casi tanto tiempo como el de una mujer primorosa; luego, esa comunicación afectiva que se establece entre el jinete que por vez primera disfruta el goce de un caballo, y el animal; esa ternura que nace de la posesión; ese trueque de monerías, el azúcar robado al almuerzo para ir á dárselo, el pan fresco escondido en el bolsillo del chaleco, la dicha que produce el relincho de júbilo del animal cuando su penetrante olfato y su delicada percepción le dicen que el amo se acerca con la golosina... Después, las inquietudes por la salud--un caballo ocasiona tantas como un niño chico.--«Señorito, esta jaca no sé qué tiene... hoy no ha comido el pienso. Le noto los ojos tristes.--Señorito, hoy la jaca no ha...» ¡Quién lleva lista de los innumerables achaquillos que puede padecer una jaca! Después de tan múltiples cuidados, aun queda otro orden de ellos, relacionados con lo que podemos llamar las galas de boda de la equitación: el galápago de la mejor piel de cerdo, crujiente, diminuto, mono; el sudadero de rico fieltro con cifras inglesas; los acerados estribos; la sutil cabezada, que deja lucir toda la gracia de la gentil cabeza; y para el jinete, el látigo de puño de plata cincelado; los guantes del Tirol; el ajustado calzón de punto; las botas muelles; la corbata con herraduras blancas sobre fondo gris... Todo distracción, todo embeleso en la encantadora luna de miel del muchacho con su jaca. ¡Y qué emoción al sacarla! ¡Qué vanidad al lucirla con los amigos! ¡Qué inexplicable deleite al pasearla en las frondosas arboledas de la Moncloa, al ver acercarse un carruaje en cuyo fondo se reclina una bella enlutada, y bajo la fascinación del mirar de la gentil desconocida, ostentar la montura, hacer piernas, caracolear y lucir su gallardía cubriéndola de espuma y sudor! ¡Qué placer ir variando de aires, ya el rítmico paso, ya el animado trote, ya el ardiente galope; y al halagar con cariñosa palmada el cuello del obediente bruto, sentirle resoplar de placer, estremeciéndose todos sus sensibles nervios y su vigorosa y enjuta musculatura, como talle de jovencilla al rodearlo el brazo de ágil pareja y disponerse al vals!
Indudablemente, lo de la jaca sí que había sido gran recurso é idea feliz, hija al fin de la experiencia, y muy superior á aquel ardid vulgar de echarse novia, que se ofreciera al candor de Rogelio como arbitrio soberano para curar su incipiente enfermedad amorosa. Ahora no necesitaba su madre pedirle que saliese, ni inventar pretextos con que echarle á la calle. Espontáneamente no hacía el chico más que ir y venir de su casa á la cuadra de la favorita. El invierno cejaba ya; los últimos días de Marzo eran, á pesar de la mala fama de este mes versátil, claros, templados y hermosos; y todas las tardes, desde las tres, salía Rogelio á gozar de los primeros soplos primaverales, ya solo, ya con amigos, ya con el picador, volviendo al anochecer dominado por una sana fatiga física, embriagado de aire puro, libre de molicies y malas sugestiones, penetrado de la alegría del paseo. Entre esta veta de actividad que su madre había descubierto, y el estudio, indispensable porque la época de los exámenes se acercaba amenazadora, ¿cuándo ni cómo había de encontrar tiempo de atender á la Esclava?
No por eso se dormía la madre, ni abandonaba el bien concebido plan de defensa. Un día, Don Gaspar Febrero, habiendo madrugado algo más que los otros tertulios, vino á quedarse á solas con la señora de Pardiñas, y según costumbre, trajo la conversación hacia Esclavitud, elogiándola de tan desatinada manera, que la señora sintió cierta desazón en los nervios.
--Pecisamente--dijo doña Aurora cuando el anciano la permitió meter baza:--tenía que indicarle á V., á propósito de esa chica... Pero prométame que me responderá con franqueza absoluta, como amigos viejos que somos ya.
--¡Pues no faltaba más! Mi simpática Aurora, ¿cuándo no?... ¿En qué puedo servirla?
--Verá V.... Una cosa que se me ha ocurrido aquí por la mañanas cuando estoy sin gente y el rapaz en clase... Como V. se va á quedar muy mal, creo yo... así que Felisa emprenda su gran viajata á Filipinas..., yo..., en mi deseo de que no eche V. tan de menos esos cuidados á que está acostumbrado ya... ¿no le parece á V.?
