Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)
Part 18
--¡Pues si tiene la mejor enfermera que se habrá visto! ¡Señores! ¡Que no estará la amiguita doña Aurora bien cuidada con la simpática Esclavitud! De fijo que parecerá una Hermana de la Caridad. No se compadezcan de Aurora: compadézcanse de los pobres que no tendremos una Esclavitud á la cabecera si nos llega la de cerrar el ojo...
La tertulia en masa protestó, excepto Laín Calvo, el cual parecía muy entretenido en ajustarse la trompetilla.
--V., don Gaspar... ¡Pues si V. nos enterrará á todos! ¡Digo: apenas si está fuerte el hombre! Igual que un muchacho.
Meneó la cabeza Don Gaspar, pero con aire tan sereno y olímpico, con tanta vida en las correctas facciones, que más parecía un semidiós de la Grecia afirmando su inmortalidad, que un viejo de nuestra angustiada época anunciando la caducidad de la vida.
--La verdad es--intervino Laín Calvo--que todos estamos hechos unos pellejos podres, y que ya, si nos tocan, nos reducimos á polvillo como las momias del Perú. ¿No decía eso, Don Gaspar?
--Decía--le gritó Rojas--que para cuidar de sus males quiere á Esclavitud, la doncella de doña Aurora.
--¡Aire!--exclamó el sordo.--No, pues con los cuidados de una rapacina así, pronto se va un viejo á la sepultura, aunque esté hecho un roble, caray. A no ser que sea como el rey David...--Y añadió encarándose con Rogelio.--¿Qué dice á esto el rapacín de la casa? ¿Quiere cederles la niña guapa á los vejetes? ¿No protesta?
Ya por el modo como lo dijo, ó ya porque la conciencia de Rogelio tenía alguna razón para sobresaltarse, ó porque su inexperiencia y poca edad no le permitían aún el aplomo que se requiere en tales casos, Rogelio se puso como la grana (lo cual se notaba más en él por su morena palidez habitual), y contestó tartamudeando:
--No, yo... Yo... al señor de Febrero...--Y para su coleto decía:--«¡Sordo del diablo! Oyes tú más... Hasta oyes crecer la hierba.»
Los preparativos para la noche no se diferenciaron de los de la precedente, sin otra variación sino que, á fin de no viciar el aire, la cama de Rogelio se colocó en el gabinete, pero comunicada con la alcoba por medio de la puerta abierta. La enferma tardaba en coger el sueño, quejándose de dolores, de inflamación en la pierna dichosa, y de un molimiento inexplicable: Rogelio, al apoyarle la mano sobre la frente, notó algún calorcillo, observación que tuvo desvelado al estudiante, sin que dejase de alterarle también la idea de si Esclavitud iría ó no á darle un rato de palique, lo cual temía y deseaba. En esta zozobra se adormeció por fin; y medio entre sueños, hacia eso del amanecer, vió acercarse á la muchacha, que se inclinó y le dijo rápidamente: «No puedo apartarme de allí. Pide mucho de beber. Se queja que le duele aquí y que le duele acullá: es el mismo retumbo del golpe.» Y Rogelio, desalentado, murmuró: «Bien, Suriña.» Pero con aquellas malas nuevas ya no pudo volver á prender en un sueño seguido. ¿Habría peligro? ¿Sería principio de una fiebre? El médico, que vino temprano, le quitó la aprensión. «Todo esto es la repercusión de la caída. La calentura, insignificante. La inflamación la vamos á combatir... Deme V. papel. Esta tarde ya se notará la mejoría.» Por la tarde, en vez de la mejoría anunciada, se advirtió algún recargo, pero al anochecer se indicó el alivio, y á las diez la señora cenó con mucho apetito un ala de gallina. «¡Ay... alabado sea Dios!--decía.--Parece que se me han sosegado mis huesos. Sentía allá dentro una opresión... Rapaz, me parece que ya tenemos mujer.» A este alegre vaticinio siguió una calma profunda, y á cosa de la media noche doña Aurora gozaba de un descanso de convaleciente, tan profundo y apacible, que casi no se le notaba la respiración.
--Hoy sí que viene volando--pensó Rogelio, decidido á no adormecerse y sintiendo, á pesar de sus sofismas para no dar á _aquello_ importancia ninguna, un rebullicio en el sistema nervioso, y en el corazón un desordenado latir.
