Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

Part 17

Chapter 174,025 wordsPublic domain

Dicho esto volvió á ocupar su sitio al lado del estudiante, y transcurrieron dos ó tres minutos sin que se dijesen palabra. La chiquilla esperaba, sorprendida de que no se le ocurriese nada á su novio; y al muchacho, por más que discurría, no se le venía ni esto á la boca. Sólo continuaba teniendo ganas de reir, unas ganas disparatadas, y para no estallar se cubría los labios y la nariz con el rico pañuelo de bordada inicial. La _novia_ reparó en el pañuelo, y observó vivamente:

--¿Qué letra es esa?

--Erre. Me llamo Rogelio.

--Ya te lo iba yo á preguntar. Siendo mi novio necesito saber cómo te llamas. ¿Qué pongo en los sobres de las cartas? Señor Don Rogelio...

--Pardiñas.

--Pardiñas, Pardiñas, Pardiñas...--Repitiólo muchas veces la muchacha, como si temiese olvidarlo; y después, encarándose con el estudiante, le interrogó con tono solemne:

--¿Nos hemos de casar?

Aquí ya Rogelio no pudo aguantar el acceso de risa nerviosa, y la dejó salir por la boca, por los ojos, por el cuerpo mismo, cogiéndose la cintura, que le dolía con la fuerza de las carcajadas. Y sollozaba, echado atrás en el sillón:

--¡Ay... ay... me muero, me muerooó!

--¿De qué te ríes?--preguntó algo picada la niña.--Pareces tonto. Dime si nos hemos de casar, ea.

--Por supuesto que sí. Es que soy muy tentado de la risa. Déjame reir, que si no me pongo malo.

Así que hubo desahogado, Inocencia le cuchicheó al oido:

--¿Pasarás mañana á las nueve de la mañana por esta calle? Yo estaré al balcón. A esas horas me asomo siempre á ver pasar la batería montada. Es muy bonita. ¿Tú qué carrera sigues?...

--Abogado.

--¡Lástima! No tienes uniforme.

XIII

A Rogelio, cuando iban terminando de bajar la escalera, le duraba aún la impresión burlesca del noviazgo, por lo cual no se cuidó de ofrecer el brazo, según acostumbraba, á doña Aurora. Un grito y un estruendo inesperados le helaron la sangre en las venas, al ver á la señora resbalar y precipitarse desde el último tramo yendo á caer sobre las baldosas del portal. Los grandes sentimientos tienen revelaciones supremas en las ocasiones supremas también; Rogelio ignoraba que hubiese cuerdas en su laringe y acentos en su voz para decir de un modo tan desgarrador y patético:

--¡¡Madre del alma!!

Saltó á brincos lo que su madre había rodado, y en un abrir y cerrar de ojos la puso de pié, la reclinó en sus brazos y la apretó contra el corazón, palpándola con delirio, para cerciorarse de que no estaba muerta ni tenía ningún miembro fracturado. De repente lanzó una exclamación de horrible susto.

--¡Sangre, mamá!... Hay sangre... ¿Por dónde sangras? Aquí... ¡Jesús, sangre!

En efecto, la cabeza había dado contra el filo de un peldaño, y asomaban unas gotas de sangre por la descalabradura. Aturdida como estaba la señora por la fuerza del porrazo, la angustiosa voz de su hijo la reanimó, y pudo decir con desmayado acento:

--No te asustes, rapaz. No fué nada... puedes creerme que no fué nada. Ya estoy así..., mejor.

--En esta portería no hay nadie... Voy á subir, á pedir vinagre, agua...

--No, hijo, no, por la Virgen... No llames, no alborotes. Llévame al coche poquito á poco. Para males y cosas así, cada uno en su casa.

Temblando y trasudando frío, Rogelio condujo á su madre, casi en vilo, al coche, y á pulso la subió, recostándola en la esquina, mientras le hacía aire con el pañuelo, pensando con terror: «¿Habrá habido conmoción cerebral?»

--A casa, despacito--ordenó al cochero que se inclinaba lleno de curiosidad para ver qué sucedía. Y sin poder reprimirse, Rogelio abrazó á la señora, formulando la pregunta de todas las caídas:

--¿Pero mamá, cómo hiciste?

--No sé, hombriño... el pié se me escapó; sería culpa de los tacones de las botinas nuevas... ó me prendería en el volante del traje.

