Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

Part 2

Chapter 23,724 wordsPublic domain

--Pues no lo achaquemos al sol; será el aire ibérico; el caso es que los gallegos, en ese punto, sólo aparentemente nos distinguimos del resto de la Península. ¿Ha visto V. qué bien nos acostumbramos á las corridas de toros? En Marineda ya se llena la plaza y se calientan los cascos igual que en Sevilla ó Córdoba. Los cafés flamencos hacen furor; las cantaoras traen revuelto al sexo masculino; se han comprado cientos de navajas, y lo peor es que se hace uso de ellas; hasta los chicos de la calle se han aprendido de memoria el tecnicismo taurómaco; la manzanilla corre á mares en los tabernáculos marinedinos; hay sus cañitas y todo; una parodia ridícula, corriente; pero parodia que sería imposible donde no hubiese materia dispuesta para semejantes aficiones. Convénzanse Vds.: aquí en España, desde la Restauración, maldito si hacemos otra cosa más que jalearnos á nosotros mismos. Empezó la broma por todas aquellas demostraciones contra Don Amadeo; lo de las peinetas y mantillas, los trajecitos á medio paso y los caireles; siguió con las barbianerías del difunto rey, que le había dado por lo chulo, y claro, la gente elegante le imitó, y ahora es ya una epidemia, y entre patriotismo y flamenquería, guitarreo y cante jondo, panderetas con madroños colorados y amarillos, y abanicos con las hazañas y los retratos de Frascuelo y Mazzantini, hemos hecho una Españita bufa, de tapiz de Goya ó sainete de Don Ramón de la Cruz. Nada, es moda y á seguirla. Aquí tiene V. á nuestra amiga la Duquesa, con su cultura y su finura, y sus mil dotes de dama; ¿pues no se pone tan contenta cuando la dicen que es la chula más salada de Madrid?

--Hombre, si fuese verdad, ¡ya se ve que me pondría!--exclamó la Duquesa con la viveza donosa que la distingue.--¡A mucha honra! Más vale una chula que treinta gringas. Lo gringo me apesta. Soy yo muy españolaza, ¿se entera V.? Se me figura que más vale ser como Dios nos hizo, que no que andemos imitando todo lo de extranjis... Estas manías de vivir á la inglesa, á la francesa... ¿Habrá ridiculez mayor? De Francia los perifollos; bueno; no ha de salir uno por ahí espantando á la gente, vestido como en el año de la nanita... De Inglaterra los asados... y se acabó. Y diga V., muy señor mío de mi mayor aprecio, ¿cómo es eso de que somos salvajes los españoles y no lo es el resto del género humano? En primer lugar, ¿se puede saber á qué llama V. salvajadas? En segundo, ¿qué hace nuestro pueblo, pobre infeliz, que no hagan también los demás de Europa? Conteste.

--¡Ay!... ¡si me aplasta V.!... ¡si ya no sé por donde ando! _Pietá_, _Signor._ Vamos, Duquesa, insisto en el ejemplo de antes: ¿ha visto V. la romería de San Isidro?

--Vaya si la he visto. Por cierto que es de lo más entretenido y pintoresco. Tipos se encuentran allí, que... Tipos de oro. ¿Y los columpios? ¿Y los tíos vivos? ¿Y aquella animación, aquel hormigueo de la gente? Le digo á V. que, para mí, hay poco tan salado como esas fiestas populares. ¿Que abundan borracheras y broncas? Pues eso pasa aquí y en Flandes: ¿ó se ha creído V. que allá, por la _Ingalaterra_, la gente no se pone nunca á medios pelos, ni se arma quimera, ni se hace barbaridad ninguna?

--Señora...--exclamó Pardo desalentado--V. es para mi un enigma. Gustos tan refinados en ciertas cosas, y tal indulgencia para lo brutal y lo feroz en otras, no me lo explico sino considerando que con un corazón y un ingenio de primera, pertenece V. á una generación bizantina y decadente, que ha perdido los ideales... Y no digo más, porque se reirá V. de mí.