--Veamos, veamos. Siendo de V. la idea... V. discurre siempre muy juiciosamente, amiguita...
--Como me ha dicho V. tantas veces que le agrada el modo de servir de Esclavitud...
El gallardo anciano hizo un brioso movimiento de halagüeña sorpresa, afianzó sus espejuelos, se apoyó en la muleta, inclinándose hacia adelante; y desatentado, trémulo, sin acertar á formar los períodos, exclamó:
--Amiga, amiga, amiga... ¿Qué me dice V., qué me dice V....? ¿Ha reflexionado antes de hablar? ¡Desprenderse V. de ese tesoro! ¡de ese tesoro! Me llena V. de agradecimiento, sí, señor... pero en conciencia... no, no puedo consentir... ¡A dónde llega la amistad! Ahora lo veo, Aurora... No, pero yo no soy un egoista... No, V. no habrá meditado... ¿lo dice V. formal, formal?
Sintió la señora el aguijón del remordimiento ante esta gratitud extemporánea, y se dió prisa á añadir:
--Mire V., si sería conveniente para mí también; hasta para mí. Hay su parte de egoismo, Don Gaspar; no es todo virtud. Como este año proyecto llevar á Rogelio á que conozca nuestra tierra...
--Razón de más, amiguita, razón de más. No puede V. prescindir de una servidora semejante viajando. Están muy malos los tiempos... Ahora, con las Higinias que corren, ¿quién suelta una Esclavitud.... ¡ah! una Esclavita de esa marca! ¿V., V. lo ha pensado, lo que se dice pensar?
Al hablar así, Nuño Rasura pegaba saltos en su butaca, y hacía con la muleta el molinete. Sus ojos brillaban; su cuerpo se erguía como de un muchacho, y afanoso sobrealiento agitaba su esternón. «Dios nos asista» pensó doña Aurora: «á este señor le voy á tener que recoger del suelo con cucharilla.» Y como guardaba silencio aparentando hallarse conmovida por los argumentos del buen señor, éste añadió de pronto, con energía, á manera de niño que se deja convencer para tomar un juguete:
--Pero es decir... ya comprendo que la amiguita lo ha meditado bien, en el mero hecho de proponérmelo á mí. Conozco que tiene fundamento lo que V. alega: mucho, mucho, Aurora... viajando, se va mejor solo: el hijo con la mamá... claro, perfectamente. Pues por mí... basta que sea indicación de V.: acepto, acepto... ¿oye la amiguita? acepto.
Doña Aurora discurría: «Cierto que á veces irrita un trucha como Don Nicanor, que tiene la malicia por arrobas y es capaz de pensar mal de su propia madre; pero también estos inocentones, que nunca se enteran... vamos, hay días en que le ponen á uno los nervios como cuerdas de guitarra».
Vencidos ya los escrúpulos de Don Gaspar, él mismo combinó y desarrolló el plan de campaña: al ausentarse la hija, Esclavitud entraría á servir al padre en concepto de ama de llaves. El ochentón añadió, estregándose repetidas veces las manos:
--Que no se entere Candás... No quiero bromas inconvenientes.
XXI
Nada transpiró de esta conjuración doméstica. Guardó silencio doña Aurora, porque las mujeres saben callar muy bien si se lo proponen y si están en juego intereses de su corazón; y Don Gaspar se cosió los labios, porque temía más que al cólera á las cuchufletas é insinuaciones del Fiscal, y otro tanto--revelemos estas interioridades--á la fiereza de su hija Felisa. La cual, suspicaz como una esposa, alarmada por los instintos de elegancia, sociabilidad y galantería del anciano, se había dedicado á buscarle lo más feo, zafio é intratable del ramo de maritornes, porque siempre veía perfilarse en el horizonte la fatídica silueta de una madrastra. Hasta que Felisa emprendiese su viaje hacia la quinta parte del mundo, no se atrevía el viejo ni siquiera á indicar el propósito de llevarse consigo á tan dulce y linda sirviente. Costábale mucho trabajo reprimirse y esperar, porque su senectud era niñez antojadiza é impaciente, y cuando tardaba en cumplírsele un deseo, á dejarse llevar de sus impulsos, hubiera pateado. El desahogo que tomaba era cogerle las vueltas á los tertulianos para encontrar sola á doña Aurora, y hablarle difusamente, como hablan los viejos, de sus planes, de lo bien que iba á estar con él Esclavitud, de todas las atenciones que le prodigaría, de lo fácil que es servir un nombre _pelado_, con otras cosas del mismo jaez. Y cuando por haber gente