--Culpa mía, que no te di el brazo. Soy un bruto. ¿Dónde te duele? ¿Qué tienes ahora, mamá?

--No sé... Parece que me entra un síncope--respondió con voz débil la señora.

De síncope eran las trazas, según el color mortal y el enfriamiento repentino. Rogelio estuvo á punto de gritar al cochero: «A una botica»; pero en esta incertidumbre y congoja, la señora volvió un poco en sí, hizo señas de encontrarse mejor, y el coche se fué acercando á la puerta de la casa. Al bajar Rogelio á su madre, ayudado del lacayo, la señora lanzó una queja.

--¿Qué te duele?

--Esta pierna... No, si no vale nada, no te apures.

Enterada al vuelo de lo ocurrido, Esclavitud, sin inútiles aspavientos, con actividad y destreza, se dió prisa en aflojar á la señora, aplicarle vinagre á las sienes, desnudarla después y acostarla en su cama bien mullida. Doña Aurora se quejaba de arcadas, de angustia, de opresión, de náuseas continuas, y deseaba arrojar; por lo cual el estudiante pensó aterrado: «¡Adiós! conmoción cerebral tenemos». Llamó aparte á Esclavitud y la dijo atropelladamente: «Ten cuidado. Yo voy por Sánchez del Abrojo, y no me vengo sin él».

Le trajo, en efecto, al cabo de dos horas; y el insigne médico, después de examinar detenidamente á la enferma y verificar un minucioso y hábil interrogatorio, tuvo que convenir en que había habido un poquito, nada más que un poquito, de conmoción cerebral... Unica terapéutica: quietud en la cama, silencio, dieta mientras no se aplacase el estómago. Las demás lesiones eran de escasa monta: la descalabradura de la frente no había pasado de la epidermis: la contusión en la pierna izquierda se reduciría á un cardenal más ó menos respetable. En suma, todo no valía nada. Quietud, y se acabó.

Para cumplir el programa del facultativo, realizóse en casa de Pardiñas esa mutación de costumbres y ese cambio de aspecto que introduce siempre la enfermedad. La vida se reconcentró en el estrecho espacio de la alcoba y gabinete de la enferma. Rogelio y Esclavitud se declararon allí en sesión permanente, él recibiendo visitas de amigos, ella mudando paños de árnica, trayendo tazas de tila, quemando espliego y haciéndose cargo de órdenes dadas en voz baja y llaves confiadas con misterio sumo. «Que no le falte nada al niño... Su sopicaldo, su jerez... Cuidado con calentarle la cama...» A estas advertencias, que Esclavitud oía religiosamente, seguían gemidos ahogados. «Ay, la maldita pierna, como me escuece... Se me parte la cabeza de dolor».

Ejercía Esclavitud sus funciones de enfermera con aquella asiduidad reconcentrada y muda que solía demostrar en todos los actos de la vida de relación. Salía y entraba sin que se percibiese el menor ruido de pisadas, ni crujido ó roce de ropa. Estaba en todo, y si faltaba de la alcoba, era á fin de manipular algún potingue en la cocina. Hasta se las arregló para tener tiempo de servir la comida á Rogelio sin desatender á la señora; pero de ella misma, no se averiguó jamás á qué hora había tomado algún sustento en aquel día memorable.

Adelantada ya la noche, y recogida la casa, preparó cuidadosamente una lamparilla y la colocó en el suelo, de modo que su luz no ofendiese la vista de la enferma: después tomó una silla baja, que colocó cerca de la cabecera y en la cual se instaló. Como Rogelio permaneciese en la butaca del gabinete, acercóse á él y le suplicó en voz muy queda: «Acuéstese, señorito; no esté así». La enferma, que había empezado á aletargarse un poco, entreoyó la súplica, y la esforzó más. «Rapaz, á ver si te acuestas... No estás acostumbrado á velar, te va á hacer mucho daño... No seas loco, acuéstate... Me cuida divinamente Esclavitud». Mas no hubo forma de convencer á Rogelio, y el pleito se transigió resolviendo que se le pondría en el suelo una cama volante. La galleguita acarreó con extraño vigor dos colchones; batió silenciosamente las almohadas, y con igual silencio hizo la cama en toda regla. Rogelio no se desnudó más que de la americana y el chaleco; así, á medio vestir, se deslizó entre las sábanas, notando entonces el quebrantamiento corporal que sigue á los grandes sobresaltos y á las emociones profundas. Al mismo tiempo un recuerdo bufo cruzó por su memoria:

--¡Calle! ¿Y mi novia? ¿Se asomará mañana para verme?