--Es muy saludable ese temor; así no me hablará V. de cosazas filosóficas que yo no entiendo--respondió la Duquesa soltando una de sus carcajadas argentinas, aunque reprimidas siempre.--No haga V. caso de este hombre, Marquesa--murmuró volviéndose á mí.--Si se guía V. por él, la convertirá en una cuákera. Vaya V. al Santo, y verá cómo tengo razón y aquello es muy original y muy famoso. Este señor ha descubierto que sólo se achispan los españoles: lo que es los ingleses, ¡angelitos de mi vida! ¡qué habían de ajumarse nunca!

--Señora--replicó el comandante riendo, pero sofocado ya--los ingleses se achispan; conformes: pero se achispan con _sherry_, con cerveza ó con esos alcoholes endiablados que ellos usan; no como nosotros, con el aire, el agua, el ruido, la música y la luz del cielo; ellos se volverán unos cepos así que trincan, pero nosotros nos volvemos fieras; nos entra en el cuerpo un espíritu maligno de bravata y fanfarronería, y por gusto nos ponemos á cometer las mayores ordinarieces, empeñándonos en imitar al populacho. Y esto lo mismo las damas que los caballeros, si á mano viene, como dicen en mi país. Transijamos con todo, excepto con la ordinariez, Duquesa.

--Hasta la presente--declaró con gentil confusión la dama--no hemos salido ni la marquesa de Andrade ni yo á trastear ningún novillo.

--Pues todo se andará, señoras mías, si les dan paño--respondió el comandante.

--A este señor le arañamos nosotras--afirmó la Duquesa fingiendo con chiste un enfado descomunal.

--¿Y el Sr. Pacheco, que no nos ayuda?--murmuré volviéndome hacia el silencioso gaditano. Este tenía los ojos fijos en mí, y sin apartarlos, disculpó su neutralidad declarando que ya nos defendíamos muy bien y maldita la falta que nos hacían auxilios ajenos: al poco rato miró el reloj, se levantó, despidióse con igual laconismo, y fuése. Su marcha varió por completo el giro de la conversación. Se habló de él, claro está: la Sahagún refirió que lo había tenido á su mesa, por ser hijo de persona á quien estimaba mucho, y añadió que ahí donde lo veíamos, hecho un moro por la indolencia y un inglés por la sosería, no era sino un calaverón de tomo y lomo, decente y caballero, sí, pero aventurero y gracioso como nadie, muy gastador y muy tronera, de quien su padre no podía hacer bueno, ni traerle al camino de la formalidad y del sentido práctico, pues lo único para que hasta la fecha servía era para trastornar la cabeza á las mujeres. Y entonces el comandante (he notado que á todos los hombres les molesta un poquillo que delante de ellos se diga de otros que nos trastornan la cabeza) murmuró como hablando consigo mismo:

--Buen ejemplar de raza española.

III

Bien sabe Dios que cuando al siguiente día, de mañana, salí á oir misa á San Pascual, por ser la festividad del Patrón de Madrid, iba yo con mi eucologio y mi mantillita hecha una santa, sin pensar en nada inesperado y novelesco, y á quien me profetizase lo que sucedió después, creo que le llevo á los tribunales por embustero é insolente. Antes de entrar en la iglesia, como era temprano, me deslicé á dar un borde por la calle de Alcalá, y recuerdo que, pasando frente al Suizo, dos ó tres de esos chulos de pantalón estrecho y chaquetilla corta que se están siempre plantados allí en la acera, me echaron una sarta de requiebros de lo más desatinado; verbigracia:--Ole, ¡viva la purificación de la canela! Uyuyuy, ¡vaya unos ojos que se trae V., hermosa! Soniche, ¡viva hasta el cura que bautiza á estas hembras con mansanilla é lo fino!--Trabajo me costó contener la risa al entreoir estos disparates; pero logré mantenerme seria y apreté el paso á fin de perder de vista á los ociosos.