XVI
Vino en puntillas, mostrando viveza y júbilo que contrastaban con su acostumbrada reserva, y se acurrucó en el piso como gata favorita al pié de la cama de su dueño. Este, sin embargo, no le dedicó sus primeras palabras, sino que instintivamente las consagró al verdadero amor de su vida, á la mujer que le había llevado en su seno y que reposaba allí á dos pasos.
--¡Pero ves qué gusto, Esclava! Mamá se ha puesto casi bien del todo. Parece mentira. Me ha dado un susto de órdago. Esta mañana, cuando me dijiste que estaba así... no pude dormir ya más.
Esclavitud, antes de contestar, miró al estudiante de un modo raro por lo penetrante y profundo.
--Bien que le recé á mi patrona la Virgen de la Esclavitud para que la señora se aliviase. Le ofrecí también una misa. Ya ve cómo la Virgen me ha hecho caso, señorito.
--¡Ya se ve! Tú debes de tener vara alta en el cielo.
--Sí, señor...--murmuró la muchacha.--La tengo. Para conseguir todo lo que es contra mí.
--¡Contra ti!--articuló Rogelio asombrado y un tanto receloso.--¿Y es contra ti el que mi madre sane?
--Como sanar...--balbuceó Esclavitud--como sanar... no, señor, y quiera Dios llevarme á mí antes que á ella. Pero en acabándose el mal, se acaba la vela, y en acabándose la vela... se acaban estos ratos.
La explicación halagó la vanidad de Rogelio, afirmándole una vez más que era querido, y no á la manera de los niños, sino del modo que quiere al hombre la mujer, punto en que consistía toda la gracia de tan singular comercio, que no se atrevía á llamar, ni aun en sus adentros, amoroso. Aquellas palabras, dulces por el mismo acento hosco y dolorido con que la muchacha las pronunció, impulsaron á Rogelio á alargar el brazo, y cogiendo la bonita cabeza de su amiga, la arrimó á su pecho y la estrechó con ternura. Esclavitud respiraba tan anhelosamente, que Rogelio la dijo en tono afectuoso:
--Ya te suelto... No quiero hacerte daño, ni sofocarte.
--Daño, no--murmuró la muchacha.--Daño, no.
Rogelio no volvió á estrecharla. Ninguna violencia tenía que imponerse para respetar á Esclavitud, allí, al borde de la cama de su madre, y en aquellas efusiones de carácter más fraternal que apasionado, cuyo verdadero sentido y objeto ni él mismo acertaba á definir. Sólo se deslizó á pasar la mano repetidas veces por el pelo rubio, revuelto y abundante. A la vista parecía más sedoso el pelo de Esclavitud; pero de todos modos, era muy agradable acariciar la madeja ondeada y tibia.
--¿No quieres dormir un poquito?--le propuso.--Llevas dos noches en vela y debes de estar molida. Si mamá rebulle te despierto. Yo al fin he de estar despabilado...
Negóse Esclavitud. ¡Velar tres noches! Gran cosa. Cuarenta días sin desnudarse había pasado á la cabecera del cura, en su última enfermedad, sin tomar otro descanso sino recostarse á ratos, en una silla vieja, á descabezar una siesta de cinco minutos... ¡Velar tres noches! Velaría ella un trimestre.
--Pues si no has de dormir, entretenme. Cuéntame algo.
--¡Ay, señorito... pues buena persona ha ido á buscar para contarle!... Quien no sabe nada...
--¡No has de saber, boba!... Háblame de allá, de la tierra nuestra. Tengo unas ganas atroces de que me cuenten de allí. Cuando salí era un tapón. Casi no me acuerdo.
Al oir nombrar la tierra, los ojos verdes de Esclava fulguraron en la obscuridad, como los de los gatos.
--¿No se acuerda nada, señorito?
--Te diré... Apurando la memoria, me parece que veo, así..., muchos campos verdes, y el mar muy alborotado y muy verde también... Ello es que si me acuerdo, es de un modo confuso. ¿Sabes lo que tengo más presente? Un marinero que me cogía en brazos para bañarme; á ese parece que le estoy viendo ahora mismo, más negro que la brea, y apestando á sardina.
--¿Y por qué no va allá á ver otra vez todo aquello?