XIV

Aunque rendido por las fuertes impresiones de la jornada, y casi tranquilo porque veía á su madre en estado bastante satisfactorio, Rogelio tardó mucho en conciliar un sueñecillo, y dió no pocas vueltas antes de quedarse traspuesto. Ni consiguió adormecimiento profundo y reparador, sino un dormir agitado, lleno de pesadillas, soñando siempre que se caía; caídas rápidas, infinitas, interminables, con la angustia de no llegar jamás al suelo, y de ver desde arriba el punto crítico en que iba á estrellarse. En uno de esos esfuerzos dolorosos é involuntarios que se hacen durante el sueño mismo ó para terminar la pesadilla ó para cambiarla, despertó atónito, y no recordando al pronto cómo podía ser que se encontrase allí, á aquellas horas, acostado en la alcoba de su madre, miró á su alrededor.

Silencio absoluto. El cuarto estaba medio á obscuras, alumbrado por la lamparilla; la señora debía de dormir, porque se la oía respirar fuerte, roncar casi; y á su cabecera, el estudiante divisó á Esclavitud sentada, inmóvil, con los ojos abiertos y clavados en él, grandes y fijos. Un impulso irresistible le movió á llamarla, con voz de niño que, á causa de algún miedo nocturno, implora compañía.

--¡Esclavita! ¡Ps! ¡Esclavita!--cuchicheó.--Aquí.

Se acercó la muchacha, deslizándose como una sombra, y se inclinó hacia Rogelio.

--¿Duerme mamá?

--Y bien que duerme.

--Pues yo ahora estoy despabilado. Dame conversación..., así, bajito, para que no la despertemos.

--¡Ay, señorito! ¿Y si vamos á molestarla?

--Que no. Habla bien despacito... y de cerca.

--¿No le era mejor dormir?

--¡Quiá! ¡Si supieras qué cosas tan tristes soñaba! No, más quiero velar ahora. Ponte aquí.

--¿Dónde?

--Sentada aquí, en el suelo. Si no no podemos hablar bajo... y despertaremos á mamá.

Esclavitud aceptó la proposición incontinenti, y se tendió casi boca á boca con Rogelio, pero sin perder su aire púdico y reservado, manifestando bien en esto haber nacido en el país donde se ejecutan las acciones libres con más aire de decencia, y donde las mozas unen á la naturalidad bucólica el exterior honesto. El aliento virginal y fresco de la muchacha se mezcló por segunda vez con el del estudiante; pero le produjo una impresión muy diferente de la primera. Sea que el sustazo de la caída de su madre hubiese transformado todas sus sensaciones juveniles en sentimiento, sea que el lugar en que se encontraba no permitiese malas tentaciones, ello es que al tener tan próxima á Esclavitud y tan fácil cualquier desmán, ni se le pasó por las mientes intentarlo, y sólo notó una especie de efusión rara y cariñosa, un movimiento de ternura inexplicable, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Alargando la mano y apretando con violencia la de la chica, murmuró:

--Esclava, ¡por poco se muere hoy mamá!

--¡Gracias á Dios que no fué nada, señorito!--contestó la muchacha correspondiendo á la presión.

--¿Y si muriese, qué hacía yo, di?

No respondió Esclavitud, y obró sabiamente, porque el problema planteado era de los que no se resuelven con palabras. Estrechó aún más la mano nerviosa y febril, y sus ojos contestaron, en la penumbra, con larga mirada elocuentísima.

--Si muriese--prosiguió Rogelio dejándose arrastrar por aquel movimiento de sensibilidad involuntaria--ahí tienes; no me quedaba nadie en el mundo más que tú, nadie.

--¡Yo!...--balbució la muchacha, cuya diestra se estremeció en la del estudiante.

--Pues tú, y nada más que tú. Familia no la tengo; digo, allá en Galicia unas tías, con quienes estamos como el perro y el gato. Ya ves qué arrimo, chica. ¡Pues amigos...! ¡bah! dos ó tres... ahí en la Universidad... Amigotes que de poco sirven. Luego los viejos de la tertulia de mamá. Gran cosa. Todos van chocheando. Nada, Suriña..., tú y sólo tú.