delante no podía explayarse el buen señor, dirigía á su «amiguita respetable» miradas y guiños de inteligencia, le sonreía sin motivo y en fin buscaba salida á aquella plenitud de espíritu digna de otra más ardiente edad. «Dios nos conserve el juicio», reflexionaba la señora. «No sé por qué nos pasmamos de que se chiflen los rapaces, cuando los señores mayores se ponen así. Aun á los rapaces mismos no les da tan fuerte. Voy á comprar unos pañuelos tamaños como la Sábana Santa, para limpiarle las babas á este bendito señor. El diablo me lleve si no está rabiando porque la hija tome las de Villadiego para recoger á Esclavitud más corriendito. Si yo no supiese que por otra parte es una persona buenísima, y que la muchacha tampoco me parece capaz de una mala partida con él, tendría algún reconcomio. Porque nadie es capaz de saber á dónde llegan estas cosas, y si le da por casorio ó una barbaridad semejante...» La idea era tan bufa, Don Gaspar casado con una muchacha de veinticinco, que la señora de Pardiñas se rió sola, y el monólogo acabó por una rascadura de aguja de calceta en el moño, y este corolario: «Yo no tengo culpa si llega á suceder algún caso estupendo. Proporcionarle una buena colocación á una buena criada, no es delito. Lo que siento es que esa empalagosa de Felisa Febrero nunca acaba de tomar el tole para Filipinas.»
Era verdad que se daba una calma en emprender el camino, hecha para freir la sangre á quien tuviese genio menos pronto que doña Aurora. Lo que la impacientaba y desesperaba era que ya iba acercándose la época de exámenes, después de los cuales tenía determinado salir á Galicia; y ni dejar á Esclavitud ni llevársela le parecía factible. Don Gaspar traía noticias del éxodo de su hija, con cara más alegre cuanto más se acercaba el plazo. «Ya está arreglando baúles... Se ha enterado de salidas de vapores... El jueves, ó á todo tirar el sábado, andando para Cádiz...» Por fin, un día llegó con el exterior más radiante, más olímpico que nunca, bajo la aureola de sus hermosos rizos blancos. «Amiguita doña Aurora, esta tarde se nos va...» Convínose en que por respetos humanos se dejarían transcurrir dos ó tres días sin hacerle la primera intimación á la sucia y tosca extremeña que asistía á Don Gaspar, y en significar á Esclavitud el cambio de su destino. «La amiga doña Aurora se encarga de eso...», indicó el ochentón. Pero aunque dejando su espíritu encomendado en manos de la señora de Pardiñas, como al día siguiente, en ocasión de dar el higiénico paseo cotidiano á la pata coja, cruzase la Puerta del Sol y pasase por delante de la confitería de _La Pajarita_, no pudo reprimirse, entró, é hizo pesar medio kilo de caramelos y bombones. Los guardó furtivamente en el bolsillo interior del gabán, y al llamar en casa de Pardiñas y abrirle Esclavitud la puerta, miró alrededor, echó mano á la faltriquera, y sacando el alcartaz, se lo pasó á la muchacha como podría pasarle un billete amoroso. «Fresquitos», fué lo único que en su grata turbación acertó á decir entregando la dádiva.
Contrariedad y esfuerzo y tragadura de saliva costó á doña Aurora desempeñar la ingrata tarea de _soltársela_ á Esclavitud. Hubiese preferido tener que darle la nueva de una gran desdicha, como muerte de un ser querido ó revés de fortuna: porque al cabo, en semejantes males no le correspondería á la señora parte de responsabilidad ni tanto de culpa, mientras en esta mera traslación de domicilio y cambio de amos, la señora, con su rectitud natural que sólo podría torcer la corriente del sentimiento, adivinaba algo de crueldad y dureza que era obra suya, aunque procediese de móviles justos, de los que no desoye ninguna madre prudente. «Es hasta cuestión de conciencia para mí», pensaba, á fin de cobrar ánimos. «Fuí inadvertida trayéndole á Rogelio la tentación al alcance de la mano: Felisa Febrero, en esto, ha mostrado tener más mundo, pues ni siquiera á los ochenta y pico de su padre les arrima la mecha. Demasiado bueno es el niño, cuando ya no se me ha emberrenchinado atrozmente. No, no, mejor es ponerse una vez colorado que ciento amarillo. Hoy se la suelto. Así que Rogelio salga á clase...»
