Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)
Part 19
Lo que Rogelio le decía con tanto entusiasmo á la muchacha era esto:
--Suriña, la gran noticia. Este verano iremos allá... todos. Ya mamá me lo tiene ofrecido.
XVIII
Encontrábase la señora de Pardiñas completamente dada de alta y se discutía la oportunidad de una salida á pié, cuando cierta mañana, á la hora en que Rogelio tenía su clase de economía política, que para tales visitas era deshora, llegó Don Nicanor muy bien humorado y cordialísimo. Se hizo el sorprendido de no encontrar allí á ninguno de los acostumbrados tertulianos; á lo cual doña Aurora, que se consagraba á la fabricación de unas medias de abrigo, respondió muy cuerdamente que faltaban dos horas lo menos para la de la tertulia, y por consiguiente no tenía nada de extraño que la gente no hubiese llegado. Pero Laín Calvo no debió de oir esta observación, porque conservaba en el bolsillo la trompetilla, limitándose á formar con la mano un embudo acústico.
--¿Diga, Aurora, no ha notado una cosa?--preguntó después de repantigarse en la butaca, sobre cuyo ancho respaldo estaba ya señalada la forma de sus lomos.
Doña Aurora levantó las pupilas como el que dice:--«No; es decir, ¿yo qué sé? Haga V. él favor de explicarse».
--¿No se ha fijado el otro día... cuando vinimos de visita Pacha y yo...
--Sí, sí; ya... el viernes.
--¿La mujer de Rojas, qué abatida estaba?
--¡La pobre! No es muy animada nunca; pero tampoco se la ve displicente. ¡Mujer de más mérito! Vale un Perú.
--No, ella bien se esforzaba en hacer de tripas corazón: ¡pero se le conocía! Sobre todo, los que estábamos en autos.
--¿Pues qué ha pasado? ¿Tienen algún disgusto serio?--preguntó ya consternada la señora de Pardiñas, que estimaba y quería muy de verdad á la de Rojas.
--El Joaquín... el hijo, el juez... me le han vuelto á trasladar desde un extremo á otro de España, á los dos meses de la primera traslación, y estando su señora para dar á luz. Así se convencerán de que aquí no se puede hacer el quijote, ¡carapuche! ¡Mire que un rapaz que empieza la carrera, y para estreno se le ocurre tenérselas tiesas con un alto cacique de las agallas de Colmenar, á quien le guarda las espaldas el ministro del ramo! Ya verá, ya verá que no se pueden gastar bromitas con esos nenes. Y ya comprenderá lo que importan aquí legalidades. ¿Que no se puede trasladar á los jueces más que á instancia suya? Pues se pone en la Real orden: «A instancia suya», y tan guapamente. Ya hubo alguno á quien le encajaron la cesantía «á instancia suya». Y cuando protestó le salieron con «¿V. desacata al ministro?»
--Pero señor Don Nicanor, eso honra mucho á la familia de Rojas, y al muchacho, que por lo visto es de la escuela de su padre. Gente íntegra así, se ve ya muy poca. Yo nada entiendo; pero recuerdo que aquí se hizo conversación del asunto, y se dijo que querían que Joaquín Rojas se prestase á una picardía tremenda, á un despojo que importaba...
--¡Mire V.--añadió Laín Calvo prosiguiendo en su sordera--que ir un mequetrefe como él á cuadrarse delante del Ministro! Los Rojas tienen vena. _Talis pater_... Farol el padre, farol el hijo... Es decir, el hijo todavía más farol, aunque parezca mentira. Porque el padre al menos no se mete en camisa de once varas: al texto de la ley y se acabó. ¿Que el Código dice blanco? Pues blanco. ¿Que dice negro? Negro. Rojas es una máquina de aplicar la ley. Si la ley hoy trajese azotes, y cortar las orejas, andaría Rojas desorejando y vapuleando á la gente. ¡Pero el chiquillo!... Porque se ha leído unas chapucerías alemanas é italianas, traducidas en gringo, se las echa de sabiondo y de fi-ló-so-fo. ¡Fi-ló-so-fo un xuez! ¡Home, qué farolería!
--Pues á mí,--arguyó doña Aurora sin alzar la voz, porque sabía á qué atenerse respecto á la sordera del Fiscal,--me parece que en todas las profesiones puede un hombre portarse con dignidad y con decencia. Les tengo á los Rojas, por eso, una simpatía grandísima.