--Este año, ó poco he de poder, ó he de convencer á mamá de que vaya. Pasaremos por Marineda y Compostela. Veremos la provincia de Pontevedra y la de Orense. Nos atracaremos de ostras y de langosta fresca. ¡Allí sí que sabrá á gloria! Te llevaremos. Ya verás.
--¿A mí?--articuló la muchacha meneando la cabeza.--A mí, ya verá como no.
--¿Por qué, tonta?
--Cuando se me pone una cosa en el corazón, acierto siempre; y se me ha puesto que ver no veo más la tierra.
--¡Anda, pájaro de mal agüero! Déjame salir del aprieto de los exámenes... y después... ¿Conque la tierra es muy bonita? Cuenta, cuenta. ¿Cómo es? Aseguran que es la más linda de todas las de España.
--Y de las del mundo todo, ya se lo dije--contestó con gran persuasión Esclavitud.--Si viese las rías de Pontevedra... quedaba lelo. ¡Si viese echar el cedazo de la sardina!
--Será precioso. Ya me estás abriendo el apetito. ¿Y las romerías, con su tamboril y su gaita?
--Vale más una fiesta de aquellas--aseguró muy formal la chica--que todas las diversiones de Madrid. Yo allá era bien alegre, y todos los domingos bailaba: aquí parece que se me ha caído la paletilla.
--¿Y qué es eso de la paletilla? Sepamos.
--Un hueso que tenemos en semejante parte--respondió señalando al pecho--que cuando se cae es como si le cayese á uno el alma: se va uno quedando mustio, mustio... vamos, así, muy triste, y amarillo, y sin voluntad de comer, hasta que después de algún tiempo, si no se la levantan á uno, se muere.
--¿Tú crees en eso, chica?
--Si es la verdad. Algunas personas dicen que todo lo de la paletilla es una brujería; pero yo he visto ya dos ó tres que se fueron al otro mundo, por no querer que se la levantasen.
--Pues Suriña, á veces parece que también se me ha caído á mí la paletilla dichosa, porque paso esplines y se me quitan las ganas de probar bocado. Tengo metido en la cabeza que así que vaya á la terriña me pondré magnífico, hecho un animal de gordo..., así.--Al decirlo inflaba los carrillos, para demostrar cómo pensaba ponerse.--Aquí siempre seré un fideo. Esta vida no es para echar buen pelo, no. Cuenta, anda, cuéntame de allá.
Esclavitud obedeció y empezó á contar sin orden ni genio descriptivo alguno, pormenores que, mejor que á la tierra, se referían á su biografía propia. «Siendo yo chiquilla, ocurrió esto y aquello... Una tarde que salí yo en Marín á la pesca de las xardas... Cuando yo aprendía á hacer encajes con los palillos... Un día que cocíamos la hornada en nuestro horno...» Esta misma personalidad de la narración le prestaba singular encanto para Rogelio. Al hablar la muchacha, parecióle que sus desvanecidos recuerdos infantiles tomaban cuerpo, se destacaban, y se le aparecían claros y distintos. El cuarto se llenaba de olores de campo, á menta, á anís, á hierba recién segada. La ilusión fué tan fuerte que arrimó á sí la cabeza de Esclava y la olió.--«Hueles no sé á qué... así como á flores, á aldea». Mientras la chica hablaba, se le ponía á él entre ceja y ceja, más fuerte que nunca, el capricho de ir _allá_. «Si no voy allá, no soy nunca hombre. Es lo primerito que he de pedirle á mamá cuando se levante. Es una rareza no haber ido ya á veranear allí, en vez de aquel San Sebastián, tan apestoso y con tanto gentío. En sentando los piés en la terriña, doblo y me pongo lo mismo que un becerro bravo.»
--¡Ay señorito!--murmuraba la voz de Esclavitud--¡qué fea y qué seca me pareció toda esa tierra que se pasa para venir aquí! ¡Jesús, María! Ni un triste árbol, ni un regato, ni una mata verde... ¿Cómo viven los labradores ahí?
--Mejor que allá, infeliz. Esta es la tierra que da el pan y el vino, mujer.