Cerca de la Cibeles me fijé en la hermosura del día. Nunca he visto aire más ligero, ni cielo más claro; la flor de las acacias del paseo de Recoletos olía á gloria, y los árboles parecía que estrenaban vestido nuevo de tafetán verde. Ganas me entraron de correr y brincar como á los quince, y hasta se me figuraba que en mis tiempos de chiquilla no había sentido nunca tal exceso de vitalidad, tales impulsos de hacer extravagancias, de arrancar ramas de árbol y de chapuzarme en el pilón presidido por aquella buena señora de los leones... Nada menos que estas tonterías me estaba pidiendo el cuerpo á mí.

Seguí bajando hacia las Pascualas, con la devoción de la misa medio evaporada y distraído el espíritu. Poco distaba ya de la iglesia, cuando distinguí á un caballero, que parado al pié de corpulento plátano, arrojaba á los jardines un puro enterito, y se dirigía luego á saludarme. Y oí una voz simpática y ceceosa, que me decía:

--A los piés... ¿A dónde bueno tan de mañana y tan sola?

--Calle... Pacheco... ¿Y V.? V. sí que de fijo no viene á misa.

--¿Y V. qué sabe? ¿Por qué no he de venir á misa yo?

Trocamos estas palabras con las manos cogidas y una familiaridad muy extraña, dado lo ceremonioso y somero de nuestro conocimiento la víspera. Era sin duda que influía en ambos la transparencia y alegría de la atmósfera, haciendo comunicativa nuestra satisfacción y dando carácter expansivo á nuestra voz y actitudes. Ya que estoy dialogando con mi alma y nada ha de ocultarse, la verdad es que en lo cordial de mi saludo entró por mucho la favorable impresión que me causaron las prendas personales del andaluz. Señor, ¿por qué no han de tener las mujeres derecho para encontrar guapos á los hombres que lo sean, y por qué ha de mirarse mal que lo manifiesten (aunque para manifestarlo dijesen tantas majaderías como los chulos del café Suizo)? Si no lo decimos lo pensamos, y no hay nada más peligroso que lo reprimido y oculto, lo que se queda dentro. En suma. Pacheco, que vestía un elegante terno gris claro, me pareció galán de veras; pero con igual sinceridad añadiré que esta idea no me preocupó arriba de dos segundos, pues yo no me pago solamente del exterior. Buena prueba di de ello casándome á los veinte con mi tío, que tenía lo menos cincuenta, y lo que es de gallardo...

Adelante. El señor de Pacheco, sin reparar que ya tocaban á misa, pegó la hebra, y seguimos de palique, guareciéndonos á la sombra del plátano, porque el sol nos hacía guiñar los ojos más de lo justo.

--¡Pero qué madrugadora!

--¿Madrugadora porque oigo misa á las diez?

--Sí señor: todo lo que no sea levantarse para almorsá...

--Pues V. hoy madrugó otro tanto.

--Tuve corasonada. Esta tarde estarán buenos los toros: ¿No va V.?

--No: hoy no irá la Sahagún, y yo generalmente voy con ella.

--¿Y á las carreras de caballos?

--Menos; me cansan mucho: una revista de trapos y moños: una insulsez. Ni entiendo aquel tejemaneje de apuestas. Lo único divertido e el desfile.

--Y entonces, ¿porqué no va á San Isidro?

--¡A San Isidro! ¡Después de lo que nos predicó ayer mi paisano!

--Buen caso hase V. de su paisano.

--Y ¿creerá V. que con tantos años como llevo de vivir en Madrid, ni siquiera he visto la ermita?

--¿Que no? Pues hay que verla; se distraerá V. muchísimo; ya sabe lo que opina la Duquesa, que esa fiesta merece el viaje. Yo no la conozco tampoco; verdá que soy forastero.

--Y... ¿y los borrachos, y los navajazos y todo aquello de que habló D. Gabriel? ¿Será exageración suya?

--¡Yo qué sé! ¡Qué más da!