--Y claro,--siguió Laín,--ahora lo de cuartos anda mal. En aquella casa ni se enciende estufa, ni se come principio, ni se hace café. No le llega el sueldo para traslaciones; se ha casado con una chica que no tiene un ochavo, y así que la cosa apremie, ya bajará el gallo el señorito. La necesidad enseña más que las Universidades. Ya le domarán. Como un guante estará dentro de un año.
Persuadida de que no conseguía nada con protestar, doña Aurora continuaba menguando el talón de su media, limitándose á hacer gestos negativos, porque su genio vivaracho no le consentía asentir á las atrocidades del maligno sordo.
--Todos allá cuando rapaces empezamos por echárnoslas de plancheta... ¡y luego amainamos, vaya si amainamos! O si no, es querer pasar una vida miserable. Ya verá V. como el ramalazo que ha cogido á Joaquín le alcanzará también á su padre. Se la están armando con queso. No pasa el año sin que le jueguen alguna de puño: gorda. ¿No pueden trasladarle? le jubilarán. Yo no soy antiguallero como Don Gaspar y los otros; pero tengo que reconocer que en mis tiempos la magistratura dependía menos que ahora de la política. Las cosas vienen así, y hay que tomarlas como vienen. Estos señores están siempre en Belén, carapuche. ¡Memos en polvo! A bien que la camada nueva la entiende mejor. Aquí soy yo el único de la tertulia que vive en el mundo. Si no fuese la arrenegada sordera...
--A mí no me venga V. con sorderas,--protestó la señora.--Dios me libre de sordos así. Oye V. más que quiere. A mí déjeme V. de cuentos ¿eh? No nací en el año de los tontos.
--Y el que está más chiflado de todos,--advirtió Laín haciéndose el desentendido,--es el bueno de Don Gaspar. Ese ya, guillati por completo. Ha vuelto á la infancia. Tendremos que ponerle ama de cría, ó al menos niñera. Eso quiere y por eso suspira; y anda buscando robarle á V. la que V. escogió para su chico. Hablo formal; tan cierto como me llamo Nicanor, que le tenemos vuelto tarumba por su doncella de V., por la Esclava ó como se llame. Ningún rapaz de veinte se enamoraría tan fuerte de ella; estoy seguro de que á Rogelín no le entró así, home.
Al nombre de Rogelio, y sobre todo al percibir el tono en que lo pronunciaba Candás, la madre se estremeció, dejando caer en el regazo la calceta.
--Lo de Rogelín,--continuó con la misma bonachonería el sordo,--es tan natural en un rapaz, que sería para hacerse cruces si no sucediese. Claro: una mujer agraciada de veinticinco, y mimosina; un rapaz de veinte... ¿qué había de pasar, señores? Que hoy te miro, que mañana te toco... que el cariñín en el pasillo, que el retozo en la antesala... Rapazadas que se caen de suyo.
La señora saltaba en el asiento lo mismo que un muñeco de resorte.
--¿V. sabe lo que está diciendo?--exclamaba.--¿Le parece á V. bien lanzar esas cosas tan serias _porque sí_, sin prueba ni fundamento ninguno? ¿No hay más que echar la lengua á paseo y caiga el que caiga? Rogelio... ¡infeliz criatura! ¡que no es capaz de semejantes trastadas en casa de su madre!...
--Bueno, si yo comprendo que V. le dé poca importancia y lo meta á risa, porque son demoniuras que la edad las trae consigo...; y por eso, cuando el otro día los pillé en la antesala muy entretenidos, hechos un caramelo, díjeles para mi saco: «Eso, niñines, á divertirse, que es ley de Dios.» Pero si pienso en el otro estafermo, con sus ochenta del pico, todo derretido en babas...: home, le bajaría los calzones y le daría una mano de azotes en el tafanario, por archimemo.