Encierra el tono de la voz humana misteriosos avisos, que en situaciones dadas revelan todo lo que oculta el alma, antes que las palabras lo digan. La sencilla frase «Esclavitud, ven», que tantas veces al día oye una criada de su ama, resonó esta vez de un modo particular en el corazón de la gallega. Toda su sangre afluyó al centro de la vida orgánica, y cuando entró en la habitación donde la esperaba su señora, el fondo y la esencia de lo que iba á oir le eran ya conocidos intuitivamente.
No estaba doña Aurora en el comedor, sino en el despacho de su hijo, al cual solía ir en ausencia de éste para escribir alguna carta ó sacar alguna cuenta, si ocurría, y quizá por satisfacer ese instinto de curiosidad inquieta propio de los afectos exclusivos que llegan al grado de pasión. Hizo sentar á Esclavitud en una silla próxima, y empezó á hablar sin mirarla á la cara, jugando con una cajita de plumas, de donde las iba sacando para alinearlas sobre la mesa. «Todo el mundo tiene que amoldarse á las circunstancias. Con el viaje á Galicia, no había medio... Moverse tres personas no es como moverse dos, claro está. La casa del señor de Febrero era la mejor colocación que una muchacha como ella podía desear; una ganga... No sería doncella, sino ama de llaves... Se le guardarían toda especie de consideraciones... El trabajo de servir á una persona sola no había de matarla; complaciendo un poco al señor aquel tan excelente, estaría como en la gloria, casi lo mismo que si hubiese encontrado una familia. Por último, Don Gaspar también era de la tierra: no tenía Esclavitud por qué pasar malos ratos, como en la otra casa...»
Así que hubo alegado todas estas razones, sintió un alivio interior, y sin dejar de prestar en apariencia gran atención á las hileras de plumas, miró con el rabillo del ojo á la muchacha. Esclavitud permanecía inmóvil en su asiento, con las manos cruzadas sobre el regazo, los piés juntos y bajos los ojos: tampoco ella entregaba fácilmente aquel espejo de los movimientos del alma á disposición de la curiosidad.
--Bien, ¿qué dices?--articuló al fin la señora que comenzaba á impacientarse, como siempre que encontraba resistencia pasiva.
--¿Yo qué quiere que diga?--respondió Esclavitud con voz sorda, pero tranquila al parecer.
--Sí ó no; si te gusta la casa que te ofrezco, ó si quieres tú buscar otra á tu modo y á tu idea.
Hubo una pausa, y, por último, la muchacha respondió con acento incoloro á fuerza de ser contenido:
--Si no corre mucha prisa, daré la contestación mañana ó pasado.
«Te veo», pensó la señora. «Tú quieres hablar antes con el niño. Bien, aquí estamos todos para lo que pueda ocurrir. En guardia me tienes, y de centinela. Por de pronto yo procuraré que no le cojas á tergo. Andaremos, como quien dice, barba sobre el hombro.» Sin embargo, aquella tarde no tuvo más recurso que salir,--contra su costumbre,--á despedir en la estación del Mediodía á Felisa Febrero, de esas pejigueras de sociedad que no se pueden rehuir y siempre caen en el momento más inoportuno. Rogelio también había salido á caballo; pero quizá por la necesidad de repasar las lecciones, más apremiante á medida que los exámenes se venían encima, hizo corto el paseo; y al entrar en su casa, aun animado de la correría, abanicándose con el hongo gris, y girando el látigo, fué cuando Esclavitud le agarró de la manga y le empujó casi hasta su despacho, acorralándole contra la mesa misma en que doña Aurora había ordenado por la mañana los ejércitos de plumas.
--¿Qué pasa, Suriña? ¿Qué tienes?
--¿No le decía yo que no iba á Galicia este año, ni en jamás? Su mamá me despide... Me deja en casa del señor de Febrero.
--Pero, ¿qué estás diciendo? A ver, á ver, cuenta...