--Me hace gracia... ¿Dice V. que no importa? ¿Y si luego paso un susto?

--¡Un susto yendo conmigo!

--¿Con V.?--y solté la risa.

--¡Conmigo, ya se sabe! No tiene V. por qué reirse, que soy mu buen compañero.

Me reí con más ganas, no sólo de la suposición de que Pacheco me acompañase, sino de su acento andaluz, que era cerrado y sandunguero, sin tocar en ordinario, como el de ciertos señoritos que parecen asistentes.

Pacheco me dejó acabar de reir, y sin perder su seriedad, con mucha calma, me explicó lo fácil y divertido que sería darse una vueltecita por la feria á primera hora, regresando á Madrid sobre las doce ó la una. ¡Si me hubiese tapado con cera los oídos entonces, cuántos males me evitaría! La proposición, de repente, empezó á tentarme, recordando el dicho de la Sahagún:--«Vaya V. al Santo, que aquello es muy original y muy famoso.»--Y realmente, ¿qué mal había en satisfacer mi curiosidad?, pensaba yo. Lo mismo se oía misa en la ermita del Santo que en las Pascualas; nada desagradable podía ocurrirme llevando conmigo á Pacheco; y si alguien me veía con él, tampoco sospecharía cosa mala de mí á tales horas y en sitio tan público. Ni era probable que anduviese por allí la sombra de una persona decente ¡en día de carreras y toros!, ¡á las diez de la mañana! La escapatoria no ofrecía riesgo... ¡y el tiempo convidaba tanto! En fin, que si Pacheco porfiaba algo más, lo que es yo...

Porfió sin impertinencia, y tácitamente, sonriendo, me declaré vencida. ¡Solemne ligereza! Aún no había articulado el _sí_, y ya discutíamos los medios de locomoción. Pacheco propuso, como más popular y típico, el tranvía; pero yo, á fin de que la cosa no tuviese el menor aspecto de informalidad, preferí mi coche. La cochera no estaba lejos: calle del Caballero de Gracia. Pacheco avisaría, mandaría que enganchasen é iría á recogerme á mi casa, por donde yo necesitaba pasar antes de la excursión. Tenía que tomar el abanico, dejar el devocionario, cambiar mantilla por sombrero... En casa le esperaría. Al punto que concertamos estos detalles, Pacheco me apretó la mano y se apartó corriendo de mí. A la distancia de diez pasos se paró y preguntó otra vez.

--¿Dice V. que el coche cierra en el Caballero de Gracia?

--Sí, á la izquierda... un gran portalón...

Y tomé aprisita el camino de mi vivienda, porque la verdad es que necesitaba hacer muchas más cosas de las que le había confesado á Pacheco; pero, ¡vaya V. á enterar á un hombre!... Arreglarme el pelo, darme velutina, buscar un pañolito fino, escoger unas botas nuevas que me calzan muy bien, ponerme guantes frescos y echarme en el bolsillo un _sachet_ de raso que huele á _iris_ (el único perfume que no me levanta dolor de cabeza). Porque al fin, aparte de todo, Pacheco era para mí persona de cumplido; íbamos á pasar algunas horas juntos y observándonos muy de cerca, y no me gustaría que algún rasgo de mi ropa ó mi persona le produjese efecto desagradable. A cualquier señora, en mi caso, le sucedería lo propio.

Llegué al portal sofocada y anhelosa, subí á escape, llamé con furia y me arrojé en el tocador, desprendiéndome la mantilla antes de situarme frente al espejo.--«Angela, el sombrero negro de paja con cinta escocesa... Angela, el antuca á cuadritos... las botas bronceadas...»

Vi que la Diabla se moría de curiosidad... «¿Sí? Pues con las ganas de saber te quedas, hija... La curiosidad es muy buena para la ropa blanca.» Pero no se le coció á la chica el pan en el cuerpo, y me soltó la píldora.

--¿La señorita almuerza en casa?