¡A doña Aurora sí que se le pasaban ganas vivísimas de ejecutar la misma operación con el empecatado sordo! ¡Contar aquellas enormidades, y contarlas de aquel modo traidor, que ni daba lugar á rectificaciones, porque con la farsa de la sordera podía decir cuanto se le antojase, sin atender á las razones en contra, ni aun á los mentís! Era para envenenarse la sangre de rabia... Era una burla supina, descarada, insufrible. ¿Y ella había de aguantarla? Eso sí que no. La bilis de la señora de Pardiñas se alborotaba: la sangre le hervía en las venas. «Sordo infame, sordo de mentirijillas, revoltoso y chismoso de verdad, raposa malvada y astuta, ahora te lo diré de misas.» Levantóse del sillón, y acercándose rápidamente á Laín Calvo, le metió la mano, con la destreza de un tomador de oficio, en el bolsillo del gabán, sacando el estuche que contenía la trompetilla. Y antes que el sorprendido Fiscal pudiese evitar el ataque, doña Aurora había sacado el cañuto de plata encajándolo en el conducto auditivo del asturiano, acercado la boca y gritado con toda su fuerza:
--Para mí póngase V. siempre la trompetilla, ó si no determínese á oir lo que le contesto. Eso de Rogelio y Esclava lo inventa V. con su maliciota condenada, ¿oye? Mi niño no seduce á las criadas de la casa de su madre, ¿oye? La gente no anda tan suelta ni tan descarada como V. la pinta, ¿oye, oye? Y las personas decentes se diferencian ¿oye? de los pillos. Y yo no soy tan borrica ¿oye bien? que si semejantes cosazas me pasasen por delante de las narices las fuese á consentir. Y á mí me gusta poco la gente maligna ¿oye? porque siempre echo la cuenta ¿oye? «Piensa el ladrón que todos lo son.»
Acabada la filípica, la señora se dejó caer toda sofocada y nerviosa en el sofá: y el astur, llevándose ambas manos á su amarillenta calva, exclamó con acento dolorido:
--Carapuche, Aurorina... Me ha roto el tímpano... Con otra como ésta me deja sordo.
XIX
Pero apenas el truhán de Laín Calvo se hubo ido, y calmádose un poco la indignación y la cólera dando lugar á la reflexión, doña Aurora, ejecutando su movimiento favorito de rascarse el moño con una aguja de la calceta, llegó á formular categóricamente el indefectible «¿por qué no?» de todas las desconfianzas. Sin necesidad de gran perspicacia, sin poseer la aguda malicia del Fiscal, con sólo las nociones más elementales del sentido común, bien podía venirse á la memoria é imponerse al entendimiento todo aquello de «el fuego junto á la estopa...», con lo otro de «entre santa y santo...», etcétera. Y por una serie natural de razonamientos, propios de su buen sentido, llegó la señora á caer en el extremo contrario á su primer impulso, acusándose de confiada en demasía, de necia y simple, porque ni una sola vez se le había ocurrido la posibilidad y aun la probabilidad de cosa tan obvia, hasta que se la indicara una persona maliciosa y extraña, cuando ella tenía obligación de precaverla á tiempo. «Las mamás padecemos esta pícara manía, de pensar que los niños siempre han de ser niños... y los años vuelan, y ellos llegan á hombres, y el bigote no nos pide permiso para crecer... Cuando no creemos que siguen siendo chiquillos, damos en figurarnos que ya son viejos y formales como nosotros..., otro imposible, otra bobada... La edad pide lo suyo, y es una majadería no sospecharlo siquiera... Lo malo aquí es que tenemos al enemigo en la plaza. ¡Y lo he metido yo misma! Nada, le abrí la puerta y le dije:--Pase V. Sobre que la situación es poco decente, desairadísima para mí, he duplicado el peligro y la gravedad de todas las consecuencias que pueden sobrevenir... ¡y tanto como pueden! Ello es que yo no esperé nunca que Rogelio fuese toda, toda la vida un santo; pero esto... así, á domicilio...»