--¡Mi madre querida! En esa secura parece increíble que contenta esté la gente. Luego ¡faltarles la vista del mar! Cuando uno ve el mar, mismamente parece que ve la grandeza de Dios. ¿No es cierto que sólo Dios podía hacer aquella cosa tan grandísima? ¡Y lo que sale de él! ¡Aquellas conchitas tan monas; tantísimas clases de pescados; la sardina, que es el mantenimiento de los pobres!
--Hablas como un libro, Esclavita. No me extraña que diga tu apasionado Nuño Rasura...
--¿Quién?
--El señor de Febrero, mujer...
--¿El ancianito de la muleta?
--Ese... Pues dice que tú eres un tesoro. Has de saber que está muerto por ti.
--¡Bah!... No haga burla.
--De veras. Como que quiere llevarte consigo á su casa. Se cree que acabará por ofrecerte su blanca mano y su pata coja. Ha concebido por ti una insensata pasión, que le arrastrará al sepulcro en la flor de sus años, en la risueña edad de las ilusiones, á los ochenta y seis abriles no cumplidos.
--Bueno, bueno... Malpocado de señor, ni con sus piernas puede.
--Calla, ingrata mujer, ó mejor dicho, hipócrita. Nada conseguirás con disimular la profunda impresión que han hecho en ti sus rizados cabellos...
--Sí, de difunto--observó humorísticamente la muchacha.
--Las perlas de su dentadura, y la esbeltez de su talle. Pero no te compongas, infiel, que yo no te permitiré seguir á ese Tenorio. No harás traición á tus deberes, ó morirás á mis manos. Te arrancaré el corazón si me vendes.
Le deshizo cariñosamente las conchas del pelo, y murmuró bajito:
--Suriña no se va con el viejo. Suriña es para mí. ¿Quién se la quería llevar? Que se limpien, que se limpien. Suriña es mía.
XVII
Doña Aurora se encontró tan aliviada el día siguiente, que ya pudo levantarse un par de horas, y á la noche insistió y porfió en que su hijo no se quedase en el cuarto. «No me conviene», advirtió. «Te acuestas ni desnudo ni vestido; tardas en dormir; te entra el aburrimiento; te pones de palique con Esclavitud, que bien os oí anoche entre sueños, y luego amaneces desemblantado y desganado». Cuando la señora hablaba así, andaba la muchacha por el cuarto arreglando no sé qué cosas, y se volvió de espaldas precipitadamente, sin duda para recoger mejor la abrazadera caída de una cortina, operación en que se entretuvo bastante tiempo. En cuanto al estudiante, clavó en su madre los ojos, sobrecogido; pero aquella querida fisonomía, tan poco avezada á disimular sus impresiones y tan conocida para él en sus menores repliegues, no expresaba nada más que lo que en voz alta habían proferido los labios, y el estudiante, respirando mejor, accedió á retirarse á su cuarto aquella noche. No dejaba su madre de llevar razón asegurando que le faltaba sueño. En la edad del pleno desarrollo, no robustecido aún después de una niñez si no precisamente enfermiza, al menos delicada, su fina organización se resentía de cualquier cosa, y las tres noches de media vela le traían ya algo lacio. Sin embargo, al recogerse á su alcobita, experimentó una impresión de pena y de soledad. Acostumbrado á una atmósfera de ternura y de mimos, á andar envuelto en algodón en rama, era codicioso de cariño, y bastáranle dos días para contraer el hábito de aquellos tiernos y extraños coloquios, á deshora, con una mujer que le ofrecía tal cantidad de afecto y de adhesión, que ni su propia madre, al parecer, derramaba más profusamente el amor sobre su cabeza. Si Rogelio pudiese analizar al microscopio sus sentimientos, vería que buena parte del encanto de Esclavitud consistía en que allí él era quien mandaba, y que la mujer de veinticinco años que al pronto le tuvo por un chiquilicuatro, un _rapaz_, ahora estaba á sus órdenes, sumisa, como _esclava_ verdadera. Con la madre, por más amante y tierna que fuese, Rogelio siempre se reconocía súbdito: la costumbre de respetar y obedecer se le imponía, manteniéndole en perpetua infancia. Con la doncella, podía en cambio satisfacer su pueril vanidad y á la vez su oculto y mal definido anhelo de vestir la toga viril, atributo de la dignidad humana.