Hablaba así Rogelio medio incorporado, para mejor dejarse oir de la muchacha; y la necesidad de bajar mucho la voz, hacía parecer más persuasivo su acento, dándole el tono apasionado y reprimido de una confesión. Persuadido él, persuadía al auditorio. No se encontraba en estado de medir la trascendencia y el efecto de sus palabras, ni menos sospechaba que la sensibilidad y la bondad pueden ser en determinadas ocasiones más funestas que la cólera y el odio. En su emoción había mucho de nervioso, y las frases salían de sus labios provocadas por una reacción del susto de la mañana, como sale el gemido al golpe del dolor, que ni sabemos medirlo, ni de qué manera lo hemos articulado. Lo mucho que tenía aún de niño rebosaba en aquel desahogo cariñoso, y ni él aspiraba á más, ni más podía prever, dado que en momentos tales quepa ejercitar previsión.

--Tú, Suriña--repetía entregándose á las manos que con vigor casi convulsivo oprimían la suya.--¿Verdad que tú me quieres, y que me quieres mucho?

Incapaz de responder con la boca, la muchacha afirmó enérgicamente con la cabeza.

--Ya lo sé. Si eso lo había adivinado yo; por eso te decía que no me quedaba nadie más que tú, y que á ti me arrimaba, ¿sabes? Aunque me dijeses que no, no te lo creería. Me quieres... y á mamá también.

--Pues es verdad--pronunció al cabo la chica recobrando el habla y apartándose un poco del estudiante.--Yo no sé qué me ha pasado á mí en esta casa, que le cogí así á modo de un cariño... un cariño muy grandísimo desde que entré por la puerta. Vamos, se me figuraba que estaba en la tierra otra vez. Como son personas de allá... En fin..., estas cosas me parece á mí que cuanto más quiere uno explicarlas, peor las explica. Lo que sé es que si me quedo con aquellas otras señoras, doy cabo de mí muy pronto.

--¿Y por qué estabas tan triste aquí los primeros días, Esclava?

--Verá... Porque pensé que V. me tenía tema.

--¡Yo tema!

--Sí señor. Cavilando en eso me vinieron unas melancolías muy hondas. Se me metió en la cabeza el _verme_...

--¿El _verme_?

--Le decimos allí así á uno... como un bicho, vamos, un gusano, una cavilación, para hablar verdad. Toda la santa noche pasaba á devanar la madeja... «¿Qué haré para que me pierda la tema el señorito? ¿Cómo me valdré para darle gusto?» Y lo más chocante de todo..., puede creerme, es tan verdad como que Dios está en el cielo..., que así tan negra como tenía el alma... no era como en la otra casa, no. De ésta no me querría ir ni hecha cuartos, más que de ella me echasen.

--Porque sabías que yo te quería, Sura.

--No señor, no; no lo sabía: á fe que pensé que aborrecida era. De la rabia que tomé me daban ganas de morirme.

--Yo sí que me muero de gusto con oírtelo. Ahí estás muy mal, chica. Pon la cabecita en mi almohada. Ahí va. Te la saco fuera para que te alcance.

Esclavitud apoyó la cabeza en la almohada sin desconfianza ni esquivez, y los dos permanecieron un instante silenciosos, saboreando el momento. La endeble luz de la lamparilla señalaba en realce las facciones de Esclavitud, marcando los claros con pálida blancura, los obscuros con un matiz uniforme, entre gris y rosa. Parecía un fino grabado, y Rogelio expresó su admiración así:

--Suriña, eres preciosa.

En esto doña Aurora suspiró hondo, y ambos se estremecieron, aunque su coloquio no pudiese en ningún modo graduarse de ilícito. La enfermera se puso de pié para enterarse de lo que ocurría. A los dos segundos estaba de vuelta.

--Duerme como una santa.

--Colócate bien otra vez. Quiero preguntarte una cosa. La mano. ¿Por qué te daba tan fuerte la manía de si me tendrías contento ó descontento?

--¡Ay! ¡No sé! Desde el primer día dije yo entre mí: si aquí no te quieren, Esclava, es que estás de sobra en el mundo. Ya viniste á él contra la voluntad de Nuestro Señor... Ya Dios te miró siempre con malos ojos... ¿No lo sabe, señorito?

--Sí que lo sé, Suriña... Pero eso es una atrocidad. ¿Cómo va á mirarte Dios con malos ojos?