Otra rascadura en el moño le sugería el contrapeso lógico de tales reflexiones. «Es muy creíble que el tiñoso del viejo haya calumniado, por el gusto de calumniar, á mi nene y á la pobre Esclava. Yo no tengo tan mal ojo para conocer á las pájaras de cuenta, y Esclava me gustó, me llenó precisamente por su tipo formal y modesto. Verdad que los antecedentes de familia no la abonan, y que tiene mala sangre por los cuatro costados; pero eso... en eso se lleva uno chascos grandísimos: la gente no es como los pimientos, que salen gordos ó ruines según la semilla. Nada, aquí no tenemos sino un caminito que seguir. Observar, no dormirnos y procurar que el muchacho se distraiga por ahí fuera. Según lo que vaya pescando, así haré. Yo no voy á cometer la barbaridad de echar á la chica de buenas á primeras. Si todo ello resultase paparrucha de Don Nicanor, sería un cargo de alma. Y si es verdad, podía alborotárseme el chico... y tendríamos una... Estas primeras chifladuras y tonterías de los rapaces les entran muy fuerte. Andarse con tiento. Aurora, figúrate que eres de policía y que te mandan seguir la pista de un crimen... Ojo alerta, calma y mala intención.»
Ningún programa se cumplió más al pié de la letra. Dedicóse la señora desde aquel mismo instante á reparar el tiempo perdido: tan confiada y noblota como fué antes de concebir recelo alguno, tan suspicaz y escamona se volvió desde que la sospecha vino á hacerle cosquillas con sus dedos rápidos y fríos. Espiaba con destreza y con un sosiego perfecto, sin dejar salir al exterior las preocupaciones del ánimo. En toda mujer, en la más sencilla y franca, hay un polizonte en germen; los hábitos de disimulo contraídos desde la niñez les hacen fácil el oficio.
Para no alarmar ni poner sobre aviso, discurrió doña Aurora no vigilar á los dos presuntos culpables, sino á uno solo: porque si éste comunicaba al otro sus temores respecto al espionaje, el otro los disiparía asegurando no haber notado cosa alguna que alarmar debiese. Y en efecto, en el presente caso no puede negarse que, vigilada Esclavitud, sobraba atisbar á Rogelio. Así se practicó. La señora, usando de un derecho indiscutible, estudió minuto por minuto las acciones, pasos y movimientos de su criada. Supo á qué hora se despertaba; qué hacía después de levantarse; cuántas veces y con qué fin entraba en el cuarto de Rogelio; en qué empleaba la tarde; á qué se dedicaba mientras duraba la tertulia; cuándo se recogía y en qué momento soplaba la luz. Y,--preciso es confesarlo,--al pronto el resultado de estas averiguaciones fué completamente negativo. Esclavitud, no bien salía de su cuarto, se consagraba como siempre á los chocolates, y después á su aseo personal, sin acicalarse ni hacerse esos moños de figura de sorbete, único lujo de las domésticas madrileñas. Para arreglar y asear las habitaciones de Rogelio, despachito y alcoba, escogía las horas que el estudiante pasaba en clase, ó en paseo: nunca iba estando él. Esclavitud no salía los domingos sino á misa; por consiguiente, tampoco veía á Rogelio fuera de casa. Durante la tertulia, Rogelio no se movía de su rincón del sofá, ni la muchacha abandonaba su cesta de repaso, excepto para abrir la puerta. Y las noches, en que á no venir algún estudiante amigote de Rogelio, éste leía periódicos ó salía á los teatrillos á ver una pieza, Esclavitud se las pasaba en su cuarto, cosiéndose su propia ropa, ó dedicándose á faenas análogas. Nada se descubría que pudiese dar pábulo á ciertos recelos, y la señora se dormiría tranquilamente, si sus condiciones de observadora fuesen más vulgares.
Pero no era ella mujer á quien se le pasasen por alto varias cosillas insignificantes en apariencia, y en realidad muy significativas y aun escamativas para una mamá avispada; cabos sueltos tras los cuales suele salir toda una madeja larga y enredadísima. Estos indicios, señales ó guiones para las pesquisas de la celosa madre, eran del género siguiente. A la hora de almorzar, al traer Esclava las píldoras ó el jarabe ferruginoso, al presentar á Rogelio sus manjares preferidos, establecíase alguna vez (y que no se lo negasen á doña Aurora, que ella bien lo había guipado) un trueque de miradas lánguidas de _carnero á medio morir_, ó encendidas y chispeantes. Al llamar el estudiante á la campanilla y levantarse Esclavitud para abrir la puerta, la muchacha mostraba un apresuramiento que estaba muy lejos de manifestar cuando tiraban del cordón los vejestorios tertulianos; es evidente que conocía al señorito en el modo de llamar y hasta de subir las escaleras. Si Esclavitud planchaba ropa de Rogelio, hacíalo con primor y esmero muy especiales; y este mismo síntoma podía advertirse en el arreglo de la habitación y en el servicio de la mesa. Algunas noches, al salir de casa Rogelio, la muchacha le esperaba en el pasillo, y trocaban breves frases, pero en voz tan baja que no podía oirse el diálogo: esto mismo ocurría por la mañana al regresar de clase, y siempre que no estuviese en la antesala doña Aurora. Por último, y este indicio era de los más elocuentes, Rogelio se había resistido dos ó tres veces á acompañar á su madre para salir, y aunque por fin cedía, iba asaz mohino y con las orejas gachas.