Por eso le causó gran disgusto la interrupción de veladas tan sabrosas. A punto estuvo de escurrirse de puntillas á eso de la una, y sorprender á _Suriña_, para alegrarle aquella cara que se le había puesto de una legua. Pero ¿y si los cogía su madre? Creería todas las cosas malas; tendría una desazón horrible; recaería; acaso despacharía á Esclavitud... El instinto de cautela, que en los movimientos pasionales se despierta como contrapeso á la fiebre de las determinaciones radicales y de los insensatos extremos, le aconsejó cierto tino; y al otro día, como viese á Esclavitud descolorida y con las facciones afiladas, la acorraló en un rincón del pasillo, y la dijo entre bromas y veras: «Suriña, no me pongas esa cara de viernes. Esta noche me acordé mucho de ti, y de nuestra charla. Se me pasaban ganas de ir, pero no me atreví. Cuidadito, por causa de la pobre mamá. Anda, Esclava, sonríe á tu señor.»
Bastó esta pequeña satisfacción para que la muchacha apareciese con mejor semblante, y aun se manifestase en apariencia contenta y segura. Rogelio había hecho su composición de lugar, mitad por instinto de prudencia, mitad por filial respeto: «Ahora, que sane mamá del todo: que se reponga: á eso estamos. Mientras no se consiga verla fuerte y buena, que Esclavitud la cuide, y se acabó. Pero mamá se encuentra muy aliviada, y va á entrar en convalecencia: dentro de ocho ó diez días no quedará rastro del percance. Entonces tenemos tiempo de echar todos los paliques que se nos antoje. Porque mamá sale á la calle, ó se entretiene con su tertulia, y... perfectamente. Se lo he de decir á Sura para que se ponga más alegre todavía.»
Atisbó la ocasión propicia de comunicarle este agradable proyecto. Sujeta incesantemente en el cuarto de la enferma, Esclavitud aquellos días no pisaba el del estudiante: era preciso tomar por centro de operaciones el pasillo, y Rogelio se propuso esperar á la chica en él por la tarde, pues la mañana se le iba entre almuerzo y cátedras. Hacia eso de las cuatro, el entrar y salir de los amigos en la tertulia introducía en la casa cierta animación y desorden favorables al intento de Rogelio. Y la tertulia aquellas tardes se encontraba muy concurrida, porque el género de enfermedad de la señora, no incompatible con la charla y la bulla, imponía á sus amigos el deber de acompañarla. No sólo venían los «señores» sino también el personal femenino, compuesto casi todo de modestas amas de casa, que por carecer de la desahogada fortuna de doña Aurora, sólo de tarde en tarde podían permitirse el lujo de hacer visitas, no sin meditarlo antes á fin de darse á luz con la decencia conveniente en la familia de un magistrado. Aquella tarde vinieron dos señoras que acostumbraban dejarse ver muy poco: la del presidente de Sala D. Prudencio Rojas, y la del ex-Fiscal D. Nicanor Candás, por mal nombre Laín Calvo. Si un pintor quisiese simbolizar la Dignidad envuelta en los cendales de la Modestia, bastábale copiar fielmente el porte y rasgos de la señora de Rojas. Para quien no tuviese el alma dañada y torcida, ó embotada la sensibilidad, había algo en aquella mujer sencilla, socialmente insignificante, que obligaba con categórico mandato á inclinarse y descubrirse. En su abriguito de terciopelo negro ya raído, escrupulosamente limpio, trabajosamente puesto al aire de la moda después de ocho ó diez arreglos quizá; en su capota cuyos encajes descubrían el brillo de la plancha casera; en sus guantes nuevos, comprados para la circunstancia, de dos botones no más, de color sufrido y obscuro; en sus aretes antiguos,--una roseta de minúsculos diamantes;--en sus blancos cabellos, alisados y pegados á las sienes con el supremo decoro de una reina viuda que ha renunciado á agradar, se revelaba más valor, más sufrimiento, más secreto heroismo que en los harapos de ningún pordiosero, ni en el uniforme de ningún inválido, ni en el sayal de ninguna monja. El viviente comentario y tal vez la mejor clave de la rígida integridad del marido, era la aureola de paciencia doméstica y de serena aceptación del sacrificio cotidiano que resplandecía en la esposa. Lo que tenía Rojas de duro y leñoso en su modo de entender y rendir estrictamente la justicia, lo suavizaba la dulzura de su mujer, á quien Roma hubiese conferido el cargo de sacerdotisa de la piedad doméstica. Aquella matrona no había preguntado jamás, ni aun á sí misma, la razón de que su vida conyugal fuese un continuado acto de abnegación que duraba ya treinta y tantos años: sabía que en su casa se adoraba el inflexible simulacro del Deber poniendo en el mismo altar la estatua sobredorada de la Decencia, y sin una protesta se había consagrado al culto de ambos númenes.