Para desorientarla respondí:

--Hija, no sé... Por si acaso, tenerme el almuerzo listo de doce y media á una... Si á la una no vengo, almorzad vosotros... pero reservándome siempre una chuleta y una taza de caldo... y mi té con leche, y mis tostadas.

Cuando estaba arreglando los rizos de la frente bajo el ala del sombrero, reparé en un precioso cacharro azul, lleno de heliotropos, gardenias y claveles, que estaba sobre la chimenea.

--¿Quién ha mandado eso?

--El señor comandante Pardo... el señorito Gabriel.

--¿Por qué no me lo enseñabas?

--Vino la señorita tan aprisa... Ni me dió tiempo.

No era la primera vez que mi paisano me obsequiaba con flores. Escogí una gardenia y un clavel rojo, y prendí el grupo en el pecho. Sujeté el velo con un alfiler, tomé un casaquín ligero de paño, mandé á Angela que me estirase la enagua y volante, y me asomé á ver si por milagro había llegado el coche. Aún no, porque era imposible; pero á los diez minutos desembocaba á la entrada de la calle. Entonces salí á la antesala, andando despacio, para que la Diabla no acabase de escamarse; me contuve hasta cruzar la puerta; y ya en la escalera, me precipité, llegando al portal cuando se paraba la berlina y saltaba en la acera Pacheco.

--¡Qué listo anduvo el cochero!--le dije.

--El cochero y un servidor de V., señora--contestó el gaditano, teniendo la portezuela para que yo subiese.--Con estas manos he ayudao á echar las guarniciones, y hasta se me figura que á lavar las ruedas.

Salté en la berlina, quedándome á la derecha, y Pacheco entró por la portezuela contraria, á fin de no molestarme y con ademán de profundo respeto... ¡Valiente hipócrita está él! Nos miramos indecisos por espacio de una fracción de segundo, y mi acompañante me preguntó en voz sumisa:

--¿Doy orden de ir camino de la pradera?

--Sí, sí... Dígaselo V. por el vidrio.

Sacó fuera la cabeza y gritó:--«¡Al Santo!»--La berlina arrancó inmediatamente, y entre el primer retemblido de los cristales exclamó Pacheco:

--Veo que se ha prevenío V. contra el calor y el sol... Todo hace falta.

Sonreí sin responder, porque me encontraba (y no tiene nada de sorprendente) algo cohibida por la novedad de la situación. No se desalentó el gaditano.

--Lleva V. ahí unas flores preciosas... ¿No sobraba para mí ninguna? ¿Ni siquiera una rosita de á ochavo? ¿Ni un palito de albahaca?

--Vamos--murmuré--que no es V. poco pedigüeño... Tome V., para que se calle.

Desprendí la gardenia y se la ofrecí. Entonces hizo mil remilgos y zalemas.

--Si yo no pretendía tanto... Con el rabillo me contentaba, ó con media hoja que V. le arrancase... ¡Una gardenia para mí solo! No sé cómo lucirla... No se me va á sujetar en el ojal... A ver si V. consigue, con esos deditos...

--Vamos, que V. no pedía tanto, pero quiere que se la prenda ¿eh? Vuélvase V. un poco, voy á afianzársela.

Introduje el rabo postizo de la flor en el ojal de Pacheco, y tomando de mi corpiño un alfiler sujeté la gardenia, cuyo olor á pomada me subía al cerebro, mezclado con otro perfume fino, procedente, sin duda, del pelo de mi acompañante. Sentí un calor extraordinario en el rostro, y al levantarlo, mis ojos se tropezaron con los del meridional, que en vez de darme las gracias, me contempló de un modo expresivo é interrogador. En aquel momento casi me arrepentí de la humorada de ir á la feria; pero ya...

Torcí el cuello y miré por la ventanilla. Bajábamos de la plazuela de la Cebada á la calle de Toledo. Una marea de gente, que también descendía hacia la pradera, rodeaba el coche y le impedía á veces rodar. Entre la multitud dominguera se destacaban los vistosos colorines de algún bordado pañolón de Manila, con su fleco de una tercia de ancho. Las chulas se volvían y registraban con franca curiosidad el interior de la berlina. Pacheco sacó la cabeza y le dijo á una no sé qué.