Ni más ni menos que esto percibió la señora: ello bastaba y aun sobraba quizá para tenerla en ascuas ó inspirarla deseos de resolver del mejor modo posible aquella ambigua situación y desenredar la madejita, que amenazaba ser con el tiempo un enredo de dos mil diablos. No se atrevía á moverse de casa por no facilitar ocasiones peligrosas; pero esto puede hacerse un día, dos, tres; no prolongarse todo un invierno, á menos de criar moho. Rogelio había manifestado ya repetidas veces gran extrañeza viendo suprimidas las correrías matinales en simón. «Máter, estamos abocados á presenciar graves trastornos si continúa tu retraimiento y sigues desdeñando á las áureas carrozas que al pié de los muros de nuestro palacio esperan que te recuestes muellemente en sus recamadas alcatifas para dedicarte á tus matutinos quehaceres. Prepárase imponente manifestación en que tomarán parte diez mil Faetontes de punto; pronunciáranse discursos en la dulce lengua del trovador Macías y en la jerga elocuente del duque Pelayo. Tienen pedida la palabra Martín el Buloniu y José el Cabaleiro. El Gobierno ha adoptado precauciones, y el duelo se despedirá en la taberna.»
Los tertulianos, informados del retraimiento de la señora, también se creían obligados á soltar su discurso de higiene. «Amiga doña Aurora, no hay que apoltronarse. Cuidadito con criar humores, que después dan que sentir. Míreme V. á mí: la salud de que gozo y la buena disposición en que me encuentro, las debo á mi costumbre de que no pase día sin salir y sin andar á pié regulares distancias. Menos de una legüecita, no se esparce la sangre. Yo, desde que me rompí el hueso, ando más.» Estos consejos eran del excelente Nuño Rasura. «Muy conveniente considero el ejercicio», añadía el señor de Rojas, con su sentenciosa formalidad de costumbre, «para el cuerpo, y si Vds. me apuran, para el alma. Andando, se distrae... vamos, el espíritu. No hay como un paseíto, y si uno se aburre, lo mejor que puede hacer es contar las piedras, los árboles ó los números de las casas.» A doña Aurora, tales advertencias acababan por sacarla de tino. «Es monomanía la que tiene todo el mundo de aconsejar y de cuidarle á uno, sin saber ni lo que le conviene ni dónde le aprieta á uno el zapato. Estos señores parece que se empeñan en que aquí suceda... lo que no debe suceder. Vaya, con razón dice aquel truchimán de Don Nicanor que están en Babia todos ellos.»
No obstante, doña Aurora iba persuadiéndose de que la encerrona era insostenible, y la irritaba pensar que tal vez se tomaba un trabajo excusado, porque la inclinación de los muchachos no llegaba á extremo que justificase tantas precauciones; y de llegar, el impedirles que se viesen á solas era como poner puertas al campo. Ocurriósele entonces un expediente para salir de dudas y medir la magnitud del riesgo. Mandó fabricar secretamente un llavín para la puerta de su piso; y ya provista de él, salió á la calle de mañana en uno de sus trenes, el de Martín por más señas; y despidiéndolo al poco rato, volvió á su casa á pié, abrió sin hacer ruido, y se dirigió, pisando blandamente, al cuarto-leonera, donde supuso que debía encontrarse Esclavitud. Así era. La halló haciendo labor, como de costumbre, tranquila, con el aire reconcentrado y pensativo que la caracterizaba.
--¿Dónde está el señorito?--preguntó doña Aurora de súbito, sin dar tiempo para que la Esclava adoptase precaución alguna.