La muchacha refirió lo que sabía. Sus ojos estaban secos, y sólo algo temblorosas su boca y barba. Su seno anhelaba precipitadamente, y en su modo de narrar y de explicarse, en aquella desesperada demanda de auxilio que hacía como náufrago que saca la cabeza por encima de las olas, había una vehemencia y un desorden que contrastaban con su habitual compostura, y que trastornarían á cualquiera aunque no tuviese los pocos años y la inexperiencia de Rogelio. Mientras balbucía «no, no puede ser, tú no te irás, qué tontería...», sus brazos ceñían involuntariamente el talle gentil de la muchacha, y el estremecimiento interior de deseo de hacía cuatro ó cinco meses renacía más brioso, infundiendo á su alma vigor para rebelarse, protestar y defender á la Esclavita como se defiende lo que nos pertenece y forma la substancia de nuestro vivir. «Pero vamos á ver, no entiendo cómo le ha entrado ese arrechucho á mamá... Por fuerza le han ido con algún chisme... ¿Y por qué, y de qué...? Nosotros ¿qué motivo hemos dado, Suriña? Si desde la enfermedad de mamá no nos hablamos casi: si tú ni pones aquí los piés... Es una cosa rarísima, y no ha de quedar así... Yo lo arreglaré; ¡qué habías de irte! No, hermosa...» Alentada y resucitada por estas promesas, Esclavitud se apretaba contra el corazón de su amigo, queriendo incrustarse en aquel refugio para que nadie la arrancase de allí; y Rogelio, con transporte juvenil é irresistible, la cubría de caricias, tratando de alzarle la cabeza para buscar sus labios. Tocaron á la campanilla, y la primera vez no oyó el repique ninguno de los dos. Al segundo, enérgico y airado, Esclavitud se estremeció, y, con movimiento simultáneo y brusco, se desunió la pareja. La muchacha se arregló el pelo, se ajustó temblando el pañuelo de seda que le rodeaba la garganta.
--Voy á abrir, que es la señora.
XXII
Viendo á su hijo aquella noche, á la hora de comer, distraído, pálido y hasta un poco seco al hablar, la señora pensó al punto: «La tenemos armada. Ya se lo ha encajado aquella buena alhajita». También pescó al vuelo miradillas furtivas, azoradas y elocuentes; pero se aguantó, discurriendo para sí: «Según Don Nicanor, en este mundo hay que hacerse el tonto un cuarto de hora todos los días; ahora á mí me han doblado la ración, y tendré que hacerme la tonta algunos meses.» Hízose, pues, la tonta, como si no advirtiese el estado de su hijo, á quien preguntó con muchísimo interés noticias de la jaca y de la cochera, y de los habituales compañeros de _sport_. Así que se alzaron los manteles, sacó otra conversación muy socorrida y de palpitante actualidad, á saber: los exámenes. «Rapaz, allá para el miércoles ó jueves, me parece que te tocará el turno, de manera que esta semana me espera á mí un ajetreo regular... Porque la verdad es que con esos señores no sabe uno á qué carta quedarse. ¡Si todos fuesen como Contreras! Ese sabe ponerse en la razón. Sólo que este año todavía no te cae por banda Contreras. Con los demás es un lío; si se oye á unos y á otros, hay para marearse. Lastra quiere que le bajen la cabeza, que le rindan el tributo de la recomendación, y que todo el mundo tenga que agradecerle. Ruiz del Monte parece que es al contrario: si le hablan por un chico, le toma tirria, y le aprieta hasta reventarlo. Tú sabrás si es cierto; á mí me lo contó tu amigachillo Díaz, el que escribe romances... De Albirán se susurra otra cosa: que no desatiende recomendaciones, pero con su cuenta y razón, según de quien procedan... Lo más seguro será que repases, niño.»
--Ya repaso, mamá--contestó lacónicamente el estudiante.
Corrió la noche sin que se le pudiese sacar otra palabra. Revolvía las revistas ilustradas, los periódicos del día; los tomaba y los dejaba, cambiaba de asiento pasando del sillón al sofá y del sofá al sillón; suspiraba hondo, y, en fin, daba todas las señales de desazón posibles, sin cuidarse de que se viese, ó más bien pareciendo que deseaba lo advirtiese su mamá. Al fin, cuando ésta le dijo «¿no sales hoy á un actito á Lara?» exclamó con tono duro y resuelto:
--No; voy á acostarme. Me duele un poco la cabeza.
La señora le oyó taconear en el corredor y batir la puerta de su despacho.
--Lo dicho; la tenemos. Yo he cometido una falta grave. Debí no resolver este cotarro hasta pasados los exámenes, un par de días antes de la marcha... Ha sido una borricada mía. Ya se ve; el deseo de salir del atolladero prontito... Pues no; hay cosas que vale más llevarlas por sus pasos contados. Veremos si la puedo enmendar y dar tiempo al tiempo. Si no, voy á tener al rapaz desquiciado cuando más necesita la cabeza firme. Una prórroga... A ver si consigo encajárselo en la cabeza á Don Gaspar. Es fácil que sea más arduo hacer entrar en razón al viejo que al niño. ¡Qué complicaciones! Aquella falsona de Rita Pardo decía bien... Conviene mirar mucho á quién mete uno en su casa.