--Nos toman por novios--advirtió dirigiéndose á mí.--No se ponga V. más colorada: es lo que le faltaba para acabar de estar linda--añadió medio entre dientes.

Hice como si no oyese el piropo y desvié la conversación, hablando del pintoresco aspecto de la calle de Toledo, con sus mil tabernillas, sus puestos ambulantes de quincalla, sus anticuadas tiendas y sus paradores que se conservan lo mismito que en tiempo de Carlos IV. Noté que Pacheco se fijaba poco en tales menudencias, y en vez de observar las curiosidades de la calle más típica que tiene Madrid, llevaba los ojos puestos en mí con disimulo, pero con pertinacia, como el que estudia una fisonomía desconocida para leer en ella los pensamientos de la dueña. Yo también, á hurtadillas, procuraba enterarme de los más mínimos ápices de la cara de Pacheco. No dejaba de llamarme la atención la mezcla de razas que creía ver en ella. Con un pelo negrísimo y una tez quemada del sol, casaban mal aquel bigote dorado y aquellos ojos azules.

--¿Es V. hijo de inglesa?--le pregunté al fin.--Me han contado que en la costa del Mediterráneo hay muchas bodas entre ingleses y españolas, y al revés.

--Es cierto que hay muchísimas, en Málaga sobre todo; pero yo soy español de pura sangre.

Le volví á mirar y comprendí lo tonto de mi pregunta. Ya recordaba haber oído á algún sabio de los que suele convidar á comer la Sahagún cuando no tiene otra cosa en que entretenerse, que es una vulgaridad figurarse que los españoles no pueden ser rubios, y que al contrario el tipo rubio abunda en España, sólo que no se confunde con el rubio sajón, porque es mucho más fino, más enjuto, así al modo de los caballos árabes. En efecto, los ingleses que yo conozco son por lo regular unos montones de carne sanguínea, que al parecer se escapa sola á la parrilla del rosbif; tienen cada cogote y cada pescuezo como ruedas de remolacha; las bocas de ellos dan asco de puro coloradotas, y las frentes, de tan blancas, fastidian ya, porque eso de la _frente pura_ está bueno para las señoritas, no para los hombres. ¿Cuándo se verá en ningún inglés un corte de labios sutil, y una sien hundida, y un cuello delgado y airoso como el de Pacheco? Pero al grano: ¿pues no me entretengo recreándome en las perfecciones de ese pillo?

¡Qué hermoso y alegre estaba el puente de Toledo! Lo recuerdo como se recuerda una decoración del teatro Real. Hervía la gente, y mirando hacia abajo, por la pradera y por todas las orillas de Manzanares no se veían más que grupos, procesiones, corrillos, escenas animadísimas de esas que se pintan en las panderetas. A mí ciertos monumentos, por ejemplo las catedrales, casi me parecen más bonitas solitarias; pero el puente de Toledo, con sus retablazos, ó nichos, ó lo que sean aquellos fantasmones barrocos que le guarnecen á ambos lados, no está bien sin el rebullicio y la algazara de la gentuza, los chulapos y los tíos, los carniceros y los carreteros, que parece que acaban de bajarse de un lienzo de Goya. Ahora que se han puesto tan de moda los casacones, el puente tiene un encanto especial. Nuestro coche dió vuelta para tomar el camino de la pradera, y allí, en el mismo recodo, vi una tienda rara, una botería, en cuya fachada se ostentaban botas de todos los tamaños, desde la que mide treinta azumbres de vino, hasta la que cabe en el bolsillo del pantalón. Pacheco me propuso que, para adoptar el tono de la fiesta, comprásemos una botita muy cuca que colgaba sobre el escaparate y la llenásemos de Valdepeñas: proposición que rechacé horrorizada.