Y la criada, alzando el rostro sereno, ó más bien melancólico, respondió:
--Me parece que estudiando en su cuarto ¿Cómo entró, señora? No he sentido la campanilla.
--Es que salía Fausta--explicó doña Aurora atropelladamente, cogida en el garlito lo mismo que si fuese ella la culpable. Hasta sintió encendérsele los carrillos. ¡Aquello era lo que se llama un parchazo! ¡Tantos misterios y tantos preparativos de llavín, para encontrarse con que en casa no sucedía nada de particular, y que cuando pensó sorprender un pecaminoso coloquio, sólo encontraba la calma y el orden! Y sin embargo, no se convencía, no señor: que se convenciese el diablo. «¿Será esta chica más lagarta de lo que me figuro? ¿Me estará envolviendo sin yo pensarlo? ¿Se reirán de mí los dos? Porque las miraditas y los coloquios al entrar y salir, y las pocas ganas que tiene mi niño de echarse á la calle... eso no me lo quita nadie de aquí; lo he visto, y lo que veo... nada, que lo veo, y ya pueden predicarme después frailes descalzos. Con salirme fallida esta emboscada, en vez de sosegarme creo me voy sobresaltando muchísimo más. No, pues yo no me dejo meter el dedo en la boca. Para defender á mi hijo, todos los medios humanos he de apurar; á mí no me cogen desprevenida: por si ó por no... Me da miedo esta muchacha. La veo yo así..., no sé cómo, pero no me gusta. Tiene un carácter muy de allá, que todo se lo guarda, y no hay nunca seguridad con ella, porque no se descubre. Pues á pillo, pillo y medio. Deja, deja, que yo te buscaré la salida; y ha de ser salida decorosa, sin que te puedas quejar; al contrario, has de tener que darte por satisfecha. Y ahora..., un clavo saca otro clavo, los rapaces son rapaces... Voy á proporcionarle entretenimiento á Rogeliño. Voy á darte una rival... y bien bonita. Espérate, rapaza...: contra treta, retreta; ya encontré quien ha de desbancarte.»
XX
Y en efecto, ni veinticuatro horas tardó la madre en arreglarle á su hijo una entrevista con la rival de Esclavitud. El punto de cita fué en la propia morada de la susodicha rival, morada obscura y que olía medianamente, como suelen oler todas las habitaciones de gente de su laya; por lo cual, para que Rogelio se enterase bien del talle y porte de su nuevo quebradero de cabeza, hubo que sacarle al patio sin ningún artificio de coquetería, y aun pudiéramos decir que en estado de casi total desnudez, pues no cubría sus esbeltas formas sino una manta vieja que el dueño del taller de coches, Agustín Cuero, se apresuró á levantar á fin de que nada velase sus encantos.
Era una monada de jaca andaluza, alazana con cabes negros, de cabeza chica y enjuta, de nerviosos remos, de lucio y acopado casco, de pelo irisado á fuerza de estar brillante, de entreabiertas fosas nasales más suaves que la seda, de ojo lleno de fuego y dulzura; joven, leal, gallarda, animosa; un animal de esos que honran á la raza caballar española con la hermosura de su estampa y la inteligente generosidad de su carácter. Agustín Cuero no le escaseó elogios hiperbólicos, fingiendo que se enternecía al desprenderse de tan rica pieza.
--Le aseguro á la señora que otra más bonita no se pasea hoy por la Castellana. No tiene una maca siquiera. Y es una santa, es una seda, la maneja un niño de pecho. Con toda la sangre que le sobra, no es capaz de una mala partida. Así es que un hombre le toma ley, vamos, y parece que cuando uno la vende es como si se le llevasen á alguien, es un decir, de la familia.
--Sí--respondió la señora metiéndose á chalana--pero también no me negará V. que esta clase de caballos no está ahora de moda. Los elegantes tienen una legua de pescuezo y son de figura de mondadientes.
--Bueno, los ingleses...; una moda _redícula_, como muchas que hay; y esos son para ciertos señoritos y con ciertas circunstancias... pues. Para el Hipódromo y esas farsas. Una jaca como la que está viendo la señora siempre tendrá partido. Bien emperrado que anda el _Baraterín_ en comprármela; en pleito estamos porque no quiere llegar al precio que yo le pongo. Ahí el señorito podrá decirlo.