La muchacha medio se incorporó de un salto, con los suyos muy abiertos, espantada de ver que ya sabían lo mismo que ella se disponía á confesar.

--No seas boba--murmuró generosamente Rogelio.--Tú qué culpa tienes, mujer. Eso me puede suceder á mí, á cualquiera. El nacimiento no lo escogemos. ¡Simple!

--¡Si viese cómo me trabaja _eso_ allá dentro!...--articuló con vehemencia la muchacha, abriendo el corazón como si, próxima á desmayarse, desabrochase el corpiño para respirar.--Siempre estoy imaginando: «Esclava, á ti Dios no te puede querer bien. Nunca buena suerte has de tener, nunca. Ya desde que naciste estás en poder del enemigo, y buena gana tiene el enemigo de soltar lo que agarra. Por mucho que te empeñes en ser un ángel, estarás eternamente en pecado mortal. Ya lo tienes de obligación. Para ti no hay padre, ni madre, ni nada más que vergüenza cuando te pregunten por ellos. Y así, todo lo que hagas te tiene que salir del revés, y si te encariñas con una persona, peor, que Dios te ha de quitar aquel cariño.»

--Pues conmigo no te pasará nada de eso, Suriña blanca. Yo te quiero como si fueses hija del rey... Mamá también te quiere mucho; le entraste desde el primer día, ¿no sabes?

Esclavitud, al oir este aserto, levantó la cabeza, clavando la vista en el lecho de la señora. Su mirada y su sonrisa querían decir varias cosas importantes; pero Rogelio no estaba en disposición de prestarse á entenderlas. El estado de su ánimo no era á propósito para razonamientos, sino para dejarse mecer dulcemente por el afecto que necesitaba como sedación y medicina. Viendo que no le producía Esclavitud las malas tentaciones de otras veces, pensaba que su cariño se había depurado, y que aquel juego anómalo era lo más inocente del mundo. O para decir toda verdad: estaba en una crisis de sentimiento, y ni pesaba ni medía sus promesas y sus afirmaciones. Era para él uno de esos minutos de la vida en que se obedece á la naturaleza íntima, al egoismo secreto, y se cede al gusto de sentirse querido y de hacerse querer más aún: quien está triste busca el consuelo, y el hambriento la comida.

--Mamá te quiere mucho--repitió.--¿Parece que no lo crees? ¡Boba! Pues si ella misma fué quien me riñó porque te trataba así, un poco fríamente... al principio. Ella me dijo que estabas disgustada por eso.

Esclavitud bajó los ojos, sin duda para que delatasen sus pensamientos é intuiciones adivinatorias del porvenir.

--Mira--murmuró Rogelio--si vieses qué bien me encuentro así contigo. Hasta parece que me vuelven á entrar ganas de dormir, y ahora no habrá malos sueños ni boberías. Se me figura que dormiré lo mismo que un patriarca; pero hace falta que tú tengas la cachacita de estarte ahí al pié mío. Si te vas, me despavilo otra vez.

--No me muevo--respondió con firmeza la muchacha.--Así me quisiesen arrancar con tenazas, aquí me estoy.

--Bien, pues... me quedo dormidito. ¡Ay qué bueno!

Paladeando la primera y dulce cucharada de beleño que nos da el reposo cuando sigue á un gran sacudimiento moral ó físico, Rogelio preguntó todavía:

--¿Suriña?

--¿Qué?

--¿Me quieres mucho?

La respuesta la entreoyó nada más: por eso nunca estuvo bien seguro de que hubiese sido ésta, tan romántica é impropia de una aldeanita:

--Hasta la hora de morir.

XV

No obstante la explícita promesa, cuando Rogelio abrió los párpados después de un sueño tranquilo y bienhechor, vió á Esclavitud á la cabecera de su madre, sirviéndola una tacita de caldo. La señora, aliviada de la jaqueca, se quejaba mucho de la contusión en la espinilla. Poco después vino Sánchez del Abrojo, y le dió la razón asegurando que, según las trazas, aquella magulladura iba á presentar una degeneración erisipelatosa, por lo cual, para evitar los perniciosos efectos del frío sobre los tejidos, convenía la cama.--«Tampoco estaba yo capaz de levantarme aunque me diesen permiso», advirtió la señora. «Me encuentro como si me hubiesen manteado y pegado después una tunda con sacos de arena. No tengo hueso que bien me quiera. Ahora es cuando noto yo las resultas del batacazo.»