No cabía mayor contraste que el de la señora de Rojas y la de Candás. Como en la magistratura se tienen muy en cuenta los antecedentes de familia, no es posible dudar que una esposa tan cursi, que según malas lenguas había sido posadera en Gijón, influía bastante en ciertas sombras que un tiempo empañaron el buen nombre del Fiscal, y era motivo para que sus compañeros, molestados por tener que seguir trato con ella, mirasen á su esposo con una prevención que crecía al fijarse en la incorregible mordacidad, burlón escepticismo y sordera intermitente del asturiano. La señora de Candás, gordinflona, con una lupia al margen del ojo izquierdo, muy empavesada, luciendo siempre vestidos llenos de faralaes y capotas que parecían garitas ó peroles, hablando medio en bable, llamando á su marido _este_, y contando delante de cualquiera indisposiciones propias para sepultadas en el silencio más profundo, era el tipo perfecto de la ordinariez incurable, enquistada, que resiste al buen ejemplo, al aire de la corte, al cáustico de la burla y al roce de la corriente del tiempo, que desgasta y pule, como la del mar, las piedras más toscas. Si Don Nicanor probó alguna vez á civilizar á su costilla, seguramente había renunciado á ello muchos años hace; y además, los compañeros aseguraban que para desasnar á Pachita tenía que empezar Don Nicanor por darse una mano de barniz á sí propio, y suprimir las crudezas de su conversación, el desentono de sus modales y el mal gusto de sus opiniones,--porque hasta las opiniones eran de mal gusto en el Fiscal, ó al menos lo parecían por la forma de expresarlas.
Lo evidente es que, encontrárase ó no al nivel de su Pachita,--y acaso sólo le llevaba de ventaja la agudeza del ingenio y la superioridad de la instrucción masculina,--Don Nicanor se mostraba á veces como avergonzado de su mitad. Quien se apostase aquel día en casa de doña Aurora y viese entrar primero al señor de Rojas y luego al señor de Candás en compañía de sus respectivas mujeres, podría, sólo con aquella observación, deducir la vida psíquica de ambas parejas y ambos hogares. Rojas había ofrecido á su mujer el brazo por la escalera, adelantándose á tirar de la campanilla; y, al cruzar la puerta, se hizo atrás cortésmente, no sin llegar después á tiempo de alzar el portier del comedor (donde ya había vuelto á instalarse la tertulia). En el modo de colocarse á su lado, en el de asociarse á sus protestas de interés por la salud de la madre de Rogelio, rebosaba la misma consideración, el mismo delicado sentimiento de reverencia familiar, si así puede decirse; y el magistrado, respetando á su compañera, mostraba respetarse á sí mismo. El señor de Candás, al contrario, entró con el sanfasón de todos los días, y por poco suelta á su mujer en el mismo rincón en que había colocado el paraguas. Parecía como si Pachita y su esposo se hubiesen encontrado por casualidad en la escalera, sin conocerse, ni haber sido presentados. Pero hubo más. Mientras el señor de Rojas, conversando en igual tono deferente con su mujer que con doña Aurora, no se movió del asiento hasta que la señora de Rojas hizo la clásica indicación, «cuando quieras, Prudencio, nos iremos hacia casa», el señor de Candás, de repente y cortando una arenga de Pacha sobre lo rancio y caro que era en Madrid el _tocín_, dijo con el peor estilo del mundo:
--Ea, Pacha, cállate y larguémonos, que es hora.
Salía el señor de Candás, sin duda para enseñar el camino á su mujer, que aún quedaba empantanada en los cumplimientos de despedida, á tiempo de espantar un grupo de dos personas que hacia el fondo del recibimiento se secreteaban con calor. Nadie ganaba al socarrón del astur en el arte de hacerse el sueco; pero ver... ¡carapuche si vió! Tanto, que al salir de la casa aún retozaba una risilla en las arrugas de su volteriana faz.