Rogelio tomó chocolate al pié de la cama de su madre, y manifestaba pocas ganas de moverse de allí; pero doña Aurora cayó en la cuenta en seguida. «¡Ay, ay, rapaz! A clase volando. Ya sabes que esos señores, y en particular Ruiz del Monte, no tragan las faltas de asistencia. Después llega el tiempo de los exámenes, y tenemos aquello de quién lo diría.»

Fué necesario, pues, sacudir la pereza, ir al cuarto, chapuzarse con agua glacial, embozarse bien y salir á la condenada _fábrica de chocolate_, como llamaba Rogelio á la Universidad, fundándose en que en ningún sitio muelen tanto. Al dejar la atmósfera templada de su casa, despejado por las abluciones matutinas, y sentir el frío de la mañanita en los ojos y en los labios, notó Rogelio como si se rasgase un velo de niebla, y los recuerdos del día anterior se definieron y se aclararon del todo. A tales horas, su novia, la chiquilla del sobrediente, estaría colgándose del balcón para ver pasar primero á la batería montada y luego á él. Una oleada de risa estremeció el pecho de Rogelio al acordarse de tal episodio. «¡Qué pava, como dicen los simones! ¡Vaya un modo que tuve de echarme novia!» Después acudieron las reminiscencias nocturnas. «Yo no sé cómo estaba: la caída de mamá me puso turulato. Le dije á Esclava unas cosas estupendas. Aquello sí que parecía verdadera declaración amorosa, por todo lo alto. Aquello sí. Y que me puse conmovido, y que si me descuido, me echo á llorar. No, pues ella también estaba en punto de caramelo. Pero, bien mirado..., nada de lo que nos dijimos compromete á ninguno de los dos. Son cosas que las suelta uno... así... porque hay momentos... Si me pusiesen ahora en el apuro de explicar cómo se las dije, no podría. Me salían de dentro. Quizá esto sea _querer_; lo que es lo otro... es pura guasa. Bien; al menos _esto_ de ahora, caso que mamá lo averiguase, no le daría tanto disgusto como _aquello_ que se me ocurría al principio. En lo de anoche no veo ningún mal». Y al cruzar un saludo á la puerta de la Universidad con el soñoliento bedel, sus pensamientos mudaron de dirección, y se le ocurrió: «Me luzco si hoy me preguntan la conferencia.»

Por la tarde se llenó la casa de amigos, que habían sabido el percance y venían «á ofrecerse». Hubo hasta dos ó tres señoras, á las cuales se permitió entrar en la alcoba y dar conversación á la paciente, porque en la cabeza no tenía nada ya, y en consecuencia no la molestaba el ruido. Ni faltaron los tertulianos de costumbre, que se quedaron en el gabinete, haciendo compañía al _hijo de la víctima_, como se llamaba á sí mismo Rogelio bromeando. Se habló de las consecuencias que pudo tener el golpe: se dedicó media hora larga á inquirir lo que sucedería si la señora, en vez de poner el tacón así, lo pone asado. Sólo Laín Calvo, representante, al par que de la malignidad, del buen sentido en aquella reunión senil, hacíase más que nunca el sordo, limitándose á atizar la lumbre y á mirar las láminas y caricaturas de los periódicos ilustrados. Dos ó tres veces sacó su trompetilla del bolsillo, é hizo ademán de limpiarla é introducirla en el conducto; y otras tantas la volvió á guardar, sin más consecuencias. Pero la prueba evidente de que oía á las mil maravillas, fué que á pretexto de enseñarle no sé qué dibujos de _La Ilustración Ibérica_, se inclinó hacia el estudiante y le dijo con una mueca más de granuja que de sesentón:

--Niñín, no sé cuándo acaban estos estafermos de darte la lata. Cuidado que están hoy más memos que de costumbre. ¿A qué vendrá andar discurriendo lo que pudo suceder si pasase lo que no pasó? Ahora cuadra bien aquello de «Si como le dió en el pié le da en la pata... la mata.»

Después se suscitó otra conversación, siempre relacionada con el magno suceso de la caída: y fué discutir si haría falta que alguna amiga se quedase á asistir á la enferma, porque para Rogelio no servían ciertos trajines; al fin no tenía experiencia, y era hombre. Pero aquí saltó Don Gaspar Febrero, llegando hasta robustecer sus aseveraciones con golpecitos del regatón de la muleta sobre el guardafuego de la chimenea.